Barcelona negra (2016)

Barcelona negra (2016)


Carlos Zanón. El día que mataron a Leo (El Guinardó)

Página 11 de 14

CARLOS ZANÓN
El día que mataron a Leo

El Guinardó

No somos lo mejor que hemos podido ser.

Tampoco lo peor, aunque por poco.

JAVIER CARNICER, «Humanidad»

Mataron a Leo en la puerta de la escuela. Una escuela a la que él nunca asistió. Leo no necesitaba aulas ni profesores ni saber de Historia o de Lengua: ya lo sabía todo y lo sabía de siempre, desde antes de nacer. Decían de Leo que había asistido al San José de Calasanz en la calle San Quintín, cerca del Hospital de Sant Pau, una zona que ya no se sabía si seguía perteneciendo a nuestro barrio del Guinardó, y lo habían expulsado de aquel instituto y del siguiente y del otro y de todos los anteriores. El desprecio que sentía Leo hacia nosotros, niñatos y adolescentes que esperábamos a la puerta de esa escuela privada, era tan profundo y evidente que casi nos hacía un daño físico, con independencia de que estuviéramos cerca de él o a unas calles de distancia. Si llegabas a la puerta del colegio y no estaba, tus compañeros y tú, los edificios que nos rodeaban, el barrio entero respiraba, aliviado. Leo nos despreciaba sin razón alguna. Despreciaba que estudiáramos, que llegáramos pronto o tarde, que riéramos, que fuéramos niños o ya púberes, que mostráramos maneras de pajilleros o tuviéramos novia. En definitiva, le asqueaba nuestra mera existencia. Del primero al último. Desprendía Leo un aura tóxica, imantada, que te atraía para destruirte, como la Estrella de la Muerte. Llegabas al espacio delante de la escuela y emergía de las sombras de la portería de al lado como una enorme araña negra balanceándose en sus hilos. Aparentaba mirarte sin verte pero ambos sabíais que no era así. Tu única esperanza era que ya hubiera comido moscas cuando tú llegaras. No había un patrón, una rutina. O si la había nadie la conocía, y era más caprichosa que arbitraria. Daba igual que Leo estuviera acompañado o solo. Que fuera viernes o lunes. Que tuviera los ojos enrojecidos, con novia o sin ella, que tarareara a los Deep Purple o a Gianni Bella. Aquello pasaba o no pasaba. Y cuando pasaba, lo máximo que podías esperar es que fuera rápido, que se cansara pronto de ti. Una humillación de baja intensidad. Recuerdo en una ocasión que me paró, me revisó por si tenía algo de pasta, sin encontrar nada, y estaba a punto de dejarme marchar cuando reparó en que llevaba conmigo un póster de los hermanos Gibb, enmarcados en sus lustrosas cabelleras, frente a un único micro. Me lo acababa de dar una chica que me gustaba y que lo había arrancado del Lecturas de su madre. Leo vio ese póster y con mimo y maldad fue doblándolo en cuatro, ocho, dieciséis partes, pasando su dedo de uña guitarrera sobre cada borde antes de entregármelo. Me aguanté las ganas de llorar, haciendo como que no me importaba. Apenas tenía doce años pero me juré que no pararía hasta vengarme de ese hijo de puta. Cuando llegué a casa desplegué el póster. Estaba inutilizado, los dobleces habían blanqueado las caras, las camisas rojas y blancas de los Gibb. A pesar de eso, lo colgué con chinchetas de la pared, al lado del póster inmenso de Neeskens, con sus espinilleras blancas y su sonrisa de holandés tontorrón, y frente a Rod Stewart y su garra aferrada en el glúteo de una rubia.

Tardaba unos quince minutos —veinte si antes tenía que llevar a mi hermana a la guardería Picarol— desde mi casa en Alt de Pedrell hasta el colegio Izhos, que así se llamaba, Izquierdo Hermanos, aunque lo regentaban mujeres, siete en total, todas solteras y grandes como montañas, como escritas por los Grimm, venidas desde Valencia, huérfanas desde crías de un padre que les marcó la vida como un dios que uno se imaginaba iluminado por detrás por el sol de Sorolla. Eran mujeres fuertes y disciplinarias sin ser crueles. Justas a su manera, aunque creían en valores e ideas en los que ya nadie creía, eran una cápsula que alguien había dejado abandonada en un planeta esquivo y reflectante a esas mujeres, y el mero hecho de no casarse ni tener descendencia ahondaba más en la idea de que pertenecían a una subespecie humana que se extinguiría con ellas, tal y como así fue.

