Barcelona negra (2016)

Barcelona negra (2016)


Rosa Ribas. Pablito (Poble Sec)

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ROSA RIBAS
Pablito

Poble Sec

Lo reconoció enseguida. Pablito.

Creía que había muerto después de que lo arrojara por la ventana. Cinco pisos. Una caída así no la sobrevive nadie. Pero Pablito era puro músculo. Músculo y mala leche. Como él. Habían acabado pareciéndose después de ser inseparables durante tres años.

Así que había sobrevivido, el hijo de perra. Algo parecido a una risa le convulsionó las costillas. No se había asomado para ver el cuerpo estrellado en la calle. ¿Había llorado? Por lo menos no en ese momento, delante de los muchachos, que lo observaban con los ojos tan abiertos como las bocas. Cinco muñecos con los brazos detenidos en la misma posición que tenían cuando el cuerpo salió despedido de sus manos.

El primero en superar la parálisis del estupor fue Lucho. Abandonó el piso a la carrera. Dejó la puerta abierta y les llegó su voz entrecortada maldiciendo la lentitud del ascensor. La impaciencia le pudo y acabó bajando a pie haciendo retumbar los escalones.

—¡Pablito! ¡Pablito! —jadeaba escaleras abajo.

Él había arrancado a reír al imaginárselo mientras bajaba, vestido con el pantalón del chándal del Barça y una camiseta de Messi en la que cabían tres, cuatro, cinco Messis y la pelota. Lucho era un buquí, una mole acelerada en el descenso, agarrándose a la barandilla de madera para no derrapar en las curvas, quizá tropezando, quizá cayendo, rodando, rodando, rodando. El semicírculo que trazó su mirada arrancó algo parecido a risas a los otros cuatro. Las risas secas, forzadas, habían cobrado vida propia cuando Lucho regresó jadeante, con lágrimas en los ojos.

—No está. Pablito no está.

—Lo habrá recogido alguien —le respondió Guillermo, su lugarteniente.

—O habrá echado a volar —dijo Jesús, su primo.

Ejercía de gracioso de la banda. No porque realmente lo fuera, sino porque tenía que haber uno.

—No es ley de vida, es ley de grupo —se lo había explicado Guillermo.

Era el sabio, como Lucho era el fuerte. Él era listo y duro; era el jefe. El resto, como los peones, no necesitaba poseer más cualidad que la lealtad.

—Eso, habrá echado a volar —repitió las palabras de Jesús y desató una nueva ola de hilaridad.

Los otros reían nerviosos y horrorizados. Él, que en ese momento habría estado más cerca de las lágrimas, los secundó.

Lucho, dolido, se marchó de nuevo. Anduvo buscando a Pablito por todo el barrio. Había desaparecido. Hacía de ello cinco meses, casi seis.

Lo miró otra vez. Sí, era Pablito, no había duda. Una punzada dolorosa de alegría le atravesó el pecho y lo obligó a toser. Pablito estaba vivo pero la caída no había quedado sin consecuencias: la pata trasera izquierda parecía inutilizada, la llevaba levantada, encogida. ¿O le faltaba un trozo? No lo distinguía bien en la distancia. Trató de volver un poco más la cabeza, pero la nuca endurecida no se lo permitió. Pablito convertido en un trípode y, aun así, se movía con asombrosa agilidad, el cabrón.

¿Y quién era el tipo que lo acompañaba? Un tipo en silla de ruedas. Conocía los modelos. Esa era una de las sencillas. Sería la Basic Light, con chasis de carbono y rueda de doble aro antivuelco, respaldo ajustable, reposapiés giratorio. Sin motor. No parecía necesitarlo. El tipo empequeñecía la silla con su ancho torso y unos brazos musculosos que asomaban de las mangas cortas de la camiseta. La cabeza, cubierta con una gorra de visera. Roja, como la suya; de Ferrari, como la suya; algo ladeada a la izquierda, como la llevaba él. No le gustó. Por primera vez desde hacía semanas su don protector, el animal desconfiado que llevaba en las tripas, se removió inquieto. Le oprimió el bajo vientre con las patas traseras para tomar impulso y empezar a treparle, lento y terco, por las entrañas. Se le escapó un gemido seco.

