Axel
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Madrid, miércoles 13 de marzo de 2019
El tráfico era asqueroso. No solo por los coches enredados bajo la lluvia, no solo por las motos que serpenteaban sin control con más veneno que una boa constrictor, no solo por el aire denso del mes de marzo en Madrid sino, sobre todo, por los conductores. Pocas cosas le daban más asco al agente de policía Axel Nash que un ser humano random que trata de guiar un vehículo cualquiera. Le daban asco todos y cada uno de los modelos de conductor.
Los dividía en dos tipos: los listos y los subnormales.
No era una clasificación demasiado compleja y, sin embargo, le parecía muy acertada. No sabía decir cuál era peor, dependía del día. Los listos eran los que se metían sin intermitente, los que se saltaban la cola en una salida, los que daban un volantazo en línea continua, los que aceleraban cuando un semáforo se ponía en ámbar. Los subnormales eran los que se quejaban airadamente cada vez que Axel se comportaba como un listo.
De un vistazo los reconocía.
¿Tatuaje? Un listo.
¿Gafas? Subnormal.
¿Pulserita con la bandera de España? Un listo.
¿Ambientador en el salpicadero? Subnormal.
Y así.
Si al volante iba una mujer, se sentía menos violento. Las prefería, sin ninguna duda.
Era miércoles. Axel no llevaba en el coche más de quince minutos y ya le habían puesto de mala hostia. No ayudaba en absoluto a controlar su mal carácter en la carretera el hecho de haber tenido que madrugar.
Cómo alguien puede ser medianamente feliz teniendo que hacer esa mierda a diario.
Afortunadamente, la vida había llevado al agente de policía Axel Nash por otro camino, y ese camino le permitía despertarse sin sobresaltos, sin prisas y, lo que es más importante, sin despertador.
Puto cacharro del infierno.
Si bien su vida no había dado ningún giro drástico en los últimos tiempos, ahora se veía en la obligación de madrugar. Tres veces por semana. Los días que le tocaba correr.
Traumático.
Era una obligación elegida y esas son las peores obligaciones, porque te convierten de la noche a la mañana en tu peor enemigo. Solamente el recuerdo del despertador martilleando su descanso le producía náuseas mentales. Que su primera sensación al salir de la cama fuese su propio ácido láctico mordisqueándole las piernas tampoco le ayudaba.
Asco de agujetas.
Definitivamente, odiaba correr. Y, sin embargo, salía puntual, madrugón si, madrugón no, a su cita con el sufrimiento y las endorfinas. En el fondo sabía que la disciplina era la única forma de cruzar la meta de su primera maratón. El 21 de mayo en el parque del Retiro de Madrid.
Su primera maratón y, probablemente, la última.
Axel siempre quiso ser más alto y desde que había empezado a correr, ese deseo se agudizó. Su metro ochenta de estatura no le ayudaba demasiado a mejorar sus marcas. Echaba de menos el favor de unas piernas finas y largas, kilométricas, como las de los kenianos de las grandes pruebas; eso sí ayudaba.
Para compensar, los tres kilos que se había dejado entre cuesta y cuesta le estaban prestando auxilio. Si hasta se había rapado el pelo al uno.
Por la aerodinámica, joder.
Estaba deseando tener una persecución a pie para ponerse a prueba.
Un bocinazo seco le arrancó de cuajo de sus pensamientos. Un mocoso intentaba colarse justo antes de llegar a la salida 19 de la carretera de Colmenar. Y casi le embiste.
Era un Ford Fiesta blanco… con un jersey amarillo.
—¿Qué quieres, listo? Que eres un listo.
El pisotón al acelerador le reventó las pulsaciones.
—Pero no has pasado, listo… que vas de listo y no. Ponte ahí atrás, montón de mierda.
Un día reviento, te lo juro.
Cuando su vehículo entró en el aparcamiento del colegio público Vallehermoso, el reloj luminoso del salpicadero marcaba las 11.49. Sesenta minutos sobre la hora real, las 10.49. A Axel el cambio de hora le parecía una memez. En eso era más británico que nadie, así que ni se molestaba en aprender a utilizar el cuadro de mandos del coche, y mucho menos a leer el manual de instrucciones. Restaba una hora y asunto zanjado. Total, son solo unos meses y para algo tenían que servir las matemáticas.
Que me apellido Nash, coño.
Era abandonar el coche y su temperamento se hacía más dócil de manera inmediata, como si alguien pulsase un interruptor. No sabría decir si ahora estaba en on o en off, pero en cualquier caso ya parecía una persona normal. Su cerebro dejaba de comportarse como un soldado americano en una emboscada al oeste de Saigón en el 68. Y poco a poco se abría paso el hombre amable y educado que nunca debió dejar de ser.
—Buenos días, señor Nash —le saludó una voz cálida.
—Buenos días, señora —respondió.
—Uy, señorita mejor, ¿no?
—Qué tal si nos tuteamos, eeehhh…
—Paula.
—Paula.
Paula no tendría más de quince años cuando Induráin era Induráin y los españoles no dormían siesta, así que era probable que el calificativo de «señora» le viniese aún un poco grande. Pero Axel solo quería fastidiar. O puede que estuviese coqueteando. Era algo que todavía no había decidido.
Unos jeans de la talla 36, que deberían haber sido desechados en el probador por una 38, empezaron a moverse con cierto garbo delante de sus ojos.
El recinto desprendía un inconfundible olor a toallita de bebé. Algo que no terminaba de encajar del todo en un colegio de enseñanza primaria. Las paredes eran de madera vieja y por las ventanas se filtraba una luz tenue y grisácea, como el día. El conjunto le transportaba sin querer al siglo pasado, a la infancia.
