Bitcoin, criptomonedas y blockchain

Bitcoin, criptomonedas y blockchain


SEGUNDA PARTE: LA NUEVA INTERNET DEL VALOR » 6. ETHEREUM: LLEGA LA BLOCKCHAIN 2.0 » La revolución de la liquidez

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SEGUNDA PARTELA NUEVA INTERNET DEL VALOR

4BLOCKCHAIN: LA MAGIA TECNOLÓGICA DETRÁS DEL BITCOIN

Si nos hemos detenido en explicar qué es el bitcoin, cómo surgió, sus elementos definitorios y cómo está evolucionando es porque lo que consiguió hacer nuestro protagonista fue «irrumpir para disrumpir», nacer con vocación de provocar una revolución que fuera más allá de su exclusivo ámbito de actuación. Una revolución que está ahora mismo en marcha y se sustenta sobre unos pilares muy poderosos. El bitcoin ha funcionado como ha funcionado no solo por sus buenas intenciones —que se hubieran quedado en eso, en una declaración de intenciones—, sino por algo con mucha más proyección: la tecnología que lo sustenta.

Como ya anticipábamos en la Introducción, la dimensión esencial en el éxito del bitcoin lo constituye la tecnología que está detrás, la que hizo posible su nacimiento, la que ofrece unas posibilidades que van más allá de una transacción financiera y la que nos va a permitir ser testigos de muchas otras cosas que todavía están por llegar. Una «magia tecnológica» que es donde para mí reside el verdadero potencial disruptivo y revolucionario de esto, y no en ese juego especulativo que tanto interés está despertando.

A lo que me estoy refiriendo es a la tecnología blockchain —que todavía no fue así denominada en el texto fundacional de Nakamoto—, la cual se ha convertido en un versátil actor capaz de actuar más allá del escenario del bitcoin.

Es bien cierto que, en cualquier caso, todavía hoy blockchain se identifica de una manera estrechamente vinculada a bitcoin y, por extensión, también se asocia de forma injusta a ese fantasma de burbuja y especulación que sobrevuela en torno a la criptomoneda. Pero el potencial de blockchain es más que el bitcoin, y eso es lo que trataré de hacer ver en las siguientes páginas.

De lo que no cabe ninguna duda es que Bitcoin fue la primera cadena de bloques y la que marcó la pauta de funcionamiento de lo que sería la tecnología blockchain. Tal es así que podemos afirmar que, al explicar y conocer la definición y elementos del bitcoin en los capítulos anteriores, estábamos asimilando, por extensión, el conocimiento de lo que significa y de cómo funciona toda esa nueva tecnología que habría de llamarse blockchain.

Aunque lo de «nueva tecnología» habría que matizarlo. Lo curioso es que en realidad el bitcoin no es una tecnología radicalmente nueva, sino la agregación de conceptos y tecnologías que ya existían, como redes P2P, técnicas criptográficas para realizar intercambios seguros, nodos… De hecho, las propias monedas digitales anteriores que llegaron a plantearse pero no a desarrollarse nunca —B-money y Bit Gold—, ya manejaban los mismos conceptos tecnológicos —como el uso de las funciones de hash para el algoritmo de consenso en el caso de B-money, o el concepto de una moneda digital completamente descentralizada en el caso de Bit Gold—.

Sabido es también que ya existían sistemas y protocolos P2P descentralizados que tuvieron su impacto en el campo del almacenamiento distribuido y en la compartición de información, especialmente de carácter audiovisual: desde Napster hasta BitTorrent, pasando por eDonkey o Gnutella. Eso sí, salvo en casos, todos los sistemas necesitaban, de alguna manera, un servidor centralizado para poder dar la funcionalidad que servían a los usuarios.

La verdadera gracia del modelo tecnológico que proponía Bitcoin radicaba en cómo juntar todos los elementos necesarios y conseguir que la agregación funcionara. En cierto modo es similar a lo que hizo Apple con el iPhone, ya que cuando salió al mercado no es que ofreciera ninguna tecnología que no existiera de antes —las pantallas táctiles, por ejemplo, ya se conocían, así como los móviles con GPS o con aplicaciones—, pero fueron capaces de ensamblar toda una serie de elementos distintos y conseguir así algo realmente innovador, para al final darle una funcionalidad revolucionaria. El caso de la tecnología blockchain que implantó Bitcoin es similar.

A diferencia de los intentos previos de otras monedas digitales como B-money o Bit Gold, bitcoin sí que fue la primera en conseguir combinar y aplicar esas tecnologías existentes para crear una criptodivisa digital con la que hacer posible la descentralización total de las transacciones electrónicas entre particulares de forma segura, evitando, además, ese habitual quebradero de cabeza para las entidades bancarias en cuestión de transferencias electrónicas del doble gasto.

Y algo así lo consiguió, como ya sabemos, mediante un libro mayor de contabilidad distribuido, que es lo que en rea­lidad es una blockchain, o de forma más general, una base de datos distribuida formada por cadenas de bloques que han sido diseñadas con el fin de evitar su modificación una vez que un dato ha sido publicado en el libro mayor o la base de datos. Es decir, que los datos son inmutables —o incorruptibles— y que la blockchain puede ser programada no solo para almacenar transacciones —como en el caso de bitcoin—, sino cualquier cosa que represente valor. Esa vendría a ser la definición, más o menos técnica, de blockchain.

Como se deduce de la misma, se trata de una tecnología especialmente adecuada para almacenar de forma creciente datos ordenados en el tiempo sin posibilidad de modificación ni revisión y sin necesidad de una entidad centralizada que garantice la integridad y la inmutabilidad de los mismos. Eso se lleva a cabo con procedimientos bien definidos en relación con el almacenamiento —que se logra replicando la información de la cadena de bloques—, transmisión —mediante redes de pares— y confirmación de la validez datos —a través del consenso entre los diferentes nodos participantes en la red distribuida—.

