Barcelona negra (2016)
Toni Hill. Especies protegidas (La Barceloneta)
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TONI HILL
Especies protegidas
La Barceloneta
Septiembre siempre había sido el mes de los reencuentros. Después de la pausa del verano correspondía reincorporarse al puesto de trabajo, retomar la relación con los compañeros, reiniciar un ciclo vital que finalizaría al año siguiente, cuando el calor apretara de nuevo. «Muchos verbos que empiezan por el mismo prefijo —pensaba él—, inventados para ejemplificarnos que estamos inmersos en un engranaje mayúsculo, mayor que nosotros mismos, del que no podemos escapar».
Aunque, para ser sinceros, para Pedro el septiembre de este año estaba teniendo más ingredientes de renacimiento que de rutina: una nueva ciudad, el mismo empleo en otra sede de la empresa, una casa distinta. Todavía quedaban cajas por deshacer, libros y otros enseres secundarios por colocar, pero el nuevo piso empezaba a parecerse sospechosamente al hogar que dejaron atrás en Zaragoza, cerrado a cal y canto desde hacía tres semanas, cuando él, su mujer y sus dos hijos, de seis y nueve años, recomenzaron su vida en Barcelona. A él no le había costado mucho aceptar el traslado si eso significaba un salario mejor. Eran tiempos en los que las negativas a una mejora laboral estaban mal vistas; al fin y al cabo habían transcurrido muchos años, veintiocho para ser exactos, desde que se fue de Barcelona, y ya no había motivos para sentir recelo alguno. Lidia le había seguido sin oponerse demasiado; los niños protestaron un poco más, sobre todo el mayor, e hizo falta un proceso que empezó por un intento de persuasión y terminó con la exigencia de una decisión tomada de antemano, y en la que los menores de edad no tenían realmente voto a pesar de que sí dispusieran de voz. Demasiada voz, se dice él al ver el perpetuo gesto de insatisfacción de Dani u oír el tono despótico que utiliza al hablar con su hermano pequeño y, a veces, también con su madre. Con él no, de momento, pero hace ya días que percibe cómo se va tensando una cuerda que, un día u otro, terminará por romperse. Lidia también lo nota, pocas cosas se le escapan, y suele dirigirle miradas que piden paciencia y que, en los últimos tiempos, lo irritan más aún que los desplantes del chaval. Sobre todo desde hace una semana. Desde que septiembre se convirtió ya no en un mes en el que uno hace las paces con una cotidianidad no del todo antipática, sino en una época donde se reviven hechos que habían permanecido desterrados durante casi tres décadas.
Él no lo hubiera reconocido, la verdad. El nombre era distinto, obviamente, y sus rasgos se habían modificado mucho en casi treinta años. Y estaba casi seguro de que Iván tampoco le habría identificado de no haber sido por aquella maldita quemadura en su brazo derecho, en el antebrazo exactamente, visible porque el aire acondicionado del nuevo despacho no funcionaba bien y había tenido que quitarse la chaqueta y quedarse en mangas de camisa durante la entrevista de trabajo que le hizo siete días atrás. Iván Muñoz, rebautizado como Ignacio, lo había mirado fijamente a los ojos y había dicho en voz alta aquel nombre, el que le impusieron al nacer, distinto del Pedro Márquez que se había adherido a su identidad como si fuera una segunda piel. La entrevista había finalizado ahí, en el mismo momento en que ambos se redescubrieron y volvieron a ser, durante unos breves segundos, Pol e Iván, amigos para siempre antes de que eso fuera una especie de himno en los Juegos Olímpicos. En el noventa y dos, cuando esa melodía hizo saltar lágrimas de emoción en Barcelona, ellos ya habían adoptado otros nombres, y en el caso de Pol ya ni siquiera vivía en aquel barrio que había sufrido un proceso de embellecimiento de cara al evento —de «apertura al mar», decían—, sino en una tierra más dura, sacudida por el cierzo y a menudo provista de una niebla espesa y dulce, alejada de la salinidad que flotaba en los alrededores de la playa. Ambos se habían sentido incómodos, casi desconcertados ante aquella bofetada de un pasado que se imponía con contundencia y ahora se burlaba de ellos, de sus mejillas enrojecidas, de sus nombres falsos, deshaciendo de un golpe el tupido velo de mentiras que habían tejido durante años. Al menos él. Tardó un poco más en darse cuenta de que ese pasado no pensaba desaparecer, desvanecerse fugazmente dejándole el regusto ácido de los malos recuerdos. No, Iván —porque no conseguía llamarlo Ignacio— se había ido enseguida de la entrevista de trabajo, pero no de su presente. Y empezaba a temer que tampoco pensaba alejarse de su futuro.
