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DEL 11 AL 31 DE AGOSTO
(AÑO 27)
El buen ánimo de los discípulos se agotó, rápido, conforme nos aproximábamos a Samaría. Y al cruzar la frontera, los íntimos se incendiaron.
El odio hacia los samaritanos era genético.
Samaría era un territorio muy extenso, más grande que la Judea, en el que prosperaban la vid, los bosques, el ganado, el olivo y algunas montañas emblemáticas.
Hacía siglos, el rey judío Omrí había comprado la Samaría a un tal Sémer por la ridícula suma de 2 talentos de plata (unos 28.800 denarios). Así lo aseguraba el primer libro de los Reyes (16, 24).
Pues bien, a partir de ahí empezaron las desgracias de Samaría.
En el año 772 antes de Cristo, los asirios penetraron en la zona y deportaron a muchos de sus habitantes. «Y el rey Sargón II trajo gente de Babilonia, de Kūtāh, de Awwā, de Hămāt y de Sěfarwáyim, y los asentó en las ciudades de Samaría y habitaron en sus ciudades». Este es el relato del segundo libro de los Reyes (17,24).
Kūtāh fue una de las regiones que más paganos introdujo en Samaría. De ahí que a los samaritanos los llamaran kuteos (kwt), siempre de forma despreciativa.
Estas mezclas raciales entre mesopotámicos y judíos provocarían la aparición de una nueva raza —cetrina y recelosa— que permitió la llegada de numerosos cultos idolátricos.
Pero no todos los habitantes de Samaría eran paganos. Buena parte de los judíos que se quedaron profesaba la religión de Moisés, al que consideraban «el gran profeta». Estos samaritanos adoraban a Yavé, estaban sujetos al rito de la circuncisión, respetaban el sábado, y leían los cinco libros del Pentateuco. Su única gran diferencia con sus hermanos israelitas de la Judea era el Templo de Jerusalén. Al igual que la secta de los esenios no reconocían la autoridad de los sacerdotes de Jerusalén y, en consecuencia, rechazaban los ritos del Templo. Con el tiempo, los kuteos levantarían su propio templo en la cima del monte Garizím. Allí —decían— veneraban los cálices sagrados que utilizó Moisés durante el éxodo por el desierto.
Pero las invasiones en Samaría continuaron, y la confusión idolátrica se multiplicó.
Después de Sargon II llegaron los ejércitos de Asarhaddón (680-669 a. de J. C.) y de Asurbanipal (668-631 a. de J. C.) y el número de los deportados superó los 30.000. En su lugar aparecieron nuevos colonos, todos paganos y hostiles a la religión judía. Y los mesopotámicos se quedaron con las tierras y casas de los legítimos dueños: los judíos. En otras palabras: el odio siguió creciendo…
Por último, llegó Alejandro Magno (año 332 a. de J. C.) y, tras vengar el asesinato de Andrómaco, gobernador de Siria, ejecutado por los samaritanos, Samaría recibió un nuevo castigo y otros 20.000 kuteos fueron desterrados.
Y la ruptura entre la Judea y Samaría fue total. Y los samaritanos, como digo, decidieron levantar en el monte Gerizím una réplica del Templo de Jerusalén. Años más tarde, en el 128 a. de J. C., dicho templo fue destruido por el asmoneo Juan Hircano. El odio entre samaritanos y judíos alcanzó el nivel más alto. Hasta el punto que los israelitas evitaban viajar por Samaría y los kuteos rara vez entraban en la Judea.
En definitiva: la historia de Samaría era una interminable sucesión de guerras, dolor, muerte y deportaciones.
Y, hasta cierto punto, entendí la repugnancia de los discípulos de Jesús al pisar aquel territorio.
Caminamos rápido.
Cubrimos los 25 kilómetros entre Sartabá y la ciudad de Sicar o Siquén en cuatro horas.
Sicar era una población de mediano porte (22.000 habitantes), ruidosa, negra, amurallada y entregada al dios dinero. Fue destruida por el sirio Salmanasar V hacia el año 724 a. de J. C. Alejandro Magno le devolvió la prestancia. Allí instaló a sus soldados. Pero Juan Hircano la destruyó de nuevo.
Los habitantes vivían en torno a un generoso manantial.
Andrés trató de acampar al pie de la muralla, como era habitual, pero no fue posible.
