Barcelona negra (2016)
Lilian Neuman. El muerto de madrugada (La Ribera)
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LILIAN NEUMAN
El muerto de madrugada
La Ribera
Hacia finales de aquella década un tipo amaneció muerto de navaja o cuchillo a la entrada de un oscuro bar que, tiempo después, cambiaría su nombre por otro más benigno. La posición del cuerpo, atravesado a un metro delante de la puerta, no dejaba claro si el hombre había estado dentro o si esa noche pasaba por allí cuando fue asesinado. Esto permitió que todos, pero sobre todo los viejos noctámbulos (y por aquí hay una predominante población de noctámbulos viejos, o viejos golfos o amigos de la noche; de ellos trata este relato), apelasen al argumento más eficaz, inapelable, para hablar de estas calles nuestras. Esa frase que se dice en la barra del bar, a manera de sentencia o voto de confianza al recién llegado, al forastero o al joven inexperto (o a la chica que se quiere impresionar): «Este barrio fue duro. Muy duro». Y aquí el noctámbulo viejo asiente, apura el gin-tonic y concluye, cigarrillo en alto: «Aquí no te preguntaban para robarte ni para insultar a tu madre, aquí te mataban a punta de navaja».
Entonces interviene un segundo amigo de la noche para ilustrar la afirmación, y se refiere a aquel viejo crimen. Con los años parece que ha dejado de importar el cadáver —quién era, qué hacía aquí— y en cambio queda claro que en esa década, en ese tiempo infame, nadie por aquí se encerró bajo llave. No, los noctámbulos de siempre no dejaron de lanzarse a estas calles ahora tranquilas, al menos a esta hora de la tarde. Aceptaron el peligro como condición. También la noche en que se supo que había un muerto por navaja o cuchillo en la puerta de ese oscuro bar llamado El Gato Rabioso; aunque no había cartel alguno que lo señalase, todos sabían que ese era su nombre y luego que se llamó Septiembre. «El peligro —dice el viejo noctámbulo en la barra—, era parte de nuestro paisaje. Muy diferente de esto otro —añade despectivo—. Este lugar hoy está poblado de saltimbanquis que se cuelgan de bolsos ajenos, cobardes chorizos que doblan veloces las esquinas de este laberinto de calles entrecortadas en donde es tan fácil esfumarse sin dejar rastro».
(Esta florida descripción pertenece a uno de nuestros sabios veteranos; uno de los que mejor habla —todos tienen facilidad de palabra—, y que en la barra, si alguien se le acerca demasiado, se aparta con exagerado gesto y le grita cosas como: «¡Por favor, no me pisotee los parterres!»).
En efecto, no había cartel alguno en esa pequeña puerta hoy tapiada, pero todos sabían que ese era un bar del que nadie se iba. Nadie se iba nunca, porque en esa década todavía no se había entrado en la etapa de la especialización (esa que nos ha afectado en tantos aspectos de nuestras vidas, según explicaban los sabios de por aquí, que ha llenado nuestro mundo de inútiles especialistas). Las nuevas décadas traerían el bar para ir por la tarde-noche, el bar para después de la cena (pero que en general hasta las dos de la mañana es un páramo) y luego el llamado after hour, que en este barrio no ha llegado a llamarse así; a nadie se le ocurriría decir «vamos al after» sino algo como «vamos al sitio ese a ver si el tío nos abre».
Entonces, en la década a la que me refiero, aquella en donde te atracaban con navaja y podían matarte, el mismo bar servía para para casi todo el día y hasta la madrugada (y más también). No tanto, quizá, el bareto del café o el carajillo de media mañana, porque ese era sagrado y no podía ser malo de cojones, como sí lo eran los del bar de tarde-noche-madrugada-mañana. Tal vez porque en este último no era tan importante la calidad del café como la compañía, el ambiente. El café no era solo el café, era el amigo que se pone al lado a pisotear los parterres y el enemigo en un extremo del mostrador que finge mirar para otra parte. Y el periódico abierto y la sensación de tener un espacio privado, y a la vez con tu gente, aunque fuesen extraños. O aunque fuese ella, que sabía cómo entrar y hacer daño con su sola expresión desganada y ese triste parpadear de otro día más, y qué. O la otra, que cuando entraba ya no importaba leer la prensa, con aquella sonrisa con la que todo dejaba de ser sombrío en estas calles por las que poco o nada toca el sol.
