Barcelona negra (2016)

Barcelona negra (2016)


Milo J. Krmpotic. Ruido blanco (Gràcia)

Página 9 de 14

MILO J. KRMPOTIC
Ruido blanco

Gràcia

Se viene abajo su cuerpo derrotado, tembloroso, del que todo comienza a escapar: la sangre que mana de boca e incluso oídos, la orina que dibuja un círculo de creciente imperfección sobre el asfalto, el aliento sibilante. Los pasos que huyen a la carrera rompen en pedazos el embrujo. Suenan ahora voces entre quienes integran el coro de espectadores, sugerencias de llamar a una ambulancia que desatan movimientos aún no tan urgentes como deberían. Interrogantes que no logran erigirse en enunciados coherentes. Expresiones que por fin comienzan a transitar el camino que separa la sorpresa de la consternación. Uno de los conductores retenidos calle arriba, ignorante de las circunstancias que le impiden seguir descendiendo al ralentí, hace sonar el claxon. Se suma el coche a su espalda y no tarda en contagiarse la protesta a todos los que les siguen. Entre quienes marchaban a pie, entre quienes han sido testigos, algunos rostros responden indignados, vociferantes, a la sucesión de bocinazos. Brillan en los balcones los pilotos que anuncian la grabación de la escena por parte de varios teléfonos móviles. Un chasquido recurrente invita a levantar un poco más la mirada, a lanzarla por encima de los tejados buscando su procedencia con curiosidad casi infantil, por un instante ajena al cuerpo que yace desmadejado, sangriento, vacío sobre la calle.

El helicóptero siempre ha estado ahí.

No, claro que no, eso es imposible, cuando menos inverosímil.

Y sin embargo…

Sin embargo te cuesta discernir el momento exacto de esta tarde de sábado en que la cacofonía habitual del barrio, lo que en momentos de mayor optimismo hubieras calificado de sinfonía urbana, el ir y venir de conversaciones, el rugido de los autobuses al pasar bajo tu balcón, el puntual bocinazo sobresaliendo entre el sinfín de pequeños ruidos a la deriva que inevitablemente acaban tejiendo una monumental red de plástico sobre tu océano cotidiano, el tuyo o el de cualquier hijo de vecino… te cuesta discernir en qué momento de esta tarde de sábado la esquizofrenia sonora habitual se ha postrado ante esa presencia última, entre zumbido y ronroneo que viene y va, que viene y va barrio arriba y barrio abajo, omnipresente, altiva, amenazadora por más que sabes que no es a ti a quien está controlando, no eres tú su objetivo y cómo podrías serlo, no has alcanzado ese nivel de paranoia.

Y sin embargo…

Sin embargo conoces bien las distintas fases del baile, de esta danza obscena en su estupidez, su falta de sentido garantizada por la mera repetición de todos y cada uno de sus elementos, nada que ganar más allá del ritual de suciedad y pequeña, controlada destrucción a revertir a lo largo de la semana siguiente.

El zumbido del helicóptero que no lograrás ver, que no logras ver una vez más por mucho que te asomes al balcón, por mucho que estires el cuello, tu espacio de cielo limitado por vivir en un primero y delimitado por la escasa anchura de la calle.

El zumbido del helicóptero y, súbitamente, nada más, por unos instantes dejarán de rugir los autobuses y no lanzarán bocinazos los coches y no habrá motos rasgando el asfalto e incluso las conversaciones se detendrán, como si alguien hubiera quitado el tapón y la vida, cuando menos esa variante urbana y chillona y un tanto carnavalesca de la vida, se estuviera escurriendo ya por el desagüe.

El zumbido del helicóptero sobre tu cabeza y el mapa de silencio a tus pies sobre el que lenta, progresivamente, se comenzará a derramar el griterío viscoso de la turba.

¿Cuántos serán hoy? ¿Cincuenta, cien, doscientos?

Cincuenta, cien, doscientas voces repitiendo a coro la consigna que instantes antes les habrá dado alguien; te cuesta considerarlo un líder, podrías incluso jugar con la idea de que es la masa la que genera el mensaje y él en solitario, el dueño del megáfono, quien se dedica a refrendarlo ampliado, amplificado.

