Bitcoin, criptomonedas y blockchain

Bitcoin, criptomonedas y blockchain


PRIMERA PARTE: ORO DIGITAL » 3. EL DINERO DIGITAL HA LLEGADO PARA QUEDARSE » Los caminos se bifurcan

Página 6 de 15

PRIMERA PARTEORO DIGITAL

1UNA BREVE HISTORIA DEL DINERO

Hoy en día hablamos de dinero digital con normalidad, pero habrás comprobado que se ha extendido también el uso de la expresión «oro digital» cuando la gente se refiere al bitcoin y las criptomonedas. No es gratuito ni está nada mal elegido ese término de ‘oro’, y no solo por esa connotación que tiene metafóricamente como de algo que es muy valioso, o como sinónimo de riqueza, sino también por lo que este metal precioso ha representado en la historia del dinero.

Por eso, para entender mejor lo que viene a significar el bitcoin, conviene hacer un breve recorrido por la historia del dinero que hemos citado: desde la misma Prehistoria hasta la crisis económica mundial de 2008, desde el trueque hasta el dinero digital; un trayecto que te ayudará a entender mejor la realidad de lo que representa hoy la aparición de una criptomoneda como el bitcoin.

Este recorrido histórico que quiero realizar como capítulo primero ayudará a fijar ideas y conceptos que resultarán valiosos más adelante, y nos va a permitir ver que la concepción original del dinero se ha desvirtuado de manera considerable a lo largo del tiempo, y que quizás es precisamente ahora el dinero digital el que la está recuperando. Pero vayamos poco a poco.

El dinero no ha existido siempre. Al principio se practicaba el trueque: uno producía leche porque tenía una vaca y cambiaba esa leche a un agricultor por patatas, o por cualquier otro bien que necesitara o no tuviese. Obviamente, esta no era una forma fluida de funcionar cuando las comunidades iban creciendo, y es algo que en sociedades amplias resulta muy ineficiente. Por eso, ya desde el Neolítico, en Mesopotamia, paralelamente al nacimiento de la civilización 2500 años a. C., se tuvo la idea de que debía haber algo intermedio para canjear. Es así como nació el dinero, una herramienta que permitió intercambiar, comprar y vender las cosas. Aunque, en realidad, ya desde su concepción, la moneda fue algo más, y cumplió con tres funciones fundamentales, que conviene que tengamos muy en cuenta:

— Una moneda es algo en la que puedes almacenar valor, que se cuantifica.

— La moneda, tal y como decíamos, es algo que puedes intercambiar por cosas, que te permite pagar por hacer transacciones.

— Y finalmente, la moneda es algo que sirve para referenciar: es una referencia de valor que otorga precios a las cosas.

Seguramente, la mayoría nunca nos hemos parado a pensar en estos tres conceptos que reúne toda moneda para cumplir con su función, los hemos dado por sentado, pero es importante que aquí los manifestemos expresamente porque va a ser necesario recordarlo cuando hablemos de las criptomonedas.

Pero volviendo a aquellos pastores del Neolítico que inventaron el dinero, posiblemente tampoco les resultara fácil llegar a crear una moneda que les sirviera, y es más que probable que hubiera unos cuantos ensayos fallidos. Y es que una moneda para ser realmente eficaz exige poseer unas cuantas características, pues no cualquier cosa servía para intercambiar, almacenar y ser una referencia de valor. Por eso, la moneda debía ser:

√ Escasa. Si fuera sencilla de conseguir como, por ejemplo, una piedra corriente, no tendría mucho sentido. Uno no iba a querer dar lo que ha producido o conseguido con esfuerzo por un puñado de guijarros que podría recoger en la calle.

√ Difícil de copiar. En caso contrario perdería su valor. Si la moneda elegida fuera fácilmente reproducible, cualquiera fabricaría su propio dinero, provocando una inflación galopante y la pérdida de confianza en ella.

√ Portable. Si se había de usar para intercambios en un mercado, debía poder ser transportada por uno mismo.

√ Perdurable. Si corría el riesgo de perderse por el mero paso del tiempo o porque se estropeara por las condiciones meteorológicas, no se antojaría muy eficaz.

√ Fácilmente divisible en unidades pequeñas para poder adaptarse a todo tipo de transacciones.

√ Deseable. Es decir, que apelara por sí misma el interés de una persona.

Con estos criterios —seguramente de manera inconsciente o instintiva— fueron desarrollándose las formas primitivas de dinero, siendo los metales preciosos los que fueron poco a poco ganándose el privilegio de ser considerados el objeto más adecuado. Estos metales preciosos al principio fueron valorados en función de su peso, estableciéndose una equivalencia entre este y su valor, pero con el tiempo se fueron transformando ya en monedas acuñadas al estilo que nos resulta más familiar hoy en día, algo que se extendió de forma casi simultánea en varios lugares del mundo —desde el Oriente más próximo hasta China— hacia el año 600 a. C.

No obstante, incluso antes de estas monedas, ya habían aparecido los primitivos bancos. Puede sorprender esta cronología, pero lo cierto es que las monedas, y después los billetes, exigen una estructura burocrática previa que les conceda validez. Los primeros bancos fueron los propios palacios o templos en Mesopotamia y Egipto, recintos que estaban muy bien custodiados y en los que se almacenaban los metales preciosos y otras materias primas, extendiéndose un recibo a cambio del depósito —un recibo que ya servía para realizar transacciones con terceras partes—.

Los billetes de papel nacieron en China alrededor del siglo VIII d. C., aunque después —en el XV— abandonaron esta forma de dinero durante centurias. En Europa los billetes no llegaron hasta el XVII —Suecia fue el país pionero—, fruto del fuerte incremento de la actividad económica y comercial, la cual demandaba una provisión de dinero superior a la que podían ofrecer los metales.