Y también, cuando llegaba esa hora de la tarde en que aquella jovencita, tan joven, qué joven, de verdad, pasaba por la puerta con su bolso colgado del antebrazo y su porte erguido, su vestido perfecto y los ojos sombreados en celeste. Y todos desde dentro la veían pasar y sabían que al bar no iba a entrar a no ser que fuera para pedir cambio. Y todos sabían que ella era terca, y que en esos tiempos de greñas sucias y camisetas raídas, ella no podría con nada de eso. Nunca se mezclaría con desastrados, con esos individuos que llevaban botas polvorientas en verano y a saber si llevarían calcetines y, si así era, cuándo sería la última vez que se los habían cambiado. (Lo sabía bien ella por ese hermano mayor con el que le había tocado cargar, y que a lo mejor esa misma semana, esa misma tarde, otra vez le había robado el dinero a su madre y se lo había gastado en un minuto para colocarse. Sí, lo sabía, y por eso pasaba por delante del bar y desde dentro la miraban como quien repara en alguna pieza delicada de una estantería, de un mueble de copas para días especiales).
Sí, esta tarde que parece tranquila (pero no tanto, en verdad) es muy distinta de aquellas tardes. Por el final de esta calle, ahora mismo, allí al fondo y contra el muro de la iglesia, se dibuja la figura de uno de nuestros noctámbulos veteranos. Es alto, corpulento, y desde lejos se le nota un poco, no exactamente encorvado, sino que todo él se ha venido hacia delante. Ha doblado la calle desde su casa, aunque él (que es escultor) la llama su estudio. La verdad es que lleva muchos años yéndose y volviendo a estas calles, y hablando de sus otras casas. No siempre está por aquí. A medida que se acerque tendrá dos tareas sucesivas. La primera, echar un vistazo aburrido a su derecha, al bar de tarde-noche, de momento cerrado. Como quien mira, bajo esta discreta luz diurna, la caja de sorpresas abierta y velada. Y la segunda será un poco más adelante, a su izquierda, siempre en dirección al viejo restaurante al que acude a diario y que lo espera al final de esta misma calle. Para esta segunda tarea se detendrá delante del otro bar, el diurno, en donde al final de ese pasillo de cuatro o cinco mesas otro hombre de su edad (y esto es difícil de decir: aquí nadie declara su edad y, curiosamente, no pelean por ser más jóvenes sino por ser más viejos, más expertos y de memoria de largo alcance) sigue absorto en un periódico abierto y una taza de café largo.
Lo normal, lo habitual, es que el que lo mira desde fuera siga de largo hacia el restaurante. A su comida tardía y a su lugar en la mesa desde el que se quedará mirando el escaso movimiento de esta estrecha calle. Cuando yo era pequeño pensaba que un día sería tan largo y enorme que podría pararme en el medio y tocar con la punta de los dedos ambos lados de estos muros inclinados, con marcas de carros de otros siglos y señales de todos los tiempos. También he soñado otras tantas cosas de pequeño que ahora no vienen al caso.
Este noctámbulo que ahora mira al otro desde la calle también tiene por costumbre, cuando entra en el bar de noche, quedarse un momento inspeccionándonos. Ese bar que ahora es una caja vacía y muerta (y así seguirá mientras el propietario siga con aquel café y el periódico en el bar de enfrente) recibirá esta noche la visita de este tipo corpulento que, al entrar, se detendrá en la puerta, y habrá peligro en esos ojos, por la noche, y en esa expresión taimada que trae. A saber de dónde viene cuando al fin con voz ronca declara andar buscando a una chica que no tenga problemas en ir todo el día en bikini para llevársela en su barco. Las chicas, al menos por un momento (si es que hay chicas en el bar) le hacen caso. También parecen tomarlo en serio cuando acaba sacando el tema de aquel viejo asesinato: «Si te tomas otra copa conmigo, nena, te diré quién era el cadáver». Y más tarde, animado y algo belicoso, añadirá con esa voz ronca mientras a su alrededor se ha hecho silencio: «Y si te vienes conmigo a mi estudio, a tomar la penúltima, te diré quién fue el asesino».
