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DEL 7 AL 25 DE OCTUBRE
(AÑO 27)
Partí del Gilboá con cierta zozobra. Yo, al menos, me sentía intranquilo. ¿Qué sería de los íntimos?
El Maestro, sin embargo, parecía tranquilo. Él sabía…
Obviamente, la decisión de alejarse del campamento era lo aconsejable.
Y el martes, 7 de octubre, como decía, nos pusimos en camino.
En esta oportunidad, Jesús de Nazaret sí se pronunció:
—Al sur…
A sur sí, pero, ¿a qué lugar?
No aclaró el destino.
Y, durante tres horas, caminamos por la margen izquierda del río Jordán, siempre en dirección sur.
Evitamos las ciudades. De vez en cuando, el Galileo entraba en las aldeas o en las granjas, hacía «’im», y descansábamos.
Al alcanzar el vado de Josué, el Maestro se detuvo. Contempló el monumento —supuestamente levantado por el caudillo que condujo al pueblo elegido— y mantuvo un respetuoso silencio. Acarició los grandes cantos rodados (doce en total) que formaban la base y procedió a leer en voz alta el texto grabado en los dos brazos inferiores de la menorá que remataba dicho monumento[26]:
—«Esta es la palabra del Eterno: no por el poder, ni por la fuerza, sino por Mi espíritu…, dice el Eterno de los ejércitos».
Al concluir la lectura ocurrió algo desconcertante.
Una súbita ráfaga de viento se presentó en el lugar y apagó todas las candelas.
El schomêr que tanto me había impresionado —alto, enjuto como una caña, de cabellos rubios y sueltos, y la mirada azul siempre amarrada a las llamas amarillas— palideció y cayó desmayado.
Fue asistido al momento por otros vigilantes, al tiempo que dos de los schomêr se afanaban en el inmediato encendido de las copas.
No lo consiguieron.
No hubo forma de prender las candelas.
Los vi discutir y llorar.
Minutos después, cuando nos alejábamos del monumento, los vigilantes lograron encender la menorá. ¿Casualidad? No lo creo…
Fue en ese tramo —hasta las cascadas de Ma’in— cuando el Maestro caminó a mi lado y aceptó responder a una serie de cuestiones menores. ¿O no fueron minucias?
—¿Por qué caminas siempre a la izquierda de la gente?
Jesús, divertido, replicó:
—Así estoy más cerca de su corazón…
—¿Por qué nunca te miras al espejo?
El Galileo no pudo contener la risa.
—Es que estoy muy visto…
—¿Por qué nunca te despides?
—Te lo dije… Despedirse es morir un poco. Es mejor un «hasta luego».
Estuve totalmente de acuerdo.
—¿Por qué nunca te excusas?
El Galileo se detuvo y me miró, intrigado.
—¿Hablas en serio?
Asentí. Y el Hijo del Hombre comentó, casi para sí:
—Nunca me excuso porque no lo necesito… Conozco la verdad.
Aquellas palabras fueron pronunciadas dulcemente, sin el menor asomo de soberbia. Y estuve de acuerdo nuevamente. ¡Era un Dios!
—Nunca te he visto discutir… ¿Por qué?
El Galileo me corrigió:
—En la cocina sí…
—Hablo en serio…
—Yo también.
El Maestro volvió a detenerse, colocó sus largas manos sobre los hombros de este explorador, y susurró, como temiendo que alguien pudiera oírle:
—Conozco la verdad y, además, es mía… ¿Crees que merece la pena discutir?
—Nunca te he visto solicitar consejo…
Jesús sonrió levemente, y manifestó:
—Dices bien… Nunca me has visto. Pero eso no significa que no lo haga.
—¿Y a quién pides consejo?
El rabí me miró intensamente. Y permaneció en silencio durante varios segundos.
Comprendí.
Mensaje recibido.
—¿Por qué casi nunca llevas dinero?
—Lo sabes bien… La intendencia no es cosa mía.
Rectificó:
—La intendencia no es cosa nuestra. De eso se ocupa el AMOR… Es decir, el Padre Azul.
Me armé de valor y pregunté:
—¿Es que no tienes necesidades sexuales? Nunca te he visto con una mujer…
El Galileo se puso serio. Pensé que me había extralimitado. Pero el rabí replicó con naturalidad:
—Estoy aquí por asuntos más importantes… Y lo sabes.
Me quedé cortado. Y fue Él quien me animó a seguir preguntando:
—¿Algo más?
—¿Por qué nunca te enfadas?
Volvió a sonreír, y preguntó:
—¿Y qué gano con ello?
Esa noche acampamos cerca de Ma’in, la antigua Baal Meón, citada en Números (32, 38).
Casi no hablamos. Cenamos algo y nos dejamos acunar por las ocho mil estrellas.
Aquel Hombre me había conquistado, definitivamente. Ya no era un observador imparcial, pero tampoco me importó.
En la mañana del 8 de octubre (año 27), miércoles, al llegar a las cascadas, nos desnudamos y disfrutamos de un prolongado baño. El agua, procedente del wadi Zerqa, brotaba caliente, a casi 40 grados Celsius.
Fue una delicia.
Jesús cantó y cantó bajo el poderoso manantial de Ma’in y aprovechó para lavar sus cabellos.