Con el papel se dio un paso más en la evolución del dinero, ya que la moneda empleada dejaba de tener un valor intrínseco en su soporte físico, y lo que importaba era el respaldo que tenía detrás por parte de sus emisores —finalmente los Estados, aunque inicialmente también hubo emisores privados—.

A partir de este momento en que se hace extensivo el empleo de billetes que vienen avalados por los Estados, se va instaurando el hecho de que cada país termine contando con su propia moneda nacional, que es emitida en una cantidad que viene respaldada por sus reservas de oro. Nace así el patrón oro, que fue inicialmente modelizado por el famoso filósofo —también economista— británico David Hume a mediados del siglo XVIII, y que se consolidó en los acuerdos de Bretton Woods en 1944, justo después de la Segunda Guerra Mundial.

En aquel momento se acordó adoptar un patrón oro según el cual Estados Unidos debía mantener el precio del oro en 35 dólares por onza, y se le concedió la facultad de cambiar dólares por oro a ese precio sin restricciones ni limitaciones.

Al mantenerse fijo el precio de una moneda —el dólar—, los demás países debían fijar el precio de las suyas con relación a aquella, y de ser necesario, intervenir dentro de los mercados cambiarios con el fin de mantener los tipos de cambio dentro de una banda de fluctuación del 1 %.

El patrón oro es, por lo tanto, un mecanismo que fija la emisión de monedas y billetes en un país en función de la cantidad de oro que posea, lo cual resultaba muy útil. Cuando los billetes vinieron avalados por una autoridad central, se evitaba el riesgo de bancarrota; pero existía otro, el de la inflación, para el caso en que un país imprimiera demasiado dinero. Y eso es lo que evitaba el patrón oro, una idea que no deja de estar inspirada en los primitivos tiempos en los que la moneda emitida dependía de la cantidad de metal precioso disponible, estableciéndose así un límite.

En el ámbito doméstico, el patrón oro mantiene la cantidad de dinero en circulación más o menos estable, y evita la inflación; y en el internacional, permite fijar las tasas de cambio entre monedas, concediendo, además, una estabilidad a las mismas.

Esta fórmula funcionó muy bien durante mucho tiempo, mientras los países cumplieron con la regla, pero en el siglo XX sufrió diversos varapalos —la Primera Guerra Mundial, la Gran Depresión, el colapso de los acuerdos de Bretton Woods…—, lo que provocó que los Estados se fueran saltando el patrón establecido y emitieran más dinero del que les correspondía.

Al final, en 1971 —el año que yo nací—, murió definitivamente el patrón oro, algo que fue oficialmente anunciado por Richard Nixon. Los dólares dejaron de tener una correspondencia con el oro depositado en la Reserva Federal norteamericana, que es lo mismo que decir que la moneda dejaba de tener un valor que fuera sustentado por nada. Es en este momento que se pasa del llamado dinero fiduciario al llamado dinero fiat —del latín fiat que quiere decir ‘que así sea’—, un término que se usa mucho en el mundo cripto para referirse a las monedas no cripto como el dólar o el euro.

Es importante entender esto porque es un punto de inflexión fundamental: el dinero fiat, ya sea el dólar, la peseta —en aquel momento— o el euro —ahora— pasa a tener el valor que nosotros queramos concederle o que los gobiernos le concedan por decreto, pero sin ninguna relación con reservas físicas. Si lo aceptamos como medio de pago —como almacén de valor, como medio de intercambio, como referencia de precio—, será válido; si no lo aceptamos —como ocurre ahora con la peseta o con cualquiera de las monedas nacionales de los países de la Unión Económica y Monetaria europea—, dejará de tener valor, puesto que detrás de nuestros euros o dólares no hay ningún sustento como en su momento hubo con el oro, y valdrá solo si todos estamos de acuerdo en que valga.

De manera que desde 1971 el patrón oro ha sido sustituido por el dinero fiat, es decir, el que se basa, como decimos, en la «fe o confianza de la comunidad». No posee valor intrínseco, y su valor se asienta enteramente en la confianza que nos ofrezca su emisor y en el acuerdo común. Este concepto es muy importante porque una de las críticas habituales sobre las criptomonedas es que no tienen valor intrínseco. Aunque como vemos, tampoco lo tienen el dólar o el euro.

Renunciar al patrón oro fue el primer paso de un proceso que ha terminado desvirtuando la concepción original de lo que era el dinero, algo que ha terminado de confirmarse en la reciente crisis económica mundial de 2008. Insisto en esta idea porque tiene mucho que ver con el debate que mantengamos en torno a las criptomonedas un poco más adelante.

Una vez que el patrón oro fue abandonado y que, por lo tanto, se podían emitir tantos billetes como se quisiera, los bancos centrales —la Reserva Federal en Estados Unidos, el Banco Central Europeo, etc.— asumieron un rol mucho más activo y relevante en la política monetaria de cada moneda. La política monetaria de una moneda —y veremos después que las criptomonedas también la tienen— es la disciplina económica que controla la cantidad de dinero en circulación para garantizar la estabilidad de los precios y el crecimiento económico. Básicamente tira de dos palancas: la cantidad de dinero que se emite —política monetaria expansiva cuando se aumenta— o que retira de circulación —política monetaria restrictiva— y los tipos de interés. Para incidir en estas palancas los bancos centrales usan herramientas como la reducción del coeficiente de caja de los bancos —para que puedan prestar más dinero o comprar o vender deuda pública para incrementar— o la reducción de la cantidad de dinero en el mercado.

Enseguida llegaremos a esa crisis económica mundial y abordaremos la cuestión, pero cerremos antes este breve recorrido por la historia del dinero, pues todavía presenta algunos hitos dignos de mención. Sobre todo, hay que citar la aparición de los cheques y las tarjetas de débito y crédito, que permiten realizar los pagos sin llevar el dinero encima. Nacieron en los años ochenta del siglo pasado y se popularizaron con rapidez, estando su uso, como sabemos, completamente extendido.