Cincuenta, cien, doscientas voces desfilando calle abajo mientras el helicóptero seguirá llenando las alturas con su zumbido supuestamente controlador pero que poco impide, amenazador tan solo para quienes nada tendrían que temer.

Cincuenta, cien, doscientas voces como una riada de cabezas que, a medio pasar bajo tu balcón, escupirán a dos, tres, cuatro cuerpos con pañuelo palestino cubriendo nariz y boca, capucha inglesa negando cualquier otro rasgo que no sea el de unos ojos de mirada menos fanática que burócrata.

Las mismas pintadas de siempre contra el capital, contra el sistema.

Las mismas patadas de siempre contra las cristaleras del banco de la esquina.

Y otro contenedor, obviamente no el mismo de siempre pero como si lo fuera, despidiendo un llanto de humo acre mientras sus muros de plástico se doblan derretidos sobre la acera.

Aún faltan algunas horas para que los borrachos de la madrugada del sábado se lancen a mear contra las paredes.

Pero incluso si hicieran acto de presencia, aquí y en breves minutos, todos a una, las braguetas abiertas y los miembros arrugados en la mano y las vejigas repletas de la cerveza más barata posible, incluso si lograras reunirlos en torno a ese contenedor que llameará tibio, sin el menor sentido del espectáculo; incluso si lo rodearan y a la voz de ya se lanzaran a vaciar todas sus vejigas a una, lo más probable es que sus chorritos tambaleantes no le acertaran a las llamas, que se acabaran empapando entre sí, confusos, ni tan siquiera asqueados, mientras el plástico continuara consumiéndose camino de volcar sus entrañas, dejando al descubierto su parte proporcional de la basura del barrio.

Y el helicóptero en lo alto, invisible.

Y el helicóptero en lo alto, yendo y viniendo como una canción de cuna.

Y el helicóptero en lo alto.

El helicóptero siempre ha estado ahí.

Solo que no siempre ha sido helicóptero, zumbido, amenaza.

Porque se camufla pero jamás deja de aturdirte. El ruido blanco de estas calles, el ruido blanco de este barrio.

Era la suma de conversaciones ante el portal, era la moto rasgando el asfalto, era la alarma de coche que nadie se preocupaba de apagar, aquellas últimas noches.

¿Y cuántas noches pueden recibir el calificativo de últimas sin que este se vea exigido en demasía, sus bordes estirados en el inútil intento de cubrir más de lo que le está dado, su interior deshilachándose en varios puntos de costura débil?

Últimas no por señalar una posición respecto al orden de noches, todas las noches que fueron; más bien un carácter, un espíritu, una voluntad.

Aquellas últimas noches en las que Lina regresaba del trabajo y tú pretendías estar dormido para no tener que conversar, mirarla a la cara, aparentar.

Aquellas últimas noches en las que Lina se desvestía en silencio y se metía bajo el edredón y, antes que el contacto con su piel fría, varios centímetros antes de hecho, era su olor lo que te tocaba, el encuentro entre los residuos de humo de tabaco y los restos del naufragio del perfume con que había zarpado a primera hora de la tarde, una oleada de desecho amargo combatiendo una punzada de atracción dulzona.

Aquellas últimas noches en las que Lina se zambullía bajo el edredón, te buscaba, te tomaba en la boca y tú fingías despertar, no te quedaba otro remedio, pero podías pretender entonces que no era a Lina a quien pertenecían esos labios húmedos y esa lengua tibia, tampoco es que te hicieran falta grandes dotes para la comedia, el placer es el placer y una vez iniciado tiende a justificarse a sí mismo.

Pero en el fondo no podías engañarte, claro.

La suma de conversaciones ante el portal, la moto rasgando el asfalto, la alarma de coche que nadie se preocupaba de apagar.

Y tu pecho como caja de reverberación de cuanto sonido en la noche era.