Hay que decir que Bitcoin nació con la vocación de ser una blockchain pública, es decir, sin restricciones para leer los datos de la cadena de bloques o para enviar transacciones que hubieran de ser incluidas en dichas cadenas, y sin ninguna restricción sobre quién pudiera participar de la misma. Su objeto inicial fueron las transacciones financieras —de hecho, eso sigue siendo determinante para que las transmisiones de datos sigan llamándose transacciones—, pero lo cierto es que una blockchain también puede ser privada, y los datos objeto de transmisión no tienen por qué ser solo transacciones financieras. Aquí es donde comenzamos a ampliar el espectro de posibilidades con respecto a esta tecnología.

No quiero extenderme en explicaciones técnicas mucho más porque ya aclaramos antes los elementos y funcionamiento de Bitcoin, el cual en esencia es aplicable a la generalidad de la tecnología blockchain. Ahora lo importante es identificar dónde reside lo verdaderamente revolucionario de esta tecnología, así como darnos cuenta de que sus posibilidades son de enorme calado.

Estamos llegando a la idea clave, al concepto que puede titular esta transformación revolucionaria y servir de nomenclatura a una nueva era: la de la Internet del valor. Porque eso es lo que está ocurriendo; blockchain está permitiendo trasladarnos de la Internet de la información a la Internet del valor.

Como ya hemos explicado antes, hasta la irrupción de la tecnología blockchain, en Internet se manejaban protocolos que permitían intercambiar información de muy distinta índole: ficheros, e-mails, páginas web, imágenes, vídeos, audios, voz… Eso es la Internet de la información, del contenido, de las comunicaciones…, la Internet que usamos todos nosotros cada día y en la que han triunfado empresas que básicamente se dedican a eso, a transmitir información, contenido y comunicaciones, como pueden ser Google o Facebook.

Hay que decir que estos actuales gigantes han alcanzado este éxito en buena medida a costa de que los actores tradicionales que intermediaban en ese espacio como los medios de comunicación o las empresas de telecomunicaciones dejaran de tener el monopolio de esos activos, de la información y la comunicación, y que se expandieran las posibilidades de publicar contenidos y comunicarse de forma global a través de unos protocolos que evitaban que fueran necesariamente centralizados. Eso es lo que consiguieron, por ejemplo, WhatsApp o Skype, que se apoyan en determinados protocolos de Internet para la mensajería o la voz; o lo que hacen Google y Facebook con los contenidos. Es decir, se produjo un proceso de desintermediación que afectaba a cómo acceder a la información, al contenido o a las comunicaciones, y que dio paso a nuevos protagonistas que antes no existían.

Para el usuario final, esto ha tenido dos consecuencias mucho más importantes: por un lado, al introducir competencia en situaciones monopolísticas, se ha acelerado la innovación y, por lo tanto, ha mejorado la calidad de los servicios de forma exponencial —no hay más que comparar WhatsApp con el SMS, por ejemplo—. Y finalmente, la introducción de los actores ha permitido abaratar de forma significativa el coste para el usuario último de esos servicios hasta el punto de hacerlos prácticamente gratis.

Asimismo, blockchain permite dar el paso hacia la Internet del valor, ya que garantiza de forma segura y descentralizada la transmisión de dinero, y de forma más amplia, de valor y confianza, que es algo que tradicionalmente solo podía hacerse con la intermediación de las entidades financieras, los notarios, los abogados… Pero ahora hemos venido a contar con una especie de «tercero de confianza virtual». Nada menos.

Transmitir valor de forma descentralizada, segura y con confianza es algo revolucionario y con potencial para transformar todo el sistema financiero tal y como lo conocemos, y por extensión otros muchos sectores de actividad y la economía global.

Hasta ahora, para intercambiar dinero de forma segura, necesitábamos un intermediario como un banco. Ahora un individuo puede mandar bitcoins a otro de forma segura y fiable sin necesidad de nadie, excepto de la red descentralizada de Bitcoin para validar y aceptar la transacción. Y como veremos más adelante, esto se puede generalizar y transferir a otras formas de valor más allá de las monedas, como acciones de empresas, propiedades inmobiliarias, etc. O incluso se puede ir todavía más lejos y tener aplicaciones distribuidas y descentralizadas, algo que más adelante explicaremos.

Imagina un Uber o un Airbnb donde el acceso a los taxistas o el alquiler de un apartamento para una estancia se haga de forma descentralizada, pero segura y confiable, en una red de blockchain pública sin un Uber o Airbnb que intermedie con la transacción. Ahí está la verdadera revolución de blockchain, y es por eso que muchos dicen que el futuro es descentralizado.

Por todo esto estoy convencido de que blockchain representa la nueva generación de Internet y que el mundo va a cambiar de manera radical en los próximos años gracias a esta tecnología disruptiva, tal y como el e-mail cambió el correo tradicional.

Sus posibilidades, además, van más allá del sector financiero. Desde que Bitcoin pusiera en funcionamiento este planteamiento tecnológico que crea un nuevo protocolo en Internet, ha dado comienzo una carrera en muchos ámbitos por la aplicación de esta innovación de la manera más eficiente posible y con distintos usos. Se abre el abanico de posibilidades y aplicaciones, y algo de eso hemos de debatir en las próximas páginas, ya que resulta más que evidente que blockchain se ha convertido en nuestro mejor candidato para desencadenar una nueva revolución tecnológica.

Pero antes de adentrarnos en las posibilidades de blockchain, veamos cuál ha sido la evolución de las criptomonedas.

5CRIPTOMONEDAS ALTERNATIVAS: LOS HERMANOS Y PRIMOS DEL BITCOIN

Bitcoin (BTC) fue la primera criptomoneda y la primera blockchain, pero, como acabamos de decir, esta tecnología admite otras posibilidades, entre las cuales está el ser aplicada en la emisión de nuevas criptomonedas diferentes al propio bitcoin, empleando otros algoritmos y dotándolas de otras propiedades, aunque generalizadamente con los mismos principios de uso de una red de P2P descentralizada, inmutabilidad y de transacción electrónica segura. Es así como surgen otras criptomonedas, las llamadas altcoins o monedas alternativas.

