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DEL 13 AL 15 DE MAYO
(AÑO 27)

Que la nueva huida coincidiera con el 13 de mayo nos benefició. Los días 9, 11 y 13 de ese mes de mayo, como ya informé en su momento, eran considerados nefastos por los romanos. Eran las fechas en las que los «lemures» (los espíritus de los muertos) regresaban a la vida y acosaban a los humanos; especialmente a los que habían provocado muertes violentas. El que no adoptaba precauciones podía ser víctima de dichos fantasmas y terminaba loco. Para evitarlo, los paganos se encerraban en sus casas y echaban mano de todo tipo de rituales. Con el tiempo, esta superstición terminó convirtiéndose en la fiesta de las Lemurias. Y los judíos —cada vez más helenizados— terminaron contagiándose del temor a los muertos.

En efecto, nadie nos persiguió. O, al menos, no lo hicieron en la dirección correcta. Supuse que los levitas habían tomado el camino más corto hacia la ciudad de Hebrón.

De todas formas, nos movimos rápido.

Dejamos atrás los pueblos de Beit Basi, Netofa y Za’tara y rodeamos a cierta distancia el impresionante Herodium, la tumba del odiado Herodes el Grande. Numerosos soldados vigilaban en lo alto del gran cono de tierra. No convenía llamar la atención. Y nos alejamos, presurosos, hacia el sureste. Yo había contemplado el Herodium desde el aire y lamenté no poder acercarme[8].

A partir de allí, a escasos doce kilómetros de Jerusalén, nos envolvió el desierto de Judá. ¿Cómo describirlo? Ochenta kilómetros —de norte a sur— de tierras blancas y rojas, abrasadas… Ochenta kilómetros por otros veinte de ancho de cañadas, barrancas resecas, colinas de yeso y aldeas minúsculas, encaramadas en lejanos picachos; aldeas mudas y olvidadas, habitadas por pastores y, sobre todo, por el silencio.

Tomás buscó la margen izquierda del nahal o río Teko’a y por allí continuamos. El cauce se encontraba seco. En esta ocasión, el bizco encabezaba al grupo. El Maestro caminaba detrás, con su habitual cinta blanca sujetando los cabellos. La idea de Andrés y de Tomás era alcanzar el oasis de En Gedi, en la costa occidental del mar de la Sal, en cuestión de un par de días. Distancia aproximada: 40 kilómetros.

Tomé cuantas referencias pude.

Debíamos caminar con cuidado. El desierto de piedra aparecía infectado de serpientes y escorpiones. Estos últimos —los temidos akrab— eran sumamente peligrosos. En este viaje conté catorce especies diferentes. Los más ponzoñosos eran los amarillos y los llamados «matadores». Rondaban los cien milímetros de longitud. Tomás advirtió: nada de levantar piedras… Y recordé las aventuras con el bueno de Tarpelay en la desembocadura del Jordán en el mar Muerto. Los amarillos (Leiurus quinquestriatus) se presentaban en cuadrillas, especialmente al alba y al atardecer. Se introducían bajo las ropas o en los sacos de viaje. En ocasiones se camuflaban bajos las halot, las arenas del desierto. Si los pisabas podían atacar. La muerte era cuestión de dos minutos…

La temperatura fue aumentando. A la hora tercia (nueve de la mañana) calculé que podíamos rondar los 40 grados Celsius. Aquello empezaba a convertirse en un suplicio. Tomás, nervioso, parecía buscar una sombra o una caverna en la que poder refugiarse. Negativo. El horizonte era plano, salpicado aquí y allá por torres dolomíticas, arcilla calcinada, y millones y millones de pequeños fósiles marinos. Recogí algunos y los inspeccioné. Encontré también numerosos nódulos y concreciones (acumulación de materia alrededor de un núcleo). Distinguí nódulos de sílex coalescentes y concreciones carbonatadas, todos ellos en rocas sedimentarias.

En la lejanía se recortaban los íbices y las cabras montesas. Saltaban entre las rocas y regalaban algo de humanidad al desolado paisaje. Y, más allá, alguna difusa mancha negra. Eran las tiendas de los badu, los beduinos. Grandes jaimas formadas por pieles de cabra. Andrés decidió que no era oportuno aproximarse a los nómadas. El reda de Felipe, además, no hubiera resistido el traqueteo entre las rocas.

Y hacia la séptima (13 horas), nos detuvimos. El calor era asfixiante. Podíamos estar a 44 grados Celsius, como poco. Las mulas sudaban, Zal sudaba, la Chipriota sudaba, todos nos estábamos deshidratando.