El tipo llevaba las manos calzadas con unos guantes de cuero que dejaban los dedos al descubierto y protegían las palmas; empujaba las ruedas sin aparente esfuerzo para superar un escalón y cruzar la calzada que rodeaba la plaza del Sortidor. Tenía que tener muy buenos brazos si se movía solo, sin motor ni nadie que lo ayudara en un barrio de calles estrechas, empinadas y retorcidas como el Poble Sec. La gente con buenas piernas solía quejarse de las subidas; las rodillas débiles, los bastones, las muletas y las sillas de ruedas temían mucho más las bajadas, donde era fácil perder el control. Y rodar, rodar, rodar pendiente abajo pisando trozos de envoltorios pringosos, papeles arrugados, hojas resecas de los árboles envenenados de meadas, mierdas de perro, chicles, escupitajos, líquidos de procedencia desconocida en uno de los barrios más sucios de Barcelona; incluso el agua jabonosa con el que algunas marujas se empeñaban en fregar las aceras se convertía enseguida en suciedad.

Rodar, rodar, rodar para acabar chocando contra un bordillo, un coche, la bici de algún niñato, la moto de algún macarra, una vieja cargando la compra, la maleta de un guiri, o llevarse por delante el perro patizambo de un vecino malcarado.

A él solo le había pasado una vez y la responsable lo pagó. Recordó la humillación y el bochorno lo acaloró; una gota de sudor le resbaló por la frente y se le metió en el ojo. Con gran esfuerzo, logró llevar la mano izquierda hacia el lado derecho de la cara y atrapar la siguiente antes de que siguiera el mismo camino. No iba a pedirle ayuda a la chica. Apartó incluso unos centímetros el dedo del botón con el que la llamaba si la necesitaba. Le había dado permiso para que fuera a tomarse un cortado a la panadería de la esquina. El desdén se sumó a la mueca torcida que se había apostado en su rostro para quedarse. Allí estaría lamentándose con alguna amiga, que la compadecería y poco más; los tenía a todos bien acojonados. O tal vez hablarían pestes sobre él. Le daba lo mismo mientras no le llegaran las palabras. Odio y miedo. A los amos no se les quiere, a los amos se les teme y, por lo tanto, se les respeta.

Giró un poco la cabeza en dirección a la esquina. Las dos mesitas pegadas a la pared para dejar unos centímetros de acera a los peatones estaban ocupadas por mujeres que desayunaban después de haber dejado a los niños en el colegio. ¿Dónde estaba ella? No la veía. Se habría metido en el interior del local. Estaba mejor solo, a la sombra de uno de los plátanos de la plaza, contemplando su barrio, su territorio.

Cada día le pedía que lo llevara a una plaza distinta, la de las Navas, la del Ocellets, la de la Bella Dorita, delante del Molino… Desde las plazas la vista abarcaba más calles. La del Sortidor había sido la fatídica; a ella se le había escapado la silla, que había rodado sin control cuesta abajo por Blasco de Garay, en dirección al Paralelo.

«No volverá a suceder», había dicho ella mientras lo recogía del suelo, sucio, con la manga de la sudadera desgarrada. No, seguro que no. Lo había pagado. Tenía que pagarlo, por más prima suya que fuera. Lucho le había dado una buena lección, la que se merecía. «Lucho le tocó la cara, no la honra», le había respondido a su tía cuando le vino con lamentos. Porque era de la familia y las mujeres de la familia eran sagradas. Lo de la cicatriz que le bajaba desde la sien izquierda hasta medio pómulo había sido un accidente. Lucho se había excedido en su cometido, tal vez porque le había dado órdenes expresas de no abusar de ella y Lucho siempre se calentaba mucho cuando pegaba a una mujer. Por algún lugar tenía que salirle el calentón, y fue por los puños.

El tipo de la silla de ruedas se le aproximaba con Pablito cojeando a su lado. Aunque la visera cubría buena parte de su rostro, ahora apreciaba que no era tan mayor como le había parecido en el primer vistazo. Treintañero, como mucho.

El tipo llegó a su altura. Dio dos vueltas a su alrededor con la silla de ruedas, tan rápido que no le dio tiempo de verle la cara, y después se quedó a su derecha, su ángulo muerto, paralelo a él.

—¿Te acuerdas de mí? —El tipo dejó escapar una risa torva—. ¡Ah! ¿No puedes volver la cabeza? No sabes cuánto lo lamento. Si llego a saber que la enfermedad iba tan deprisa habría venido antes. Pero ¿sabes?, no me dieron el alta en el hospital hasta hace tres semanas y son las que he necesitado para acostumbrarme a esto. —Por los golpes que percibió, el tipo debía de estar golpeando las barras de la silla de ruedas—. Y para averiguar por dónde andabas. Discúlpame, chico, el chiste final ha sido involuntario. Ya se sabe, las frases hechas…

Calló. Pareció distraerse con algo que pasaba en la plaza. Pero seguía ahí.

