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DEL 2 AL 6 DE OCTUBRE
(AÑO 27)
La plaga de langostas desapareció el miércoles, 1 de octubre (año 27 de nuestra era).
Las vimos volar hacia el norte.
Al día siguiente nos despedimos de Salem.
Jaiá lloraba.
Y retornamos al monte Gilboá.
En el campamento, todo era desolación.
Tres de los discípulos —Mateo, el Iscariote y Bartolomé—, así como diez de los «justos» (incluido Abner, el pequeño gran hombre), se hallaban enfermos.
Felipe los auxiliaba como podía.
Los enfermos padecían un mal muy común en aquel tiempo: la malaria.
Las últimas e intensas lluvias habían provocado nubes de mosquitos, entre los que se encontraba el mortífero Anopheles gambiae, el transmisor del Plasmodium falciparum, el parásito responsable del paludismo o malaria[24].
En el siglo XX, según la Organización Mundial de la Salud, algo más de 500 millones de personas resultaron afectadas por la malaria. Ello provocó un millón de muertos. La mitad fueron niños.
No pudimos evaluar el alcance del paludismo en Israel en la época de Jesús, pero, a juzgar por lo que vimos, los casos se contaban por miles.
Si Felipe no lograba atajar la infección, los pacientes podían sufrir una anemia grave y, finalmente, un fallo cardíaco y pulmonar.
Examiné a los íntimos y a los «justos».
No había duda.
La fiebre —alta—, los escalofríos, y las convulsiones eran característicos.
Para los judíos, la enfermedad era consecuencia de la agresión de los espíritus maléficos, encarnados en los mosquitos. Otros, más sensatos, seguían los consejos de Heródoto: convenía impregnar las redes de pesca con aceites (especialmente de pescado) y cubrirse con ellas durante la noche. De esta forma evitaban las picaduras de los Anopheles.
Afortunadamente, Felipe —previsor— disponía de una importante reserva de Artemisia annua, una planta muy eficaz contra la malaria[25].
Por lo que pude observar, parte del poblado se hallaba igualmente bajo los efectos de la infección.
Felipe y los gemelos de Alfeo —arriesgándolo todo— iban y venían entre las chozas de los caldeos, suministrando la Artemisia a quien la necesitaba.
Hicieron un trabajo admirable…
El Maestro también se multiplicó, llevando palabras de consuelo a unos y a otros. No importaba que fueran «justos», astrólogos o discípulos.
El único que rechazó las palabras de Jesús fue Judas Iscariote.
Aquel hombre se hallaba realmente envenenado…
Por un momento pensé que el Galileo haría un prodigio y sanaría a los enfermos. Me equivoqué.
La epidemia siguió extendiéndose y, a los pocos días de nuestra llegada, Juan Zebedeo y los gemelos cayeron igualmente enfermos.
La situación se complicó.
Y Andrés, el jefe, previa consulta a Felipe, estimó que el Hijo del Hombre debía ausentarse del Gilboá, al menos temporalmente.
Lo hablaron y Jesús aceptó. Permanecería lejos del campamento durante dos semanas.
Me pareció una medida prudente.
Y me brindé a acompañarle. Sin pretenderlo, este explorador resultaría beneficiado con la decisión. Yo no lo sabía en esos momentos, pero nos aguardaban nuevas aventuras…
Para colmo de males, en la mañana del martes 7 de octubre, cuando nos disponíamos a partir, alguien dio la voz de alarma.
De los bosques cercanos surgieron miles de hormigas gigantes.
Eran las Dorylus punicus.
Quedé asombrado.
Muchas de ellas alcanzaban los 80 y 100 milímetros de longitud.
Eran de color marrón claro, con unas alas transparentes, cruzadas por gruesas venas.
Los ojos eran negros, redondos, y sobresalientes. Daban miedo.
Los órganos bucales eran garras. Parecían espadas.
Al parecer, los fuegos del campamento las habían atraído.
Allí dejamos a los discípulos y a los «justos», removiendo tiendas y provisiones, pateando el suelo, y combatiendo la nueva plaga con palos y fuego.
Y en mitad del desastre, mil maldiciones…
Al alejarnos, el Galileo sonrió y comentó:
—Como en los viejos tiempos, mal’ak…
Se refería, sin duda, a la invasión de hormigas que padecimos durante nuestra estancia en el Hermón, la montaña sagrada.