El tenue gemido, apenas una exhalación un par de octavas por encima de lo normal, con que Lina te recibía tras sacarte de su boca y sostenerte con la mano y erguirse bajo el edredón para sentarse sobre ti.

El movimiento de sus caderas, tus manos en sus caderas; no podías engañarte, no del todo.

Por más que la habitación se hallara a oscuras.

Por más que te reclamaras silencio.

Por más que el placer llamara al placer.

Lina moviéndose con lentitud, la oleada constante de sus caderas.

Lina buscando tu mano, dirigiendo tus dedos hacia el corazón de su deseo.

Lina gimiendo, su piel que no era tal, su piel que era una doble piel, la superposición de humo de tabaco y perfume dulzón.

Y tu pecho que no aguantaba más y te llevaba a incorporarte y a girar sobre ti mismo, a hacerla caer sobre la cama, a trabar sus piernas con las tuyas y a entrar de nuevo en ella con una urgencia que al menos cupiera malinterpretar.

Y sujetabas, aprisionabas sus manos.

Y colocabas tu cabeza junto a la suya, tus rasgos ahora inexistentes, borrados en el roce con la tela de la almohada.

Y te movías con ferocidad, sus piernas cruzándose sobre tu culo, saltando sobre tu culo.

Y te movías con rabia, sus gemidos junto a tu oreja.

Y te movías con desesperación, su carne temblando bajo la tuya.

Y te dejabas ir, al fin.

El placer llama al placer y nada deja a su paso.

O más bien sí: un vacío.

Una certeza.

Desde luego, no un silencio. No en el barrio, no en aquellas noches de las que ansiabas escapar y que ahora reconoces como últimas sin importar su posición en el plano general.

Salías de ella y la abrazabas y deseabas que no fuera a limpiarse, tanto daba cambiar las sábanas por la mañana a cambio de no prorrogar más el sueño, de sumirte en el olvido.

De no sentirte un hijo de puta.

La abrazabas casi por cortesía, un tanto por no escapar al guión.

Y sin embargo…

No era a Lina, no, a quien deseabas a tu lado. No era a Lina a quien deseabas. No era a Lina.

Y pensabas de nuevo en ella, en la otra, con la esperanza de sentirla, de alcanzar con ese engaño el lugar idóneo para que llegara el sueño.

Pensabas en ella rodeado por el olor a Lina, ahora tabaco y perfume pero también sudor y placer, un placer que en buena parte te pertenecía.

Pensabas en ella sabiéndote un hijo de puta, otro hijo de puta más.

Todo ello mientras las conversaciones seguían frente al portal, continuaban bajo el balcón. Mientras las motos rasgaban el asfalto. Mientras una alarma de coche, quizá el mismo de siempre, se desgañitaba noche abajo sin que nadie se preocupara de apagarla.

El helicóptero siempre ha estado ahí.

Solo que no siempre como presencia inmediata, invisible a tu mirada pero corpórea, metálica, real.

En ocasiones, eres perfectamente consciente de ello, lo que te llegaba y aturdía tenía que ver más con el eco de su zumbido, con la sombra de ese ir y venir por unas franjas de cielo que para variar habían dejado de coincidir con la que se abría sobre tu cabeza; lo que te llegaba y aturdía tenía que ver más con el eco de su zumbido y era tan poco y a la vez tanto como su recuerdo lo que se derramaba y extendía por el barrio golpeando de una pared a otra, escapando por una calle, regresando por esa misma calle y sus inmediatas paralelas, golpeando de un muro a otro, estallando al contacto con la bolsa de aire libre y abierto de alguna de las plazas que bombean la sangre de Gracia, filtrándose por un pasaje peatonal, golpeando de un portal a otro, creciendo camino de una subsiguiente oleada de nuevo ajena a una presencia corpórea metálica real, ajena en definitiva a cualquier justificación física.

Y qué más daba esa justificación, a cuento de qué buscarla, si el eco de un zumbido no deja de constituir un nuevo zumbido.

