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Belén » Del 16 al 26 de mayo (Año 27)

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Los esenios estudiaban la naturaleza de los ángeles; especialmente la de los rebeldes. Veneraban a Pitágoras. Decían conocer el poder de las piedras. Eran consumados kabalistas y dedicaban muchas horas al estudio de la influencia de los astros en los seres humanos. Mejor dicho: a la supuesta influencia… Creían que el hombre nace con el destino trazado y que nada ni nadie puede modificarlo. Con la mujer no lo tenían tan claro… Despreciaban el matrimonio y consideraban a la mujer como un ser inferior «del que proceden todas las calamidades». Aun así, adoptaban a los huérfanos. Si contraían matrimonio lo hacían fuera de la ciudadela y concedían tres años a la mujer para que demostrara su fertilidad. Durante el embarazo no mantenían relaciones sexuales. El aceite, para los esenios, era una maldición. Estaba prohibido ungirse con cualquier tipo de aceite. La piel seca era una bendición. No debían escupir a la derecha; solo a la izquierda y sobre un pañuelo. La razón la buscaban en el Talmud (Salmo 91, 7): «Caerán mil a tu lado y diez mil a tu mano derecha…». En otras palabras, para los fanáticos religiosos la derecha era santa…

El sábado era un día especialísimo para los esenios. Cocinaban el día anterior (hacer fuego estaba prohibido).

No podían mover los muebles o los enseres de la cocina. No discutían o dialogaban sobre asuntos laborales. Medían las palabras y cantaban a media voz. No se afeitaban ni se cortaban el pelo. No podían matar piojos. No se lavaban y no orinaban o defecaban. La mayor parte de la jornada era dedicada al estudio y a la oración. Estaba prohibido prestar dinero o tomar decisiones importantes.

Cuando el aspirante a esenio era admitido en la secta, todos sus bienes y posesiones eran donados al consejo. Y el dinero y las riquezas eran repartidos entre todos.

Si el esenio enfermaba o envejecía —y no era apto para el trabajo—, la comunidad se hacía cargo de él. Y el enfermo recibía un salario, la comida, y el cuidado de la secta. Sí, los esenios fueron los inventores de la «seguridad social» …

Durante esos intensos días, como digo, Honi preguntó mucho sobre el «hacedor de maravillas». Los discípulos respondían, entusiasmados, aunque equivocaron lo esencial. Los íntimos explicaron que Jesús, en efecto, era el Mesías guerrero y rompedor de dientes que aguardaban los Hijos de la Luz. Él echaría al mar a los odiados romanos.

Los esenios escribían todo lo que decían Tomás y el Oso de Caná.

A mí también me preguntaron. Y fui sincero:

—El Maestro es mucho más que un libertador político…

Pero no aceptaron mi idea.

El 24 de mayo, sábado, Honi expresó su deseo de acompañarnos a En Gedi. Deseaba conocer al supuesto Mesías.

Los discípulos, encantados, dieron las gracias al maskil y juraron que no se arrepentiría. Se equivocaron…

Y el lunes, 26 de mayo (año 27), al alba, partimos hacia el oasis.

A Honi lo acompañaban otros tres miembros del consejo de Qumrán.

Por el camino traté de ordenar los pensamientos. ¿Qué había visto en la ciudadela? ¿Cuáles eran las diferencias más notables entre el pensamiento y el hacer de los esenios y la filosofía del Hijo del Hombre?

Esto fue lo que deduje:

Los esenios, para ingresar en la comunidad, exigían entre uno y tres años de prueba. Jesús no.

Los esenios odiaban a los sacerdotes de Jerusalén. El Maestro nunca odió a nadie.

Los esenios no admitían a las mujeres en sus campamentos. Las despreciaban. El Galileo no actuaba así. En su vida pública se rodeó de un grupo de mujeres evangelistas.

Los esenios repudiaban a los leprosos, enfermos y tarados. Jesús los amaba.

Los esenios escribían. Jesús nunca escribió.

Los esenios no tocaban el aceite. Jesús lo utilizaba con frecuencia.

Veneraban el calendario solar. A Jesús le traían sin cuidado los calendarios (todos).

Evitaban la corrupción de las ciudades; especialmente la de Jerusalén. El Maestro visitaba la Ciudad Santa con regularidad y se paseaba, feliz, por sus calles.

Los esenios confiscaban los bienes del que entraba en la secta. Jesús no actuaba así.

Los esenios se lavaban antes de las comidas. Al Galileo no le preocupaba la pureza ritual.

En sábado, los esenios no defecaban. En ese sentido, el rabí actuaba con total naturalidad.

La secta de Qumrán contemplaba severos castigos contra los que infringían la Ley de Moisés o los secretos de la comunidad. Uno de ellos obligaba a comer hierba al pecador. El Maestro jamás castigó a nadie.

Los esenios practicaban la adivinación y la astrología. Jesús demostró que el futuro no existe.

