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DEL 8 AL 26 DE JUNIO
(AÑO 27)
Bartolomé, el Oso de Caná, y Judas Iscariote regresaron el lunes, 9 de junio del año 27 de nuestra era.
Nosotros lo hicimos dos días antes.
Sí, llegué a lo justo…
En efecto, había inquietud entre las esposas y familiares de los discípulos. Los sueños de los gemelos Alfeo fueron premonitorios. La orden de caza y captura del Maestro, por parte del Sanedrín, alteró los ánimos de las mujeres que esperaban a orillas del mar de Tiberíades. La captura de Jesús podía significar la prisión para los íntimos…, o algo peor. Era lógico que estuvieran preocupados.
No fue, por tanto, un problema de dinero; esta vez no…
El Oso hizo lo que pudo, que no fue mucho. Y las esposas exigieron que «terminara aquella locura». Querían a sus hombres con ellas, en el yam. Estaban dispuestas a reunirse de nuevo con el Maestro y dialogar. Bartolomé aseguró que estaban furiosas.
Andrés, el jefe, prometió estudiar el asunto y fijar una fecha para esa reunión en el lago. Todos estuvieron de acuerdo. Jesús no participó en las conversaciones. Y dio por bueno lo acordado por la mayoría.
Y ese mismo lunes, 9 de junio, Andrés dio la orden de levantar el campamento.
¿Hacia dónde se dirigían? ¿Cuáles eran los planes del Galileo? ¿Debíamos seguir huyendo? ¿Volverían al yam con sus familias?
Nada de eso.
Los deseos del Maestro señalaron en otra dirección.
Y todos quedamos sorprendidos.
¡Jerusalén!
Los íntimos, perplejos y asustados, discutieron entre ellos.
¿Jerusalén?
El Sanedrín apresaría al Hijo del Hombre…
—No podemos ser tan estúpidos —gritaban—. ¡Jerusalén no!
Pero nadie consiguió convencer al rabí.
Andrés y la tabbah se reunieron con Jesús e intentaron hacerle ver los graves inconvenientes que encerraba una visita a la Ciudad Santa.
El Galileo escuchó y, con el rostro grave, replicó:
—Es la voluntad del Padre Azul…
Punto final.
Y a la hora sexta (mediodía) nos pusimos en camino.
Sigal, la hechicera, fue trasladada al reda cubierto.
Las heridas mejoraban. Felipe había conseguido frenar la infección. La mujer seguía muda. Solo sabía llorar.
Esa noche acampamos cerca de la aldea de Beit Sahur. Y la familia de Sigal se hizo cargo de ella. Andrés explicó lo sucedido y los badu se alejaron, en silencio; un preocupante silencio… ¿Volveríamos a verla? Por supuesto, y antes de lo que imaginaba.
Al día siguiente divisamos Jerusalén. Parecía una gacela, reclinada entre colinas.
Los discípulos temblaban.
Muchos de ellos dispusieron las espadas y las ocultaron bajo las túnicas.
Pelearían. Esa fue la consigna entre los íntimos. Pelearían por su Maestro. No consentirían que las malditas castas sacerdotales le pusieran la mano encima.
Pelearían hasta la muerte…
Jesús —lo sé— leía en sus corazones. Pero se mantuvo al margen.
Al llegar a Betania, Andrés dio una escueta orden: el carro cubierto y Zal se quedarían en la hacienda de Lázaro. El resto continuó hasta la base del monte de los Olivos o de las Aceitunas.
Creí entender. El Maestro —dadas las circunstancias— no quiso comprometer a sus amigos.
Una vez allí, con Jesús a la cabeza, el grupo ascendió hasta la cima y fue a buscar el familiar huerto de Simón, el leproso, ubicado, como ya expliqué, en la ladera occidental de la colina.
Y allí montamos las tiendas.
El huerto de Getsemaní, como dije, era una explanada breve, rodeada por un murete de piedra de un metro escaso de altura. En uno de los lados del rectángulo, cerca de la cancela de madera que hacía de puerta, habían colocado una gran cuba de piedra. Al fondo saludaron unos esperpénticos olivos centenarios, con unos brazos retorcidos e imposibles.
Por supuesto, Felipe no consintió que la Chipriota se quedara en Betania.
Esa noche, tras la cena, el Maestro tomó la palabra y fue claro y rotundo: nada de predicación.
