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DEL 8 AL 10 DE AGOSTO
(AÑO 27)
Fue, sin duda, un acierto…
Cada grupo, como digo, se fue por su lado.
Abner y los «justos» se dirigieron al monte Gilboá.
Andrés consultó con Tomás, responsable de los itinerarios en los viajes, y este recomendó la colina de Sartabá, a escasos ocho kilómetros hacia el norte.
El Maestro aceptó.
Y hacia allí nos dirigimos.
Y el viernes, 8 de agosto (año 27), a eso de la tercia (nueve de la mañana), alcanzamos la base del monte.
El Sartabá era una elevación modesta: 377 metros sobre el nivel del mar Mediterráneo y 650 sobre el valle del Jordán. La cima era cónica y sobresaliente. Pertenecía a la cordillera de Um Jalil. Era puro yeso y pura caliza, pertenecientes al período del Eoceno. Las laderas eran abruptas y conquistadas por bosques de viejos balanites egipcios —altos y dorados—, salvadora persa, y una especie de árbol desconocida para mí. La llamaban «hiperión». Jamás vi cosa igual. Eran ejemplares de cien metros de altura. Para que nos hagamos una idea, la estatua de la Libertad, en Nueva York, alcanza 93 metros… Me hallaba, probablemente, ante el árbol más alto de Israel.
Montamos las tiendas cerca de una balsa, preparamos la cocina de campaña, y ascendimos a lo alto del monte.
Felipe y los gemelos permanecieron junto al reda, preparando la cena.
Y, al atravesar uno de los bosques de hiperiones, escuchamos un sonido imposible.
Presté atención.
No me equivocaba.
Tampoco sufría una alucinación.
Pero, ¿cómo era posible?
¡Violines!
En lo alto de los árboles se escuchaba un sonido parecido al que hubieran producido diez o quince armoniosos violines.
Nos interrogamos mutuamente, pero nadie supo explicarlo.
Y continuamos hacia la cumbre.
Quedé desconcertado. ¿Quién tocaba el violín en lo alto de los hiperiones?
La cima era una planicie, atormentada por rocas jóvenes, afiladas e inconscientes, entre las que nacía un manantial silencioso y prometedor. El agua, con un extraño sabor a flúor, terminaba suicidándose por una de las laderas. Después se remansaba al pie del Sartabá, en la referida balsa.
Las vistas eran pura belleza.
Hacia el este divisamos la negrura de las selvas del Jordán y, más allá, las montañas azules de Galaad. Al norte saludó la inmensa Samaría, siempre misteriosa, con sus cordilleras desafiantes. Al sur espejeaba el mar de la Sal…
Respiramos con ambición y nos relajamos.
Eso era lo que buscábamos…
Parte de la planicie se hallaba habitada por miles y miles de lirios de Samaría, blancos y azules, espinos traidores, y varthemias de todos los colores.
En un extremo de la explanada descubrimos los restos de una antigua fortaleza.
Bartolomé nos instruyó.
Se trataba del Alejandrión, un palacio y castillo levantados por Alejandro Janeo hacía mucho[16].
Y, entre las piedras, acertamos a descubrir tres chozas de madera y paja.
Las habitaban una familia de origen fenicio, muy peculiar…
Los llamaban «los avestruces». El padre y varios de los hijos presentaban una enfermedad singular: los pies disponían de tres únicos dedos, parecidos a los de los avestruces.
Siempre iban descalzos.
Se trataba de un caso de ectrodactilia, una alteración genética, conocida también como síndrome de Karsch Neugebauer. Como consecuencia de la enfermedad, las personas nacen con los dedos de los pies o de las manos en forma de pinzas de langosta.
La gente de los alrededores les tenía miedo y los consideraban «hijos de Inanna», una diosa mesopotámica que, según la leyenda, volaba y disponía de tres dedos en cada pie[17].
«Los avestruces» nos recibieron con recelo.
Pero las cálidas palabras del Galileo, y los buñuelos de keratia, confeccionados por el intendente, fueron disipando los miedos iniciales.
Y terminaron ofreciéndonos lo que tenían: nada.
«Los avestruces» sumaban trece personas: los padres, diez hijos y un abuelo.
Muchos de ellos tenían los dientes negros. E imaginé que se debía a algún tipo de contaminación. Quizá a causa de una mena de flúor en las aguas del manantial (posiblemente fluorita).