Siete días. Han transcurrido solo siete días y en este tiempo Iván le ha llamado tres veces. Cuatro contando la de hoy, y Pedro —porque él sí que es Pedro y tiene una nueva vida que nada tiene que ver con la de aquel desgraciado Pol, el niño debilucho del brazo quemado— ha decidido que darle largas puede ser contraproducente. Mejor terminar ya con esto, poner los puntos sobre las íes, zanjar la cuestión. Por eso está allí de nuevo, en una Barceloneta tan distinta que apenas consigue reconocerla. Como Iván, como él mismo, el barrio ha cambiado, aunque en este último caso se ha producido el efecto contrario: en general se ve más nuevo, más joven y más alegre que cuando ellos correteaban por sus calles. Sobre todo más alegre, ya que incluso a finales de septiembre aparece plagado de turistas uniformados con gorras y chanclas, caminando, montando en bicicleta o en monopatín, impregnando el ambiente de una felicidad vacacional que, en los autóctonos, despierta algo parecido al rencor. Los visitantes se mueven con la indolencia de las especies protegidas, animalitos especiales a quienes hay que proteger y consentir a toda costa en tiempos de crisis.
Al parecer, por lo que ha deducido de sus llamadas telefónicas, Iván ha vuelto a vivir allí, en la misma casa de siempre, después de separarse y perder el empleo, o viceversa. Es uno más de los millones de parados que tiene que reinventarse cuando han cumplido ya los cuarenta. Reinventarse, reencuentro, revivir. La vida de Pedro parece estar ahora llena de acciones que empiezan igual.
Lo más curioso es que volver al barrio después de tantos años no le está provocando la menor reacción emocional, al menos no hasta que se encuentra delante del inmueble donde reside Iván, que permanece inalterable, igual que la calle. Aún cuelgan ropa en los tendederos de los balcones, como cuando ellos eran pequeños. Pedro no se acuerda del piso, pero sus dedos realizan el mismo recorrido que cuando eran niños y da con el timbre correcto. Casi está a punto de preguntar: «¿Bajas?». Pero no, hoy no será Iván el que baje para dar una vuelta el sábado por la tarde, si no está castigado, como sucede a menudo. Es él quien debe subir por aquella escalera vieja y estrecha hasta el tercer piso. Se cruza con un individuo de piel oscura y tiene que apartarse para dejarlo pasar. Flota en el aire un olor penetrante, intenso, a especias que no conoce y que ofenden su sentido olfativo. La bombilla del descansillo del tercer piso está fundida y avanza a tientas hasta la puerta, palpando la pared en busca del timbre. No le da tiempo a hacerlo sonar. Se abre la puerta y entra en un piso que, de repente, lo devuelve a unas tardes eternas de bocadillos de Nocilla mezclados con Los Ángeles de Charlie. Se pregunta si Iván conservará el póster de Farrah Fawcett clavado en la pared de su cuarto con una chincheta. El ángel rubio, la musa de sus masturbaciones compartidas a puerta cerrada cuando ninguno de los dos sabía exactamente qué significaba eso. Casi sonríe.
—No te quedes en la puerta como un pasmarote —le dice Iván.
Va vestido con un pantalón de chándal viejo, de color azul marino, una camiseta desteñida y zapatillas de estar por casa. Los calcetines blancos relucen como vendas fosforescentes en los tobillos. Huele a tabaco, a cervezas solitarias. A tedio.
Lo sigue por un pasillo largo que recuerda bien y ambos pasan por delante de lo que había sido, y quizá sea aún, el cuarto de Iván. Pedro se detiene un segundo ante la puerta de madera pintada de blanco. Allí fueron a buscarlos y allí los encontraron. A los dos, intentando esconderse y a la vez deseando ser descubiertos para que otros, los padres, los adultos, recuperaran el control de una situación que se les escapaba de las manos. «Solo tenemos doce y trece años —había repetido Iván—. ¿Qué pueden hacernos?».
