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Belén » Del 16 al 26 de mayo (Año 27)

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DEL 16 AL 26 DE MAYO
(AÑO 27)

Divisamos el oasis de En Gedi poco después de la hora quinta (once de la mañana) del 16 de mayo del año 27, viernes.

Soplaba un fuerte viento del noroeste.

A nuestros pies —a 200 metros de profundidad—, En Gedi era una mancha verde, milagrosamente surgida entre los blancos y los amarillos de aquel desierto infernal. Al fondo, el viento rizaba el mar de la Sal y lo pintaba de azul turquesa.

Los discípulos acogieron la vista del oasis con fuertes gritos de júbilo. El Maestro también lanzó los brazos al cielo y participó de la alegría general. En Gedi (literalmente «Ojo de agua de la gacela») significaba un respiro en aquella nueva huida. Como decía, todo a nuestro alrededor eran colinas de caolín, cañadas y pedregales, a cual más castigado por el sol. La reflexión de la luz en los páramos lastimaba la vista.

El descenso por la senda que llamaban de Zeruya fue lento y comprometido. Eran 200 metros de caída, con desniveles del 20 y el 30 por ciento. El carro de cuatro ruedas tuvo que ser retenido en todo momento por los discípulos. Felipe y los gemelos de Alfeo se multiplicaron. Vi a Jesús frenando el reda, con los músculos tensos como ballestas. Poco faltó para que el carro y las mulas se precipitasen por el barranco.

Felipe sufrió mucho…

Y, lentamente, el desierto quedó atrás. Y entramos en una zona de extensos cañaverales y frondosos bosques de palmeras, acacias, azufaifos, cordias y maeruas.

Aquel prodigio —en las estribaciones del duro desierto de Judá— tenía su origen en la presencia de cuatro poderosos manantiales de agua dulce, con un caudal superior a los tres millones de metros cúbicos anuales. El agua procedía de las montañas de Hebrón, se filtraba bajo tierra, y aparecía en el oasis con gran fuerza, formando cascadas y lagunas. A esto había que sumar la bendición de dos importantes ríos: el Arugot y el David, que desembocaban también en el oasis.

Permanecí seis días en En Gedi. Fueron jornadas tranquilas (relativamente). La temperatura se «suavizó», descendiendo a 38 grados Celsius. Era difícil respirar. La verdad es que pasé la mayor parte del tiempo en las piscinas naturales y bajo las cascadas.

Pero debo ir paso a paso…

La aldea de En Gedi se levantaba cerca de la costa del mar de la Sal. Era un puñado de casas de piedra blanca, desordenadas y ariscas, con las puertas verdes y descoloridas por el salitre y la indiferencia del mundo. Conté setenta viviendas, con un total de trescientas familias. La mayoría era judía. Pero también me crucé con beduinos, egipcios y mesopotámicos. Se llevaban bien. «El desierto —cantaban los badu— hace amigos a la fuerza». En Gedi se dedicaba, fundamentalmente, a la agricultura. En especial a los dátiles (supe de más de diez especies), a las plantas aromáticas, a la alheña (con la que pintaban el cabello, dientes y uñas) y, sobre todo, al «gran secreto del oasis»: el aparsemon (un bálsamo cotizadísimo, regalo de Marco Antonio a Cleopatra).

Los habitantes del oasis eran extraordinariamente laboriosos. Habían sabido aprovechar la fuerza y la bendición de los manantiales, construyendo una intrincada red de canalizaciones. Conté quince grandes depósitos de agua, siempre repletos y limpios. Lo normal es que recogieran dos y tres cosechas al año.

Felipe fue el que más disfrutó. Y llenó el reda con toda suerte de frutos y plantas medicinales. Empezó con las algas y líquenes que colonizaban las cascadas y las rocas de los ríos. Después se dedicó a los helechos. El Adiantum capillus era especialmente aconsejable para el dolor de vientre (según el intendente). Seleccionó varias clases de cañas (en especial la Arundo donax), con la que confeccionó una mermelada muy dulce. Un día llegó con una orquídea bellísima. La descubrió en la grieta de una roca. «Santa Claus» —semanas más tarde— aseguró que podía tratarse de la Epipactis veratrifolia. Se hizo también con la célebre manzana de Sodoma (Calotropis procera). Los frutos (huecos) se asemejan a manzanas. Al cortar las ramas y las hojas aparecía un licor blanco, muy tóxico. Herodes Antipas era uno de los grandes exportadores del veneno. ¿A qué lo destinaban? Comimos igualmente las pequeñas «manzanas» procedentes del azufaifo (dulcísimas), así como un fruto de color naranja —muy pegajoso— al que llamaban cordis. Los ruiseñores se los disputaban. El Maestro lo tomaba al terminar la cena, como postre. El carro, por supuesto, fue cargado con la joya de En Gedi: el bálsamo (Balanites aegyptiaca). Según los badu, su fruto amargo contiene fuego. «Solo lo consumen los asesinos», decían. La verdad es que los rofé o médicos de entonces lo utilizaban para curar las migrañas y las enfermedades de los ojos. Era carísimo.

Esa tarde, tras montar el campamento al este de la aldea, a corta distancia del lago Salado, Bartolomé hizo las delicias del grupo, narrando —a su manera— algunos episodios de la historia del oasis. El Maestro escuchaba, fascinado. Según el Oso de Caná, unos mil años atrás, un joven David (el que llegaría a ser rey de Israel), perseguido por Saúl, se refugió en En Gedi. «Eran cuatrocientos —dramatizaba el Oso—. Cuatrocientos héroes que luchaban sin cuartel contra el odiado rey Saúl…». Y un buen día, Saúl entró en una de las cuevas del oasis… Y se quedó dormido. En esa gruta se hallaban David y varios de sus soldados… David pudo haber matado a su enemigo, pero se limitó a cortar una parte de la túnica de Saúl… Después, a gritos, desde una de las colinas, le hizo saber al rey que le había perdonado la vida… Y le mostró el trozo del vestido.

