Barcelona negra (2016)

Barcelona negra (2016)


Carlos Quílez. Vallbona: La ley de la calle (Vallbona)

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CARLOS QUÍLEZ
Vallbona: La ley de la calle

Vallbona

22 de marzo de 1984

Calle Obispo Irurita, número 2

Barrio de Vallbona. Ciudad de Barcelona

11:25 h

—Apestas a colonia.

—Patrichs.

—¿Patrichs?

—Sí, Jesule… Patrichs, se acabó eso de ir de aquí para allá con el costo[4] metido en quesos de bola o en sacos de café. Los perros de la pasma[5] se las saben todas. Lo único que los despista es la colonia, y no toda… solo Patrichs y alguna más.

—Anda pasa, Pichón, no te quedes en la puerta que me vas a atufar el barrio…

Jesús Alarcón Colmenero, alias «el Marqués» o «Jesule». 34 años, atracador de bancos.

Siete detenciones y dos ingresos en prisión.

Adicto a la heroína.

Antonio Mengual Ortiz, alias «el Pichón». 21 años, camello.

Dos detenciones y ningún ingreso en la cárcel.

Adicto a la heroína.

Jesule había pasado los dos últimos años en la Modelo. Acababa de pagar una condena de tres años y medio por una tentativa. Ya en la calle, se refugió en su barrio, donde nació y creció, y hasta donde no llegaron las mejoras ni las inversiones de las que disfrutó la ciudad con motivo de los recientes mundiales de fútbol.

En aquella época, uno de cada diez vecinos de Vallbona tenía antecedentes penales, en la mayoría de los casos relacionados con tráfico de drogas y atracos.

Vallbona era una especie de pozo, un recodo en la zona norte de la ciudad, donde se amontonaban algo más de cien pisos y casas, la mayoría construidas sin los permisos ni autorizaciones preceptivas. Esas viviendas estaban rodeadas de barracas, y el barrio en su conjunto estaba cercado, de un lado, por el río Besos (durante la década de los ochenta, el río más contaminado de Europa, según la Unión Europea); del otro, por la línea del tren y, en dirección Barcelona, por una hilera de huertos clandestinos que se prolongaban hasta el inicio del barrio de la Trinidad, que a su vez estaba presidido por la Cárcel de Jóvenes. Un agujero… Y junto con el barrio de la Mina de Sant Adriá, el de Sant Cosme en el Prat de Llobregat y el de Can Tunis en la zona sur y portuaria de Barcelona, eran los supermercados del hachís y la heroína de la gran conurbación barcelonesa.

Jesús salió de la cárcel como entró, pelao y con lo puesto.

Y volvió a la que era su casa, donde vivieron esos dos años unos gitanos amigos de la familia que se encargaron de cuidarla. Volvió a lo suyo: los bancos. El redil de su profesión.

Jesule se acababa de hacer un banco en Badalona. Seiscientas mil pesetas de botín. Y lo hizo como siempre, en solitario, con gorro, gafas y postizos, y una pistola de pastel[6].

En 1986, los grupos Omega y Antiatracos de la Jefatura Superior de Policía contabilizaron 908 robos a entidades bancarias solo en la ciudad de Barcelona. Jesús Alarcón era uno de esos atracadores bregados, autóctonos e insaciables que, al amparo de una novia diabólica llamada heroína, que se propagaba como la peste en aquellos años, provocaron una angustiosa sensación de alarma social, fruto de su incontinencia criminal y de la violencia extrema de sus acciones.

A Jesule le gustaba zumbar[7] en Badalona. Aquella es una ciudad muy bien comunicada por carretera con Barcelona y con una aceptable red de trasporte público.

Dos días antes de su encuentro con el Pichón, Jesús Alarcón cogió un tren en la estación de Renfe de Torre del Baró con el que se dirigió a la estación de Arco de Triunfo. Allí hizo transbordo y cogió un convoy camino de la estación de Badalona.

A medida que se acercaba el momento, Jesule notaba en su garganta la sequedad que provocan los nervios. Eran las doce de la mañana. «El mostrador ya estará suficientemente lleno de billetes», pensó. Así que, como era habitual en él, se metió en un bar y pidió café y coñac. Tres o cuatro copas de Magno casi seguidas.