En los colegios da la sensación de que no pasa el tiempo hasta que ves a los niños.
Axel siguió la estela de los tacones de aguja que tamborileaban el parqué. Cruzó todo el pasillo y en menos de un minuto le recibieron en el mejor despacho de todo el edificio.
Mala señal.
El director del centro, un hombre alto, peludo, con la nariz como un hacha y embutido en un traje feo, le dio la bienvenida.
—Tome asiento, señor Nash.
Ya estamos otra vez con el puto señor Nash.
—Buenos días. ¿Qué pasa esta vez? —dijo con poca paciencia.
—Le hemos hecho venir para discutir determinados aspectos de la formación de su hija.
Axel no se sentó.
—Déjese de eufemismos, ¿quiere? No nos hagamos perder el tiempo.
El culo del director del colegio pegó un respingo incómodo, como si un cactus hubiese agujereado su asiento. Recobró como pudo la compostura y se aclaró la voz.
—Como quiera —dijo—. Por cierto, ¿la madre no va a venir?
¿Cómo? Bienvenido a Saigón, imbécil.
—No, no va a venir. Sabe de sobra que no va a venir. Le agradecería que me dijese cuanto antes lo que me tenga que decir sobre mi hija y, a ser posible, ajústese al ejercicio de la profesionalidad que acaba de perder haciéndome esa pregunta.
—¿Cómo dice?
—Venga, coño, que no tengo todo el día.
—Está bien, está bien. Le ruego que se calme.
El director de la escuela se cruzó de piernas. Estaba disfrutando.
—Tenemos un problema con su hija. No podemos controlarla. Tiene un genio indomable. Es caprichosa, exagerada, profundamente egoísta, airada, malhumorada…
—No siga, ¿quiere?
—No sabemos de dónde le viene esa falta de autocontrol. Y no sé… Quizá usted pueda ponernos sobre alguna pista.
—Tiene nueve años, por el amor de dios. ¿Quién es usted, la señora Fletcher? Es una niña como cualquier otra y si ustedes no son capaces de formarla desde una base docente y educativa, ya buscaré quien lo haga. ¿Alguna cosa más?
El director se puso de pie.
—Hágase un favor antes de tomar una decisión equivocada, señor Nash… Háblelo con la madre.
Valiente hijodeputa.
—Hasta luego, director. Le ruego que no le diga a la niña que he estado aquí. No me gustaría que se alterase y ahorque a algún compañero.
No hubo portazo. Es posible que ni tan siquiera hubiese puerta. Definitivamente, las reuniones del cole no eran la especialidad de Axel Nash. Empezaba a pensar que nada lo era. Necesitaba con urgencia la aparición de algún crimen que le permitiese aprovechar su tiempo. Entre los listos, los subnormales, las agujetas, los madrugones y el colegio…
¿En qué se está convirtiendo mi vida?
Necesitaba un buen caso donde volcar toda su ira.
Necesitaba a algún cabrón despiadado que hubiese dejado un reguero de sangre tras de sí.
No, mejor aún.
Necesitaba a algún genio del mal que le pusiese la sangre a doscientos grados centígrados, alguien a quien pudiese despellejar sin sentir el más mínimo resquicio de culpa.
Necesitaba trabajar.
Estaba rebuscando en el bolsillo derecho de sus vaqueros, donde tenía que estar la llave del coche, cuando en la otra pierna el móvil empezó a vibrar. En la pantalla se podía leer un nombre de mujer.
—Axel. Soy Loor. ¿Dónde estás?
—No quieras saberlo. ¿Qué ocurre?
Loor, su nueva compañera. Axel suponía que se llamaba Lorena, pero Loor le sonaba bien. Le recordaba la marca de sopas que le hacía su madre cuando vivía en Galicia. Porque Axel era gallego. Loor, no. Ella apenas llevaba dos meses en Madrid. La habían trasladado desde Toledo. El motivo del traslado, Axel lo desconocía. Y aunque se conocían poco, muy poco incluso, el pálpito era bueno. De alguna forma conectaban.
—Dame buenas noticias, Loor. Te lo ruego.
—No sé dónde estás pero si dónde tienes que estar en treinta minutos. Ahora te mando la dirección. Ha aparecido algo.
«Algo» en el argot de Loor era, sin lugar a dudas, un caso de puta madre.
—Está bien. ¿De qué estamos hablando? ¿A, B o C? —preguntó Axel.
Entre ellos tenían divididos los casos en:
A. Desaparición.
B. Secuestro.
C. Asesinato.
Loor intentó controlar la vibración de sus cuerdas vocales para no parecer demasiado excitada. No tuvo éxito.
—Súper C, Axel.
—Joder.
—Sí.
—¿Tan bestia ha sido?
—No es solo el cómo. Es también el quién.
—Joder.
—Sí.
—¿Loor?
—Dime.
—No te alegres, coño. Esto es una putada.
Una sonrisa leve se intuyó al otro lado de la línea.
—No me alegro. Te lo prometo. Pero tampoco te alegres tú, ¿vale?
—No me alegro, de verdad. Esto es una putada.
—Lo es, Axel. No me alegro. Pronto lo entenderás.
—No me asustes, Loor, joder. ¿Qué ocurre? ¿Le conozco?
Ella tardó unos segundos en encontrar las palabras adecuadas.
—Todo dios le conoce.
Axel encontró al fin las llaves del coche y pulsó el cierre centralizado. Abrió la puerta del conductor y se sentó con las manos en el volante. Antes de colgar se despidió.
—Joder —dijo.