Pasaron así unos minutos, tal vez ni siquiera eso, pero el silencio del tipo parecía alargar el tiempo de una forma anormal. De reojo llegaba a verle los pies. Le preguntaba si lo conocía y le enseñaba solo los pies, el tarado. Se esforzaba por recordar dónde había oído esa voz anteriormente; porque estaba seguro, tenía que saber quién era y no solo porque el otro lo dijera. Los conocía a todos en ese barrio, lo sabía todo de ese barrio, era su barrio. De modo que lo primero que le subió a la memoria fue la certeza de que ese no era del barrio.

Se sobresaltó cuando la voz volvió a sonar de nuevo.

—En el hospital tuve tiempo de pensar muchas cosas. Es normal que uno se ponga a pensar cuando cree que se está muriendo. También gritas y lloras, pero sobre todo piensas. Y te acuerdas de muchas cosas. De las jetas de los tipos que me dieron la paliza. Los volví a ver ayer. No han cambiado mucho en estos cuatro meses. Tú sí.

El tipo le dio unos golpecitos en el brazo derecho. Él trató de revolverse, pero ese lado lo tiene paralizado casi por completo.

—No-me-to-ques-no-me-to-ques.

El tipo apartó la mano.

—Cierto. No sería correcto. Tú tampoco me tocaste, fueron tus chicos. Sin embargo, como te podrás imaginar, cuando salí del coma de ti me acordé especialmente. Sí, pensé mucho en ti, pero también en cosas idiotas, supongo que sería el efecto de los calmantes. ¿A que no sabes qué es lo que se me metió en la cabeza? Las palomas.

Su mirada siguió involuntariamente los movimientos sincopados de un grupo de palomas en el centro de la plaza.

—Las estás mirando, ¿verdad? Han tomado la ciudad. Ríete tú de las bandas. Bueno, si no quieres, no. Ya sabes, las frases hechas… Son ellas las que han tomado la ciudad. Ellas en el aire, las ratas en las cloacas y las bandas en medio. Un sándwich de mierda entre ratas y palomas.

La cháchara del tipo lo estaba cargando.

—Dé-ja-me-en-paz-lár-ga-te. —El esfuerzo por imprimir fuerza a su voz lo dejó sin aliento.

El otro se limitó a dar dos palmaditas en el brazo de su silla, esta vez sin tocarlo. Siguió:

—¿Por dónde iba? Las palomas. Pululan por todas partes buscando y picoteando, y lo que a mí me obsesionó es que cada dos por tres ves una hembra correteando delante de un macho que la persigue hinchando el pecho. ¿A que sí? Pero, y ahí viene la pregunta, ¿has visto alguna vez que un palomo lo haya logrado? ¿Los has visto follar alguna vez? O copular, como se dice con los animales. Yo tampoco. En esta tontería pensaba a veces en el hospital mientras creía que me moría, y en alguna ocasión, cuando los dolores eran demasiado fuertes, confieso que llegué a desearlo. Pero el instinto de supervivencia acabó imponiéndose y el mío se aferró a la idea fija de salir del hospital y ver a un palomo lográndolo. También me mantenía con vida la necesidad de acabar contigo antes de que la enfermedad se encargue de ello; no me parecía justo. Y después estaba Pablito, que me esperaba en casa.

Oyó unos golpes que le resultaron familiares. Los de una mano golpeando los flancos de Pablito, tensos como la piel de un tambor; después, el jadeo agradecido del perro.

—Fui yo quien lo recogió cuando lo tiraste por la ventana de tu casa. Ese día estaba de servicio, vigilando tu piso. Pero espera, que muevo la silla para que sepas con quién estás hablando, o mejor dicho, quién te está hablando, porque a ti te veo poco comunicativo. —Volvió a reír y esa risa sonó más oscura y funesta.

El ruido de los frenos al destrabarse y, de pronto, una cara oscura se puso delante de sus ojos; le mostró el perfil derecho, el izquierdo y se quedó de frente como en una ficha policial.

—El-Mo-ha-med —logró balbucear.

Cuando el rostro se apartó, dejó el olor de un aliento que seguramente recordaba al suyo. Medicamentos. Sus ojos captaron un movimiento blancuzco cerca del suelo. Pablito. El perro se había acercado y los miraba alternativamente. La mancha negra en el ojo izquierdo que le daba aspecto de pirata había ocultado que le faltaba un ojo. El otro lo miraba con la misma frialdad que su nuevo amo.

