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DEL 1 AL 7 DE JUNIO
(AÑO 27)
Y puse en marcha mi plan…
Aprovecharía esos días de obligada inactividad para intentar localizar a un pastor llamado Ezda.
Según mis noticias —recogidas en En Gedi y proporcionadas en su día por Yehohanan (alias el Bautista)— el tal Ezda acompañó al gigante de las siete trenzas durante su larga estancia en el desierto de Judá. En total, más de treinta meses. Corría el año 22 de nuestra era…
Yehohanan disponía de un rebaño de ovejas y cabras y lo pastoreaba en las proximidades del referido oasis de En Gedi. El joven Ezda podía contar unos quince años. Era el ayudante del Bautista.
Pues bien, en esos meses, al parecer, Yehohanan tuvo varios encuentros con criaturas singulares. Eso me dijo. Las llamó hayyot o «vivientes».
No debía concederle mucho crédito, pero tampoco quise rechazar sus asombrosas afirmaciones. Convenía investigar. ¿Eran ciertas las visiones de los merkavah o «carros de fuego» que aseguraba haber visto? ¿Quién le proporcionó el pergamino «323», también llamado de «la victoria»?
El domingo, 1 de junio (año 27), conversé con el Maestro y le expuse mis deseos de localizar al pastor y viajar al sur del desierto.
Escuchó en silencio, me observó con curiosidad, y me animó a marchar. Al despedirse comentó:
—Regresa, por favor, e infórmame…
Y partí temprano, en dirección norte, en búsqueda de Beit Zur, la ciudad en la que —según mis informaciones— vivía o había vivido Ezda.
Desde el campamento descendí a la calzada romana que llevaba a Jerusalén. Una hora después había recorrido los cinco kilómetros y medio que me separaban de Beit Zur. Fue una marcha cómoda.
Beit Zur o la Casa de Pedernal era una pequeña ciudad, de unos 15.000 habitantes, penosamente aupada en lo alto de un peñasco de 990 metros de altura. La Biblia la cita varias veces. Josué (15, 58) y 2 Crónicas (11, 7) hablan de ella y de la poderosa fortaleza levantada por el rey Roboan. En realidad, su nombre primitivo fue Bet Tzur o «Casa de la Roca». Era una ciudad cananea —muy antigua—, habitada desde el siglo XVIII antes de Cristo. En las guerras macabeas desempeñó un papel muy destacado. En aquel lugar, Judas venció al general Lisias. Posteriormente fue conquistada por Antíoco V Eupátor y reconquistada por los judíos bajo el mandato de Simón Macabeo. La muralla conservaba parte de su antiguo esplendor. Los muros eran asombrosos: más de dos metros de grosor. Beit Zur (así la llamaré) ocupaba un lugar estratégico, controlando los caminos que llevaban a Belén, a Hebrón y a Beer Shevá. La familia dominante en la ciudad eran los Caleb, de origen beduino. Otras tribus notables eran los Haimin y los Haqis.
La verdad es que tuve suerte, mucha suerte…
Ezda estaba vivo y residía en Beit Zur.
Era un beduino casi negro, ágil, hablador, y con una sonrisa permanentemente colgada del rostro. Tenía veintidós años. Hablaba arameo con dificultad, pero lo entendía a la perfección. Un molesto tic en los ojos lo tenía avergonzado.
Ya no era pastor. En esos momentos trabajaba como leñador en los bosques de Hebrón (un denario la jornada). Estaba casado y tenía cinco hijos legítimos (los ilegítimos eran incontables).
Necesité dos horas, mucha paciencia, y una buena bolsa de dinero para que me prestara atención. El sonido de las monedas hizo el milagro.
Le expliqué lo que deseaba y mostró gran sorpresa. Según Ezda, «yo era un griego loco y rico, pero eso le encantaba». Y se puso a mi servicio. Él conocía aquellos parajes, al sur del desierto de Judá, y sabía de otros nómadas que decían haber visto los merkavah o «carros volantes». Es más: aseguró que él vio «una Jerusalén volante en mitad de la noche».