Salía yo de mi casa, aquella torre pintada de blanco hacía ya demasiado tiempo, cruzaba la calle, sin apenas circulación al tratarse de una sin salida, y bajaba por unas escaleras hasta el pasaje Arco Iris. Este me llevaba a la calle del mismo nombre que serpenteaba hasta Llobet-i-Vallosera, en la esquina de la iglesia, que también era un centro de monjas algo siniestras que acogían a madres solteras que no querían perder el embarazo y sí dar al recién nacido en adopción. Su propio nombre, Siervas de la Pasión, parecía una broma pesada o un reproche se mirara por donde se mirara. De Llobet-i-Vallosera a Plaza Catalana, y allí ya te metías por debajo de los edificios hasta donde estaba la escuela. Aquel día en el que mataron a Leo, nada más llegar uno ya sabía que había pasado algo excepcional, pues todos se habían dejado llevar por un grado de excitación que nunca había notado hasta la fecha y parecían mirar hacia un lado determinado de aquel escenario con casi siempre los mismos personajes y las mismas situaciones. Eramos una treintena de chavales los que esperábamos para entrar a las nueve de la mañana y a las cuatro de la tarde en esa escuela de pueblo, escondida, anticuada, como olvidada por los planes de estudio y los tiempos que nos tocó vivir. Una escuela rural abandonada en los aledaños de la gran ciudad. Esa academia subsistió hasta que a mediados de los ochenta la normativa académica y municipal la trituró. Desde ese momento hasta hace relativamente poco, fue un concesionario de automóviles que, con la crisis, y como gran parte de los locales, lleva ahora pegado en sus cristales carteles de inmobiliarias que también han cerrado. La entrada principal del Izhos daba a la avenida Virgen de Montserrat, y la posterior, que se abría para salir al recreo, a un aparcamiento y a un pasillo de piedra que nos servía de cancha de fútbol, pista de gimnasia y lugar para escondernos a fumar. Esa puerta trasera que quedaba en un socavón bajo los pisos, como una brecha que un terremoto hubiera abierto y nadie hubiese querido volver a cubrir de arena, por detrás de Plaza Catalana, solo se abrió en una ocasión que no fuera clase de gimnasia o ir al recreo a eso de las once y cuarto: el día que dispararon a Leo. Lo hicimos para evitar tropezamos con la policía, pero eso solo hizo que tardáramos un par de minutos en llegar al lugar donde lo abatieron, hipnotizados por las manchas de sangre en la acera. Mataron a Leo de un único disparo en el pecho. También dispararon a su padre pero este no murió. Permaneció mucho tiempo en el hospital de Sant Pau pero el viejo sobrevivió. Meses después lo podías ver agarrado para no caerse a las barras de los bares de la Avenida y calle Siglo XX o Varsovia. Lo de Leo le tocó profundamente. Tenía otros hijos pero ese era su favorito. Al que se llevaba a trabajar con él. Tan hijo de perra como juraba haber sido él a su edad. Se contaba que el padre de Leo arreaba a su mujer a las primeras de cambio, pero que ella tampoco se quedaba atrás. Era una mujerona morena, una maña con un escote del que colgabas los ojos y lo recordabas luego, a solas, y una risa que ampliaba el espacio a su alrededor. Se contaba que el padre de Leo la había ganado en una timba de cartas al padre de María Teresa, que así era como se llamaba. Eso siempre me pareció demasiado estrafalario, pero la historia era tan buena que la seguimos difundiendo y dando rango de verdad absoluta. Leo se avergonzaba de su madre. Quizá sabedor de que su padre la había comprado como pago de una deuda de juego o que, al menos, esa mentira se adaptaba al tipo de mujer que ella aparentaba ser. Es cierto que su madre era ordinaria, sexual y extremada, pero probablemente no fuera eso lo que le generaba ese sentimiento a Leo, sino el simple hecho de reconocer que tenía madre. De primeras parece una idiotez pero, con sinceridad, creo que la cosa iba un poco por ahí. Leo parecía sentirse bien haciéndonos creer a todos, y quién sabe si también a él, que se había creado él solo. Del mismo modo que parecía saberlo todo y no haber necesitado ir a escuela alguna, lo era el hecho de no haber sido niño, inocente, bueno o débil, de no haber sido engendrado por otro ser humano, un Aquiles apestando a sudor y tabaco, ni muy alto ni muy bajo, ni limpio ni sucio, ni guapo ni feo pero, eso sí, fatalmente eficaz y proporcionado, un ser hecho para la función: ejercer la crueldad y la agresión, la falta de remordimiento o empatía, construido exento de cualquier cosa banal o decorativa. Un semidiós pagano e hijo de perra, sádico y diletante, sin más épica que el día a día, las chicas fáciles, el dinero más fácil y la ley de la selva aplicada a cada centímetro de barrio que él parecía controlar casi sin quererlo, puro carisma.