La historia —probablemente falsa— entusiasmó a los discípulos. Y aplaudieron, felices. Bartolomé se alzó y correspondió con una exagerada reverencia.

El sábado, 17 de mayo, permanecimos en el campamento.

Jesús entró en la aldea y la recorrió despacio, haciendo «im». Todo le interesaba: las familias, sus sueños, las enfermedades, los niños, las cosechas… Y la gente respondió con sorpresa y con agradecimiento.

Andrés, con buen criterio, imaginando que el Maestro deseaba caminar por el oasis, se las ingenió para contratar a uno de los pastores de cabras. Lo llamaban Nadir. Era el tuerto con mejor visión en todo el desierto de Judá. Conocía la zona como la palma de la mano.

Y el domingo, 18 de mayo (año 27), con la luz violeta del alba, el grupo se encaminó al nahal o río Arugot, muy cercano. Felipe, los gemelos y el Iscariote se quedaron en el campamento, con Zal. El perro de color estaño llevaba dos días con vómitos y el Maestro optó por ahorrarle el sufrimiento de la ascensión hasta la cota «200». El plan —trazado por Nadir— era simple: remontar el wadi hasta alcanzar uno de los saltos de agua. Lo llamaban la «cascada escondida», muy cerca de la gran plataforma del desierto de Judá. En cuestión de dos horas deberíamos llegar a la «escondida».

Al principio todo fue bien. Ascendimos por un par de cañones y dejamos atrás algunos pequeños manantiales, adornados por ejércitos de juncos y cañas. Algunos íbices nubios —sorprendidos— huyeron entre las rocas, trepando por los canchales. Era una familia de cabras montesas, integrada por un macho y tres hembras. Los cuernos del macho eran espectaculares.

Después, entre los enormes farallones, vimos asomar las cabezas de una colonia de damanes, una suerte de «conejos», especialmente inteligentes, y que Eliseo y yo tuvimos la fortuna de observar durante la estancia en la montaña sagrada: el Hermón. Siguieron nuestros pasos con curiosidad y desconfianza y terminaron ocultándose entre las grietas de las rocas.

Hacia la tercia (9 horas), el calor apretó y Nadir recomendó que hiciéramos un alto.

Nos acomodamos al pie de un tamarisco y Andrés procedió a repartir pan, miel y queso.

El Oso se interesó por la fauna del oasis, y Nadir explicó que, en aquellas tierras, habitaban el leopardo, el lobo, la hiena rayada, el zorro rojo, quince especies de murciélagos, dos tipos de serpientes altamente venenosas, lagartos «y todas las ranas del mundo». Yo fui entrenado para distinguir los ofidios peligrosos. Sabía que, en aquel oasis, proliferaba la Tractaspic (víbora de En Gedi) y la Echis coloratus. Ambas serpientes eran mortales.

Yo pregunté por las aves, mi especialidad. El guía, satisfecho ante mi curiosidad, enumeró varias especies. Habló de la tristram, un ave negra con alas anaranjadas y de canto potente. Se refirió también a las «cantoras» (probables Turdoides squamiceps), casi siempre en el suelo y, naturalmente, no podía faltar una de mis favoritas: la «collalba negra» (Oenanthe leucopyga). Y me informó igualmente de la existencia de la perdiz de arena, de los abundantes buitres egipcios y del águila de Bonelli (Hieraatus fasciatus). En total, unas doscientas especies, casi todas migradoras. Tuvimos la suerte de llegar en plena primavera. El oasis rebosaba de vida…

Y proseguimos río arriba.

Al poco, el camino se aventuró —valiente— en un espeso bosque de álamos del Éufrates. El perfume era exquisito. Y el guía señaló las ramas de los árboles. Quedé perplejo. Era el reino de las hormigas tejedoras. Las llamaban nemala ha’oreget. Las larvas segregaban unas finísimas fibras de seda que servían para construir los nidos. ¡Nidos de seda a cinco y diez metros del suelo! El Maestro, maravillado, preguntó y preguntó.

Y, lentamente, nos aproximamos al salto de agua.

Podía ser la hora quinta (once de la mañana).

Primero escuchamos el rumor de la cascada. Después, entre los cañones y la apretada vegetación, se presentó ella… Era una cascada de quince metros de altura, blanca y espumosa. La cascada «escondida» nos recibió alegre. Parecía saber quién la visitaba… Una familia de helechos «cabello de ángel» la acompañaba a derecha e izquierda. Y al pie, una importante laguna de agua caliente. El olor a azufre era intenso. Se trataba, en efecto, de una fuente termal. Calculé la temperatura en unos 38 grados Celsius.

El grupo decidió tomar un baño. Lo necesitaban.

Nadir recomendó prudencia. No le faltaba razón. El agua caliente siempre debilita… Pero no. El guía no se refería a eso…

Por supuesto, nadie le hizo caso.

El Galileo fue el primero en desnudarse. Colgó la túnica y el taparrabo en una de las ramas de un álamo y corrió, feliz, hacia la piscina natural. Dio un par de saltos y se precipitó de cabeza en las aguas. Al poco lo vimos emerger. Y reclamó a los discípulos…

Los íntimos le imitaron, en tropel. Y disfrutaron del baño.