—Pa-bli-to —dijo.

El perro volvió la cabeza y se sentó al lado de la silla del otro, del Mohamed.

Se preguntó si el policía lo había adiestrado, si se trataba de un truco que le había enseñado al perro para humillarlo. Los perros listos como Pablito aprendían rápido. Un castigo, una recompensa en el momento preciso. Repetir. Repetir. Repetir. Poco más. Con la gente era más difícil. Había que repetir muchas veces. Él tenía su método y su estilo. Se plantaba muy firme delante de la persona y con el índice derecho hacía el movimiento de dibujar una línea en el suelo, una recta que quedaba a ras de la punta de sus zapatos. Dirigía una sonrisa a su oponente mientras el dedo extendido recorría la línea en el aire varias veces.

—¿Ves esta línea? ¿La ves? Hasta aquí. Hasta aquí puedes llegar. Y ni un centímetro más. Pásala. Pásala y verás.

La voz, que podía congelar a voluntad, y los ojos hacían el resto. No hay nada más amenazador que una sonrisa a la que no acompaña la mirada.

Movió el índice y trató de dibujar la línea, su temida línea, rodeando la silla de ruedas. Despacio, con los ojos lobunos de siempre y la sonrisa.

El gesto, su gesto, también se lo había hecho al Mohamed el día que se presentó en su casa por lo de la denuncia, seguramente del bocón del locutorio. Se presentó a media tarde, uniformado. En su casa y uniformado. Delante de su familia y uniformado. Con esa cara de moro y uniformado.

—¿Un Mohamed policía? Ahora sí que lo he visto todo.

Los tenían bien adiestrados, porque el moro con uniforme de los Mossos d’Esquadra ni pestañeó.

Su madre, sumisa, lo había hecho pasar al comedor y se había quedado como escondida detrás del policía. Era grande el mosso, un tiguerón cuyos músculos llenaban bien la camisa. La piel y el pelo oscuros, como los suyos; el pelo ensortijado de los moros. Si le dejó abrir la boca, fue para saber qué voz tenía. Grave, y pronunciaba con acento español.

Con ese acento, que resultó ser el suyo porque, si bien moro de padres, había nacido allí, le explicó que había una denuncia.

—¿Del baboso del locutorio? Puto hablador —dijo él, sin levantar la vista de la pantalla del televisor.

—Eso no se lo voy a decir.

El jodido moro le hablaba de usted.

Con las piernas largas algo abiertas, los brazos cayendo sin tensión a los lados, la cabeza un poco inclinada, el tipo empezó a explicarle cuándo y dónde tenía que presentarse en la comisaría para prestar declaración. La relajación y el tono monótono de la voz del policía le parecieron una falta de respeto. Se levantó de un salto. El mando de la tele salió despedido y cayó al suelo con estruendo de plástico fracturándose. Pablito se abalanzó a cazarlo. Tenía un año y medio y conservaba todavía torpezas de cachorro.

Con una ligera sensación de mareo, que en aquel momento aún no podía adivinar que era un emisario de su enfermedad, se plantó delante del policía. Su madre huyó a la cocina.

Necesitó un segundo para sacudirse el mareo y poner sus pies perfectamente perpendiculares a la línea que dibujaban las juntas de las baldosas.

—¿La ves? —Inseparables, a la vez que el índice estirado aparecieron los ojos fieros y la sonrisa—. Hasta aquí. Hasta aquí vas a llegar.

El policía se encogió de hombros. Sin perder la expresión indiferente, le dijo:

—He dejado la citación en el mueblecito de la entrada.

Se dio media vuelta y se marchó dejándolo a él detrás de la línea del suelo. Su madre surgió de la cocina y fue con el mosso hasta la puerta.

—Has-ta-a-quí-has-ta-a-quí.

La mano se le movía como en un espasmo.

—Has-ta-a-quí.

El Mohamed se reía mientras daba golpecitos cariñosos a Pablito.

—¿Sabes qué me dijo tu madre mientras me acompañaba a la puerta? «Lléveselo ya. Es el demonio. Lléveselo». Sabes hacerte querer, chico.

Lo había maldecido. Su propia madre lo había maldecido, y por eso estaba ahora así.

