Bitcoin, criptomonedas y blockchain

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TERCERA PARTE: EL FUTURO DE LA CRIPTOECONOMÍA » 9. DE LA DISRUPCIÓN TECNOLÓGICA A LA REVOLUCIÓN FINANCIERA » Impactos financieros, impactos globales

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TERCERA PARTEEL FUTURO DE LA CRIPTOECONOMÍA

7ALGUNOS MITOS Y MUCHAS EXPECTATIVAS

EL AÑO NETSCAPE DE LA CRIPTOECONOMÍA

El principal cometido con que afrontaba este libro era ser capaz de ofrecer a un público amplio, no necesariamente experto en tecnología ni familiarizado con el entorno financiero, un acercamiento conceptual e histórico al universo cripto, en un momento en el que está dando tanto que hablar y llegados a un punto que yo considero decisivo dentro de su evolución y desarrollo.

Esencialmente, ese ha sido el camino que hemos recorrido hasta el momento en las páginas precedentes: nos hemos dedicado a observar el contexto en el que ha irrumpido el dinero digital, aclarar conceptos, comprender la tecnología que subyace, apuntar las implicaciones que conlleva… Hablamos de un periodo de tiempo de apenas una década desde que el bitcoin vio la luz, pero no cabe duda de que ha sido intenso, que muchas cosas han cambiado ya, y que nos ha aportado unos cuantos elementos ciertamente innovadores para el debate.

Pero no me parece suficiente limitarme a una mera explicación divulgativa que repasa un pasado reciente y aclara ­conceptos. Manejamos algo que, tal y como me encargaba de proclamar desde la Introducción, tiene un potencial revolucionario, de manera que me exige —nos exige— que extienda la mirada, que la extendamos todos, no solo hacia atrás, también hacia adelante, hacia lo que el futuro puede traernos en este terreno con tantas posibilidades. Las expectativas son altas, sin duda.

Esta mirada hacia el futuro cobra, además, especial alcance en un momento en el que tenemos muy reciente el haber cruzado un punto de inflexión especialmente significativo: el vivido en el pasado 2017, el año Netscape de la criptoeconomía. Recordarás que ya hemos empleado antes la expresión en estas páginas.

Como quizás ya sepas, Netscape fue el primer navegador comercial que hubo en Internet, mucho antes de los usados ahora como Firefox de Mozilla, Safari de Apple o Chrome de Google. Apareció en 1995, y con él se comenzó a popularizar para la gente la idea de poder conectarse y navegar por las páginas de esa red llamada Internet, accediendo a distintos tipos de información. En realidad, el concepto de Internet existía mucho tiempo antes, desde 1981, año en el que se había llegado ya a formular el primer protocolo, pero no fue hasta 1995 cuando todo eso llegara a asentarse y, algo importante, se percibiera como una realidad comercial y no solo como una fantasía de informáticos o ingenieros.

Además, ese mismo año 1995 Netscape llevó a cabo también una IPO —u OPV, Oferta Pública de Venta, en español— con la que comenzaba a cotizar en bolsa, otro rasgo distintivo que marca ese momento como clave en la evolución de Internet. Lo cierto es que, en la práctica, el grado de penetración de Internet entre la población todavía no alcanzaba siquiera el 1 %, pero a través de la visibilidad de Netscape, su existencia, su realidad, se había popularizado, había salido a la luz y se encontraba ya a la vista de la mayor parte de la población. Y eso es básicamente lo que se entiende como el año Netscape: la popularización global de Internet gracias a la irrupción de este navegador comercial y a su exitosa salida a bolsa.

En 2017 podemos decir que sucedió algo similar con respecto a la criptoeconomía. Como bien sabemos, el bitcoin nació unos cuantos años antes, pero fue en este año cuando el «fenómeno popular» explotó, el año en el que las ICO experimentaron su boom particular, produciéndose el primer impacto de ICO exitosas. Es el año, como hemos visto, en que la cotización del bitcoin se disparó por encima de los 10 000 dólares —de hecho, por un breve tiempo, llegó a cotizar hasta los 20 000 dólares— y cruzó la barrera de una capitalización de mercado por encima de 100 000 millones de dólares, arrastrando también un gran dinamismo en el mercado de otras criptodivisas.

Otro paralelismo con lo que sucedió en 1995 con respecto a Internet es que, en realidad, solo unos pocos manejaban en la práctica criptomonedas o tokens —menos de 50 millones de personas en todo el mundo, es decir, ni el 1 % de la población—, pero el ruido mediático ya se había producido, con el añadido de que ahora ya existen Internet y las redes sociales —que al fin y al cabo es lo que estaba irrumpiendo entonces—, por lo que este ruido mediático se amplifica hoy en día muchísimo más.

De manera que, aunque realmente el nivel de penetración siga siendo muy bajo, no podemos poner en duda que lo cripto, el bitcoin, los tokens, las ICO, etc., se han popularizado, y como ocurría en 1995 con Internet, solo estamos viendo la punta del iceberg. La realidad es que hoy todo el mundo habla de cripto, bitcoin o parece que todas las start-ups quieren hacer una ICO, pero en verdad es que pocos los emplean o entienden demasiado bien. Lo mismo pasaba en 1995 después de la salida a bolsa de Netscape, que todos hablaban de Internet, pero casi nadie la usaba. Todo esto va a terminar explotando en cuestión de uso, aplicaciones reales y reconocimiento en los próximos años, aunque aún estamos arrancando y nos movemos en un entorno muy incipiente y muy poco maduro.

Siguiendo con los paralelismos entre uno y otro de los años Netscape, también podemos prever que, de hecho, quién sabe, es posible que el bitcoin se quede finalmente reducido a una función de oro digital y no consiga dar el salto a convertirse en una auténtica moneda, o pierda todo su valor porque él mismo se desplace a otra criptomoneda con mejores propiedades y tecnología. Sería similar a lo que le sucedió a la propia Netscape, o a Lycos/Terra, o Altavista, y a otras empresas pioneras en su día en Internet, que luego fueron desplazadas por nuevas propuestas como Google y Facebook —que son las que finalmente se han impuesto hoy—. Por eso, muchos creen que en el caso de las criptomonedas tampoco habrán de ser las actuales las que triunfen, sino las que están por llegar y sean capaces de solucionar los problemas e inconvenientes que existen, o de dar respuesta a los nuevos retos que han de surgir.