Nadir y este explorador permanecimos en la orilla, pendientes.

Inspeccioné el lugar. Parecía tranquilo. Tomé algunas referencias y caminé por la orilla. Finalmente, Nadir y yo fuimos a sentarnos a la sombra de un viejo sauce. El calor era sofocante. Situé la vara de Moisés entre las piernas y me dediqué a contemplar al Hijo del Hombre. No lograba acostumbrarme. Era un Hombre-Dios y, sin embargo, lo veía tan próximo, tan humano… Jesús reía. Salpicaba a todo el mundo. Se sumergía. Saltaba sobre los hombros de Andrés y de Pedro e intentaba hundirlos. Se resistía cuando Mateo y otros trataban igualmente de sumergirlo. Nadaba con poder. Era como un niño… Aquellos hombres lo amaban de verdad.

Pasados quince o veinte minutos, el Maestro —agotado— optó por salir de la piscina. Lo hizo despacio.

Al llegar a la orilla se detuvo y procedió a escurrir los cabellos. Lo hizo con ambas manos, y delicadamente.

El grupo continuó en el agua, relajado y feliz.

Fue en esos instantes cuando Nadir se puso en pie e intentó alertar al Galileo.

Y señaló a los pies de Jesús.

Mi corazón dio un salto…

Una serpiente se deslizaba por la arena, a escasa distancia de los pies desnudos del rabí.

El guía le dio una orden:

—¡No te muevas!

El Maestro descubrió al ofidio y, en efecto, no se movió. Continuó escurriendo el cabello, lentamente.

Llevé los dedos de la mano derecha a la parte superior del cayado y acaricié el clavo que activaba el láser de gas. Y lamenté no haber tenido tiempo de utilizar las «crótalos», las lentes de contacto. Si disparaba podía errar…

En un primer momento, la serpiente —de casi un metro— me pareció una Coluber, una de las típicas víboras del desierto. Era venenosa, muy venenosa.

El reptil avanzaba despacio hacia el pie izquierdo del Hijo del Hombre. Se hallaba a medio metro…

Pero algo no encajaba. La víbora no lucía el típico color rojizo amarronado de las Coluber. Era negra, con la punta del hocico levantada hacia arriba.

Y, de pronto, el ofidio se detuvo. Se alzó y se colocó en posición de ataque. Y emitió un fuerte silbido.

Estaba claro. Se disponía a cargar sobre el pie de Jesús.

El Maestro, pálido, no la perdía de vista. Él sabía, probablemente, que la mordedura de aquel animal era mortal.

¿Qué hacía?

Tenía que arriesgarme y disparar…

La seguridad del Galileo era lo primero.

No hubo tiempo.

Todo fue vertiginoso.

De pronto, en mitad de aquel cielo azul, se presentó un destello. Fue como un relámpago, pero azul y sin trueno.

Todos los vimos.

La «luz» (?) llenó el lugar y todo se volvió azul: la cascada, la piscina, los discípulos, los árboles…

No sé qué pudo durar el destello… ¿Un minuto?

Y, tal como apareció, así se extinguió.

Y todo regresó a su color habitual.

¿Qué había sucedido?

El cielo, como digo, estaba azul, sin rastro de nubes. ¿Dónde se hallaba la tormenta?

Obviamente no fue un relámpago…

Entonces me fijé en la víbora. Yacía en tierra, inmóvil, y aparentemente muerta. El cráneo humeaba. Algo la había fulminado.

Nadir y este explorador corrimos hacia el Maestro.

¿Qué había sucedido?

Jesús recogió la ropa, se vistió y, sin mediar una sola palabra, se alejó de la cascada, descendiendo hacia la aldea.

Los discípulos salieron del agua y preguntaron qué había pasado.

Nadie supo qué decir.

Quien esto escribe se inclinó sobre la serpiente y la examinó. El guía, a mi lado, reconoció que se trataba de una saraf, un animal de especial peligrosidad. Era larga y pesada, con un cuerno escamoso en la nariz. Los colmillos eran temibles. Según Nadir, la serpiente se encontraba en pleno período de apareamiento. Eso la hacía más agresiva. El cráneo presentaba un diminuto orificio, aún humeante. Y el guía y quien esto escribe, como dos perfectos idiotas, dirigimos las miradas hacia el azul del cielo.

El veneno —según comprobé días más tarde— era fortísimo. Consistía en una mezcla de proteínas enzimáticas, lípidos, cationes y péptidos. Los efectos —proteolíticos, hemolíticos, neurotóxicos y coagulantes— eran mortales en cuestión de minutos. De haber mordido al Galileo, este habría sufrido una vasodilatación general, con una súbita y peligrosa caída de la tensión. Los tejidos hubieran quedado necrosados y la acción hemolítica podría haber destruido los glóbulos rojos. Los neurotóxicos, finalmente, habrían provocado una parálisis muscular generalizada. En mi botiquín de campaña no figuraba un antídoto contra el veneno de la saraf. Hubiera necesitado penicilina, hidrocortisona y adrenalina, como poco.

Y el bueno de Nadir planteó la gran pregunta: «¿Quién había terminado con la vida de la serpiente?»

A mi mente llegó una respuesta: «Su “gente” había actuado de nuevo…»

Pero guardé silencio. Nadie hubiera aceptado algo así.

Dos horas después entrábamos en el campamento.

Sigal, la hechicera, había dibujado dos nuevos círculos concéntricos cerca de las tiendas y canturreaba no sé qué nuevos conjuros contra el Maestro. Esta vez manipulaba una larga cuerda en la que había alineado nuevos nudos. Al acariciar cada nudo —según Bartolomé—, la bruja enviaba maldiciones a la víctima.

