Barcelona negra (2016)

Barcelona negra (2016)


Empar Fernández. Rojo infierno (Sants-Montjuïc)

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EMPAR FERNÁNDEZ
Rojo infierno

Sants-Montjuïc

Al subinspector Mauricio Tedesco los galgos siempre le habían parecido perros desnutridos, pura piel sobre hueso, perros de posguerra. Nada en aquellos animales de cabeza extraordinariamente pequeña parecía haberse desarrollado como era de esperar. El joven que acababa de tropezarse con el cadáver había salido al caer la noche sujetando los dos collares y reteniendo a los animales que pugnaban por echar a correr. Siempre el mismo trayecto, las mismas calles que separaban su piso del parque más cercano, el de l’Espanya Industrial.

Siempre el mismo ímpetu.

Dos agentes uniformados mantenían a raya al grupo de curiosos fatalmente atraídos por las luces de los girofaros de los coches policiales estacionados a la entrada. Eran varios los paseadores de perros que se demoraban con la vista en el cadáver mientras sus animales se impacientaban y tiraban de sus correas. Un par de runners, que saltaban sobre las puntas de sus pies para no perder el ritmo ni la oportunidad de asistir al levantamiento, y un puñado de hombres y mujeres que cruzaban la explanada camino de sus casas completaban la molesta concurrencia.

Tedesco detestaba pisar el escenario de un crimen. Le molestaba la expectación que suscitaba la policía, no soportaba los comentarios morbosos de los entrometidos y le mareaba el gentío que se reunía indefectiblemente en torno a un delito. Tampoco le gustaba aquel parque urbano que se le antojaba una combinación de espacios no demasiado afortunada. Discordante.

No era un hombre de trato fácil.

Resopló y se acercó al cadáver.

Mercedes Aragonés había sido identificada gracias a la documentación encontrada en su bolso que seguía atrapado contra el suelo a la altura de su codo. Como si se hubiera desprendido del hombro de la mujer sin llegar a caer antes de que lo hiciera la muerta. El cuerpo permanecía tendido al pie de uno de los tramos de escaleras y era meticulosamente fotografiado por una joven de cabello rubio y ojos muy claros que se protegía con una mascarilla de las que usan los cirujanos durante una intervención. Parecía creer que la proximidad de la fallecida podía resultar perniciosa.

—Esa es de las que mea colonia —le susurró un agente a otro a espaldas del subinspector, que torció el gesto pero no abrió la boca.

El torso permanecía algo más elevado que la parte inferior del cuerpo. La mujer había caído sobre el arranque de la escalinata y parecía levemente recogida sobre sí misma. El lado derecho del rostro reposaba a medias sobre la sangre que se encharcaba en el segundo escalón y descendía en forma de reguero hasta el primero. La nuca en dirección a la mole de la estación de Sants, cuya iluminación aliviaba la noche que empezaba a cerrarse sobre la ciudad. Las piernas descansaban desarboladas sobre el cemento. El cadáver carecía de expresión.

«Con la vida todo escapa», pensó Tedesco. Y sacudió la cabeza levemente para ahuyentar la tristeza que planeaba sobre él como lo hacían las nubes sobre las cabezas en los cómics que leía durante su infancia. Aquella tristeza que tanto se parecía a la irritación y que había propiciado su fama de hombre de mal carácter. Se aproximó unos pasos.

A simple vista no se apreciaban más heridas que la que probablemente había recibido la mujer al golpearse en el temporal. «Quizá ha sido agredida al disponerse a cruzar el parque en dirección a la calle de Sants», pensó Tedesco. Probablemente también ella regresaba a casa y se encontraba ya al final de la escalera o acababa de poner pie en la explanada.

Mercedes Aragonés vestía de forma sencilla, Tedesco juraría que su ropa era barata y de mala factura. Pantalones vaqueros desgastados por el uso, camiseta negra de manga larga, un pañuelo rosa geranio al cuello y zapatos de tacón bajo. La mujer rondaría los sesenta años, parecía delgada y alta, aunque resultaba difícil saberlo. El cabello, que peinaba en rubia melena suelta sobre los hombros, era muy blanco en su raíz.