Los discípulos no entendían.
¿Por qué estábamos a las puertas de Jerusalén? El Sanedrín no tardaría en averiguar dónde nos encontrábamos.
Jesús sí sabía lo que hacía.
Yo necesitaría unos días para descubrirlo…
Y así fue.
La notica de la presencia del «hacedor de maravillas» en el monte de los Olivos no tardó en propagarse.
Y empezó a llegar gente.
Al principio tímidamente; después en masa.
Y volvieron a repetirse las viejas escenas. La tabbah se las veía y se las deseaba para contener a los curiosos. Saltaban el muro y se colaban en el huerto, buscando al Galileo.
Todos suplicaban. Todos deseaban tocarle. Todos tenían un familiar muy enfermo…
El Hijo del Hombre, siguiendo el consejo de Andrés, se retiraba al alba y regresaba con el ocaso. A veces le acompañaba la escolta habitual. En otras oportunidades se alejaba en solitario. Todos sabíamos que se dedicaba a «conversar» con el Padre Azul.
Uno de aquellos días —creo recordar que el viernes, 13 de junio (año 27)—, el Maestro no tuvo tiempo de escapar.
Poco después del alba —hacia las 04 horas y 22 minutos—, cuando ordeñaba a la Chipriota, Jesús fue abordado por un grupo de escribas y doctores de la Ley. Vestían de blanco inmaculado y portaban las tablillas enceradas sobre las que escribían habitualmente.
Pedro y los Zebedeos se excusaron. No pudieron hacer nada para evitar el ingreso de aquellos notables en el huerto.
Jesús los recibió amablemente. Los invitó a leche caliente, pero la rechazaron.
Y fueron a sentarse al pie de uno de los olivos.
El Oso y este explorador permanecimos cerca.
Los escribas —a los que ya me he referido en otras oportunidades— eran los máximos expertos de la Torá. Conocían los textos bíblicos del derecho y del revés. Nada escapaba a su análisis. La gente, al verlos pasar, se levantaba de sus asientos e inclinaba las cabezas en señal de respeto. Pero también eran retorcidos e hipócritas…
La visita, obviamente, no fue casual. Imaginé que el Sanedrín estaba detrás…
No me equivoqué.
Y los escribas y doctores de la Ley fueron directos a lo que les importaba:
—Te llaman rabí (maestro)… Dinos, ¿en qué escuela rabínica has estudiado y cuántos años? ¿Quién fue tu maestro?
Las preguntas eran puro veneno. El hecho de no haber estudiado en las escuelas rabínicas —Jesús nunca lo hizo— invalidaba para hablar, públicamente o en privado, sobre la Ley.
Y aquellos malnacidos sonrieron, cínicamente.
—En verdad os digo —replicó el Maestro con calma— que antes de que fuera la Torá, yo era…
Y surgieron los primeros murmullos de desaprobación.
—Dicen que eres el Mesías —intervino otro de los escribas—. Demuéstralo…
Jesús comprendió. Aquellos individuos pretendían perderle.
Tres sacaron las tablillas y se dispusieron a escribir lo dicho por el rabí.
Y el Galileo fue rotundo, una vez más:
—No soy ese Mesías que esperáis… Lo he dicho muchas veces. ¿Hasta cuándo deberé tener paciencia con vosotros?
Anotaban y anotaban con los punzones de metal.
—Miqueas —aportó uno de ellos— dice que nacerá en Belén. Tú naciste en Belén.
Y recitó, de memoria:
—Más tú, Belén Efratá, aunque eres la menor entre las familias de Judá, de ti me ha de salir aquel que ha de dominar en Israel… Y se alzará y pastoreará con el poder de Yavé, bendito sea su nombre…
Era, en efecto, el texto del profeta Miqueas (5, 1-3).
Jesús se limitó a sonreír.
Otro de los escribas apuntó:
—E Isaías predice que enseñará en la Galilea… Tú lo has hecho…
—Y tratará a los pecadores —le interrumpió el Hijo del Hombre— con mansedumbre y benignidad…
—Y Malaquías asegura —terció otro— que, tras la llegada del Mesías, el Templo quedará destruido… ¿Piensas destruirlo?
—Dices bien —contestó el Maestro—, pero no seré yo quien lo derribe…
Y Jesús me buscó con la mirada.