Estábamos tan rendidos que, sinceramente, casi no le prestamos atención… Y allí siguió, entonando miserias.

Al día siguiente, lunes, 19 de mayo (año 27), Jesús se levantó de un humor excelente. Parecía haber olvidado el incidente con la víbora.

Mientras desayunábamos se acercó a este explorador y, sonriendo, comentó:

—Mi «gente» me cuida…, pero gracias por tu gran corazón.

Me guiñó el ojo y se dedicó a Zal. El perro de los ojos oblicuos no mejoraba. A los vómitos se unieron unas intensas diarreas. El pobre animal aparecía postrado —sin fuerzas— a la sombra del carro cubierto.

Felipe, sabiamente, le suministraba agua con limón en abundancia y tres dosis al día de «cariofilada». Tomaba una cucharada con la raíz de esta planta y la calentaba sin llegar al punto de ebullición. El propio intendente la recogía cada mañana en las orillas del río Arugot. Recolectaba las grandes hojas pecioladas y basales, así como el tallo subterráneo, en forma de remolacha, y preparaba la infusión. Decía que el brebaje era bueno para las diarreas y para el dolor de muelas. No lo dudé. Felipe sabía mucho de plantas medicinales.

Fue a lo largo de esa mañana cuando Pedro y Juan Zebedeo propusieron algo interesante: visitar la colonia nazir existente en el oasis. La oportunidad era única.

Los nazir, como ya expliqué en su momento, formaban un grupo aparte en la comunidad judía. Eran llamados «reservados» o «guardados» (de la raíz hebrea nzr) (no confundir con notzri: habitante de Nazaret o nazareno).

Según lo establecido en Números (6, 1-21), el que se comprometía con el «nazireato» debía cumplir tres grandes obligaciones: no beber vino (ni nada procedente de la vid: uvas frescas o secas, pulpa u hollejo, vinagre, etc.), dejarse crecer el pelo y no tocar a los muertos. Fue, seguramente, una orden de Yavé ante la desmedida afición de los cananeos por el vino: «… No beberás vino ni bebidas embriagadoras, ni vinagre de vino, ni ningún zumo de uvas».

El cabello, para los nazir, era otra señal de santidad. Nadie debía cortárselo. Podían atusar el pelo, echarlo a un lado o recogerlo en trenzas, pero nunca peinarlo. Si el nazir bebía vino o tocaba a un muerto (voluntaria o involuntariamente) perdía el carácter sagrado y debía rasurarse la cabeza, empezando de cero. Hacerse nazir obedecía, generalmente, a una promesa cumplida. Por ejemplo: se hacían nazir si un hijo sanaba de una enfermedad o si se libraba de ir a la guerra. El «nazireato» era temporal o perpetuo. El tiempo mínimo fue establecido en treinta días. Yehohanan y Abner, el pequeño gran hombre, eran nazir a perpetuidad. La ley oral dedicaba nueve capítulos al «nazireato», con un total de sesenta disposiciones, a cual más absurda. El nazir, por ejemplo, no podía tocar a un muerto, aunque fuera su padre, su madre o sus hermanos. Solo había una excepción: «que el nazir encontrase al muerto en el camino». «Si yace de forma usual —reza la Misná—, puede removerlo, lo mismo que la tierra sobre la que yace». Las mujeres podían ser nazir, pero siempre sujetas al criterio del padre o del esposo. Los paganos, en cambio, lo tenían prohibido. Si una mujer nazir rompía los votos por culpa del vino o por el contacto con un muerto, era castigada con cuarenta azotes.

Los discípulos aceptaron. El Maestro no se pronunció, pero confirmó que se uniría al grupo. Y la visita a la colonia nazir fue fijada para el día siguiente. Andrés se ocupó de contratar de nuevo al pastor tuerto. Nos serviría de guía.

Desde primera hora de la mañana, Sigal, la bruja de Giló, volvió a afanarse en su venganza. En esta ocasión la vimos dibujar los dos círculos concéntricos habituales, con una estrella de cinco puntas en el centro. El vértice superior miraba al Este. Entonces se hizo con un puñado de sal y lo depositó en el centro de la estrella. Extendió los brazos hacia el cielo, con las palmas de las manos hacia arriba, y gritó, en árabe:

—¡Mi poder está en el nombre de la Estrella Matutina!

Colocó la mano izquierda bajo el codo derecho y, con los dedos índice y anular de la derecha, indicó el puñado de sal, al tiempo que volvía a gritar:

—¡En el nombre todopoderoso de la Estrella Matutina yo te condeno!

Acto seguido —también con la mano derecha— dibujó en el aire una estrella de cinco puntas y volvió a bramar:

—¡Por el fuego, por el agua, por la tierra y por el aire yo te condeno, Jesús, hijo de José!… ¡Seas maldito por dos mil años!

Y me pregunté: «¿Cuándo come?» Nunca la vi beber o alimentarse. Pregunté a Felipe y a los gemelos. Nadie supo darme razón.

Y Jesús, como tenía por costumbre, se encaminó a la aldea de En Gedi, acompañado de la tabbah, la escolta habitual (Pedro y los hermanos Zebedeo). Allí permaneció todo el día, practicando una de sus aficiones favoritas: hacer «’im».

El 20 de mayo del año 27, martes, amaneció a las 04 horas y 32 minutos (TU). Eso marcaban los relojes de la «cuna».

Nadir, el guía, se presentó puntual.