Así que el helicóptero estaba ahí, permanecía ahí de un modo u otro, la tarde que más bien era noche en la que regresabas de aquel último encuentro con ella, y este último sí respondía plenamente a su posición en el orden general de encuentros que mantuvisteis, difícil referirse a ellos como citas; permanecía ahí de un modo u otro el helicóptero aquella tarde más bien noche donde regresabas a un apartamento en el que ya no quedaba rastro de Lina, de su ropa o de su olor, y mucho menos existía la posibilidad de que fuera a aparecer de madrugada para desvestirse en silencio y zambullirse edredón abajo y recibirte en su boca.

Aquella tarde, antes de convertirse en noche, durante la que ella había desmentido una a una tus esperanzas, durante la que ella había desestimado una a una tus propuestas, durante la que ella había desmontado una por una tus intenciones. Las esperanzas propuestas intenciones, la necesidad y el ansia y el deseo por los que habías abandonado a Lina, la voluntad de dejar de sentirte como un hijo de puta en silencio gracias a la cual habías logrado que Lina te declarara hijo de puta a gritos, antes de cerrar una primera maleta pequeña y de cerrar con un golpe la puerta del apartamento y de cerrar con un llanto escaleras abajo cinco años de su vida que habían sido cinco años de vuestra vida.

Aquella tarde, cada vez más claramente noche, en la que sintiéndote no un hijo de puta, ya no, pero sí un idiota, un idiota por no haber sabido comprender la situación de antemano y por menos todavía comprender el momento al que te habías visto abocado; aquella tarde claramente nocturna en la que subías por tu calle y te fuiste a sumergir en la marea de los que por tu calle bajaban, cincuenta cien doscientos cuerpos desfilando calle abajo, una masa amorfa de cincuenta cien doscientos cuerpos desde la que aquí y allá se escindían uno o dos o tres de pañuelo palestino y capucha inglesa y mirada burócrata para sembrar el consabido rastro y testimonio de cristaleras astilladas y mensajes pulverizados sobre las paredes.

De lemas contra el capital.

De consignas contra el sistema.

De amenazas contra los bancos.

Pero si tu moto no era capital sistema banco, si tú mismo eras tan vecino del barrio como ellos y en realidad eras mucho más vecino del barrio que tantos de ellos, a cuento de qué el destrozo, a cuento de qué golpear tu moto para que se desplomara, patear tu moto hasta arrancarle el retrovisor que no se había hecho añicos con la caída, subirse a tu moto y saltar sobre su cuerpo yaciente como un orangután aplaudido por otros orangutanes, jaleado por otros orangutanes.

El eco del helicóptero en tus oídos.

La sangre palpitando en tus sienes.

La espera agolpándose en tus nudillos hasta que se dieron cuenta de tu presencia, hasta que el orangután principal se dio cuenta de tu presencia y bajó de un salto de la moto yaciente y pasó a tu lado con una sonrisa en efecto simiesca, intocable en compañía de la manada, de nuevo parte de la masa, uno más entre los cincuenta cien doscientos cuerpos que continuaban desfilando calle abajo.

La recuerdas bien aunque no se tratara de la primera vez que eras objeto de vandalismo.

La recuerdas bien, claro, por ser la más destructiva de esas tres cuatro cinco veces, la primera además que te tuvo como testigo directo.

Pero la recuerdas bien, principalmente por tratarse de la tarde, en realidad ya noche que seguía a la tarde en la que ella te arrebató el sentido, desnudó tus decisiones, te condenó a una soledad doble, la que tú habías escogido y la que te acababan de imponer.

Y hay dualidades de las que no se regresa indemne.

El helicóptero siempre ha estado ahí.

En las alturas, en tu cabeza, en tus oídos.

En ese siempre anterior a la marcha de Lina, pero sobre todo en ese siempre posterior a la marcha de Lina.

En ti: es tan corta la ilusión y es tan condenadamente largo el desencanto.

Lo reconociste a los pocos días. Demasiado cerca, en un contexto cuya proximidad te obligó a preguntarte cuántas veces te habrías cruzado con él en esa cercanía, desde esa cotidianidad, sin distinguir sus rasgos, sin un antecedente para reconocerlos, todavía sin razones para odiarlos.