Mensaje recibido.
La siguiente pregunta también llevaba veneno:
—¿Eres tú el mensajero del que habla Malaquías?
El escriba hacía alusión al capítulo 3, versículo 1: «He aquí que yo envío a mi mensajero a allanar el camino delante de mí».
La respuesta del Maestro me dejó confuso:
—No podéis entenderlo… Malaquías no se refería a mí.
—Entonces, ¿a quién? —preguntó el escriba.
El Galileo volvió a mirarme, y lo hizo intensamente. Finalmente respondió:
—Vosotros no lo veréis… Ese mensajero llegará antes de la gran luz…
Y Jesús recitó otro texto de Isaías (9, 1):
—Or gadol…, una gran luz… Y los que vivían en tierra de sombras, una luz brilló sobre ellos… Or gadol.
Guardaron silencio, tan confundidos como este explorador. No supe a quién se refería. ¿Aparecería un mensajero antes de la gran luz?
Y recibí en la mente una vieja imagen: Gog, la piedra maldita que chocará con la Tierra. Pero, por más vueltas que le di, no logré aclarar el asunto. ¿Un mensajero allanará el camino del Maestro antes del impacto?
Aquello era de locos…
Otro de los escribas siguió con el interrogatorio:
—Sabemos que el Génesis habla del Mesías. Nacerá de la estirpe de Abraham. Tú lo eres… El Mesías descenderá de Isaac. Tú desciendes de él. Nos hemos informado… Y descenderá de Jacob y de David… Tu padre era pariente del rey David.
Jesús rectificó al escriba:
—Es mi madre la que desciende de la estirpe de David…
—Por tanto —argumentó otro de los doctores—, tú eres heredero de David.
—Lo soy —admitió el Galileo—, pero no soy el Mesías que esperáis… Mi reino no es de este mundo.
No escucharon, o no quisieron oír. Y continuaron con la matraca:
—Daniel dice que faltan setenta semanas para poner fin a la rebeldía…
En esta ocasión invocaron el capítulo 9 (24 y 26) del referido Daniel: «Setenta semanas están fijadas sobre tu pueblo y tu ciudad santa para poner fin a la rebeldía… Y después de las sesenta y dos semanas un mesías será suprimido».
Hice cálculos. No supe a qué se refería. ¿Setenta semanas a partir de cuándo?
La intervención de otro escriba me obligó a olvidar el asunto de las setenta semanas:
—Zacarías habla de un Mesías que será condenado a muerte, que será azotado y escupido, que será taladrado, que será crucificado, que sufrirá del tormento de la sed…
El Galileo, con el rostro grave, fue asintiendo con la cabeza. Y los escribas —a coro— preguntaron:
—¿Eres tú ese Mesías?
—Pronto comprobaréis que Zacarías profetizó con verdad. …Pero, insisto, yo no soy el Mesías…
—¿Estás hablando de tu muerte?
—Así es —respondió el Galileo sin rodeos—. Y en verdad os digo que el mundo reprochará vuestra ceguera. Pero regresaré y os acogeré…
No entendieron. Y continuaron con las preguntas:
—¿Regresarás? ¿Después de muerto?
Algunas risitas escaparon, incontenibles.
—Regresaré —intervino Jesús con una seguridad que los dejó perplejos.
—¿Y cuándo será eso? —se burlaron los escribas.
—Detrás de la gran luz… Pero antes —y el Maestro citó a Zacarías— no habrá ya luz, sino frío y hielo…
Yo tampoco comprendí. Las palabras del rabí resultaron especialmente oscuras para este explorador. Fue mucho después, al retornar a mi mundo, cuando empecé a intuir…
Y quedé sobrecogido.
Los escribas y doctores de la Ley permanecieron con el Maestro el resto de la mañana. Pero sus preguntas fueron igualmente torpes y envenenadas. Después se alejaron, rabiosos.
David Zebedeo, jefe de los correos, no tardó en traer la noticia que todos esperaban: el Sanedrín sabía de la presencia en Getsemaní de Jesús de Nazaret y hacía planes para detenerlo. Andrés y el resto intentaron convencerlo: tenían que huir a un lugar seguro. Pero el Galileo se negó. No se movería de Getsemaní.
Sinceramente, no conseguía comprenderlo.