Después, muy relajados, continuamos la marcha hacia el sur, siempre por la orilla oriental del mar de la Sal (actual mar Muerto).
No me atreví a preguntar por nuestro destino. Era mejor así… ¡Sorpresa!
Poco antes del ocaso (ese día tuvo lugar a las 17 horas, 14 minutos y 27 segundos) avistamos la aldea de Calirohi o Callirroe. Como ya mencioné en su momento, se trataba de un puñado de casas de piedra y adobe, mal avenidas, con los techos de paja. La totalidad de las viviendas se reflejaba —aburrida— en las aguas azules y naranjas del lago.
Los vecinos eran a’rab (árabes); más exactamente nabateos.
Formaban un clan. Los llamaban Jemâr («los que saben de asfalto»). Se dedicaban, justamente, a la caza de los grandes bloques de asfalto, expulsados desde el fondo del lago.
Casi todos eran negros, con un alto porcentaje de ojos claros; la mayoría verdes. Las moscas se los comían.
Por un momento, con la fortaleza de Maqueronte a la vista, pensé que Jesús de Nazaret deseaba trepar hasta lo alto y solicitar permiso a Herodes Antipas para visitar a Yehohanan, su primo lejano.
¡Qué absurdo!
No eran esos los pensamientos del Hijo del Hombre…
Y durante buena parte de la noche, el Galileo se dedicó a conversar con los vecinos de Calirohi.
Les habló del Padre Azul, de la vida tras la muerte, de la «pesca» del asfalto divino en los cielos, de la maravillosa recompensa que les esperaba… Hombres, mujeres y niños —todos parientes— escuchaban perplejos y maravillados. Jamás, nadie, les había hablado con tanta dulzura y seguridad.
Al final besaron las manos del rabí y retornaron a sus obligaciones con una esperanza recién nacida. Sus vidas no eran absurdas.
El jueves, 9 de octubre, reanudamos el camino hacia el sur.
A eso de la tercia (nueve de la mañana), al divisar el llamado torreón de «las Verdes[27]», fue este explorador quien invitó a Jesús a hacer un alto.
El rabí aceptó, encantado.
El torreón, de planta cuadrada y 8 metros de altura, había sido edificado con grandes sillares negros y basálticos.
Fuimos recibidos por los dos mastines blancos. Uno de ellos —Bêji— me reconoció y empezó a saltar a mi alrededor. El otro se aproximó al Galileo, lo olfateó brevemente, y ladró con alegría.
Raisos, el dueño, me recordaba muy bien. Y él y «las Verdes» rieron con ganas al rememorar el incidente en la peña de los grafitis, cuando, por mi mala cabeza, quedé colgado —boca abajo— en lo alto del peñasco. Fue Bêji, como se recordará, quien me sacó del apuro.
Presenté al Maestro como un educador y como un notable experto en las Sagradas Escrituras.
Raisos, como expliqué, era un lehasîg; una especie de conseguidor. Suministraba toda clase de mercancías al que lo solicitase (y tuviera dinero para pagarlo). Era, además, el patrón del hata’, una embarcación panzuda y naranja, también llamada «el barco de los pecados». La ley oral judía establecía que los pecados llamados nefandos («ante los que Dios oculta la vista») no podían ser satisfechos (desde el punto de vista económico) en el Templo de Jerusalén o en las sinagogas. El «pecador» debía acudir al mar de la Sal, contratar a Raisos, y arrojar el dinero que servía para reparar la falta al fondo de las aguas. Así consta en la Misná (tratado Nazir, capítulo IV).
Pero Raisos, sobre todo, era un bribón de tomo y lomo. Sumergía los dineros en las aguas del mar Muerto y, al cabo de un rato, se los devolvía a su dueño. Después cobraba una comisión…
Era miope, zambo, cincuentón, encantador de escorpiones, y coleccionista de refranes.
Las mujeres —«las Verdes»— padecían una enfermedad poco común. Las caras y cuellos presentaban una destacada tonalidad verde. Podía tratarse de una enfermedad dermatológica, provocada por una dieta vegetariana severa. Dos de las esposas (conté cinco) padecían también una horrible deformación en la nariz. Era como si las hubieran devorado las ratas. El mal consistía en una leishmaniasis cutánea, con elevaciones eruptivas. Los nódulos aparecían ulcerados. Las infelices no podían permanecer mucho tiempo con las heridas al aire: las moscas caían sobre ellas a cientos.
El Maestro se mostró muy interesado por las inscripciones grabadas en la roca.
Y allí nos fuimos.
En efecto, a cosa de quince metros del suelo, en un peñasco rojo de arenisca nubia, se distinguía una extraña leyenda, grabada en columnas.
Como dije, era arameo antiguo.
La grabación arrancaba con una frase: «Eran doscientos los que bajaron en la cima del monte Hermón».
El resto era una sucesión de nombres. En la primera columna se leía:
«SEMIHAZAH» (la única palabra en mayúsculas). Y al lado: «jefe de los encantamientos».