Pero ella había empezado. Si estaba en casa, porque estaba en casa; si estaba en la calle, porque estaba en la calle. Todo estaba mal, todo molestaba. En la calle por lo menos no tenía que escuchar esa voz lamentándose. Y la estrechez de la casa. En ese piso diminuto en que vivía con su familia habían llegado a meterse hasta doce personas. Las calles eran angostas y empinadas, pero por lo menos se podía mover.

Y lo respetaban. Los amigos lo respetaban. La gente del barrio lo respetaba.

La familia no.

—No te puede respetar quien te ha limpiado el culo y los mocos —le explicó Guillermo, quien con esas palabras ganó a sus ojos el título de sabio.

No podían, pues, respetarlo ni sabían dejarlo en paz.

Su padre con que dejara de picotear aquí y allá y se buscara un trabajo honrado. Y su madre con que hay que demostrar que somos gente decente. ¿A quién? Les preguntaba. ¿A quién coño hay que demostrarle qué? Y su madre se horrorizaba por su lenguaje. Y le decía que hablaba como un español y que no usara esas palabras sucias.

—¡Qué mierda de palabras no quieres que use! ¡Cómo coño quieres que hable! ¡Qué pollas quieres que haga!

Y se cagaba en Dios, en la madre que lo parió, en la puta, y se marchaba de ese piso, del eterno olor a comida que impregnaba las paredes, los muebles, la ropa, porque siempre había alguien cocinando; se marchaba de la música de su país sonando a todas horas. Si hubiera podido explicar qué lo expulsaba de ahí, tal vez hubiera podido decir que era esa música, que no estaba hecha para esa luz ni para esas calles; que estaban fuera, fuera del lugar de donde provenían y fuera del lugar a donde habían llegado.

De tanto patear calles, de tanto putear a gente empezó a hacerse un nombre. Pronto dejó la segunda clase, pasó de recadero y pandillero de poca monta, de seguidor de uno más fuerte, de quien aprendió modos y negocios, a tener un nombre y una carrera propios. En algún momento se hizo con el territorio de su mentor. Caminaba por el barrio con paso moroso y tenso a la vez, siempre dispuesto al ataque, como una navaja automática. A su lado, el trote terso de Pablito, el golpeteo de sus patas sobre el pavimento, la exposición impúdica de sus genitales. «Tenemos cojones, tú y yo, Pablito». El perro lo demostraba por los dos. «Tenemos cojones». En su cabeza pronunciaba la palabra a la española, con una jota de papel de lija y una ese final silbada y dura.

Pablito y él. Y los muchachos. Cada vez más fuertes. Haciéndose respetar.

—¿Protección? —había dicho uno de sus primeros clientes—. ¿De qué o de quién me has de proteger tú, media porción?

—De mí.

Se había abalanzado sobre él con la ferocidad acumulada en años de sermones de sus padres, de burlas cuando era un pez pequeño, de peleas con los del Raval, de broncas con yonquis desquiciados, con borrachos pendencieros.

Como un perro rabioso.

—Con la fiereza de un terrier —había sentenciado Lucho, que lo seguía incluso antes de que él mismo supiera que iba a convertirse en el mandamás de una banda.

Poco después le regaló a Pablito, un cachorro de bull terrier blanco con un ojo de pirata.

El nombre se lo puso el mismo Lucho, en el único destello de inteligencia que tuvo y seguramente tendría en toda su obtusa vida.

—Es como tú, pero en perro.

—¿De dónde lo has sacado?

Lucho nunca compraba nada. Menos aún un perro.

—Se lo vi a un guiri por la Plaza Cataluña y como me recordó a ti… —Hizo una pausa y tensó el cuerpo preparándose para un posible ataque de ira.

A pesar de su corpulencia, no sabía defenderse de él. Era demasiado lento, y, sobre todo, demasiado lacayo.

La comparación, lejos de enojarlo, le hizo gracia. Le echó un vistazo al cachorro que lo miraba desafiante desde la altura del brazo de Lucho. Le gustó.

—Dámelo.

Cogió al perrillo por las patas delanteras y lo levantó. Gruñó. Gimió. Mensaje recibido. Lo desafiaba y lo temía. Lo desafiaba aunque lo temía. Era bravo. A la vez, sabía quién era el amo.

No le contó sus reflexiones a Lucho, quien los observaba expectante.

—¿Era un guiri guiri o un guiri residente? No quiero que un día venga nadie a reclamarlo.

—Guiri guiri. De los de bus turístico.

En un par de días se volvería a su país y su denuncia pasaría a los abultados archivos de robos de los Mossos. Dudaba que hubieran dedicado más tiempo que el necesario para rellenar el formulario de la denuncia. Tenían otras cosas que hacer.