Y emprendimos la marcha hacia el wadi David, a poco más de un kilómetro del campamento (siempre hacia el norte). Felipe y los gemelos de Alfeo se quedaron en la cocina, con Zal.

E iniciamos el ascenso hacia la meseta desértica de Judá, situada en la cota «200».

Dejamos atrás tres cascadas y hacia la tercia (nueve de la mañana) llegamos a la boca de la gruta en la que, supuestamente, David había perdonado la vida del rey Saúl.

Echamos un vistazo. Nada del otro mundo. Se trataba de una cueva no muy grande, sin nada de particular. El bueno de Samuel (1, 23-29) exageró. Allí no cabían ni veinte personas…

Muy cerca, en la margen derecha del río, se distinguían los restos de un templo. Nos entretuvimos un rato, recorriendo los muros y las columnas. Nadir aseguró que estábamos ante una construcción muy antigua; probablemente del 3000 antes de Cristo. Algo más al sur, en el wadi Mishmar, habían sido descubiertos más de cuatrocientos vasos de cobre y marfil, utilizados, seguramente, en dicho templo.

Minutos después divisamos la colonia nazir, al pie de una curiosa cascada. La mitad izquierda del agua brotaba caliente (a cosa de 30 grados Celsius); la otra mitad era fría. Decenas de tórtolas nos recibieron con sus trinos. Los cuervos de cola en abanico y los grajos tristram huyeron al vernos. ¡Qué desagradecidos!

¡Qué decepción! La aldea nazir era un mísero puñado de chozas de piedra y paja, levantadas en círculo en una tímida planicie. Conté doce cabañas.

Algunos nazir salieron de las chozas y nos observaron, curiosos. Pero no se movieron. Casi todos lucían largas cabelleras, sucias y enredadas. No vi mujeres.

Uno de los tipos entró en una de las chozas. Y apareció, al poco, con otro individuo. Este se aproximó a nuestro grupo y Nadir le salió al paso.

Parlamentaron.

Y el hombre —el jefe de la colonia— dijo que sí: hablaríamos. Pero deberíamos pagar un as por cabeza. Andrés aceptó y Judas Iscariote desembolsó lo acordado: once ases.

Y fueron a sentarse a la sombra, junto a una de las cabañas. Yo seguí de pie, pendiente de todo.

El anciano y líder de los nazir dijo llamarse Ahuv («Amado», en hebreo). Era calvo y gordo como una bola de sebo. «¡Vaya nazir! —me dije— ¡sin un solo pelo…!» Una barba blanca y deshilachada le llegaba al ombligo. Se cubría con una túnica negra. Carecía de dientes.

Y, como si se tratase de algo habitual, Ahuv procedió a explicar quiénes eran los nazir, por qué se dejaban el pelo largo, y por qué no podían tocar a los difuntos.

Escuché algunas risitas mal contenidas… Imaginé que se debían a la aparatosa calva del líder.

El Maestro escuchaba atento y con el rostro grave.

Las moscas nos comían.

Y empecé a notar un olor a podrido, muy desagradable.

El hombre invocó el libro de los Jueces (13, 1-25) y habló de Manóaj, que tenía una esposa estéril. Un hombre luminoso se presentó ante la mujer de Manóaj y le dijo que daría a luz un hijo. Entonces le recomendó que no bebiera vino. Ese niño fue el célebre Sansón, nazir desde su nacimiento.

Y seguí percibiendo aquel olor…

Fue en esos instantes, mientras Ahuv relataba la historia de Sansón, cuando oímos aquel ruido; mejor dicho, aquellos ruidos…

Nos miramos, incrédulos.

¡Vaya y revaya!

Y el líder de la colonia nazir siguió pedorreando sin el menor pudor. Las ventosidades se hicieron más frecuentes…

Yo no sabía dónde esconderme.

El olor era insoportable.

Fue entonces cuando se presentó aquel personaje.

¡Asombroso!

Podía medir 2,40 metros de altura. Presentaba una cabellera negra, hasta la cintura, y unas manos enormes. Se cubría con una túnica roja y raída y reía por cualquier motivo.

Depositó unas pequeñas bolas grises en las manos de Ahuv, sonrió a la asombrada concurrencia, y se alejó.

Al retornar al campamento, Felipe me explicó. Las bolas de color gris eran corteza de abedul, muy recomendadas contra las infecciones bucales y la flatulencia. Eso no lo sabía: ¡chicle de abedul!

Según Nadir, el gigante era otro miembro de la comuna nazir. Se llamaba Adiel («Atavío de Dios» en hebreo). Una mañana, siendo un bebé, fue encontrado a las puertas de una de las cabañas. Nadie sabía quién era su madre. Para los judíos se trataba de un nefilim, un descendiente de los ángeles caídos. Números (13, 32) los menciona cuando Moisés envió espías a la «tierra que mana leche y miel». Todo el mundo los temía.

Y la reunión con el jefe nazir terminó como era de esperar…

Harto de tanta ventosidad, Andrés se puso en pie, dio las gracias por las explicaciones, y animó a los suyos para que abandonaran la aldea.

Todos obedecieron, más que agradecidos.

Y retornamos al campamento.

En el camino de vuelta nadie hizo comentario alguno. No merecía la pena…

Tras casi una semana en el oasis de En Gedi, todo estaba visto.

El único «atractivo» era Sigal, la bruja, pero también empezaba a aburrirnos.

Y en la tarde del miércoles, 21 de mayo (año 27), Bartolomé, el Oso de Caná, recibió una excelente idea: propuso hacer una visita a la cercana aldea de los esenios, ubicada a 33 kilómetros al norte, en aquella misma orilla occidental del mar de la Sal.