Después leímos: «Ar’teqof» (segundo jefe y conocedor de los signos de la tierra), «Ramt’el» (tercer conjurado), «Hermoní» (el que enseñó a desencantar), «Baraq’el» (el que enseñó los signos de los rayos), «Kokab’el» (el que conoce las estrellas y practica la ciencia de las estrellas), «Zeq’el» (el que sabe de relámpagos), «Ra’ma’el» (el sexto), «Dani’el» (el que conoce las plantas), «’Asa’el» (el décimo de todos ellos), «Matar’el» (el que conoce los venenos), «Iah’el» (el que conoce los metales), «Anan’el» (el que conoce los adornos), «Sato’el» (decimocuarto), «Shamsi» (el que conoce las señales del sol) y «Sahari’el» (el que conoce y enseña los signos de la luna).
La quinta y última columna aparecía borrada. Las letras habían sido macheteadas. No fue posible reconstruir ninguno de los cuatro presumibles nombres.
Jesús de Nazaret, con una vista excelente, fue leyendo cada una de las columnas. Pero no hizo comentarios; no en esos momentos…
Y, satisfecha la curiosidad del Galileo, regresamos al torreón.
Raisos nos invitó a pernoctar en su casa.
Fue una excelente idea…
Durante la cena, el conseguidor se interesó por la piedra de los grafitis:
—¿Quiénes fueron esos doscientos que bajaron en el Hermón?
El Maestro fue directo:
—Rebeldes al servicio de Luzbel…
—Entonces —añadió Raisos—, esos nombres…
—Ángeles rebeldes —simplificó Jesús.
Raisos me señaló con el dedo y comentó:
—Mi amigo dice que eres un experto en la Torá… ¿Puedo fiarme de tus palabras?
Me adelanté, convencido:
—Al cien por cien…
El Galileo agradeció mi apoyo con una amplia sonrisa y respondió al anfitrión:
—Antes de que ellos fueran, yo soy.
Raisos acudió a uno de sus refranes:
—El que se enorgullece de lo que es multiplica su honor…
Y el conseguidor intervino de nuevo:
—Maestro, tengo una duda…
Jesús rio, asombrado. Y preguntó:
—¿Solo una?
—Por grande que sea el cedazo —replicó el lehasîg— siempre cabrá dentro otro…
—¿Esa es tu duda?
Esta vez fue Raisos el que rio.
—No, rabí… Mi duda es la siguiente: si Adán y Eva fueron nuestros primeros padres, ¿quién fue Nod?
El conseguidor, aunque árabe, conocía la Biblia. En el Génesis (4, 16) se dice que, tras matar a su hermano, «Caín salió de la presencia de Yavé, y se estableció en el reino de Nod, al oriente del Edén». Raisos llevaba razón. Si Adán y Eva fueron los primeros, ¿quién era el tal Nod?
Jesús observó al lesahîg con curiosidad. Raisos no tenía pelos en la lengua. Y el Galileo respondió con la misma franqueza:
—Adán y Eva no fueron los primeros…
Las mujeres, desconcertadas, cuchichearon entre ellas.
Y Raisos, dirigiéndose a este explorador, exclamó, satisfecho:
—Me gusta tu amigo… Su palabra baila al sonido de su mente.
Jesús, entonces, procedió a contar un cuento; mejor dicho, un supuesto cuento.
—Hace mucho, muchísimo tiempo —habló el Hijo del Hombre—, los ángeles del Señor descendieron sobre el mundo y propiciaron la aparición de las plantas… Y la tierra se cubrió de vida… Después llenaron los mares con toda suerte de peces… Por último, siguiendo el consejo de Dios, favorecieron la multiplicación de las aves y de las bestias del campo…
Raisos y «las Verdes» seguían el relato, expectantes. Y lo mismo sucedía con este explorador. ¿Adónde quería ir a parar?
—… Y cuando esos ángeles lo estimaron conveniente —prosiguió Jesús—, se acercaron a uno de los grupos de animales, parecidos a monos, y susurraron palabras de vida en los oídos de una pareja… Eran unos jovencísimos gemelos… A partir de esos instantes, los hermanos «despertaron» y comprendieron que no eran como los demás… Después, otros ángeles susurradores se aproximaron a ellos y los dotaron de valor, de curiosidad, de lealtad, de generosidad y de intuición…
Raisos estaba perplejo.
—… Una noche —continuó el rabí—, los gemelos tomaron una decisión: huirían… Y así lo hicieron… Se escondieron en las copas de los árboles y fueron alejándose de la tribu… Y caminaron hacia el norte…
El Maestro nos miró, uno por uno. ¿Se trataba realmente de un cuento? Para mí estaba claro: aquella versión era más lógica que la narrada por el Génesis.
—… De esos gemelos —puntualizó el rabí— nacería la raza humana…
Raisos replicó con otro de sus proverbios:
—Siempre hay alguien que engaña a alguien…
Y el conseguidor comentó:
—Naturalmente, esos hermanos no se llamaban Adán y Eva…
—Naturalmente —admitió el Galileo.
—Pero, entonces, ¿qué son las Sagradas Escrituras?
Jesús no esquivó la pregunta de Raisos:
—Otro invento humano.
El conseguidor acudió a uno de sus refranes y fue muy explícito:
—Una cachetada no abre la cabeza, pero sí los ojos…
Y Raisos profundizó:
—Entonces, nunca hubo una serpiente y una manzana…
—Nunca… La historia —reveló el Galileo— fue más interesante y bella de lo que te han contado.