Considero que acabamos de cruzar una frontera y que debemos preguntarnos en qué punto estamos y cuáles son las perspectivas de futuro. Por eso, me parece fundamental que dediquemos esta última parte del libro a proyectar nuestra mirada hacia lo que está por venir en torno a la criptoeconomía y que en buena medida está sucediendo ya porque en este mundo todo resulta extremadamente acelerado. Debemos identificar las posibilidades que se abren ante nosotros con esta tecnología, descubrir su potencial y perspectivas, atender a su evolución y a los retos que deben afrontarse, y ser capaces de manejar las expectativas de un modo realista.

Ya sabemos que hay posturas enfrentadas, desde aquellos que observan esto con un fervor casi religioso y plena confianza en el elemento revolucionario de la criptoeconomía, hasta quienes no dejan de apuntar constantemente y de forma casi apocalíptica riesgos y problemas en relación con la misma. El debate está servido y la polémica en boca de todo el mundo.

Por eso mismo es tan valioso que analicemos con un mínimo de calma lo que puede estar por venir. Y quiero comenzar, puesto que es conocida mi postura como la de alguien que cree que en efecto nos encontramos ante algo disruptivo, por responder, ahora que se habla tanto de ello, a las múltiples críticas que se le hacen al universo cripto, lo cual ha terminado levantando ciertos mitos en torno al mismo que no siempre están justificados. Luego ya pasaremos a lo largo de sucesivos apartados a plantearnos los principales elementos que afectan al futuro de la criptoeconomía: retos pendientes, las nuevas generaciones de criptomonedas y blockchains, y los impactos previsibles en los ámbitos financieros, económicos y empresariales.

DESMONTANDO MITOS

El haber vivido recientemente, como acabamos de explicar, ese año Netscape de la criptoeconomía, trae consigo una serie de consecuencias que estamos experimentando ahora mismo.

Acabamos de ver la irrupción popular de un fenómeno que, como todo lo nuevo, da mucho que hablar y alcanza una enorme difusión, especialmente en la era digital, pero que también debe enfrentarse a la muy humana resistencia al cambio. Lo nuevo provoca curiosidad en la mayoría y entusiasmo en unos cuantos, pero también miedos y suspicacias en no pocos, sobre todo cuando de fondo hay aspectos técnicos de carácter tecnológico y financiero un tanto complejos que no son sencillos de comprender —de ahí la importancia otorgada a la parte histórica y conceptual—. Como consecuencia de ello, se han elevado también muchas voces críticas con la criptoeconomía, con opiniones a menudo exageradas o no del todo justificadas, que han dado lugar a una serie de mitos que considero que merece la pena que sean respondidos.

¿SON EL BITCOIN O LAS CRIPTOMONEDAS UN ESQUEMA PONZI?

Una de las críticas habituales de gente tan reconocida como el Premio Nobel Paul Krugman o Yves Mersch, uno de los ejecutivos más importantes del Banco Central Europeo, ­sobre el bitcoin o las criptomonedas es que todo esto no es sino un esquema piramidal, lo que se conoce como un esquema Ponzi. Pero ¿lo es de verdad?

Veamos primero qué es exactamente un esquema Ponzi para entender si es aplicable al bitcoin y las criptomonedas en general.

Aunque esquemas piramidales siempre han existido, el nombre de esquema Ponzi se refiere a la estafa inventada por Carlo Ponzi, un italiano emigrante en Estados Unidos durante principios del siglo XX. En estos esquemas, típicamente el promotor —Carlo Ponzi en este caso—, promete a los inversores retornos desorbitados por un activo —en su caso unos cupones de respuesta de correos que, según él, se podían traer de Italia y vender más caros en Estados Unidos—, cuando en realidad esos retornos no existen, sino que básicamente se pagan a los inversores existentes con el dinero de los inversores nuevos, y así de forma continuada —de ahí también el concepto de esquema piramidal—.

Otro caso reciente ha sido el de Bernie Madoff, en Estados Unidos, que llevó a cabo el fraude piramidal más grande de la historia, defraudando más de 60 000 millones de dólares de cerca de 5000 inversores.

De modo que aquí podemos ver que, en un esquema Ponzi o piramidal, tienes un promotor central que es el que promete retornos y continúa incentivando a nuevos inversores para entrar, y así poder pagar esos «retornos» a los anteriores.

Nada de eso existe en general en el bitcoin o las criptomonedas. Cuando la gente compra bitcoins no hay ningún tipo de retorno garantizado que sea prometido por una entidad central. Bitcoin y las criptomonedas son activos económicos descentralizados y con políticas monetarias completamente transparentes e inmutables. Pueden ser malas inversiones si no acaban triunfando, pero no son para nada un esquema Ponzi, y referirse a ellos con este término solo implica desconocimiento de su significado.

Sobre el bitcoin y, por extensión, sobre otras criptomonedas y, en general, sobre el dinero digital, incluso la criptoeconomía en su conjunto, se vienen escuchando en la opinión pública críticas reiteradas sobre ciertos aspectos tales como que no tiene un valor intrínseco ni nada que lo sustente por debajo; sobre sus problemas de seguridad; acerca de su vinculación a actividades ilegales; en relación con el elevado coste energético que implica su funcionamiento a través de unos procesos de minería que exigen equipos muy sofisticados; o, muy especialmente, sobre que se trata de un fenómeno «de moda» fruto de una fuerte especulación que está dando lugar a una burbuja.