Los esenios no cambiaban de ropa o calzado hasta que se rompía o desgastaba. El Galileo no actuaba así.

Se podía entrar en la secta a partir de los veinte años. Jesús no estableció ninguna limitación para acceder a su mensaje.

Los esenios estimaban que el hombre nace en los dominios de los Hijos de la Luz o de la Oscuridad. Jesús predicó que todos procedemos del Padre Azul y a Él regresaremos.

Para defecar, los esenios se cubrían —obligatoriamente— con el manto. Jesús nunca actuó así.

Para los esenios, los jóvenes eran inferiores a los adultos. Jesús no practicaba esa filosofía.

Consideraban que cada persona está integrada por nueve partes de luz y una de oscuridad. El Galileo nunca habló de eso.

Los esenios no pronunciaban palabras profanas antes de la salida del sol. A Jesús le traía sin cuidado.

Los esenios creían en dos Mesías. El Hijo del Hombre nunca se consideró Mesías libertador. Su papel fue mucho más importante.

Los esenios disponían de un rígido código penal. Jesús no.

En la secta de Qumrán existía un estricto orden jerárquico. En el grupo del Galileo solo había un jefe: Andrés. Nadie era más que nadie.

Los esenios creían que Yavé castigaba a los apóstatas. Jesús admitió en sus filas a todo el mundo.

Los esenios elaboraban planes para derrotar militarmente al resto de las naciones. Jesús jamás entró en política.

No podían pronunciar el sagrado nombre de Yavé. Jesús hablaba a todas horas de su Padre Azul. Así lo llamaba.

La palabra

ishah

(mujer) no aparece en la Regla de la Comunidad de Qumrán. El Maestro consideró a la mujer exactamente igual que al hombre.

Los esenios creían que Yavé disponía de poderes ocultos que terminarían con la maldad de los

kittim

(romanos). Jesús jamás se pronunció en ese sentido.

Los esenios difícilmente hablaban de su filosofía con los no iniciados. Jesús hablaba con todo el mundo.

La secta de Qumrán era fanática de la Ley de Moisés. El Hijo del Hombre solo era fanático del Padre Azul.

En definitiva, aunque los conoció, Jesús de Nazaret no tuvo nada que ver con el mundo esenio. Y, por supuesto, no fue un esenio, como aseguran algunos… Ambos pensamientos y mensajes se hallaban a años luz.

Fuimos recibidos en el campamento de En Gedi con especial alegría.

El Maestro besó en las mejillas a los esenios y esa noche, tras la cena, asistí a otra interesante conversación.

Honi fue directo a lo que le interesaba.

—Dicen tus discípulos que eres el Mesías libertador… ¿Qué tienes que decir?

El Maestro dirigió la mirada hacia Tomás y el Oso de Caná. Estos bajaron los ojos.

—Mi reino, el que anuncio —habló Jesús—, es invisible y alado. No necesita espadas ni escudos… No soy el Mesías que esperáis.

El Galileo guardó silencio y contempló las caras de los esenios. Estaban perplejos. Y Jesús redondeó:

—En verdad os digo que ese Mesías militar no llegará nunca…

Honi se revolvió, nervioso. Y preguntó, desafiante:

—¿Estás tú por encima de la Torá? La Ley dice…

El Galileo no le permitió continuar.

—La Ley de la que hablas fue idea del que me ha enviado. E insisto: no habrá ejércitos ni Mesías rompedor de dientes. Y te diré más… Vosotros no conquistaréis Jerusalén. La Ciudad Santa será conquistada y demolida por vuestros enemigos.

Los esenios se pusieron en pie y, escandalizados, hicieron ademán de abandonar la reunión. Pero Andrés solicitó calma. Obviamente, Honi y los otros no comprendieron. Jesús estaba anunciando el cerco y el asalto de Jerusalén por el general romano Tito, por encargo de su padre, Vespasiano. Eso sucedería 43 años más tarde.

—¿También eres profeta? —se burló uno de los esenios.

El Hijo del Hombre lo miró y lo envolvió en su sonrisa.

—Soy más que eso…

Honi continuó apretando al Galileo.

—Dicen que eres capaz de convertir el agua en vino y hacer caer fuego del cielo…

—Pregúntales a estos…

Y el rabí señaló a los suyos. Los discípulos asintieron.

—Y si eso es así —prosiguió Honi—, ¿en nombre de quién lo haces? ¿De dónde procede tu poder? ¿Eres un hijo de la luz o de las tinieblas?

—Siempre actúo —replicó el Maestro— en nombre del que me ha enviado. Él es el Padre de la Luz.

—¿Hablas de Belial (Satán)?

Jesús sonrió, pícaro, y contestó:

—Ese sigue al servicio del que me envía…

—¿Belial es un criado?

—No exactamente —aclaró el rabí—, pero ahora está pendiente del juicio. Quizá sea exterminado… Todo depende.

—¿Depende de qué?

Honi era insaciable.

