Axel
Preámbulo
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Preámbulo
Vigo, 8 de septiembre de 2008
Eran más de las doce, por lo que técnicamente ya era día 9, pero María no cambiaba la hoja en el calendario hasta que se iba a dormir. Y esa noche, aunque aún no lo sabía, no iba a pegar ojo.
Ni la siguiente.
Ni la siguiente.
El número ocho se le iba a quedar grabado para siempre en la memoria, con una gravedad distinta, sucia. Como un escupitajo de sangre en la cuna de un recién nacido.
Se preguntó infinidad de veces cuándo empezó a irse todo a la mierda. Y la verdad es que no lo sabía. Pudo ser antes. Pudo ser después. Pero algo le decía que su vida empezó a torcerse cuando dijo:
—Me voy ya.
Me voy ya. Tres palabras que perfectamente pudo haber callado. Tres palabras que perfectamente pudo haber cambiado por «Me tomo otra» o «Venga, me quedo».
Pero no.
María dijo «Me voy ya». Y casi montándose encima de sus palabras escuchó:
—¿Te vas ya?
No había decepción en la forma de preguntar sino verdadero interés. Qué tipo de interés es lo que María no fue capaz de determinar. Y eso que desde muy pequeña, a través de sus ojos de un negro profundo, había aprendido a calar a la gente.
—Sí, tíos. Me voy ya —repitió—. Estoy cansada y mañana tengo comida familiar. No quiero llegar hecha un cuadro como la última vez.
Todos sonrieron. María tenía facilidad para desesperar a sus padres y eso no se le escapaba a nadie de los allí presentes. Al fin y al cabo, tenía diecisiete años. Estaba en la edad.
Esa noche era la más joven del grupo. Todos los chicos tenían más de veintitrés años y Andrea, veintiuno. Pero María era más alta. Era más alta que la mayoría de chicas de su edad. En el último año su cuerpo había empezado a curvarse, a rellenar un molde bonito, al tiempo que su rostro conservaba un semblante infantil. Una mezcla que atraía muchas miradas. Ahora era la gente, sobre todo los chicos mayores, los que querían calarla a ella.
—¿Y cómo te vas a volver? —preguntó Andrea—. No vas a encontrar ningún taxi a esta hora y tu casa está lejos de carallo.
Estaban en el bar Pénjamo, uno de los garitos de moda del verano vigués. Un pequeño local escondido en un lateral de la playa de Patos, en el Val Miñor, a escasos diecisiete kilómetros de Vigo.
La playa de las olas, como siempre la llamó María.
La noche había transcurrido con normalidad. Nada memorable. Ninguna pelea. Nadie se había enrollado con nadie. Acababa de terminar un concierto de una banda local. «Unos chavales bastante pijos», habían comentado. Y ahora estaban bailando y terminando de arreglar el mundo, entre birras.
Eran los cinco de siempre.
María tenía alguna amistad más estrecha con gente del instituto, pero podía decir con total seguridad que estos también eran sus amigos de toda la vida.
Se conocían de ir al agua, como se decía en su entorno.
El mar los había unido hacía algunos años y ahora allí estaban, diciendo adiós a las vacaciones. Y como ellos, media ciudad. El local estaba abarrotado. Dentro y fuera, en la terraza, desde donde se veía cómo el oleaje golpeaba las rocas con la desgana de septiembre.
María recogió el bolso, que estaba sobre una de las mesas del exterior, y se despidió con un beso al aire.
—No os ralléis. Ahora llamo a mi padre y viene a buscarme —dijo—. No creo que esté dormido. Aún debe estar recogiendo las sobras de la fiesta de anoche.
La noche anterior acabaron muy tarde. En casa habían celebrado una fiesta sorpresa por el veinte cumpleaños de su hermana. Se juntaron un montón de amigos venidos de diferentes partes de Galicia. «Amigos de todo lugar, sexo y condición», decía la invitación.
Había sido un éxito.
A María aún se le iluminaba el rostro al recordar la expresión de su padre cuando comprobó que todo había salido bien, que no había habido ninguna filtración y que el efecto sorpresa había llegado hasta lo más hondo del sistema nervioso de su hermana, le aceleró el corazón, le dilató las venas y le provocó finalmente el llanto. Se habían divertido tanto que quizá por eso estaba tan cansada.
Por eso y porque ya era tarde.
En su muñeca, las manecillas del reloj marcaban las 3.35. Y tampoco se lo estaba pasando tan bien.
Caminó entre la gente, tratando de que no le derramasen ninguna copa por encima, y se encaramó hacia la puerta. Mientras se colocaba la capucha para salir, notó cómo alguien la tomaba del brazo.
—Hey, espera. Ya te llevo yo. Si total… me voy ya y tengo el coche ahí. No molestes al viejo a estas horas.
No había interés en la forma de ofrecerse sino verdadero deseo. Qué tipo de deseo es lo que María no fue capaz de determinar.