Pero los cielos nos protegieron. Al salir de uno de los recodos del polvoriento camino distinguimos una ein, una fuente de agua dulce, prisionera entre las rocas azules. Allí nos refrescamos y recuperamos el aliento. Jesús dejó beber a todos. Él fue el último en saciar la sed.

Era asombroso. ¡Un manantial en mitad del infierno!… Según mis informaciones, el desierto de Judá —uno de los más agresivos del planeta— disfruta de 50 milímetros de lluvia al año. Al otro lado de las montañas, en Hebrón, las precipitaciones superaban los 600 y 700 milímetros. Aquella fuente fue un regalo del Padre Azul, lo sé…

Fueron los gemelos los que distinguieron la cueva. A escasa distancia, en uno de los farallones, se abría una gruta de regulares dimensiones.

Andrés dio la orden. Acamparíamos en la caverna.

Y fuimos aproximándonos.

Pero, a escasos metros, el jefe ordenó que nos detuviéramos. Y solicitó silencio. Se oía una especie de cántico. Eran varias voces… Procedía, sin duda, del interior de la gruta.

Tomás tomó la iniciativa y, espada en mano, se asomó a la cueva. Al poco regresó junto al expectante grupo y anunció que nos hallábamos ante la gruta de Nácar. Así la llamó.

El lugar estaba habitado por una orden eremítica a la que llamaban hesy. Los monjes buscaban la felicidad a través de la soledad, el ayuno y la penitencia. Según Tomás, en aquel desierto abundaban los ermitaños. Se daban los terapeutas, procedentes de Egipto; los bautistas y los umbilicarios, entre otros. Estos últimos se pasaban la vida contemplando sus ombligos (!!).

Una antigua leyenda —según Bartolomé— aseguraba que el que entraba en la cueva de Nácar no salía en 300 años… En lo más profundo de la misma habitaban los žnun, unos diablos con cuernos y los pies en forma de horquilla. Brillaban con luz propia. La piel era puro nácar. Algunos disponían de largas colas con las que atrapaban a los curiosos e incautos.

Conforme el Oso relataba estas historias, los íntimos fueron palideciendo. Y se resistieron a entrar en la gruta.

Tomás volvió a reírse de sus compañeros y se dirigió, decidido, a la boca de la caverna. El Galileo se fue tras él. Y yo trepé por el pequeño terraplén, siguiendo los pasos de ambos.

El resto de los discípulos permaneció en el camino, pasmado.

La entrada a la cueva era angosta. Tuve que inclinarme. Después accedí a una gran sala, muy espaciosa, y asombrosamente blanca. Algunas lucernas, en las paredes, proporcionaban una relativa claridad. Era desconcertante… El techo, los muros y el piso de la caverna deslumbraban con su blancura. Era un blanco leche con reflejos rosas y azules. La caliza chorreaba humedad. Al fondo se adivinaba una larga y oscura galería…

Media docena de hesy nos contemplaba, desconcertada. Eran individuos famélicos, todo huesos, adornados con larguísimas melenas, barbas blancas e interminables, y taparrabos de piel de gacela. Se encontraban sentados en mitad de la cueva, formando un círculo. En el centro parpadeaban dos lámparas de aceite.

Al ver entrar a Tomás y al Galileo interrumpieron los cánticos. Pero el silencio duró poco. Al comprobar que éramos simples caminantes prosiguieron en sus alabanzas a Yavé, y con renovadas fuerzas.

Tomás y el Maestro inspeccionaron la sala y decidieron que, en efecto, era el lugar apropiado para descansar.

Pero el tiempo cambió súbitamente…

Un viento abrasador y tenaz se precipitó sobre el desierto, levantando murallas de arena. Era una tormenta seca, muy temible.

Felipe cubrió las cabezas de las mulas con grandes sacos y arrastró a la Chipriota hasta el interior de la cueva. Los íntimos no tuvieron más remedio que refugiarse en la caverna de Nácar. Solo Pedro y Juan Zebedeo se negaron a entrar. Y permanecieron a un paso de la boca. Pero la tormenta arreció y terminó doblegando a los supersticiosos discípulos. Y, en minutos, el desierto se transformó en una densa y silbante nube amarilla.

Allí permanecimos dos días.

Terminamos compartiendo comida y conversación con los monjes.

Por lo que acerté a entender, los hesy estimaban que la forma más rápida y eficaz de llegar al «corazón de Dios» era mediante la vida contemplativa. Pasaban el día casi en silencio, dedicados a la contemplación interior, a la oración, y a los mencionados cánticos. Hacían vida en común. Rara vez abandonaban la cueva. Su mundo era su mente.