Todavía no hablamos de dinero digital, pero sí del empleo de tecnología electrónica para poder usar un dinero que nos pertenece, pero que no necesitamos llevar encima. Y eso es ya un acercamiento al e-money,que nos permite también, a través de Internet, realizar pagos telemáticos sin necesidad de mostrar tampoco nuestro cheque o tarjeta a la otra parte, realizándolos desde nuestro ordenador o a través del móvil. Pero estas fórmulas, por supuesto, se siguen aplicando a la transferencia del dinero fiat y no se pueden considerar como dinero nativo di­­gital.

Es así como llegamos al punto actual y a la irrupción de las criptomonedas descentralizadas no emitidas por ningún banco central.

Nos conviene recapitular: estamos en un momento en el que funcionamos todos con un dinero que no tiene valor intrínseco, no respaldado por ningún patrón oro, que puede emitirse físicamente en monedas y billetes, que tienen validez para ser empleado en soporte físico, aunque luego también hay formas de emplear ese dinero fiat electrónicamente, sin necesidad de llevarlo encima.

Esta es la realidad actual, y ya lo era en el año 2008, cuando estalló la última gran crisis económica. Pues bien, yo creo que a partir de ese momento se inició una nueva etapa en la historia del dinero: la del dinero digital, de las criptomonedas, de la criptoeconomía, en definitiva. Y nuestro breve repaso histórico debe terminar aquí, porque lo que viene ahora todavía lo estamos escribiendo, y no es historia, sino futuro. Sin embargo, antes de dar por concluido el capítulo, quiero hacer notar el instante crucial en el que lo interrumpo para dar paso a la nueva etapa del dinero digital. Si hemos llegado justo hasta el momento de la crisis económica de 2008 es por motivos bien significativos y no solo por resaltar una fecha clave en la historia financiera y económica reciente.

La crisis económica sacó a la luz especialmente la vulnerabilidad de nuestros sistemas bancarios y la desconfianza creciente de la población en las instituciones financieras. A lo que hay que añadir la pérdida de riqueza y beneficios sociales que la gente padeció, fruto de los ajustes económicos que debieron emprenderse por parte de los Estados.

Hubo también otras consecuencias en relación con las políticas monetarias. Ante la crisis económica lo que hicieron en buena medida los bancos centrales en muchos países fue bajar los tipos de interés a casi un 0 % y emitir más dinero —políticas que resultaban inflacionarias y devaluaban su valor, obviamente—.

Estas políticas monetarias continúan hoy. De marzo de 2015 a marzo de 2016, el Banco Central Europeo ha impreso 60 000 millones de euros por mes con un total de 700 000 millones de euros nuevos emitidos en un intento de renergizar las economías europeas después de la crisis. Este es, por lo tanto, otro factor que subraya la distorsión de la concepción original de lo que es el dinero que citábamos antes. Uno de los rasgos característicos del dinero es que sea escaso y limitado, pero en la práctica ya deja de serlo cuando los bancos centrales pueden emitir lo que quieran en situaciones de emergencia —o no tan de emergencia—, como así se ha hecho desde la crisis econó­­mica.

Esta realidad hace que no se nos antoje del todo casual, que justo en el mismo año en el que estalla la crisis económica, que se practican políticas monetarias que atentan contra la idea de la escasez del dinero, que se extiende la desconfianza en las instituciones bancarias y financieras —e incluso en el valor del dinero—, y que la gente ve peligrar sus ahorros y su riqueza, sea cuando nace el bitcoin, que habría de convertirse en la primera moneda digital en funcionamiento.

En noviembre de 2008, con la crisis económica internacional que acababa de explotar, el mundo se volvió a revolucionar. Había llegado el momento de ver nacer al protagonista de este libro.

2¿QUÉ ES EL BITCOIN?

2008: ESTALLA LA CRISIS, NACE EL BITCOIN

Que precisamente en el año 2008 viera la luz la formulación de la nueva moneda digital, se antoja, como hemos dicho, muy poco casual. Existen varias evidencias de que este timing no fue nada caprichoso.

La crisis explotó en Estados Unidos al principio como una crisis hipotecaria y pronto se extendió al resto del mundo como un tsunami que haría temblar los cimientos de todo el sistema financiero y haría desaparecer o ser absorbidas entidades financieras tan importantes como Lehman Brothers —que quebró— o Merrill Lynch —que fue comprada por el Bank of America a precio de saldo—.

Como decíamos en el capítulo anterior, algo así provocó, como no podía ser de otra manera, una gran desconfianza por parte de los ciudadanos hacia las entidades bancarias y los mecanismos existentes de ingeniería financiera. La gente se empobreció, perdió privilegios sociales, vio peligrar sus ahorros y asistió resignada a rescates y políticas monetarias que se explicaban y aplicaban como imprescindibles.

En un contexto de franca desilusión proliferaron las personas críticas con el modelo existente y las instituciones. La realidad ofrecía un poderoso acicate para la acción de los agentes más extremistas, posicionados en posturas especialmente críticas con el sistema bancario y los gobiernos; un ámbito en el que emergieron perfiles muy libertarios, con talantes ideológicos incluso anarquistas o del tipo ciberpunk.

Ahora pasaremos a hablar de una de esas personas. Aunque en realidad se desconoce la identidad del creador del bitcoin, hay indicios de que bien pudiera haber partido de los entornos citados, que además fueron los primeros que mostraron un especial entusiasmo por el dinero digital. Esto no deja de ser algo lógico teniendo en cuenta la naturaleza independiente respecto a bancos centrales y gobiernos que ofrece la criptomoneda, y su capacidad de permitir las transacciones de forma descentralizada, lo cual la hace muy atractiva para estos tecnólogos liber­­tarios.

Hoy es evidente que el interés por la criptoeconomía se ha extendido a muchas otras esferas, pero en aquellos momentos de irrupción, sobre todo era esta clase de personas la que estaba detrás de los avances que se estaban produciendo; estas fueron quienes mantuvieron viva la llama de una innovación que todavía era extremadamente minoritaria y desconocida. Y todavía hoy día, habiéndose propagado el universo del dinero digital a todos los ámbitos, siguen constituyendo un sector muy afín a la criptoeconomía. De manera que este era el contexto en el que irrumpió el famoso texto fundacional del bitcoin, y es importante tenerlo en cuenta.