Pasaron dos años desde que nació el bitcoin sin que se registraran novedades en este terreno, pero en el año 2011 comienza ya a registrarse movimiento en este sentido, fruto del incremento de popularidad que empieza a adquirir la criptomoneda pionera.

Algunas de las primeras divisas digitales fueron Namecoin y Litecoin, pero en la actualidad hay decenas de criptomonedas en circulación y constantemente aparecen otras, si bien los casos de éxito relevante son bastantes menos. Lógicamente, cada criptomoneda trata de mejorar alguno de los aspectos del diseño original de Bitcoin relativos a su escalabilidad, velocidad, anonimato, u otra posible ventaja, o bien ofrecer usos distintos o aplicables en nuevos contextos. Veamos un poco su historia y las más relevantes.

NAMECOIN (NMC)

Namecoin (NMC) fue la primera criptomoneda que apareció. Lo que intentó fue usar la blockchain de Bitcoin, pero aplicada a los dominios de Internet —esos que conocemos todos como .com, .es, .net, etc.— para que fueran, como ya se había logrado mediante esta tecnología con el dinero digital, también resistentes a la censura.

Hay que saber que estos dominios son concedidos por una entidad central y hay una serie de servidores distribuidos por el mundo —los llamados servidores de DNS o Domain Name System— que traducen las direcciones de url, nombres y dominio, en direcciones de IP para que los usuarios puedan acceder a los servidores que proveen de los servicios relacionados con esos dominios. En caso de resultar atacados estos servidores, podría dejarse sin acceso a Internet a los usuarios, ya que los navegadores no podrían acceder a los servidores de los servicios al no poder traducir los nombres de los dominios en direcciones de IP físicas para accederlo. En 2016 un ataque a muchos servidores de DNS dejó a los usuarios sin acceso a Twitter, Amazon, Spotify y otros servicios durante unas horas.

Nos hallamos, pues, ante una extensión de los posibles usos que se le ha concedido a la tecnología blockchain y que consiste en permitir proteger los dominios de Internet de este tipo de ataques. Es así como se ha creado el dominio .bit, completamente descentralizado. El registro sin censura alguna de este dominio se ha convertido, por lo tanto, en la función principal de Namecoin.

LITECOIN (LTC)

Otra de las primeras criptomonedas fue Litecoin (LTC), cuyo nombre deriva del término light, es decir, ‘ligero’ en inglés, lo cual ya nos advierte de cuáles fueron sus intenciones desde el principio.

Fue creada por Charlie Lee, antiguo empleado de Google, que percibió los problemas de escalado que podía padecer Bitcoin tal y como estaba configurada. Recordarás que esto ya lo hemos hablado en un capítulo anterior, que fue algo que se puso de manifiesto en 2017 y que condujo a la bifurcación entre Bitcoin (BTC) y Bitcoin Cash (BCH).

Digamos que, de algún modo, Charlie Lee lo había previsto años antes. Por ello creó una nueva criptomoneda modificando el algoritmo de Bitcoin, de manera que resulta prácticamente idéntica en lo técnico, pero con unas diferencias significativas en lo que se refiere a esa «política monetaria» que describíamos en su momento, y que afecta a la cantidad de monedas que hay que emitir y al tiempo de procesamiento de los bloques.

Lee consideró que la emisión de un bloque cada diez minutos, una vez que hubiera muchas transacciones, provocaría que, dadas las limitaciones de tamaño de los bloques de Bitcoin —el mayor centro del debate entre los partidarios de Bitcoin y Bitcoin Cash—, las transacciones pendientes no iban a caber en un bloque y, por lo tanto, en lugar de ser verificadas en diez minutos, iban a tardar más porque se hacía necesario esperar a poder entrar en el bloque siguiente. De hecho, es lo que pasa hoy en Bitcoin y el motivo de por qué las transacciones tardan más de diez minutos en validarse.

Anticipando este problema, lo que Lee hizo fue reducir el tiempo de generación del bloque a dos minutos y medio en vez de los diez de Bitcoin, y modificó, asimismo, el propio algoritmo que se usa para llegar al consenso en la red y verificar las transacciones, facilitando la minería y no exigiendo así equipos tan sofisticados para tal fin.

Además, la red Litecoin habrá de producir aproximadamente cuatro veces más unidades que la de Bitcoin. Obviamente, cada criptomoneda que se cree tiene su autonomía para establecer su propia política monetaria y, evidentemente, si se emiten más, resulta también más atractivo dedicarse a minar porque hay más opciones de que te pueda tocar algo. No obstante, a su vez, esto reduce el valor de la unidad monetaria —luego cada cual establecerá sus criterios en ambos factores, aunque yo considero que sigue saliendo mejor financieramente la escasez de bitcoin y la mayor dificultad que exige su minado—.

El caso es que Litecoin consigue hacerse bastante popular por este motivo y, sobre todo, porque logra hacer las transacciones y verificaciones de manera más rápida, aunque a su vez pierda con respecto al Bitcoin potencial como almacén de valor, al ser más abundante y registrar más transacciones. El paralelismo que Charlie Lee establece entre ambas criptomonedas con el oro —más escaso— y la plata —más transferible— es directa: si Bitcoin es el oro digital, al Litecoin se le conoce como la plata digital.

Litecoin se ha caracterizado asimismo por ser una de las criptomonedas que más rápida y ágilmente es capaz de adoptar las nuevas tecnologías. Ejemplos de esto es la tecnología del Segregated Witness —o SegWit, que es como se conoce— que permite que las transacciones sean más rápidas y baratas —posibilita segregar cierto tipo de datos de las transacciones haciendo que quepan más en cada bloque y, por lo tanto, se validen más transacciones de golpe—, o del Lightning Network, que básicamente permite que se hagan transacciones muy rápidas, pero fuera de la blockchain, para luego ser introducidas en esta sin perder seguridad. Son soluciones que abordan los tradicionales problemas de escalado que padece Bitcoin, y que Litecoin puede integrar mucho más fácilmente dada la mayor rapidez de su comunidad y el menor tamaño y uso que tiene la misma.