Los muebles de la salita sí que han cambiado, piensa Pedro al ver una pantalla gigante, plana, y un sofá gris provisto de una chaise-longue en la que se percibe claramente la huella del cuerpo de Iván. Justo al lado hay una mesita con un cenicero abarrotado de colillas y una lata de cerveza que su propietario aprieta entre ambas manos al mismo tiempo que pregunta:
—¿Quieres una?
—Sí. Hace calor aquí.
No se atreve a sentarse mientras Iván va hasta la cocina y regresa con dos latas frías.
—Joder, pareces una estatua aquí plantado.
—No puedo quedarme mucho rato.
—Bueno, sea mucho o poco, mejor ponerse cómodo, ¿no? —Iván se ríe y se deja caer sobre la chaise-longue, que lo recibe como una amante reticente y dormida, con un gemido sordo.
Pedro acerca una silla, y al hacerlo se da cuenta de que eso no se ha modificado: son las mismas, de madera y con una tapicería estampada en tonos verdes que ya era horrible cuando ambos eran niños. Su madre siempre lo comentaba cuando iba a buscarlo.
—Joder, tío, me hizo ilusión verte —dice Iván, levantando la lata como si fuera a hacer un brindis.
—Y a mí también —miente él. O quizá no sea del todo falso, pero tampoco es una verdad absoluta.
—Han pasado… ¿veinticinco años?
—Veintiocho.
—Joder, qué control. —Se ríe y da un trago largo.
Pedro se queda mirando la puerta del balcón y se pregunta por qué está cerrada. Cuando antes ha dicho que hacía calor no mentía. En aquella salita pequeña el aire es casi denso y nota una capa de sudor en las axilas. Bebe con avidez, aunque sabe que la ingestión de alcohol no le ayudará a combatir el bochorno.
—¿Por qué no abres? —pregunta, y casi se incorpora para hacerlo él.
—¡No!
El grito de Iván lo paraliza.
—Están ahí afuera —murmura—. Siguen viviendo donde siempre. A veces los veo en la puerta. Vigilándome.
—¿Te refieres a…?
—¿A quién va a ser? A sus padres. Y a aquella hermana suya que estaba tan gorda como él. El otro día me descuidé y alguien lanzó una piedra. Supongo que fue ella. Los padres ya están más muertos que vivos.
—Ya. Los míos siguen bien, en Zaragoza.
—Mis viejos no. Se negaron a marcharse de esta casa y eso los fue matando poco a poco. En realidad este piso llevaba años vacío, pero desde hace unos meses he tenido que abrirlo otra vez.
«Reabrir», piensa Pedro. Busca con la mirada un lugar donde dejar la lata y finalmente tiene que inclinarse hasta la mesita que está situada justo al lado de la chaise-longue.
—Bonito reloj —le dice Iván al verlo de cerca—. ¿Un regalo por los cuarenta?
—¿Cómo lo sabes?
—Yo también esperaba uno —dice sonriendo—. Llegué a casa pensando que quizá me habrían organizado una fiesta sorpresa. Ya sabes, esa chorrada en la que todos están escondidos detrás del sofá y de repente se enciende la luz y ves una pancarta en la que pone «Felices cuarenta» mientras todos cantan el «Cumpleaños feliz». Pero no. Mi mujer prefirió regalarme unos cuernos dorados.
—Lo siento.
—Le salía más barato. —Vuelve a reírse—. Y el puto vikingo tenía que follar como Thor y Odín juntos, a juzgar por los gritos que oí al entrar. ¡Toma fiesta sorpresa! No era la primera vez que me la pegaba, pero nunca lo había hecho de una manera tan descarada. Así que pillé la indirecta y me largué.
—Lo siento.
—Tranquilo. —Iván hace un gesto con la mano, como si espantara una mosca—. Yo la engañé varias veces también. Digamos que la fidelidad no era para ninguno de los dos. Me jodió que me lo dedicara así, con mala leche, el día de mi cumpleaños, y entendí que aquel polvo en estéreo y en sistema dual llevaba implícito un mensaje subtitulado que decía: «A ver si te cabreas y te largas, inútil». ¿Otra birra?
—No. Iván, oye… —Cree que ha llegado el momento de aclarar las cosas, antes de que la lista de desgracias narrada por Iván se prolongue más—. ¿Por qué me has llamado? ¿Necesitas algo? ¿Dinero tal vez?
Iván se ríe.
—Me preguntaba cuánto tardarías en decirlo. Hombre, no te negaré que cuatrocientos euros de subsidio no dan para mucho, y que cualquier donación desinteresada será bienvenida… Pero no he quedado contigo para sablearte. A ti no.