Pero no nos demoremos más y pasemos a descubrir cómo nació el bitcoin y, ya, de una vez por todas, a entender qué es exactamente, sus fundamentos y sus implicaciones.

EL ECONOMISTA VISIONARIO

Como decíamos, en el año de la crisis económica nació el bitcoin, pero casi una década antes ya había habido quien intuyó lo que habría de venir. Me estoy refiriendo al Premio Nobel de Economía, Milton Friedman (1912-2006), uno de los más influyentes economistas del último siglo.

Friedman, radical defensor del liberalismo económico y del mínimo intervencionismo por parte del Estado en la economía, vislumbró en 1999, cuando contaba ya con casi noventa años de edad, el potencial que Internet tendría como uno de los principales agentes para reducir el papel de los gobiernos. Y todavía fue más allá: fue capaz de apuntar la aparición del dinero digital.

Concretamente, lo que dijo Friedman fue:

Creo que Internet va a ser una de las mayores fuerzas para reducir el rol del gobierno. Sin embargo, lo que todavía falta, pero que pronto se desarrollará, es dinero electrónico fiable, un método por el cual en Internet se puedan transferir fondos de A a B sin A saber nada de B o B de A. De la misma forma que te puedo dar un billete de 20 dólares, entregártelo en mano y que no quede luego registro de dónde vino. Puedes recibir este dinero electrónico sin conocer quién soy yo. Esto pronto se desarrollará en Internet y hará que sea más fácil usarlo. Por supuesto, tiene su parte negativa. A los gánsteres o personas involucradas en transacciones ilegales, también les facilitará llevar a cabo sus negocios.

Es decir, que lo que echaba de menos era el equivalente de lo que hacemos con el dinero en metálico, pero de forma electrónica.

Hoy, para evitar este riesgo de doble gasto, necesitamos una intermediación bancaria o sistemas como el conocido PayPal, o el más actual Apple Pay, y se trata de un proceso que exige cierto tiempo para llevarse a cabo con seguridad —recordemos lo que contaba en la Introducción de las transferencias internacionales—. Y por supuesto, solo se puede hacer sobre el dinero depositado en nuestras cuentas corrientes bancarias y con una cantidad ingente de intermediarios para que se procese la transacción de forma satisfactoria. Sin embargo, lo que anticipaba Friedman, y acertó, era algo que tuviera la misma concepción que tenemos de nuestro dinero en metálico, pero con un manejo electrónico del mismo y de forma nativa y digital.

De manera que el veterano economista ya pronosticó la aparición de un protocolo que faltaba en Internet, esa revolucionaria red descentralizada consistente en una serie de protocolos abiertos de la que ya fue él mismo testigo, que permitía transmitir páginas web —el protocolo http—, correos electrónicos —el protocolo SMTP— o voz —el protocolo VOIP—, pero no valor —todavía—. Era la pieza que faltaba.

Y no fue en lo único en lo que se mostró clarividente, pues de algún modo también llegó a anticipar riesgos como lo que ocurrió con Silk Road —de la que hablaré un poco más adelante—, al alertar sobre el hecho de que las personas involucradas en actividades ilegales contarían con un modo más sencillo de desarrollar sus negocios. De igual forma que el dinero en metálico es la fuente número uno del mundo para usos ilícitos o blanqueo de dinero, su homónimo digital iba a sufrir los mismos problemas, aunque como veremos, las criptomonedas son mucho más difíciles de usar para transacciones ilegales que el dinero en metálico, ya que dejan una traza.

Obviamente, Milton Friedman no llegó a predecir tanto como la tecnología blockchain, pero sí que vio su necesidad, ya que para que fuera posible algo como lo que él vaticinaba, algo que hiciera capaz la transferencia de valor por Internet de forma segura y sin intermediarios y que permitiera operaciones de traspaso de dinero en efectivo, era necesaria una nueva tecnología que sustentara una moneda nativa en Internet.

Y esta gran pieza que faltaba a los protocolos de Internet que demandaba Milton Friedman en 1999, es la que finalmente aportó alguien que se dio a conocer a sí mismo en las redes con el seudónimo de Satoshi Nakamoto.

EL MISTERIO NAKAMOTO

El 31 de octubre de 2008 aparecía en Internet, en el marco de una lista de distribución en la que se hablaba de criptografía, un artículo firmado por un tal Satoshi Nakamoto que habría de revolucionar el mundo. Titulado «Bitcoin: un sistema de dinero en efectivo electrónico de igual a igual» —Bitcoin: A Peer-to-Peer Electronic Cash System—, en tan solo nueve páginas, el autor —o autores, ya que se desconoce si son en realidad más de uno, como mucha gente especula— explicaba un sistema de transacciones electrónicas de dinero basado en redes P2P.

Las redes P2P resultarán familiares a la mayoría, puesto que son las que se emplean muchísimas veces para realizar descargas —habitualmente ilegales—, sobre todo de música, series de televisión o películas —la pionera fue Napster, que se centraba en la música, y hoy en día es el modo en que funcionan los populares torrents—. Cuando la gente se descarga algo no lo hace desde un servidor central, sino que todo el contenido está distribuido de forma compartida en la red y así uno va «armando» el fichero al descargarlo. Es por eso por lo que son tan difíciles de censurar o bloquear, porque en realidad no hay un sitio único al que acudir, sino que está todo completamente distribuido. Es decir, aunque se cerrase un ordenador o un servidor —o unos cuantos—, mientras quedaran suficientes conformando la red P2P, el sistema continuaría funcionando. Por eso se dice que son resistentes a la censura.