El Maestro —nunca supe por qué— declinó la invitación. Y lo mismo sucedió con el resto de los íntimos. Solo Tomás y el referido Bartolomé optaron por la nueva aventura. Yo me uní a ellos, naturalmente.

Y el 22, jueves, nos despedimos del campamento. Zal mejoraba.

Regresaríamos en dos o tres días.

El camino fue tranquilo y sujeto al enemigo número uno en aquellas latitudes: el tórrido calor. En ningún momento bajamos de los 40 grados Celsius.

Y poco antes del ocaso, previsto ese día para las 18 horas y 21 minutos, divisamos la aldea de Qumrán. Se hallaba a cierta distancia del mar Muerto (calculé unos dos kilómetros) y apaciblemente dormida sobre una terraza de marga amarilla y blanca. La miraban decenas de suaves colinas y barrancas, ahora doradas por el sol. Más allá, igualmente muerto, se distinguía el desierto de Judá.

Qumrán era una pequeña ciudadela, montada, como digo, sobre una dócil meseta. En total, si no conté mal, sumaba una veintena de casas de piedra, todas de una planta. Una torre cuadrada —de dos pisos— era la reina del secaral.

La aldea —no sé si llamarla así— aparecía abrazada por una muralla de dos metros de altura y escasa consistencia.

Alrededor, en los barrancos y cañadas, distinguí del orden de doscientas cuevas; la mayoría de bocas insignificantes (parecían simples agujeros en las rocas).

Pero no estoy siendo riguroso…

En aquel tiempo, Qumrán no era conocida por este nombre. Qumrán es una derivación muy posterior —en árabe— de la palabra hebrea ’omron (Gomorra). El lugar recibía otras designaciones. La más popular era «Secacah». También lo llamaban «la tierra de Assayya» o de los «Curadores», en clara referencia a los habitantes de la ciudadela. Muchos de ellos se dedicaban a la medicina. Los propios esenios se autodenominaban «los Guardianes de la Alianza» («Nozrei haBrit») o «los Hacedores de la Ley» («Osei ha-Torah»). Esta expresión («Osei ha-Torah») pudo ser el origen de la palabra «esenio» (la forma colectiva de Osei ha-Torah es, precisamente, osim).

Yo había leído mucho sobre los esenios. Estudié los textos de Flavio Josefo, de Plinio el Viejo y de Filón de Alejandría. Pero las dudas sobre la secta no terminaban nunca. ¿Era un grupo con la misma filosofía que Jesús de Nazaret? Es más: ¿el Maestro fue un esenio, como aventuran muchos autores del siglo XX? Aquella era una magnífica oportunidad para tratar de verificarlo.

El sendero nos llevó, de la mano, hasta la puerta principal de la ciudadela, en la cara nororiental de la muralla.

Un monje portero —todo de blanco— nos salió al paso. Era un anciano esquelético, con la piel abrasada, y cuatro pelos peleados entre sí en las regiones parietales. Cuando miraba traspasaba.

Bartolomé estuvo listo.

Nos presentó como discípulos del «hacedor de maravillas», el constructor de barcos de Nahum. Deseábamos visitar la comunidad y aprender.

El monje escuchó en silencio. Nos cacheó uno por uno y solicitó calma. Avisaría al maskil: el instructor jefe o maestro de la secta. Y se perdió entre los edificios.

Este explorador aprovechó para tomar referencias. Lo sé: no tengo remedio…

Entre los callejones observé poco movimiento.

Algunos hombres —de blanco inmaculado— iban y venían. Todos vestían igual: con túnicas cortas, hasta las rodillas, y turbantes igualmente blancos.

El monje guardián regresó al poco. Lo acompañaban tres individuos.

Uno de ellos —el maskil— dijo llamarse Honi. Era alto, atlético, y de mediana edad. Los ojos —muy claros— eran inquisidores y demostraban inteligencia. La túnica y las sandalias aparecían rotas y viejas.

Los otros no se presentaron. Era gente igualmente curtida en la dureza del desierto. No hablaron en ningún momento.

Y el Oso repitió lo ya expuesto al monje portero. Deseábamos conocer la ciudadela y sus costumbres.

Honi escuchó en silencio y siguió observándonos.

Después nos invitó a entrar en la sala que servía de puesto de guardia y portería, y Honi —directamente— fue a lo que le interesaba: el Maestro. El maskil había oído hablar de Jesús, y mucho. Sabía de sus prodigios y de sus sanaciones portentosas. Assi, el esenio del kan del lago Hule, al norte de la Galilea, les había puesto en antecedentes. Assi hablaba maravillas del Galileo.

Tomás y Bartolomé confirmaron las palabras de Honi. Yo me mantuve en silencio. Solo era un observador…

Finalmente, el maestro instructor rogó que aceptáramos su hospitalidad. Y allí pernoctamos, en la portería, en la compañía del monje portero.

Fueron casi cuatro días, intensos e inolvidables. Aprendí mucho.

Nos trataron cordialmente y respondieron a todas nuestras preguntas. A cambio, los discípulos tuvieron que aclarar algunas de las dudas de los esenios.

Recorrimos la comuna, siempre en la compañía de Honi, y verifiqué que la ocupaban unas doscientas personas, todos varones. No vi mujeres. Muchos eran ancianos. Dormían en las cuevas próximas y trabajaban, comían, se bañaban, hablaban y cantaban en las dependencias de la ciudadela.

El edificio más alto —no el más notable— era una torre cuadrada de dos alturas. Había servido como defensa en los primeros años de la ciudadela; de eso hacía más de un siglo. Ahora la destinaban a almacén.