—Entonces, ¿qué quieres? ¿Recordar los viejos tiempos? No son tan bonitos como para recrearse en ellos, ¿no crees?
—¿Te acuerdas de todo? —pregunta Iván. Y en su tono percibe de repente una intensidad que encaja con una mirada fija, brillante, ligeramente desquiciada.
—No. De casi nada, si te digo la verdad.
—¡Joder, eso me pasa a mí! No consigo recordarlo. Y me jode, me jode un huevo.
—Pues a mí no. Al revés, lo que me fastidia es hablar de ello.
—¡Oh, vamos, no seas gilipollas! —Iván se ha levantado de un salto y ahora Pedro lo tiene delante, a una distancia muy escasa, y puede ver las manchas de la camiseta y la goma del pantalón de chándal demasiado prieta, que apenas contiene una barriga que lucha por respirar—. Eso marcó nuestras vidas. Sí, la tuya también, no me vengas con aires de superioridad solo porque tienes un curro y una familia y un reloj bonito. Yo tuve todo eso también y mi mujer estaba más buena que la tuya, que lo sepas.
—¿Has visto a Lidia? —pregunta Pedro, alarmado, pasando por alto la intención de ofenderlo.
—No te pongas paranoico. Fue a buscarte al trabajo el otro día.
Pedro se levanta también. Ahora es más alto y está más fuerte que el otro. Todo él —el traje, la corbata, los zapatos— desprende una imagen más poderosa, más rotunda.
—¿Has estado siguiéndome?
—¿Has estado siguiéndome? —remeda Iván—. Pues sí. Se llama curiosidad, y si la mezclas con mucho tiempo libre y pocas obligaciones, da como resultado eso.
—No quiero verte rondando por mi trabajo.
—¿Y a mí qué? Lo que quieras no es asunto mío.
«¿Qué tengo que hacer ahora? —piensa Pedro—. ¿Cuál es el siguiente paso? ¿Darle un puñetazo? ¿Amenazarlo?».
Iván no le concede el tiempo suficiente para realizar ninguno de esos actos. Da media vuelta y se dirige a la cocina, a por otra cerveza. «Esa barriga no ha crecido sola», piensa Pedro. Le oye hablar desde la salita, rezongar algo en voz no muy alta y no llega a entender qué le está diciendo.
—… y ya te he dicho que no te agobies —prosigue Iván al regresar—. Esto no es un intento de chantaje ni nada parecido. ¿Tu mujer lo sabe?
—¿A ti qué te importa?
—Eso es que no se lo has explicado. —Tira de la anilla y un poco de líquido rebosa y le mancha la camiseta—. ¡Mierda! Pues deberías haberlo hecho. En serio. Les da morbo. A Vero la volvió loca durante un tiempo.
—Un tiempo no muy largo, por lo que veo —replica Pedro, y se arrepiente de esa respuesta irónica casi enseguida, aunque Iván no parece acusar la pulla.
—No me engañó por eso. Al revés, creo que si hubiera podido contárselo bien, con todos los detalles, no habría pasado lo que pasó.
—¿Eso es lo que quieres? ¿Que te ayude a recordar?
Iván vuelve a mirarlo fijamente y Pedro se da cuenta de que ha dado en el clavo.
—Exactamente. —Le agarra del brazo, sin fuerza, solo para instarlo a entrar en su juego—. No soporto… De verdad, no puedo resistir el hecho de tener ese agujero negro en la memoria.
—Pues me temo que en eso no puedo hacer nada.
Por un momento, Pedro intenta concentrarse, regresar a esos días, a ese día concreto. Lo único que le viene a la cabeza es la cara del Gordo. De Óscar, el Gordo Mayer, como le decían ellos en privado por sus dedos gruesos y repulsivos como salchichas crudas. Y todas las palizas que le dio durante los recreos, secundado por aquel séquito de niños que a su lado parecían soldaditos escuálidos y que se reían de la quemadura de su brazo. «Pequeño Garfio», le llamaban, entre lluvias de pescozones que siempre, siempre, precedían al empujón que lo lanzaba al suelo donde, indefenso y humillado, tenía que aguantar sus puntapiés. Y el odio, el mismo sentimiento poderoso y abrumador que le invadía entonces, le tiñe de nuevo las mejillas de rojo y hace que su voz tiemble al decir:
—Era un hijo de puta.