El joven que sujetaba a los galgos facilitaba sus datos a uno de los agentes mientras enviaba un mensaje a través del móvil y salpicaba sus palabras de órdenes susurradas a sus perros en inglés. No parecía impresionado, como si tropezar con un cadáver fuera lo más normal del mundo. En la mano que tiraba de los galgos lucía un tatuaje con una caracola y en la nariz un aro diminuto por el que podría hacerse pasar un cordel. A Tedesco cada vez le costaba más sentirse parte del tiempo que le había tocado vivir.

La joven rubia se alejó, tapó el objetivo, guardó su cámara y no se retiró la mascarilla que protegía su nariz y su boca hasta que se hubo distanciado unos pasos. La metió en uno de los compartimentos del estuche donde llevaba su equipo mientras el agente propinaba un codazo cómplice a su compañero.

—Lo dicho, mea colonia.

Tedesco inclinó la cabeza hacia su hombro derecho en un gesto que repetía a menudo cuando se sentía contrariado o no acertaba a comprender.

La jueza que debía ordenar el levantamiento del cadáver se aproximó al subinspector y preguntó:

—¿Procedemos?

Tedesco asintió.

Precedida por un grito que sobresaltó al subinspector y sin que nadie pudiera reaccionar a tiempo, una mujer se abalanzó sobre el cuerpo, se abrazó a él y siguió gritando. Los agentes la levantaron tirando de ella y siguieron sujetándola por si se desmayaba mientras se inclinaba sobre sí misma, como si experimentara un dolor muy intenso a la altura del vientre.

Tedesco se aproximó.

—¿La conocía?

—Es mi madre —respondió entre gemidos, y rompió a llorar al reparar en que el presente había dejado de ser el verbo adecuado—. Era mi madre.

La mujer tendría unos treinta y pocos y era morena y menuda. Tardó varios minutos en tranquilizarse lo suficiente como para contestar a un par de preguntas. Tedesco la invitó a subir al coche policial y se sentó a su lado. Rebuscó en el bolsillo de su americana y le tendió un paquete de pañuelos de papel que la mujer contempló con desconfianza, como si acabara de ofrecerle un machete para que se rebanara el cuello. Temblaba y apenas acertaba a responder al policía mientras insistía en saber qué era lo que había pasado.

El joven del aro en la nariz se alejaba precedido, casi propulsado, por sus galgos en dirección a la corriente de agua. También los runners habían desaparecido.

—¿Cómo ha sabido que le había ocurrido alguna cosa? —quiso saber Tedesco.

—No lo sabía. Mi madre siempre llega a las ocho y cuarto. Es limpiadora en la estación.

Una mirada de refilón bastó para dar a entender que la fallecida trabajaba en la estación de Sants.

—Es lo que tarda en llegar a casa. Siempre, como un reloj, siempre a la misma hora. Como se retrasaba, he salido a su encuentro. Vivimos muy cerca de aquí. —Hizo una pausa. Le faltaba aire y le sobraba dolor.

El subinspector asintió, era la mejor manera de alentarla a proseguir.

—En la escalera me he encontrado a la Nati, es una vecina. Ha sido ella la que me ha dicho que había pasado alguna cosa, que la policía estaba en el parque. Por eso he echado a correr, es como si… No sé, venía hacia aquí y sabía que le había ocurrido algo. Pensará usted que estoy loca, pero…

—No se preocupe. No lo pienso.

No pudo continuar. Ocultó el rostro entre las manos y se abandonó al llanto. Tedesco acertó a preguntar:

—¿Sabes si tu madre tenía alguna cuenta pendiente? ¿Algún enemigo? Quizá un acosador, una expareja…

Se limitó a mover la cabeza de un lado a otro. Negaba sin apartar las manos del rostro mientras seguía sacudida por el llanto que, lejos de menguar, arreciaba según se asentaba la idea de que su madre había muerto. De que no había vuelta de hoja.

Cuando el subinspector se disponía a salir del coche con la habitual protesta de sus lumbares y a ordenar que la acompañaran a casa, la mujer aventuró:

—Quizá fue un traspiés, quizá se cayó y…

Tedesco inclinó la cabeza hacia su hombro derecho. La hija de Mercedes Aragonés no pudo desentrañar el significado de su gesto.