Tú y él, él y tú, ambos desempeñando vuestros respectivos papeles en el teatrillo comúnmente conocido como vida de barrio.

Regresabas de la farmacia o del súper o de ambos. Decidiste cruzar la plaza en diagonal, una de las plazas, la que gravita en torno a un reloj, pasaste junto al reloj condenado a exigirte siempre la distancia más corta, el recorrido más rápido, como si en casa tuvieras algo que hacer, como si en casa hubiera alguien esperándote, como si en casa te aguardara algo más que un sillón y un televisor empeñado en reproducir los mismos contenidos intercambiables. Una bolsa en la mano, quizá una bolsa en cada mano, y allí, aún a la sombra del reloj si la tarde no hubiera sido de invierno, en un giro casual del cuello, en una mirada que se extendió curiosa por las personas que desafiaban la tarde de invierno en las terrazas de la franja de montaña, allí estaba él, allí su sonrisa simiesca, allí su corte de pelo al dos y su doble pendiente en la oreja izquierda, conversando bebiendo cerveza lanzando una carcajada.

Y allí tú, a escasos dos tres metros, sintiendo el reconocimiento en los nudillos, sintiendo la rabia en las sienes, sintiendo también algo inesperado, una reacción que no formaba parte del libreto, si acaso una nota al pie, como mucho una acotación en la que hasta ese momento no habías reparado.

Y allí tú, a escasos dos tres metros, sintiendo miedo.

Y allí tú, ahora a cuatro cinco seis metros, alejándote cada vez más de su sonrisa simiesca, alejándote de su corte de pelo al dos y de su doble pendiente en la oreja izquierda, incapaz de alejarte de esa carcajada que indefectiblemente habría de sumarse al pandemonio de tu vida de barrio, de tu soledad doble, de tu ruido blanco.

Porque la cercanía era evidente y la cotidianidad os arrastraba, imposible dejar de confluir, cuánto, una vez a la semana, dos veces al mes, tanto da, la cotidianidad os arrastraba y cada confluencia era reconocimiento por tu parte, aparentemente no por la suya, y cada confluencia era rabia y era miedo, rabia que crecía alimentada por el miedo, miedo a que él fuera consciente de esa rabia creciente y actuara en consecuencia, se defendiera desde el ataque, rara era la ocasión en que dejaba de presentarse a vuestro encuentro ritual acompañado por otros miembros de la manada.

Quizá necesitabas tan solo una excusa.

Quizá necesitabas tan solo una razón a la que aferrarte antes en presente que desde el pasado.

Quizá necesitabas tan solo esa espoleta que disparara el acceso de rabia varios puntos por encima del acceso de miedo.

Sí, podías jugar con ese escenario, podías preverlo y masturbarte mentalmente elaborando recorridos, imaginándole consecuencias, escenarios de catarsis que no dejaban de anunciar una represión, represión que no dejaba de encontrar cierto alivio en aquellos escenarios de catarsis que diseñabas noche abajo en espera de que te llegara el sueño, pese a saber que si acaso contribuían a alejarte del sueño, que si acaso lo que atraían era un magma de frustraciones ecos la distorsión de una carcajada. Y esa presión en las sienes. Y un zumbido en los oídos.

Como si la vida hubiera hecho caso alguna vez a tus sueños previos al sueño.

O como si la vida, por no haber hecho caso antes a tus sueños previos al sueño, fuera a hacerles caso después.

¿Qué era peor: ignorar la experiencia o pretender que, de tanto repetirse, algún día iba a arrojar un resultado diferente?

Como si la vida no jugara constantemente a la sorpresa.

Con un gato y un ratón persiguiéndose sobre una ruleta eterna.