El abuelo era un personaje asombroso. Era ciego de nacimiento. Su nombre era Amable. Y le hacía justicia. Siempre sonreía. Carecía de cejas, presentaba el labio hendido (bilateral) y los arcos supraorbitarios prominentes.
Amable sufría de un notable retraso mental, pero disfrutaba de unas aptitudes asombrosas.
A pesar de su ceguera se movía por los bosques con una agilidad y destreza desconcertantes. Jamás tropezaba. Sabía dónde estaba cada árbol y los acariciaba como si fueran sus hijos. Le bastaba con tocar una flor para saber cuántas plantas de ese tipo crecían en el lugar. Aseguró que en la cumbre del Sartabá, en esos momentos, prosperaban 221.000 lirios.
Amable era lo que Langdon Down definiría en 1887 como «idiot savant» o idiota sabio. Un tipo de autista inteligente en el que el hemisferio cerebral derecho —responsable de la creatividad— compensaba el daño producido en el hemisferio izquierdo. En Estados Unidos supe de un «savant» que consiguió aprenderse de memoria un total de 7000 libros (muchos de ellos guías telefónicas). En 1789, otro autista inteligente —Thomas Fuller— fue capaz de llevar a cabo los cálculos más increíbles. Ejemplo: calculaba los segundos que habría vivido un hombre de 70 años, 17 días y 12 horas de edad: 2.210.500.800 segundos. La respuesta la proporcionó en un minuto y medio.
Fue el ciego quien aclaró el misterio de los violines en los bosques de Sartabá.
Aseguró que el melodioso sonido lo producía un pájaro al que llamó «saltarín».
Sencillamente, al cortejar a la hembra, el «saltarín» golpeaba las alas y conseguía la música.
Al cruzar los bosques de hiperiones me fijé con detenimiento.
En efecto, las aves, con hermosos penachos rojos, bailaban sobre las ramas, haciendo vibrar las plumas. Ello provocaba una resonancia parecida a la del violín.
Quedé maravillado.
Al retornar a la «cuna», «Santa Claus» ofreció una información complementaria. El «saltarín» era capaz de golpear las alas 107 veces por segundo. La pluma número cinco —doblada en un ángulo de 45 grados— chocaba con la número seis y producía el sonido. Finalmente, las vibraciones de las plumas seis y siete se transmitían a las secundarias, generando la citada resonancia.
Hubo un punto que no coincidía con lo observado. Según el ordenador central, estos pájaros solo se dan en las selvas ecuatorianas. Eso no podía ser… Yo los había visto.
Según «los avestruces», aquellos bosques estaban infectados de lobos, jabalíes y gatos de los pantanos. La verdad es que no vimos ni uno.
Fueron tres días inolvidables: reímos, jugaron, paseamos, conversaron y, lo más importante, se escucharon los unos a los otros. Y, al final, la «guinda» …
El viernes, 8 de agosto (año 27), como decía, montamos las tiendas, nos organizamos, y exploramos.
El sábado, 9, ascendimos a la cima con las primeras luces y el Zelota programó dos juegos.
Al primero lo llamaban malb (o algo parecido).
Se dividieron en dos equipos; uno a cada lado de una raya dibujada en el suelo. El capitán de uno de los bandos —Andrés— lanzó un ostracón a lo alto. El trozo de cerámica había sido pintado de blanco por una de las caras. Si el ostracón caía por esa cara, el equipo rival tenía que lanzarse en persecución de los contrincantes y atraparlos, uno por uno.
Y la cerámica cayó por el lado pintado de blanco.
Y el Maestro y su grupo (Tomás, el Zelota, Bartolomé, Mateo y uno de los gemelos) corrieron hacia el bando de Andrés, intentando capturarlos. El Iscariote se negó a participar en el juego.
Las carreras, caídas, y el vocerío se prolongaron durante un buen rato.
«Los avestruces» estaban asombrados.
Jesús, rápido, atrapó a Felipe y lo derribó.
Las risas eran contagiosas.
Y el equipo del Galileo fue declarado ganador.
El segundo juego —parecido al epískyros griego— consistía en una diversión más reposada. El personal fue dividido igualmente en dos equipos y repartidos a uno y otro lado de la línea. Una pelota de lana, confeccionada por Felipe, era lanzada, alternativamente, por los jugadores de uno y otro bando. La pelota debía traspasar las respectivas líneas de fondo. Los jugadores trataban de detenerla con el cuerpo.