La considerable agilidad que ofrece Litecoin, lo cual a priori no cabe verlo sino como positivo, nos permite plantear un debate que está candente en el mundo de las criptomonedas. En los procesos de creación de las mismas hay que tener en cuenta que estamos hablando de una tecnología, la blockchain, que basa su razón de ser en el hecho de buscar el consenso, por lo que cualquier cambio en el software que dé lugar a una nueva versión o nueva blockchain habrá de ser lento por necesidad, y debe aguardar a ser consensuado por la comunidad, esto es, por los desarrolladores, los mineros, las exchanges, etc. De partida podemos decir que los cambios no pueden hacerse rápido.

Sin embargo, también en este terreno Litecoin ofrece más agilidad, pues cuenta con una comunidad más pequeña y, en consecuencia, tiene la capacidad de adoptar los cambios de forma más rápida. Aquí es donde emerge la controversia, puesto que para muchos esto no es sino una nueva manera de acercarse a la centralización, perdiéndose el concepto identitario de partida. Ahora bien, la máxima descentralización y el hecho de que no haya nadie que tome las decisiones sin consensuar evidentemente ralentiza.

Una comunidad grande sin un líder claro —recordemos que Nakamoto desapareció en 2011— implica más lentitud. Por otro lado, Litecoin o Ethereum —de la que luego hablaremos— sí cuentan con unos líderes más visibles, claros e influyentes, y en el caso del primero se trata de comunidades más pequeñas, por lo que se permite una toma de decisiones más rápida, aunque se pierda descentralización. Este debate incidiría también en la bifurcación posterior de Bitcoin y Bitcoin Cash.

RIPPLE (XRP)

Otra de las criptomonedas más valoradas en la actualidad —ocupa la tercera posición por tamaño de mercado, y durante un tiempo fue la segunda, hasta la irrupción de Ethereum—, es Ripple (XRP). También es de las más controvertidas, puesto que se la considera «la criptomoneda de los bancos», y de hecho muchos argumentan que en realidad ni es una blockchain de verdad ni una criptomoneda.

Lo cierto es que la actividad como empresa de Ripple precede incluso a la de Bitcoin, ya que nació en el año 2004 bajo el nombre de Ripplepay, apuntando ya a la idea de dinero digital y de descentralización en sus transacciones, e incluso contaban desde 2005 con un software propio. Sin embargo, no fue hasta el año 2011, aprovechando ya el tirón de Bitcoin y las posibilidades tecnológicas de blockchain, que todo eso no se materializaría en algo realmente aplicable y valioso. El sistema de Ripple actual no tiene nada que ver con el que se desarrolló durante esta primera época y de alguna forma, en el año 2011, Bitcoin había triunfado donde Ripple no lo había conseguido: en desarrollar un sistema de dinero digital seguro y descentralizado mediante una red P2P.

El principal responsable de conseguir dar este paso en 2011 fue Jed McCaleb, que ya había sido el creador de eDonkey, y fue, además, también quien desarrolló la exchange MtGox antes de vendérsela a Mark Karpelès, y que actualmente es el fundador y responsable técnico de Stellar —una blockchain de tercera generación de la que hablaremos luego—, por lo que su trayectoria en el ámbito de las redes P2P y de las criptomonedas queda suficientemente atestiguada.

Tras la experiencia de MtGox, McCaleb se dedicó a crear su propia criptomoneda. Su principal interés era eliminar la prueba de trabajo de Bitcoin en la que se basa su proceso de minado, ese algoritmo que buscan resolver los mineros y que exige tanta capacidad de computación y consumo energético.

Es bajo esa premisa que se unió a los fundadores de Ripple, que en ese momento cambió su nombre a OpenCoin, y llegaría a asumir el liderazgo del nuevo proyecto, trabajando en la creación de un protocolo que permitiera la transacción de dinero, pero sin necesidad de minado. Para ello, aprovecha la tecnología de block­chain y la creación de una red de nodos, como en el caso de Bitcoin, pero sin que se produzcan operaciones mineras, tan solo transacciones verificadas por varias partes para lograr consenso.

Algo así se lleva a cabo haciendo que cada nodo de Ripple —los llamados ripple gateways que se lanzan alrededor de 2012— funcione en sí mismo como un sistema de cambio local, una especie de PayPal, aunque sin autoridad central, ya que ningún nodo tiene mayor capacidad que el resto. Estos ripple gateways no son nodos distribuidos y descentralizados en una red P2P, sino nodos sometidos a algún tipo de negocio establecido y controlados por una corporación.

Lo que esto permite es que se puedan conectar los sistemas de pago tradicionales y los alternativos en una sola red, y que sea posible la conversión entre distintas divisas y criptomonedas. Además, al no haber operaciones de minado, las transacciones son mucho más rápidas que en Bitcoin. Por otro lado, la introducción de las ripple gateways elimina una de las principales características de una blockchain como la de Bitcoin, la descentralización. Es por este motivo que la comunidad cripto más maximalista no tiene ningún aprecio por la plataforma de Ripple, puesto que entienden que va en contra de la filosofía principal de las redes cripto.

En abril de 2013, Ripple lanza su infame criptomoneda, el XRP. Digo infame porque lo hacen con ciertas características que de nuevo no gustan nada a la comunidad cripto más ortodoxa. La criptomoneda XRP no tiene el concepto de minado, y Ripple —ya renombrado de nuevo de OpenCoin a Ripple Labs— emitió de golpe una cantidad desorbitada de las mismas —100 000 millones—, pero poniendo un porcentaje extremadamente pequeño a la venta y conservando ellos la amplia mayoría, así como dando 20 000 millones de monedas a los fundadores. También cabe decir que no estaba nada claro que hubiera ninguna necesidad de crear una criptomoneda como el XRP para el uso de la plataforma de Ripple, y de hecho hoy ese es uno de los puntos más controvertidos dentro de la comunidad: si de verdad XRP tiene algún valor intrínseco asociado a su futuro uso, o si su valor es estrictamente especulativo.