Y así la vida, así la ruleta, así un domingo cualquiera que era un domingo especial, particular cuando menos, así la vida y la ruleta y vuestro encuentro ritual, el de cada semana o el de dos veces al mes, tanto da, tú y él, él y tú, tú acudiendo a votar, él sentado al otro lado de la mesa electoral, ambos separados por una mesa pero por vez primera unidos por el eje de lo justo y de lo cívico y de lo correcto, tú votante y él apoderado, y cómo iba él a formar parte del eje de lo justo y lo cívico y lo correcto, él que desfilaba por las calles y cortaba las calles como si le pertenecieran, él que se sentía lo suficientemente intocable como para tirar una moto y subirse encima de esa moto yaciente y saltar sobre ella y patearla, cómo iba él a formar parte del eje al que pertenecías tú sino desde una perversión de lo justo y lo cívico y lo correcto, cómo si no.

¿Qué era peor: creer a estas alturas en una dicotomía ética o descubrir que en realidad ninguna línea os separaba, que ninguna línea te protegía, que ninguna línea te justificaba?

Quizá era esa la excusa razón espoleta que necesitabas.

O quizá es que por fin rabia y miedo, miedo y rabia, se habían anulado entre sí. ¿Y qué te quedaba, si no la ausencia de esperanza?

Tardaste varias noches de magma presión zumbido en decidirlo.

Porque hay unidades de las que no se regresa, de las que no se puede regresar indemne.

El helicóptero siempre ha estado ahí.

No, claro que no, eso es imposible, cuando menos inverosímil.

Y sin embargo…

Sin embargo te cuesta discernir el momento exacto de esta nueva tarde de sábado en que la cacofonía habitual del barrio, lo que en momentos de cierto optimismo hubieras calificado de sinfonía urbana, el ir y venir de conversaciones, el rugido de los autobuses al pasar bajo tu balcón, el puntual bocinazo sobresaliendo entre el sinfín de pequeños ruidos a la deriva que inevitablemente acaban tejiendo una monumental red de plástico sobre tu océano cotidiano, el tuyo o el de cualquier hijo de vecino… te cuesta discernir en qué momento de esta tarde de sábado la esquizofrenia sonora habitual se ha postrado ante esa presencia última, entre zumbido y ronroneo que viene y va, que viene y va barrio arriba y barrio abajo, omnipresente, altiva, amenazadora por más que sabes que no es a ti a quien está controlando, no eres tú su objetivo y cómo podrías serlo, no has alcanzado ese nivel de paranoia.

Y sin embargo…

Sin embargo, ¿y si fuera a ti a quien al fin convoca?

Porque conoces bien las distintas fases del baile, de esta danza obscena en su estupidez, su falta de sentido garantizada por la mera repetición de todos y cada uno de sus elementos, nada que ganar más allá del ritual de suciedad y pequeña, controlada destrucción a revertir a lo largo de la semana siguiente, porque conoces bien el baile sabes que, si quieres participar en él, este es el momento.

Así que te apresuras hacia la puerta, así que la abres y bajas las escaleras, al alcanzar el vestíbulo de entrada te preguntas si has llegado a cerrar el apartamento, tanto da, así que sales a la calle igualmente, notas el frío en los brazos, has salido sin abrigo pero tanto da, tanto da todo, tanto da nada.

El zumbido del helicóptero que no logras ver, que no logras ver una vez más por mucho que dirijas la mirada al cielo, por mucho que estires el cuello, tu espacio de visión limitado por hallarte a pie de calle y delimitado por la inmediatez de los edificios de la otra acera.

El zumbido del helicóptero y nada más, han dejado de pasar los autobuses y han dejado de pasar los coches y no hay motos rasgando el asfalto e incluso las conversaciones se han detenido, como si alguien hubiera quitado el tapón y la vida, cuando menos esa variante urbana y chillona y un tanto carnavalesca de la vida, se estuviera escurriendo ya por el desagüe.

El zumbido del helicóptero sobre tu cabeza y el mapa de silencio frente a tus ojos sobre el que lenta, progresivamente, se comienza a derramar el griterío viscoso de la turba.

Los descubres calle arriba, a apenas un par de esquinas de distancia. ¿Cuántos serán hoy? ¿Cincuenta, cien, doscientos? ¿Y será él uno de ellos?

Cincuenta, cien, doscientas voces ahora a poco más de una esquina de distancia, repitiendo a coro la consigna que acaba de darles alguien; te cuesta considerarlo un líder, podrías incluso jugar con la idea de que es la masa la que ha generado el mensaje y él en solitario, el dueño del megáfono, quien desde la cabeza de la marcha se dedica a refrendarlo ampliado, amplificado.

Te acercas al bordillo, a tu derecha un contenedor de reciclaje de plásticos te servirá de ancla en medio del torrente, al menos mientras no arda.

Cruzan la última calle y enseguida los tienes encima, delante, ya no hay distancia que valga. Desfilan ante ti y tu mirada los recorre, se esfuerza por individualizarlos, pero no lo ves, no logras verlo.

Cincuenta, cien, doscientas voces desfilando calle abajo mientras el helicóptero llena las alturas con su zumbido supuestamente controlador pero que poco impide, amenazador tan solo para quienes nada tendrían que temer.

Cincuenta, cien, doscientas voces como una riada de rostros que, a medio pasar ante tus ojos, revela súbitamente unos rasgos conocidos, un corte de pelo al dos, un doble pendiente en la oreja izquierda, una sonrisa eternamente simiesca.

Así que das un paso al frente.

Así que das otro paso al frente.

Así que das un paso al lado y otro paso al frente y otro paso al lado para que nadie se te lleve por delante.

Y por fin te plantas te presentas te detienes ante él.

No alcanza la categoría de cortocircuito, al menos de momento, pero sí de interferencia. Una sucesión de pequeñas interferencias, en realidad, que se tornan notables por suceder en un muy corto plazo de tiempo, fogonazos que en su rápida sucesión sugieren unidad, suman la intensidad suficiente como para que uno preste de repente atención a la emisión que venía ignorando desde el sofá. Solo que aquí no hay sofá. Ni pantalla. Ni espectador dejando rodar la consciencia sobre la tarde de sábado. Lo que hay es calle y ojo colectivo, crisol de miradas que protagonizan aquello que ven, que en consecuencia ven aquello que protagonizan, y el orden de los factores alterará a ratos el producto. Esto es, la narración de los hechos, las historias que llegarán después, cuando los puntos hayan dibujado un camino y a ese camino se le busquen las cosquillas suponiendo que habrá sido resultado de una voluntad coherente, a partir de la cual cabrá incluso señalar una lógica.

La primera interferencia es un cuerpo que se embarca en una trayectoria no ya diferente a la que sigue el resto de cuerpos, sino perpendicular a la misma. Un cuerpo que se adentra en la masa y se deja engullir por la masa pero que no deja de representar un agente externo a ella, una posible expresión de agresividad.

La segunda interferencia llega cuando el cuerpo extraño detiene su trayectoria, certifica la violencia de su intrusión porque todos los movimientos anteriores, aunque divergentes, no dejaban de pertenecer a un mismo campo genérico, mientras que el reposo representa la antítesis a cualquiera de ellos.

La tercera interferencia mantiene ese carácter casi exponencial de la amenaza en cuanto pasa a involucrar a las dos partes. La ofensa cometida por el cuerpo extraño, al fin evidente, provoca una doble reacción en los elementos que conforman la masa: unos, pocos pero directamente comprometidos, se detienen al verse frenados por su presencia, mientras que otros, más numerosos pero que se quieren o consideran apenas aledaños al requerimiento, se alejan perceptiblemente de lo que no pueden dejar de identificar como un escenario corrupto.

Imposible, a estas alturas, no prestarle atención.

Porque entonces, tras ese breve lapso de desorden, en el punto álgido que anticipa el estallido de confusión, acontece el cortocircuito propiamente dicho.