Pero las redes P2P son mucho más que eso, no ya por la utilidad que la gente les dé en última instancia, sino por su propio concepto, que abre infinidad de posibilidades, pues se trata de redes en la que todos sus miembros se comunican con todos sin que haya nadie que centralice esa comunicación; es decir, no hay intermediarios y son redes completamente descentralizadas. Y esto es lo que habrá de pasar con el bitcoin. No hay una institución central como un banco que intermedie, sino que es una moneda descentralizada, un concepto clave para entender por qué esto es tan revolucionario.

Es por ello que Nakamoto recurrió a este tipo de red para crear su modelo de dinero electrónico, puesto que ya de partida tenía claro que había que evitar la existencia de una institución central que tuviera que encargarse de crear confianza y garantías sobre las transacciones que se realizaran —enseguida pasaré a describir las características y elementos de este sistema de red descentralizada, que ya en ese texto fundacional de Nakamoto quedaba perfectamente definido—. Lo cierto es que el artículo es un poco complicado de leer porque es muy técnico y es prolífico en conceptos informáticos y criptográficos, pero básicamente debemos entender que ahí estaba la conceptualización de todo lo que iba a ser la tecnología blockchain —aunque en ningún momento se cita todavía este término, que se popularizó más adelante—.

Nakamoto creó, por lo tanto, en 2008 una nueva moneda a la que denominó bitcoin, y a la que presentó como una versión del dinero en metálico, pero vía electrónica, capaz de permitir pagos de forma segura entre dos partes que se mandan de uno a otro sin que haya ninguna institución financiera entre ellos; es decir, de manera, como hemos dicho, descentralizada. Y eso era lo realmente revolucionario. Lo que soñaba Milton Friedman una década antes, Nakamoto acababa de crearlo.

En las transacciones de dinero electrónico actuales donde los bancos intermedian, el rol de ambos bancos —más otros intermediarios en el caso de que los haya— es el de garantizar que el dinero no se gaste dos veces. Es decir, que en el momento que el dinero esté transfiriéndose de mi cuenta a otra, no me lo pueda gastar yo a la vez que la persona que lo recibe. Este problema, que en inglés se conoce como el double-spend problem —el problema del doble gasto— es el conflicto fundamental de cualquier sistema de dinero electrónico, y normalmente los sistemas centralizados tradicionales garantizan que esto no ocurra.

Y para garantizar que eso no ocurra es por lo que los sistemas informáticos bancarios son tan cerrados y complicados de integrar o interaccionar con otros sistemas. Sin embargo, Sato­shi Nakamoto, con la invención de bitcoin, fue la primera persona en el mundo que consiguió resolver este problema del doble gasto de forma completamente descentralizada y sin la necesidad de la intervención de ningún intermediario centralizado —y eso se consigue mediante lo que se conoce como un algoritmo de consenso entre todos los nodos que veremos más adelante en detalle—.

La publicación del artículo fue el pistoletazo de salida. En enero de 2009, Nakamoto distribuyó ya al público la primera versión del software para crear un nodo de bitcoins —enseguida llegaremos a explicar qué son los nodos— en código abierto, con lo que se comenzaron a emitir oficialmente las primeras criptomonedas. A este primer bloque de bitcoins se le llamó Génesis, y contenía concretamente la cantidad de 50 bitcoins que fueron asignados al propio Nakamoto como dueño del primer nodo.

Desde los inicios y hasta hoy, el software de Bitcoin —y de la amplia mayoría de otras criptomonedas y blockchains— ha sido siempre de código abierto, donde todo el mundo puede descargarlo de forma gratuita y acceder al código fuente del software para ver exactamente qué tareas realiza y cómo.

Portada del diario The Times cuyo titular se ocultaba en el primer bitcoin emitido por Satoshi Nakamoto.

Es muy interesante lo que se descubriría más tarde que venía incluido de manera encriptada en este primer bloque de bitcoins emitido. Es algo que aporta todavía más misterio a lo que rodea a esa enigmática figura de Nakamoto. Con la primera emisión de moneda digital se incluyó un mensaje muy especial: el titular de una reciente portada del diario The Times en la que se informaba de un nuevo rescate bancario en el Reino Unido —recordemos que estamos en el contexto de la crisis económica—. La edición de ese día del periódico en cuestión se ha convertido en objeto de culto y ya no se encuentra en el mercado a no ser que sea a precios desorbitados.

¿Por qué quiso incluir este mensaje encriptado el creador de la primera moneda digital? Todo apunta a que se trata de una evidencia más de que la coincidencia temporal entre ambos acontecimientos no es casual, y que el propio Nakamoto pertenecía a esa población, quizás de perfil libertario, especialmente crítica con el sistema financiero y las instituciones. En realidad eso no lo sabemos, pero que existe una relación directa entre el bitcoin y la crisis económica, y que el primero es una respuesta a la segunda, se nos antoja más que evidente.

Y es que acerca de quién se esconde detrás del seudónimo de Nakamoto seguimos, como hemos dicho, sin saber mucho. Tras la emisión del bloque Génesis se siguieron emitiendo más bitcoins de acuerdo con la política monetaria del Bitcoin, que sabemos que, dado que él es uno de los nodos originales, fueron a parar en su totalidad a su monedero, y que nunca después ha transferido ni gastado, por lo que ahora tendrá miles de millones de dólares. Esto se puede comprobar perfectamente, ya que una particularidad del sistema es que todos los registros quedan computados y son accesibles al público, cualquiera los puede ver. Es cierto que son anónimos y solo quedan registradas las direcciones de los usuarios mediante un número. A priori no podemos saber quién se esconde detrás de cada uno, pero obviamente conocemos el número atribuible a Nakamoto porque él fue quien realizó la primera emisión y, por lo tanto, es posible rastrear si esa dirección ha utilizado o transferido después sus bitcoins o parte de ellos. Y no lo ha hecho. Sea quien sea, los bitcoins que posee lo convierten en una de las personas más ricas del mundo.