Por otro lado, no es de sorprender que las características de esta plataforma resultaran especialmente atractivas para el sector bancario, y entidades como el Banco Santander, el BBVA o American Express hayan invertido en la compañía Ripple y hayan empezado a experimentar con la tecnología para sí mismos, ya que se han dado cuenta de que puede resultar de enorme utilidad para resolver de manera más ágil su problema con el doble gasto, y en particular puede llegar a reemplazar el modo en que los bancos realizan las transacciones internacionales, hoy por hoy basado en el anticuado protocolo conocido como SWIFT y que es el responsable, entre otras cosas, de que enviar dinero internacionalmente sea muy lento para el mundo digital —cuestión de días, y no de minutos o segundos—.

De esta manera, Ripple se ha convertido en la blockchain privada por excelencia, la criptomoneda de los bancos, la que les permite realizar sus transacciones internas de forma rápida y segura. Obviamente, no es difícil darse cuenta de que Ripple no está muy bien considerada en la comunidad Bitcoin, porque supuestamente la idea de partida no era ayudar a los bancos, sino sustituirlos, y apostar por blockchains públicas, y no privadas.

Sin embargo, Ripple sí que se ha convertido en una criptodivisa muy popular entre los inversores, estimulados seguramente por el hecho de que los bancos hayan apostado por la empresa, algo que les aporta confianza. No obstante, conviene tener en cuenta que las entidades financieras en realidad no están apostando por la criptomoneda, sino por tecnología que les ofrece y que, por lo tanto, Ripple puede llegar a ser muy valioso como empresa sin que su moneda XRP tenga ningún valor en absoluto, ya que una cosa y otra no están necesariamente vinculadas.

MONERO (XMR)

Si Ripple es la moneda más cuestionada en la comunidad Bitcoin, Monero (XMR) vendría a ser la alternativa a Bitcoin de los más «puristas», la de aquellos que cuestionan a la blockchain pionera porque no es cien por cien anónima, tal y como resultan las transacciones de dinero en metálico.

Hay que tener en cuenta que Bitcoin exige registros públicos que se basan en códigos o claves, y aunque no aparecen públicamente nuestros nombres, sí figuran nuestras identificaciones numéricas, la dirección identificativa de nuestro monedero digital, de modo que si uno llegara a averiguar la correspondencia entre nuestra persona y nuestro monedero, conocería todas nuestras operaciones. Es decir, Bitcoin es un sistema que busca el anonimato, pero que no llega a ofrecerlo al extremo de como sería posible en el caso del dinero en metálico. La criptomoneda Monero nació con el objetivo de actuar en este sentido, de buscar el anonimato más completo posible, siendo la privacidad su prioridad máxima.

Monero ofrece principalmente dos propiedades novedosas en el reforzamiento de esa privacidad. En primer lugar, las monedas en Monero son fungibles. ¿Qué significa esto? En Bitcoin cada moneda es única, y si sale de mi monedero al tuyo, yo ya no lo podré usar y tú sí. Y si ese bitcoin se mueve a su vez a otro monedero podemos «tracear» su historia, seguirle la pista, desde el día de su emisión a su última transferencia. Sin embargo, cuando decimos que en Monero las monedas son fungibles, queremos decir que, considerando mi monedero y el tuyo como iguales, queda registro de que ha habido una transacción, pero no se puede detectar de qué monedero ha salido y a cuál ha llegado. Es decir, sí que queda constancia de una transacción, pero es imposible saber entre quiénes se ha efectuado. Es como si los euros no tuvieran números de serie.

Por ello, Monero incorpora una tecnología específica para no poder hacer visibles las direcciones de los monederos. Se trata de un sistema muy sofisticado que ha conseguido mantener las propiedades de una blockchain de inmutabilidad, contabilidad distribuida y alta seguridad, pero ocultar las transacciones y hacerlas realmente anónimas.

Monero también modifica el sistema de minado. Como ya sabemos, el minado de Bitcoin exige equipos muy especializados, alta capacidad de computación, alto consumo, etc. Hay incluso chips especiales para minar mejor, y todo esto hace que haya importantes barreras de entrada hoy en día. Desde Monero —no son los únicos— han diseñado un proceso de minado que invalida las ventajas de esos chips para democratizar este proceso y permitir que cualquier equipo pueda llevarlo a cabo. Esto, unido al anonimato máximo, ha convertido a esta moneda por un lado en la favorita de aquellos que quieren usar el dinero digital en negocios ilegales, y por otro, en el target favorito de hackers, que consiguen que la gente se descargue sin querer software específico en sus dispositivos para que les hagan minado de Monero sin que ellos lo sepan.

En el mundo del bitcoin, es práctica habitual poner en la lista negra ciertas direcciones que se sabe que contienen bitcoins que han sido conseguidos con actividades ilegítimas —ramsonware, hacks, etc.— para evitar que se puedan usar o vender, pero eso en Monero no es posible.

En definitiva, Monero recoge la filosofía de la privacidad y la descentralización y la lleva hasta el final, pero con ello también se convierte, como hemos visto, en la criptomoneda más atractiva para actividades ilícitas.

HACIA LA SEGUNDA GENERACIÓN

He querido explicar brevemente en qué consisten estas cuatro criptomonedas porque, aunque en la actualidad hay cerca de mil en el mercado, la citadas, además de figurar entre las más relevantes, ejemplarizan muy bien varios aspectos que están en el debate público que se mantiene en torno a la criptoeconomía: nuevos usos y utilidades, mejoras en la escalabilidad y rapidez, blockchains públicas versus blockchain privadas, mayor descentralización y privacidad, mayor democratización en el proceso de minado, etc.