El Maestro señaló hacia las brillantes ocho mil estrellas que contemplábamos. Todos seguimos la dirección de su dedo índice izquierdo. Algunos luceros replicaron con destellos azules y rojos.

—Depende de la misericordia de los Dioses…

—Pero, dinos, ¿quién te envía? No entiendo…

La confusión de los esenios iba en aumento.

—Os lo he dicho —terció Jesús—. He sido enviado por el Padre Azul…

—¿Te refieres a Yavé, bendito sea?

—Más arriba…

—¿Más arriba?

Honi estalló:

—¿Te burlas de nosotros? ¿Qué hay más arriba de Dios?

El Galileo fue sincero, muy sincero… Demasiado, según mi corto entender:

—Yavé no fue Dios…

Las caras eran de espanto.

—Yavé fue otro enviado. Pero eso es historia. Ahora, lo que cuenta, es la esperanza que os ofrezco.

—¿Esperanza? —Honi no acertaba con las palabras— ¿Es que hay algo más importante que la derrota de los hijos de las tinieblas?

Deduje que hablaba de los kittim (romanos).

—¿A qué esperanza te refieres? —bramó otro de los esenios.

—Hablo de la única esperanza que importa: la vida tras la muerte…

—¿Y qué sabes tú de eso?

—Yo seré muerto por los kittim, pero me levantaré al tercer día.

Silencio absoluto. Nadie entendió el alcance de las proféticas palabras de Jesús de Nazaret.

Los esenios se miraron, desconcertados. Sus pensamientos gritaban: «¡Es un loco!»

—¿Y ese Padre Azul —intervino otro de los esenios— te ha enviado para proclamar que hay vida tras la muerte?

Jesús asintió con el rostro grave.

—Pero eso ya lo sabemos —añadió el esenio—. Lo dice la Ley y nuestros sabios…

—Lo que no dice la Ley —le corrigió el rabí— es que seréis inmortales hagáis lo que hagáis y penséis lo que penséis.

—Eso es imposible e injusto —declaró Honi, muy enfadado—. Los romanos y los infieles pagarán…

—Nadie pagará —cortó el Maestro—. Esa es la verdadera Ley. Nadie será juzgado por lo que eligió.

—Ellos, los romanos, ¿también se salvarán?

La pregunta de Honi quedó en el aire, cargada de plomo. Los discípulos —especialmente Juan Zebedeo, el Iscariote, y Simón, el Zelota— defendían la postura del esenio. Los malditos kittim tenían que pagar…

—Todos estáis destinados al Paraíso —y el Galileo repitió la frase, deletreándola con especial énfasis—. Todos estáis destinados al Paraíso…

Hizo una breve pausa y, a media voz, declaró:

—… De momento.

No comprendieron. No comprendí. ¿Qué quiso decir? ¿De momento?

Y Honi siguió a lo suyo:

—Pero Yavé, bendito sea su nombre, vendrá a juzgar a los impuros. Así lo dice la Ley…

Jesús fue duro y claro:

—No confundas la voluntad del Padre Azul con los intereses de los hombres. Esa Ley a la que te refieres fue manipulada por los que la escribieron. Dios no vendrá a juzgar a nadie. Es más: ni siquiera vendrá…

Los esenios se miraron, irritados. Y Honi preguntó:

—¿También niegas el Juicio Final?

—No habrá Juicio Final. No es necesario.

La verdad es que empezaba a divertirme…

—¡Eso es blasfemia!

Allí terminó la conversación. Honi y el resto se alzaron y, sin despedirse, se alejaron del campamento.

«Otra batalla perdida», me dije.

El 27 de mayo del año 27, martes, volvió a suceder…

Hacia las 18 horas, faltando unos treinta minutos para la puesta de sol, quien esto escribe se hallaba en la cocina de campaña, colaborando en los preparativos para la cena.

El Maestro acababa de regresar de la cascada Perdida. Había dedicado la jornada a «conversar» con Ab-bā.

Todo aparecía tranquilo o, mejor dicho, aparentemente tranquilo…

Sigal, la hechicera, continuaba con sus inútiles encantamientos, clavando toda suerte de agujas en el muñequito de cera. Ya nadie le prestaba atención.

Y, como digo, cerca ya del ocaso, se presentó aquel hombre.

Era un beduino joven y fuerte.

Cargaba en los brazos a una mujer, también badawi (beduina).

Se llamaba Zswina («la bella»).

Y preguntó por el «hacedor de maravillas».

Lo necesitaba. Eso dijo.

Andrés, el jefe del campamento, se hizo cargo del asunto y preguntó por qué deseaba hablar con el Galileo.

El joven depositó a la mujer en el suelo y se explicó.

Zswina era su madre. Hacía años que no era capaz de desenvolverse por sí misma. Caminaba como los borrachos. No podía sostener un plato entre las manos. Hablaba con torpeza, y cada vez peor.

El instinto me previno. Algo estaba a punto de suceder…

Lo dejé todo y me aproximé a la señora. La examiné detenidamente.