El ardor del licor en el estómago le indicó que aquel era el momento. Pagó, salió camino de la sucursal y a pocos metros de ella se puso los postizos, la peluca y las gafas.

—¡Esto es un atraco… cabrones! ¡Estaros todos quietos que voy muy burro y no sé lo que hago!

Con la mano izquierda sacó una bolsa de tela de esas que se utilizan para comprar el pan mientras que con la derecha empuñaba su pistola apuntando de un lado a otro, de forma acompasada, como si se tratase de un partido de tenis, a los tres clientes y a los cuatro empleados de la sucursal.

Jesule arrambló con todo el dinero que sus manos tuvieron a su alcance y en menos de treinta segundos se había dado a la fuga. Salió del banco a paso ligero pero sin estridencias. Mientras caminaba, se retiraba los postizos, la peluca y las gafas, que introdujo en el interior de la bolsa de tela. Sin dejar de caminar, se quitó la chaqueta, la puso del revés y se la volvió a poner. El corazón bombeaba en su pecho al ritmo de una batucada. Dos años a la sombra no le habían hecho olvidar su oficio, pero retomar su actividad habitual no fue fácil, y por ello, y por la necesidad de heroína, y por el descontrol que provoca en el cuerpo y la mente el exceso de adrenalina circulando por las venas, se vio obligado a parar y a repostar. Tres, cuatro… cinco copas de coñac que, en la medida que le corroían las entrañas, le conferían una sensación narcotizante de calma.

Con el cuerpo ya bajo control se dirigió a la estación de autobuses y puso rumbo a Mataró. Allí, en las inmediaciones de una perrera cercana al barrio de Cerdanyola, se daban cita a diario varios camellos. Jesús Alarcón compró jaco[8]. Del bueno. Retornó a Vallbona en la Renfe.

De nuevo en casa de Jesule…

—Te traigo aceite y costo afgano. Es lo mejor —aseguró el Pichón mientras desenvolvía el paquete donde llevaba la mercancía.

—Déjame ver…

—Mira, no te pases con el aceite, con cuatro gotas en el papel de fumar tiene más que suficiente. Un primo mío se pasó de dosis y se lo llevaron al hospital porque perdió el conocimiento.

—Perdió el conocimiento por gilipollas, no por la droga —sentenció Jesule mientras observaba atento cómo el camello retiraba el celofán que envolvía el hachís.

—Bueno, pues eso… que con poco tienes de sobra. Pero esto otro que te he traído es el caviar del costo, lo más, más, lo mejor —dijo, y mostró sobre la palma de su mano una tableta de unos 150 gramos de cannabis de tal pureza que su aroma empezaba a imponerse sobre el efluvio de la colonia—. No hace falta quemarlo —indicó el camello—. Verás… pellizcas un poco y haces un gusano con el chocolate[9]. —El material se manipulaba como si fuera plastilina—. Lo metes dentro del porro y le das caña. No vas a encontrar nada igual. Yo te lo traigo puro, como me llega del moro[10]. A mí me lo pasan así y el beneficio que saco está en el corte. Pero este no está cortado.

—¿Cómo lo cortas? —preguntó Jesule para saber si en esos dos años que había pasado a la sombra había cambiado el método habitual para aumentar el peso del hachís, que consistía básicamente en mezclarlo con pastillas de Avecrem.

—Miel, lo cocino con miel. Lo pongo en un cazo, lo caliento y le hecho miel. El costo coge volumen y peso enseguida y el color es el mismo.

Jesule sacó una coca-cola y una botella de Giró. Se hicieron una trompeta[11] de tres papeles cada uno y fumaron y bebieron.

—¿Qué te debo, Pichón?

—Son cuarenta y cinco talegos.

Jesule se sacó diez billetes de cinco mil pesetas y se los entregó.

—Quédate lo que sobra. Y cómprate ropa y unas bambas, Pichón, que pareces un pordiosero.

—Es que estoy pasando una mala época, Jesús, muy mala. A mi hermano le han metido p’adentro otra vez y tengo que cuidar de mi hermana pequeña.