La magia de la noche, dicen algunos, o la folie (algunos de nuestros veteranos son francófilos), o la follia (en catalán). En el bar suenan, esas noches en que llega el escultor navegante, como a propósito, canciones de Edith Piaf. Entonces este escultor navegante, ese viajado insufrible que ahora se ha detenido un momento en el bar de día, para mirar desde fuera (para provocar, para mosquear) al dueño del bar de noche, ordena enérgico: «¡Quita eso tan deprimente!». Y se vuelve a la señorita de turno para sonreírle cómplice, a él tampoco le gustan las glorias viejas y pasadas. El vive en el presente y en el futuro. Tiene toda la vida por delante.
El escultor navegante se ha quedado mirando más de la cuenta hacia dentro de ese bar en donde, en la mesa del fondo, el dueño del bar de enfrente sigue absorto en su lectura del periódico. No es un bar sucio, pero hasta fuera, hasta la calle, llega ese especial olor de vieja comida incrustada en el horno, o de pizza vieja. Allí al fondo también, separada de la sala por media pared, aquella chica de ojos sombreados de celeste que pasaba por delante del bar cada día y a la que todos miraban con cuidado, con esa cautela que se tiene por las frágiles figuras que deben preservarse, lucha ahora concienzuda con un estropajo para quitar la grasa de los fogones en donde desde primera hora de la mañana ha cocinado. Tal vez esté pensando en su vida, en cosas desastradas que no entraban en sus planes, o en sueños y sufrimientos que no tocaban. Tal vez, digo, porque a lo mejor en su cabeza, mientras rasca la encimera con un estropajo, también así consigue borrar lo malo, y en cambio simplemente piensa en lo primero que hará cuando salga. Es ella quien primero repara en el escultor allí fuera, cubriendo con su gruesa figura la poca luz que entra de la calle. «Me parece que quieren decirle algo», dice al fin mirando al dueño del bar, que sigue leyendo el periódico.
En efecto, cuando el dueño del bar levante la vista se encontrará con aquel tipo que le habla como en una vieja película muda. No le oye (no le oye porque está lejos y porque tal vez esté un poco sordo, y a veces tengo que repetirle las cosas), y cuando al fin le entienda, será como haber sido interrumpido por nada. Pero una nada imbécil que le hará difícil, imposible, volver a concentrarse en el periódico, y ya no querrá apurar lo que queda de la taza.
Vivimos un tiempo único. En algún momento, por un instante, lo sabré. Cada día, o casi cada día, hay un instante en que lo sé. Llegarán nuevas décadas y muchos de mis viejos amigos ya no estarán. Incluso el jefe un día no estará. Estamos en el bar más antiguo de la ciudad. Y si no es así, no es un buen día para contrariar a su propietario: ha salido a la calle y ha cruzado hasta la puerta del bar para, con gesto enérgico, un solo gesto desafiante (y pese a la artrosis del hombro y la clavícula algo resentida de una vieja trompada), levantar la persiana. Sabe bien que allí, al final de la calle, desde dentro del restaurante, lo mira aquel otro, insufrible y aburrido. Pero no sería ni la primera ni la última vez que algún tonto, o algún bocazas o algún pesado le arruine el sagrado café que bebe tranquilamente, a diario, sentado a la misma mesa de ese bar feo al que no entra nadie. No es bueno contradecirlo en un día como hoy, porque le han interrumpido su lectura del periódico, su largo café solitario. Días que empiezan torcidos y que pueden empeorar. Uno de esos días en que si a alguien se le ocurre poner en duda alguna de sus grandes verdades (que irán llegando a medida que avance la noche), él acabará esgrimiendo una de sus grandes razones, una razón primera y definitiva: «Yo nací en este barrio. Mi padre nació aquí arriba —señalará el piso de arriba del bar, un enorme principal ahora medio abandonado—, en este barrio. Mi abuelo nació aquí arriba, en este barrio. Mi bisabuelo nació en este barrio». Y luego se dirigirá a mí, que estaré allí de pie detrás del mostrador con mi mejor cara de atontado, y me dirá: «Ponme otro hielo en el whisky, Pequeño Saltamontes».