—Ya. De eso también me acuerdo yo —dice Iván en tono casual, antes de dar otro sorbo a la cerveza—. Por eso pasó lo que pasó. Por eso nos lo cargamos, ¿no?
Oírlo en voz alta y expresado así, con tanta indiferencia, casi le hace sonreír. Se reprime, controla el gesto a tiempo, aunque no puede negar que existió una justicia superior en todo aquello. Una justicia real. El puto Gordo merecía un castigo. Pero no la muerte, se corrige enseguida, a pesar de que por un momento ha estado absolutamente convencido de que el mundo ha sido, durante veintiocho años, mejor sin él.
—Éramos unos críos —dice por fin—. No sabíamos lo que hacíamos.
—Va, venga… No me sueltes el rollo paternal, ni el psicológico. Tú no. Ya tengo canas en los huevos, joder. Era un hijo de puta y lo matamos precisamente por culpa de su hijoputez. No me vas a decir que te arrepientes de haberlo hecho.
Lo peor es que no. Pedro se da cuenta de ello en ese instante y es una verdad que lo estremece de pies a cabeza, como si acabara de recibir una descarga de aire helado: se arrepiente de todo lo que sucedió después, o mejor dicho, por todo lo que sucedió después. Pero no consigue sentir ninguna compasión por el Gordo Mayer.
—¿Lo ves? Piensas lo mismo que yo —dice Iván mientras coge un cigarrillo del paquete de Winston y lo enciende.
—Si vas a fumar mucho abre la puerta del balcón, por favor. Aunque sea solo un poco. No aguanto el humo.
—¡Qué delicado! ¿Ya eras así de crío? De eso no estoy seguro. Eras blandengue y poquita cosa, eso sí —comenta mientras va hacia la puerta del balcón y la abre apenas un par de centímetros—. Todos se metían contigo, no solo el Gordo. Yo tuve que defenderte más de una vez. En cambio, no te recordaba tan maniático.
Pedro pasa por alto la última frase y su respuesta se prende a la anterior. Era la verdad. Iván tenía un desparpajo del que él carecía, y desde que llegó al colegio se había convertido en su Superman particular.
—Eso es verdad. Ahí nos hicimos colegas.
—Amigos para siempre —concluye Iván, sonriendo—. Éramos dos parias. Tú con tu brazo chamuscado y tu falta de valor, y yo… Bueno, yo tampoco era el rey de la popularidad, aunque no me importaba mucho ganármela a hostias.
Muñoz y Márquez. Márquez y Muñoz. Apellidos que empezaban por la misma letra y que los habían conducido a compartir pupitre en séptimo de básica, cuando Iván llegó al colegio. Esa había sido la primera razón de su amistad y no otra. Seguramente, si el apellido Muñoz hubiera sido Sánchez esta conversación no estaría teniendo lugar. Iván seguiría llamándose Iván y Pedro continuaría siendo Pol. No habría terminado en Zaragoza después de pasar cinco años en un centro de menores, no habría conocido a Lidia, no tendría dos hijos con ella. Y, por supuesto, el puto Gordo aún respiraría. Ahora sí sonríe y dice, de repente:
—Me acuerdo de su cara, ese día. De sus ojillos brillantes de envidia cuando le dijimos que íbamos a las ruinas de la fábrica.
Era una de las demoliciones que se había realizado no muy lejos del barrio. De Can Folch solo habían dejado la chimenea, en una especie de homenaje al pasado industrial de la zona, pero en esos días de agosto los restos de la antigua construcción seguían por allí: un amasijo de ruinas y tablones que fascinaba a todos, críos y mayores. Estos últimos se habían apresurado a prohibir a sus hijos que se acercaran a cualquiera de los edificios derribados utilizando todo tipo de amenazas. «En 1987 los niños ya eran también especies protegidas», piensa Pedro al recordar el tono serio de su padre, advirtiéndole que no quería enterarse de que andaba rondando por la vieja fábrica. De hecho, aquella orden le había dado la idea de que quizá hubiera algo de interés allí. Los padres solo prohibían las cosas interesantes, como fumar, volver a casa después de las nueve y media «en punto», como si las nueve y treinta y cinco supusieran un acto de rebeldía intolerable, o alejarse del barrio. Iván y él habían desobedecido, aprovechando que era agosto y que las normas se relajaban un poco, aunque no habían encontrado nada que les llamara la atención. Nada excepto el lugar en sí. Había algo fantasmagórico en aquella fachada solitaria y sin fondo, rodeada de montañas de despojos, de polvo y de olor a tierra caliente.