No le concedí mucho crédito…
Veinte denarios de plata, por adelantado, y la promesa de otros tantos si regresábamos sanos y salvos, cerraron el trato.
Ezda apañó un jumento gris, cargó lo imprescindible, y al alba del 2 de junio, lunes, nos dirigimos al sur. Destino: el monte Holed, a 41 kilómetros de Beit Zur.
No dispuse de mucho tiempo —cuatro días—, pero supe exprimirlo.
Lo malo, como era habitual en aquellas latitudes, fue el calor. En junio, las temperaturas rondaban los 40 y 50 grados Celsius con suma facilidad. En ocasiones llegamos a los 60. La temperatura, además, era intensificada por la radiación solar. Debido a la baja humedad y a la ausencia de nubes, los rayos llegaban a tierra sin dificultad y convertían el suelo en un «radiador». Tuve que cubrir los pies y las sandalias con trapos, con el fin de evitar la ardiente arena y las piedras calcinadas. Para colmo, durante la noche, la temperatura caía en picado… Pero el gran problema —resuelto por el eficaz Ezda— fue el agua. El hombre, como los restantes mamíferos, es homeotermo; es decir, mantiene la temperatura de su cuerpo de manera casi constante: alrededor de 36 o 37 grados Celsius. Nosotros, para sobrevivir en un ambiente de 40 y 50 grados, nos veíamos obligados a perder calor mediante el sudor. Por cada gramo de agua liberado perdíamos del orden de 580 calorías. Hubo jornadas en las que cedimos diez litros de agua a través del sudor. Eso significaba, irremisiblemente, la caída de los índices de sodio, potasio y cloro. Como es sabido, la reserva de sal en el organismo es de 165 gramos. Era preciso ser muy cauto y compensar el déficit con un suministro permanente de agua. De eso, como digo, se ocupó Ezda. Él sabía…
Alcanzamos el Holed en la mañana del martes, 3 de junio del año 27.
Se trataba de una colina de yeso, destacada en una larga y estrecha cordillera. Según mis datos, 510 metros de altitud, paredes escarpadas y sedientas, y una cima en forma de trapecio, castigada por el sol y las tormentas de arena desde hacía millones de años. Un lugar poco recomendable…
Los beduinos la llamaban tabun, por su forma relativamente parecida a los hornos de cocción del pan.
La visión desde la cumbre era espectacular. En los días claros se distinguía la verde y pedregosa Samaría, al norte; las montañas de Hebrón, negras y misteriosas, al oeste, y el espejo azul del mar de la Sal, al este.
Dependiendo de la hora del día, las calizas, yesos, margas, arcillas y fosfatos que daban forma al Holed cambiaban de color, proporcionando al monte una lámina bellísima. A veces, el Holed era verde. A veces rosa o amarillo. A veces rojo… Era lo que los geólogos de hoy conocen por «efecto Jatrutim».
Casi en la base del Holed brotaba un manantial importante. Era un caño de agua fría y cristalina que se despeñaba a 80 metros de altura y terminaba remansándose a los pies de la colina. Allí formaba doce piscinas, intercomunicadas, que daban vida a hombres y animales. Allí crecía la caña, el junco, la lavándula, las alcaparras, las acacias enanas, la podonosma y la cizaña. Los badu conocían el lugar como la Gran Olla.
El lugar, como digo, era un hervidero de nómadas, rebaños y jaimas de todos los tamaños. Allí montamos el campamento base, junto a un corro de helechos de colores (después supe que me hallaba ante el Pteridophyta).
Ezda aseguró que era el lugar ideal para mis propósitos. Allí confluían beduinos de los cuatro puntos cardinales, contrabandistas de sal, pastores, pícaros e, incluso, bandoleros.
Aquella primera noche en la Gran Olla fue deliciosa: baño a la luz de las estrellas —se caían—, un fuego poderoso, una hogaza de pan caliente mojado en aceite, cordero asado, y miel. Y ella en lo alto, brillando…
Ezda me presentó a los badu y empezamos a conversar.