Visitamos un total de dieciséis piscinas, pulcramente encaladas. Las utilizaban a diario en la obligada e importantísima liturgia de la pureza ritual. Varias canalizaciones trasvasaban el agua dulce y salada desde el desierto de Judá y desde los manantiales de Hiam el-Shaga, al sur de Qumrán. La más grande alcanzaba cuarenta metros de longitud. Se destinaba a rituales colectivos. Era el mik-vah santo.

Disponían también de una lavandería, perfectamente protegida con yeso y piedra. Un fortísimo terremoto —en el año 31 a. de J. C.— la había destruido. Pero los laboriosos esenios la volvieron a levantar[9].

La ciudadela contaba con un taller de alfarería, otro de forja, uno destinado a la confección de papiros y pergaminos, otro en el que trabajaban en el soplado de vidrio, una panadería, una cocina de enormes dimensiones con un total de cinco chimeneas, varias despensas, con capacidad para varias toneladas de alimentos, una sala de asambleas con bancos de yeso, el comedor común o «refectorio» en el que se sentaban sobre esteras y el scriptorium o sala de copistas; posiblemente, el lugar más importante de la ciudadela.

Al pasear por el scriptorium (una sala de más de veinte metros de longitud) contemplé en las mesas de yeso a seis escribanos. Todos eran ancianos. Cantaban los textos que escribían. Y lo hacían bajo la atenta mirada de un maestro copista. Utilizaban cálamos hendidos y tintas negras y rojas. Las primeras eran preparadas con hollín, agua y resinas. Para las rojas elegían el cinabrio. Los pergaminos eran gruesos. Habían desprendido el pelo y la capa superior de la piel. Las hojas, cuya longitud variaba entre 90 y 26 centímetros, eran cosidas y pegadas, formando así los rollos. Casi todos los papiros y pergaminos aparecían escritos en hebreo, aunque también acerté a descubrir algunos textos en griego y arameo. Los copistas elaboraban una preciosa letra «cuadrada» o «asiria» a la que llamaban ra’atz. Una vez terminados, los rollos eran cuidadosamente atados con cintas de cuero y almacenados en largas estanterías de madera.

Al curiosear entre las mesas de los copistas pude leer textos dedicados al estudio del firmamento, a los ángeles, a los merkavah o «carros de fuego», referencias al diluvio universal, y a un asunto que me dejó intrigado. El escribano cantaba y escribía sobre una serie de tesoros escondidos en Jerusalén y en las proximidades del mar de la Sal. En total, según pude oír y leer, 63 tesoros, con un total de 4630 talentos de oro y plata. O lo que es lo mismo: 115.750 kilos de oro y plata (en lingotes) (!). Me hubiera gustado preguntar sobre el particular, pero no me atreví. Dichos tesoros —que yo sepa— no han sido hallados…

Y Honi nos habló de la historia de la secta y del porqué de la retirada de los esenios al desierto.

En realidad, la yahad, o comunidad, se hallaba repartida por todo Israel. Trabajaban como médicos o «auxiliadores» en numerosas ciudades y pueblos. Assi era un ejemplo. Era fácil distinguirlos. Siempre vestían de blanco y su perfil era alegre y generoso.

Los esenios formaron parte de una tendencia de tipo apocalíptico que floreció en el país a finales del siglo III antes de Cristo. Pero, hacia el año 130 a. de J. C., un personaje al que llamaron Maestro de Justicia (probablemente un sacerdote) dijo haber recibido una revelación. Y el Maestro de Justicia arrastró a parte de los esenios al desierto y a otros lugares.

Cuando Bartolomé preguntó sobre la naturaleza de aquella revelación, Honi aseguró que un ser de luz se le había presentado a Zadok (este era el nombre del Maestro de Justicia), anunciándole el final de nuestra era. «La oscuridad y el hielo caerán sobre el mundo». Eso reveló el ser luminoso. Y recordé las filípicas de Yehohanan… En otras palabras: los esenios huyeron de Jerusalén ante el inminente fin del mundo (según ellos).

Pero no fue la única razón para la huida. Los esenios —según Honi— no aceptaban la corrupción de las castas sacerdotales y tampoco el calendario lunar, establecido en el Templo desde hacía siglos y que marcaba la organización del culto.

Los esenios se inclinaron por el calendario solar, reducido a 364 días y dividido en cuatro trimestres de 91 días. Cada trimestre arrancaba en miércoles (el día de la creación, según los judíos). Este era el sistema exigido por el libro de Henoc y por el de los Jubileos. Según los esenios, el calendario solar tenía enormes ventajas sobre el lunar. Los días de los meses correspondientes caían siempre en los mismos días de la semana. Esto hacía que las fiestas y solemnidades aparecieran en fechas concretas; siempre las mismas. Era otro símbolo —importantísimo— de lo que denominaban «pureza ritual».

Pero había más… Los esenios no soportaban la presencia de los ciegos, de los sordos o de los tullidos en la Ciudad Santa (Jerusalén). Eso era «contaminación». Y aborrecían los sacrificios de los gentiles y la impureza provocada por el comercio de pieles, por las uniones ilícitas, por los matrimonios entre sacerdotes y laicos, por los leprosos, y por la abundancia de perros callejeros en la ciudad. Todo era miseria y sacrilegio para la hermandad de Qumrán. ¿Cómo compartir techo con aquellos que mezclan el lino y la lana en una sola vestimenta? ¿Cómo aceptar en el Templo el trigo de los gentiles o los cambistas de monedas? ¿Qué decir de las «burritas» (prostitutas) en el Atrio de los Gentiles? ¿Cómo convivir con los que no se preocupan del contacto con los muertos? Para los esenios —en suma— la cohabitación con la impureza era la catástrofe de las catástrofes… Y decidieron cortar por lo sano, huyendo al desierto: el lugar santo en el que se prepararían para la batalla final y la conquista de Jerusalén.