A fecha de febrero de 2018, el listado de criptodivisas, ordenado según su valor en el mercado, sería el siguiente:

1. Bitcoin (BTC) (128 000 millones de dólares)

2. Ethereum (ETH) (74 000 millones)

3. Ripple (XRP) (29 000 millones)

4. Bitcoin Cash (BCH) (17 000 millones)

5. Cardano (ADA) (9000 millones)

6. Litecoin (LTC) (7000 millones)

7. Stellar (XLM) (7000 millones)

8. NEO (6000 millones)

9. EOS (5000 millones)

10. NEM (4000 millones)

Resto (70 000 millones)

En el listado identificarás alguna criptodivisa de la que todavía no hemos hablado, y te llamará especialmente la atención el hecho de que la blockchain más importante después del Bitcoin sea una tal Ethereum, y su criptomoneda ether (ETH) ocupe una privilegiada posición y un notable porcentaje de valor dentro del conjunto de la criptoeconomía. Y, sin embargo, todavía no hemos profundizado en ella. El olvido ha sido premeditado, ya que dada su importancia e influencia he considerado que merece un aparte, espacio más relevante.

Y es que las monedas de las que hemos venido hablando aportaron cada una alguna nueva dimensión a las posibilidades de Bitcoin y la tecnología blockchain, pero el verdadero salto cualitativo, el que iba a abrir nuevas vías de transformación en los mercados financieros, en el mundo empresarial, y en la economía en su conjunto, lo aportó esta nueva blockchain llamada Ethereum. Con ella podemos afirmar que llega la segunda generación de blockchain. Es necesario, en consecuencia y como hemos dicho, dedicarle cierta y especial atención, tanto a la plataforma en sí como a las nuevas posibilidades y elementos que ha traído consigo.

Asimismo, si con Ethereum vamos a conocer la segunda generación de criptomonedas, el listado nos enseña también otras que en estos momentos se sitúan bastante más atrás en su posición dentro de lo que representan en la capitalización del mercado, pero que se cuelan también dentro de ese top ten. Vendrían a ser las llamadas plataformas blockchain de tercera generación. Nos referimos a Cardano, Stellar, NEO, NEM o EOS, de las que hablaremos en la última parte de este libro.

6ETHEREUM: LLEGA LA BLOCKCHAIN 2.0

DINERO PROGRAMADO

En el año 2014, en un momento de plena efervescencia en cuestión de aparición de nuevas criptomonedas, nació la plataforma de blockchain pública Ethereum. Pronto se comprobó que esta no era una más. Ethereum no se limitaba a cambiar en algo el algoritmo de Bitcoin y mejorar alguna propiedad o priorizar determinada prestación para crear otra criptomoneda. Fue mucho más allá al ser capaz de permitir nuevas posibilidades de programación en los nodos de la cadena de bloques.

La tecnología que ofrecía era bastante más potente que lo visto hasta ese momento, y su contribución a la criptoeconomía estaba llamada a ser francamente revolucionaria, puesto que superaba el ámbito estricto del dinero digital y entraba de lleno en el concepto de propiedad digitalizada y de las aplicaciones descentralizadas o Dapps, lo cual abría muchísimas posibilidades en los mercados, ofreciendo innovadoras maneras de financiar y monetizar proyectos empresariales y digitalizar la propiedad, así como vías muy poderosas para proporcionar liquidez. Esto ocurría en buena medida gracias a la introducción o popularización de esta plataforma de los smart contracts —o contratos inteligentes— y de las ICO, que se extendían a ritmo exponencial en infinidad de actividades de carácter financiero o empresarial.

Detrás de Ethereum está un programador de origen ruso canadiense llamado Vitalik Buterin, nacido en 1994; es decir, que apenas tenía veinte años cuando creó esta revolucionaria plataforma. Sigue siendo muy joven ahora, pero su juventud no le ha impedido convertirse en una de las primeras figuras en el mundo de cripto y blockchain. Lo cierto es que desde los diecisiete Buterin estaba volcado por completo en el universo del bitcoin y se dedicaba constantemente a escribir sobre esta materia. Él fue quien fundó en 2011 la Bitcoin Magazine.

Buterin se dio cuenta de que existía la posibilidad de generalizar lo que hacía Bitcoin mediante su red distribuida y descentralizada de contabilidad y de registros inmutables a otras funcionalidades. Por ejemplo, una red descentralizada de computación donde se pudieran ejecutar aplicaciones.

La mayoría de las aplicaciones que conocemos pasan hoy por un servidor que se encarga de llevar a cabo la computación con los datos que recibe, e inmediatamente proporcionar un resultado. Este es el caso, por ejemplo, de WhatsApp: el mensaje que tú emites pasa por su servidor, y luego este se encarga a su vez de emitirlo. Se trata de una red P2P, pero no estrictamente descentralizada, puesto que hay alguien en medio que se asegura de que esa transacción se realice.

Lo que pretendía Buterin —y conseguiría con Ethereum— era desarrollar aplicaciones descentralizadas del todo; es decir, donde la red en sí misma fuera la que ejecutara y validara la aplicación, la entrada y la salida, y le llegara a quien estaba al otro lado sin que hubiera un punto centralizado que tomase la decisión de cómo ejecutar dicha aplicación. Se trataba de un tipo de computación diferente al que conocemos, pero sin duda representaba el futuro, la manera en que muchas aplicaciones se desarrollarían a partir de ahora.

Sin embargo, el lenguaje de programación de Bitcoin era un tanto limitado y no permitía que a las transacciones que se registran en los nodos se les pudieran añadir o programar otras propiedades. Por ello en 2013 publicó un artículo en este sentido, comunicando que era posible aumentar la plataforma de Bitcoin de forma que se permitiera que los nodos tuvieran esa capacidad de programación y pudieran añadir nuevas propiedades. Estaba anticipando la red de aplicaciones descentralizada y, de algún modo, lo que estaba ya solicitando es que el dinero fuera programable, que las capacidades de los nodos no se limitaran solo a registrar las transacciones que incluían cada bloque.