Al día siguiente, según lo previsto, recorrimos los montes Harduf, Hezron y Badar y nos adentramos en los cañones y wadis, peinando los remotos parajes de Zefira, Qanna’im, Ben Ya’ir, Na’ama, Aneva, Ze’elim, Zafzafa, Namer y Be’er Qeresh.
Fueron días agotadores, en los que conversé con decenas de nómadas. Los resultados fueron asombrosos.
Pero debo empezar por el principio.
En la Gran Olla vivían los Zeben, de los que me habían dado razón en Beit Sahur, la aldea próxima a Belén.
Al principio, como buenos badu, se resistieron a hablar. Exigían dinero. Unas monedas los calmaron.
Tihy y Sahab, como dije, eran hermanos. Una noche de los primeros días de septiembre del año menos 7, cuando vigilaban el rebaño de ovejas y cabras en las proximidades de Beit Sahur, fueron testigos de algo desconcertante. Se hallaban con su padre, Aref, ya fallecido.
—Podía ser la primera vigilia de la noche —explicaron.
Calculé entre el ocaso y las 21 horas.
—La noche era serena.
Sahab asentía con la cabeza.
—Entonces observamos que el rebaño corría de un lado para otro, muy inquieto. Y los perros empezaron a aullar. Estaban descompuestos. Miramos a todos lados, pero no apreciamos nada raro. Y pensamos en lobos.
—Entonces —prosiguió Sahab— nuestro padre nos alertó. E indicó el cielo estrellado. Entre los luceros descubrimos una ciudad que volaba…
Notaron mi escepticismo y Tihy se apresuró a jurar por sus muertos:
—¿Qué necesidad tenemos de mentir?
Traté de que puntualizaran. ¿Cómo era esa «ciudad que volaba»?
—Muy grande —respondieron a la vez— y llena de luces.
Sahab fue más preciso:
—Era como Jerusalén…
—Pero, ¿qué forma tenía?
—Redonda, como una rueda… Y fue aproximándose a los corrales. Los perros huyeron y las ovejas se aplastaron unas contra otras. Estaban aterrorizadas.
La voz de Sahab se quebró. El recuerdo de la visión no le gustaba. Pero lo animé a proseguir.
—Y la «ciudad» siguió bajando, hasta situarse sobre las copas de unos árboles. Allí permaneció un buen rato…
Traté de obtener más detalles: forma, distancia, ruido… Lo conseguí a medias. La «ciudad» no hacía ruido. Y se mantenía inmóvil sobre los robles. Los pastores se encontraban a poco más de ochenta metros.
—Las luces eran cegadoras —prosiguió Tihy—. Se veía el campo con detalle, como si fuera la hora sexta (mediodía).
—¿Qué hicisteis?
—Nada. Temblar… Imaginamos que era la «ciudad» de los žnun, los diablos… ¿Venían a por nosotros? Y, de pronto, los vimos llegar…
—¿A quién?
—A los žnun… Eran tres individuos extraños…
Tihy hizo un esfuerzo. Tragó saliva y añadió:
—Nos asustamos de verdad… No eran muy altos. Caminaban con una sola pierna…
Quedé perplejo. Aquellos pastores no tenían tanta imaginación…
—¿Una sola pierna? ¿Cómo puede ser?
—No lo sabemos… Se movían a saltos. No tenían brazos…
Poco faltó para que me levantara y olvidara la conversación. Pero algo me retuvo junto a los badu.
—Caminaban a saltos —insistió Sahab— y llegaron hasta nosotros, muy cerca…
—¿Cómo de cerca?
Indicó una de las retamas. Calculé tres metros. Y continuó:
—Brillaban… Todo su cuerpo brillaba. Los rostros eran preciosos, con los cabellos blancos y largos, hasta los hombros, y los ojos grandes, azules y dulces. No tenían nariz ni boca… Hablaron, pero no sé cómo lo hicieron. Sus palabras sonaban en el interior de la cabeza…
Al parecer, la posible transmisión mental fue recibida por los tres pastores. Todos oyeron lo mismo. Según entendí, escucharon una sola voz. Era lo que los judíos llamaban bath kol o «voces celestiales». Para los escribas y doctores de la Ley, estas «voces celestiales» eran equivalentes a las profecías. Para los fariseos y sacerdotes, el bath kol no significaba nada; como mucho, la locura…
—¿Y qué dijo esa voz?