Todo esto forma parte de la leyenda que rodea al universo particular de la primera criptomoneda. Nakamoto se ha encargado de alimentarla. Desde abril de 2011 desapareció casi por completo del mapa. Él mismo escribió a otro desarrollador diciendo que se había «movido a otras cosas», y desde entonces poco se ha vuelto a saber de él. No ha usado sus bitcoins, pero es que, además, ha dejado de participar en foros y debates en la red en los que antes era muy activo, y ya no responde nunca cuando se le alude. Estamos hablando de un experto en criptografía, así que obviamente es alguien capaz de ocultar muy bien sus comunicaciones y movimientos sin dejar ni rastro. Tan solo volvió a dar señales de vida al cabo de un par de años de haber desaparecido, y lo hizo para desdecir una noticia de un periódico que aseguraba que le habían identificado.

La noticia dio mucho que hablar y supuso un foco de atención sobre un falso Nakamoto, de manera que el verdadero hubo de desmentirlo. Volvió a escribir online para manifestar que esa persona no era él solo para que lo dejaran en paz. En cualquier caso, esta aparición puntual también permite dejar de especular con que pudiera haber fallecido o tenido algún percance a partir de 2012. Esto hace patente que su desaparición fue, sencillamente, algo voluntario.

De algún modo parece que es como si hubiera cumplido ya con su misión: lanzó la moneda digital, explicó su funcionamiento, aportó el software necesario, creo la comunidad que lo desarrollaría y expandiría, y desapareció. El responsable de uno de los inventos más revolucionarios de los últimos tiempos continúa siendo un completo desconocido y uno de los misterios más fascinantes del mundo de la tecnología.

¿QUIÉN ES SATOSHI NAKAMOTO?

Al enorme interés por el bitcoin se une la fascinación por el origen de su creador: un enigmático personaje que se hacía llamar Satoshi Nakamoto. Pero ¿quién es realmente?

Satoshi Nakamoto es un seudónimo detrás del cual se esconden una o varias personas. Parece mentira que todavía no haya podido conocerse tras casi diez años la identidad real de alguien con tantísimo impacto en el mundo. Lo cierto es que quien quiera que fuera o fuese, tenía que ser una persona —o, repito, un grupo de personas— con un altísimo conocimiento en técnicas de matemáticas, criptografía, informática, programación y también economía para poder haber concebido algo tan revolucionario y complejo como el Bitcoin.

Inicialmente, Satoshi Nakamoto se presentó al público como una persona que vivía en Japón y que había nacido en 1975. Sin embargo, su perfecto inglés así como la total ausencia de ningún tipo de palabra o carácter en japonés en sus artículos, e-mails o comentarios en foros, hace pensar que esto no fuera realmente así.

Durante los últimos años y desde que en 2011 desapareciera por completo, ha habido varias teorías e intentos por desenmascarar a la persona que se encuentra detrás de ese nombre. Una de ellas se produjo en 2014, cuando unos periodistas descubrieron a un ingeniero informático llamada Dorian Satoshi Nakamoto viviendo en California, a tan solo unos pocos bloques de Hal Finney, uno de los primeros científicos en colaborar con Nakamoto en el desarrollo de Bitcoin, y el receptor de la primera transacción de bitcoins de la historia.

El descubrimiento de Dorian Satoshi Nakamoto desató una locura mediática, con todos los medios de comunicación intentando conseguir la exclusiva, pero el mismo Dorian rápidamente se encargó de negar que él fuera el creador del bitcoin. En ese momento las sospechas se dirigieron enseguida a Hal Finney, y se especuló con que él fuera Satoshi Nakamoto y simplemente hubiera usado el nombre de su vecino como seudónimo. Finney, además, era también amigo de Nick Szabo, el creador del Bit Gold, que precede al bitcoin, y un reconocido fan de los seudónimos. Desgraciadamente, en 2014 Finney estaba peleando por su vida debido a una enfermedad terminal, la ELA —esclerosis lateral amiotrófica—, que ya no le permitía moverse o hablar, de manera que no pudo nunca confirmar o desmentir este punto.

Por su parte, Nick Szabo, otro candidato a ser Nakamoto debido a su alto conocimiento sobre los temas de monedas digitales y su trabajo pionero en el campo, siempre ha negado ser Satoshi Nakamoto.

Pero hay más candidatos que se barajan. Uno de ellos es el científico y hombre de negocios australiano Craig Wright. De hecho, llegó a ser «proclamado» como Nakamoto por las revistas Wired y Gizmodo después de una intensa investigación conjunta. Y a diferencia de los otros que siempre lo han negado, Craig llegó a admitir en 2016 que efectivamente él era Satoshi Nakamoto, e incluso intentó aportar pruebas sobre sí mismo como creador del bitcoin. Esas pruebas consistían en demostrar que tenía acceso a la primera transacción de bitcoin —algo que solo Satoshi Nakamoto podría tener—, pero nunca llegaron a publicarse y los medios de comunicación descartaron que fuera realmente el buscado misterioso personaje, y lo trataron de fraude. Craig Wright continuó un tiempo insistiendo en que era el auténtico Satoshi, y aprovechó la atención hacia su persona para promocionar sus diversos proyectos en el mundo de blockchain.

De manera que así seguimos hoy: el misterio continúa y continuamos sin saber quién es realmente Satoshi Nakamoto, y con serias dudas de que lo lleguemos a saber algún día. Lo que sí está claro es que quien quiera que sea —o quienes quieran que sean—, Satoshi Nakamoto es una de las personas más ricas del mundo, ya que se estima que tiene cerca de un millón de bitcoins, lo cual le llegó a colocar en el puesto cuarenta del mundo por un breve espacio de tiempo cuando en diciembre de 2017 el bitcoin alcanzó los 20 000 dólares de valor. Quizás sea por eso por lo que no quiera que se sepa quién es.

RED MUNDIAL DESCENTRALIZADA

Como explicábamos antes, el artículo de Nakamoto no se limitaba solo a elucubrar con la creación de una criptomoneda digital, sino que, además, aportaba una rigurosa explicación de la tecnología sobre la que se iba a sustentar, así como sobre la política de emisión de bitcoins —es decir, en definitiva diseñaba una política monetaria propia—.

Tras la creación del primer nodo por parte de Nakamoto y la emisión de los 50 bitcoins iniciales en el bloque Génesis, comienza ya a agregarse gente a la red. Una segunda persona, Hal Finney, fue la primera que se descargó el software necesario creado por Nakamoto —el software conocido como Bitcoin Core—, surgiendo de este modo el segundo nodo de bitcoin. Nakamoto envió 10 bitcoins de los 50 primeros a Finney, realizándose la primera transferencia de moneda digital de forma totalmente segura y descentralizada de la historia. Esta transferencia de bitcoins por parte de Nakamoto cabe encuadrarla en el proceso de lanzamiento y ensayos de la nueva criptomoneda, pues, como ya se ha dicho antes, a partir de ahí se los quedaría él y no movería la práctica totalidad de sus bitcoins.

Poco a poco se fueron añadiendo más personas a la red, descargándose el software y apareciendo así nuevos nodos que son conocidos como mineros, ya que producen bitcoins como un símil a la minería tradicional que extrae metales preciosos como el oro.

Es el momento de explicar más detalladamente qué significan estos conceptos para entender el funcionamiento de esta red descentralizada y la tecnología que hizo posible la existencia del dinero digital. Quiero distinguir los pilares fundamentales sobre los que se sustenta esta red mundial que constituye el bitcoin —y la gran mayoría de las otras criptomonedas y blockchains—: los nodos o mineros, el algoritmo de consenso entre los nodos, los monederos y bolsas virtuales y una política monetaria propia.

En primer lugar, como ya se ha anticipado y sobre lo que se ha insistido porque es esencial, Bitcoin es una red mundial descentralizada de ordenadores que actúan en P2P —todos los componentes de la red se comunican con todos sin que nadie centralice tal comunicación— y cada uno de estos ordenadores constituye un nodo —hoy en día se estima que hay unos 12 000 repartidos por el mundo—, comportándose todos como iguales entre sí, todos conectados con todos.

Como explicábamos más atrás también, es muy importante que fuera una red P2P y descentralizada, pues estando todos los miembros en conexión con todos, no habría nadie en medio que pudiera controlar cómo sucedían las cosas y, además, sería resistente a la censura de la misma por parte de cualquier gobierno o entidad, otra propiedad extremadamente primordial del bitcoin. Asimismo, cualquiera podía convertirse en un nodo, ya que es completamente abierta y el software es de código libre y gratuito. Esta es otra de las grandes ventajas del bitcoin.

Cada nodo cuenta con una especie de libro mayor, un libro de registro de contabilidad en el que se almacenan todas las operaciones que se realizan —y no solo en las que participe ese nodo—; es decir, todo lo que entra y sale del monedero de cualquier participante en la red. En eso se comportan como un banco que lleva la contabilidad, pero aquí el libro mayor no es único, sino que está replicado en cada uno de los nodos existentes. A esto es a lo que se refieren las siglas DLT —Distributed Ledger Technology—, libros de contabilidad distribuida, con las que también se conoce a esta tecnología.

Y esto es una ventaja esencial, porque una de las mayores dificultades con las que cuenta el sistema financiero para asegurarse de que las cosas funcionan es garantizar que un mismo dinero no pueda ser empleado dos veces —el citado problema del gasto doble que explicábamos en su momento—. De ahí el motivo por el que tardan tanto tiempo las transferencias internacionales, porque deben establecerse mecanismos de seguridad para que la parte emisora no se pueda gastar el dinero de una transferencia antes de que le llegue a la parte receptora y esta lo pueda gastar a su vez. Ello exige que el sistema financiero se revista de una notoria complejidad para garantizar esta seguridad y confianza.

En el caso del bitcoin, ese libro mayor distribuido consigue que, al estar replicado en todos los nodos, no pueda ser de ninguna forma modificado de manera autónoma: todos los nodos deben estar de acuerdo en cuál es «la verdad», y uno no puede cambiar su verdad sin que lo hagan los otros, evitándose ese problema del doble gasto o la posibilidad de manipular la red y cambiar transacciones pasadas.

Podemos decir que la clave de esta tecnología es el consenso como instrumento para ofrecer confianza: la información es válida y verdadera porque todos los miembros de la red tienen la misma información. Esta propiedad del bitcoin y de las otras criptomonedas es lo que se conoce como la inmutabilidad, la imposibilidad de modificar las transacciones ya ocurridas. De manera que de lo que estamos hablando es de un libro de registro inmutable que contiene la historia completa de todas las transacciones que se han ejecutado en la red; una inmensa base de datos que se distribuye entre todos los participantes.

Es momento de hablar del rol de estos participantes —los mineros— y de la necesaria actividad de minado que desempeñan. Entramos de este modo en el segundo de los pilares básicos a los que hacía mención antes.

Los mineros son el grupo de ordenadores que forman parte de los nodos. El nombre es significativo, pues nos puede remitir a los antiguos buscadores de oro que incansablemente abrían minas y buscaban un filón que les permitiera enriquecerse. En el caso del bitcoin, desempeñan una actividad imprescindible para el correcto funcionamiento del sistema y son incentivados por ello con su «oro digital». Vamos a explicar esto más detenidamente.

Hemos hablado antes de ese libro de contabilidad del que dispone cada nodo y en el que se registran irreversiblemente todas las transacciones que se realizan. El procedimiento es el siguiente: cada vez que se lleva a cabo una nueva transacción, esta se agrega a un bloque. Es decir, que lo que se verifica no es cada transacción, sino los bloques en los que son agregadas. Cada diez minutos es emitido uno nuevo con las transacciones que se hayan realizado en ese espacio de tiempo. ¿Y cómo se registra en el libro de contabilidad este bloque? Aquí viene una de las partes más interesantes de esta tecnología.