—¿Y tu madre?

—Se ha ido a hacer de puta a la costa. Estas Navidades metió a un tío en casa y el cabrón nos dejó temblando. El muy hijo de puta se llevó hasta las cortinas. Jesús —dijo bajando el tono de voz y buscando su complicidad—, ando muy pelao.

—¿Cuánto tiempo hace que no te metes? —le preguntó como si estuviera interrogando a su hermano pequeño.

—Ayer.

Antonio Mengual, el Pichón, se lo quedó mirando como un cachorro mira a su dueño cuando le trae la comida.

—Espérate aquí. —Jesús Alarcón se fue para el lavabo y regresó al instante con una jeringuilla, una goma, papel de plata y una cebolleta[12] de caballo[13].

—No te lo puedo pagar, Jesús, este dinero tuyo se lo tengo que dar al Moro, que ya le debo mucha pasta y me la viene a buscar esta tarde. Y sabes cómo se las gastan…

Jesule asintió.

Los ojos del muchacho se iban tras aquel polvo ligeramente beis que el atracador estaba manipulando.

—Eres un buen chaval, Pichón.

—Qué va, compadre, tú sí que eres buena gente. En este puto barrio si no pisas, te pisan. La mitad de la peña me debe dinero. Les tengo fiados a casi todos. Y no me pagan. Sin embargo yo, si no pago cuando me lo dicen, me dan la del pulpo. Tú eres diferente.

—Remángate, que te voy a dar caña…

—No, en el brazo no, que me dijo el enfermero del ambulatorio que si me volvía a pinchar las venas del brazo tendría una hemorragia como la de un cerdo cuando le dan matarile[14].

El Pichón le enseñó los antebrazos y los callos que se observaban eran del tamaño de un huevo.

—Tú dame la chut[15] que yo me lo meto.

—¿Dónde?

—En el cuello. Ven, acércate, cógeme la garganta como si me estrangulases, sí, con las dos manos, en la base, fuerte, fuerte…

La carótida del Pichón se dilató como un globo. Casi se puso azul. Con un pinchazo suave, casi susurrante, inoculó la dosis en la arteria. Jesule dejó poco a poco de comprimir el cuello y la heroína fluyó vigorosa por el torrente sanguíneo dejando en el rostro del muchacho una mueca de placer infinito. El Pichón se fue recostando en la silla, se mojaba los labios con la lengua y sus ojos, entreabiertos, amagaban una sonrisa.

Jesule agarró la jeringuilla y la cargó con otro pico[16]. Se chutó en el brazo y dio cuenta del cubata a la vez que su sistema nervioso se tomaba un respiro en una fruición fabulosa y extraordinaria.

Cuando Jesule despertó, aquel muchacho escuálido y harapiento ya se había ido.

Optó por darse una ducha y mudarse de ropa. Eran las seis de la tarde y el día se alargaba. Jesús decidió irse de compras, de cena y de putas. Se lo había ganado a pulso… en Badalona.

23 de marzo de 1984

Calle Obispo Irurita, número 2. Vallbona

02:53 h

Poco antes de las tres de la madrugada regresó al barrio en taxi, como lo hacían los señores o los chorizos con pasta fresca en las manos, como él. Cuando llegó a su casa, se encontró a aquel muchacho acurrucado en el portal, llorando desconsolado, temblando de frío y de miedo, con la camisa hecha jirones, embadurnado en su propia sangre, que se había secado, ennegrecida, sobre su piel.

—¡¿Qué coño ha pasado?! —exclamó Jesule.

—El Moro, Jesús… el Moro… el Moro… que me ha pegao… —repetía el muchacho con un hilo de voz.

Jesús Alarcón lo metió en su casa. Como pudo, lo llevó bajo la ducha. El agua caliente y el jabón arrastraron la sangre sucia hacia el desagüe, que se volvió de un color rojo intenso. El Pichón no dejaba de llorar y de escupir saliva sanguinolenta por una boca reventada a puñetazos.

—¡Le pagué todo, todo! Todo lo que le debía, tal y como él me dijo, donde él me dijo y como él me dijo… ¡Todo! —exclamaba entre sollozos.