El Iscariote, Juan Zebedeo y el Zelota pusieron el grito en el cielo.
«Aquella era una ciudad impura —gritaron, furiosos—. Solo con mirarla caemos en pecado…»
Tenían que alejarse. Tenían que perderla de vista.
La bronca fue de tal calibre que Andrés y Tomás se vieron en la necesidad de buscar otro emplazamiento. «De lo contrario —amenazaron los disidentes— abandonaremos el grupo».
Y nos alejamos hacia el sur, hasta que el ocaso (a las 18 horas y 21 minutos) nos cerró el paso.
Nos detuvimos en una vaguada, entre campos de cereal en barbecho, en un paraje que llamaban «los pozos de Jacob».
Esa noche todo fueron caras largas y silencios.
El Maestro no cenó. Lo noté disgustado.
Entró en su tienda y desapareció.
Zal lloraba a la puerta, desconsolado. Aquel perro era más inteligente que muchos de nosotros…
Al día siguiente, martes, 12 de agosto (año 27), tras el desayuno, Jesús y su perro salieron del campamento y se alejaron entre los campos.
La tabbah reaccionó tarde y los perdieron.
Yo lo dejé todo y me fui tras los confusos Pedro y los hermanos Zebedeo.
Una hora más tarde —tras varias idas y venidas— dimos con el Galileo.
Se hallaba sentado en el brocal de piedra negra de un ancho pozo, de unos tres metros de diámetro. Muy cerca se distinguían otros dos pozos de idénticas dimensiones. Los tres disponían de sendos trípodes de madera, firmemente anclados en tierra.
Zal se encontraba a los pies de Jesús, con la cabeza descansando sobre la tierra roja.
Una mujer sacaba agua del pozo.
Y nos fuimos aproximando…
Los trípodes sostenían unas carruchas de hierro —viejas y oxidadas— de las que colgaban unas cuerdas no menos cansadas. De cada soga pendía un pellejo de cabra —hinchado y embreado— que servía para izar el agua.
Algo más allá de los pozos jugaban unos niños, bajo la atenta mirada de media docena de chozas.
Calculé que podía ser la quinta (once de la mañana).
La tabbah, al descubrir a la mujer, se detuvo. Y Juan Zebedeo y Pedro maldijeron a la samaritana.
Acto seguido, sin más, dieron media vuelta y regresaron al campamento.
Comprendí.
La sola visión de la kuteo los contaminaba. Según los judíos, «las samaritanas eran menstruantes desde la cuna». Es decir, doblemente impuras. Si las miraban, las tocaban, o hablaban con ellas, tenían que acudir al Templo, o a las sinagogas, y satisfacer un dinero en concepto de «pecado».
Y terminé acercándome…
Mi intención, sencillamente, era observar y tomar referencias. Nada nuevo.
El pozo era profundo (unos treinta metros). El agua parecía limpia.
La mujer —samaritana, a juzgar por su túnica negra— era joven. Tenía un trasero enorme.
Me miró, desconfiada, y descubrí que le faltaba el ojo derecho. El párpado caía como un tejido muerto. El izquierdo lucía un celeste luminoso. La piel era suavemente aceitunada.
La kuteo tiraba de la soga con fuerza.
A su lado, al pie del antepecho del pozo, descubrí a una niña de unos cinco o seis años. El murete, de un metro de alzada, la ocultaba a mis ojos.
Me acerqué a la pequeña y quedé espantado. La totalidad del rostro, manos, cuello y pies aparecían colonizados por grandes tumores. Se trataba, posiblemente, de un lipoma, una enfermedad hereditaria (dominante autosómica). Los tumores se hallaban mezclados con otros nódulos o angiomas rojos y azulpurpúricos.
¡Dios bendito!… ¡Qué horror!
Conté treinta tumores. Probablemente se extendían por el resto del cuerpo.
Uno de los angiomas se derramaba desde el cabello y sepultaba la totalidad del ojo derecho.
Lo palpé suavemente y deduje que era una lesión blanda y movible, bien delimitada, y de unos nueve centímetros de longitud.
La niña no dijo nada. Y permitió que palpase otros bultos.
¡Podre criatura!
La pequeña jugaba con un cubo de metal…
La samaritana, finalmente, consiguió levantar el odre y vació el contenido, llenando dos cubos de hierro.
Jesús, atento, seguía los movimientos de la mujer.