Es comprensible que, en un momento tan delicado, en un terreno tan inmaduro y en esta era digital tan proclive al ruido mediático se cuestione algo que irrumpe de forma tan potente y con afán revolucionario, pero suele ser habitual que las críticas, aunque a menudo partan de algún fundamento, también se magnifiquen demasiado, e incluso den lugar a mitos injustificados, como puede estar ocurriendo en este caso. Es importante distinguir el ruido de las nueces.

Por eso quisiera comentar brevemente algo al respecto de todos esos aspectos críticos que salen constantemente a colación, porque además así vamos a comprender mucho mejor los puntos débiles y fuertes del universo cripto, los retos que hay que afrontar y su potencial futuro.

¿NO TIENE VALOR INTRÍNSECO?

Sobre este aspecto ya hablamos cuando en nuestra breve historia del dinero comprobamos que el fiduciario también dejó de sustentarse sobre el patrón oro y, por lo tanto, tampoco el dólar o el euro tienen un valor intrínseco ni están sustentados por nada debajo que no sea la confianza que los usuarios le otorguemos a esas monedas y el acuerdo común.

Lo mismo cabe decir del valor que haya de concedérsele al bitcoin u otras criptomonedas, por lo que no cabe distinción en este sentido con respecto a las que emiten nuestros bancos centrales. Es decir, si el bitcoin u otra criptomoneda ganan aceptación y confianza, el que no tengan valor intrínseco no supone ningún tipo de problema para su adopción y uso futuro.

¿RELACIONADA CON ACTIVIDADES ILEGALES?

Aquí no podemos menos que recordar el dañino efecto que produjo aquella polémica de Silk Road, así como los múltiples hackeos que ha habido en la historia reciente de las criptomonedas.

Como decíamos páginas atrás, esa imagen negativa del bitcoin como la moneda empleada en negocios ilegales, o como vía para blanquear dinero, le sigue persiguiendo, y todavía sigue pesando en la mentalidad de la gente. Pero como también ya se ha explicado antes, ese en el fondo es el problema irresoluble del dinero en metálico, que es el medio de pago que sigue estando más extendido para las transacciones ilegales. ¿Prohibimos el dinero en metálico? No tiene mucho sentido: es un medio que se emplea mucho para el blanqueo y las actividades ilícitas, pero también para comprar el pan. Recordemos que el dinero digital es su equivalente, en lo bueno y en lo no tan ­bueno.

En cualquier caso, el digital es más transparente que el dinero en metálico, ya que cada transacción, como hemos dicho, deja traza. Es verdad que el dinero es anónimo en la mayoría de los casos, pero se le puede seguir la pista. Así, por ejemplo, si alguien ha tenido que pagar en bitcoins algún tipo de extorsión, o si se han robado los bitcoins de un monedero accediendo a sus claves privadas, esos se pueden tracear en la blockchain de Bitcoin y, por lo tanto, señalarlos como contaminados para futuros usos, ya que han sido obtenidos de forma ilegal.

FACEBOOK PROHÍBE LOS ANUNCIOS SOBRE CRIPTOMONEDAS E ICO

En febrero de 2018, Facebook anunciaba por sorpresa que había cambiado la política de sus anuncios y que prohibía toda publicidad de criptomonedas —incluyendo el bitcoin— e ICO. En su nota de prensa se refería a los mismos como «productos financieros y servicios frecuentemente asociados con prácticas promocionales engañosas».

Facebook viene a decir que considera que todos los anuncios de criptomonedas o ICO son generalmente engañosos y que buscan confundir al usuario. La prohibición se extiende también a Instagram y a su plataforma para anuncios en páginas de terceros Facebook Audience Network. Lo cierto es que la fiebre de las ICO y las criptomonedas ha atraído todo tipo de malos actores que se intentan aprovechar del desconocimiento del público en general de estos productos financieros para atraer sus inversiones.

Sin embargo, hay que decir bien claro que también hay muchos servicios de compra y venta de criptomonedas y muchas ICO que son completamente legítimos y que, por lo tanto, la medida de Facebook parece en principio exagerada, ya que también penaliza a todos los servicios honestos que solo buscan una audiencia sin intentar engañar a nadie. La alternativa más adecuada parece que hubiera sido simplemente filtrar los anuncios para dejar pasar unos y no otros, y publicar una guía de buenas prácticas que las empresas anunciantes de estos productos estuvieran obligadas a cumplir. Claro que eso hubiese significado que Facebook hubiera tenido que dedicar recursos para implementar este sistema, de manera que lo que parece es que han optado por el método más sencillo de, simplemente, bloquearlos todos.

Sin embargo, esto choca bastante con el anuncio reciente que realizaba el propio Mark Zuckerberg según el cual se imponía como desafío para 2018 —ya es tradición desde el año 2009 que Mark Zuckerberg anuncie y realice retos anuales, como esos años que aprendió chino mandarín, leyó veinticinco libros, visitó todos los estados de Estados Unidos o construyó un asistente virtual basado en inteligencia artificial como el de las películas de Iron Man para su propia casa— aprender más sobre las criptomonedas y la encriptación.

Zuckerberg se planteaba descubrir el potencial del universo cripto para llegar así a reducir el poder de los sistemas centralizados —como el que ha llegado a acumular de manera imponente el propio Facebook, lo cual es admitido obviamente por su mismo creador— y descentralizarlos. Al fin y al cabo esto era una promesa de los inicios de Internet que no ha llegado a cumplirse, aunque los entusiastas de las criptomonedas y de blockchain creen que esta vez será una realidad gracias a estas nuevas tecnologías.

¿FALTA DE SEGURIDAD?

La cuestión de la seguridad del bitcoin y del dinero digital, en general, exige una explicación más amplia, y merece la pena extenderse un poco porque esta seguridad —o falta de ella— está siendo permanentemente sometida a debate.

En este caso, la herencia dejada por lo ocurrido con MtGox también pesa mucho. Parece que se transmitió una sensación de que la criptomoneda o la tecnología de la blockchain podía ser fácilmente hackeada.