Lo cierto es que a nadie le pesó lo más mínimo que pegaran un tiro a Leo. Era un matón, un abusador al que nadie pudo nunca llegar a plantar cara. Solo en una ocasión, Pruden, el hermano mayor de Villanueva, se lio a hostias con él. Perdió pero al menos no se achantó, y a Villanueva lo dejó más o menos tranquilo para el resto de ese curso y los siguientes. Recuerdo a Pruden subiendo la cuesta de la avenida con la cara ensangrentada, todo mocos y lágrimas, la camisa hecha jirones, y Leo jactándose con sus compinches, el gordo imbécil Alfredo y el enano imbécil Juampa, en la portería que hay al lado de la entrada del colegio mientras se encendía un pitillo. Yo vi que le temblaba la mano. Había ganado pero alguna hostia se había llevado, y quizá, eso lo pienso ahora, el temblor era debido a que alguien tan poco gallito, tan feo y desastrado como Pruden se hubiera atrevido a encararse con él y liarse a puñetazo limpio. Miré su temblor en el Zippo y él notó mis ojos, y me clavó los suyos hasta que yo bajé los míos como una guillotina. Ambos supimos qué había notado y también que debía olvidarlo de inmediato, para no mencionárselo nunca a nadie.

En esa portería vivía Pilar Beltrán, una chica discreta y casi anónima que un día empezó a verse gorda y dejó de comer. Acabó siendo una calavera con enormes pelos en la barbilla que comía pipas de una bolsa que apenas podía sostener de las manos. Al final, a excepción de un par de amigas, nadie hablaba con ella porque no sabías qué decirle, era todo tan absurdo, y además ¿qué interés podías tener en una chica que había decidido dejar de ser voluptuosa, alegre, normal? En aquella época nadie conocía esa enfermedad que consiste en dejar de comer porque quieres. La Beltrán fue hospitalizada una y otra vez, hasta que dejamos de verla detrás de su bolsa de pipas. Es curioso que la recuerde. El caprichoso mecanismo este por el cual la memoria se puebla de algunos fantasmas esquinados en el olvido mientras otros desaparecen sin más con sus calles, rincones, frases hechas, olores y sonidos.

Mataron a Leo y dejaron malherido a su padre enfrente del quiosco, casi al lado de la pollería Solé. Yo era amigo del hijo de la dueña, Albert Solé. Era un tipo enrollado. Los dulces le habían arrasado los dientes y tenía un bajo eléctrico que no sabía tocar. Su padre era un gitano del barrio de Gracia que comerciaba con telas y siempre estaba viajando. Albert heredó su tez morena y ese tener siempre dinero en el bolsillo para gastarlo rápido y con quien fuera. Fui con él a ver Rocky II y, al salir del cine, subimos a su casa, fumamos y me dejó tocar el Ibanez de color caoba con remaches negros. Pensé que cuando montara un grupo le llamaría para que tocara conmigo. Yo sería el guitarra y cantaría, y todas las chicas se volverían locas por mí. Cuando hice el grupo, ya con dieciséis años, ni pensé en él. Fui yo quien tocó el bajo porque nunca supe tocar más de dos o tres acordes en la guitarra, y aquello de poner cara de Sid Vicious me era sencillo. También canté. Lo de las chicas no pasó. En el colegio también había un tío, Vicente, que decía tocar la batería porque seguía el ritmo de Reggatta de Blanc de los Police con las palmas de las manos contra los muslos. Era un tipo mentiroso pero inofensivo, guaperas aunque algo acomplejado, pero nunca supe de qué. No se entusiasmaba con nada. Era una sombra de una sombra. Aún lo veo deambular por el barrio como un alma en pena. No tiene trabajo y está viviendo con su madre viuda. Él y yo somos de los pocos que no hemos dejado el barrio. Cuando me cruzo con Vicente en el quiosco de Plaza Catalana o en los bares de calle Amílcar, él baja la mirada y yo le atravieso con la mía como si fuera un ectoplasma, un fantasma inofensivo. Seguro que ya no recuerda el ritmo de Reggatta de Blanc. Hoy reparo en qué debe de pensar él de mí, mis motivos, mis excusas para seguir en el barrio y, en cierto modo, me importa lo que piensa; no quiero que me vea como él, un cobarde, un pringado, que presuponga que también vivo con mi madre viuda porque no es cierto, porque podría marcharme de estas calles cuando quisiera, mañana mismo, pero qué más da eso en esta historia, este recuerdo de la muerte de Leo, de la bala que le impacto en medio del pecho, derribándole, haciéndole rodar por el desnivel de la avenida Virgen de Montserrat hacia Vall-i-Llosera.