Pero para eso falta un buen rato, yo todavía no he entrado al trabajo y estoy en el taller de un amigo arreglando una bicicleta que seguramente es robada. Ahora el jefe está solo, con una tenue luz al final del mostrador. A esa hora, en esos momentos solitarios, suele disfrutar de una especial calma. Pese a que a esas horas, cuando hace las cuentas, llegue a la triste conclusión, a la opaca verdad: que él debe ser el único tonto en esta tierra que persiste en mantener un negocio con el que no se gana. Idea que se esfumará, la de las persistentes pérdidas y los cuantiosos gastos (incluido mi sueldo que nunca puede aumentar, tampoco este año) a medida que la noche avance y que después de la hora de la cena (en otro bar un poco más alejado) dará paso a otra, del todo opuesta, la idea brillante que solo se distingue en la oscuridad: la inmensa felicidad, la fortuna de ser el dueño de una casa que es testigo de todos los tiempos. Esas noches en que las viejas estanterías granate, tal cual eran en este mismo sitio cuando era un colmado, y este mostrador con cajones en donde se guardaba la harina y todo lo que aquí se vendía a granel, y los objetos que nos miran desde su eterno lugar —una vieja radio, antiguos floreros, jarras de porcelana—, confirman que el sentido de la vida está aquí, entre estas paredes manchadas de humo, en estos taburetes altos de vieja madera. «Sí, el sentido de la vida anda por aquí», piensa el jefe cuando regresa ya medio achispado de la cena, y se esconde por algún lado.
«Ya van a ver. Este bar existencialista de cojones», murmura amenazante el escultor viajero, todavía de larga sobremesa en el viejo restaurante, el único sitio de este barrio en el que le dejan estar allí horas enteras (en unos cuantos otros ya le niegan la entrada). «Este bar con el que pierdo dinero», pensará el jefe, y entonces se abrirá la puerta y él creerá que se trata del primer cliente del día, de esa larga tarde y larga noche (que ha empezado con aquel tonto ahí en la calle vacilándolo) que tenemos por delante. Pero esa pequeña y maciza figura vestida de negro, ese asalto en forma de ceñudo soldado raso es mi madre.
De pequeño, soñaba con extender los brazos y tocar los muros de estas calles. Y también que mis piernas serían tan largas que podría ir trepando con un pie apoyado en cada uno de los muros, como un gigante que abarca toda la calle y se va elevando hasta tocar el cielo, dejando a todo el mundo boquiabierto aquí abajo. También, sin duda, estaría allí abajo mi madre, que diría lo mismo que ahora le dice al jefe al abrir la puerta: «¿Dónde está el cretino de mi hijo?».
A veces espío a mi madre desde lejos en la calle: no es como las otras mujeres que a última hora de la tarde salen a sacar la basura con albornoz y pantuflas. O alguna otra que baja a hacerse el cigar rito en la esquina mientras su perrito feo y pequeño levanta la pata. Por aquí hay muchas de ellas, y estas calles a la sombra de la alta iglesia no son calles sino patios o extensiones de sus casas. Pero mi madre siempre sale con su vestido cerrado y su abrigo negro, su monedero grande en la mano y el gesto con el que no importa si es de día o de noche, o si hay sol o está nublado. Yo he visto a ladronzuelos retroceder ante su gesto ceñudo, ante su cara de grueso cuello (mi madre no tiene cuello, es todo papada), sus tobillos siempre enormes y esos pies que apenas caben en sus negros zapatos. Y al medio psicópata de Juanito (que durante un tiempo amenazó con entrar en el bar y romper todos los adornos y los cristales) acojonarse cuando mi madre levantaba la mano. «Dígale al cretino de mi hijo —y también se lo está diciendo al jefe; ella no teme a nadie— que esta noche no quiero que venga tarde».