—No te puedes fiar de los moros. Son gentuza. En el talego[17] no les pueden ni ver. La mitad chotas[18], la mitad bujarrones[19].

Antonio Mengual Ortiz se secaba la cara y el cuerpo con una toalla. Había recuperado el aliento pero sus ojos permanecían húmedos y su mirada enturbiada, como si el mundo se hubiera vuelto borroso ante él. Se vistió con un chándal que le dejó el atracador y se sentó despacio, dolorido, en la misma butaca en la que horas antes se había drogado junto a su amigo.

—Toma, métele un tiento —dijo Jesule tras ofrecerle un vaso de ginebra—. Te calmará los nervios y te curará la boca.

—Jesús, necesito un pico. Lo necesito más que nunca. Estoy pa morirme, Jesús. —La voz del Pichón volvía a ser imperceptible y su imagen, deplorable.

Jesús Alarcón inspiró profundamente sin retirar la mirada de aquel muchacho con el que, por alguna extraña razón, había empatizado y al que compadecía como no lo había hecho nunca con nadie. Se sirvió un lingotazo de ginebra, lo mezcló con los restos de una coca-cola, y se dispuso a prepararle un pico a su amigo. Y otro para él.

—Son basura, lo sé. Pero ese moro es el que me daba de comer. Aquí en el barrio nadie quiere cuentas conmigo. Dicen que soy un mierda, un inútil, que no tengo güevos…, y eso no es cierto, Jesule, no lo es. Yo tengo cojones, y yo valgo mucho, pero lo que pasa es que he tenido mu mala suerte, Jesús, y por eso llevo la vida que llevo…

—No te hagas mala sangre, chaval. Relájate. Vamos a meternos un ñaca y mañana te propondré un negocio para que acabe tu mala vida.

Se pincharon y cayeron adormecidos, como lo hace un bebé después de un atracón.

Ese mismo día, en el mismo lugar, a las 15:10 h

Jesule abrió una botella de vino. Dos latas de atún. Pan de molde, un bote de guindillas avinagradas y una bolsa de patatas fritas.

—Come, chaval, te sentará bien.

—Lo intentaré, Jesús, pero es que apenas puedo mover la boca y me escuece hasta la saliva.

—Métele mano al vino. Eso lo cura todo.

Comieron y bebieron. Jesús sacó coñac y café. Se liaron sendas trompetas de aquel chocolate afgano y fumaron como quien da cuenta de un cohíba recién decapitado tras una fastuosa comida.

—Ayer, bueno, hace un rato, me dijiste que me ibas a proponer un negocio. —Y sin dejar a Jesule responder, continuó—: Yo te lo agradezco, pero me voy a dedicar a la chatarra, no quiero tocar más la droga. Si no me mata por dentro, lo va a hacer por fuera. Tengo un coleguita gitano de la Meri[20] que me ha dicho que de trapaire[21] se puede uno sacar pa sus gastos.

—¿Recogiendo chatarra, botellas vacías y plomo por las casas? ¿Tú estás loco? Eso no está hecho para ti —dijo Jesule tras aguantar durante unos instantes una potente calada en los pulmones.

—A veces pienso que toda la peña tiene razón y que en realidad soy un mierda. Mi madre ya me lo decía de chico. Lo más bonito que me decía era «idiota». Mis amigos del colegio todos van con su bugas[22], maqueados[23], con chavalitas vacilonas, y yo, comiéndome los mocos, me he quedado para barrer el lavabo donde ellos cagan.

—Eso va a cambiar —sentenció Jesule.

Se hizo el silencio durante unos segundos.

—¿Cambiar?

Jesús Alarcón Colmenero, alias «el Marqués» o «Jesule», siempre atracaba solo. Siempre. Nunca accedió a ofertas sugerentes y tentadoras de golpes de película en compañía de otros atracas[24] tanto o más bravos que él. Prefería el trabajo modesto, fino y sin testigos.

Para Jesule, un secreto, cuando lo conocen dos personas, ya no lo es.