Jesús se empleó a fondo, como en todo lo que hacía.
Descendieron de la colina, agotados y felices.
Tras un largo baño en la balsa cayeron rendidos.
Yo me dediqué a fregar cacharros y a observar al Hijo del Hombre.
Se quedó dormido al pie de un árbol.
Zal, muy cerca, vigilaba.
Al atardecer, cuando preparábamos la cena, fuimos testigos de un espectáculo único: miles de luciérnagas doradas volaron entre los bosques y sobre las tiendas, en un silencioso y deslumbrante ritual de cortejo.
El Maestro lo definió con cuatro palabras:
—Otra bellinte de Dios…
Tras la cena —pollo macerado en vino y dátiles—, Bartolomé hizo las delicias de todos con sus historias kui. Mejor dicho, de casi todos… El Iscariote se retiró a su tienda y nos calificó de «poco serios».
El Oso empezó narrando la historia del ángel que dejó marcada la barbilla de los hombres y de las mujeres.
Y preguntó:
—¿Sabéis por qué algunos presentan un hoyuelo en el mentón?
Nadie lo sabía.
El Maestro, asombrado, tenía la boca abierta.
Y Bartolomé explicó que el hoyuelo era una señal de los cielos.
—Los bebés, cuando están en el vientre de su madre —aclaró—, lo saben todo… Pero, antes de nacer, llega el ángel del Señor y coloca un dedo sobre la boca del niño, con el fin de que guarde silencio sobre lo que sabe.
Estaban (estábamos) pasmados.
—De ahí que algunos nazcan con la marca en la barbilla…
El cuento de Bartolomé no convenció a nadie.
—¿Y qué pasa con los que no tenemos hoyuelo? —presionó Juan Zebedeo.
—Esos son tontos de nacimiento…
El grupo se descalzó y lanzó las sandalias contra el pobre Bartolomé.
Andrés necesitó tiempo para aplacar los ánimos.
Y el Oso siguió, a regañadientes.
Habló de los árboles durmientes, que habitaban, por supuesto, en los bosques de Sartabá. Aseguró que, con el ocaso, se inclinaban para dormir. Después, si el alba era violeta, recuperaban la posición habitual.
La credulidad de aquellos hombres era conmovedora…
Pedro, con los ojos muy abiertos, miraba y remiraba el lindero del bosque.
Por último —basándose en sus numerosos viajes (?)—, Bartolomé refirió las costumbres de los ricos habitantes de un país llamado Mutifili.
Cuando preguntaron hacia dónde caía Mutifili, el Oso se sacudió el enojoso asunto con un «muy lejos». Felipe asintió.
Aquellos habitantes de Mutifili habían logrado miles de diamantes con la ayuda de las águilas doradas. Estas caían sobre las serpientes «ojos de diamantes» y las devoraban. Los ciudadanos solo tenían que esperar a que las águilas expulsaran los excrementos para recuperar los diamantes.
Después contó otras historias imposibles sobre el ave Roc, capaz de levantar elefantes del suelo, y sobre los unicornios de la India, cuyos cuernos son, en realidad, trompetas.
Cuando empezó a contar la historia de los ataúdes voladores, los ronquidos —heroicos— de Pedro pusieron punto final a la exposición del imaginativo Bartolomé.
Todos quedaron satisfechos.
Las ocho mil estrellas que nos contemplaban estaban igualmente fascinadas. Y se empujaban con los destellos.
El domingo, 10 de agosto (año 27), tras otra mañana de juegos, el Hijo del Hombre solicitó algo de sus discípulos.
Quedamos desconcertados.
—Me gustaría —expuso el Maestro— que le preguntarais algo al Padre Azul.
Y el rabí matizó:
—Se trata de que formuléis una pregunta… Una cada uno.
Me señaló y añadió:
—Tú también…
¡Vaya!… Trece preguntas a Dios.
Se miraron, perplejos.
¿Qué podían preguntar al Padre Azul?
No era tan sencillo…
Y se retiraron al bosque de los hiperiones, con el fin de meditar.
Aquel Hombre era desconcertante. Sabía motivar a su gente. Sabía cómo dirigirlos. Sabía llegar al fondo de sus almas… Y me pregunté, una vez más: «¿quién puede querer su destrucción?»