—El Gordo era imbécil —dice Iván—. Aún no entiendo por qué nos siguió.
—Supongo que se aburría tanto como nosotros. Era domingo y verano. ¿Había algo más pesado que eso?
Pero es verdad que los recuerdos de Pedro se diluyen aquí, como si lo que sucedió esa tarde, un rato después, se hubiera demolido igual que aquel edificio del que solo queda una chimenea ahora restaurada. Se da cuenta de que Iván está asomando la cabeza por la puerta del balcón.
—Mírala —le dice—. Ahí está. Debajo de la farola, para que la vea bien.
Pedro se acerca y comprueba que su amigo de la infancia no miente. Hay una mujer de pie, parada en la calle, observándolos.
—No recuerdo haber oído hablar de ella.
—Era más pequeña, bastante más joven que el Gordo. Ahora debe de tener unos treinta y dos o treinta y tres años, así que tenía apenas cinco cuando pasó todo. Se llama Mavi.
—¿Te ha dicho algo? —pregunta él, al tiempo que empieza a sentirse atrapado por aquella mirada fija: algo que no quiere ver y que, sin embargo, a la vez le fascina.
—No. Se limita a hacer eso. O a quedarse contemplándome como una boba si me cruzo con ella en el supermercado o por la calle.
Pedro hace un esfuerzo, intenta introducirse en la mente de aquella chica más bien gruesa, de piel muy pálida y cabello teñido de un brillante color caoba. Él es hijo único, como Iván, pero sabe que sus dos hijos se quieren. Aunque se peleen, a pesar de que se insulten y a veces se peguen, existe entre ellos un sentimiento de unión contra el resto. ¿Qué puede pensar esa mujer de quienes mataron a su hermano cuando eran unos críos? Intenta distinguir si en aquel rostro anodino luce una expresión de venganza o de odio. No lo consigue. Casi juraría que en ella solo hay una concentración desinteresada, como la de un perro apostado en la puerta de la casa de sus dueños, vigilante, dispuesto a atacar si alguien se aproxima demasiado pero incapaz de hacerlo si no es imprescindible. De repente se percata de que ella se marcha y siente unas enormes ganas de hacer lo mismo. De saltar por el balcón y huir a la desesperada, cual ladrón cobarde.
Cuando se da la vuelta, Iván está junto al sofá y bebe en silencio, a sorbos pequeños.
—Es una mierda —murmura—. Lo único especial que hemos hecho en nuestras miserables vidas… y lo tengo perdido en un rincón inaccesible de la memoria. Y ahora me dices que lo mismo te pasa a ti. Joder, ¿te das cuenta de que nunca cometeremos un acto parecido? ¡Matamos a alguien, los dos! Aunque fuera a un hijo de puta como el Gordo. Estaba vivo y provocamos su muerte.
—Nadie le lloró demasiado —añade Pedro—. Quizá solo sus padres. O su hermana, si es que aún se acuerda de él. Desde luego nadie más. De eso sí que me acuerdo: dábamos más pena nosotros dos que el muerto.
—Es verdad. —Iván se ríe—. Y también es justo, ¿no te parece? No es lo mismo matar a un hijo de puta que a alguien normal. Tú le habías soportado durante años, todo el mundo lo sabía. Nos miraban con cara de lástima, como si fuéramos las víctimas.
—Lo éramos —protesta Pedro, con voz algo más débil.
—Supongo que sí. Pero seguimos vivos y él no.
Pedro respira hondo. Intuye que ha llegado el momento de hacer algo y necesita un trago para armarse de valor.
—¿Puedo coger otra cerveza? —pregunta dirigiéndose a la cocina.
Regresa con ella y tira de la anilla con cuidado, sin mancharse. Bebe y luego se pasa la lengua por los labios, para capturar un par de gotas que querían escapar.
—Creo que empiezo a recordar —dice, y la cara de Iván se ilumina a medias—. De hecho, la verdad es que antes te he mentido. No he llegado a olvidarlo nunca. Siéntate.