Es importante considerar este capítulo —el de la obediencia total a la ley de Moisés— para entender el pensamiento esenio. Las Escrituras eran su único faro. Si permanecían en una ciudad que no respetaba la pureza ritual, ellos, los esenios, caían en pecado de forma automática. Y eso era lo que sucedía en Jerusalén. Si el Templo resultaba profanado por los mercaderes, por las prostitutas, y con toda suerte de negocios paganos, ellos, los esenios, caían en desgracia a los ojos de Yavé. Si las fiestas no coincidían por lo establecido por la Ley, ellos, los esenios, estaban de más en aquel lugar (supuestamente sagrado). Si los propios sacerdotes no eran capaces de imponer la Ley y, más aún, la violaban de continuo, ellos, los esenios, tenían que abandonar esa ciudad de pecado y refugiarse lejos… Por eso, insisto, huyeron al mar de la Sal.

Cada día (incluido el sábado), los esenios se levantaban poco antes del amanecer. Una campana lejana los despertaba.

Y rezaban y cantaban de cara al sol, animándole «para que se alzara». Se vestían en las cuevas y acudían a la ciudadela o a sus lugares de trabajo, en los campos y palmerales. Eran panaderos, herreros, copistas, sopladores de vidrio, carpinteros, cocineros, campesinos, pescadores, cazadores o pastores. Cuidaban de las fuentes de Aïn Feshkha y recolectaban dátiles en Aïn Ghazal. Confeccionaban papiros y pergaminos y los vendían a buen precio. Disponían de rebaños de ovejas, cazaban gacelas, y trabajaban en una «piscifactoría», en las lagunas y canales de Feshkha. Fabricaban utensilios de cocina y una excelente cerámica.

A la hora quinta (once de la mañana), otro largo toque de campana avisaba. Era la hora de la solemne «comida de paz». La llamaban shelâmîm. «Yavé —decían— era testigo».

Acudían a las piscinas, se sometían al sagrado ritual del baño, cambiaban los vestidos por otros nuevos (recién planchados) y entraban en el «refectorio». Para compartir la shelâmîm era necesario que el aspirante a esenio llevara dos años en la comunidad, como mínimo. Por supuesto, antes de la inmersión, el esenio tenía la obligación de recitar sus pecados y arrepentirse de ellos. El maestro instructor se hallaba presente y lo oía todo.

Aunque éramos «extranjeros», Honi permitió que nos sentáramos con ellos. Se trataba de una sala larguísima, de 22 metros de longitud por casi cinco de ancho, orientada de este a oeste, como marcaba la Ley.

Se sentaban en esteras y formando hileras. El silencio era total. Un sacerdote bendecía el pan y el vino y lo repartía. Después, los cocineros proporcionaban la comida: verduras, carne o pescado y dátiles. El vino no era exactamente vino. Lo llamaban tirosh. Era un zumo de frutas sin fermentar. Casi nunca hablaban. A veces lo hacía uno de los «veteranos» y todo el mundo escuchaba con devoción.

Terminada la comida recuperaban las viejas túnicas y retornaban a sus labores.

A la puesta de sol, antes de ingresar en la ciudadela, hacían sus necesidades. Era lo establecido por la Ley.

Practicaban un agujero en la tierra, se cubrían la cabeza con el manto, y defecaban. Después tapaban los excrementos con la tierra. «De esta forma —decían— no ofendían a los cielos». En sábado estaba prohibido defecar.

Regresaban a la ciudadela, volvían a sumergirse en las piscinas, y dedicaban el resto de la noche a rezar y a cantar. Casi no dormían.

La comunidad era regida por un consejo de diez hombres. Disponían de un Manual de Disciplina —muy rígido— al que llamaban Serekh ha-Yayad.

El aspirante debía pasar un período de prueba que oscilaba entre uno y tres años, dependiendo de sus riquezas…

Tenían su propio código penal.

Creían en dos Mesías, uno de tipo religioso (Mesías de Aarón) y otro de carácter militar (Mesías de Israel), que liberaría al país del yugo de los kittim (romanos). Según Honi, estábamos muy cerca de esa liberación. La conquista de Jerusalén —aseguraba— se prolongará durante seis años. Una vez restablecido el culto, se harán planes para derrotar al resto del mundo. «Esa lucha contra las naciones —decía— durará otros 33 años». Y explicaba cómo serían los ejércitos, y cómo sus soldados: «… Los hombres tendrán de cuarenta a cincuenta años… Los inspectores de los campamentos de cincuenta a sesenta… Los oficiales de cuarenta a cincuenta y los que despojarán los cadáveres y recogerán los botines, de veinticinco a treinta años de edad».

Yo oía perplejo. Estaban convencidos: la lucha contra los impuros era inminente. De ahí que el personaje de Jesús —posible Mesías guerrero— les interesara vivamente.

Sostenían que el hombre estaba formado por nueve partes de luz y una de oscuridad. Ellos —los Guardianes de la Alianza e Hijos de la Luz— estaban destinados a cambiar el mundo. Lo único que importaba era la Ley de Moisés. Y el candidato, al hacerse esenio de pleno derecho, debía formular un solemne juramento. Debía entregarse, con todo su corazón y toda su alma, al cumplimiento de la citada Ley. Todo lo demás era secundario.

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