Las ideas de «red de aplicaciones distribuidas» y de «programar dinero» eran, sin duda, disruptivas, pero no obtuvieron ninguna receptividad en su momento dentro de la comunidad bitcoin. Como ya sabemos bien a estas alturas, esta comunidad funciona como la mayoría de las comunidades de software abierto y si no hay consenso entre los programadores principales para aceptar un cambio, este no se hace. Y en este caso hubo bastante poco.

Es por ello que en enero de 2014, Vitalik Buterin anunció que iba a crear una nueva blockchain capaz de ejecutar no solo transacciones, sino también aplicaciones de forma distribuida y descentralizada. La llamó Ethereum, un término procedente del ámbito de la ciencia ficción que alude al medio invisible que permite que se pueda viajar a la velocidad de la luz en el universo. Pero lo que traía consigo no era algo de ciencia ficción, aunque pudiera parecerlo por su carácter tan innovador, sino una realidad inminente: había nacido la que estaba llamada a ser la tecnología más disruptiva desde que lo había hecho Bitcoin.

PROPIEDADES DIGITALIZADAS Y APLICACIONES DESCENTRALIZADAS

El proyecto de Ethereum se materializó en una fundación afincada en Suiza, desde la cual Buterin lideró un equipo encargado de desarrollar esta nueva plataforma y crear su propia criptomoneda, el ether (ETH), que es lo que se mina para que haya un incentivo económico para formar parte de la red, al igual que en el caso de Bitcoin, pero que es a su vez la moneda con la que se paga por el uso de la plataforma de Ethereum. Así, el valor del ETH debería estar altamente correlacionado con el uso que se haga de Ethereum como plataforma de block­chain. Otro aspecto interesante del ETH es que, al contrario del bitcoin, no tiene una política monetaria deflacionaria y no tiene determinado el número máximo de ETH que sean emitidos.

La gran aportación de Ethereum fue que permitió programar los nodos para que se ejecuten programas de software completos, pero siempre de manera distribuida, es decir, con las mismas propiedades que las transacciones de bitcoins —descentralizadas, imposible de ser censuradas, seguras, el código es inmutable, etc.—.

Estos programas que se ejecutan son los llamados smart contracts o contratos inteligentes, un paso adelante decisivo, puesto que la integración de esta modalidad algorítmica en blockchain, el poder «programar dinero», ha permitido abrir la puerta al desarrollo de infinidad de aplicaciones prácticas, y dar el paso hacia una nueva realidad: la digitalización de la propiedad.

De forma muy sencilla, un contrato inteligente es un programa de software que se ejecuta normalmente junto con una transacción financiera. Básicamente, un contrato inteligente es un programa que dice «si pasa A entonces haz B», donde A es algún tipo de evento y B muchas veces es un pago. Por eso se llaman contratos y no programas. Una de las grandes ventajas de estos contratos inherentes a blockchain es su seguridad e inmutabilidad, no se pueden alterar ni modificar.

Si Bitcoin creó el dinero digital, podemos concederle a Ethereum la creación de la propiedad digitalizada, puesto que su tecnología permite codificar las propiedades de un activo mediante un contrato inteligente. Por ejemplo, si yo quiero comprar un coche a plazos, puedo crear un smart contract que gobierna cómo ocurren las cosas: establece la adquisición por mi parte de ese activo, y programa la transferencia de dinero periódica de mi monedero al monedero del vendedor en los términos y plazos que hayamos acordado.

Precisamente, como el contrato es inmutable, no puedo modificarlo para dejar de pagar o cambiar la cantidad que tengo que pagar, y se ejecuta de forma automática —es como una transferencia de banco periódica pero descentralizada—. Esto, como seguramente ya empiezas a ver, tiene muchísimas posibilidades ya que, en general, en cualquier entorno en el que haya que confiar en alguien concreto para que algo pase —un seguro, una hipoteca, una apuesta, cobrar un sueldo, un dividendo, etc.—, se puede automatizar y eliminar al intermediario que provee de esa confianza —y cobra por ello— a través de este código informático auditable, completamente transparente y no manipulable por ninguna de las dos partes.

Si vamos un paso más allá, una Dapp o aplicación descentralizada, es básicamente una aplicación de usuario final —una app móvil o una web— que interacciona con la blockchain de Ethereum —u otras, como ya veremos— mediante una serie de smart contracts. Las Dapps suelen usar también almacenamiento distribuido y el código fuente suele estar abierto.

Veamos un ejemplo de cómo funcionaría DUber o un Uber descentralizado. En este escenario habría una aplicación de código abierto DUber que sería lo que se usaría por parte del usuario final para pedir un taxi. La relación entre el app DUber y los taxistas está gobernada por un contrato inteligente que especifica cómo se pagan los taxis, qué comisiones hay involucradas o cómo cambian las tarifas, todo de forma descentralizada y transparente —no como hoy en día, que no se sabe exactamente el criterio por el cual Uber con frecuencia sube los precios, teóricamente para atraer más conductores—.

Esto tiene bastantes ventajas. Primero, se elimina el intermediario y, por lo tanto, se abaratan los costes y se reducen las comisiones. Segundo, se provee de transparencia al sistema y posiblemente un reparto más equitativo del valor generado. Por último, es mucho más rápido, sencillo y barato de implementar que la versión centralizada. Enseguida veremos, además, cuando expliquemos los tokens, que, con estas aplicaciones, e introduciendo un token como criptomoneda dedicada para el consumo de estos servicios descentralizados, podemos llegar a conseguir que una parte importante de los 60 000 millones de dólares que vale Uber hoy, se hubieran repartido entre los taxistas y los usuarios de DUber, y no todos hubieran ido a parar a la empresa que controla el servicio y sus inversores. Es decir, hubiéramos también descentralizado el valor que ha creado Uber como empresa.

Como acabamos de comentar, muy ligado a esta idea de digitalizar la propiedad y de las aplicaciones descentralizadas está el concepto de token, que también trae consigo Ethereum, ya que su tecnología y programación nos permite crear algo que no sea necesariamente una moneda, sino también otros tipos de representación de utilidad o valor.

