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Belén » Del 27 de junio al 7 de agosto (Año 27)
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DEL 27 DE JUNIO AL 7 DE AGOSTO
(AÑO 27)
La noche, menos mal, fue tórrida.
Y, al poco, nos detuvimos en una aldea llamada Geba.
Allí aguardamos la llegada de Felipe, los gemelos y el reda. Zal estaba feliz. Otra vez con su amo…
Después, con el alba, emprendimos el viaje hacia el norte.
Al divisar las murallas de Bet El, Andrés dio orden de detener la marcha.
Estábamos a 18 kilómetros de Jerusalén. En principio habíamos despistado al Sanedrín. Pero no podíamos confiarnos…
Bet El era una ciudad populosa (20.000 habitantes), semipagana, y entregada al dinero. Era célebre por sus mercados y mercadillos. Allí se vendía todo lo imaginable. Los perfumes y los espejos eran sus especialidades.
Bet El o «la Casa de Dios» descansaba sobre una muy antigua leyenda (posiblemente inventada). Advertido Jacob de que su hermano Esaú quería matarlo, huye hacia las tierras de Jarán con el fin de tomar por esposa a una de las hijas de su hermano Labán. Y al llegar a un determinado lugar, Jacob sintió la necesidad de dormir. Y así lo hizo. Encontró una extraña piedra de color verde y la utilizó como almohada… ¡Vaya! Otra vez la «crisoprasa»… Entonces tuvo una ensoñación. Vio una escala por la que subían y bajaban muchos hayyot o «vivientes». En lo alto de la escalera distinguió una luz triangular de color naranja. Y la voz le habló y le dijo: «Yo soy Yavé, el Dios de tu padre Abraham y el Dios de Isaac. La tierra en la que estás acostado te la doy para ti y tu descendencia. Tu descendencia será como el polvo de la tierra y te extenderás a poniente y a oriente, al norte y al mediodía; y por ti se bendecirán todos los linajes de la tierra, y por tu descendencia»… Despertó Jacob de su sueño y dijo: «¡Así pues, está Yavé en este lugar y yo no lo sabía!» Y asustado dijo: «¡Qué temible es este lugar! ¡Esto no es otra cosa sino la Casa de Dios y la puerta del cielo!» Levantose Jacob de madrugada, y tomando la piedra que se había puesto por cabezal, la erigió como estela y derramó aceite sobre ella. Y llamó a aquel lugar Betel, aunque el nombre primitivo de la ciudad era Luz. Esta es la versión del Génesis. Desde entonces, el lugar se llamó Bet El o «la Casa de Dios[14]». Por supuesto, la piedra verde nunca fue encontrada. Con la división del reino, Bet El perteneció a Israel. Y el rey Jeroboán I inició el culto al becerro de oro. Pero una noche, una poderosa luz se presentó en el lugar y derribó el ídolo. Durante un tiempo, los sacerdotes judíos escondieron el arca de la Alianza en los túneles de la ciudad. La estratégica posición de Bet El, en el cruce de los caminos a Jerusalén, Jericó y Sicar, la convirtió en la segunda metrópoli del país.
Acampamos junto a la muralla y allí discurrió todo el mes de julio de ese año 27.
Se produjeron dos únicas escapadas. Una a la ciudad de Arquelais y otra a Fasaelis, ambas al norte, y relativamente cerca del río Jordán.
David Zebedeo se mantuvo en contacto con el grupo y siguió suministrando noticias.
El Sanedrín rabiaba ante la nueva fuga del Galileo y su gente. Y despacharon más confidentes, en todas direcciones.
Andrés previno a los discípulos: debían estar atentos.
Y, con el consentimiento del Galileo, el jefe estableció unas rígidas normas. A saber: nada de ostentaciones públicas o privadas, nada de predicaciones, y nada de visitas a particulares. En suma: silencio y discreción…, hasta nueva orden.
Durante varios días, tras colaborar en la cocina de campaña, me dediqué a recorrer la ciudad y a tomar referencias.
Disfruté en el mercado de los perfumes; probablemente, uno de los más codiciados del Mediterráneo.
Felipe me acompañó en algunas ocasiones, y me orientó.
Lo vi llorar de emoción ante un frasco de fino alabastro de color azul. Era la representación de Nefertum, el dios egipcio de los perfumes y aceites esenciales, la especialidad del intendente. Nefertum aparecía coronado con una flor de loto.
Y Felipe entonó una vieja canción:
—Eres el guardián y protector de quienes hacen perfumes y aceites… Protector y dios del loto sagrado… Osiris es el cuerpo de las plantas y tú, Nefertum, eres el alma…
El frasco de alabastro, decorado en azul para preservarlo de las radiaciones solares, contenía el kyphi, un perfume a base de incienso y pasas. Solo los reyes podían costearlo. Lo utilizaban cuando se disponían a hacer el amor. Felipe aseguró que volvía locas a las mujeres. Y me guiñó un ojo.
También nos divertimos ante el puesto de los conos de grasa perfumada. Los clientes (sobre todo ellas) los situaban en lo alto de la cabeza, sobre las pelucas, y dejaban que se derritieran con el calor. Poco a poco, los perfumes caían sobre el rostro y las túnicas, llenando el lugar con toda suerte de esencias. Yo los había visto en el palacio de Poncio, en Cesarea.
Y disfrutamos con el sousinon, una exquisita mezcla de flores, en la que gobernaban el lirio, la acacia y la menta. Estaba prohibido a los varones.
Felipe me habló maravillas del metopion, lo último en aceites esenciales. Había llegado de Roma. Contenía almendras amargas, resinas de gálbano, juncos olorosos, miel, mirra y vino en abundancia. Se utilizaba después del baño.
Allí encontramos réplicas de la caja de perfumes de Merit, esposa del arquitecto egipcio Ka, de la XVIII dinastía. Los frascos de vidrio y fayenza eran finísimos.
Uno de los mercaderes nos mostró algo desconcertante: una planta de un metro de altura, de color púrpura, con un enorme pistilo amarillo.
Y nos invitó a olerla.
¡Vaya!… ¡Olía a queso podrido!
Felipe había oído hablar de aquel extraño ejemplar. Lo llamaban el «culo del diablo». Tenía la capacidad de «perfumar» con los olores más insólitos y desagradables: olor a orina, a excrementos…
«Santa Claus», cuando consulté el asunto, aseguró que podía tratarse de un Amorphophallus, una flor que crece al norte de Madagascar.
Pensé que el ordenador central deliraba…
Felipe dedicó un tiempo a la esencia de jazmín. Acarició los frascos y explicó que, para obtener el contenido de uno de aquellos frasquitos (unos cien mililitros), habían sido necesarios del orden de 800 kilos de flores frescas y 7000 horas de trabajo. El precio era prohibitivo: 100 denarios por frasco.
Curioso mundo el de los perfumes… El olfato, justamente, es el sentido más desarrollado en el ser humano. Podemos distinguir siete millones de colores, casi quinientos mil tonos musicales… ¡y un billón de olores!
Por último, fuimos a parar a los puestos en los que vendían ungüentos. Conté treinta tipos, a cual más caro y estrambótico. Todos se utilizaban para ungir la piel y el cabello. Los fabricaban con toda suerte de aceites vegetales y con grasa de origen animal; los más cotizados eran los de ganso, cabra, toro y oveja. Otros contenían leche, miel y sales del mar Muerto. La mirra servía para eliminar el olor de los pies.
Felipe terminó comprando varias piezas de borit, un jabón rancio y agresivo, cantado por el profeta Jeremías (2, 22). El borit, básicamente, contenía cenizas de plantas y potasio. Los había también de cenizas de arce, sabiamente mezcladas con aceite de oliva, grasa animal y sosa.
El jueves, 10 de julio (año 27), fue otro día interesante…
El Maestro se paseó por la ciudad en la compañía de la tabbah, Judas Iscariote, Felipe y este explorador.
Y, al principio, fuimos a parar al mercadillo de los dulces.
¡Qué delicia!…
El Galileo, goloso, no sabía dónde mirar: delicias de Bet El, con keratia, el «chocolate» que extraían del algarrobo; bizcochos de jengibre (lo llamaban «bosque negro»); merengue de nueces; peras a la menta y los tradicionales baklawah, macizos y dorados…
Jesús quería probarlos todos.
Y Felipe tuvo que ponerse serio. No cargaban el dinero suficiente para tanto dulce.
Pero el Galileo —deslumbrado— no hizo caso. Y continuó a lo suyo, metiendo el dedo índice izquierdo en los pasteles y degustándolos. Los comerciantes protestaban con razón. Felipe iba detrás, excusándose y abonando el desaguisado.
Y llegamos a la zona de los «helados».
¡Dios bendito!… Creí que lo había visto todo…
Al Maestro se le fueron los ojos detrás de los polos de leche y miel, invento de los chinos hacía tres mil años.
Felipe tuvo que comprarle uno.
El Iscariote miró al Galileo con desprecio y murmuró algo por lo bajo. No llegué a entender, pero no creo que fuera nada bueno.
Y allí nos fuimos, detrás de un Hijo del Hombre feliz, con su polo en la mano.
Después, el intendente, misericordioso ante el sofocante calor que soportábamos, se detuvo en uno de los puestos y nos convidó a una especie de granizado a base de zumo de frutas. Era nieve —procedente del Hermón— edulcorada con almíbar. La encontré deliciosa y refrescante.
Jesús terminó su polo y miró mi jarra. Le brillaban los ojos.
Comprendí.
Y terminé ofreciéndole la nieve picada.
La tomó, sonriente, y la masticó con felicidad.
Yo me sentí más feliz aún…
Y la singular jornada finalizó en el gran mercado de los espejos de Bet El, el más popular de Israel y, quizá, del Mediterráneo.
Ese día se hallaba muy concurrido.
Vi espejos de todos los tamaños y fabricados en los materiales más diversos: oro, plata, bronce, hierro e, incluso, obsidiana. Los de mano hacían furor entre las mujeres.
Y observé un detalle extraño. Los judíos más ortodoxos, especialmente los fariseos, al pasar frente a un espejo, corrían como liebres.
Felipe me explicó: «Dicen que el espejo roba el alma de los seres humanos».
Y, de pronto, el grupo se detuvo frente a un puesto. Era un chamizo de mala muerte, formado por cuatro cortinas rojas y negras y una techumbre de palos y ramas. En la entrada, un etrusco calvo y afeminado anunciaba otra moda del momento: el espejo mágico.
Y escuchamos, perplejos.
Por unas monedas, el cliente entraba en el local, se situaba frente a una lámina de bronce que hacía de espejo, y preguntaba sobre su futuro o sobre lo que estimase oportuno.
El personal hacía cola.
Diez ases la consulta…
Pedro y Juan Zebedeo suplicaron a Felipe que les permitiera entrar.
El Galileo, divertido, animó al intendente para que fuera generoso.
Aquel día —desconozco por qué—, el Maestro aparecía desatado.
Felipe aceptó y el Iscariote abonó los 20 ases. Judas estaba furioso. Y nos llamó «frívolos».
Y el etrusco permitió la entrada del grupo, siempre y cuando guardáramos silencio.
Santiago Zebedeo y el Iscariote permanecieron fuera.
El lugar, como digo, era un cuartucho. En una de las paredes de tela (por llamarlas de alguna manera) colgaba una lámina de bronce —ovalada— de un metro de altura. La techumbre era un amasijo de ramas.
Y, por indicación del etrusco, Pedro fue el primero en situarse frente al espejo. El resto permanecimos detrás, expectante.
—¿Qué deseas preguntar? —sonó una voz masculina que procedía de algún lugar, por detrás de la cortina que sostenía la lámina de bronce.
El Maestro y yo nos miramos y tuvimos que hacer esfuerzos para contener la risa.
Juan Zebedeo estaba pálido.
Felipe lo miraba todo, asombrado.
—¿Qué deseas preguntar? —insistió la voz.
Y Pedro balbuceó:
—¿Volveré a casarme?
Quedamos perplejos.
Se registró una breve pausa y la voz aclaró:
—Sí, con una negra… Siguiente.
Juan Zebedeo empujó a Pedro y fue a situarse frente al espejo.
Y se repitió la escena:
—¿Qué deseas preguntar?
El Zebedeo no supo qué decir.
Silencio.
Y la voz insistió:
—¿Qué deseas preguntar?
Juan, aturdido, no pudo articular palabra.
Y el «vidente», supongo que, acostumbrado a estas situaciones, improvisó:
—Tú te casarás con la viuda de tu hermano…
¡Vaya!… Esta vez fui yo el que quedó desconcertado. La voz había acertado. Ese sería el destino de Juan Zebedeo…
Pero, de pronto, añadió:
—No… Veo a otro hombre… Estás enamorado de un galileo alto y guapo…
Todos palidecimos. El Maestro el primero.
Y la voz prosiguió:
—… Pero no te casarás con él… Lo harás con la viuda de tu hermano… Siguiente.
El silencio era plomo.
El Galileo salió del cuartucho, seguido por Felipe.
Pero la aventura con el espejo mágico no había terminado.
Juan, indignado, reaccionó con violencia, y empezó a patear la lámina de bronce. Esta se tambaleó y, a pesar de los esfuerzos del etrusco, espejo y cortina se vinieron abajo.
Fue el caos.
La techumbre osciló y terminó derrumbándose.
Y allí quedamos, entre ramas, cortinas de colores, y maldiciones de unos y otros.
Escapamos del atolladero como pudimos.
El etrusco quería degollarnos, y solicitaba una indemnización.
Lo confieso: huimos como conejos.
Esa noche, en el campamento, los comentarios irónicos no tuvieron fin…

Nueva huida, hacia la ciudad de Bet El.
El sábado, 12 de julio (año 27), la historia volvió a repetirse.
La noticia de la presencia del «hacedor de maravillas» en Bet El se propagó, veloz.
Y el Galileo se rindió.
Afable y cariñoso, Jesús terminó recibiendo a cuantos llegaban al campamento.
Por allí pasaron vecinos de Arimatea, Timna, Hazor, Emaús, Beerot, Ekrón y una docena de aldeas cuyos nombres, sinceramente, no recuerdo.
El Señor departía con todos. Escuchaba, atento, sus demandas. Todos reclamaban salud, dinero y amor. Por ese orden. Nada nuevo. Las mismas exigencias en todas partes y en todos los tiempos… Y Él consolaba a los afligidos, profundizaba en sus problemas, preguntaba a grandes y chicos, y repetía la misma palabra: «Confía… El Padre Azul está en tu interior… Él sabe de tus penurias… Confía».
Los discípulos trataban de poner orden, pero era imposible.
La gente llegaba en oleadas, y de muy lejos, y solo querían abrazar y tocar al carpintero de Nahum. Esperar no entraba en sus planes y siguieron las disputas de siempre.
Andrés se desesperaba.
Cuando la situación se tensaba, el Maestro tomaba a Zal y desaparecía en la ciudad o en los campos próximos.
El miércoles, 16 de julio (año 27), sucedió algo que me desconcertó; mejor dicho, me sucedió…
Fue un sueño. En realidad, una pesadilla…
De pronto me vi en mitad de la noche… Dos lanchas navegaban —serenas— por el yam. Yo me hallaba en una de ellas… Los tripulantes eran los doce discípulos… No vi a Jesús… Creo que estábamos pescando… Y, súbitamente, alguien llamó la atención del resto… Por la proa vimos aparecer una escalera kilométrica… Partía de la superficie del lago y se perdía en el cielo estrellado… Quedé perplejo… Por la escala bajaban unos seres ¡con una sola pierna!… Eran de corta estatura… Quizá un metro, pero con los rostros bellísimos… Los cabellos, largos y luminosos, flotaban al viento… Los ojos eran azules, enormes y almendrados… No tenían nariz y tampoco boca… Llegaban al agua, me hacían señas para que subiera por la escalera, y se sumergían… Finalmente salté de la embarcación y caminé sobre las aguas del mar de Tiberíades… ¡No podía creerlo!… ¡No me hundía!… Pedro, desde la segunda lancha gritaba:
—¡Ánimo!… ¡Solo es un sueño!… ¡A mí también me pasó…, pero no me creyeron!
Alcancé la escalera y empecé a trepar… Los discípulos aplaudieron… Los peldaños eran metálicos, como los de la escalerilla de la «cuna»… Los noté fríos… Helados… Había peldaños de plomo, de estaño, de bronce, de hierro, de una aleación desconocida y brillante, de plata y de oro… Formaban secuencias de siete metales… Siempre los mismos y en el mismo orden… En el sueño conté los peldaños y —cómo no— tomé referencias… Ubiqué a Saturno… Allí aparecía Celso, con un libro entre las manos: Orígenes contra Celsum… No entendí… Después situé al planeta Venus… Vestía como Zal, con una túnica de estaño… Después aparecieron Júpiter, vestido de bronce, Mercurio, con casco de hierro, Marte y la luna y el sol… En el suelo conté 13.013 peldaños… Era lo que los judíos llamaban una sullam, una escalera mágica… Y al llegar al peldaño 13.013, la sullam terminó… No me percaté a tiempo y caí al vacío… Fue una caída angustiosa e interminable… Abajo, en la negrura, se distinguían las luces de Saidan y Nahum… Y seguí cayendo y cayendo… Lo último que recuerdo fue una voz metálica —en mitad de la nada— que decía: «¿Qué deseas preguntar?»
Desperté sobresaltado.
Supuse que el incidente en el mercado de los espejos y la historia de Jacob y la escalera que llegaba al cielo pudieron condicionar mis sueños. Y no le di mayor importancia.
Pero, en los días siguientes, el recuerdo de la pesadilla siguió rondándome. No había forma de esquivarla.
Y me pregunté: «¿Cuál era la “perla” del sueño, admitiendo que la hubiera?»
No fui capaz de encontrarla.
Y llegó el sábado, 19 de julio (año 27). Ese día amaneció a las 04 horas, 33 minutos y 54 segundos (TU).
La jornada se presentó nublada. A media mañana cayó el diluvio y, al poco, escampó.
Y hacia la nona (15 horas) me quedé solo en la cocina de campaña.
Felipe y los gemelos de Alfeo se hallaban en Bet El, de compras.
Me senté en una de las esteras, bajo la toldilla negra que protegía el lugar, y me preparé un té perla.
En la mente continuaba sobrevolando el extraño sueño de la escalera de metal y sus 13.013 peldaños.
No había forma de hallar la «perla» de la que siempre hablaba el Maestro.
Y en eso estaba cuando lo vi acercarse.
El Galileo me sonrió, acarició a la Chipriota, y fue a sentarse frente a este explorador.
Lo he dicho alguna vez, y lo mantengo: aquel Hombre era especialmente atractivo. Nunca me cansé de mirarle. Las pestañas eran largas y tupidas. Los ojos —color miel líquida— eran irresistibles. Tenían magia. Si acertabas a mirarlos quedabas prisionero… El bigote, como el oro viejo, no ocultaba los labios. Estos eran finos y sin pretensiones. La frente, despejada, denotaba una especial inteligencia. La dentadura era perfecta: blanca y en orden. La barba, partida en dos, presentaba algunas canas, como los lacios cabellos, desmayados hasta los hombros. Con los rayos del sol, el pelo se volvía de color caramelo, según. La piel, bronceada por tantos días de desierto y montaña, resultaba varonil y cálida.
—¿Deseas un té? —pregunté, al tiempo que le mostraba la ahumada y castigada tetera.
El Galileo acentuó la sonrisa y preguntó:
—¿Es verde?
—Perla —repliqué—. Felipe le añade canela, pimienta negra y jengibre, creo…
Asintió en silencio y procedí a llenar las dos tazas.
El Maestro abrazó el pequeño cuenco con ambas manos y se lo llevó a los labios.
Y siguió mirándome, sin pestañear.
Imaginé que estaba visitando mi mente.
No me equivoqué.
Al poco, entre sorbo y sorbo, se interesó:
—¿Qué deseas preguntar?
¡Vaya!… Esa fue la cuestión planteada por la voz que se escondía tras el «espejo mágico» y por la voz metálica del sueño.
Nos miramos y, naturalmente, terminamos riendo.
Yo sabía que Él sabía…
Y fui sincero:
—Maestro, ¿qué son los sueños?
Bebió otro poco y me abrazó con la mirada.
Qué fácil era quererlo…
Las manos —largas y estilizadas— se mantuvieron serenas.
Entonces alzó la vista hacia el cielo y proclamó:
—Los sueños, querido mal’ak, son una puerta que el Padre Azul deja abierta…, intencionadamente.
—¿Una puerta abierta? ¿Y adónde lleva esa puerta?
—A otras realidades…
Y matizó:
—Realidades que no conocéis…, todavía.
Me pareció oportuno y me animé a relatarle el singular sueño de la escalera en el yam o mar de Tiberíades.
—¿13.013 peldaños? —preguntó, aparentemente sorprendido.
Y añadió, sonriente:
—Veo que el Padre te mima…
E intentó explicarse:
—Ese doble «13» simboliza mucho. En realidad, todo. El «13» es la representación del AMOR ETERNO, con mayúsculas. 13.013 es el AMOR que envuelve lo creado y lo no creado.
Y matizó:
—«13» antes de la eternidad y «13» después…
Lo había olvidado. Jesús, además, era un consumado kabalista.
—«13.013» —prosiguió— arroja un «8»…
Deduje que hablaba de la adición teosófica: 1 más 3 más 1 más 1 y más 3.
—Pues bien —añadió—, el «8» simboliza la muerte y el infinito… Has subido muy alto en el único camino que merece la pena: en el AMOR… Te queda poco para regresar a casa.
Fui torpe, una vez más.
En lugar de interesarme por la última afirmación —«te queda poco para regresar a casa»— me desvié hacia el asunto del amor.
Permanecí pensativo unos segundos.
Yo era un perfecto fracasado en el amor. Él lo sabía. Ruth, su hermana, no me amaba. ¿O sí?
Y lo hizo de nuevo: entró en mis pensamientos:
—Si amas —proclamó— nunca serás un fracasado… Y no me refería a esa clase de amor. Te hablaba de AMOR, con mayúsculas. AMOR ETERNO, lo que estás a punto de experimentar.
Creo que me ruboricé.
Él se percató de mi timidez y me abrazó de nuevo con la mirada. Y la tensión desapareció.
Apuró el té y depositó la taza sobre la bandeja.
—¿Quieres más? —pregunté.
Prefiero el té chino…
—¿Blanco, verde, negro o rojo?
—Amarillo…
—Claro…
Jesús no entendió y replicó:
—No, claro no… Amarillo amarillo.
Y terminamos muertos de la risa.
Después prosiguió con la lección de kábala.
Y me hizo ver que «13.013» es mucho más de lo que suponía.
—Uno más tres —explicó— arroja cuatro. ¿Y qué simboliza el cuatro?
Me encogí de hombros. No tenía ni idea.
—¡Ab-bā!… El «4» simboliza al Padre Azul. En tu sueño aparecen dos perlas. La primera, y más importante, es la representación de Ab-bā, ¡y por dos veces!: al principio de la eternidad y cerrando esa eternidad. Te lo dije: el AMOR ETERNO envolviéndolo todo. Y tú subes por Él.
—¿Y la segunda perla?
En esos instantes se presentó Zal.
Me regaló un par de lengüetazos y fue a tumbarse junto a su amo.
Jesús no quiso responder a mi última pregunta, pero matizó:
—Estás en el camino. Eso es lo único que debe importarte…
A mi regreso a nuestro mundo, en una de mis conversaciones con Eliseo en la leprosería de Madagascar en la que me refugié durante un tiempo, surgió el sueño de los 13.013 escalones. Mi hermano escuchó con atención y, al día siguiente, me mostró algo.
13.013 fueron los días vividos por Jesús de Nazaret durante su encarnación en la Tierra.
Quedé asombrado.
El cómputo abarcaba desde el 21 de agosto del año menos 7 (fecha del nacimiento) hasta el 7 de abril del año 30 de nuestra era (fecha de la muerte).
Y me pregunté: «¿Por qué el 13.013 se presentó en el sueño? ¿Por qué fueron 13.013 peldaños? ¿Fue esta la segunda “perla” encerrada en la ensoñación y de la que el rabí no quiso hablar?»
Estoy seguro. Fue la segunda «perla» …
Como decía el Maestro, quien tenga oídos, que oiga…
Ese mismo sábado, 19 de julio (año 27), llegó al campamento otro de los habituales correos de David Zebedeo, el hermano de Juan y Santiago.
Los discípulos temblaron.
El Sanedrín nos había localizado.
Aparejamos las tiendas, recogimos la cocina de forma apresurada, cargamos el reda cubierto, y escapamos, casi a la carrera.
Era la enésima huida.
Siguiente parada: Arquelais, al norte, y cerca del río Jordán.
Se trataba de una ciudad helenizada, sin mucho que ver. Allí permanecimos cuatro días, ocultos en el campamento, y temerosos. Los levitas podían presentarse en cualquier momento. Nadie se movió.
El 28 de julio, lunes, Andrés —previsor— ordenó partir.
Y nos encaminamos en dirección a Fasaelis, otra villa judía, fundada por Herodes el Grande en memoria de su hermano mayor, muerto en batalla.
Acampamos, como siempre, cerca de las puertas de la ciudad y allí permanecimos, ocultos, durante algunos días.
Y en Fasaelis recibimos dos sorpresas…
Belša, de pronto, se presentó en el campamento.
¿Cómo lo hizo? ¿Cómo nos encontró?
El persa del sol en la frente se alegró al verme, pero me dio la espalda en cuanto vio al Iscariote y a Simón, el Zelota.
Aquello no me gustó.
Y regresaron las viejas ideas: ¿fue Belša quien traicionó a Yehohanan? ¿De qué habló con los discípulos? ¿Por qué hicieron un aparte? ¿Había un traidor entre los íntimos?
Por supuesto, yo sabía que el Iscariote terminaría traicionando al Galileo, pero, ¿qué debía pensar del Zelota? ¿Era un agente infiltrado? ¿Para quién trabajaba? Todo el mundo sabía que era un zelota, un guerrillero contra Roma. ¿O estaba elucubrando, una vez más?
A las pocas horas, sin despedirse, Belša desapareció.
Y Judas y el Zelota se mostraron huidizos.
Nadie supo de qué hablaron con el escalador[15].
Y las dudas me asaltaron durante un tiempo.
La segunda sorpresa llegó al atardecer.
Abner, el pequeño gran hombre, y los «justos» (quince en total), se presentaron en el campamento.
Fueron bien recibidos, pero las disputas no tardaron en llegar.
Los «justos» —todos ellos discípulos del Bautista— no admitían la permanente huida de Jesús y los suyos.
«Hay que dar la cara —clamaban—. No somos unos cobardes…».
Y unos y otros terminaban a voces.
«¿Por qué el Galileo no predicaba? —protestaban los “justos”— ¿Qué sucedía con los arsenales de armas y con la organización de los ejércitos? ¿A qué esperaba el Maestro para dar la orden de ataque?» Y lo más irritante: «¿Por qué Jesús —supuesto Mesías— no hacía nada para liberar a Yehohanan, su primo segundo?»
La situación, desde mi corto entendimiento, no tenía arreglo.
Las polémicas y las peleas fueron tan frecuentes y agrias que Andrés y Abner, como jefes de grupo, se vieron en la necesidad de parlamentar y buscar una solución. Obviamente no la encontraron. Y recurrieron a Jesús. El Maestro dio un consejo:
—Dejemos atrás los problemas…
Y ambos grupos —de mutuo acuerdo— optaron por concederse un respiro.
Se separarían.
Cada bando tiraría en una dirección.
Fue así como terminamos en la inolvidable montaña que llamaban Sartabá.