Desde un principio, parece cada vez más evidente, el cuerpo extraño ha escogido un antagonista, un objeto concreto al que acercarse, primero, y oponerse acto seguido. Y ese objeto ha tardado apenas un par de segundos en reconocerse destinatario de sus movimientos y de su provocación. Y no está claro que haya habido intercambio de palabras en tan breve lapso de tiempo, también diferirán las descripciones de las miradas, actitudes, acompañamientos gestuales que hayan esbozado uno y otro. Pero el primer golpe cala en la totalidad de testimonios, elimina cualquier atisbo de disparidad: lo ha propinado el muchacho que desfilaba y no ha sido en la forma que cabría esperar para quienes solo han asistido a tales situaciones en calidad de espectadores de cine o de televisión. El puño cerrado cumple con los requisitos, pero no así el dibujo que efectúa el brazo al dispararlo, ese alzarse para caer con voluntad de martillo sobre la sien izquierda del hombre en mangas de camiseta pese al frío de la tarde prenavideña. Y el hombre, que no ha emprendido ninguna maniobra de alejamiento ni ha intentado protegerse de un impacto tan telegrafiado, se desmorona, cae sobre sus rodillas, sacude la cabeza en tramos cortos de lado a lado como si creyera que la conmoción que se ha adueñado de sus sentidos es externa y accesoria, como si existiera la posibilidad de desprenderse de ella como quien hace caer unas gafas o un sombrero. Pero apenas dispone de tiempo para descubrir la verdad porque una patada plana sobre la boca del estómago, una patada que denota cierto conocimiento de artes marciales, lo lleva a doblar el tronco hacia delante mientras el resto de su cuerpo se ve proyectado hacia atrás, sus rodillas se despegan del asfalto en un salto imposible y contra el asfalto, dos pasos más allá, se estrella su espalda. Y podría quedarse allí, dolorido, sin aire en los pulmones, tosiendo, quizá escupiendo algo de sangre, sencillamente derrotado, conociendo el alcance de su derrota, aceptándola. Pero no. En el círculo perfecto que se ha dibujado a su alrededor, donde los que aún no saben ríen y los que comienzan a intuir sienten una pelota en el pecho y murmuran para sus adentros que no se mueva más que no intente que simplemente no, el hombre se pone de lado sosteniéndose en un codo, boquea en busca de aire, recoge las rodillas para cimentar su regreso a una contienda en la que solo ha querido participar como muñeco de feria. Y mientras se afianza sobre las rodillas y consigue un segundo sostén en sus manos extendidas contra el suelo, su cuerpo dibujando un puente con la espalda a modo de arco, llega un nuevo puñetazo lateral. Y otro. Y otro. Y, porque no se desmorona, otro otro otro otro más. Entre grumos de sangre y saliva un diente se aleja de él tintineando sobre el asfalto. Aunque de inmediato escapa a su campo de visión, una danza de virutas luminosas sobre manchurrones oscuros que no dejan de crecer, puede escucharlo en el silencio puntual de la calle, preludio de un silencio mucho mayor.

Por fin su cuerpo se viene abajo.

Demasiado tarde, demasiado roto.

Se viene abajo su cuerpo derrotado, tembloroso, del que todo comienza a escapar: la sangre que mana de boca e incluso oídos, la orina que dibuja un círculo de creciente imperfección sobre el asfalto, el aliento sibilante. Los pasos que huyen a la carrera rompen en pedazos el embrujo. Suenan ahora voces entre quienes integran el coro de espectadores, sugerencias de llamar a una ambulancia que desatan movimientos aún no tan urgentes como deberían. Interrogantes que no logran erigirse en enunciados coherentes. Expresiones que por fin comienzan a transitar el camino que separa la sorpresa de la consternación. Uno de los conductores retenidos calle arriba, ignorante de las circunstancias que le impiden seguir descendiendo al ralentí, hace sonar el claxon. Se suma el coche a su espalda y no tarda en contagiarse la protesta a todos los que les siguen. Entre quienes marchaban a pie, entre quienes han sido testigos, algunos rostros responden indignados, vociferantes, a la sucesión de bocinazos. Brillan en los balcones los pilotos que anuncian la grabación de la escena por parte de varios teléfonos móviles. Un chasquido recurrente invita a levantar un poco más la mirada, a lanzarla por encima de los tejados buscando su procedencia con curiosidad casi infantil, por un instante ajena al cuerpo que yace desmadejado, sangriento, vacío sobre la calle.

MILO J. KRMPOTIC, 2016

Ir a la siguiente página

Report Page