—¿Estás seguro de que puedes llevar el coche, colega? Hemos bebido bastante.
María paladeaba sus palabras con sequedad. Notaba la boca pastosa, quizá por la cerveza.
—Que sí, joder. No va a ser la primera vez. Ya lo sabes. Hemos ido juntos en ese coche en peores condiciones y aquí estamos. En peores plazas hemos toreado —dijo sonriendo.
María le lanzó una mirada analítica, escrutadora. No respondió hasta pasados unos segundos, cuando creyó haber finalizado el escáner y hubo contemplado todas sus opciones. Entonces dijo:
—Como tú quieras.
Como tú quieras. Tres palabras que debió haber callado. Tres palabras que perfectamente pudo haber cambiado por «No hace falta» o «Tranqui, vuelve adentro».
Pero no.
María dijo «Como tú quieras».
Entraron en el vehículo y sin saber decir por qué, empezó a sentir que algo no iba igual que en otras ocasiones.
Se estaba emparanoiando.
Estaba experimentando una sensación extraña. Por un lado anhelaba un viaje suave, sin sobresaltos. Con una conducción segura y sobria a pesar del alcohol que embotaba los reflejos de ambos. Y por otro, deseaba un desplazamiento breve y rápido. Que le permitiese llegar a casa cuanto antes.
Ya iba dándole vueltas a la resaca que le esperaba al día siguiente. A la bronca de su madre por estar cansada y con pocas ganas de hablar. Ya veía a su padre defendiéndola, como siempre, de los ataques de su hermana.
Necesitaba descansar.
Se ajustó el cinturón de seguridad, que se encajó entre sus pechos, resaltando una figura que en las últimas semanas no paraba de crecer, lo que le produjo una sensación contradictoria. Adulta y vulnerable.
También vio por el rabillo del ojo con creciente incredulidad algo que la dejó loca.
—¿Qué coño haces?
Mientras guiaba el volante, su colega se estaba cepillando los dientes de forma frenética con la mano derecha.
Arriba y abajo.
Izquierda y derecha.
En movimientos muy cortos.
A toda velocidad.
—¿Qué? No hago nada.
No tenía pasta, así que no hacía espuma y no manchaba el coche, pero a María le estaba empezando a poner nerviosa que apartase los ojos de la calzada para mirar en el espejo retrovisor si, efectivamente, los dientes estaban limpios.
—Atento a la carretera, por favor.
En ese momento no podía imaginarlo, pero esa imagen la acompañaría ya para siempre. Para el resto de su vida. El cepillo de dientes. Azul. De plástico. Agitándose en la oscuridad del camino lleno de curvas que llegaba de forma más directa a su casa, un chalé en las faldas de Monteferro, desde donde se podía disfrutar de uno de los mejores atardeceres de las Rías Baixas.
Quizá por acomodar la velocidad del vehículo al cepillado, quizá porque se sentía más diligente de lo que en realidad era, su colega apretó el acelerador por encima de lo que recomendaban las señales de tráfico que brillaban en el arcén. No estaban a más de tres kilómetros de su destino cuando, al salir de una curva demasiado rápido, unas luces les cegaron por completo la visión del asfalto.
—Mierda —chilló.
María vio cómo su colega daba un volantazo y retomaba su carril. El coche culeó. Las luces pasaron de largo por la izquierda, rozando la puerta del conductor. El frenazo dejó marcas en el asfalto.
Estaban bien.
—Joder. Lo siento. Se me ha echado encima.
No había sinceridad en la disculpa sino verdadera adrenalina. Qué estaba produciendo la adrenalina es lo que María no fue capaz de determinar.
—¡Qué cojones se te va a echar encima! ¡Se te ha echado encima la curva!
Ella sonreía sin saber muy bien el motivo. No llegó a acojonarse tanto como su colega. Tal vez había bebido más y todo le importaba menos.
Tal vez no.
Su colega detuvo el coche a escasos metros de la curva, justo delante de la puerta de un pequeño hostal. Una construcción de piedra con más años que un bosque.
—¿Qué ocurre? ¿Por qué paramos? —preguntó.
—No sé, tía. Me he acojonado mucho. Se me ha ido la pinza en la curva y por poco nos matamos.
—Bueno, joder. No ha sido para tanto. En peores plazas hemos toreado, ¿no? Dale, anda. Vámonos de aquí, que estoy deseando llegar a casa y descansar.
Sus palabras se quedaron flotando en el coche.
—No, tía. Vamos a parar. Si te ocurre algo, jamás me lo perdonaría. Tus padres me matarían, además. Sabes que les quiero mucho y ellos a mí. Siempre se han portado muy bien conmigo. Si te ocurriese algo por mi culpa, no podría soportarlo.
María se revolvió un poco en el asiento del copiloto.
—¿Entonces?