Y Raisos sentenció:
—Diez no pueden ser nueve y nueve nunca serán diez…
La conversación sobre los gemelos se prolongó durante más de dos horas. Lo que acerté a escuchar me dejó perplejo. Nada fue como lo contaron… Algún día debería armarme de valor y escribir lo que oí. Sí, algún día…
—¿Y qué más sabes? —se interesó el conseguidor.
Jesús echó mano de otro refrán. Y cautivó, definitivamente, a Raisos:
—Saberlo todo, y decirlo todo, es dejar las cosas por hacer.
Y el conseguidor replicó al momento:
—La valentía está debajo de la piel…
—No, amigo —respondió el rabí—, el valor es también silencio.
—Eres hermoso —contestó Raisos— porque tienes buenos modales.
Y prosiguió el duelo de refranes:
—Son los buenos pensamientos —advirtió el Maestro— los que te harán hermoso.
—Eres como la fuente que fluye a borbotones —añadió el conseguidor—. Nunca te pudrirás…
—Nadie se pudre —sentenció Jesús— si bebe del Padre Azul.
Raisos se alzó y proclamó:
—Reconozco la altura de aquel que es más alto que yo…
Y el Galileo replicó:
—El más alto es el que menos lo parece.
—¿Sabes que lo que vendes —intervino el conseguidor— te vende a ti?
Jesús sonrió, complacido. Y declaró:
—Que te recuerden, amigo, por tu estela de luz…
—Pero, dime, ¿qué vendes?
El Maestro respondió a la cuestión con una sola palabra:
—¡¡Esperanza!!
—La esperanza —lamentó Raisos— llena la cabeza del tonto…
El Hijo del Hombre se puso serio:
—No hablo de la esperanza humana. Hablo de la esperanza que habita en los cielos…
—Esa esperanza, como la mentira, atrae a la esposa —terció Raisos—, pero solo la verdad la mantiene a tu lado.
«Las Verdes» rieron el nuevo refrán del patrón.
—Yo soy la verdad —anunció Jesús—. Verdad y esperanza son una misma cosa. Ninguna puede vivir sin la otra.
—No estoy de acuerdo —intervino Raisos—. El sol, por muy caliente que sea, no puede borrar las rayas a la cebra…
—La esperanza de la que te hablo —sentenció el Hijo del Hombre— es infinitamente más luminosa que el sol.
El Maestro disfrutó de la cena y, sobre todo, de los refranes de nuestro anfitrión. Yo disfruté con todo.
Aquello se hizo deliciosamente interminable…
El 10 de octubre del año 27 fue otro día —cómo definirlo—…, delicado.
Nos despedimos y continuamos hacia el sur.
El camino era muy voluntarioso. Se abría paso al pie de los altos acantilados rojos, pendiente siempre de la cercana lámina azul del mar de la Sal. Fue un trayecto entre farallones y enormes rocas.
Casi no hablamos.
El Maestro tomó la acostumbrada delantera y caminó seguro y decidido.
Desconocía sus intenciones.
¿A qué lugar se dirigía?
Aquella región, al sur del mar Muerto o mar de la Sal, era desconocida para mí
Las primeras luces habían pintado la superficie del lago con asombrosos y bellísimos naranjas. Los acantilados se reflejaban boca abajo, inmóviles y resignados.
Y hacia la quinta (once de la mañana), Jesús se detuvo.
Se subió a una de las rocas y me esperó.
Al alcanzarlo pregunté:
—¿Qué sucede?
El Galileo indicó el fondo del camino.
A cosa de doscientos metros, entre el roquedal, distinguí unos bultos.
Se trataba de una mula torda y tres individuos.
Uno aparecía en el suelo. Posiblemente se hallaba muerto o inconsciente.
La caballería cargaba grandes fardos negros.
Jesús se llevó el dedo índice izquierdo a los labios, solicitando silencio.
Los individuos nos vieron y, rápidamente, desenfundaron las espadas.
Hablaron entre ellos y empezaron a caminar hacia nosotros.
Uno —el más alto— tiraba de la mula.
Aquello no me gustó…
No me equivoqué.
E, instintivamente, me preparé.
Deslicé los dedos hacia la parte superior de la vara de Moisés y acaricié la cabeza de cobre que activaba los ultrasonidos.
Creí entender.
Estábamos ante una partida de «bucoles» (bandidos).
Ambos vestían de negro. El más bajo era grueso y calvo.
Parecían a’rab (árabes).
Al llegar a 20 metros se detuvieron de nuevo y discutieron.
Hablaban en árabe, en efecto.
El más alto trataba de convencer al calvo para dar la vuelta y seguir el camino. El que parecía el jefe —el más bajo— se negó. Buscaban oro.
Jesús escuchó tranquilo.
Yo sabía de su repugnancia natural hacia toda clase de violencia.
¿Cómo reaccionaría? ¿Se defendería?
Apenas llevábamos dinero. En mi bolsa quedaban diez denarios y alguna calderilla. El Maestro no portaba nada de valor.
Y la fuerza que siempre me acompaña se impuso.
No lo dudé.
Aunque no portaba las «crótalos», el blanco fue fácil.