Actuaba solo porque le gustaba y lo tenía por la mano, pero también porque sabía que el mundo del hampa de aquellos barrios de la Barcelona de la incipiente democracia era un nido de traiciones y vendettas, donde la información se vendía por cuatro papelinas o se arrancaba a hostias cuando la policía andaba con urgencias o no estaba para compadreos.

Diez años de atracador. Diez. Siempre solo, pero estaba a punto de romper sus principios conmovido por la fragilidad de un muchacho desamparado que era carne de cañón.

—Sí. Cambiar. Te vas a quedar aquí unos días hasta que te recuperes de la paliza y luego saldremos de pesca.

Pichón le miraba atento mientras masticaba pequeñas dosis de pan y atún, que engullía gracias a los tragos de vino.

—¿Pesca?

—Sí, chaval. Nos vamos a hacer un banco.

26 de marzo de 1984

Bar Soto, en la calle mayor de Montcada i Reixac, frente a una sucursal de La Caixa

09:15 h

—No me gusta zumbar en Montcada porque está muy cerca del barrio. Pero antes de que me entalegaran estuve a punto de hacerme ese banco. Lo tengo pendiente. Fíjate. —Le indicó con las cejas en dirección a la puerta de la sucursal que tenían enfrente—. La puerta está siempre abierta, y la gente entra y sale como Pedro por su casa. ¿Y sabes por qué?

—No —respondió lacónico el muchacho, que parecía un becario recién llegado a la oficina.

—Porque a diez metros está el ayuntamiento, la sede de la Policía Local y la Jefatura de la pasma.

—Entonces es muy arriesgado… ¿no?

—O todo lo contrario.

—Esa gente de La Caixa vive confiada, con la guardia baja, y además manejan mucho dinero.

Desde el ventanal del bar restaurante Soto observaban el ir y venir de transeúntes por la populosa calle mayor y el flujo de clientes de aquella sucursal de La Caixa. Tomaron carajillo y copa.

—Detrás nuestro pasa la Renfe. Son los trenes que van de Barcelona a Terrassa. Por detrás del banco pasa otra línea de tren. La que comunica Barcelona y Gerona. Dos calles más allá está la nacional 152 que nos lleva a Vic, y justo al lado todas las autopistas, las que van para Lérida, para Tarragona y para Manresa. Este pueblo es el mejor comunicado del mundo. Y eso es muy bueno para zumbarse uno de sus bancos. Siempre se ha de pensar en los riesgos y, sobre todo, en una vía de escape.

—¿Cómo lo haremos? Yo no tengo pistola. ¿Tú tienes una pa mí?

—No te hará falta, Pichón.

29 de marzo de 1984

Mismo lugar

8:30 h

—Voy p’allá, Jesús. —El Pichón tomó aire, se guardó las manos en los bolsillos porque no sabía qué hacer con ellas, cruzó los quince metros que separaban el bar Soto de la sucursal y, justo cuando se disponía a entrar, se detuvo. Se giró. Miró a su amigo, como quien se despide de un ser amado en el finger de un aeropuerto. Jesule dejó sobre la mesa el carajillo y le indicó con un gesto inequívoco, para el que utilizó todos los músculos de la cara, que se dejara de hostias y que entrase de una vez según lo establecido.

Antonio Mengual dio un paso hacia delante, pero de nuevo se detuvo. Esta vez no se giró. Se quedó allí como una estatua a escasos cincuenta centímetros de la puerta de la entidad de ahorros, siendo esquivado por los clientes que entraban y salían con total normalidad, ajenos a que en ese momento se estaban produciendo los primeros compases de un atraco a mano armada en toda regla.

Jesús salió del bar y con paso vigoroso llegó al lugar donde se había quedado petrificado el Pichón. Lo agarró del brazo y se lo llevó con no poca brusquedad calle mayor arriba, en dirección a la plaza de la iglesia de Santa Engracia, que se encontraba a unos doscientos metros al norte.

—¿Se puede saber qué mierda te pasa, coño? —preguntó muy enfadado Jesule.

—Que se me ha parao el corazón, Jesús, que no sé qué ma pasao… —dijo con la cabeza gacha.

Jesule observaba a su discípulo con una mezcla de rabia y de pena. El muchacho estaba literalmente empapado en su sudor y pálido, blanco como el papel de fumar. Había sufrido una crisis de pánico como un caballo de grande.