—Es demasiado pronto para aventurar alguna explicación. Esperaremos el resultado de la autopsia.

Demasiado tarde recordó el subinspector el demoledor efecto que el término «autopsia» acostumbra a provocar en los allegados de la persona fallecida. Un agente muy joven, el mismo que había comentado la extraña costumbre de la fotógrafa, sostuvo a la mujer justo cuando esta se desplomaba ya sobre las losas del parque.

«Por lo menos tiene reflejos», pensó Tedesco a la vez que se despedía de la jueza.

Mercedes Aragonés, cubierta ya por la lámina dorada, era introducida en una ambulancia que arrancó instantes después camino del Instituí de Medicina Legal. La luna era una línea en el cielo, una delicada curva luminosa.

Llegaron a la estación de Sants cuando en un campanario cercano sonaban las doce del mediodía. Tedesco, que conocía con detalle la ciudad entera, recordó la iglesia de Santa Maria de Sants que estaba a pocas calles. Un templo recientemente remozado y de poco lustre con tres campanas en hilera. Era la hora en la que medio siglo atrás los escolares acostumbraban a rezar el ángelus sin que nadie entendiera ni el significado ni mucho menos el propósito de la plegaria. El mediodía, la hora sin sombras. «Para un policía no existen horas sin sombras», pensó.

Quizá la mujer tropezó o sufrió un mareo. Era una posibilidad real y seguir indagando tal vez una pérdida de tiempo. Tedesco le había dado al asunto muchas vueltas. Tenía mal dormir y apenas había hecho otra cosa durante la noche. Le resultaba difícil comprender que una persona que se tuerce un tobillo, que trastabilla al acabar de bajar unas escaleras y que comprende que está a punto de caer, siga sujetando su bolso y no adelante las manos para parar el golpe. Por otra parte, nada en el contenido del bolso de Mercedes resultaba esclarecedor. La mujer llevaba poco dinero encima y nadie había pretendido apoderarse de él ni de la medalla de oro con una Virgen sin identificar que colgaba de su cuello.

En todo ello pensaba Mauricio Tedesco mientras accedía al enorme y ruidoso vestíbulo de la estación en compañía de Olga Boronat y Diego Cuesta, un joven fornido y sin asomo de malicia que acataba las órdenes sin hacer preguntas. Olga era delgada y aparentemente frágil, sus compañeros decían de ella que parecía una gimnasta rítmica. Y así era. Era de constitución delicada, rubia, de ojos castaños y algo saltones. Se recogía el pelo en una cola de caballo que ataba muy alta, como las gimnastas o las bailarinas clásicas. A diferencia de otros agentes, raramente levantaba la voz.

Frente a ellos se alineaban las ventanillas en las que se despachaban los billetes y las colas de los pasajeros que aguardaban para ser atendidos Una inacabable hilera de hornacinas acristaladas coronada por paneles luminosos que detallaban las salidas y las llegadas que tendrían lugar en breve. Hombres y mujeres de toda edad, raza, sexo y condición atravesaban el vestíbulo o descendían a buen paso en dirección a los andenes.

El ruido ambiental aturdía al policía, que había concertado una cita con el responsable del servicio de limpieza. El hombre vestía traje oscuro y camisa azul cobalto y los esperaba ya junto a las escaleras de acceso al metro. Adelantó unos pasos al verlos aproximarse y tendió la mano al subinspector.

—Todo el mundo sabe encontrar la escalera que lleva al metro, sin embargo llegar a mi despacho es un poco más complicado —se disculpó—. Si quieren seguirme…

Se abrieron paso entre el gentío precedidos por Andreu Sotelo. A través de una pared acristalada el espacio se comunicaba con otros compartimentos de parecido tamaño y disposición. Tedesco aborrecía las «peceras», como las llamaba interiormente. Prefería mil veces la privacidad de la puerta cerrada y la pared de ladrillo. Observó con cierto alivio que el fragor del doble vestíbulo de la estación quedaba más allá de la puerta.