Fue en esos momentos cuando el Maestro solicitó agua a la kuteo:
—¿Me das agua?
La mujer, sorprendida, replicó:
—Y tú, judío, ¿me pides agua a mí, una samaritana?
El Galileo sonrió y contestó:
—Si de verdad me conocieras, tú solicitarías de mí el agua viva… Pero no sabes quién soy.
—¿Eres más que nuestro padre Jacob que nos dio estos pozos?
Y el Maestro mantuvo la sonrisa, confundiendo a la mujer.
Jesús señaló el pozo y exclamó:
—Todo el que beba de esta agua volverá a tener sed… Pero, en verdad te digo que si bebes del agua viva del Espíritu que te habita, no volverás a sentir sed…
La samaritana no comprendió. Y preguntó, desconcertada:
—Pero, ¿quién eres?… ¿Quizá un profeta?
Jesús negó con la cabeza.
Y la kuteo continuó:
—¿Eres Moisés o Elías que han vuelto?
La respuesta del Galileo me dejó atónito:
—Soy más que eso… Soy tu Dios y Creador.
Era la primera vez —que yo recordara— que Jesús de Nazaret proclamaba su divinidad. Y lo hizo frente a una mujer y, para colmo, samaritana…
La kuteo se asustó, vació un poco de agua en el cubo de la niña, y ordenó que se lo entregara al hombre que seguía sentado en el brocal.
La pequeña obedeció. Tomó el recipiente y corrió hacia el Hijo del Hombre.
Pero, al poco, tropezó con una raíz y cayó al suelo.
El Galileo se alzó y, rápido, acudió en auxilio de la niña.
El cubo rodó por la tierra y se derramó.
El Maestro, solícito, se arrodilló frente a la pequeña de los tumores, se hizo con el cubo, y mojó la mano izquierda en lo que quedaba de agua. Después levantó la túnica y limpió la rodilla derecha de la pequeña. Aparecía ensangrentada.
La niña —nunca supe su nombre— dejó hacer. No derramó una sola lágrima ni hizo un mal gesto.
Y el rabí, conmovido ante aquella catástrofe humana, terminó abrazándola.
Acarició los cabellos negros y besó el tumor que tapaba el ojo.
Sentí un nudo en el estómago.
En esos instantes se registraron tres hechos, casi simultáneos.
No podría decir cuál fue primero.
Zal se levantó y, sin explicación conocida, se puso a ladrar —furiosamente— a las nubes.
Después emprendió una carrera loca y desesperada alrededor del pozo.
Yo no salía de mi asombro.
La samaritana, igualmente perpleja, corrió hacia su hija.
El tercer hecho fue el más desconcertante.
Mientras Jesús abrazaba tiernamente a la niña, del pozo surgió una columna de luz azul, tan ancha como el diámetro del brocal. Y se perdió hacia lo alto, clavándose en la base de los «cb» (cumulonimbos), a cosa de 3000 pies de altura.
Quedé hipnotizado.
En el interior de la columna de luz flotaban trillones de puntos luminosos…
Zal ladraba y continuaba corriendo alrededor del pozo.
Y la samaritana, de pronto, se detuvo y se desplomó, desmayada.
En segundos, el asombroso cilindro de luz azul se desvaneció… Y lo hizo con un sonido seco: una especie de «clanc».
Y en el aire quedaron flotando los millones y millones de puntos luminosos.
Y descendieron despacio, como una nevada imposible.
Al llegar al suelo desaparecían.
El Maestro soltó a la pequeña, se alzó, y terminó alejándose del pozo.
Zal dejó de ladrar y de dar vueltas y lo siguió dócilmente.
En el aire percibí un intenso olor a nardo. Pero, ¿dónde estaban las flores? Allí no había un solo nardo. Y recordé: el olor de la misericordia…
¿Qué había sucedido?
Quien esto escribe tenía la mirada fija en la niña de los tumores.
¡Dios de los cielos!… ¡La pequeña aparecía limpia!… ¡No quedaba rastro de la enfermedad!… ¡La piel lucía blanca y sin angiomas!
¡Dios!… ¡Lo hizo de nuevo!… ¡Había sanado a la niña samaritana!…
Lo supe. Fue en aquel tierno abrazo cuando se conmovió el maravilloso corazón del Hombre-Dios.
Pero la proximidad de la samaritana tuerta me sacó de estas reflexiones.