—«Micael ha llegado… ¡Alegraos!»
Pocos días antes (el 21 de agosto), como fue dicho, se había registrado el nacimiento en Belén del Hijo del Hombre.
—¿En qué lengua habló?
—Primero en arameo —replicó Sahab—. Después habló en arab (árabe).
—Es decir —traté de aclarar—, la voz se dirigió a vosotros en dos idiomas…
Asintieron.
—¿Y qué sucedió?
—Los žnun se alejaron hacia la «ciudad que volaba» y no volvimos a verlos.
—¿Cómo se alejaron?
—A saltos… Los vimos entrar en la «ciudad que brillaba» y desaparecieron.
—¿Y la «ciudad»?
—Allí se quedó durante toda la noche. Al alba empezó a subir, muy despacio, y se perdió en los cielos.
—¿Y vosotros?
—Regresamos a la aldea. Nunca supimos quién era ese Micael…
En la colina llamada Badar, al sur del monte Holed, de 472 metros de altitud encontré otro testimonio desconcertante.
Una familia igualmente badu, llamada Fucara, recordaba, con toda clase de detalles, lo vivido en el mes de elul (agosto) del año 23 de nuestra era.
El jefe del clan —un tal Halil— hizo el siguiente relato:
—Un día se presentó en Badar un pastor loco. Dijo ser nazir. Era muy alto y tenía el cabello recogido en siete trenzas…
A la mente me llegó la imagen del Bautista. Y me interesé por el aspecto del «pastor loco».
—Podía tener dos metros de altura —recordó el beduino— y lucía una mariposa en la cara.
No había duda. Era Yehohanan.
—… Sus ojos eran como los de los žnun —añadió Halil—. Rojos y perversos… Viajaba con una colmena de colores y un ayudante. Era un pastor más joven.
Supuse que hablaba de Ezda. El joven me miró y asintió con la cabeza, en silencio. Los Fucara no supieron que el ayudante del «pastor loco» se hallaba presente. Y prosiguieron:
—El loco casi no hablaba… Dejó al acompañante y al ganado al pie de la colina y subió a la cima.
Ezda siguió afirmando con la cabeza.
—Esa noche vimos algo muy raro… Entre las estrellas apareció una muy luminosa.
Pregunté por la intensidad de la «estrella» pero no se pusieron de acuerdo. Unos aseguraban que era tan grande como una luna llena. Otros decían que mucho más grande.
Halil intentó poner orden.
—Y la estrella —se impuso finalmente el jefe del clan— empezó a bajar hacia la cumbre de la montaña.
La treintena de personas que nos acompañaba confirmó las palabras del sheikh con gritos, saltos, y juramentos. Y marcaban con las manos las dimensiones del objeto.
—Al caer la estrella —prosiguió el encendido Halil— toda la montaña se iluminó. Veíamos las piedras, el camino y los cañones… Badar, entonces, se cubrió con una niebla blanca y espesa. Y el pastor desapareció durante cuarenta días.
—No entiendo. ¿Cómo desapareció?
—Desapareció… No lo vimos más.
—¿Y la «estrella»?
—Suponemos que continuó en lo alto del monte. Allí la veíamos brillar, en el interior de la niebla.
—¿Cuánto tiempo permaneció la estrella sobre la cima del Badar?
—Te lo hemos dicho: cuarenta días…
Al cabo de ese tiempo —según los badu—, la niebla se disipó. Y vieron bajar a Yehohanan…
—Cargaba un saco largo, estrecho, y embreado —redondeó Halil—. Apestaba…
E imaginé que se refería al megillah, el singular pergamino que me mostró en la garganta del Firán y que conseguí analizar en la «cuna». Yo lo llamé el «323» o pergamino de la victoria. El rollo aparecía minuciosamente envuelto en un tosco tejido de arpillera.
Quedé tan desconcertado que solo acerté a guardar silencio. Y el jeque tomó aquella actitud como un insulto.
—¿Es que no nos crees?
Dije que sí, pero a destiempo.
Y Halil enumeró a sus dioses tutelares, poniéndolos como testigos. Le gritó a Lat, el peñasco cuadrado, y solicitó la muerte si no decía la verdad. Después invocó a Ouzza, el ídolo que habitaba en los árboles, y pidió la muerte de su ganado si mentía. Invocó también a Manad y a Wadd, los dioses del destino y de la amistad. Y solicitó que sus pozos se secaran si no decía la verdad.
Necesité tiempo y paciencia para convencerlo de que sí le creía.
En total, según mis cálculos, el descenso de la «estrella» sobre la cima del Badar fue presenciado por la totalidad de la tribu: 38 testigos. Y todos asistieron —atónitos— a la misteriosa niebla y al retorno del «pastor loco».
Sinceramente, no dudé de sus testimonios. Los Fucara no tenían por qué saber de la existencia del saco embreado y maloliente.
Y recapacité.
Yehohanan no había inventado ni mentido. En cierta ocasión, ante las preguntas de los escribas y los saduceos sobre el citado megillah, el Bautista respondió que dicho pergamino se lo había dado el hombre abeja, y en el interior de un merkavah o «carro de fuego». Y añadió:
—El hombre abeja lo dibujó para mí… ¡Es un megillah santo!…
Según Yehohanan, el hombre abeja era una hayyot, una criatura celeste con la que conversó en numerosas ocasiones. Según la Torá, hayyot (en realidad hayiot) es el femenino plural de jay (viviente), que deriva de la raíz hebrea jayá (vivir, ser). El profeta Ezequiel los describe en 1,5: «El año treinta, el día cinco del cuarto mes, encontrándome yo entre los deportados, a orillas del río Kebar, se abrió el cielo y contemplé visiones divinas… Yo miré: vi un viento huracanado que venía del norte, una gran nube con fuego fulgurante y resplandores en torno, y en el medio como el fulgor del electro, en medio del fuego. Había en el centro como una forma de cuatro seres cuyo aspecto era el siguiente: tenían forma humana. Tenían cada uno cuatro caras, y cuatro alas cada uno. Sus piernas eran rectas y la planta de sus pies era como la planta de la pezuña del buey y relucían como el fulgor del bronce bruñido…».
Según los escribas, las hayyot vivían en un firmamento especial, por encima del aravot (desierto). La longitud de ese cielo —decían— era superior a la distancia que podría recorrer un hombre, a pie, en mil quinientos años.
De regreso a la cueva de Machpela, Ezda me contó lo que había visto durante esos cuarenta días de espera al pie de la colina que llamaban Badar.
Hizo un relato prácticamente similar al de Halil y sus beduinos y añadió que, a lo largo de muchas de aquellas noches, se vio sorprendido por el vuelo —a baja altura— de infinidad de luces de colores. Las llamó bath kol. Eran muchas —más de cien— y grandes como melones. Las había rojas, azules, amarillas y blancas. Se aproximaban a él y a las ovejas y permanecían un tiempo sobre sus cabezas. Después se alejaban hacia la cima de la montaña.
En esos cuarenta días, tres ovejas aparecieron misteriosamente muertas, sin una gota de sangre, y con unos extraños orificios en el cuello. A una de ellas le arrancaron la lengua. El pastor no supo qué había sucedido.
Cuando pregunté por qué había esperado el regreso de su amo durante tanto tiempo, Ezda respondió con algo que me dejó atónito:
—Las luces de colores hablaban…
—¿Hablaban?
El muchacho asintió. Y aseguró que no estaba loco.
—Yo las oí muchas veces —añadió—. Se paraban sobre mi cabeza y escuchaba una voz. Decía: «¡Espera a tu amo!».
Según Ezda, a su regreso, el Bautista le habló —no mucho— sobre su estancia en la cima del monte. Dijo que había entrado en un merkavah de oro y plata. Y allí lo mantuvieron durante muchos días. Le extrajeron sangre por los tobillos y lo alimentaron con miel y con un líquido de color azul. Después le hablaron sin hablar. En el interior —eso dijo— vio a los hombres abeja. Eran muy altos, más que Yehohanan, y tenían las cabezas como los insectos. Vestían túnicas negras y las manos eran como pinzas, sin dedos. Antes de abandonar el «carro de fuego», uno de los hombres abeja le entregó el «323», guardado en el saco embreado.
Y en el interior del merkavah dijo haber visto una «pintura que se movía». Se hallaba en una de las paredes.
No entendí y solicité más información, pero el pobre pastor no pudo aclarar el enigma.
¿Una pintura que se movía? Y pensé en una pantalla de televisión… Pero no estoy seguro.
—En ella —prosiguió Ezda— mi amo vio un cielo negro y estrellado. Y en él, una roca enorme que volaba… Miles de luces la escoltaban. Los hombres abeja dijeron que se trataba de Gog, un peñasco que terminaría con los impíos.
Entonces entendí el porqué de las repetidas filípicas del Bautista, en las que amenazaba con aquella roca…
¿Gog?… ¿Un gran meteorito? ¿Le fue mostrado a Yehohanan en el año 23 de nuestra era? ¿Sabían los hombres abeja que se acercaba a la Tierra? Y la cuestión más intrigante: ¿qué tenía que ver el pergamino «323» con la llegada de esa roca?
Retornamos al campamento, cerca del santuario de Machpela, al atardecer del 7 de junio (año 27).
Tuvimos suerte…
Ezda recibió el salario estipulado y se despidió de este explorador con lágrimas en los ojos.
Nunca había vivido una aventura tan excitante…
Yo, sinceramente, seguía desconcertado. Lo vivido al sur del desierto de Judá quebró mis estúpidos esquemas mentales…
Y tuve que reconocer algo.
En mis diarios había cometido un error; mejor dicho, una injusticia.
En una de mis conversaciones con María, la Señora, al relatar lo ocurrido aquel 21 de agosto del año menos 7 (fecha del nacimiento de Jesús), llegué a escribir: «… Por supuesto, aunque cae por su propio peso, durante el parto (de María) no hubo ningún animal (los tradicionales buey y asno) en el recinto. Y siento defraudar igualmente a los que siempre creyeron en las “apariciones” de los ángeles a los pastores de las cercanías de la aldea de Belén. Por las informaciones de María, salvo sus amigos y parientes, nadie extraño acudió a conocer al Niño. El evangelista Lucas, al parecer, se sacó de la manga toda esa bella historia de los “coros celestiales” y del “anuncio a los referidos pastores”».
Rectifico. Lucas llevaba razón. Según mis investigaciones, sí hubo ángeles…, aunque algo extraños. Nunca pensé en criaturas celestiales ¡con una sola pierna!
Algún tiempo después, cuando Eliseo, mi hermano, supo de mis correrías en aquella región del sur del desierto de Judá, me advirtió sobre un dato que, sinceramente, había pasado inadvertido para quien esto escribe.
Eliseo, experto en kábala, señaló las altitudes de tres de las colinas en las que tuvieron lugar los extraordinarios hechos ya relatados y sonrió, asombrado.
Me explico.
Esas altitudes eran las siguientes: Hezron (556 metros), Badar (472) y Harduf (454).
Reducidas dichas cifras a un solo dígito (5 más 5 más 6 = 16= 1 más 6 = 7), (4 más 7 más 2 = 13 = 1 más 3 = 4) y (4 más 5 más 4 = 13 = 1 más 3 = 4) se obtenían dos números: «744» y «447» (dependiendo de cómo se contemplase el resultado).
Pues bien, en kábala, «744» equivale al término «guiado».
Por su parte, «447» tiene el mismo valor numérico que la palabra «Dios».
Quedé nuevamente desconcertado.
Y Eliseo procedió a «leer» la simbología de las citadas tres alturas:
—¡Guiado por Dios!
Y me felicitó.
Según él, este explorador fue guiado por los cielos en mi aventura en el desierto de Judá.
No lo dudé…

Recorrido del mayor y Ezda por el sur del desierto de Judá.