Mal, mal ha empezado el día, con aquel escultor que habla por hablar («Escucha lo que te digo, tú, esta noche verás como se te llena ese bar existencialista que tienes cuando yo diga quién fue el muerto aquel») y con mi madre, que ahora cierra y se va sin decir siquiera buenas tardes. Y en un rato sí entrará el primer cliente y se podrá hacer un poco de caja. Pero para ello hay que dar algunos detalles. Siempre y cuando mi madre se vaya de una vez, porque ahora ha regresado y está allí sosteniendo la puerta, con ese gesto de advertencia, esa voz y esa expresión de que nunca quiso a nadie y nunca la quiso nadie. «¡Ah! Me ha dicho la niña esta del bar lo que dijo el tipo aquel, el escultor o pintor, ese que no pinta nada. Escuche, ese no sabe nada del muerto aquel del bar. Se lo digo yo: hable conmigo. ¡Ese no sabe nada!».
Sí, todo esto sucede en un tiempo en el que sufro, quiero escabullirme, sueño cosas raras, me llaman Pequeño Saltamontes y las chicas en el bar me sonríen amables y a veces con ternura, pero una vez que me piden la copa ni una sola me hace caso; y así y todo alguna vez recordaré todo esto con nostalgia. Tal vez porque todavía soy joven (aunque no del todo, y empiezo a quedarme calvo) y muchos de los otros —pintores, escultores, grabadores; este es el barrio de los locos artistas plásticos— se irán de esta vida antes. O porque pareciera que en ese tiempo hay, justamente, tiempo.
Tiempo de sobra para que aquel escultor viajero se plantase en la puerta de un bar y dijera aquellas frases, como si nunca las hubiese dicho antes: «Esta noche, de verdad, esta noche se sabrá quién fue el muerto y quién el asesino. Y os quedaréis todos acojonados». Y para que el jefe (también pintor y grabador, aunque ahora pocas veces haga algo), a la una de la mañana, lo repita burlón y hastiado en el bar. Y para que el no muy alegre parroquiano de la pastelería insinúe una sonrisa tristona, de lado. Y para que el alto pintor de barba acodado en un rincón del mostrador, en el fondo (por esa horrible costumbre que tiene la gente de acercarse demasiado a pisarle los parterres) exclame, luego de encender un cigarro que le han prohibido y beber un trago de Giró con tónica que también le han prohibido: Camàndules[2]. A su lado, a distancia prudencial, sentado en el alto taburete y sin quitarse su abrigo de tweed y su foulard blanco, nuestro decorador e interiorista aportará una palabra más acertada: Ximple, és un ximple, e inundará la barra con el humo de aquellos cigarros negros que aspiro cada noche y me hacen toser cuando estoy en la cama.
Pero en el otro extremo del mostrador, junto a la entrada del bar, aquella chica que se maquillaba de celeste no parece estar de acuerdo. Hace ya horas que ha terminado de fregar aquella cocina, y también la de su casa y, aunque no lo diga, la blusa estampada de hoy, el prendedor en el escote, el anillo en la mano que sostiene la copa de cava dan a entender que esta noche que ha bajado sí puede pasar algo.
Hay una vieja historia entre las muchas viejas historias que recorren estas calles. Una de las tantas que me gusta recordar, o que no tengo más remedio que recordar porque aquí todos suelen contar sus historias más de una vez, muchas veces más de una vez. Y al fin creo que yo he visto todo eso.
He visto al padre de mi jefe entrar en nuestra calle, girando desde la iglesia, como he visto entrar a ese escultor que nos toma el pelo y por el que nos dejamos engañar aquí todos esperando en la barra. Y he visto a ese hombre pequeño y elegante acerarse hasta donde está el bar (cuando el bar no estaba, cuando esto era un colmado) con su maletín de médico, deteniéndose a veces cuando se oye una bala perdida (no sé bien si de los republicanos o los nacionales, o si es fuego cruzado) y retomar el paso hasta pasarnos por delante y llegar a la otra esquina, un poco más allá de nuestro bar, en donde está el antiguo burdel. Y le veo responder, atildado, culto, como ahora lo imita el jefe mientras estamos aquí sentados y, sin él querer reconocerlo, esperando, le veo responder, a este médico de buena familia, gente de credo y de orden, que él no iba a negarle la atención médica a nadie, fuera quien fuera, justa o pecadora, atea o cristiana.