En el momento en que es emitido un bloque, cada nodo compite por descifrar la información que contiene —encriptada sobre complejos problemas matemáticos— y agregarla al libro de contabilidad. Es decir, que si yo realizo una transacción a mi amigo Gonzalo, esta sería lanzada a la red, agregándose a un bloque en el que también se recogerían otras transacciones que se van encadenando unas a otras, y a los diez minutos el bloque es emitido y todos los ordenadores tratan de resolver un problema criptográfico de alta complejidad, puzles criptográficos de una deliberada y enorme dificultad para que la red sea segura. Esto es lo que se conoce como minado.

En cuanto uno de los nodos resuelve el problema, la información es registrada, agregada a la cadena de bloques y todos los demás nodos la replican, quedando fijada ya en el libro de contabilidad de forma inmutable, sin que sea posible modificarla —yo ya no puedo gastarme el dinero que transferí a Gonzalo porque necesitaría modificar el registro no en uno, sino en al menos la mitad de los nodos que hay en la red, algo que quizás sería sencillo con una red pequeña de nodos, pero que aquí resulta prácticamente imposible, puesto que hay, como decíamos, alrededor de 15 000 en todo el mundo—.

Cuanto más grande sea una red y más distribuida esté más segura será. Este proceso es lo que se conoce como algoritmo de consenso, es decir, los diferentes nodos se tienen que poner de acuerdo entre ellos sobre quién valida la transacción y añade el bloque que luego todos los demás también añadirán a su copia del libro mayor.

El meollo para realizar esto de forma descentralizada estriba en que, al no haber una entidad central que decida cuál es el bloque válido que todos añaden, debe hacerse gracias a métodos criptográficos que permitan que se llegue de forma distribuida a este consenso de cómo añadir otro bloque. Esta parte es otra de las grandes contribuciones de la blockchain de ­Bitcoin.

La idea de la competición por descifrar el problema criptográfico es muy interesante. Y es que, ¿por qué iba la gente a competir por ello cuando exige una fuerte inversión en equipos muy potentes, de alta capacidad de computación y con un consumo energético muy alto? Formulada la pregunta de manera más amplia, ¿por qué se van a molestar en pertenecer a esta red P2P?

Aquí es donde llega la cuestión del incentivo que citamos antes: cada vez que un nodo resuelve el problema y registra el bloque, se emiten nuevos bitcoins que van al ordenador que ha conseguido agregar ese bloque. El minero ha encontrado el oro.

Que exista un incentivo económico para el minero —y en general, para todo aquel que decida pertenecer a la red y practicar el minado— es muy valioso, puesto que, como sabemos, redes P2P ha habido muchas, por ejemplo, las que hemos mencionado que se emplean para descargar contenidos como la red BitTorrent, que seguro que tienes algún amigo de un amigo que alguna vez ha usado. Pero estas redes tienen un problema, y es precisamente la ausencia de incentivo para que sus miembros sigan formando parte de ella.

No es difícil imaginar que cuando alguien se descarga, por ejemplo, la última temporada de Juego de tronos, lo que hace inmediatamente después es cerrar el software que ha empleado para tal fin, puesto que mantenerlo abierto no le aporta nada más que el consumo de sus recursos —menos capacidad de computación y ancho de banda—. Lo cierto es que nadie va a tener interés en pertenecer a la red, y tampoco lo tiene en conservar el fichero descargado en su ordenador —no ganas nada perteneciendo a la red ni manteniendo los ficheros en tu ordenador; al contrario, pierdes recursos de red y computación y almacenamiento—. Ese es el motivo por el que cuanto más antiguo sea el archivo —en nuestro ejemplo, cuanta más vieja sea la temporada de Juego de tronos—, más difícil es encontrarlo en la red.

Pero Bitcoin sí que ofrece un incentivo económico para participar en su red: cada vez que se generan bitcoins nuevos, estos se reparten entre quienes forman parte de los nodos. Esto ha permitido que Bitcoin crezca, siga creciendo y que haya cada vez más personas que quieran participar. Por algo tan sencillo como que se gana dinero. La gente invierte por formar parte de ello.

A principios de 2018, el dinero que se había repartido entre los mineros era de unos 4500 millones de euros. No es de sorprender que ahora mismo sea, seguramente, la red de ordenadores conectados más grande que hay en el mundo. Si Bitcoin no fuera una P2P con un buen incentivo económico para pertenecer a ella, no funcionaría. Habría que volver a un sistema centralizado, como un banco, que funciona porque es un negocio en sí mismo, con lo que fracasaría en la premisa primera de su razón de ser.

Y por supuesto es abierto: cualquiera puede formar parte, ya que el software está disponible, como hemos apuntado, para ser descargado por cualquiera. De hecho, al inicio, los primeros mineros lo hacían desde el ordenador de su propia casa. Hoy, la cuestión se ha sofisticado mucho, y si no se dispone de unos equipos de minado con chips especializados y con una capacidad de computación muy alta, es improbable que te toque a ti poder descifrar un bloque y ganar bitcoins. Lo habitual es que la gente se agrupe en comunidades de varios nodos —lo que se conoce como pools o consorcios de minado—, y si alguno le toca, se repartan los bitcoins o fracciones de los mismos.

Uno de los grandes debates de la comunidad de Bitcoin es sobre si es más rentable minar bitcoins —es decir, invertir en máquinas especializadas de minado e incurrir los costes de tenerlas conectadas a la red de Bitcoin veinticuatro horas al día— o simplemente comprarlos. Por mi experiencia personal, minar todavía es una actividad bastante rentable siempre y cuando puedas tener acceso al hardware especializado a un precio razonable y a un coste energético bajo; si no, es mejor comprar bitcoins y esperar a que se revaloricen.

¿ES RENTABLE DE VERDAD EL MINADO?

Ir a la siguiente página

Report Page