Esa noche, ganada la confianza de los monjes, el Maestro y los íntimos sostuvieron una interesante (e inútil) conversación con los eremitas. He aquí lo que recuerdo:

Jesús, naturalmente, habló del Padre Azul, del regalo de la chispa divina y de la inmortalidad del alma. Pero los monjes dudaron.

—¿Un Dios que lo perdona todo? —preguntaron, incrédulos.

—Un Dios de AMOR —replicó el Galileo.

Me buscó con la mirada y subrayó:

—AMOR…, con mayúsculas.

—¿Ese Dios ama a sus enemigos? —intervino uno de los hesy.

El Maestro siguió acariciando a Zal, tumbado a sus pies, y proclamó:

—El Padre Azul no tiene enemigos… Nadie puede comparársele.

—¿Ese Dios ayuna?

—No lo necesita…

El Maestro permaneció en silencio unos segundos y declaró con valentía:

—No lo necesita y no lo recomienda…

Los monjes murmuraron, desaprobando la respuesta de Jesús. Y el Maestro continuó:

—… Salvo que tú lo elijas.

No entendieron. Y continuaron las preguntas de los ermitaños.

—Tu Dios, ese Padre Azul, ¿ama el silencio?

—Él es el silencio…

—¿Y por qué tu Dios no aconseja el ayuno?

—La mente no necesita el ayuno… La mente tiene una misión más importante: acarrear experiencias hasta el alma. El ayuno debilita la mente… No es bueno para el alma.

Algunos de los monjes no quisieron seguir escuchando al Hijo del Hombre. Se levantaron y se perdieron por el oscuro túnel que nacía en la sala. Pero el más anciano siguió interrogando al rabí:

—¿Y qué me dices de la vida contemplativa? ¿Le gusta a ese Padre Azul?

Jesús fue nuevamente sincero.

—Si ese tipo de vida es elegido por ti…, está bien. Pero hay otras opciones más interesantes, meritorias y difíciles.

—¿Como cuáles?

—Servir a los demás.

—¿Tu Dios es grande o bueno?

El Maestro replicó con una seguridad que me dejó perplejo:

—La grandeza y la bondad son inseparables.

—Supongo que es un Dios varón —terció otro de los hesy.

La respuesta del Galileo los dejó con la boca abierta.

—El Padre Azul tiene más de Madre que de Padre.

Tomás manifestó su disconformidad. Y el Maestro le salió al paso:

—Tomás, tu escepticismo es saludable…, pero te dará más sed.

—Rabí, —terció otro de los monjes—, ¿consideras que Yavé es misericordioso?

—Yavé es el pasado —sentenció Jesús—. Olvidadlo… He venido para retirar la venda del miedo de vuestros ojos. Todos los Dioses son necesariamente misericordiosos. De lo contrario no serían Dioses.

—Y los hombres —intervino el más anciano— ¿por qué no son misericordiosos?

El Maestro sonrió con desgana. Y anunció:

—Es un problema de madurez… Todo llegará.

—Dime, rabí, ¿tú crees en la vida eterna?

—Yo soy la vida eterna. El que cree en mí seguirá vivo…

Rectificó sobre la marcha, al tiempo que me miraba:

—VIVO…, con mayúsculas.

Mensaje recibido.

—Dinos, rabí —preguntó otro de los ermitaños—, ¿cómo es la eternidad?

Jesús levantó la mano izquierda y dibujó un círculo en el aire con el dedo índice. Y exclamó, sonriente:

—Circular… La eternidad es circular.

Creo que tampoco entendieron gran cosa.

El 15 de mayo, jueves, la tormenta de arena cedió y fue posible reanudar la marcha.

Pero, al abandonar la cueva de Nácar, recibimos una sorpresa.

Sigal, la hechicera de los hermosos ojos violetas, se hallaba junto al reda. Aparecía sola, con la única compañía de un hatillo.

¿Cómo pudo encontrarnos?

Los discípulos estaban espantados.

Tomás y el Maestro se colocaron a la cabeza del grupo y proseguimos en dirección al mar de la Sal (mar Muerto).

Sigal nos seguía a cierta distancia…

No hubo mayores incidencias, salvo la falta de agua. La pasada tormenta de arena había cegado las charcas, contaminando las escasas reservas. Felipe nos sacó del apuro. Buscó una determinada planta (creo que la Asteriscus graveolens) y desinfectó el agua con las raíces. Todos le felicitaron.

Esa noche acampamos entre las rocas y disfrutamos del fuego del campamento y de las ocho mil estrellas que salieron a darnos la bienvenida.

Una de ellas —lo sé— era mi amada.

Recorrido de Jesús y los discípulos desde la aldea de Beit Sahur al oasis de En Gedi, en la costa occidental del mar Muerto.

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