Sin embargo, es importante entender que ninguno de estos hackeos de exchanges como MtGox —que de hecho no han sido ni mucho menos el único: por ejemplo, Bitfinex, que fue la exchange que la reemplazó como la más grande del mundo, perdió 72 millones de dólares en bitcoins en 2016— han sido debidos a fallos de seguridad del bitcoin.

Conviene recordar que antes de cualquier problema de hackeo de exchanges, en agosto del año 2010, ya se detectó una primera gran vulnerabilidad en el protocolo Bitcoin. Hasta ese momento las transacciones no eran verificadas antes de ser incluidas en la cadena de bloques, lo que podía permitir a los usuarios superar las restricciones de Bitcoin y crear un número indefinido de bitcoins. Esta vulnerabilidad fue descubierta el 15 de agosto cuando se emitieron 184 000 millones de bitcoins en una sola transacción, pero fue detectada en cuestión de horas y borrada, siendo la vulnerabilidad arreglada. No ha vuelto a detectarse ninguna otra en el protocolo Bitcoin ni de ninguna de las otras criptomonedas importantes. Es decir, que la red de Bitcoin, excepto por este problema de seguridad, no ha sufrido nunca un ataque de ciberseguridad.

Los problemas como el de MtGox u otros, que frecuentemente aparecen en la prensa, son debidos a aplicaciones creadas por encima, como las exchanges o los monederos, que no se han desarrollado de forma segura y, por lo tanto, han dado lugar al acceso indebido de las claves privadas, las cuales a su vez dieron acceso a transferir bitcoins a otras direcciones distintas. Lo mismo podemos decir de la red de Ethereum: aunque ha habido multitud de problemas de seguridad en monederos como Parity o en operaciones de ICO, la red en sí misma nunca ha sufrido ninguna vulnerabilidad. Estoy convencido de que estos contratiempos se irán solucionando de manera progresiva conforme la industria madure y se vaya profesionalizando. Al fin y al cabo, ya ha pasado con el mundo bancario tradicional.

Hoy se escuchan pocas noticias de robos a bancos, pero no hace tanto tiempo, cuando yo era joven, todavía se producían asaltos a sucursales de forma frecuente, como el famoso intento de atraco al Banco Central en Barcelona en el año 1981. Así, al igual que ahora estos robos son algo residual en la sociedad actual, creo que pronto pasará lo mismo con los hackeos de las exchanges o los monederos de cripto.

LA COMPUTACIÓN CUÁNTICA: LA POSIBLE AMENAZA PARA LAS CRIPTOMONEDAS

Como hemos visto, la seguridad de las blockchains de las criptomonedas se basa en la inhabilidad de los ordenadores actuales de resolver funciones criptográficas de forma eficiente. Tal es así que, si en el futuro los ordenadores pasan a ser varios órdenes de magnitud más rápidos, existe la posibilidad de que puedan resolver esos puzles criptográficos en poco tiempo y, por lo tanto, puedan llegar a manipular las criptomonedas.

Aquí es donde entran los ordenadores cuánticos como posible amenaza para las criptomonedas. Este tipo de ordenador usa un paradigma de computación completamente diferente al de la computación clásica. En el mismo, en lugar de bits se usan los llamados cubits, que pueden dar lugar a nuevos algoritmos de computación muchísimo más rápidos.

En la computación clásica, para incrementar la velocidad de computación de un ordenador se tiene que reducir el tamaño de los microchips para hacerlos cada vez más pequeños y así conseguir más velocidad de proceso. Sin embargo, existe un límite, ya que no se pueden hacer microchips infinitamente pequeños y a partir de cierto tamaño pierden sus propiedades y dejan de funcionar. En un ordenador cuántico, algo sobre lo que se teoriza desde los años ochenta, pero que aún no es una realidad, en lugar de jugar con unos y ceros como en la computación tradicional, se usa un estado más que el cero y el uno, un estado en el que una partícula puede ser un cero y un uno a la vez.

Hoy los ordenadores cuánticos están muy lejos de ser una realidad y los pocos experimentos existentes solo han conseguido una capacidad de computación extremadamente limitada. Por eso, a pesar de lo que defienden algunos expertos contrarios a las criptomonedas, no parece que vayan a ser ninguna amenaza para la seguridad de blockchain y las criptomonedas en décadas, si es que llegan a desarrollarse algún día, lo cual no está nada claro.

¿EXCESIVO CONSUMO ENERGÉTICO?

El elevado consumo energético por parte de los potentes ordenadores que en todo el mundo se dedican a los procesos de minería es otra de las críticas más habituales entre los opositores al bitcoin y las criptomonedas. «El Bitcoin consume más electricidad que países como Dinamarca o Nigeria», son declaraciones que se han podido leer —o muy similares— en titulares de medios de comunicación.

Hay que admitir que el gasto energético de estos procesos es uno de los puntos débiles del protocolo inventado por Nakamoto a tener más en cuenta. Y es cierto también que una red descentralizada consume mucha energía porque se trata de ordenadores muy potentes que están funcionando veinticuatro horas y, además, la revaloración de la moneda hace que el incentivo derivado de la prueba de trabajo —que es como se conoce al sistema de consenso que se usa para estas redes— haga que la mayoría de los mineros no se anden con demasiados remilgos con respecto al gasto en electricidad y que la red continúe creciendo.

Ahora bien, ¿hablamos de un dispendio energético inasumible a medio plazo? Tampoco podemos cuantificar con exactitud el gasto energético, pues depende de la procedencia y la eficiencia energética de los equipos de los distintos mineros, pero admitiendo que es muy elevado —el investigador en políticas públicas Christopher Malmo calcula que cada transacción con bitcoin supone al menos veintiséis kilovatios hora en minería, o lo que es lo mismo, el 89 % de lo que consume un hogar medio estadounidense en un día—, también es necesario situarlo en contexto.