Activé los ultrasonidos y una descarga de 21.000 Hertz impactó en la cabeza de la mula. El animal se desplomó, fulminado.
Los «bucoles», confusos, miraron hacia el azul del cielo. No había tormenta. «¿Qué ha sucedido?», se preguntaron.
El bandido más alto tiró de la cuerda, intentando levantar al animal. Imposible.
Un segundo disparo traspasó el cráneo del que tiraba de la mula y alteró el aparato vestibular (responsable de la percepción de sensaciones y de la permanente información sobre la posición del cuerpo y la cabeza en el espacio[28]).
Resultado: el bandido cayó, igualmente desmayado.
Al verlo caer, el jefe dio un salto y salió a la carrera, desapareciendo en un recodo del camino.
¿Podía haber más «bucoles»?
En previsión de nuevos ataques continué pendiente, con los dedos muy cerca de la cabeza del clavo de bronce.
Jesús se acercó al bandido que yacía sin sentido. Lo observó brevemente y continuó hacia el hombre que, al parecer, fue asaltado.
Registré al «bucol» y, en efecto, encontré una bolsa de hule negro, repleta de denarios de plata. En el exterior aparecía una inicial —una «A»—, bordada en oro. Supuse que pertenecía al hombre que seguía en tierra.
Al unirme al Galileo, este, arrodillado en el camino, daba de beber al que fue asaltado. Era un anciano.
Presentaba una aparatosa brecha en la ceja izquierda.
Vestía una larga túnica blanca, de seda, y un enorme y enredado turbante, también blanco, ahora salpicado por la sangre. La piel era verdosa y el bigote espectacular. En el pecho, bordado en oro, leí un nombre: «Achala».
El tipo era delgadísimo —yo diría que consumido— y con una edad próxima a los ochenta años, o más.
Examiné el pulso. Era algo errático.
Y, poco a poco, el anciano fue recuperándose.
El Galileo preguntó y el hombre, efectivamente, dijo llamarse Achala. Procedía de la ciudad de Jericó. La mula transportaba bálsamo y aceites especiales. Era embalsamador. Vivía en la ciudad de la Sal. Al ver a los «bucoles», los dos esclavos que lo acompañaban huyeron.
En esas estábamos cuando la mula y el bandido recuperaron el sentido.
El «bucol», aterrorizado, escapó a la carrera.
Yo me hice con la caballería y me apresuré a devolver la bolsa de hule a su dueño.
En anciano, perplejo, examinó el interior y, al verificar que no faltaba nada, se arrojó a los pies de este explorador, llorando y agradeciendo a los dioses la providencial presencia de sus salvadores.
Me eché atrás y le animé a levantarse.
Jesús observaba atento y en silencio.
Fue así como entramos en contacto con el viejo Achala, un hindú de etnia «gadulia», procedente del oeste de la India. Había sido herrero, criador de camellos, y ahora regentaba un «taller» de embalsamamiento. Era rico.
Jesús de Nazaret me guiñó el ojo y continuamos hacia el sur, hacia la ciudad de la Sal.
Ese era nuestro destino.
Y hacia la nona (15 horas), faltando poco para la puesta de sol (ese día tendría lugar a las 17 horas y 12 minutos), la divisamos.
Había oído hablar de ella, pero nunca la visité.
Brillaba como un diamante…
Se alzaba cerca de la península de Lisán, entre las aldeas de Mazra’a y Agalin.
¿Cómo describirla?
La ciudad de la Sal —también llamada «Sheol» («Infierno»)— era una población de 12.000 habitantes. La formaban unas ochocientas casas. Era la única ciudad de Israel… ¡sin calles!
Las casas, de una planta, aparecían pegadas las unas a las otras, y construidas —en su totalidad— con bloques de sal. De ahí que, en la lejanía, la ciudad brillara como una joya.
Las viviendas carecían de puertas y ventanas. El único acceso se hallaba en lo alto, en las terrazas. Cada casa disponía de dos boquetes: uno para entrar y salir de hogar y otro dispuesto para la salida de humos. Para el ingreso en las viviendas disponían de escaleras de mano. En el perímetro de «Sheol» también habían sido dispuestas otras largas escaleras móviles, de hasta ocho metros de longitud. Vigilantes armados controlaban quién entraba y quién salía de la colmena.
Las casas disponían de una habitación principal —siempre sujeta a la mediocre luz de las lucernas de aceite— y otras satélites a las que se accedía mediante puertas enanas (casi gateras). Allí, en las habitaciones secundarias, guardaban el grano, las provisiones… ¡y los muertos! Los sepultaban bajo la sal. Eso hacía que se conservaran, prácticamente, momificados.
En cada vivienda se alojaba una familia (entre diez y quince personas). La mayoría era badu (beduinos); fundamentalmente trabajadores de las salinas y esclavos.
La vida social se hacía en los terrados.
A la puesta de sol, cuando las altas temperaturas del mar de la Sal lo permitían, la gente se reunía en las terrazas y conversaban o intercambiaban productos.
Observé un enorme número de homosexuales. Los llamaban «sairis». El Talmud decía de ellos: «… No tienen barba; su cutis es liso; sus cabellos mórbidos; su orina no hace espuma; su semen es claro como el agua; su voz es afeminada…». La gente los respetaba.