A mí me gusta esta historia que cuenta el jefe, esta historia de su padre, y me gusta que vuelva a contarla a esta hora, ya tan tarde, cuando a través de los visillos y de los cristales de la puerta se adivina la oscura y desierta calle. Cuando ya me ha pedido hielo tres veces y que le alcance otras tres la botella de whisky que me señala, allí sentado en el mostrador entre los otros clientes que no se van. Cuando ya no queda gente por aquí además de nosotros, todos nosotros, que merecemos un benefactor que no tenemos, o que a lo mejor fue ese médico que nació y atendió en este barrio.
«Sí, interesante», farfulla nuestro interiorista de abrigo de tweet y foulard, un poco más inclinado hacia la barra, como evitando derrumbarse. «Lo has contado unas mil veces», dice a su lado el pintor de barba. Y este comentario a mi jefe no le ha gustado, pero en lugar de decir algo me mira, me señala el vaso vacío y me pide que le alcance la botella que tengo a mis espaldas.
Buena señal, o mala, porque el whisky reaviva este y otros miles de relatos. Y lo inspira de tal manera que, como los grandes actores, él no tiene noción de estar repitiendo algo que ya nos ha contado antes. Por eso yo he visto, de verdad, a aquel médico de buena casa aventurarse entre el fuego cruzado. Y también la he visto a ella todas aquellas tardes cuando salía con vestidos de flores y los ojos sombreados de celeste. Y la he visto cansarse de renegar con su hermano, y de pedirle que ya vale, y he visto a su hermano subirse a la terraza de su casa y amenazar —después haber robado y de haberse colocado, y con el bajón subsiguiente— con que se tiraba (y ahora la veo a ella tan cansada, con los ojos sombreados de marrón, y persistiendo aquí aunque mañana por la mañana tenga que despertarse temprano).
No, nuestro antiguo médico benefactor no nos ha salvado de todo eso desastrado que estábamos dispuestos a evitar, de que nos pasara de largo. Por ejemplo, los hornillos con grasa incrustada. Por ejemplo, que mi madre un día se volviera muy mala conmigo aunque ella dijera que era yo el chico malo. Pero gracias a eso también nos ha legado este narrador locuaz e imparable. «Camanduleru, ets un camanduleru», murmurará nuestro pintor de barba, con el tercer Giró con tónica que le ha prohibido el médico. «Camandueru no existeix en català, em sembla», farfulla nuestro decorador. Y el pastelero apurará el cubata y, solemne, erguido, anunciará que se marcha (pero no se marcha, nunca se marcha). Y el jefe no los oye, y en cambio nos cuenta, una vez más, que aquel escultor viajero que no tiene otra cosa que hacer que molestarlo, que venir a vacilarlo, alguna vez fue un buen hombre, un padre de familia, y un talento que lo daba todo por el arte.
«Yo fui un golfo, o un gandul, pero él fue mucho peor, porque él tenía un gran talento pero… como muchos que yo sé (y aquí mira de reojo a nuestro interiorista, cuyo foulard blanco hace rato que se ha deslizado por un lado y está por caer al suelo), la buena vida, el dinero, el no tener que luchar por ganarse el sustento…». «Bah», suspira allí en el fondo de la barra el pintor, y entonces el jefe podría hacer una cosa. A punto está de hacerla, yo sé que lo hará: ponerse de pie, dar la vuelta a la barra y colocarse detrás, en su lugar junto a la caja, para poner en su sitio a estos tipos y que se acuerden de quién es el dueño de la casa.
No siempre estos grandes gestos le han dado buenos resultados. Pero la verdad es que impactan. Ahora, cuando el jefe se dé la vuelta por toda la barra, alguien se acordará una vez más de contarlo: aquella noche, el jefe estaba aquí, por donde estoy yo, y del otro lado, sentada en el mismo lugar que nuestra clienta con su copa de cava, una chica nueva, simpática. No estaba sola. A su lado, aquel escultor que lo daría todo por el arte le contaba algo interesante. La verdad es que él siempre, como su amigo el poeta, tenía conversación interesante. Incluso brillante, dirá esta noche el pintor. «Sí, podía ser brillante». Y la chica, por distracción o por amabilidad, se olvidó por un momento de aquel hombre y miró al jefe, sonriente o amable (a mí me miran también así, pero yo sé que eso no significa nada, nada de nada).