Como tocarle los cojones a ellos y a sus chicos.

Que se estaban haciendo con el barrio.

Y él, mientras ganaba en poder en la calle, perdió en apego a su familia en casa.

Pero las cosas le iban bien.

Él y sus muchachos eran los más grandes.

Pablito crecía. Se volvieron inseparables, él y su yo perruno. Pablito comía cuando él comía, caminaba cuando él caminaba, dormía cuando él dormía. Notaba al momento quién era amigo y quién enemigo. Gruñía cuando era necesario amedrentar, mordía cuando había que herir. Rara vez ladraba. Él tampoco era muy hablador.

Pablito crecía a la par que su poder en el barrio.

Hasta que se torció.

Todo cambió el día en que le pegó a su padre. Ni recordaba por qué el viejo le echó en cara que faltara al respeto a su madre. Él, recién llegado del torbellino de un buen golpe, hambriento, ciego de alcohol y adrenalina. Qué pudo haber dicho o hecho no lo recordaba. El padre quiso levantarle la mano, como cuando era pequeño. Viejo idiota, que no parecía haberse dado cuenta de que ya no era un niño al que se le pudiera pegar sin más. Ante ese gesto, él se volvió para buscar ayuda en la mirada de su madre, que lo frenara, que lo aplacara, pero sus ojos no lo miraban a él, sino a su padre, fondón y vencido, y le pedían que lo hiciera, que le pegara otra vez y bien fuerte a ese hijo mal​ha​bla​do​y​sin​res​pe​to. «Dale, dale duro a ese​zán​ga​no​de​vein​te​años​sin​ofi​cio​ni​be​ne​fi​cio​que​es​la​ver​güen​za​de​la​fa​mi​lia. Sí, qué​des​gra​cia​se​ñor​qué​des​gra​cia​que​no​nos​he​mos​me​re​ci​do». Vio la mano de su madre que se movía como si quisiera guiar los golpes que tenía que darle su padre, como si tirara del hilo que levantaba la mano del padre para buscarle el rostro y que él paró con el antebrazo rápido y ágil de depredador callejero, mientras cerraba el puño y lo lanzaba contra la carne mal afeitada de la mejilla paterna, dura en la rabia, blanda tras el golpe.

Ese primer golpe fue el preámbulo. Si se pega al padre, es para siempre; entonces, hay que hacerlo a conciencia. El bull terrier se agarró a su presa y no dejó de golpear hasta tenerlo de rodillas. Esperó a verlo llorar. Después, se encaró a su madre, a los gritos de su madre, a las maldiciones de su madre con el puño en alto, ensangrentado y dolorido.

—¡Maldito seas! Ya te vendrá tu castigo. Maldito. El Altísimo te castigará.

Pero no pudo golpearla. Nunca pudo golpear a las mujeres. Para eso tenía a Lucho. Con su madre le bastó ver sus ojos de espanto para saber que allí ya era el amo también.

Superado este umbral, acabar de hacerse con el barrio le costó poco.

Entonces apareció el Mohamed. No se llamaba así, pero ellos le pusieron ese nombre porque era moro. Solo había dos nombres para ellos: «Mohamed» o «moro mierda». A ese le tocó el primero.

«Mohamed, el moro ese que es policía», decía Guillermo. «El moro mosso d’esquadra», repetía él, y le daba la risa floja, como si hablara de un torero japonés, un gaucho sueco o un cantante de boleros australiano. Ridículo. De risa. Mohamed, el moro mosso.

Justamente a ese lo habían puesto a investigar en el barrio porque el bocón del locutorio se cansó y denunció que lo extorsionaba. El resto pagaban y punto.

Al del locutorio, por más que lo negara, le dieron una buena paliza. Su mujer tuvo que hacerse cargo del negocio hasta que él dejó de hablar gago a causa de los golpes.

Sin embargo, la maquinaria en su contra ya estaba en marcha. Al frente, el Mohamed. Lo pusieron, no le cabía la menor duda, porque era moro y guapo.

Listo también. Era paciente y cortés con los chinos; determinado y filósofo con los paquis; simpático y hablador con los latinos; atento y moderado con los viejos habitantes del barrio, a los que se dirigía incluso en catalán. Eran listos los mandos de los Mossos, enviando a uno así para que hablara con los extranjeros del barrio.

Así que ese tampoco se había muerto.