Sotelo les indicó que tomaran asiento y les ofreció un café. Lo rechazaron.

—No sé cómo puedo ayudarles. Ustedes dirán.

—Si no me equivoco, Mercedes Aragonés salió de aquí como cada tarde cuando acabó su turno.

Sotelo asintió.

—Así es. Aunque aquí todo el mundo la llamaba Merche. Era una de nuestras empleadas más antiguas. No me consta ninguna incidencia durante la tarde de ayer, lo he comprobado. Realizó el servicio tal y como estaba previsto, firmó en las casillas habituales cuando le correspondía y a las ocho se marchó. Como comprenderán, de lo que pasa a partir de esa hora…

Levantó las manos mostrando las palmas en señal de ausencia de responsabilidad.

—¿Tenía una taquilla, algún armario…? ¿Un espacio en el que guardar sus cosas?

—Sí, una taquilla en la planta inferior, junto a los carros de limpieza y cerca del lugar en el que guardamos los productos. Allí solo entran mis empleados.

—Necesitaremos abrirla. Y también quisiera poder hablar con los trabajadores del mismo turno.

—Desde luego. No será problema. Por eso les cité a esta hora. Acaban de incorporarse —añadió profundamente satisfecho de sí mismo y de su previsión.

Cruzó las manos sobre la mesa y se inclinó hacia delante como si pretendiera dar por acabada la conversación.

—Si no quieren ustedes nada más…

—Sí, sí que queremos algo más —apuntó Tedesco, que se sentía inclinado por naturaleza a llevar la contraria a todo aquel que parecía convencido de sostener la sartén por el mango. Dos gallos en un mismo gallinero son multitud.

Siguió sentado sin mover un solo músculo y sin mostrar voluntad alguna de levantarse. «Por joder», pensó. «Como el ángelus. Por joder».

—Hábleme de Mercedes Aragonés —ordenó.

El hombre rectificó la sonrisa excesiva y, echándose hacia atrás, se acomodó de nuevo en el sillón del despacho con un ruido incómodo. Carraspeó antes de admitir sin complejos:

—Verá, no sé qué decirle. Apenas la conocía. Merche llevaba muchos años aquí. Nunca dio problemas y apenas tenía bajas. Era puntual, cumplidora… Nuestra relación era puramente laboral. Era una mujer mayor, más bien callada, discreta. No le faltaba mucho para jubilarse, un par de años. Creo que tenía familia, casi seguro, pero no sabría…

—¿Observó con quién acostumbraba a relacionarse? ¿Qué tipo de relación mantenía con sus compañeros? —Tedesco siguió apretando las clavijas sin desmayo.

Olga, sentada junto a él y muy erguida, esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible. Era obvio que el directivo no encontraría respuesta a las preguntas formuladas.

«Por joder».

—No. No tengo ni idea —reconoció mientras sacudía la cabeza con un gesto enérgico, como si al hacerlo pudiera conseguir que los policías desaparecieran de su vista.

—Está bien. Hablaremos con ellos. Vamos a necesitar un despacho. Este mismo servirá.

Tedesco se estaba empleando a fondo. Olga bajó la mirada, demasiadas ganas de reír. Tosió. Diego Cuesta se limitó a inclinar la cabeza unos grados como en un acto mimético. El subinspector no tenía la menor intención de disimular la antipatía que sentía hacia aquel sujeto pretencioso que se había quedado paralizado, sin saber si debía levantarse y ceder su despacho o brindarles alguno de los aledaños. Instantes después, sin haber superado el desconcierto, se puso en pie y abandonó su mesa con una sonrisa atravesada.

—No es santo de su devoción —observó Olga mientras sacaba una libreta diminuta del bolsillo trasero de su pantalón.

—No, no lo es.

Tedesco se levantó y ocupó el sillón de Andreu Sotelo. No tardó en llegar el primer empleado. Ginés Sarmiento era un hombre completamente calvo y de corta estatura que se sentó frente al subinspector y le miró de frente, sin preámbulos. Tenía los ojos oscuros y las cejas tan espesas que parecían pertenecer a otro rostro. En los brazos y el arranque del cuello un vello tupido en el que se advertían ya las primeras canas. Una catadura anacrónica en la que la mirada del subinspector se quedó prendida unos segundos más de lo acostumbrado. Más de lo conveniente.