Los tokens son, por un lado, criptomonedas —el bitcoin puede ser interpretado como el primer token digital que se creó—, que como todas las que venimos citando se pueden gestionar sin la necesidad de un banco central. Al igual que bitcoin o ether, estos tokens están en la blockchain, se guardan en monederos y se pueden comprar o vender en las exchanges, o conseguir por otros medios. La gran diferencia es que estos están vinculados a un contrato inteligente que define cómo funciona el token, cuál es su política monetaria —o sus token economics como se conoce en la industria—, cómo y dónde se puede usar, etc. En esencia es como poder lanzar una criptomoneda programable, pero por encima de una blockchain que ya existe, en este caso Ethereum. Además, para un desarrollador experimentado crear un token para un proyecto es extremadamente sencillo.

Veamos dos tipos de tokens, empezando con los más populares hoy, los conocidos como utility tokens o tokens de utilidad, que es el que podría usarse dentro de un ecosistema particular si se quiere participar de determinados servicios que ofrezca.

Podemos hacernos una idea de lo que significa esto si atendemos al funcionamiento los casinos, algunos festivales de música o Disneylandia. Como todos sabemos, los casinos emiten sus fichas —sus tokens—, que son los que funcionan dentro de los mismos como representación del dinero a la hora de apostar. En Disneylandia lo que existe es una pulsera electrónica que cargas y que te permite realizar los pagos de las atracciones y consumiciones dentro de su recinto, dentro de su ecosistema. Entre los festivales de música hay experiencias tanto de tokens propios como de pulseras electrónicas.

Los tokens de los que venimos hablando en relación con la criptoeconomía son algo similar. Se trata o bien de derechos de uso de una plataforma o bien de servicio concreto —como el caso del token del casino o de Disney—, que es lo que se correspondería con el token de utilidad.

La idea es que si la política monetaria del token está diseñada correctamente y el negocio de los casinos, de los festivales de música o de Disney —aquellos donde solo se puede funcionar o consumir con su token propio— crecen de forma más rápida que la emisión de tokens nuevos, el valor de este no puede más que subir de precio para poder acoger a los nuevos consumidores de esos tokens.

También se podrían usar como incentivo para mejorar los negocios. Por ejemplo, Disney podría darlos como reclamo a que ciertos restaurantes se establecieran en Disney y de esa forma incentivarles a hacer que Disney en general fuera bien, ya que en ese caso no solo su negocio iría también bien, sino que el valor de sus tokens subiría. En cierto modo puedes ver el símil con los mineros de Bitcoin y cómo tienen un incentivo económico —reciben bitcoins por estar en la red—. Es lo mismo, pero con muchísima más aplicabilidad en multitud de negocios.

Volviendo al ejemplo de DUber, en un entorno descentralizado es más complicado cobrar comisiones por intermediar y, por lo tanto, las empresas que lanzan esos servicios tienen que buscar otros modelos de negocio. Una posibilidad sería la creación del token DUber. Este serviría como moneda de pago de los servicios de los taxistas, y tendría un contrato inteligente asociado que permitiría hacer estos pagos de monedero de consumidor a monedero de conductor de forma automática. Pero no solo eso. DUber podría haber dado tokens DUber tanto a los futuros usuarios del servicio como a los taxistas y a sus empleados, de forma que ahora habría un incentivo económico alineado entre los tres constituyentes del negocio: los que desarrollan el servicio, los que lo consumen y los que lo prestan.

Si el negocio va bien y el consumo sube, también lo hace el valor del token y todos ganan. Algo nunca visto. En la economía tradicional las empresas suelen estar desalineadas en sus incentivos e intereses frente a sus diferentes constituyentes. Por un lado, los accionistas quieren más beneficios, lo cual ejerce presión al equipo gestor de la empresa para que suba precios y baje costes. Por otro, los clientes quieren mejor servicio a menor coste y los empleados quieren mayor compensación, lo cual implica más costes. Imposible contentar a todo el mundo y normalmente los que se suelen salir con la suya al final son los dueños, es decir, los accionistas.

En un servicio descentralizado monetizado vía tokens, todo el mundo está incentivado en remar en la misma dirección. Mejor servicio, más barato, más usuarios lo adoptan, más sube el token de valor y más ganan todos —siempre y cuando la política monetaria y de distribución del token esté correctamente diseñada—.

Otra alternativa de los tokens es que sean representaciones digitales de activos económicos y representen un valor dentro de un negocio con los derechos subyacentes —por ejemplo, dividendos—, que es lo que se conocería como token securitizado o security token. Pueden ser asimilables a las acciones de una empresa, pero también representar activos como propiedades inmobiliarias u obras de arte, de manera que, además de acciones, tienen ingresos o beneficios, o un dividendo, o cualquier otro derecho económico. Como definíamos antes, lo que permiten es digitalizar la propiedad.

Estos token pueden asimismo listarse en las exchanges existentes, igual que las criptomonedas, y cotizar y permitir operaciones de compraventa de ellos, con lo cual tienen otro gran valor añadido, que es el de proveer de liquidez al activo subyacente.

Además, los tokens son muy fáciles de crear; y desde que se popularizó el concepto en 2014 o 2015, ya han salido al mercado infinidad de ellos. Esto es así porque, sin duda, ofrecen muchas ventajas. Un desarrollador informático con cierta experiencia podría desarrollar uno en Ethereum en apenas unos días, y de esto las empresas se han dado cuenta, así como de las posibilidades que les proporciona.

Si una empresa ha desarrollado un token y lo vende, dispone de capital por adelantado para financiar nuevos proyectos. Entramos aquí en una realidad ciertamente interesante relacionada con la financiación en el ámbito empresarial: es lo que se conoce como los token crowd sales o Initial Coin Offering (ICO), otra de las aportaciones revolucionarias que trae la criptoeconomía. El nombre no ha sido escogido al azar, es un guiño a los famosos IPO —Initial Public Offering—o salida a bolsa de la época del dot.com, pero con otras características que veremos más adelante.

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