«Como un moscón, como un moscardón», dirán todos estos. Así, a modo de gran comediante, el jefe atravesó todo el escenario y cuando fue a abordarla por detrás quedó para la historia la trompada que aquella muchacha le encajó al volverse, natural y certera, de tal modo que hasta la fecha, si hay humedad, o cuando sube la persiana, nos acordamos de ella.
Y aquella muchacha, sin enfadarse, sin volver a reparar en él siquiera, siguió hablando con el escultor que le contaba cosas interesantes.
Esta noche, si hay ganas de broma, seguro que le preguntarán por aquella boxeadora que lo dejó lesionado por una semana (o por el resto de su vida). «Collons, jo ho vaig veure, va ser boníssim»[3], comentarán ahora los otros, y esta será otra de las viejas historias. Esta noche, ya tan tarde, regresarán estas y otras viejas historias de aquella bohemia en la que todos eran tan tremendos, jóvenes, decididos e imparables. Este bar, desde el primer día, nació añorando su pasado. Y estos aquí se acordarán (qué remedio) de los tiempos en que aquel escultor ahora mayor, un tocacollons nato, venía por aquí con su amigo poeta, y ambos eran la vida y la inteligencia de esta barra. La misma en donde ahora los viejos clientes resoplan, puesto que esos tiempos en que en la calle te asaltaban a punta de navaja son tiempos pasados. Y el presente es que tienen que ir turnándose para atender el teléfono, y quien está al otro lado es nada menos que mi madre.
Ni las buenas palabras del jefe, ni las mentiras —que esta noche me toca trabajar hasta más tarde, que tenemos una fiesta privada, que soy un muchacho bueno— consiguen apaciguarla. La voz, que se oye perfectamente desde la cabina en donde el jefe le habla e intenta calmarla, nos grita a todos, no solo a mí, que el cretino de su hijo tendría que estar ya mismo en casa, y que mañana a la mañana temprano ella necesitará que le haga un montón de recados.
Sé que el pintor dirá a mis espaldas que no merezco semejante madre. Que el pastelero meneará la cabeza, apesadumbrado. Y que nuestro interiorista me preguntará que por qué no me voy de casa. Pero entonces el jefe, o el pintor, o el pastelero, le recordarán que él mismo, con más de cincuenta años, se ha ido a vivir a casa de su madre. Y que, para eso, hasta ha abandonado este barrio para irse a un barrio alto. Y al decir «barrio alto», todo aquí se paraliza. Las dos palabras —barrio y alto— hacen que a nuestra chica se le abran los ojos; porque ella sigue aquí aunque ya no vaya a pasar nada (excepto que un viejo golfo le pregunte al entrar si le molestaría irse con él y estar todo el día en bikini en su barco). Y que yo mismo me pregunte qué significa y cómo sería esa vida fuera de estas calles que, según mi madre, están todas amenazadas. «Todas —suele gritar mi madre, apocalíptica, a quien quiera oírla— desaparecerán de la faz de la tierra», y así el que venga podrá contemplar de lejos la iglesia que, de tan antigua, hace que todos estos viejos noctámbulos sean unos simples muchachos.
En algún momento el timbre del teléfono dejará de sonar (mi madre al fin se habrá dormido). Y entonces será hora de ponerse de pie, de marcharse. Alguien recordará ese bar escondido por aquí, sin cartel, que suele abrirse a las tres de la mañana. No es El Gato Rabioso ni el Septiembre. Es un sitio forrado de cajas de huevos y en el que, si el tío aquel abre la puerta y nos flanquea el paso, nos dirá una vez más (por aquí todo se dice una vez más, mil veces más): «Esto es un club privado».
No importa. Mucho antes, alguien por aquí habrá dicho: «Vamos al sitio ese a ver si el tío aquel nos abre».
LILIAN NEUMAN, 2016