Una compañera, Carme, que vivía enfrente, en un ático al lado de la pastelería Algueró, oyó los disparos, se asomó y vio a Leo y a su padre tumbados alrededor de su furgoneta y al tipo que les había disparado con la pistola tendida aún. Puede ser. A Carme le iban mucho las películas, así que nadie le hizo mucho caso. Carme tenía una hermana melliza, Andrea. Como suele pasar con los mellizos, les molestaba que se les dijera que se parecían mucho porque ellas se sentían y veían radicalmente distintas. Yo tenía una relación especial con ellas. Amaba a una y deseaba a la otra, lo cual era absurdo, antes y ahora. Si eran casi idénticas, me decía, ¿por qué me pasaba eso? Me torturaba mi imposibilidad por acumular ambos sentimientos —deseo y amor— en un solo cuerpo, situación en la que me he visto muchas otras veces, pero al ser envases idénticos y no saber lo que se sabe luego, todo se mostraba más confuso, desleal, doloroso. Era evidente que si sentía una cosa por una y otra por la otra era porque algo las hacía distintas. Recuerdo una tarde en la que los tres estábamos en la cama, yo en medio de ellas, todos vestidos, escuchando cintas en el radiocasete. La melliza a la que amaba —podría decir su nombre pero da igual, es mejor así— tenía su cabeza en mi pecho mientras la melliza a la que deseaba se dejaba apoyar una de mis manos contra el muslo, pringosa zarpa, sudada, llena de un deseo que me hacía anhelar que mi enamorada melliza se quedase dormida y, entonces, poder abrir las piernas a mi melliza deseada y con mi mano colarme debajo de sus bragas. No aventuraba mucho más a aquella edad, casi una prolongación de los juegos a los que mis vecinas me sometían solo unos años antes. Siempre pensé que tras la muerte de Leo todos crecimos un tanto. Recuerdo que después de aquella tarde con ellas dos en la cama me dije que la próxima vez que subiera a su casa iría un poco más allá que dejarme abrasar la mano y ser el reposo de la cabeza de una y otra. Pero no hubo ocasión: la historia con las mellizas, el amor y el deseo, se diluyó sin poder recordar ahora si hubo una razón y cuál fue esta, lamentando con mis actuales argumentos de adulto no haberme follado a la melliza a la que deseaba, ya que el amor queda como un engaño pasajero en el recuerdo mientras que el deseo parece una herida mal cicatrizada, te hayas consumido en él o no.