Esa noche, la cena fue rápida…
Todos habían preparado algo. Todos menos yo. Le di mil vueltas, pero no supe qué preguntarle a Dios.
He aquí algunas cuestiones que rechacé: «¿Por qué consientes el mal? Si eres un ser perfecto, ¿por qué permites la imperfección? ¿Qué ganas con las guerras? ¿Por qué el camino hasta tu presencia es tan largo? Dicen que no juzgas: ¿por qué? ¿Qué pasa con los ladrones, asesinos y violadores? ¿Cuándo serán juzgados los ángeles caídos? ¿Podré comprenderte algún día? ¿De qué me sirve amarte si no sé quién soy?»
Y al asomarse los primeros luceros, Andrés dio la palabra a Tomás, el incrédulo.
—Maestro…
Jesús levantó el dedo índice izquierdo y señaló la sien de ese mismo lado, recordándole al discípulo que la pregunta debía formulársela al Padre Azul, no a Él.
—Dios está en tu mente —aclaró el Maestro.
Tomás comprendió y rectificó:
—Amado Padre Azul…
Las risas fueron generales.
Y Andrés impuso silencio. Las ocho mil estrellas también guardaron un respetuoso mutismo.
—¿Quién soy yo?… ¿Por qué estoy aquí?
Los íntimos protestaron.
Y el jefe recordó:
—Solo una pregunta…
Jesús fue rápido. Tomó la palabra y proclamó:
—El Padre Azul dice que eres un príncipe…
Tomás miró a Jesús, desconcertado.
—¿Te burlas? —acertó a balbucear.
Pero el Galileo no se burlaba; difícilmente lo hacía… Y repitió:
—Eres un príncipe… Eso dice Ab-bā.
Señaló al resto y prosiguió:
—Todos vosotros lo sois… ¿Pensáis que cualquiera podría acompañarme en esta experiencia en el mundo?
—¿Yo soy príncipe? —preguntó Pedro, incrédulo.
—Eres príncipe en mi reino —le salió al paso el Galileo—. Aquí eres pescador y cabezota…
Las risas y los aplausos llenaron la noche. Y las estrellas destellaron, divertidas.
—¿Y por qué no lo recordamos? —se interesó Mateo.
El Maestro colocó su dedo índice izquierdo sobre la barbilla y recordó la historia narrada por el Oso:
—Un ángel te pidió silencio cuando estabas en el vientre de tu madre, ¿recuerdas?
Entendí. Antes de nacer, alguien te borra tu verdadera personalidad. Y vives lo que hayas elegido previamente. Lo habíamos hablado…
—¿Por qué estás aquí? —retomó Jesús la segunda pregunta de Tomás—. Muy simple y muy duro: para ayudarme a dar testimonio de la felicidad que os aguarda y, de paso, para experimentar.
Pedro fue el siguiente:
—Padre Azul, ¿el amor es para siempre?
—¿A qué amor te refieres —solicitó el Hijo del Hombre—: al terrenal o al verdadero?
—Al de Perpetua —replicó Pedro al momento.
—Ese terminará cuando pases al otro lado —aclaró el rabí— y se transformará en algo mucho más hermoso y duradero.
Pedro y el resto no entendieron. Y yo tampoco.
Para el discípulo, Perpetua, su esposa, era el principio y el final de su vida.
El Maestro captó nuestro despiste y agregó lo que había repetido tantas veces:
—Hablamos de dos tipos de amor… El de aquí es bello, necesario, pero efímero. El verdadero AMOR, con mayúsculas, el que mueve la creación, el que os saldrá al paso tras la muerte, no tiene palabras. No hay forma de definirlo…, aquí. Ese AMOR sí es para siempre. Ese AMOR será el que recuperaréis cuando regreséis a vuestra verdadera casa, cuando volváis a ser príncipes…
Tercera pregunta.
La formuló Bartolomé, el Oso de Caná:
—¿Por qué el ser humano es vengativo?
El Maestro buscó las palabras adecuadas. No sé si las encontró:
—El odio es lo contrario al AMOR. Y del odio se deriva la venganza. Los que odian han olvidado quiénes son y hacia dónde se dirigen. Los malos cumplen igualmente los planes del Padre Azul. Pero, al morir, regresarán a la luz. El que mata, roba o difama está en la oscuridad. Yo he venido a cambiar eso. Matar, robar o difamar no compensa…
Esta vez le tocó el turno al siempre silencioso Santiago de Zebedeo:
—¿Por qué vivimos con miedo?