Jesús le puso el brazo por encima del hombro y caminaron sin prisa hasta la estación de autobuses que conecta el Vallés con Barcelona.

30 de marzo de 1984

Se repite la escena

8:34 h

—¿Lo has entendido? ¿Lo tienes claro? —Y sin esperar respuesta le dijo—: Entra y limítate a hacer exactamente lo que hemos ensayado. No te salgas del guión…

—Sí, Jesús…, no te preocupes, esta vez va a salir todo bien.

El Pichón y Jesule apuraban el café con leche y las magdalenas en la mesa situada junto al ventanal del bar Soto, desde donde se tenía una panorámica de la puerta de acceso a la sucursal. Una hora antes, Antonio Mengual se había tomado, por indicación de Jesús, 20 miligramos de alprazolam. «Cuando hace frío, hay que ponerse una bufanda», le dijo.

Así, el Pichón, con los nervios templados, entró en el banco.

Aquella sucursal de La Caixa era una instalación grande en la que trabajaban diez empleados que no atendían al público tras un mostrador, sino en mesas individuales que permitían acceder, alargando la mano, al interlocutor. Los empleados estaban distribuidos en mesas y despachos que ocupaban el lado izquierdo del habitáculo. Enfrente, al fondo, la gran cámara acorazada que presidía la sala, y a la derecha, toda una serie de pequeños mostradores que ponían a disposición de la clientela la publicidad de los distintos productos financieros que ofrecía la entidad, así como varios montones de impresos en blanco para ser utilizados (rellenados) por los clientes que querían solicitar cualquier gestión o servicio por parte de los empleados.

El plan era el siguiente: Antonio Mengual Ortiz, alias «el Pichón», y Jesús Alarcón Colmenero, alias «el Marqués» o «Jesule», iban a dar el golpe de su vida.

El joven aprendiz tenía que entrar en el banco y hacer tiempo hasta que la luz roja que se podía ver en la parte superior de la cámara acorazada se tornara verde.

Eso era señal de que el dispositivo de apertura estaba liberado. Ese era el momento en el que debía avisar a su consorte para que irrumpiera con toda la artillería en la sucursal. Pistola en mano, desvalijarían las cajas y también la cámara acorazada, cuyo dispositivo de apertura y cierre se activaba según una programación previa. Antes, y por si acaso, se llevaría la cinta de vídeo del circuito cerrado de televisión.

El Pichón estaba dentro del banco. La luz de la acorazada estaba roja e inmóvil como un gran ojo luminoso que controlaba los movimientos de los allí presentes. Diez empleados y otros tantos clientes. Primero se puso en la cola, pero a medida que esta avanzaba y se acercaba su turno, optó por otra estrategia. Se situó en la zona destinada a los mostradores con los folletos publicitarios y los impresos. Sacó un bolígrafo y se dispuso a apuntar (o a hacerlo ver) en alguno de esos impresos cualquier cantidad o dato relativo a la supuesta gestión que había venido a realizar. Entre una cosa y otra pasaron tres o cuatro minutos y la luz continuaba roja, como si estuviera manteniendo un pulso de aguante con aquel joven muchacho que, de momento, había pasado desapercibido para el público y la plantilla de la sucursal. A ver quién aguantaba más. Pasaron dos o tres minutos más y zas, ¡verde! La luz se puso verde y se oyó una especie de chasquido similar al que se puede oír cuando se abre bruscamente un frigorífico.

El Pichón dejó allí mismo el bolígrafo y el impreso que estaba garabateando y salió inmediatamente a la calle. Su sola presencia en la puerta de la sucursal era información más que suficiente. Era la señal. Jesule entró en el banco como lo haría Billy el Niño, a saco, con una pistola en cada mano y cuatro bolsas del pan en los bolsillos de su abrigo.

—¡Esto es un puto atraco, cabrones! ¡Todo el mundo quieto, las manos en alto y no me toquéis las alarmas que voy muy burro y no sé lo que hago! —Clientes y empleados se quedaron petrificados.

Antonio Mengual Ortiz empezó a arramblar con todo el dinero que había en las mesas. Llenó una, dos, y cuando iba por la tercera bolsa de pan Jesule le gritó:

—¡La retardá, la retardá, dale caña a la retardá!

El muchacho abrió la puerta de aquella especie de cabina de teléfonos de hierro forjado empotrada en la pared. Parecía la cueva de Alí Babá. Una montaña de billetes de cinco mil pesetas copaban toda la cámara.

—¡Deprisa, deprisa! —gritaba Jesule mientras apuntaba con sus pistolas e iba reduciendo a los incautos clientes que, ignorantes de lo que pasaba allí dentro, iban entrando en la sucursal.

El Pichón llenó las otras dos bolsas de billetes de cinco mil pesetas con la velocidad con la que un pollo famélico come maíz.

Dos minutos. Tiempo más que suficiente, todo estaba saliendo a pedir de boca. Pero a la suerte no se la debe tentar.

—¡Déjalo ya, chaval, déjalo!

No cabían más billetes en las bolsas y el Pichón, que parecía poseído, se los metía en los bolsillos como si fuera lo último que iba a hacer en la vida.

—¿Dónde está el vídeo? —le preguntó Jesule a una empleada que parecía muerta de miedo.

—Allí —respondió ella indicándole con una mano el armario en el que se guardaba el dispositivo de videovigilancia.

Jesule cogió la cinta del interior del aparato, volvió a mirar a la cara a los allí presentes, todos acuclillados, algunos llorando y otros directamente en estado de shock, y les dijo solemnemente:

—Sé quiénes sois, se dónde os puedo encontrar. Si colaboráis con la policía vendré y os mataré.

Recularon hacia la puerta, poco a poco, con la pistola expectante, sin dejar de mirar a los clientes y los empleados.

Salieron de la entidad y se mimetizaron con los cientos de padres y madres que a esa hora circulaban por la calle mayor de Montcada camino de colegios y de guarderías.

—No mires atrás, camina rápido pero sin llamar la atención. Dentro de dos minutos sale un tren hacia Granollers.

Y efectivamente, todo salió perfecto. De una forma, además, milimétrica.

Subieron al tren, se sentaron separados e hicieron lo posible para contener los efectos de la adrenalina desbocada que les hervía en el vientre. El atraco no había acabado aún.

El convoy llegó a Granollers, bajaron y buscaron un bar. El joven Pichón, sin embargo, no pudo mantener la compostura y, al verse lejos y a salvo de sospechas, en plena calle, se tiró a los brazos de su amigo Jesule.

—¡Lo hemos conseguido, Jesús, los hemos conseguido! —El Pichón casi lloraba de alegría, como lo hacen los niños cuando reciben el regalo soñado que sin embargo no esperan.

Jesús Alarcón, tipo endurecido y al que le gustaba jugar ese papel, le observaba con una sonrisa ladeada, satisfecho, sabiendo que llevaban una cantidad insultante de dinero en aquellas bolsas del pan.

Entraron en un bar, pidieron coñac y compraron tabaco.

—Te lo dije, Jesús, no soy tan idiota como todos dicen. He hecho lo que tú me has pedido y no me he equivocado en nada, ni me he precipitado, ni he llamado la atención. Ni dios se ha coscao[25] de que estaba allí… Te lo dije, Jesús, te lo dije… También tengo un par de güevos, como tú y como los demás… —dijo de carrerilla, como si precisase desahogarse de toda la presión acumulada para demostrar, y demostrarse a sí mismo, que por fin había hecho algo bueno, fuera de lo normal o de lo previsible para un tipo como él.

—Pichón, lo has hecho muy bien. Te sobran cojones, pero ahora tienes que demostrar que tienes cabeza.

—¿Qué quieres decir, Jesús?

—Pues que no te puedes ir al barrio con esta pasta, y mucho menos vacilar con los colegas del golpe que hemos dado. Un picoleto[26] que me detuvo un día y que no me pegó, me dijo, hablando de esto, que «la prueba de honor más dura no es saber guardar un secreto, sino no reconocer que lo sabías cuando el secreto se haga público». ¿Lo entiendes? Cabeza —le decía Jesule llevándose el dedo índice a la sien—. Cabeza, Pichón, cabeza. Ahora te irás a ver al Moro y le pides chocolate. Le dices que te he pedido tres posturas[27] de 150 gramos, que soy un buen cliente. Vienes para mi casa, que todo el mundo te vea. Nos haremos unos porros mientras contamos la pasta y nos repartimos el botín. Luego buscas un sitio donde apalancar el dinero, a ser posible fuera del barrio, y después te vas a ver al Moro y le pagas por el chocolate que yo te he comprado. Te vas a la cervecería que hay en tu calle y te tomas un quinto leyendo el Mundo Deportivo. ¿Entiendes? Todo normal, especialmente normal. Cualquier salida de tono llamará la atención y las ratas[28] irán con el cuento a la pasma, ¿entiendes?

El Pichón asentía una y otra vez y le miraba como el Pequeño Saltamontes miraba a su maestro chino.

—Bebe, que nos vamos a casa, pero en taxi, como los señores…

Dos horas más tarde, cuando el taxi que transportaba a los dos delincuentes giró la estrecha calle Hortensia de Vallbona para encarar la no menos estrecha calle Obispo Irurita, una nube de policías armados con pistolas y metralletas se agolparon sobre el vehículo. Uno de los agentes abrió la puerta del conductor y sacó al taxista con un gesto expeditivo. El resto de policías, sin darles margen, abrieron las otras puertas y apostaron todas las pistolas y casi todas las metralletas a escasos centímetros del rostro perplejo de aquellos dos criminales. El Pichón se hizo sus necesidades encima.

La escena acabó siendo la habitual: tirados en el suelo, boca abajo, con un policía pisándole la nuca a cada uno mientras otros los esposaban y las vecinas se agolpaban en los balcones para cotillear. Los de la Judicial custodiaron las armas y el dinero mientras, por radio, se daba cuenta a la base en Jefatura del éxito del operativo.

«El Marqués ha caído. Iba con un compinche por identificar. Los tenemos. Tenemos las armas y el dinero de Montcada. Bajamos a Jefatura. Avisen a la guardia, hemos de registrar la casa del detenido».

Con el mundo desplomado sobre sus cabezas, asolados, desolados, hundidos ante un futuro inapelable, fueron conducidos camino de la Jefatura Superior de Policía situada en la céntrica Vía Layetana.

Cada uno de ellos iba en un coche «K» perteneciente a los grupos Omega y Antiatracos del Cuerpo Nacional de Policía. Primero circulaba el vehículo en el que iba el Pichón. Después, el que trasportaba a Jesule.

Jesús estaba esposado con las manos en la espalda. Sentado en el asiento trasero del Talbot Horizon, custodiado por un policía a cada lado y por otros dos, si contamos al conductor y al copiloto. En un momento dado, Jesule levantó la cabeza hacia el techo del vehículo y con la mirada perdida preguntó:

—¿Qué ha pasado?

—¿Que qué ha pasado de qué? —respondió insolente uno de los policías.

—¡Que qué ha pasado! Solo hace tres horas del palo y ya nos habéis trincado. ¿Cómo lo habéis sabido? —preguntó girando el cuello a un lado y a otro en busca de respuestas en sus guardianes.

Tras unos segundos de silencio, y de miradas cómplices entre compañeros, uno de ellos rompió a reír. Luego el otro, a continuación los otros dos, a carcajada limpia. A mandíbula batiente.

Jesule les hubiera matado, aunque el desconcierto le podía mucho más…

—¿Qué? —espetó.

Uno de los agentes, el que parecía el jefe del grupo, sacó una hoja de papel del bolsillo.

Era el impreso que se suponía que había garabateado el Pichón en la sucursal de La Caixa de Montcada.

«Calle Obispo Irurita, número 2».

Eso es lo que aquel muchacho apuntó en el recuadro del impreso en donde ponía «Dirección».

—Claro, como tú entenderás —le dijo uno de los policías—, nos lo habéis puesto fácil. —Y de nuevo rompieron a reír como lo hacen los borrachos en plena euforia.

Jesule cerró los ojos y agachó la cabeza…

CARLOS QUÍLEZ, 2016

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