Esta vez fui yo el que casi cayó desmayado.
La mujer me miraba, perpleja y pálida, ¡con los dos ojos!
Después miraba a la niña…
Creí que enloquecía.
¡La samaritana había recuperado el ojo inexistente!… ¡Era tan azul como el otro!
«¡Eso no es posible!» —me dije— «¡No había ojo!»
Sí era posible…
Allí estaba, frente a este desconcertado explorador. La samaritana tuerta ya no lo era. El Maestro había hecho el prodigio. Bueno, el Maestro o su «gente»…
Me rendí a la evidencia.
Prodigios más espectaculares había visto…
Y la mujer, asombrada, tomó a la niña de la mano y salió a la carrera en dirección a las chozas.
Yo caminé hacia el campamento, con el alma llena y la mente vacía.
Como médico no podía comprender…
La reconstrucción de ese ojo exigía, no solo la materialización del mismo, sino las conexiones de los nervios con el cerebro. Todo un trabajo de expertos, y en segundos o décimas de segundo.
Sí, la misericordia y el poder de aquel Hombre eran infinitos…
Y antes de alcanzar las tiendas me detuve, me arrodillé, y di gracias al Padre Azul por haberme permitido conocerle, por haberme permitido ser testigo de semejantes prodigios, y por dar fe de su inmensa misericordia.
Quizá estas memorias no sean creídas. Lo comprendería.
Lo que hizo y dijo el Hijo del Hombre fue mucho más de lo que podamos imaginar y de lo que nos han contado.
Muchísimo más.
Al alcanzar la cocina de campaña, el Galileo partía cebolla. Parecía feliz. Me miró, sonriente, y me guiñó el ojo.
Mensaje recibido.
En el campamento nadie supo…
Jesús no comentó lo sucedido en los pozos de Jacob. La escolta, como dije, no fue testigo del doble prodigio.
Pero, al día siguiente, 13 de agosto, miércoles, la situación cambió, ¡y de qué manera!
Durante la mañana empezó a llegar gente.
Husmeaban entre las tiendas. Preguntaban por el «Dios y Creador».
Nadie entendía…

Ubicación de los pozos de Jacob, en Samaría.
Al principio fueron pocos.
La samaritana de los ojos celestes aparecía en primera fila. Hablaban entre ellos. Buscaban entre los discípulos.
Finalmente, la mujer —llamada Nalda— identificó al Hombre al que había dado agua y que la había sanado.
Y se desató la locura…
La noticia se propagó por toda la región y hacia las 18 horas y 20 minutos (momento del ocaso del sol), el campamento fue un hervidero de gente.
Había samaritanos por todas partes. Gente de Sicar y de las aldeas cercanas reclamaban al Maestro y exigían la curación de sus parientes y amigos. Ofrecían dinero a voz en grito. Lloraban. Suplicaban. Maldecían. Se arrodillaban ante la tienda de Jesús. Intentaban convencer a Andrés para que les permitiese hablar con el «Dios y Creador» (palabras pronunciadas por Nalda).
El jefe de los íntimos —desesperado— no sabía qué hacer. Pedía paciencia y orden.
Imposible. Podían ser más de quinientos los que demandaban salud, dinero, trabajo y amor.
La tabbah, como pudo, escondió al Galileo en el carro cubierto.
Y la gente empezó a perder la paciencia.
Algunos, descontrolados, patearon los pucheros y malograron la cena.
Felipe lloraba…
Las voces y los malos modos fueron a más.
Y llegó un momento en el que estuvieron a punto de emprenderla a trompadas.
Juan Zebedeo, Pedro y el Iscariote desenvainaron las espadas y amenazaron al gentío. Los samaritanos retrocedieron, pero continuaron con sus amenazas desde cierta distancia.
Andrés suplicaba prudencia.
Aquella situación podía desembocar en una tragedia.
Y llevaba razón.
Los ánimos estaban desatados.
Fue una noche caótica.
Pero, con la madrugada, el cansancio se apoderó de todos. Y los kuteos se fueron retirando en silencio.
Andrés, entonces, despabiló a sus hombres y dio una orden:
—¡Huyamos!
Levantamos las tiendas en minutos y salimos —a la carrera— hacia el sur.
Enésima huida.
Unos pocos samaritanos nos siguieron, pero, aburridos, terminaron deteniéndose y escupiendo sobre el polvo del camino. Allí quedaron, en la oscuridad de la noche, con los puños en alto y maldiciendo al «Dios y Creador».
Al amanecer nos detuvimos.
Nadie nos seguía.
Según Tomás nos hallábamos muy cerca de la montaña sagrada de los kuteos: el Garizím.
En efecto, a eso de la tercia (nueve de la mañana) divisamos el célebre monte.
Era pura roca. Alcanzaba los 868 metros de altura. Tenía forma cónica y las laderas eran un todo verde. Miles de robles formaban un bello y apretado bosque.
En la cima, entre peñas blancas, se distinguían los restos de un viejo templo, destruido por el tiempo y por la mano del hombre. Hacía un siglo que Hircano lo había incendiado y derribado.
Acampamos a orillas de un riachuelo, en la más absoluta soledad.
Andrés reunió a los discípulos y transmitió las órdenes del Maestro:
—Nada de visitas a las ruinas del templo de los kuteos. Nada de predicación…
El Galileo asintió con la cabeza, tomó a Zal, y se perdió en el bosque de robles.
Imaginé que deseaba conversar con su Padre.
Concluido el montaje de las tiendas y de la cocina, Felipe, Bartolomé y este explorador decidimos echar un vistazo por los alrededores. El resto se quedó en el campamento, durmiendo.
Fue así como descubrimos el poblado de las cobras. Así lo bauticé.
Junto al caminillo que trepaba hacia la cima se alzaban veinte chozas de piedra y madera en las que malvivían los samaritanos que daban servicio a los peregrinos que llegaban al Garizím.
Había de todo. Herreros, comerciantes, prostitutas, adivinos, aguadores, guías, mercenarios que protegían a los que deseaban visitar el templo, bebedores de sangre, pícaros y truhanes de todos los pelajes y credos…
Juan Zebedeo y los otros fanáticos —Simón, el Zelota, y Judas Iscariote— no pisaron el lugar en los diecisiete días que pasamos al pie de la montaña sagrada.
Felipe, el Oso y yo nos divertimos de lo lindo contemplando aquella troupe.
Allí conocí a los miembros de una secta, adoradores de la serpiente. Me recordaron a los «ofitas», unos locos que surgirían dos siglos después y que aseguraban que «el gesto de la serpiente, incitando a Eva a comer del árbol de la sabiduría, provocó el acceso del hombre al conocimiento». Estaban agradecidísimos a las serpientes. Y cada mañana, al alba, abrían unas grandes cestas, dejaban en libertad media docena de cobras escupidoras (previamente drogadas, claro está), y las hacían bailar al son de las flautas.
Dos chozas más allá habitaban los bebedores de sangre, otra secta pagana. Decían que beber sangre regeneraba el alma y el cuerpo. Y aseguraban que la sangre que ingerían a la caída del sol procedía de niños sacrificados durante la Pascua en las ruinas del templo. Eran defensores de la reencarnación. Y sostenían que el infierno existía, pero solo para las mujeres. Comprendí por qué, muchos años después, Clemente de Alejandría los condenaría en sus Stromata.
Los samaritanos más ortodoxos nos mostraron los diez mandamientos. Curioso: los nueve primeros eran idénticos a los de los judíos. El décimo, en cambio, variaba. Y rezaba: «No darás culto a Yavé fuera del Garizím».
Vendían el Pentateuco en cientos de piedras. Grababan la Ley en las rocas, según su tradición. Para los kuteos, los judíos habían perdido el norte. La Ley oral (conocida después como la Misná) era una pérdida de tiempo y de energía. Lo único importante —según los samaritanos— eran los cinco libros del Pentateuco: Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Naturalmente, los kuteos habían introducido más de seis mil variantes en dichos textos sagrados (bien en grafías, supresiones o inversiones de palabras y pasajes).
Otra locura…
En el poblado de las cobras degustamos un licor delicioso: el hidromiel. Lo que los griegos llamaban melikraton. Era una bebida a base de agua y miel, previa fermentación de la segunda. Deshacían la miel en el agua y calentaban la mezcla hasta esterilizarla. Eliminaban la espuma y trasvasaban el licor a cubas de roble. Con la nieve del Hermón era una bebida refrescante y energética. Alcanzaba un grado de alcohol próximo a los 15 grados. Los había secos, dulces, oscuros y claros. Según los samaritanos, el inventor fue el mismísimo rey de Arcadia: Aristeo. Para engendrar hijos varones debía consumirse el hidromiel durante un ciclo lunar.
Felipe compró varios litros y los repartió en el campamento. Todos probaron, menos el Iscariote.
El Maestro terminó cantando…
Uno de aquellos días, el intendente convenció a Jesús para que se uniera a nosotros y paseara por el poblado de las cobras.
Accedió y se lo pasó como un niño. Sobre todo, frente a las chozas de los encantadores de escorpiones.
Aquellos tipos —de origen egipcio— se autoproclamaban jerp serket o «encantadores de escorpiones». Era gente culta, especializada en medicina, que sabía de venenos y sus antídotos. De hecho, para protegerse de las picaduras de los «matadores» y de los «amarillos», se inoculaban diariamente pequeñas dosis de veneno. Eso los inmunizaba.
Sacaban a los escorpiones de las jaulas y los hacían girar, como si fueran bailarinas, al son de las flautas dulces.
El Maestro, maravillado, solicitó permiso para tocar.
Se lo dieron, entre risas.
Fue a sentarse frente a una de las jaulas y el jerp de turno la volcó, provocando la caída en tierra de un ejemplar enorme, de unos veinte centímetros de longitud. El aguijón era negro y poderoso.
Y a una indicación del cuidador, el Galileo se puso a tocar.
¡Oh!… Creí que lo había visto todo. Pero no…
El «matador» —peligrosísimo— se puso a dar vueltas, al compás de la flauta.
No podía creerlo.
¡Jesús, encantador de hombres y de escorpiones!
El «espectáculo» se prolongó un par de minutos.
Noté cómo sudaba, de puro miedo.
Al terminar, Felipe y el Oso aplaudieron a rabiar.
Y todos felices…
El 21 de agosto del año 27, jueves, fecha del 33 aniversario del nacimiento del Hijo del Hombre, los discípulos se adelantaron a mis intenciones. Felipe y los gemelos viajaron a Sicar y compraron una preciosa túnica blanca, de lino, sin costuras. Y se la regalaron.
Como se recordará, la vieja túnica blanca del Maestro había resultado chamuscada en Beit Ids, cuando Jesús salvó la vida de Ajašdarpan, el niño de los huesos de cristal[18].
Mi intención era haberle comprado una túnica nueva, pero los íntimos, como digo, se adelantaron.
Esa tarde del 21 de agosto, el Galileo hizo una excepción.
Fue a sentarse en el poblado de las cobras, con los samaritanos, y lanzó una encendida y hermosa prédica sobre su tema favorito: el Padre Azul.
Los kuteos, asombrados, se decían unos a otros:
—¡Qué judío tan raro!… ¡No habla de un Yavé justiciero y castigador!… ¿Quién será ese nuevo Dios?
Y el Hijo del Hombre derivó sus palabras hacia otro asunto que fascinó a propios y extraños: la nitzutz o chispa divina que habita en la mente humana desde los cinco años.
Recuerdo afirmaciones como estas:
«El ser humano disfruta de un Espíritu que no duerme durante el sueño… Es una fracción de la esencia del Padre Azul que se instala en lo más profundo de vuestras mentes… Él aconseja en silencio… La nitzutz dirige sin dirigir… La chispa divina está siempre alerta… Él sabe lo que necesitáis en cada momento… La nitzutz es la belleza máxima… ¡Y os habita gratuitamente!… Él os acompañará siempre… Él es el responsable de vuestros momentos felices… Él es joven; jamás envejece… Si sois conscientes de que un Dios os habita, jamás experimentaréis el miedo… Y afrontaréis las dificultades de la vida con fuerza y serenidad… Entonces seréis verdaderamente sabios… Entonces seréis ricos porque estaréis llenos de amor…».
Sí, nunca me cansé de escucharle…
El 29 de agosto, viernes (año 27), llegó un correo de David Zebedeo.
Abner y el grupo de los «justos» deseaban parlamentar de nuevo con Jesús y sus íntimos. Solicitaban disculpas por sus malas maneras y citaban a los discípulos en una aldea llamada Gelbus, en la sierra de Gilboá.
Andrés y Jesús conversaron y decidieron acudir a la reunión con los seguidores de Yehohanan, alias el Bautista.
«Mal asunto», pensé.