La ciudad había sido edificada sobre una inmensa planicie salada, en el wadi Hasá, relativamente cerca de las célebres ruinas de Sodoma y Gomorra, las ciudades malditas que —probablemente— fueron destruidas por algún tipo de erupción volcánica.
Ante mi sorpresa, «Sheol» era un matriarcado. Allí gobernaban las mujeres. Se hacía siempre lo que ellas decían. Disponían de un comité que impartía justicia, repartía el trabajo y los dineros, y aceptaba o rechazaba a los visitantes.
La defensa del anciano Achala nos abrió todas las puertas. Y fuimos acogidos con gratitud y simpatía.
Por supuesto, el hindú no permitió que buscáramos alojamiento.
Al llegar a la ciudad, tras el reconocimiento de los vigilantes, trepamos por una escalera de mano de ocho metros, y caminamos por los terrados, esquivando familias, y volviendo a subir por otras escalas movibles a niveles más altos. Finalmente llegamos a la casa del hindú: una vivienda rectangular —de diez por cincuenta metros—, provista de una sencilla escalera de madera de seis metros. En el interior había sido dispuesto un horno de piedra y varias plataformas (también de sal) que servían de camas. El horno disfrutaba de un tiro, comunicado con el techo. Sólidas vigas de madera, cañas y carrizos sostenían los bloques de sal de la techumbre. La temperatura en la casa era agradabilísima.
Media docena de lucernas de aceite —alojada en las paredes de sal— daba cierta vida a la casa; no mucha.
Un par de puertas ratoneras permitían el acceso a las habitaciones menores. El resto eran esteras de esparto y cacharros de cocina, colgados de los muros.

Recorrido hasta la ciudad de la Sal.
Allí pernoctamos parte de los once días que permanecimos en «Sheol».
El sábado, 11 de octubre (año 27), abandonamos la ciudad y buscamos trabajo en las salinas.
La sal era un antiguo negocio —seguro y próspero— controlado por Roma, por Herodes Antipas y por las principales castas sacerdotales de Jerusalén.
La exportación de sal superaba las 135 toneladas por día. Hay que tener en cuenta que el mar Muerto contenía —en aquellas fechas— del orden de ¡12 billones de toneladas de sal!
La sal se utilizaba para casi todo: salazón de pescado, conservación de los alimentos, curtido de pieles, embalsamamiento de los cadáveres, fabricación de lámparas, afrodisíacos, consumo diario, e, incluso, preparación del incienso. El Templo de Jerusalén consumía casi 3000 kilos anuales de incienso. Pues bien, la mayor parte de ese incienso lo preparaba —secretamente— una familia sacerdotal llamada Avtina y gracias a la sal de «Sheol». El resto de los componentes del incienso lo formaban conchas marinas molidas, resina de goma de alcanfor, terebinto, aceite vegetal, canela, bálsamo, casia y una sustancia llamada maalah ashan que tenía la propiedad de elevar el humo a gran velocidad. Los Avtina eran importantes accionistas en las salinas que rodeaban la ciudad de la Sal. En aquel tiempo, el consumo de sal por parte de un ciudadano romano medio se hallaba entre los 25 y 30 gramos al día. Hoy, en el siglo XX, un norteamericano consume por encima de 135 gramos diarios.
En «Sheol» las salinas ocupaban cientos de hectáreas. Calculé del orden de 440.000 metros cuadrados.
Hasta donde alcanzaba la vista contabilicé cientos de piscinas en las que se obtenía la sal por un lento proceso de evaporación.
En otras parcelas se almacenaban miles de vasijas con agua del lago. Los trabajadores hervían el contenido o, sencillamente, esperaban a que se evaporase. Después rompían la arcilla y recogían grandes «tortas» de sal.
Toda clase de animales —mulas, onagros, camellos y cabras— aparecían amarrados a las norias en un permanente girar y trasvasar agua del mar de la Sal a las piscinas. Se hacían, incluso, turnos de noche.
Aquí y allá se distinguían negros y elementales molinos de viento que ayudaban también en el necesario trasvase de agua a los cocederos.
En otras zonas, decenas de esclavos formaban cadenas humanas, cargando toda suerte de cubos y recipientes de agua. Así era trasladada desde las orillas del lago salado hasta las referidas piscinas y hasta las vasijas de cerámica. Las albercas habían sido minuciosamente embreadas, evitando así la filtración.
Los depósitos de evaporación se dividían en tres recintos principales: el decantador (donde se almacenaba el agua salobre), las zonas de evaporación (en las que aumentaba la concentración salina) y los cristalizadores. Todos ellos aparecían comunicados por una intrincada red de canales.
El trabajo se hallaba repartido de la siguiente forma: los aprendices —siempre niños— arreaban a las caballerías que cargaban la sal. Los llamaban «hormigas». Después estaban los «novicios» (que extraían la sal con pértigas y azadones), los «compañeros» y los «maestros» (expertos en vaciar y remover la sal). La mayoría eran esclavos. Trabajaban de sol a sol y por un denario de plata.
Hacia la sexta (mediodía), una campana interrumpía el trabajo y los aprendices repartían la comida. Generalmente pan negro y carne o pescado salados.