Y las noticias siguieron llegando…
El Sanedrín, desconcertado ante la pasividad del Galileo, cambió de táctica. Y optó por esperar.
Pensaron que el Maestro no predicaba porque, sencillamente, tenía miedo. Y las castas sacerdotales, los fariseos y los saduceos emprendieron una feroz campaña de difamación. Lo acusaron de todo. Lo más suave fue homosexual.
La intención de aquellos bastardos era clara: agotar al personaje sin necesidad de apresarlo. «Su miedo —decían— es su peor cárcel. La gente terminará por darle la espalda».
Se equivocaron, naturalmente…
Pero la campaña de infundios, como digo, fue feroz. Todos los días llegaban falsas noticias, acusándolo de ladrón, blasfemo, manipulador, ególatra y afeminado.
Los discípulos —indignados— lloraban de rabia e impotencia.
Pero el Maestro se mantenía sereno. En ningún momento discutió con sus hombres. Se limitaba a abandonar Getsemaní y se perdía en las colinas cercanas, casi siempre en la compañía de su fiel perro.
A veces, al regresar al campamento, oía los comentarios y los nuevos bulos, pero no alzaba la voz ni trataba de corregir aquellas maldades. Todos sabíamos que era un buen Hombre; el mejor que habíamos conocido…
Pero, ¿por qué soportar aquella situación? No tenía sentido. Podíamos huir a la Decápolis o a los territorios de Filipo. El rey albino nos protegería. Andrés lo propuso muchas veces. Sería cuestión de esperar tiempos mejores… El Maestro, sin embargo, se resistía. Algo le retenía en Getsemaní. Pero, ¿qué? ¿Pretendía hablar en el Templo? ¿Consideraba que había llegado el momento de demostrar su poder?
Todo eran especulaciones entre los íntimos. La verdad no conocía a nadie.
Y llegó el jueves, 19 de junio del año 27 de nuestra era.
En los diecisiete días que permanecimos en el huerto de Getsemaní, Jesús visitó Jerusalén en cuatro oportunidades y siempre de incógnito.
Paseaba por el barrio bajo o sŭq-ha-tajtôn o ascendía a la zona alta (sŭq-ha-elyon), ubicada al noroeste de la Ciudad Santa. Caminaba por las callejas, conversaba con los artesanos y con las familias, hacía «’im», y regresaba al huerto antes del anochecer. La tabbah no le abandonó en ningún momento.
No hubo predicaciones. Es más: Jesús evitó el Templo.
Y, como decía, se presentó el jueves, 19 de junio.
Ese día, el alba llegó puntual y violeta. Eran las 04 horas, 22 minutos y 46 segundos de un supuesto Tiempo Universal (TU).
Durante la mañana, el Maestro atendió —paciente y cordial— a cuantos se acercaron a la cancela del huerto de Getsemaní.
Se sentó con ellos bajo los olivos y les habló del Padre Azul, del benéfico futuro que les aguardaba, del precioso regalo del alma inmortal y, sobre todo, los animó a confiar. Mejor dicho, a CONFIAR…
Y a eso de la nona (tres de la tarde) los despidió y manifestó su deseo de bajar a Jerusalén. Andrés no salía de su asombro. Era tarde. Faltaban tres horas y media para el ocaso. En breve nos quedaríamos sin luz…
La tabbah también expresó su extrañeza.
¿Qué se proponía? ¿A quién deseaba visitar?
El Maestro no hizo caso de las sensatas opiniones de sus hombres. Colgó una calabaza con agua de su hombro izquierdo y me miró intensamente. Yo sabía qué representaba esa mirada: deseaba que lo acompañara. Y así lo hice.
Y Pedro, los hermanos Zebedeo, Mateo y quien esto escribe lo arropamos.
Y descendimos por la ladera oeste del monte de las Aceitunas, en dirección a Jerusalén.
Jesús no hizo comentario alguno. Caminó con sus típicas y largas zancadas y se dirigió al barrio alto de la ciudad.
Yo lo seguía desconcertado.
¿Qué pretendía?
Parecía buscar algo o a alguien…
No tardaría en comprender.
Y fue al callejear por una de las angostas callejuelas del sŭq-ha-elyon cuando los vimos aproximarse.
¡Vaya!
Una patrulla romana se abría paso —lentamente— hacia nosotros.
Sumé diez mercenarios y un optio, un suboficial.