Había sido muy bella. Tenía los ojos marrones y achinados y una sonrisa delicada. Era de pequeña estatura, delgada, y con los cabellos rubios recogidos en un moño. Vestía una brillante túnica azul.

Me miró, inquieta. Y percibí un acusado nistagmo en ambos ojos (movimientos oculares súbitos).

La tranquilicé y seguí preguntando al hijo.

Por los datos aportados por el muchacho deduje que la beduina padecía una ataxia («sin orden», en griego); es decir, una enfermedad degenerativa que provoca la descoordinación de los movimientos musculares. Dicha descoordinación afectaba a brazos, piernas, manos, dedos, ojos y mecanismo de tragado.

Hubiera necesitado la participación de los «nemos» para confirmarlo, pero el dictamen parecía evidente.

Pensé también en una «atrofia multisistémica[10]» —que englobaría tres síndromes: degeneración estrionígrica, atrofia olivo-ponto-cerebelosa esporádica y síndrome de Shey-Drager— pero la imposibilidad de penetrar en su cerebro me hizo dudar.

Sea como fuere, el mal era irreversible y letal.

Pregunté cuánto tiempo hacía que presentaba aquellos síntomas y el hijo aclaró que unos siete años. Era, más o menos, lo establecido por los neurólogos. El mal da la cara cuando el paciente ronda los cincuenta y cinco años y tiene una duración que oscila entre siete y nueve años. Zswina estaba llegando al final… No tardaría en morir. El cerebelo, probablemente, se hallaba dañado.

Ante la curiosidad general me atreví a llevar a cabo una serie de sencillas pruebas que confirmaron la «ataxia» o la «atrofia multisistémica». Zswina era zurda. Así que situé su dedo índice izquierdo frente a su rostro y solicité que se tocara la punta de la nariz. Obedeció, pero no logró alcanzar la nariz. El dedo terminaba siempre en la boca, en los ojos, o en las mejillas.

Después le mostré un vaso de madera y rogué que lo tomara. La mujer se esforzó, pero no hubo forma de que se hiciera con él. La mano llegaba con violencia, y derribaba el vaso, o no llegaba. En algunos momentos, al tratar de aprehenderlo, el temblor de la mano se hacía especialmente intenso, imposibilitando la sencilla operación.

Lo tuve claro: la mujer padecía una temida «ataxia». Los cien mil millones de neuronas del cerebelo estaban muriendo[11].

Terminé la breve inspección y, pensativo, me retiré de nuevo a la cocina.

Felipe me interrogó. ¿Qué sucedía?

Le expliqué —como pude— el mal que padecía la beduina y ahí quedó el asunto.

Felipe coincidió conmigo: «Eso tiene mala cara…».

Y el joven badawi permaneció junto a las tiendas, suplicando la presencia del rabí de Galilea.

—¡Solo necesito que la toque! —gritaba en árabe—. ¡El Maestro la curará!

Y de los gritos pasó a las lágrimas. El silencio en el campamento fue total. Todos nos conmovimos. ¿Qué podíamos hacer?

Y todos volvimos las miradas hacia la tienda de pieles de cabra del Hijo del Hombre. Pero Jesús no terminaba de salir.

Estuve seguro. Todos lo estábamos. El Maestro estaba oyendo las súplicas del joven beduino. A no ser que estuviera dormido… Pero no. El rabí no solía dormir antes de la cena. Él sabía lo que estaba sucediendo…

Fue entonces, ante la sorpresa general, cuando Sigal, la hechicera de los hermosos ojos color violeta, abandonó los círculos concéntricos y se dirigió a la mujer impedida.

Llevaba en las manos una escudilla de madera.

Seguí los movimientos con curiosidad.

¿Qué se proponía?

Regresé junto a Zswina y comprobé que la escudilla contenía barro; el barro negro del mar de la Sal, tan abundante y apreciado por mujeres y hombres.

Sigal tomó una porción de la arcilla y, canturreando algo sobre la Estrella Matutina, fue a embadurnar la cara de la asombrada badu. Pintó una raya en la frente, paralela a las cejas, y otras dos en las mejillas; una a cada lado de la nariz.

El hijo, igualmente perplejo, dejó de gritar y llorar.

Algunos discípulos, con Andrés a la cabeza, se acercaron, curiosos, hasta la bruja.

Y la hechicera arreció en sus cánticos:

—¡El barro es la vida! —cantaba—. ¡Él te devolverá la salud que perdiste por tus malas obras!…

¡Qué disparate! Zswina no estaba enferma por sus malas obras… Y Sigal prosiguió:

—¡Por la brillante Estrella Matutina, yo te conjuro!… ¡Maldito «žnun», sal de ella!

Y, cuando se disponía a untar la cara de la beduina por segunda vez, una mano detuvo los dedos de Sigal.

¡Era el Maestro!

No lo vimos llegar…

Tomó la escudilla con el barro negro y la depositó —despacio— en el suelo.

Sigal, contrariada, se alzó y se alejó en silencio.