—Vamos a parar aquí, aunque sea un par de horas. Que se me pase un poco el susto y el ciego, por favor.
María no dijo nada.
Ni tres palabras. Ni dos. Ni una.
Nada de lo que arrepentirse.
Pero se bajó del coche.
El interior del hostal maridaba perfectamente con la fachada. Si sus propietarios amaban su negocio lo disimulaban con acierto. No había ni un detalle que mereciese ser recordado. Solo austeridad y vejez. A tenor de los precios, tampoco debían tener demasiadas opciones para reforzar el encanto de su negocio.
Un señor bajito, calvo, con dos o tres mechones blancos encima de las orejas los miraba sin demasiada atención. Era mayor. Y no podía creer lo que le preguntaban.
—¿Una habitación por horas? No, hijo. Una habitación es una habitación y es tuya hasta las doce del mediodía. Es decir, sí. Es una habitación por horas. ¿Qué hora es, las cuatro? Es una habitación por ocho horas, para ser exactos.
María volvió a sonreír. La locuacidad del anciano la estaba relajando.
—Bueno, pues la más barata que…
—Queremos dos habitaciones —interrumpió ella, reforzando bien todas las letras de la palabra «dos» sin apartar la vista del hombre pequeño que tenía delante—. Las más pequeñas y económicas que tenga usted disponibles —añadió.
—Eso es —asintió su colega, dejando entrever una risa nerviosa.
El anciano los miró con un desprecio añejo.
—Todas las habitaciones que tengo libres son iguales. Es sábado por la noche, no hay demasiado donde elegir.
Sin esperar reacción alguna, el propietario del hostal se volvió para recoger de la impresora dos formularios de entrada y las llaves.
—Necesito vuestros DNI y una tarjeta de crédito. Habitaciones 105 y 106. Están en la primera planta. Tenéis el ascensor al fondo del pasillo. Ahora os subo los documentos.
Decidieron subir utilizando las escaleras.
Él iba delante. Ella, detrás.
El pasillo olía como los sitios que no huelen bien. Tampoco muy mal. Se habría solucionado con una ventilación adecuada que el edificio parecía no tener. Con eso o con el olor agradable de la mano de pintura que reclamaban las paredes.
Una foto mal colgada del anciano cuando era joven, con un pez en la mano, era toda la decoración del primer piso.
—¡Vaya personaje, eh! —dijo él.
—¡Ya te digo, colega! Menuda pieza. —Ella vaciló un instante—. Oye, tío, me sabe mal que te gastes cien pavos pudiendo estar en casa en cinco minutos.
Él le respondió sin levantar la vista del suelo.
—Que no, joder. Es mejor así. Ya verás. Hazme caso.
—Vale, vale.
Mientras María caminaba hacia su cuarto, iba reteniendo respuestas. «¿Ya verás? ¿Qué es lo que tengo que ver? ¿Era una forma de hablar?».
A su espalda, un ruido impreciso inundaba el pasillo. Cuando se giró para despedirse, se estremeció al comprobar que su colega estaba temblando y que no era capaz de acertar a meter la llave en la ranura de la puerta 105.
—Oye, ¿estás bien?
No estaba bien. Era evidente.
—Sí, sí. No te ralles, de verdad. Ve a dormir.
Él intentó parecer calmado. No quería preocuparla. Su boca se abrió en una mueca, casi una herida.
María se fijó en su sonrisa. Efectivamente, tenía los dientes limpios.
—Bueno, me voy a sobar, descansa —se despidió María, que, sin pelearse con la cerradura, abrió, entró, cerró la puerta 106, y sin detenerse un segundo en apreciar la falta de cariño que desprendía la decoración de su estancia, se quitó los zapatos y se deslizó con la ropa puesta dentro de las sábanas. Pronto estaría en casa y podría dormir en su cama.
Ya estaba cerrando los ojos cuando tres golpecitos resonaron en el pasillo.
«El DNI», pensó. «A ver si le da el mío también y no me tengo que levantar».
Pocos minutos después los mismos tres golpecitos tocaban su puerta.
—Hay que ver cómo son estos viejos, ni una sorpresa agradable —refunfuñó. Se levantó con rapidez para resolver ese asunto cuanto antes. Descalza y medio dormida, abrió la puerta.
—Joder.
Se asustó.
La sombra de la silueta cubría todo el marco de la entrada. A María se le aceleró el pulso.
El cepillo de dientes.
Arriba y abajo.
—¿Qué pasa?
Sin esperarlo, recibió un golpe muy fuerte en el pecho y un empujón la devolvió contra su voluntad junto a la cama.
—¿Qué coño haces?
La puerta se cerró sin violencia.
—Ni se te ocurra gritar, enana. Te lo advierto. O será lo último que hagas.
María no gritó.
Su cerebro se desconectó.
Se fue a negro.
Blackout.
En ese instante, el miedo la paralizó de tal forma que no fue capaz de determinar nada más en toda la noche.