—El miedo —querido Santiago— es otra de las terribles consecuencias del olvido…
—No entiendo.
Jesús señaló las ocho mil estrellas. Se apretaban. Parecía que pudiéramos capturarlas con las manos…
Segundos después explicó:
—El miedo aparece cuando olvidáis quiénes sois en realidad…
Señaló al hermano de Juan y David Zebedeo y proclamó con gran voz:
—¡Sois inmortales!… ¡Sois príncipes!… ¡Estáis aquí de paso y circunstancialmente!… ¡Tenéis miedo porque habéis olvidado vuestro verdadero origen y naturaleza!… ¡Sois hijos de un Dios!… ¡Yo soy vuestro padre y creador y a mí volveréis!
Se puso de pie, alzó los brazos hacia el firmamento, y gritó con todas sus fuerzas:
—¡¡Sois inmortales!!… ¡¡No temáis a nada ni a nadie!!
Escuché algunos violines en la profundidad de los bosques. La naturaleza estaba de acuerdo con el Hijo del Hombre.
—¿Por qué el Padre Azul es invisible?
La pregunta de Judas de Alfeo, uno de los gemelos, alivió la tensión. Y fue acogida con risas.
—Es mejor así —simplificó el rabí con una gran sonrisa—. Si lo vieras de cerca te desmayarías…, o algo peor.
¿Qué era ese «algo peor»? Nadie solicitó una aclaración.
Y me quedé con las ganas.
—El Padre Azul tiene un Hijo —planteó Jacobo, el otro gemelo— y muchos nietos…
—Muchísimos —le cortó Jesús.
—Pero —concluyó Jacobo—, ¿tiene esposa?
Más risas.
Andrés rogó calma y silencio.
Las estrellas —que no perdían ripio— se pusieron a brillar con fuerza, como molestas. ¿Es que no había asuntos más importantes que tratar?
El Galileo movió la cabeza, negativamente, como si no supiera qué responder. Y lo hizo como pudo:
—Él no necesita esposa, tal y como tú lo entiendes… Con el AMOR, con mayúsculas, tiene más que de sobra… Le ocupa todo el día…
Me buscó con la mirada, pero no entendí.
Mateo planteó algo más profundo:
—¿El Padre Azul tiene perspectiva?
Quien más quien menos quedó pensativo.
Y se registró otro incómodo silencio.
Los violines animaban la negrura…
Comprendí que no era fácil responder a la pregunta. Pero el Maestro no atrancaba:
—Dios no está sujeto a lo que tú llamas perspectiva… Él es su propia perspectiva. Insisto: no podéis comprender con vuestra pequeñísima mente… Cuando lleguéis —al fin— a las puertas del Paraíso y lo veáis cara a cara no habrá palabras… Confiad en mí. Hablo por experiencia. Yo lo visito con frecuencia…
—Pero, ¿cómo es? —gritó Felipe desde la cocina—. ¿Usa sandalias? ¿Quién le plancha la túnica?
Las risas y los silbidos apagaron la voz del intendente.
Pero el Maestro no pasó por alto las cuestiones planteadas por el cocinero:
—No es como lo imaginas… No es un hombre, y tampoco una mujer… Es más que todo eso.
Ahí se quedó.
Comprendí.
Esa aventura —describir al Número Uno— era inviable.
—¿Cuál es el futuro de Dios, bendito sea su nombre?
La súbita pregunta del Iscariote me dejó pensativo.
Y la retranca del Galileo salió a flote:
—¿A cuál de ellos te refieres? ¿Al futuro cercano o al lejano?
Judas se encogió de hombros. No captó la fina ironía del rabí.
Y el Maestro respondió, por supuesto:
—Dios es el único ser que no tiene futuro… Cuando la creación se haya consumado, Él estará en otro asunto…
—¿Habrá más creaciones? —intervino Tomás nuevamente.
Andrés le reprendió y le recordó que él ya había preguntado.
Pero el Galileo accedió a contestar:
—Vosotros seréis testigos —y actores principales— en las creaciones que esperan… Ese es otro de los grandes objetivos de los seres que ascienden… No es vuestro caso.