Después, arrodillándose frente a Zswina, el Hijo del Hombre acarició los cabellos de la mujer y le regaló su mejor sonrisa. Se aproximó al bello rostro de la beduina y le cantó en árabe:

Shukran!!… Ituwwel ’emr-k!! («Que Él te alargue la vida»).

Fue instantáneo.

La penumbra del atardecer retrocedió y todo, en el campamento y alrededores, se volvió azul.

No supimos o no quisimos reaccionar. Ya sabíamos lo que aquello significaba…

Y nos miramos, incrédulos. Ropas, caras, manos, tiendas, tierra… ¡Todo lucía una viva luminosidad azul!… ¿Qué estaba pasando? ¡Qué pregunta tan idiota!…

El «rayo azul» —sin trueno— se prolongó durante diez segundos.

Fue en esos instantes cuando percibí un extraño cosquilleo en manos y pies.

Después, todo volvió a la normalidad. La luz se extinguió y noté un intenso y delicado olor a mandarina, el perfume que este explorador asociaba con el amor.

El Maestro, sin perder la sonrisa, tomó a la beduina de la mano y la ayudó a incorporarse.

¡Dios bendito!

¡Zswina aparecía sanada!… ¡Caminaba sin tropiezo!… ¡Se movía ágil y segura, sin ayuda de nadie!… ¡Los movimientos erráticos de los ojos también desaparecieron!… ¡El pulso era firme!…

Y la beduina, desconcertada, corrió hacia el hijo, abrazándole entre lágrimas y risas. Los dos lloraron. Todos lloramos, asombrados.

Jesús giró sobre los talones y se encaminó a su tienda. Al pasar frente a este explorador me guiñó el ojo derecho.

Mensaje recibido.

Lástima… Los esenios no estaban allí.

Esa noche traté de racionalizar lo ocurrido. Imposible.

Una vez más me encontré atado de pies y manos. La sanación de Zswina era algo imposible para la ciencia. ¡Alguien había regenerado cien mil millones de neuronas y en diez segundos!… Pensé, incluso, en el barro negro de Sigal. Sabía que esa arcilla del mar de la Sal disfruta de propiedades terapéuticas[12]. Pero rechacé la idea. ¡Qué absurdo! El barro no tuvo nada que ver con la desaparición de la «ataxia». El barro no tuvo acceso al interior del cerebelo de la beduina. Y aunque lo hubiera tenido…

Sencillamente, me rendí a la evidencia. La mujer estaba curada y sin rastro alguno de la dolencia. La ciencia del siglo XX no habría podido explicar lo ocurrido en En Gedi ni en mil años…

El Maestro, una vez más, fue misericordioso con sus criaturas. Eso era todo.

Al retornar a la «cuna» intenté hallar alguna explicación para la misteriosa luminosidad azul que solía preceder a los portentos y sanaciones del Hijo del Hombre.

Tampoco encontré una respuesta medianamente seria y científica.

«Santa Claus» señaló la radiación de Cherenkov como una hipotética solución. En palabras sencillas: alguien provocaba una radiación electromagnética de color azul. La radiación podía estar ocasionada por el paso de partículas cargadas eléctricamente. No me convenció. Además, ¿quién y por qué necesitaba de esa radiación antes de un prodigio?

Lo sé: no sabemos nada…

Y decidí salir de aquel laberinto. Lo importante, una vez más, no era el cómo…

¡Ah!… Por cierto, a partir de esa noche (más exactamente desde el «rayo azul»), Zal también recuperó la vitalidad. Los vómitos y las diarreas desaparecieron.

Como decía el Maestro, quien tenga oídos que oiga…

Al día siguiente, 28 de mayo (año 27), por consejo del prudente Andrés, partimos hacia la ciudad refugio de Hebrón, al oeste, a poco más de treinta kilómetros.

Eso representaba un día de marcha; como mucho dos.

Entre la secta de Qumrán, el Galileo había empezado a cosechar nuevos enemigos. Cualquiera podía irse de la lengua y delatarle. Convenía alejarse de la zona.

Seguimos el cauce del wadi Arugot.

Sigal, la bruja, nos seguía a cierta distancia. Y me pregunté más de una y más de dos veces: «¿Qué pensaban hacer con la hechicera?»

La travesía del desierto de Judá fue rápida y sin incidencias.

Como consecuencia del sofocante calor —alrededor de 40 y 45 grados Celsius— nos veíamos obligados a caminar, únicamente, en las primeras horas de la mañana (entre el alba y la sexta: mediodía). El resto lo pasábamos en las cuevas o en las proximidades de las escasas fuentes.

Y el 29 de mayo, jueves, dejamos atrás las sufridas aldeas de Banu Na’im y Kiryat Arba’.