En términos absolutos el consumo eléctrico de la blockchain de Bitcoin vendría a significar apenas el 0,1% de lo que se consume en el mundo, y aunque compararlo, por ejemplo, con lo que consumen Dinamarca o Nigeria y situarlo por encima resulte llamativo, no deja de ser un tanto tramposo, ya que se trata de países con muy poca población, el primero, o escaso nivel de desarrollo, el segundo.

Si lo comparamos con otros países, la red de Bitcoin consume al día lo mismo que 520 000 canadienses; o bien, toda la electricidad consumida por Bitcoin en un año solo duraría diecinueve horas en Estados Unidos. Si fuera un país, se situaría en el puesto 117 de consumo eléctrico. Solo Google, con sus docenas de data centers enormes repartidos por el mundo en 2015, consumía ya el doble de electricidad que Bitcoin.

De manera que, parece que en el ámbito global, el consumo ni es tan alto ni resulta insostenible.

Y tampoco nos engañemos: el consumo de la banca tradicional es obviamente mucho mayor. No olvidemos que el mantenimiento de las estructuras bancarias tradicionales tampoco nos sale gratis y el coste que implica la criptoeconomía bien puede verse como un precio razonable a pagar por la disrupción que provoca, por ser capaz de desintermediar un sistema financiero que consume mucha más energía para llevar a cabo operaciones que van a dejar de ser necesarias, y que, además, nos cobran miles de millones de euros por prestar servicios que pueden ser reemplazados por otros muchísimo más baratos.

En cualquier caso, no obviemos que aquí reside un punto débil que habrá que considerar en el futuro y sobre el que se puede actuar. Tenemos margen de mejora. De hecho, otras blockchains como Ethereum y otras de tercera generación están trabajando precisamente en este terreno y buscando métodos criptográficos de consenso más eficientes desde el punto de vista energético, como enseguida veremos.

¿FUENTE DE ESPECULACIÓN?

Otro de los lugares comunes en lo que a la criptoeconomía se refiere es el fuerte componente especulativo que se ha creado alrededor de ella. A mí me gustaría apuntar que el concepto especulador, aunque tiene una connotación negativa, no es más que el de un inversor dispuesto a asumir más riesgo que otro a cambio de un posible retorno mayor. Y que los especuladores, como inversores que arriesgan más que otros, son los que crean industrias nuevas, ya que invierten en las mismas cuando están en estado incipiente y poco desarrolladas y cuando su nivel de riesgo e incertidumbre es mayor.

Es normal que un mercado emergente y con tanto potencial como el de la criptoeconomía se llene de especuladores, pero eso no tiene por qué ser necesariamente malo, puesto que, como digo, son estos quienes en última instancia abren nuevos mercados y hacen fluir el dinero. Otra cosa es el abuso o que se ponga a especular cualquiera sin saber dónde se mete y sin criterios firmes de comportamiento, pero que ahora mismo haya en el mercado cripto muchos especuladores —llamémosles mejor inversores— que estén apostando y arriesgando su dinero por las criptomonedas, va a permitir el desarrollo de esta nueva realidad como antes ocurrió en otras industrias.

El ejemplo de Amazon es significativo. Durante la burbuja de Internet entre 1998 y 2000 el valor de la compañía estuvo por los suelos; se había desplomado su valor tras el pinchazo de la burbuja. Sin embargo, puesto que tenía detrás un buen sustento, una gran idea de negocio —fueron nada menos que los pioneros del e-commerce—, a lo largo de los años ha terminado generando un valor brutal que ya no es desde luego especulativo. No obstante, fue esa «especulación» inicial la que le permitió ser lo que es hoy en día, ya que sin ella no hubiera sobrevivido.

Si miramos el gráfico de evolución en bolsa de Amazon, observaremos que esa famosa burbuja, cuando miras la evolución de la acción a más largo plazo, es prácticamente inapreciable. La especulación también crea industrias, y Amazon o Apple son ejemplos excelentes en este sentido.

Principios de 2000, cuando la burbuja del dot.com explotó.

Hemos de confiar que detrás de Bitcoin y blockchain también haya grandes ideas de negocio y un enorme potencial económico. No nos lamentemos antes de tiempo de una especulación que quizás está provocando un dinamismo en un mercado que necesitaba este movimiento. Para muchos puede que se esté generando una burbuja, pero otros vemos que esto, puesto en el lugar que le corresponde, lejos de ser una burbuja no es sino, como decíamos al principio, la punta de un gran iceberg.

LA PUNTA DEL ICEBERG

Muy en relación con esa dimensión especulativa que acompaña a la criptoeconomía emerge otra de las grandes críticas que se le hace: que estamos ante una burbuja que va a terminar por explotar más pronto que tarde.

Quería comentar esta cuestión al final del presente capítulo porque, en contraposición a esta idea que sobrevuela constantemente todo debate actual en torno al bitcoin, las criptomonedas, los tokens o las ICO, deseo posicionarme en un punto completamente antagónico: lo que hemos vivido hasta el momento no es sino la punta de un iceberg que todavía está por descubrir sus auténticas dimensiones.

¿ESTAMOS ANTE UNA BURBUJA?

Admitido que estamos en un periodo propicio a la especulación, es también posible que en el marco de esa euforia se estén produciendo operaciones asimilables a la creación de una burbuja, pero para entender realmente si esto es así, conviene poner las cosas en perspectiva y situar al bitcoin en su «lugar en el mundo financiero» para entender su tamaño actual y ver su potencial.

Así que nos va a resultar muy valioso medir cuánto de grande es el bitcoin con respecto a otros activos financieros, y evaluar si está justificada dicha posición o dicho tamaño en relación con su potencial.

De este modo, podemos darnos cuenta de que, aunque un bitcoin es ya muchas veces más valioso que una onza de oro, puesto que hay muchísimas más onzas de oro en circulación que bitcoins, el tamaño del mercado del oro es hoy en día muchísimo mayor. El oro representa aproximadamente un valor de más de 8 billones de dólares —un ocho seguido de doce ceros—, mientras que el tamaño del mercado del bitcoin estaba en marzo de 2017 por debajo de los 200 000 millones, es decir, unas cuarenta veces menos.