La hora en que mataron a Leo, bastante antes de las ocho de la mañana, evitó que todos los chavales arremolinados a la puerta del colegio pudiéramos ver la escena y sacar nuestras propias conclusiones. Por supuesto las teorías se prodigaron. Todos creíamos que debía haber mucha gente que deseara matar a Leo. Todos nosotros lo hubiéramos hecho, aunque nunca lo verbalizamos. Todo lo llevábamos por dentro, escondido, como si él o algunos de los mierdas que le secundaban pudiera leer dentro de nuestras cabezas. Estos tipos eran casi peor que Leo. Porque este, que aterrorizaba y ejercía una suerte de reinado arbitrario y delirante con normas cambiantes y castigos sin acción que lo justificase, más allá de estar donde no debías estar, llevar esos pantalones, hablar con quien estabas hablando o haberte cortado el pelo así o asá, ese psicópata al menos tenía una luz primigenia. Leo se había inventado a sí mismo. El resto eran pobres desgraciados que le rodeaban como satélites, brillando solo cuando él los miraba. Uno de ellos, el gordo Alfredo, se dejaba caer a media mañana por donde tratábamos de jugar al fútbol regateando adversarios y coches, enderezando subidas y buscando complicidad con paredes y escalones cuando chutábamos contra ellas la pelota, de plástico pletórica en los buenos tiempos, de plástico pinchada en los tiempos mediocres y de papel, bolsas y gomas de la pollería Solé en los malísimos tiempos. Una de las porterías era imaginada contra una pared, entre un coche aparcado y unos jerséis a modo de postes. La otra era una puerta que se cerraba con persiana por la noche. Esa puerta daba a una serie de galerías comerciales de las que solo sobrevivían un zapatero, una frutería y un quiosco de periódicos, revistas y material escolar. El gordo Alfredo emergía por esa puerta con la bolsa amarilla del pan y se quedaba parado. Como si buscase a alguien o esperara una señal. El guardameta daba un paso adelante para no pisarle o molestarle y el equipo contrario no osaba chutar a esa portería mientras estuviera el gordo, con sus pantalones de pinzas, sus mocasines con bolas y un jersey pasado de moda. Cuando se cansaba de molestarnos y de saber que estaba consiguiendo que el equipo contrario especulara con el balón sin lanzar, se marchaba a comprar una de media y otra de cuarto a la panadería que quedaba en la misma acera que los Laboratorios Esteve, frente a la brasseria La Bota del Racó. Era entonces cuando el equipo hasta ahora especulador se lanzaba en tromba a ganar ese maldito partido. El gordo Alfredo nunca dijo nada al respecto. Tampoco prohibió nada. Se sobreentendía. Solo en una ocasión, Pep pareció olvidar su presencia y agarró la bola con el empeine y la colocó por la escuadra a escasos centímetros de la oreja derecha de Alfredo, que dijo: «Cuidao, nen». A los dos minutos el gordo se largó. El recuerdo me engaña ahora y me dice que, a partir de entonces, quizá para evitar tener que afrontar una rebelión o un despertar de los esclavos, no se prodigó tanto. Lo cierto es que su frase le trascendió y cuando alguno chutaba fuerte o peligrosamente siempre teníamos el «cuidao, nen» entre los dientes.

«Cuidao, nen».

Aún me lo oigo decir en un amago de broma privada, de restos de un lenguaje ya extinto, una clave para resolver un enigma que a nadie importa como tampoco a nadie importarán estos recuerdos que ahora estoy resucitando porque algo, ya no sé qué, me ha hecho recordar a Leo, el día de su muerte, casi cuarenta años después de muerto; nuestro dictador en los tiempos del otro dictador, que también había muerto unos años antes aunque, para nuestra vergüenza, nadie le pudo meter un tiro en todo el pecho, nadie le pudo mirar a los ojos encañonándole y notar su miedo, con la certeza de la justicia, de los caídos, de los olvidados, de los represaliados, de los miedosos, del blanco y negro. Nadie pudo escuchar su petición de clemencia sino que se murió en su camita, martirizado por doctores, eso sí, pero habiendo fusilado en el último estertor, una muestra de que él era el tipo que nos merecíamos porque no habíamos encontrado el momento para entrar en su habitación o asaltarle por la calle y asestarle un tiro con la certeza de que Dios existe y está del lado de los que pierden, de los débiles, de los que son aplastados por la evolución de los fuertes, los crueles, los poderosos.

Desde el primer momento en que mataron a Leo ya se habló de venganza, de otro tipo de la que hubiera podido ejercer el país sobre Francisco Franco. La venganza que se iban a tomar los hermanos de Leo en cuanto saliera el tipo de la cárcel. O en la misma prisión Modelo, pues había quien aseguraba que se lo iban a cargar en cuanto lo dejaran solo, con la cantidad de amigos que el bueno de Leo debía de tener por allí. Uno podía imaginar el cuadro de ira y locura en la reacción del padre de Leo cuando este supiera que a su hijo, el favorito, le habían matado de un tiro descerrajado en medio del pecho a solo dos o tres metros. Los motivos de su asesinato también empezaron a correr. Era difícil consensuar una única versión. Leo tocaba todos los palos, y si no, para cualquiera era plausible que podía tocarlos. Podías verlo trapichear con drogas arriba en el parque del Niño del Aro, en las Casas Baratas de Horta o en los bares de las calles Varsovia y Siglo XX, en los puticlubs —Dólar, Rombo, Sheik— y en talleres de chapa y pintura. Podías ver cómo recibía visitas en la portería de al lado del colegio de tipos bien vestidos, que eran revientahuelgas, españoleando con su banderita en la correa del reloj y husmeando entre nosotros por si veían rastros de rojerío, catalanismo o esa mezcla de hippy de parroquia, que tanto frecuentaba iglesias como montañas, cálices, curas, senyeres y canutos.