El paisaje cambió. El desierto de Judá permaneció en la lejanía, como un mal recuerdo. Y entramos en la cadena montañosa de Hebrón: más de quinientas colinas, con una altura media de 900 metros; valles recogidos y fértiles; cien manantiales; aire puro; bosques gigantescos; ganado por doquier; cientos de grutas y caseríos perdidos en las laderas de los montes. Y aquí y allá, diminutas aldeas de piedra gris —laboriosas y mudas— con largos penachos de humo y arriesgados tejados de madera, a dos aguas.

La población era mayoritariamente badu (beduina).

Por precaución esquivamos la cercana ciudad de Hebrón. Era el primer sitio en el que habrían buscado los levitas, la policía del Templo de Jerusalén.

Y Tomás, responsable de los itinerarios de los viajes, recomendó caminar hacia el noreste, al encuentro de la sagrada cueva de Machpela, a escasa distancia de la ciudad refugio.

Así lo hicimos.

Alcanzamos el lugar a la hora quinta (once de la mañana) del citado 29 de mayo.

La gruta de Machpela se abría en la cima de una colina de 1020 metros, rodeada de espesos e interminables bosques. Era célebre porque en ella reposaban los restos de algunos de los grandes patriarcas judíos. A saber: Sara, Abraham, Isaac, Rebeca, Lía y Jacob. Abraham Avinu («Abraham, nuestro padre») —así lo llamaban— era considerado como el «primer judío», aunque todo el mundo sabía que era mesopotámico. Concretamente de la región de Ur. Actual Irak. Tras emigrar con su padre —Teraj— a la zona de Haran, Abraham decide viajar hacia el sur, hacia Canaán. Un ser de luz se le presentó tras la muerte de Teraj y le propuso marchar hacia una tierra de leche y miel. Abraham tenía setenta y cinco años. Hacia 1980 antes de Cristo, el clan de Abraham se establece en Siquem. Y de allí viajan hasta Hebrón. Sabiendo que su muerte estaba próxima, Abraham compra un encinar a Efrón, el hitita, por un total de 400 siclos de plata. Así lo relata el Génesis (23, 8-16). Allí se encuentra la cueva de Machpela y Abraham la prepara para su sepultura. Siglos después, el rey Herodes el Grande —tan sanguinario como buen constructor— cubre la cueva con un recinto suntuoso. Las paredes, integradas por gigantescos bloques, se alzan a 13 metros de altura. El santuario forma un paralelogramo rectangular de 59 por 34 metros. Los muros eran impresionantes: 2,65 metros de grosor. El paso del tiempo había proporcionado a los bloques una pátina suave que brillaba al sol como el oro viejo.

Un camino muy cuidado unía el santuario con la ciudad de Hebrón. Después, decidido, se aventuraba entre los bosques, buscando la ciudad de Jerusalén, a poco más de treinta kilómetros.

El tránsito de hombres y carros era incesante. Hasta la cueva de Machpela llegaban judíos de todo el país y, sobre todo, de la diáspora.

Alrededor de veinte sacerdotes, con sus ayudantes, se turnaban en el cuidado y en la custodia del lugar. Quizá, tras la Ciudad Santa (Jerusalén), Machpela era la referencia más sagrada de Israel.

Quedé maravillado.

En el interior, rodeados de tímidas candelas y de un silencio de plomo, se alineaban seis féretros de piedra. Los de los hombres —Abraham, Isaac y Jacob— aparecían cubiertos por sendos mantos verdes, bordados en oro. Los de las mujeres —Sara, Rebeca y Lía— eran de color púrpura.

El carro y el campamento fueron ubicados a cierta distancia del santuario y del camino, entre los bosques.

El lugar, aparentemente tranquilo, se hallaba perfumado por cientos de terebintos.

No lejos cantaba un manantial joven y nervioso.

Esa tarde del jueves, 29 de mayo (año 27), los gemelos de Alfeo se acercaron a Andrés y le contaron un extraño sueño; mejor dicho, una pesadilla. La habían tenido la noche anterior. Curiosamente, ambos soñaron lo mismo. Se vieron en las aguas de Kursi —su ciudad—, en la costa oriental del yam o mar de Tiberíades. En los sueños, las mujeres e hijos de los Alfeo gritaban con desesperación. Se ahogaban…

Aquello inquietó a los humildes y siempre silenciosos gemelos y, naturalmente, a los supersticiosos discípulos.

Andrés habló con el Maestro y ambos decidieron enviar al yam a Bartolomé, responsable del cuidado de las familias durante las giras de predicación. Hacía mucho que no tenían noticias de las esposas e hijos. Judas Iscariote lo acompañaría. En aquel tiempo, como mencioné en su momento, los parientes que dependían —económicamente— del grupo apostólico sumaban 34 personas. Es decir: 34 problemas…

Y así fue. El 30 de mayo, viernes, el Oso y el Iscariote se perdieron por el camino principal, rumbo a Jerusalén. Desde allí caminarían hacia el norte, siguiendo la margen derecha del río Jordán.

Eso significaba que los discípulos permanecerían ausentes durante una o dos semanas.