Si por lo menos pudiera recordar cómo se llamaba de verdad el Mohamed ese, que poco a poco, charla a charla, sin prisas, fue entrando en el barrio, ganándose la confianza de la gente con su sonrisa franca, su caminar reposado, sus firmes apretones de manos.

Para él, la primera señal de que algo no andaba bien le llegó precisamente cuando no pudo darle la mano a uno de sus chicos. Pero, como llevaban una tarde movida, pensó que era un simple problema muscular. Hasta que la sensación se repitió al cabo de unos días y tardó más en desaparecer. Volvió a sucederle dos, tres veces más. A la tercera la fuerza no volvió, el brazo le pesaba, lo sentía lejano, como cuando se quedaba dormido sobre él, pero sin el hormigueo placentero y doloroso que devolvía el control.

Fue al médico.

Solo Guillermo lo acompañó y solo él supo el diagnóstico, y repitió con él, transido de incredulidad, las mismas palabras fatídicas: «degenerativo», «incurable».

Lo que las sucesivas pruebas médicas no le pudieron pronosticar fue la velocidad a la que la enfermedad lo fue quebrando. Tal vez porque ellos no sabían de su maldición. Eso no salía en los análisis de sangre ni en las ecografías ni en las resonancias. Y, sin embargo, se lo iba comiendo, limitando sus movimientos cada vez más.

Salía, con todo, a la calle rodeado por sus muchachos. Si alguien tenía la esperanza de que su dolencia podría suavizarlo, le bastaba con ser objeto de su mirada, más intensa, más feroz ahora que la enfermedad lo reducía. Los muchachos, unidos a él por el vínculo inquebrantable de la lealtad, actuaban como una muralla.

Pero cuando se quedaba solo, sin el sostén de esos cuerpos que incluso le impedían verse en los escaparates de las tiendas, apreciaba los nuevos mordiscos de la enfermedad en su propio cuerpo, cómo se le iba doblando el espinazo y los brazos se le endurecían mientras los dedos se asarmentaban.

Lo peor era verse en el espejo de Pablito.

—Es como tú pero en perro.

Mentira. Él seguía caminando, trotando, subiendo y bajando calles y escaleras cuando la enfermedad, que en él se desarrollaba con la velocidad del castigo divino que le había anunciado su madre, lo obligó a abandonar las muletas y rendirse a la silla de ruedas. Pablito corría, se alejaba cuatro, cinco pasos, volvía a su lado, una y otra vez, elástico y musculoso. Mientras que él quedaba cada día más atrofiado.

La agilidad de Pablito era una traición, se lo veía en la mirada. En la del ojo del parche negro, que brillaba diferente, burlón. El ojo derecho seguía mirándolo con sumisión y lealtad, pero el izquierdo…

Hasta que un día se hartó. Todavía podía mover bien los brazos. Le hizo a Pablito el gesto para que se subiera a su regazo. El perro lo hizo. Pidió a Guillermo que lo acercara a la ventana. Él empujó la silla obediente. Acarició el lomo, los costados de Pablito, le dio unos golpecitos en la panza que le dejaba tocar confiado. Después, en el que sería su último gran esfuerzo, lo levantó en volandas y en un solo impulso lo lanzó por la ventana ante los ojos atónitos de sus muchachos, los que le mantenían el barrio bajo control aunque a él el cuerpo le estuviera fallando.

Esa tarde, mientras Lucho seguía buscándolo por las calles, salió con los otros.

A lo lejos distinguió la silueta del Mohamed. Alto, erguido, mientras él ya se había convertido en un garabato dibujado por un niño imbécil.

—¿Con quién habla ese?

—Con el paqui de la frutería. Lo tiene ya a punto de caramelo. El día menos pensado, canta —le dijo Guillermo—. Y como cante uno, cantan todos.

—Menudo coro se armará —añadió el tarado de Jesús.

Lucho reapareció al día siguiente. Más desconcertado, le pareció, por la desaparición del cuerpo de Pablito que entristecido por su muerte.

También al día siguiente les llamó la atención ver al hermano atendiendo en la verdulería del paquistaní. Eso no olía bien. Había que actuar y rápido.

Así lo hicieron.