Trabajaba Leo ayudando a su padre en la obra en la que este estuviera y también se le podía ver en alguno de los bares gallegos de calle Amílcar, a los que acudíamos a jugar a las máquinas porque sabíamos qué golpe, en qué momento y de qué manera debíamos dar para que el pinball se volviese loco o generoso y nos diera bola extra o partidas gratis. Llegábamos tarde a todos sitios, en ese itinerario de bares en forma de embudo con máquinas y hombres duros o esperpénticos, fugitivos de sus casas, mujeres, guisos o problemas. Y muchas veces, a lo largo de esa barra, veíamos a un Leo que no era el Leo que luego nos íbamos a encontrar en la puerta del cole. Muchas veces hacíamos como si no nos conociéramos, como si el tipo que estaba con hombres mayores que él, a los que no podía amilanar, ni robar dinero, ni arrugar pósteres ni humillar fuese el hermano gemelo del hijo de puta que nos esperaba en la portería donde Pilar Beltrán aguantaba su bolsa de pipas. El gemelo alegre, trabajador, ordinario. Eso sí, en algunas ocasiones se mostraba nuestro Leo en ese Leo de pantalones manchados de pintura, manos hinchadas y agrietadas que sostenían tubos con líquidos bermellones, y nos jodía la partida con un tilt, o nos asestaba un carquinyoli en la cabeza, tan doloroso como humillante. Odiabas a ese tío pero, habías de reconocer, que tenía algo que hacía que desearas que te quisiera. Que te aceptara. Que participara contigo en sus bromas, en sus trapicheos, en sus palizas a terceros. No existía en el grupo de damnificados una voluntad de alzarnos contra el tirano, sino el deseo de que este nos eligiera para traspasar la línea en la dirección correcta dejando atrás el campo de prisioneros. Pero le mataron y aquello fue lo mejor que pudo pasar porque sabíamos que no habría sucesor. Que había nacido otro mundo, otro reparto de cartas, y ninguno de los idiotas que le secundaban, Alfredo, Juampa y alguno del que no recuerdo ni su nombre, tenía hechuras para nada. En eso nos recordaba también al otro dictador, al que nadie aspiraba a sucederle más allá de un monarca sin más ansias que ponerse del lado del viento, encontrar su sitio para hacer lo que hacen siempre los reyes: vivir bien y mirar de reojo para no perder la cabeza. Mi madre adoraba al rey Juan Carlos y a Jordi Pujol. También adoraba a mi padre. Es obvio que no tenía muy buen criterio para elegir a los hombres de su vida.

La propia personalidad poliédrica de Leo, los lugares y la gente que frecuentaba, las razones y el lugar del que hubiera emergido su asesino eran múltiples. Cada uno tenía su teoría privada al respecto, fantasiosa y llena de detalles concluyentes, nunca definitivos. Los que tenían hermanos mayores exhibían eso como fuente de garantía. Los que no, mencionábamos periódicos o dimes y diretes oídos por nuestras madres en la peluquería, o confidencias que conocía la señora del quiosco o aquel otro que tenía un familiar en la Guardia Urbana. La paleta mostraba pletóricos colores. Ajuste de cuentas por deudas de drogas. Envites en timbas del Muñoz, del Encuentros o cualquier otro. Un novio o un marido celoso. O la reacción de un tipo al que habría humillado o que no se mostrara de acuerdo con la repartición en los robos de motos y coches que se abandonaban luego en la montaña de la Fuente del Cuento. Cualquier cosa.

El rumor de todo aquello fue diluyéndose semana a semana hasta acabar quedando en nada, depositándose como el óxido sobre el asfalto de la entrada del colegio; la ausencia de unos y otros, la llegada del verano y el dejar atrás esa vida, con la muerte del Ogro Malo, quedaba bajo nuestros pies, ahora mucho más envalentonados aunque igual de cobardes, porque aún temíamos que regresara, que todo fuera una mentira de borracho y que nadie diese crédito al cien por cien a todo ello.