Andrés reunió a la tropa y, por consejo del Galileo, recomendó paciencia y silencio. Nada de predicación. Ninguna visita a la ciudad de Hebrón. Deberíamos esperar el regreso de Bartolomé y de Judas. Después, ya veríamos…

Y empecé a maquinar un plan.

Tenía tiempo de sobra.

Pero antes fui testigo de algo terrible.

En la mañana del sábado, 31 de mayo (año 27), algo aburridos, Pedro, Juan Zebedeo y Simón, el Zelota, tuvieron la idea de visitar el no menos célebre encinar de Mamré. En dicho bosque, según la tradición, Abraham había visto llegar a dos ángeles (otros hablaban de tres). Eran altos y vestían de blanco, con pantalones ajustados, al estilo de los persas. El patriarca los invitó a comer y uno de los ángeles le hizo saber que Sara, su esposa, tendría un hijo en breve.

Según Tomás, el encinar en cuestión se encontraba hacia el noreste, no muy lejos. El lugar era conocido como Ramet el-Jalil o la colina del Amigo.

La tradición había convertido esos bosques en otro lugar de peregrinaje. La gente acudía hasta las encinas y colgaba ropas y cintas de colores en las ramas; tanto en solicitud de favores como en cumplimiento de las promesas recibidas.

Me pareció una bonita excursión…

Me equivoqué.

El Maestro se había retirado a las profundidades del bosque que nos acogía. Zal se fue con Él.

Y Tomás y quien esto escribe decidimos unirnos a los aventureros. Allí, en el campamento, había poco que hacer.

Partimos hacia la tercia (nueve de la mañana), con la recomendación de Andrés de que fuéramos prudentes y, sobre todo, de que no mencionáramos la presencia del Hijo del Hombre en la zona. Pedro habló por todos y juró que estaríamos de vuelta antes del ocaso.

También se equivocó.

El retorno fue mucho antes…, y catastrófico.

Dejamos atrás algunas de las alturas y, guiados por Tomás, fuimos a parar a un poblado llamado Elon Shevut. Allí confirmaron que nos hallábamos muy cerca del encinar de los ángeles. Ellos —beduinos— lo llamaban la colina Amarilla.

En efecto, al poco iniciamos el ascenso. Se trataba de un monte de 967 metros de altura, habitado por miles de encinas comunes (la heroica Quercus calliprinus) y los aromáticos terebintos (Pistacia palestina). Un caminillo casi invisible nos condujo a la cima.

¡Qué delicia!… La cumbre —redondeada— se cubría con un manto amarillo, de pura marga. Las encinas habían conquistado la pequeña planicie, respetando, únicamente, un calvero de cuarenta o cincuenta metros en el que suspiraba una familia de rocas azules.

Pero, ¡sorpresa!… No éramos los únicos en la cima de la colina Amarilla.

Sentada en una de las lajas aparecía Sigal, la hechicera.

¿Cómo llegó al lugar?

Aquella mujer era un misterio…

Nos aproximamos y saludamos.

La bruja nos miró, pero no respondió.

Había dispuesto a sus pies una pequeña cántara, con una miel rubia y espesa. En los costados de la hechicera de Giló ardían dos teas. Supuse que llevaba tiempo en la cumbre. Las antorchas aparecían medio consumidas.

Y siguió canturreando uno de sus maleficios contra el Hijo del Hombre.

Pedro y el resto terminaron ignorándola y volvieron al encinar, buscando los árboles sagrados.

Yo me fui tras ellos.

Así transcurrieron los minutos; quizá una hora. Calculo que, cuando sucedió lo que sucedió, podía ser la quinta (once de la mañana).

Finalmente, Tomás encontró lo que buscaban: una enorme encina centenaria de cuyas ramas colgaban cíngulos y túnicas de colores. A su alrededor aparecían vasijas y cuencos de madera, repletos de frutas y nubes de moscas.

Pedro y Juan Zebedeo acariciaron la corteza del árbol y se arrodillaron.

Pedro lloraba.

Pero, al poco, Tomás llamó nuestra atención y señaló hacia el calvero.

Nos encontrábamos a cuarenta o cincuenta pasos de la bruja.

¡Vaya!… Me eché a temblar.

En la linde del bosque se había presentado un osezno, una cría de oso.

No tendría más de cinco meses.

Y digo que me eché a temblar porque, por lo general, detrás de un osezno llega siempre el resto de la familia…

La cría, desconfiada, olfateó el aire. No había viento.

Sigal continuaba sentada sobre una de las piedras, con los ojos cerrados, y los brazos en alto, entonando hechizos.

Tomás hizo una señal, reclamando silencio. Y nos parapetamos detrás de los árboles.

Acaricié la parte superior del cayado y me preparé. Algo me decía que aquello podía terminar mal, muy mal…

No me equivoqué.

Y el osezno, de pelo negro y apretado, fue acercándose y husmeando entre las sorprendidas rocas azules.

Finalmente localizó la cántara, olfateó en todas direcciones y, feliz, terminó volcando el recipiente, y devorando la apetitosa miel.