—Ya lo ve. Ni un pelo en la cabeza y parezco el hombre lobo, así son las cosas. Usted dirá.

Y Tedesco procedió a interrogarle.

Bien poco pudo aportar Ginés a lo que ya sabían. Había dejado el taxi tras una reparación que no pudo pagar y había sido contratado dos meses antes.

—Ahora conduzco el carrito de la lejía —añadió con un asomo de amargura.

Apenas conocía a Merche Aragonés. Afirmó que parecía una buena persona, que no se escaqueaba y que no creía que tuviera enemigos entre los empleados. Cuando Ginés abrió la puerta del despacho para marcharse, Tedesco creyó advertir, en forma de murmullo, la barahúnda de la estación. Resopló.

Andreu Sotelo conversaba en uno de los despachos adyacentes. De vez en cuando dirigía la vista hacia su mesa, parecía contar los minutos que faltaban para poder recuperarla. En una de aquellas ocasiones Tedesco, que miraba hacia el corredor esperando al próximo empleado, le devolvió una sonrisa capaz de invertir el cambio climático. Sotelo bajó la vista. Su gesto se tornó abiertamente hostil.

Andrea Basté era una joven madre soltera que adornaba su melena oscura con un mechón rosado que caía desmayadamente sobre su ojo izquierdo. Era alta y muy delgada, y costaba imaginarla empujando el cochecito de un bebé. Bajo la bata, los leggins, también rosas, conjuntaban con las deportivas y un collar de cuentas del mismo color. Sobre el labio superior, un lunar en el lado derecho parecía equilibrar la asimetría de su peinado. Tenía la mirada viva y uno de aquellos rostros que el policía prefería observar con detenimiento, de los que no se captan al primer golpe de vista. Su desparpajo hizo sonreír al subinspector.

—¿Así que usted es el poli? —inquirió mientras se dejaba caer en la silla frente a Tedesco.

—Sí, soy yo. Y tú eres Andrea Basté.

—Eso dicen.

Andrea llevaba tres años trabajando con Merche Aragonés. No eran íntimas, pero a veces desayunaban juntas.

—Cuando estaba muy agobiada echaba un pito conmigo en la entrada. Se dejaba invitar —dijo, y le mostró al policía el paquete de cigarrillos que guardaba en el bolsillo de su bata.

—¿Qué es lo que la agobiaba?

—No hablaba mucho de su familia, pero yo diría que se sentía sola. Se quedó viuda hace unos años y no lo llevaba bien. Creo que vivía con una hija, pero no la conozco.

—¿Sabes de alguien que quisiera hacerle daño?

Negó con convicción y, al tiempo que retiraba el mechón rosado de su ojo, añadió que nunca la oyó participar en una discusión.

—No era como yo, que a la mínima me lío a gritos. No le importaba que pisaran lo fregado ni que tiraran el chicle al suelo en sus narices. Tenía unas tragaderas…

—Creo que no tengo más preguntas.

—¿No puedo quedarme un poco más? —sugirió Andrea con un guiño—. Nadie se va morir si no paso la mopa frente a los lavabos.

—No va a ser posible. Además, tu jefe no nos pierde de vista.

—Es gilipollas.

Y antes de que la chica abandonara el despacho, Tedesco reclamó su atención:

—Quizá volvamos a necesitarte. Podemos volver a llamarte.

—Eso estaría bien —contestó chasqueando la lengua contra el paladar.

La siguiente empleada se demoró unos minutos. Andreu Sotelo había desaparecido de la vista y en un despacho colindante una chica muy joven, probablemente una becaria, intentaba extraer las hojas atrapadas en el interior de una fotocopiadora de mesa.

Olga resopló y dijo:

—Por el momento no tenemos nada.

Tedesco le dio la razón con un gesto.

Permanecieron en silencio hasta que una mujer de pelo muy negro y lacio entreabrió la puerta.

—Permiso.

—Pase, por favor.