Que nadie de todas todas creyera que hubo un tipo que descerrajó un tiro al padre de Leo y otro a Leo. Que fueran poco más de las siete de la mañana y ese tipo, tranquilo y anónimo, que había sido policía, guardia de seguridad o militar, o vete a saber qué, tenía una pistola cargada, una pistola que nunca había hecho servir. Casi las siete y media de la mañana y todos esos coches aparcados en las aceras de Virgen de Montserrat y Llobet-i-Vallosera, y Leo y su padre dentro del bar Plaza engarzando carajillos antes de ponerse en dirección a la casa en la que tendrían que pintar o hacer alguna chapuza, y ese tipo, que acabó en la Modelo por haber matado a Leo y malherido al padre de Leo, unos tipos a los que queríamos ver muertos sus vecinos, mujeres, niños en la puerta del colegio, deudores, traficantes, y que oyen el claxon enloquecido de un coche de un hombre que no conocen, que le piden de malas formas que se espere para sacar el coche del descampado que está taponando su furgoneta, y vuelven al interior del bar a tomarse tranquilamente los carajas y pagar, y con el cambio probar suerte en la tragaperras y no hay suerte, y ya nos vemos y el jodido claxon, y cruzar Virgen de Montserrat, primero el padre de Leo y luego este, y el tipo aquel que igual era alguien encargado de matarlos por deudas de vicio, o un marido cornudo, o el padre de un crío al que habían robado o pinchado la pelota o roto un elepé recién comprado, o ensuciado de escupitajos la cazadora de papel negra a falta de no poder tener dinero para comprar una que diese el pego de que fuera cuero. Ese tipo que igual era un secreta. O uno de la ETA. O solo alguien que llegaba tarde a su trabajo porque no puede sacar su coche y de pronto el padre de Leo le manda a la mierda y luego Leo le hace una peineta y se toca los huevos cuando aquel tipo le recrimina que su furgoneta está taponando la única salida del aparcamiento, encima de la acera, y cuando lo hace Leo le vacila y le insulta, y el tipo se echa para atrás y parece que se mete en su coche, acojonado, a la espera de que aquellos desembocen la salida del aparcamiento, pero lo que hace es abrir la guantera, coger la pistola, salir del automóvil y, cuando Leo se le encara y le dice que no tiene los suficientes huevos para disparar, va el tipo ese y lo hace contra su pecho y luego, al ver salir al padre de Leo de la furgoneta hacia él, le dispara también, agujereándole uno de los pulmones, y se queda allí en medio de la avenida, con la pistola alzada, mientras Carme desde una ventana de su ático aseguró que vio todo eso. —¿Y Andrea? ¿Qué estaría haciendo mientras tanto?—. Y el estruendo de los disparos se abrió paso por todo el Guinardó, y ahora me imagino como en las selvas tropicales en que una bandada de pájaros alzan el vuelo, asustados por el ruido tremendo y sordo de un enorme árbol cayendo en medio de la selva, pero en mi barrio solo había palomas comiendo pan duro en Plaza Catalana, y el pan era duro pero las palomas más y no se asustaban por nada, y mi abuelo me decía que en la guerra mataban palomas para comerlas pero que eran aún más duras, y de todas, las más duras, siempre, las palomas de ciudad, y Leo era duro pero lo mataron y mi póster de los hermanos Gibb aún cuelga de la pared de mi habitación en casa de mis padres y eso es una victoria, seguro que sí, yo la siento como tal, aunque no haya podido abandonar el barrio, aunque a veces me sienta atrapado, conociendo todas las trampas de la jaula de hámster, los locales, sus cambios de dueño, los vecinos muertos, quién era su padre, de qué trabajaba o el cáncer que mató a su hermano. Soy como un ánfora enterrada en la arena del fondo del mar, testimonio de un mundo que ya no existe, que no importa nada, paradójicamente dando hoy testimonio de un hijo de puta que me aterraba, al que nunca tuve cojones para plantarle cara, para dejar que me la rompiera, cualquier cosa que sirviera para presentarme hoy ante mí mismo como un héroe, sin victorias quizá, pero héroe al fin y al cabo, y no como un superviviente sin más dignidad que la de recordar aquello sin mentirme mucho.

CARLOS ZANÓN, 2016

Ir a la siguiente página

Report Page