Iván le obedece. Ocupa el sofá, esta vez sin tumbarse. La ceniza cae sobre la tapicería de color gris y la limpia de un manotazo que solo consigue extenderla aún más. Pedro acerca la silla y toma asiento también. Sí, está convencido de que si quiere terminar con esto y salir de allí, tiene que proporcionarle a su amigo una historia que a partir de ahora se convierta en la versión oficial para los dos. En una verdad compartida y asumida por ambos. Empieza a hablar intentando eludir cualquier atisbo de vacilación, dotando de consistencia una historia de la que en realidad solo conoce el inicio y el desenlace. La llegada a las ruinas, con el Gordo Mayer siguiéndolos a cuatro pasos de distancia, y la huida de los dos: la carrera frenética que los alejaba de aquel cráneo partido. Es precisamente la parte central la que tiene que inventar para que los oídos ansiosos de Iván se queden satisfechos.
Y a medida que hilvana el relato, a medida que urde el diálogo entre aquellos tres chicos, como si hablara de otros, se percata de que eso es exactamente lo que Iván necesitaba y pedía. Lo percibe en sus escasas interrupciones, en su mirada atenta, en la tensión corporal y en la sonrisa que va dibujándose en los labios de su amigo.
«Al fin y al cabo, Iván necesita una inyección de autoestima», piensa mientras compone la trama. Desea oír que un día cometió un acto aberrante y heroico al mismo tiempo para convencerse de que su vida, su mierda de vida, ha tenido un sentido. Y él no es nadie para negarle ese placer a un pobre desgraciado, a un iluso vencido por el peso de las circunstancias. Arma, pues, un relato coherente y persuasivo, intercala incluso algún comentario irónico que hace reír al otro, y no tiene el menor problema en cederle el protagonismo absoluto, en adjudicarle el papel más valeroso, en narrar que fue Iván y no él quien propinó el primer golpe que derribó al Gordo Mayer. Incluso es posible que sea la verdad.
Cuando termina el cuento, comprueba que Iván se halla casi en un estado de trance y comprende que el cerebro de su amigo está procesando esa historia para incorporarla, de manera definitiva, a sus propios recuerdos. Misión cumplida, piensa Pedro, y se dice que ya puede irse, abandonar aquel piso triste y volver al suyo, a las cajas por deshacer, a las miradas exasperantes de Lidia y a las rabietas de su hijo.
—¿Volverás otro día? —le pregunta Iván al ver que se dispone a marcharse.
—No tengo mucho tiempo ahora mismo —dice él en tono de disculpa—. Ya sabes, la mudanza, el trabajo nuevo, los niños…
—Claro. Pero me gustaría que nos viéramos de vez en cuando. Tú y yo solos, tranquilos, sin familia. Yo no tengo nada que hacer y siempre estoy en casa. Te dejas caer por aquí, cualquier día, sin necesidad de avisar, y nos tomamos un par de cervezas mientras charlamos. Del pasado, de los viejos tiempos, del hijoputa del Gordo.
Pedro percibe una nota de angustia en la voz de Iván y comprende que, si cede ahora, estará perdido para siempre.
—No creo que sea una buena idea. De verdad. Quizá sea mejor que nos despidamos aquí. Ahora.
El otro le sostiene la mirada y Pedro no puede evitar sentir el embate de una oleada de compasión que casi le obliga a volver a sentarse. Sin embargo, consigue sacar fuerzas de la necesidad e insiste, una vez más, en un adiós casi definitivo ante un hombre que parece un animalillo abandonado a su suerte. Se marcha de inmediato, después de un par de frases que pretenden ser contundentes y afectuosas, y baja las escaleras deprisa, como si le faltara el aire y tuviera que salir a la calle para respirar.
La mujer ha vuelto. Impasible, con su piel pálida y sus cabellos de color caoba, parece esperarle debajo de la misma farola. Lo contempla con tanta atención que Pedro es incapaz de no darse por aludido, aunque al alejarse intenta imprimir firmeza a su paso, dotar a sus movimientos de un aplomo falso mientras nota la mirada de ella clavada en la nuca, como la de un cazador dispuesto a abrir fuego contra una presa esquiva. Antes de doblar la esquina no puede evitar pararse y lanzar una última mirada atrás, a una calle desierta, a una farola que alumbra una fila de edificios viejos, a la ropa tendida en los balcones. A su propia voz relatando una historia inventada que le ha poblado la cabeza de imágenes difusas y de dudas sofocadas que ahora resuenan, como alarmas rojas, en mitad de la noche.
TONI HILL, 2016