Calculé entre quinientos y setecientos esclavos, casi todos badu (beduinos).
En las piscinas solo se admitía a varones.
La mayoría trabajaba con amplias túnicas y obligados turbantes. El sol era implacable.
Para proteger los pies de la sal utilizaban las naïls, unas sandalias con gruesas suelas de madera o hierba prensada que amarraban con correas de cuero a los dedos gordo y segundo. Resultaban útiles y peligrosas… Mantener el equilibrio sobre aquellas plataformas no era fácil.
A pesar de las naïls, las ulceraciones en pies, manos, piernas y rostros eran frecuentísimas. Muchos carecían de uñas.
Jesús y este explorador solicitamos trabajo.
El gran capataz nos examinó de arriba abajo y preguntó qué experiencia teníamos en la extracción de la sal.
Ninguna…
Se resignó y ofreció el trabajo de aguador.
Nuestra misión era cargar odres de 20 y 30 kilos y correr a lo largo de las piscinas y molinos, suministrando agua a quien la necesitase. Pero el agua debía ser abonada, a razón de un as el cuartillo.
El trabajo era agotador.
Calculé que, en doce horas, recorríamos del orden de cincuenta kilómetros. A cambio recibíamos medio denario.
Aunque era sábado, empezamos en ese momento. En «Sheol» no contaban las normas religiosas judías.
El capataz nos ordenó trabajar bajo las órdenes de un clan de veteranos aguadores a los que llamaban «Tehenou». Era una familia bereber. Gente recia, discreta y trabajadora.
El jefe —al que llamaban Rella— nos acogió con benevolencia, y nos proporcionó las incómodas pero necesarias naïls.
Los Tehenou vivían en una mísera choza de sal y paja, al pie de una de las piscinas.
El clan lo integraban once personas.
La madre —Mesraya («la que hace correr a sus caballos a rienda suelta»)— era casi ciega. Por lo que pude apreciar, la mujer sufría una dislocación grave del cristalino (una homocistinuria). Se trataba de una enfermedad hereditaria (autosómico recesivo). Era gentil y discreta.
El resto de la familia lo formaban Yula, el abuelo («parecido o semejante a»), y los hijos: Marla («que vivirá largo tiempo»), Lundja («comedora de hombres»), Kanimana («alma bella»), Itra («estrella»), Ifray («sensible»), Ayas («el que va de puntillas»), Amallay («misericordioso») y Sekiwen («niño esclavo»), el benjamín.
Sekiwen era un jovencito de nueve años, rubio y tartamudo, aquejado de la misma enfermedad que la madre. Veía con muchas dificultades y padecía, además, una grave desnutrición. Los brazos no alcanzaban los 36 milímetros de diámetro. Lo examiné con calma y deduje que padecía el síndrome de Marfán: defectos esqueléticos, piernas largas, malformaciones torácicas (pectus excavatum), dientes en guerrilla y aracnodactilia (dedos en forma de patas de araña).
Por orden de su padre, Sekiwen se unió al Maestro y, a pesar de su ceguera, condujo admirablemente bien al inexperto aguador. En esos días fue su inseparable compañero.
Los Tehenou bautizaron al rabí con el alias de Ifain («luminoso») por sus cálidas palabras y su permanente luminosidad.
Pasamos muchas horas juntos…
La familia bereber —procedente del norte de África— me enseñó algunas palabras en su asombroso idioma.
A la hora de la comida brindaban siempre por la salud:
—¡¡Azul!!
Y el Maestro repetía, feliz:
—¡¡Azul!!… ¡¡Salud!!
Como digo, empezamos el trabajo el 11 de octubre (año 27). Allí no contaba el sábado; solo el dinero…
Y así fue durante una semana.
Al alba nos hallábamos en el tajo y retornábamos a la casa de Achala a la puesta de sol.
El Galileo, con Sekiwen, se movía por una ruta. Este explorador, en solitario, lo hacía por otra.
Regresábamos rendidos.
El Hijo del Hombre, sin embargo, sacaba fuerzas de flaqueza, subía a la terraza, se sentaba, y enseñaba a los vecinos.
Achala no salía de su asombro.
Poco a poco, decenas de habitantes de «Sheol» fueron reuniéndose alrededor del Maestro. Y escuchaban, desconcertados, las palabras luminosas del Galileo.
Jesús les hablaba de un Dios único y amable, que no hacía distinciones entre hombres libres y esclavos, entre ricos y pobres, entre mujeres y hombres, entre negros y blancos…
Escuchaban en silencio y, al final, aplaudían.
¡Qué espectáculo!
Jesús hablaba con entusiasmo y contagiaba ese entusiasmo.
—¡¡Todos sois iguales ante el Padre Azul!! —proclamaba bajo los luceros—… ¡¡Todos estáis de paso!!… ¡¡Todos estáis condenados a ser inmensamente felices, hagáis lo que hagáis y penséis lo que penséis!!… ¡¡La vida es una aventura!!… ¡¡Solo eso!!
La gente encendía hogueras y reclamaba más palabras luminosas.
—¡¡Ese Padre Azul —gritaba el Galileo— habita en vuestra mente!!… ¡¡No necesita templos, ni libros sagrados, ni sacerdotes!!… ¡¡No temáis!!… ¡¡Él os acompaña siempre y, tras la muerte, tras el dulce sueño de la muerte, volveréis a Él!!