Ojos negros, cejas oscuras, nariz chata y labios perfectos. Alberta era una mujer de unos cincuenta años, vientre pronunciado, caderas amplias y un culo rotundo que la bata de trabajo no conseguía ocultar. Tenía la piel ligeramente cobriza y cara de susto.

—¿Es usted Gabriela Alberta Montoro Gabaldón?

—Sí, pero me llaman Berta —objetó mientras se sentaba manteniendo la mirada baja y dejando escapar un suspiro.

—Nació en…

—En Honduras, pero mi padre era peruano y mi madre de Ecuador.

—Si no me equivoco, vivía usted en Honduras hasta que llegó aquí.

Berta asintió con un cabeceo. En sus ojos seguía instalada la alarma que Tedesco estaba acostumbrado a observar en el caso de inmigrantes sin papeles. Aparentemente no era el caso de Berta, que tenía contrato laboral y residencia legal.

—¿Con quién vive usted aquí?

—Con mi hija, mi yerno y dos nietos. Pero no entiendo a qué…

—No se preocupe. Son las preguntas habituales, las que hacemos a todo el mundo —mintió Tedesco sin remilgos—. Estamos investigando la muerte de Mercedes Aragonés, una compañera suya. Sabrá que falleció ayer poco después de acabar el turno, muy cerca de aquí.

La mujer no se relajó como era de esperar. Por el contrario, contrajo los labios, irguió ligeramente el busto sin enderezar la cabeza y las manos que tenía sobre el regazo se hicieron puños. Olga recompuso su postura. También ella había advertido una angustia excesiva, inexplicable.

—¿Habló con Mercedes ayer por la tarde?

—Sí. Siempre hablábamos en algún momento.

—¿De qué hablaron?

—No sé. No lo recuerdo. Creo que dijo que empezaba a tener frío, que no le gustaba el otoño. Cosas así. No recuerdo más.

—Ya. ¿Se fijó si estaba nerviosa?

—No. No lo creo. Me pareció como siempre.

—¿Pasó alguna cosa durante el turno? ¿Alguna discusión? ¿Un enfrentamiento?

Berta negó sin abrir la boca y sin sostener la mirada del subinspector. Su nerviosismo era tan evidente que Tedesco entrecerró los ojos y aguardó unos segundos antes de continuar. El silencio potenciaba la inseguridad, administrarlo era un arte y Mauricio Tedesco, un virtuoso.

Diego Cuesta se revolvió en la silla.

—Ahora quiero que lo piense muy bien antes de responder. ¿Sabe si Mercedes acostumbraba a llevar mucho dinero encima? ¿O si lo llevaba ayer por la tarde?

—No lo sé, pero no lo creo.

La mujer separó las manos para volverlas a enlazar y Tedesco no supo interpretar su gesto.

Se jugó el todo por el todo. Arriesgó:

—Alguien pensó que sí. La persona que la mató le robó el bolso.

El movimiento fue casi imperceptible, apenas un respingo. Una levísima descarga eléctrica que le recorrió la espina dorsal y apareció en sus pupilas como un destello. Berta a punto estuvo de negarlo. No había habido robo. No era una ladrona. Inició el movimiento, no pudo evitarlo. Lo abortó sin llegar a completarlo. Tensó todo su cuerpo para controlar cada músculo y creyó haberlo corregido a tiempo. Con la mirada nuevamente a la altura de la barbilla de Tedesco, se limitó a encogerse de hombros.

En esta ocasión fue el subinspector el que, con las manos unidas sobre la mesa, inclinó el torso hacia delante y aproximó su voz y su mirada a la de la mujer. Tenía la intención evidente de amedrentarla. De nuevo la traicionó un movimiento leve. Alarmada, intentó alejarse unos centímetros, muy pocos, hasta que su espalda chocó con el respaldo de la silla.

—Yo no sé nada —se defendió.

—Usted estaba allí —aventuró Tedesco.

Olga, con los ojos muy abiertos, adelantó el torso en un automatismo. Cuesta entreabrió la boca y respiró profundamente.

—Yo, no… Yo no sé nada. No sé por qué lo dice —farfulló la mujer.

—Está mintiendo. Usted sabe que la persona que empujó a Mercedes no se llevó su bolso —afirmó acercándose todavía más.

—No. Yo, no… Por favor…

—Diego, acerca el coche. Nos vamos a comisaría.

Y Diego se puso en pie.

—No, por favor —rogó con las primeras lágrimas en la voz.

—Está bien, Diego, siéntate un momento. Vamos a escuchar lo que Berta tiene que decirnos.

El agente obedeció. Por nada del mundo deseaba perderse un desenlace que parecía inminente.

—Fue un accidente. Yo no quería… Le aseguro que no quería que pasara lo que pasó. Solo…

Berta Montoro Gabaldón bajó la cabeza y la recogió entre las manos como si pudiera desprenderse de su cuello. Se había derrumbado en unos instantes. En un suspiro.

—¿Solo…?

—Yo nunca quise que muriera. Nunca. No tenía nada contra ella. Al contrario. Era una buena persona. Yo…

Respiraba con dificultad. A indicación de Tedesco, Olga salió en busca de un vaso de agua. Berta rebuscó entre su escote y se llevó la mano a una medalla que colgaba de su cuello. Siguió hablando con ella entre los dedos. Probablemente era una mujer devota.

—Yo salí de aquí detrás de ella, la seguí. Le juro que no quería matarla, solo quería que se torciera un pie, un esguince… algo así. Quería…

La mujer se detuvo de nuevo. Los sollozos le impedían seguir hablando. Parecía haber menguado, como si estuviera a punto de ser devorada por la silla de brazos dispuesta para las visitas de Sotelo.

—Quería… —la alentó Tedesco.

—Quería que cogiera una baja. Unas semanas, un mes… Una baja. Solo eso. Sé que no está bien hacer algo así, pero no sabía cómo… No tenía otra salida. Se lo aseguro.

—¿Una baja? Acaba de decirnos que se llevaban bien, que no…

—Usted no lo entendería —dijo, y por primera vez miró al subinspector a la cara—. Ustedes no pueden entender. No pueden. Mi hija es la primera en la lista de suplencias. Si alguien enferma o se accidenta, mi hija tendrá trabajo.

—Pero no le parece…

—Mi yerno perdió el empleo en la construcción hace tres años, ha hecho alguna cosa pero no nos llega. A mi hija no la llaman, la lista de suplencias hace meses que no corre, y está desesperada. Nadie coge una baja. Tienen dos hijos, ¿sabe? Dos criaturas como dos soles. Y volverán a Honduras el mes que viene si no sale nada antes. Está decidido. Yo no podía permitirlo. No pueden volver.

—No serían los primeros —señaló Tedesco—. Hay mucha gente que regresa a su país.

—Lo sé. Mucha. ¿Y sabe qué pasa en mi país? ¿Ha estado usted alguna vez?

Tedesco negó y se encogió de hombros. Algo había leído sobre Honduras, recordaba que era uno de los países más violentos. Honduras, Guatemala, El Salvador…

Berta entornó los ojos. Había rabia en su mirada, mucha rabia. Una cólera mal reprimida producto de años de impotencia.

—Es mi tierra, y no reniego, no me entienda usted mal. Pero las cosas no son como aquí. —La mujer hizo una pausa. Buscaba las palabras—. Las bandas creen que cuando uno regresa, uno como nosotros, lo hace cargado de dinero. Están seguros de que la gente miente para no repartir. No entienden que vuelven porque aquí se acabó el trabajo y no queda otro remedio. No lo entienden. No lo quieren entender.

—Tuvo usted miedo —apuntó Tedesco.

—¿No lo tendría usted? ¿Sabe lo que hacen? —Y sin esperar una respuesta que no había de llegar, Berta prosiguió—: Secuestran a sus hijos y piden un rescate. La gente no acude a la policía, saben que no serviría de nada y que si lo hacen no volverán a verlos. Ni vivos ni muertos. Solo algunas veces, si la familia consigue pagar, los niños vuelven con vida a sus casas. Muchos acaban enterrados en cualquier parte. A algunos no los encuentran nunca.

El silencio se apoderó del despacho. Olga le tendió un vaso de plástico. La mujer lo rechazó.

—¿Cómo iban a pagar ellos si no nos llega ni para comer? Hace meses que mi yerno apartó el dinero para los billetes de avión. Habían tomado la decisión y yo no podía permitir…

En los ojos de la mujer brotó un destello de indignación. Seguía sujetando la medalla entre los dedos.

—Yo vine primero, yo les traje aquí, les prometí una buena vida. ¿Qué hubiera hecho usted? —inquirió, haciendo de tripas corazón.

Tedesco tenía una hija, Marina, y no encontró una respuesta oportuna. No quiso contestar que hubiera hecho cualquier cosa.

—Usted la empujó.

—Sí. La seguí. A Merche solo le faltaban un par de escalones. Ya le he dicho que no pretendía que las cosas pasaran así. Solo… La empujé, y cuando vi que perdía pie… No sé qué me pasó. Me asusté como una cría.

Tedesco remontó con el anular las gafas doradas nariz arriba y la ayudó a proseguir. Era la señal. Sin pretenderlo, el policía ajustaba las gafas a sus ojos cada vez que conseguía un avance importante en una investigación. Olga Boronat y Diego Cuesta comprendieron que ya no había caso.

—Cuando vio que perdía pie, intentó usted reparar su error. Como ha dicho antes, usted solo pretendía que se torciera un pie, una muñeca… Intentó retenerla, sujetó usted su mano, o su brazo derecho, el mismo en el que llevaba el bolso, por eso no cayó al suelo. ¿Me equivoco?

Berta negó con la cabeza. No se equivocaba. Se había llevado un pañuelo a la nariz y negaba con contundencia.

—Al sujetarla, en lugar de caer hacia delante, Merche cayó en sentido contrario sin poder parar el golpe. Cayó sobre los últimos escalones, se golpeó la cabeza y quedó inconsciente. Quizá murió en el acto. Usted se asustó y desapareció.

Tras unos segundos de silencio, Berta continuó:

—Sí, comprendí que estaba muerta. No respiraba. Todavía no era de noche y vi la sangre que salía de… Tenía el color del infierno, señor… —Se llevó la medalla a los labios como si con su ayuda pudiera conjurar el mal, como si a fuerza de besar el círculo dorado pudiera recuperar el favor de la divinidad—. Le juro que era el color del infierno.

Tedesco cabeceó. Para el policía, la sangre involuntariamente derramada tenía el color de la fatalidad. Olga acabó sus anotaciones y Diego Cuesta interrogó al subinspector con la mirada.

—Os lleváis a Berta a la comisaría. No es necesario que la esposéis. Si Sotelo os pregunta, decís que va a prestar declaración, es una testigo.

—Por favor… Por favor, señor, no le diga nada. Espere un par de días, espere a que la llamen. Por lo que más quiera. Espere a que llamen a mi hija —imploró la mujer al tiempo que retiraba las lágrimas de sus mejillas con el puño de la bata.

—Descuide. Haré todo lo posible.

Cuando la mujer abandonó el despacho en compañía de los dos agentes murmuraba una oración y seguía con la medalla entre los dedos.

A diferencia de Mercedes Aragonés, al policía le agradaba el otoño. Abandonó la estación por la salida que daba al parque. A Tedesco le gustaba caminar y apreciaba tanto el tibio sol otoñal como los primeros atardeceres fríos. Sobre los escalones inferiores advirtió todavía el rastro de la sangre.

Atravesó el parque sin prisas. En uno de los muchos espacios que conformaban el complejo público de FEspanya Industrial, un grupo de jubilados jugaba a la petanca entre pullas y chanzas. Algo más allá, un puñado de adolescentes prófugos de las aulas improvisaba un partido de básquet y un par de cuidadoras empujaban en paralelo las sillas de ruedas de dos ancianas mientras mantenían una animada conversación.

Recorrió las tranquilas calles del barrio hasta alcanzar la popular plaza Osea. Era como pisar un mundo paralelo y muy alejado del mareante ajetreo de la estación. Los bares no habían retirado todavía las terrazas y escogió una mesa al sol.

No dejó de pensar en Berta Montoro y en su mala fortuna.

EMPAR FERNÁNDEZ, 2016

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