Dado que el oro crece con más rapidez que el bitcoin —ya que del primero se mina mucho anualmente del que se mina del segundo—, si en unos años este se convirtiera en un oro digital y reemplazara al oro actual como almacenamiento de valor y ese ocho con doce ceros se trasladara al bitcoin, el precio de este se dispararía de forma espectacular, superando su cotización con creces del medio millón de dólares desde los 10 000 dólares a los que está ahora. Es decir, tendría un crecimiento potencial de cincuenta veces.

Además, el oro no deja de ser algo muy pequeño: solo las monedas de dinero fiat en el mundo acumulan un valor que supera en más de cinco veces el del oro. Podríamos añadir también otros activos financieros para seguir dándonos cuenta de las magnitudes de las que hablamos y de que el bitcoin no es aún sino una gota en el océano del mundo de las finanzas.

Por supuesto, puede ser que el bitcoin no triunfe y sea el Lycos de las criptomonedas, y que sea más tarde cuando aparezca el Google del cripto, pero a lo que yo me refiero es que el valor de la criptomoneda que triunfe puede llegar a ser cincuenta veces mayor que el tamaño del bitcoin actual.

¿Tiene sentido hablar de burbuja dadas estas escalas? Si creemos que en un momento dado el dinero digital va a llegar a reemplazar al oro y potencialmente a las monedas, el valor del bitcoin hoy, lejos de representar una burbuja, es en realidad muy pequeño todavía.

El siguiente gráfico comparativo que ubica el bitcoin y el conjunto del mercado de criptomonedas en relación con otros activos financieros y al valor de algunas de las más importantes empresas actuales como Apple o Amazon, es ilustrativo.

Comparativa de criptomonedas, activos financieros y empresas.

Creo que queda patente que todavía hay mucho recorrido y mucho margen para el crecimiento de la criptoeconomía. Estamos hablando de una fracción mínima, y esto es extensible a las ICO, de las que todo el mundo habla, pero que, ya hemos dado antes estas cifras, apenas representan el 10 % de la financiación por crowdfunding, y ni siquiera el 1 % de lo que representa el capital riesgo anual.

También las ICO ofrecen un enorme margen para disrumpir. Y más cuando nos empecemos a mover de la emisión de tokens de utilidad para start-ups a tokenizar activos como los fondos o el mercado inmobiliario, que son mercados muchísimo más grandes y con muchísimo más potencial. Estamos empezando —todavía no es tarde para entrar en este mundo— y no tiene sentido escuchar a esas voces agoreras que solo ven una burbuja en lo que es una potencial revolución.

En definitiva, para terminar este capítulo y responder a las muchas críticas que se vierten sobre la criptoeconomía, es necesario recordar que todas esas nuevas oleadas de tecnologías disruptivas como Internet a finales de los noventa, los móviles a principios del siglo XXI, y ahora el mundo de cripto y blockchain, siempre vienen asociadas con una etapa de ebullición y especulación que, inevitablemente, viene luego acompañada de una caída. Pero también hay que tener en cuenta que, una vez pasada la misma, todas han seguido creciendo hasta hacernos olvidar las caídas, y todas han producido empresas que han transformado el mundo y el cómo hacemos las cosas, desde cómo accedemos al conocimiento, en el caso de Google, hasta cómo compramos, en el caso de Amazon, por poner dos ejemplos muy significativos.

Es posible que en el mundo cripto estemos ahora viviendo ese momento de burbuja o euforia especulativa, pero tengo claro que, a largo plazo, estas tecnologías están aquí para quedarse, y que van a transformar el mundo de cómo transaccionamos con valor tal y como la Internet actual ha revolucionado cómo transaccionamos con información o contenido.

En realidad, todavía está todo por hacer y hay cantidad de oportunidades. Las expectativas son altas y, por supuesto, hay unos cuantos retos a los que hacer frente que están marcando la evolución de este sector. Vamos a conocerlos.

8AFRONTANDO RETOS: EL UNIVERSO CRIPTO 3.0

LOS GRANDES DESAFÍOS

Acabamos de ver que existen ciertos mitos y críticas en relación con la criptoeconomía que resultaban conveniente matizar, pero eso no significa que, en efecto, no haya aspectos que son mejorables y que constituyen retos necesarios de afrontar. Tal es así que el futuro de la criptoeconomía tiene mucho que ver con cómo son desafiados estos, que en buena medida llevan cierto tiempo sobre la mesa. En la respuesta a los mismos es donde identificamos las nuevas propuestas de criptomonedas y blockchains de la que sería ya la tercera generación cripto, y que enseguida vamos a conocer.

Los principales retos a los que se enfrenta la criptoeconomía ya han sido presentados en estas páginas, y se refieren a su escalabilidad y su volatilidad, aunque cabe añadir otros como la interoperabilidad o la usabilidad. En las respuestas que se están dando a estas cuestiones, especialmente a las dos primeras, se percibe la evolución y el potencial de esta tecnología tan innovadora y disruptiva de la que venimos hablando.

Tal es así que podemos afirmar que las blockchains de tercera generación están desarrollando soluciones para mejorar la escalabilidad con respecto a Ethereum, a la que nos referimos como blockchain 2.0, mientras que muchas de las nuevas criptomonedas que ven la luz nacen con vocación de superar esa volatilidad que arrastra el bitcoin desde su irrupción.

Detengámonos un poco en estos grandes retos que se le presentan a la criptoeconomía, porque esa es la mejor manera de ser capaces de anticipar su futuro.

ESCALABILIDAD

Seguramente este es el reto más importante al que hacen frente las criptomonedas y, de hecho, una de las grandes preguntas que se formulan en este mundillo es si las hoy blockchain líderes, Bitcoin y Ethereum, «lo conseguirán», es decir, si saldrán airosas de este desafío de la escalabilidad.