Lentamente, los terrados se iban llenando.
Como digo, ¡qué espectáculo! ¡El Hombre-Dios hablando en las terrazas de la ciudad de la Sal!
Nada de esto fue registrado por los evangelistas…
En aquellos días observé también cómo un importante número de trabajadores en las salinas padecía de problemas oculares, consecuencia de la implacable reflexión de la luz en la sal. Muchos terminaban ciegos.
Todo fue bien hasta el viernes, 17 de octubre (año 27).
Sinceramente, nunca imaginé algo así…
Estaba en un error.
Jesús también se hallaba sujeto a las contingencias propias de la vida. Él lo aceptó en su retiro en Beit Ids: no haría uso de su poder para protegerse…
La cuestión es que el referido viernes, cuando me retiraba de las salinas, uno de los miembros de la familia bereber me salió al paso y me dio la noticia:
—Tu amigo, Ifain, ha sufrido un accidente…
Lo miré, incrédulo.
Eso no podía ser…
Corrí a la choza de los Tehenou y encontré al rabí sentado en el suelo y recostado contra una de las paredes de sal.
Mesraya, la madre del clan, estaba arrodillada junto al Galileo. Aplicaba un paño húmedo sobre el tobillo derecho de Jesús.
Me asusté…
Aparté a la mujer y procedí a examinar el pie, al tiempo que preguntaba:
—¿Qué ha sucedido?
El Galileo me miró y se encogió de hombros.
Al parecer, según explicó, una de las sandalias falló. La incómoda naïl se torció y el Hijo del Hombre perdió el equilibrio, cayendo sobre la sal.
—Soy un Dios con mala pata —y rio la ocurrencia.
El tobillo presentaba una tumefacción importante.
Palpé y el Maestro se quejó. El dolor era intenso.
Mi preocupación, en esos instantes, fue averiguar si se había registrado alguna fractura.
Mesraya adivinó mis intenciones e insinuó que no. Ella ya había explorado el pie.
No se equivocó.
Estábamos ante un esguince, una simple torcedura o distensión de una articulación. El fallo de la sandalia pudo ocasionar la rotura de un ligamento o, quizá, de alguna fibra muscular.
En principio, nada grave, aunque el dolor, como digo, era intenso, con una apreciable inflamación de la zona. La articulación afectada se hallaba incapacitada para el movimiento. Jesús debería guardar reposo durante un tiempo.
Me las arreglé para que el rabí levantara la pierna derecha, apoyándola sobre una tinaja vacía. Después solicité un lienzo.
Mesraya obedeció y preparó la tela, impregnándola previamente en miel.
Comprendí.
La miel produce peróxido de hidrógeno, un excelente antiséptico. Era una medida de prevención contra las posibles bacterias.
La bereber sabía…
Envolví el tobillo con especial cuidado y practiqué un vendaje en zigzag, procurando que la compresión fuera progresiva (de distal a proximal).
El Maestro cerró los ojos y resistió el dolor en silencio.
Después le proporcioné agua y sugerí que descansara.
Mesraya no se separó de su lado.
Ante la imposibilidad de que Jesús pudiera caminar, me dirigí a la casa de Achala, en la ciudad de la Sal, expliqué lo ocurrido, recogí los sacos de viaje, y retorné a la choza de los bereberes.
Allí pasamos los cuatro días siguientes.
Yo abandoné el trabajo de aguador, naturalmente, y vigilé el proceso del esguince.
La familia se volcó.
Nos proporcionaron comida, conversación y, sobre todo, mucho amor.
Dormíamos con ellos.
Mesraya buscó carne de serpiente y la maceró en miel, ofreciéndosela al rabí. Aseguró que era el mejor remedio contra las torceduras. El Maestro, resignado, se vio en la obligación de probarla.
Sekiwen, el niño rubio y tartamudo, abandonó su trabajo como aguador, y permaneció a los pies de Jesús, maravillado ante las historias kui que relataba el Hijo del Hombre.
Uno de aquellos días —creo recordar que el domingo, 19 de octubre (año 27 de nuestra era)—, en una de las pocas ocasiones en las que permanecimos solos en la choza, aproveché para plantear un asunto que había quedado en el aire cuando conversábamos con Raisos, el dueño del torreón de «las Verdes».
En dicha oportunidad, como se recordará, el Galileo aseguró que la historia de Adán y Eva fue más interesante y bella de lo que siempre se contó.
Me arriesgué y pregunté:
—¿Existieron de verdad nuestros primeros padres? ¿Quiénes fueron? ¿Por qué dijiste que no hubo serpiente ni manzana? ¿Qué pasó?
El Maestro solicitó calma. Y fue desgranando una historia, totalmente desconocida para quien esto escribe:
—Aunque el mundo se encontraba (y se encuentra) aislado del resto del universo, como consecuencia de la rebelión de Luzbel, las autoridades celestes aceptaron enviar (a la Tierra) una pareja de elevadores…
—Un momento —le interrumpí—, ¿elevadores?
Jesús sonrió, divertido.
Sí, es mucho —muchísimo— lo que ignoraba… Pero Él supo ser paciente con este explorador. Y prosiguió: