Axel
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Hace dos meses. Mensaje en el buzón de voz del XXX786650:
Loor, soy yo. Malas noticias. He hecho todo lo posible para convencerles pero no quieren escuchar. Te van a abrir expediente.
Te dan la opción de un traslado voluntario a Madrid. No con el mismo rango, por supuesto, pero tendrías la oportunidad de empezar de cero en una comisaría pequeña.
Tu caso se archivaría. Con un poco de fortuna, en unos años esto queda en el olvido y puedes regresar. Yo creo que es la única opción. Sé que no es lo ideal, sé que no te apetece, pero créeme, es lo mejor. Es algo muy grave. Lo sabes, ¿verdad? No te juzgo, pero ahora solo importa huir hacia delante.
Necesitas una salida… y Madrid no está tan mal.
«Madrid no está tan mal. Madrid no está tan mal».
Desde el primer instante en el que puso un pie en la estación de Atocha, Lorena Galván tuvo que repetirse esa frase cada ocho horas, desayuno, comida y cena, como un antibiótico.
Y seguía sin estar convencida del todo.
La ciudad le comía por dentro, como un virus. Y no por la gente, generalmente amable. Tampoco era el clima, muy parecido al de Toledo. Su problema era más abstracto; lo que no soportaba de Madrid era su inmensidad, lo inabarcable, las distancias, el tiempo. Todo estaba demasiado lejos. Todo era demasiado pronto. Todo estaba demasiado lleno.
Todo era demasiado… demasiado.
Se había instalado en un pequeño apartamento cerca de Atocha por si tenía que salir pitando a casa. Un techo de cuarenta metros cuadrados por el que le soplaban ochocientos euros el día 5 de cada mes.
Más la fianza.
Más el aval bancario.
Más el mes de agencia.
Desde que se instaló apenas había podido pegar ojo. Había oído hablar de la contaminación acústica de la ciudad, pero de lo que no había oído hablar la ciudad era de sus fantasmas. El cóctel se remataba a base de tilas y orfidales. Y con todo ello, una noche buena, quizá podía dormir tres o cuatro horas.
Las huellas del insomnio, Loor las ocultaba con mascarillas, cremas, polvos y correctores. Sus miserias, para ella.
«Hay que venir llorado de casa», solía decirle siempre su padre, cuando aún vivía.
Llevaba el pelo muy corto, rubio, oxigenado. Tan corto que con que se aplicara un poco de espuma ya era imposible despeinarla. Eso le daba buen aspecto. Así que nadie notó la falta de descanso cuando franqueó la puerta del número 7 de la calle San Bernardino, en el corazón del barrio de Conde Duque, donde se escondía un pequeño alojamiento que ofertaba habitaciones por horas.
A su llegada pudo comprobar que la zona ya estaba completamente acordonada. Sirenas y luces teñían la manzana de un azul anaranjado que no vaticinaba nada bueno. Al fondo, junto a la recepción, pudo distinguir un rostro conocido.
—Buenos días. ¿Ha llegado ya Axel?
—¿Axel? No. No le he visto —contestó un agente de mediana edad, ni bajo ni alto, ni gordo ni delgado, ni rubio ni moreno, que respondía al nombre de Marc.
Entre que Loor era nueva, llevaba poco tiempo en Madrid, y no era muy habilidosa para recordar el nombre que va con cada cara, desde luego no se lo estaban poniendo fácil.
Comprobó en el móvil que la dirección que le había enviado a Axel por WhatsApp era correcta. Doble check azul. Estaría de camino.
Accedió al primer piso por las escaleras que doblaban alrededor de un ascensor que estaba fuera de servicio. Siguiendo el cartel que indicaba la dirección de las habitaciones pares, se dio de bruces con una mano que le impedía el paso.
—Lo siento, agente. El acceso a esta zona está reservado. No puedo dejarla pasar.
Una voz se impuso a su espalda.
—Viene conmigo. Soy el inspector Axel Nash.
Loor le miró con cara de «¿Inspector tú? ¿De qué?».
Axel siguió hablando.
—Tengo autorización. ¿Quiere verla o prefiere ahorrarse un parte disciplinario?
Siempre tan oportuno.
No sin visible fastidio, el chaval, espigado e inexperto, encargado de que no pasasen, les dejó pasar. La autoridad se esconde muchas veces en el tono.
—¿Cómo haces para sonar tan convincente, INS-PEC-TOR? —dijo Loor, a medio camino entre la sorpresa y la costumbre.
—Yo qué sé —respondió Axel—. Siempre he querido ser inspector, y tal vez lo consiga cuando resolvamos este caso. ¿Es quién decías que es?
—Eso creo. No estaba fingiendo que no me dejaban pasar para que pudieses rescatarme, Axel. En realidad, no me estaban dejando pasar. Así que sé lo que te he contado.
—Aún no sé por qué me caes bien. Tú sígueme. Y no preguntes. ¡Ah! Y abre bien los ojos.
La habitación desprendía un olor muy fuerte. Como si una capa de sebo se colase a través de las fosas nasales y se quedase a vivir en las entrañas. Las ventanas estaban selladas. La iluminación era vaga, muy escasa, apenas un halo de luz azul que se filtraba entre el hueco de las cortinas.
Un sonido de flash antiguo ahogó un hipido de espanto que Axel Nash no fue capaz de reprimir. Un hombre ataviado con una bata blanca fotografiaba con celo cada rincón, cada esquina, cada detalle. Un profesional.
Axel tomó aire.
—¡Buenos días a todos! Por favor continúen, no les robaremos más que unos minutos —dijo dirigiéndose a los dos miembros de la policía científica que ya trabajaban en la disección de la escena.
Y la escena era obra de un maníaco. O eso pensaron todos al ver un cuerpo sin vida que yacía de espaldas al espejo del techo sobre un colchón sin sábana de 2 por 1,90. Un torrente de sangre coagulada, espesa, casi negra, coloreaba la cama y amplificaba la silueta del muerto que, tumbado boca abajo, daba la sensación de ser un hombre alto.
No menos de 1,90.
Las manchas de sangre salpicaban las paredes y el armario —que estaba ligeramente abierto— formando un mosaico de tonalidades que habría firmado el mejor Miró.
Las manos del cadáver permanecían sujetas al cabecero de la cama por dos pañuelos blancos. Los nudos parecían fuertes.
El torso presentaba heridas superficiales a ambos lados de la columna vertebral, seguramente provocadas por un látigo, quizá por unas uñas bien afiladas.
Tres círculos de lo que parecía semen reseco se dibujaban sobre la nalga derecha y a la altura del hueso sacro.
—Pero qué cojones… ¿Quién demonios es usted? —preguntó la persona mejor vestida de toda la estancia, sin lugar a dudas el oficial de mayor rango, el encargado de la investigación y el hombre al que Axel ni siquiera había dedicado una mirada para, precisamente, evitar esa pregunta.
—Soy el inspector Axel Nash y esta es mi compañera Loor Galván. Hemos recibido el aviso de un crimen violento en nuestra jurisdicción y veo que en esta ocasión no nos han engañado. Luego si quiere nos ponemos al día y nos intercambiamos los teléfonos pero ahora me gustaría saber a qué nos enfrentamos.
—Se trata de un varón. Cuarenta y siete años —intervino el más joven de los dos miembros de la científica—. Hora y causa de la muerte por determinar.
El cadáver tenía la cabeza girada hacia los dos policías que acababan de llegar. Axel le reconoció enseguida. Le había visto mil veces en anuncios de prensa y le había escuchado mil noches más. La voz más reconocible de la radio deportiva española se había apagado para siempre horas después de despedir un programa cualquiera.
Axel se puso en cuclillas.
—El rigor mortis es bastante acusado. Yo diría que lleva varias horas sin vida. Siete u ocho —conjeturó.
—Sí. El cuerpo presenta la palidez amoratada de la falta de riego sanguíneo. Y está frío —completó el único miembro de la policía de la científica que parecía dispuesto a colaborar.
Axel miró el reloj. Las once y diez.
—Quizá todo sucedió de madrugada. Más del sesenta por ciento de los asesinatos ocurren en la oscuridad del día.
Se incorporó. Por el rabillo del ojo vio como Loor recorría, con su mirada efervescente, todos los rincones de la habitación. A ninguno se le escapaba que gozaban de muy poco tiempo para registrar cuantos más detalles mejor. Los dos sabían que las primeras impresiones con el cadáver aún fresco pueden resultar determinantes en el devenir de la investigación. Y en cualquier momento les iban a cortar el grifo.
Axel trató de ganar tiempo.
—Estamos a miércoles, así que este hombre anoche estuvo en antena hasta bien entrada la madrugada. No será difícil comprobarlo. Bastará con descargar el podcast del último programa. Si no me equivocó, suele despedir en torno a la una y media de la mañana. Desde la radio hasta aquí, suponiendo que viniera directamente, sabiendo que a esa hora no hay tráfico, y confiando en que nada ni nadie le distrajo, habrá tardado no más de quince minutos. Entre que recoge y se despide de la redacción, pongamos media hora. Nos ponemos en las dos y diez. Hace nueve horas. No creo que lleve más de ocho horas sin respirar.
Uno de los dos policías con traje de astronauta se incorporó y le indicó con un brazo la puerta de salida.
—Les rogaría que, por favor, abandonasen la escena del crimen antes de que pueda ser contaminada.
Grifo cerrado.
—El forense está de camino. Déjennos hacer nuestro trabajo y después nosotros le dejaremos hacer el suyo, ¿les parece? —La intervención del miembro de la policía científica que aún no había abierto la boca sonó tajante.
—Nos parece —admitió Axel—. Esperaremos fuera. Muchas gracias.
Axel y Loor salieron por donde habían entrado sin mayor ceremonia. Les había dado tiempo a hacerse una idea aproximada de lo que allí había sucedido horas antes, o eso querían pensar. Ninguno de los dos había presenciado jamás un crimen semejante.
—Dame un segundo.
Antes de bajar, Axel vio que la puerta que daba a la habitación 107, en el pasillo de las impares, estaba semiabierta. Balanceó ligeramente el tronco y con la punta del pie la abrió del todo. Y allí encontró más o menos lo que estaba buscando.
Un picadero en toda regla.
Con tantas facilidades no era difícil imaginarse a uno mismo protagonizando una noche de sexo y lujuria, siempre y cuando hayas protagonizado alguna vez una noche de sexo y lujuria. Ambos fueron capaces de hacerlo. Condones en la mesilla, velas, reproductor musical, bañera con jacuzzi, juego de espejos.
—Joder.
Digo mucho joder.
—Este cabrón no era la primera vez que venía, eso está claro —añadió Axel.
—Y supongo que vino sin imaginar que iba a ser la última —apuntó Loor.
—Desde luego.
La agente Galván no esperó a abandonar el edificio para sacar un paquete de Marlboro y encenderse un pitillo.
—No te pega nada fumar, creo que ya te lo había dicho. Y esa mierda te va a matar —protestó él.
—Sí. Ya me lo habías dicho.
Axel seguía desconcertado, se había enfrentado a muchos asesinatos en su carrera, algunos de ellos violentos. Un marido que mata a cuchilladas a su pareja y luego se suicida. Un robo que sale mal. Un secuestro que se descontrola.
Pero nunca se había sentido así. No sabía bien qué decir.
—Súper C, ¿eh?
—Sí, súper C.
¿Por qué repite todo lo que digo? ¿Y por qué me gusta que lo haga?
—Bueno, ¿tú cómo lo ves? —preguntó Axel sin apartar la vista del suelo.
Loor le dio una calada profunda al cigarro. Habló antes de soltar el humo.
—Fallecimiento por exsanguinación. Puede tratarse de un crimen pasional pero es pronto para saberlo.
La escena invita a pensar eso.
—La hemorragia principal que acabó con su vida viene de la parte frontal del cuerpo, incisión abdominal o amputación genital. Apostaría por esta última.
De ahí el surco de sangre espesa en el colchón.
—Por los cortes en la espalda, los fuertes hematomas en piernas y cuello y la tensión de los nudos en las muñecas diría que lo ha hecho un hombre, quizá dos.
Y el semen en el culo.
—La autopsia y los análisis de ADN nos acercarán más a la verdad pero, de todos modos, hay algo que no encaja. Eres un rostro conocido, vienes a tu habitación de siempre, la última del pasillo para alejarte de posibles miradas poco apetecibles, te desnudas, te entregas, te dejas maniatar, te azotan, te vejan, te violan, te matan y se van. Y aquí no ha pasado nada. No sé, tío, demasiado fácil. La vida no es una remake gay de Instinto básico, ¿no crees?
Joder, no está mal. Qué cojones habrá liado esta en Toledo para que la manden aquí a un puesto de mierda. Tengo que enterarme.
Salieron a la calle y se alejaron. Pudieron ver varias unidades móviles estacionadas al otro lado del bloque.
—Ya está aquí la prensa —dijo Axel, que no parecía sorprendido. En alguna ocasión había visto cómo llegaban antes que la policía a una escena del crimen.
—¿Habrá trascendido ya la identidad de la víctima? —preguntó Loor, a sabiendas de que el escándalo periodístico era inevitable.
Su experiencia, la de ambos, les decía que la prensa no tiene escrúpulos, que los crímenes violentos son audiencia, que los crímenes misteriosos son audiencia, que los crímenes con famoso son audiencia.
Y este crimen reunía todos esos ingredientes.
Y uno más, el más importante de todos. Que era uno de ellos.
Y un periodista asesinado dispara el share.
—Axel, ¿tú tenías algún contacto en esa emisora de radio, no? ¿Una fuente o algo parecido?
—Sí. Igual debería avisarles antes de que se enteren por la prensa. Les conviene ir buscando a un nuevo presentador para el programa nocturno porque este pocas noticias va a dar ya.
—De hecho, ni siquiera dará la suya.
Loor dejó caer el cigarrillo al suelo y con el tacón de su bota negra lo aplastó sin mirar. Siempre calzaba las mismas botas, unas botas fuertes y rígidas, en cuya etiqueta se podía leer el nombre de un legendario doctor alemán de la Segunda Guerra Mundial, el doctor Martens.
Le estaba entrando hambre. Miró su reloj. Pasaban 23 minutos de la once de la mañana cuando empezó a llover. Fue entonces cuando Axel la escuchó decirlo por primera vez.
—Bueno… Madrid no está tan mal.
—¿Qué has dicho? —preguntó él.
Ella siguió caminando.
—Nada.