Escoltaban a un preso.
Eran soldados jóvenes, protegidos con sendas corazas de cuero leonado, hasta la cintura, y cascos, también de cuero. Una túnica roja, sin mangas, hasta la mitad del muslo, completaba el atuendo. Al costado derecho, como era preceptivo, colgaba la temida hispanicus, la espada de doble filo y medio metro de longitud. En el izquierdo presentaban la semispatha, un puñal no menos temido.
El reo cargaba un grueso madero de dos metros de longitud.
El árbol había sido dispuesto sobre la nuca y los brazos del que, probablemente, iba a ser ajusticiado. Se trataba del patibulum, el tronco transversal de la cruz. Yo lo había visto (lo vería en el futuro), cuando el Maestro fue crucificado.
Los brazos del reo aparecían fuertemente sujetos al madero a base de cuerdas.
Dos mercenarios lo azotaban salvajemente.
Era un individuo joven, con la cabellera larga y sucia y una barba negra, hasta la cintura.
Deduje que podía tratarse de un zelota, un terrorista (el brazo armado de los fariseos).
El supuesto zelota avanzaba con dificultad, con la boca muy abierta, y jadeando. La espalda y las piernas eran un reguero de sangre.
La estrechez de la calle obligaba al prisionero a girar el madero y a caminar casi de costado. A cada poco, el árbol chocaba con los muros y desestabilizaba la penosa marcha del reo.
La patrulla llegó a nuestra altura y los primeros soldados nos empujaron sin palabras y sin consideración. Y nos vimos obligados a permanecer inmóviles y con las espaldas pegadas a la pared.
Mateo palideció.
Juan Zebedeo maldijo por lo bajo. Pero los mercenarios —probablemente sirios— no entendieron.
Santiago de Zebedeo y Pedro estaban igualmente asustados.
Observé a Jesús. Se mantenía sereno, con la vista fija en el joven y ensangrentado zelota.
Y, de pronto, el reo —sin fuerzas— se derrumbó, golpeando el rostro contra el adoquinado.
Los soldados no tuvieron piedad y la emprendieron a patadas con el desgraciado preso.
La patrulla se detuvo.
Conté quince patadas y otros tantos latigazos.
Fue inútil.
El reo estaba exhausto.
La sangre salpicó las paredes y las túnicas.
El muchacho intentó alzarse en dos ocasiones, pero no pudo. El madero podía pesar más de treinta kilos.
Nadie respiraba.
Juan había empezado a llorar…
Pedro tenía los ojos espantados.
Fue en esos críticos instantes cuando el Hijo del Hombre —rápido— se abrió paso entre los kittim y se arrodilló frente al reo.
Nos pilló por sorpresa a todos, incluidos los soldados. Nadie acertó a reaccionar.
Jesús abrió la calabaza y la aproximó a los labios rotos del zelota.
Y el hombre bebió con desesperación. Sus ojos, medio cerrados por los hematomas, se dirigieron primero a las manos y después al rostro de su benefactor. Jesús dibujó una leve sonrisa, suficiente para iluminar al muchacho.
En eso se presentó el optio y preguntó qué sucedía.
Uno de los mercenarios levantó el látigo —un flagrum de cuatro correas— e hizo ademán de golpear al Maestro.
Jesús giró la cabeza y miró a los ojos al soldado.
¡Dios bendito!… ¡Qué poder el de aquella mirada!
Y el mercenario quedó paralizado, con el látigo en alto y los ojos vidriosos.
Después, lentamente, sin nervios, el rabí siguió dando de beber al reo.
El suboficial, comprendiendo, ordenó calma.
Y el soldado bajó el flagrum, desconcertado.
Dos minutos después, Jesús cerró la calabaza, se puso en pie, lanzó una sonrisa de gratitud al optio, y dio un paso atrás, alineándose con sus hombres, con la espalda pegada al muro.
La patrulla no se movió.
El preso continuaba en el suelo, aplastado por el patibulum.
Y el optio, comprendiendo que el prisionero no podría seguir caminando bajo el peso del madero, ordenó a sus hombres que lo liberaran.
Los mercenarios se miraron, desconcertados, pero obedecieron.
Soltaron las cuerdas, pero el reo no se movió.
Y en mitad de un espeso silencio, el suboficial paseó la mirada por los seis individuos que nos apretábamos contra la pared.
Señaló al Galileo y, en un pésimo arameo, ordenó:
—¡Tú…, cargar madero!
No tuvo que repetir la orden. El rabí entregó la calabaza a Pedro y se apresuró a cargar el patibulum.
Se me heló la sangre en las venas…
Una escena parecida se repetiría en abril del año 30, casi tres años después.
Un campesino llamado Simón, natural de Cirene, en la costa africana, sería obligado a cargar el madero que reposaba sobre el casco de espinas y los brazos del Hijo del Hombre cuando marchaba hacia el Gólgota[13].
Jesús, decidido, echó el árbol sobre el hombro izquierdo, sujetándolo con ambas manos.
Y, por indicación del suboficial, siguió a los soldados.
Nosotros, temerosos, lo acompañamos detrás de la patrulla y a corta distancia.
Nadie dijo nada, pero, creo, todos pensamos lo mismo: si el Sanedrín se percataba de la situación, ¿qué sucedería?
Intenté apartar aquellos funestos pensamientos. Eso no era posible; todavía no…
El reo fue levantado por los mercenarios y obligado a caminar.
Tenía la vista perdida.
Y los romanos volvieron a azotarlo. Pero tuve la impresión de que el zelota ya no sentía dolor. Avanzaba como un autómata.
Y así caminamos —despacio— por las callejuelas de aquella zona de la ciudad.
La gente se asomaba a las ventanas y cuchicheaba en las esquinas: «¿Quién era el individuo que cargaba el patibulum?»
Algunos lo reconocieron y gritaron:
—¡¡Viva el Mesías!!
Media hora después alcanzamos la puerta de Efraím, al noroeste de Jerusalén. Allí, muy cerca, se encontraba el objetivo de los kittim: el «Râs» o «Cabeza», dos peñascos de triste recuerdo. Uno de ellos, observado en la distancia, se asemejaba a un cráneo humano. De ahí la designación aramea: «Gulgultha» (Gólgota).
Al llegar a la base del «Râs», el optio liberó al Maestro del peso del árbol y ordenó que se alejara.
El Galileo obedeció y, sin mediar palabra, se reunió con sus hombres.
Al pasar junto a este explorador me miró intensamente.
No hubo palabras.
No eran necesarias.
Los dos habíamos tenido los mismos sentimientos.
Su rostro se mantuvo serio hasta que retornamos a Getsemaní. Algunas gotas de sudor resbalaban —tímidas— por la frente y las mejillas. La túnica blanca aparecía salpicada con la sangre del prisionero. Nunca olvidé aquella experiencia.
Y creí entender por qué el Hijo del Hombre se empeñó en permanecer en la Ciudad Santa… Pero solo es una conjetura.
Salvo este incidente, el resto del mes de junio (año 27) discurrió con una relativa calma.
El jueves, 26, llegaron más noticias.
Un sanedrita destacado, llamado Simón, acababa de pasarse al bando del Maestro. Y lo hizo públicamente.
Fue un terremoto…
Aquello desató las iras de las castas sacerdotales y el Sanedrín desempolvó la orden de caza y captura del Galileo y de «sus desarrapados seguidores». El «Flauta» fue el encargado de su detención. Yo conocía al sujeto. Su nombre era Musí. Se trataba de un ammarkelîn, un policía del Templo con el rango de šrym o jefe de turno de los levitas. Era un individuo alto, de 1,90 metros, que ejercía también como matarife. Podía degollar tres corderos de un solo tajo. Lo conocían por el alias de «Mašroqui» o «Flauta» (por lo que «soplaba»). Era tan violento como bebedor.
David Zebedeo fue avisado a tiempo y acudió, rápido, al huerto de Simón, en Getsemaní.
Dio cuenta de las inmediatas intenciones del Sanedrín y recomendó la huida… ¡ya!
Y así fue.
Y esa misma noche escapamos.
Felipe y los gemelos permanecieron en Getsemaní y se ocuparon del desmantelamiento de las tiendas.
Uno de los correos viajó a Betania y trasladó el carro cubierto y a Zal, el perro de color estaño.
En la segunda vigilia de la noche —ya de madrugada— el reda se aproximó a la base del monte de los Olivos y Felipe se ocupó de cargar la impedimenta.
Y partieron hacia el norte, a la búsqueda de Jesús y del resto del grupo apostólico.