Me quedé con las ganas de profundizar en el asunto. Pero no me atreví.
Y el Galileo volvió sobre la pregunta de Judas Iscariote:
—El Padre Azul lo es todo, aunque tú, ahora, no puedas entenderlo: Él es pasado, futuro y, sobre todo, ahora. No te preocupes del pasado, y mucho menos del futuro. ¡Vive a Dios!… ¡Vive el presente!
Tampoco comprendieron.
Juan Zebedeo solicitó información sobre algo que se me antojó de difícil aclaración:
—¿Dios, bendito sea, tiene un alma como la nuestra?
—El Padre Azul es todo alma… No tiene sangre, ni carne… Está hecho de una sustancia que tú ignoras. Él es todo cáliz…
Y el rabí acudió a un símil que ya utilizó en otras oportunidades:
—El alma es una copa… Hay que llenarla de experiencias y de luz. Pues bien, el Padre Azul siempre está lleno.
Felipe volvió a las andadas:
—Si no tiene sangre ni carne, ¿qué come?
El intendente fue amonestado por el jefe. A Felipe le daba lo mismo.
—El Padre Azul tiene un único alimento conocido —respondió el Galileo con santísima paciencia—: bebe y come AMOR, con mayúsculas.
—¡Qué aburrido! —terció el cocinero—. Yo le daría a probar un buen cordero asado…
Se levantaron algunos murmullos de aprobación.
Y el Maestro replicó, casi para sí:
—Tranquilo, Felipe… Él conoce tu cordero.
Simón, el Zelota, preguntó algo previsible:
—Dios, bendito sea su nombre, ¿tiene ejércitos?
El Maestro sonrió con benevolencia.
—Tiene ejércitos que no precisan armas… Tiene ejércitos que combaten con el AMOR… Tiene miles de millones de criaturas que lo custodian y auxilian…
—¿Y si alguien lo traiciona?
Andrés permitió la segunda pregunta del Zelota.
—Si alguien lo traiciona —sentenció Jesús— es porque Él lo permite…
—En el más allá —gritó de nuevo el intendente— ¿se trabaja como aquí?
Andrés lo dio por imposible.
—Más que aquí, Felipe… Más que aquí, pero en lo que verdaderamente te gusta.
La respuesta del Hijo del Hombre dejó pensativo al grupo. Obviamente, casi ninguno trabajaba en lo que le apetecía.
Andrés fue el último; mejor dicho, el penúltimo:
—¿Quién es más poderosa: la mente o el alma?
—Son criaturas diferentes —aclaró Jesús—. No debes compararlas, de la misma manera que no puedes igualar al león con la mariposa. La mente es el león: fuerte y ágil… La mariposa es el alma: trasciende y vuela. Pero solo el alma vivirá eternamente…
Y le tocó el turno a este explorador.
Jesús me animó con una sonrisa.
—¿Cuándo lo veré? —improvisé.
—¿Tienes prisa?
—No —balbuceé—, pero…
Y el Maestro respondió de una manera misteriosa (al menos para mí):
—Estás llegando al final de la escalera… Pero, recuerda, tras la muerte tampoco lo verás. Eso será después, mucho después…
Y añadió, dejando caer una de sus interminables sonrisas:
—De momento, siéntelo… Él te habita. Lo sabes, ¿verdad?
Asentí en silencio.
—No pidas a la humilde y bella luciérnaga que vuele al sol. Sería la destrucción…
Jesús, entonces, se puso en pie, alzó los brazos, y entonó su canción favorita. Todos la coreamos: «Dios es ella… Ella, la primera he, la que sigue a la iod… Ella, la hermosa… El vaso del secreto… Padre y Madre no son quince sino nueve más seis… Dios es ella…».
El Maestro, naturalmente, tenía razón. La mejor forma de resolver los problemas es alejándose de ellos.
Pocos días antes, el grupo apostólico se hallaba inmerso en agrias polémicas con los seguidores de Yehohanan. Todo eso desapareció en tres días, en los bosques de Sartabá. Sus mentes se relajaron y los estúpidos conflictos quedaron olvidados.
Y comprendieron: casi todo tiene arreglo… Es cuestión de inteligencia y buena voluntad.
Y el lunes, 11 de agosto del año 27 de nuestra era, el Hijo del Hombre volvió a sorprendernos:
—¡Vamos a Samaría!