Ya hemos hablado antes de la cuestión. La realidad es que, al haber crecido tanto, al añadir tantas transacciones con bloques cada pocos minutos, a menudo las transacciones tardan en ser verificadas y registradas. Por diseño, la tecnología de block­chain tiene más problemas de escalabilidad que un software centralizado porque, como sabemos, todos los ordenadores han de contribuir a verificar y registrar las transacciones. Al contrario de lo que ocurre con los ordenadores centralizados, en una blockchain cuantos más ordenadores haya, más se ralentizan los procesos. Es el precio que hay que pagar por la descentralización y la inmutabilidad.

En general, cuando se diseña una blockchain hay que tener algún tipo de balance para conseguir de manera simultánea tres cosas: descentralización, consenso y escalabilidad. Como estamos viendo, las blockchains son capaces de lograr consenso sobre el estado de un activo o moneda de forma completamente descentralizada, pero esto ha sido a costa de perder escalabilidad. Hoy Bitcoin procesa tan solo siete transacciones por ­segundo, por las veinte de Ethereum, mientras que el —relativamente— recién creado Bitcoin Cash hace sesenta, acercándose a PayPal, capaz de hacer ciento noventa y tres transacciones por segundo.

Sin embargo, en todo caso esto palidece en comparación con la capacidad del mundo financiero tradicional. La red de procesado de pagos con tarjetas de Visa puede llegar hasta 24 000 transacciones por segundo. En el mundo de blockchain, el líder en escalabilidad es por ahora mismo Ripple, con 1500, pero ya hemos visto que lo hace a costa de sacrificar la descentralización, y, por lo tanto, no se puede comparar con los esfuerzos de escalado de redes como Ethereum o Bitcoin, que lo pretenden hacer manteniendo esta descentralización.

Por añadidura, ya sabemos que la mayoría de las blockchains se basan en el método de consenso llamado proof-of-work (PoW), o prueba de trabajo, que exige ordenadores muy potentes y muy caros, y consumen asimismo gran cantidad de electricidad, conectando así con uno de los problemas atribuibles a la criptoeconomía que citábamos anteriormente.

Velocidad de transacción de las criptomonedas comparadas con Visa o PayPal.

De manera que nos encontramos con problemas estructurales de diseño —que tienen que ver con el tamaño del bloque y el tiempo de emisión— y con dinámicas complejas, como que cada transacción deba ser verificada por la red entera y sometida a una prueba de trabajo para llegar al consenso de cómo aceptarla y validarla de forma distribuida, lo cual implica un muy alto consumo energético.

Así las cosas, hemos de admitir que, tal y como están diseñadas las blockchains de Bitcoin o la de Ethereum, la verdad es que no van a conseguir escalar nunca, y por eso tienen que evolucionar.

¿Cómo es posible superar estos problemas de escalabilidad? Principalmente se proponen tres soluciones. La primera pasaría por intentar crear sistemas donde se puedan realizar las transacciones de forma muy rápida en una capa paralela a esa blockchain principal donde, como sabemos, se almacenan todas las transacciones. De esta forma, estas se consumirían por fuera y periódicamente se introducirían en la cadena principal.

Por otro lado, se propone sustituir la proof-of-work (PoW), o prueba de trabajo, por la llamada proof-of-stake (PoS), o prueba de participación. En ambos casos hablamos de protocolos de consenso distribuido, pero la segunda incorpora alguna novedad que hace que la obtención de la recompensa no dependa tanto del poder computacional del minero y no exija en consecuencia tanto consumo.

Como hemos visto en los primeros capítulos, los algoritmos de consenso son una parte fundamental de lo que hace que una blockchain funcione, ya que dictaminan cómo se verifican y ordenan las transacciones en un libro mayor distribuido. Sin una entidad central, la red de participantes —nodos, mineros— que conforman una blockchain tienen que ponerse de acuerdo acerca de la validez de las transacciones que se añaden al libro mayor, usando una serie de reglas predeterminadas.

La idea es que, se use el método que se use para resolver este problema —el conocido desde los años ochenta como el problema de los generales bizantinos—, se tiene que hacer de forma que ningún actor individual o —grupo de actores— que se una para intentar modificar el libro mayor tenga suficiente poder como para manipularlo.

El primer método de consenso distribuido que surgió en la era cripto con el bitcoin fue el llamado proof-of-work o prueba de trabajo. Como hemos visto, consiste en que cada nodo intente resolver un problema criptográfico usando sus recursos computacionales, siendo el que lo resuelve quien tiene el derecho a validar la transacción —o el bloque de transacciones, más precisamente— y escribirla en la cadena de bloques que, a su vez, el resto replica. Esto es lo que provee de la propiedad de inmutabilidad al libro mayor, ya que una vez escrita por todos, solo se puede modificar si la mayoría lo acepta, algo bastante complicado de que pase en un sistema con muchos nodos y una alta descentralización.

Pero como sabemos, el problema de esta solución es el alto consumo de recursos computacionales que se traduce en un alto consumo de energía, algo que no termina siendo muy sostenible. La alternativa propuesta por la industria es la prueba de participación que surge en el año 2012. Esta se sustenta en la suposición de que, en lugar de basarnos en comprar un hardware caro para poder resolver pruebas criptográficas más rápidas que el resto y tener el retorno económico de las mismas, quienes posean más unidades de una moneda basada en PoS serán quienes estén especialmente interesados en su supervivencia y buen funcionamiento, de manera que serán ellos los más indicados para cargar con la responsabilidad de proteger al sistema de posibles ataques. Por eso, el protocolo los premia con una menor dificultad para encontrar bloques, dificultad que sería inversamente proporcional al número de monedas que demuestren poseer. Dicho de otro modo: cuantas más monedas tienes ya, más puedes participar y más posibilidades dispones de obtener retorno. Otro factor que se tiene en cuenta es cuánto tiempo hace que poseen las criptomonedas, para premiar también a los nodos que están invertidos en el funcionamiento a largo plazo de la red.