La trampa la urdió Guillermo. El Mohamed se tragó lo del dueño del bazar que quería denunciar las extorsiones y se presentó en el local. No parecía una situación especialmente peligrosa, lo citaron de día, en plena calle Blai, la calle peatonal, llena de gente hormigueando. Vecinos, madres, padres, niños, turistas, desocupados, paseadores de perros, abuelos, grupos de amigos tomando la primera tapa, muchachos tonteando, gente haciendo las últimas compras. Tanta gente que nadie reparó en los hombres que entraron en un bazar con la persiana lo bastante baja para disuadir a algún vecino comprador, que se cerró con un golpe seco que, como mucho, molestó a los que ocupaban la terraza de un bar contiguo. Las voces de la calle insonorizaban el local.

Fue la segunda vez que habló con él. No para disuadirlo de seguir investigando, sino para darle una frase con la que despedirlo.

—Somos la misma mierda, Mohamed. Tú, un moro, y yo, un latino.

—Tal vez, pero somos mierdas en lados diferentes. Y no me llamo Mohamed. ¿O te llamas tú indio?

Ante esta falta de respeto, Lucho empezó a golpear, por lo que no llegó a saber cuál era su nombre. La paliza fue dura y breve. Eran cinco contra uno. Se detuvieron cuando lo dieron por muerto. Pero parecía que no, que allí el único que iba a morirse era él, ni Pablito ni el Mohamed.

El Mohamed parecía seguir el curso de su pensamiento.

—No me mataron, solo me quebraron el espinazo, como se dice. Y aquí nos tienes. Cada uno en su silla. No sabes las ganas que tenía de volver a verte. Como te dije, tres cosas me mantenían con vida: Pablito, las dichosas palomas y verte morir.

Movió la mano para oprimir el botón de alarma.

—¿Llamas a tu prima? No vendrá. Sí, está en la cafetería pero no saldrá. Lo hará cuando se lo diga yo. Te llevará a casa de tus padres. A partir de hoy serán ellos quienes te cuiden.

—Mis-pa-dres-me-o-dian.

—Más de lo que te puedas imaginar. Te están esperando.

—Mis-mu-cha-chos-mis-mu-cha-chos-me…

—Ahorra energía, chico. Tu amiguito, o si prefieres lo llamamos tu sicario, el Lucho, tampoco vendrá a ayudarte. Nunca ha sido una lumbrera. Hasta se reía pensando que era un halago cuando le decían que tenía los testículos más grandes que el cerebro. Y a pesar de todo, entendió que no mereces su ayuda. Se ha ido a pasar unas semanas con la familia que tiene en Gavá.

—Gui-gui-gui.

—Tampoco vendrá Guillermo ni Jesús ni nadie. Te han abandonado, chico.

—Tra-i-do-res.

—No, no son traidores. Han aguantado bastante; podrían haberte dejado antes. Pero ese sentido idiota de la lealtad que tanto os gusta cultivar a los pandilleros los mantenía fieles a ti. La creencia de que os unía algo superior al miedo que tú pudieras infundir en tus buenos tiempos.

Se echó a reír y dio unos golpecitos en el lomo al perro, que jadeó satisfecho.

—¿Sabes cuál ha sido mi mejor argumento? Pablito. Porque han entendido que si fuiste capaz de intentar matar a un ser que toda su vida te iba a ser más fiel que cualquiera de ellos, que lo era más que tu propia familia, que habría dado su vida por ti, no merecías su respeto. Que si fuiste capaz de traicionar a Pablito, también podrías haberlos traicionado a ellos. Que solo la enfermedad llegó antes. Lucho quería venir a liquidarte cuando vio cómo ha quedado Pablito. Guillermo, que es más inteligente, aunque no sea muy difícil, supo enseguida qué hacer.

—¿Qué-que-réis-ha-cer-me?

—Nada. Absolutamente nada.

—¿Na-da?

—Nada. A mí ya me parece bien. Después de los meses en el hospital mirando el techo y pensando en las palomas, me conformo con poco. Con sentarme aquí, a tu lado, viendo cómo te mueres y esperando observar alguna vez a un palomo con éxito.

El tipo le cogió la mano y, aunque él trata de apartarla, no tiene fuerza suficiente.

—A partir de hoy vendré cada día a esta hora, después de que tu prima te recoja de casa de tus padres. Antes tu madre te habrá limpiado bien el culo, y después estaremos aquí los dos y las palomas. He traído una bolsa con miguitas de pan. Está prohibido dar de comer a las palomas, pero, dadas nuestras circunstancias, creo que nadie nos va a llamar la atención. He visto que todavía puedes mover el brazo izquierdo. ¿Quieres echarles tú? ¿No? No pasa nada. Ya lo hago yo. Pitas, pitas, pitas. Pablito, ¡no asustes a las palomas!

ROSA RIBAS, 2016

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