En esos instantes, la bruja abrió los ojos y contempló la escena. Y, sin meditarlo, se alzó, tomó una de las antorchas y la lanzó —furiosa— contra el osezno.

En fuego terminó entre los cuartos traseros del animal y, muy posiblemente, lo quemó.

La cría lanzó un chillido y huyó, a la carrera, hacia las encinas que se alzaban al otro lado del calvero.

Sigal regresó a la roca y volvió a sentarse, reiniciando los cánticos.

No me equivoqué…

Dos minutos después vimos aparecer aquella mole en el lindero del bosque.

Era el padre o la madre del osezno.

El animal medía más de dos metros. Era negro, con una cabeza enorme, un hocico alargado y blancuzco, y unas garras blancas, de unos diez centímetros, afiladas como navajas de barbero. Los ojos eran dos puntos negros y amenazantes. Podía pesar entre 200 y 300 kilos.

Acaricié los ultrasonidos…

Pero no tuve tiempo de disparar.

Todo fue muy rápido.

El oso, de pronto, se lanzó al galope sobre la hechicera.

El corazón se detuvo…

Tres segundos después, Sigal era violentamente derribada por aquel monstruo.

Y el plantígrado lanzó un zarpazo sobre la cabeza de la mujer.

Sigal quedó inconsciente. Creo que no supo lo que estaba sucediendo.

Pensé que era el final de la bella hechicera de los ojos violetas…

Pero no.

En esos instantes, en un arranque que le honra, Simón, el Zelota, saltó al calvero y, espada en mano, corrió hacia el oso, gritando como un loco.

El animal giró la cabeza y olvidó —momentáneamente— a la mujer. Eso la salvó…

Se puso en pie, alzó los brazos, y rugió, furioso.

Fue lo último que hizo.

En segundos, el hierro que empuñaba el discípulo quedó sepultado en el pecho del oso, rompiéndole el corazón.

Y el animal se desplomó, muerto.

En la caída arrastró al bravo Zelota.

Los íntimos y este explorador corrimos hacia el calvero.

¡Dios bendito!… Había sangre por todas partes.

El Zelota tenía los ojos muy abiertos. Pensé que aquella mole lo había reventado. Pero no…

Retiramos al animal y el discípulo quedó liberado. Se hallaba bien, aunque contusionado.

Temblaba como una hoja.

Y, sin mediar palabra, tomó la empuñadura del gladius y desenterró la espada. Después procedió a limpiar la hoja en el pelo de la osa. Era una hembra…

Examiné a Sigal.

Seguía viva, pero inconsciente.

La osa le había arrancado el ojo derecho. La cara aparecía cruzada por tres enormes y profundas heridas —paralelas—, desde la ceja derecha a la zona izquierda del mentón.

Perdía mucha sangre.

Tomás se desnudó.

Cubrió la cabeza de la mujer con la túnica e intentó taponar las heridas.

Y, sin pérdida de tiempo, cargamos el cuerpo de la infeliz, iniciando el traslado al campamento.

El descenso, por los bosques, fue un suplicio añadido.

Tropezamos y caímos en varias ocasiones, y el cuerpo desmayado de Sigal rodó por las pendientes.

Juan Zebedeo maldecía y exigía que abandonáramos a la «maldita pagana». Por supuesto, nadie le prestó atención.

No sé cuánta sangre llegó a perder…

Pero la mujer resistió.

Una hora después alcanzábamos el campamento.

Felipe se hizo cargo.

Limpió las heridas con senecio y desinfectó con tintura de árnica, aplicando compresas de lino.

«Aun así —pensé—, ¿resistirá? Las heridas eran graves. La infección no tardaría en presentarse».

Después le proporcionó una infusión de lúpulo, que actuó como relajante, y solicitó que la dejáramos descansar.

Camino desde el oasis de En Gedi a las proximidades de la cueva de Machpela, cerca de Hebrón.

Con el ocaso regresó el Galileo.

Andrés y Felipe le pusieron al corriente y el Hijo del Hombre, tras felicitar al Zelota, se aproximó a la cocina. Allí reposaba Sigal.

Se arrodilló junto a la mujer, tomó las manos de la hechicera entre las suyas, y permaneció a su lado, en silencio, durante un largo rato.

La mirada del Maestro se iluminó.

Por un momento pensé que la sanaría.

Pero no…

Besó las manos de Sigal —dulcemente— y terminó retirándose.

Así era Jesús de Nazaret.

No odiaba a nadie; ni siquiera a los que trataban de matarlo…

Ubicación del encinar de Mamré, al noreste de la ciudad refugio de Hebrón.

Al día siguiente Felipe solicitó permiso para retirar el cuerpo de la osa.

Acudieron a buscarlo, lo trocearon, y lo trasladaron a la despensa del campamento. La piel y las garras fueron vendidas. Y tuvimos carne durante algunos días. Felipe preparó un excelente estofado.

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