Lo cierto es que no es un funcionamiento sencillo y hay bastantes problemas por resolver —en particular el llamado nothing at stake, donde si hay una bifurcación, un nodo puede estar minando en dos blockchains a la vez, ya que tiene monedas de ambas, y no apuesta por ninguna—, pero con todo, estamos ante algo que se está comenzando a implementar cada vez más, y una línea en la que están trabajando las blockchains 3.0 que se diseñan ya directamente así.

Incluso la propia Ethereum ha anunciado que va a migrar de PoW a PoS, aunque no está claro exactamente cuándo. Otras variaciones que se han contemplado son las llamadas delegated proof-of-stake (DPoS en sus siglas en inglés) o prueba de participación delegada, que ha sido promovida por Dan Larimer, el co-fundador de BitShares, Steemit y EOS. Esta prueba usa unos grupos de delegados que son seleccionados por la red de usuarios y que tienen unos nodos separados para hacer el minado. Como estos delegados se consideran fiables por la comunidad, esto soluciona el problema del nothing at stake descrito anteriormente.

Todo esto nos demuestra que la búsqueda de un mecanismo de consenso ideal que tenga en cuenta el coste, la eficiencia y la escalabilidad continúa siendo unos de los problemas sin solucionar de la comunidad blockchain, por lo que la industria todavía tiene ante sí el enorme reto de conseguir consenso descentralizado de forma eficiente y rápida.

Pero hay una tercera vía para solucionar los problemas de escalabilidad que consistiría en realizar las transacciones off-chain —fuera de la cadena— en lugar de on-chain —dentro de la cadena—.

Hoy, para registrar una transacción todos los nodos deben hacerlo, pero la propuesta de futuro sería que existieran cadenas más ligeras que registraran solo una parte de las transacciones entre dos entidades, abriendo una especie de canal de pagos entre ellos, y no todo el histórico cada vez, aunque luego, obviamente, cuando se cierre ese canal, los registros deban ser trasladados a la cadena principal para que hubiera consistencia. Si esto se pudiera hacer de forma segura, evitando el problema del doble gasto, se ganaría muchísima escalabilidad. En realidad, es un modelo que se asemeja a lo que viene haciendo Visa. Desde que uno paga con su tarjeta hasta que ese dinero es transferido a la cuenta del receptor pasa cierto tiempo. El concepto sería el mismo: que se pudiera garantizar que la transacción ha pasado y no se pudiese deshacer, admitiendo que hasta que esté copiada en el libro mayor distribuido pueda haber un pequeño espacio temporal que no genere un problema de doble gasto.

Asegurar que esto pase se consigue con una serie de smart contracts que garantizan que ese dinero se mueva solo entre esas dos entidades. Es lo que se conoce como Lightning Network —red de la luz—, que está ya implementado en algunas blockchains como la de Litecoin, y se ha empezado a experimentar con ella en Bitcoin y Ethereum. El nombre viene de la rapidez a la que pueden pasar las transacciones: la velocidad de la luz. Con este sistema se pueden mover las transacciones fuera de la blockchain pública y hacerlo solo entre dos entidades, consiguiendo, además de incrementar la velocidad en la transacción, abaratar mucho los costes de la misma, ya que los mineros no están involucrados y, por lo tanto, no cobrarán nada por hacerlas. Estas redes paralelas a la blockchain pública principal están diseñadas para conseguir soportar micropagos con criptomonedas como bitcoin, algo que hoy por hoy no es factible por el tiempo que tardan y el coste que tienen.

INTEROPERABILIDAD

Hoy en día no hay una manera sencilla de que de un bitcoin pases a un ether, o de que un smart contract ejecutado con la blockchain de Ethereum sea válido para otra… Uno de los inconvenientes que Internet solucionó en su momento fue el de la interoperabilidad, por ejemplo, entre direcciones de correo electrónico —no existe ninguna dificultad en enviar un mail desde una dirección de Gmail a, por ejemplo, una de Hotmail—. Sin embargo, en el mundo blockchain no hay prácticamente interoperabilidad, y eso termina generando un problema, porque al final el universo cripto está construido a base de muchas islas —blockchains— diferentes, y no resulta fácil moverse de una a otra.

La idea sería conseguir una especie de «Internet de blockchains» donde todas hablen con todas de alguna forma. De las nuevas iniciativas que venimos enumerando, esta es la que con diferencia está más verde de todas. Uno de los principales actores en estas iniciativas, una compañía llamada Polkadot, no tiene pensado empezar a operar hasta 2019. Los métodos empleados para introducir interoperabilidad entre blockchains varían, pero normalmente se focalizan en aspectos como el poder realizar transacciones de una blockchain a otra de forma segura, crear blockchains que aseguren la interoperabilidad entre otras dos de ellas o puentes que ofrezcan conexiones de una blockchain a otra.

USABILIDAD

Reconozcámoslo: ahora todos hablamos de dinero digital y de bitcoins, pero al margen del entorno de esos libertarios y ciberpunks y de los entusiastas de la tecnología que suelen ser usuarios tempranos de todas las cosas —como me pasa a mí—, su uso no está todavía nada expandido. Y una de las principales barreras de entrada es que de momento la usabilidad de muchos de los servicios disponibles es bastante baja. Esto nos puede recordar a los inicios de Internet, con una usabilidad muy baja de casi todos los servicios, y cuando el mero hecho de conectarse usando un módem y un software especial para hacer la llamada era todo un reto. Hoy, comprar o vender bitcoins u otra moneda, crear monederos de Ethereum para guardar tokens o participar en una ICO no está en absoluto diseñado para todos los públicos.

Ahora mismo esto de las criptomonedas y su compraventa se reduce a un proceso especulativo a la espera de lo que ocurra en el futuro, más que a una auténtica utilidad práctica que se le pueda dar a las monedas. Hay algunos usos muy concretos en transferencias, incluso algunos pagos, pero en realidad muy pocos todavía.

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