Axel
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—No. No grité. O sí. No estoy segura. Dentro de mí sé que grité pero es posible que nadie más lo oyese.
—Y él no paró.
—No.
—¿Le dijiste que parase?
—¡Qué importa eso! No hacía falta decirlo, los dos sabíamos lo que estaba ocurriendo. Bueno, es igual, déjalo… no quiero seguir hablando.
Vigo, jueves 14 de marzo de 2019
—Vai o carallo, home. Eso no te lo crees ni tú.
—Que sí, pavo. Te lo juro. Yo estaba tranquilamente tomándome una birra en la barra. Como hacen los hombres de toda la vida. ¡Qué hace un hombre normal bailando en medio de la pista! Eso es para las tías, joder. Las tías y los maricas. Nosotros tenemos otro lenguaje, ¿vale? Así que me acodé en la barra y pedí una 1906, bien fría. Nada de vaso, ¡quién cojones se toma una birra en vaso! Los vasos son para el agua, las copas para el vino. Las botellas se beben a morro como toda la vida de dios. Así que la miré mal cuando me puso un vaso gordo junto al cristal de la botella. Yo qué sé, tío, son mis movidas. Y parece que a la chorba le gustan mis movidas porque fue ponerle mala cara y a los pocos segundos ya no me quitaba ojo. Y sí, tío, lo sé porque yo también miraba, está claro. Pero ella miraba, te lo digo yo. La puta diosa de La Iguana no dejó de mirarme en toda la noche.
—Claro, y tú no eres de piedra.
—Qué cojones voy a ser de piedra yo. Si soy más caliente que el pecho de un panadero. A mí me miras tres veces y ya me lo estás diciendo todo. No puedes mirarme tres veces y pretender que no te quite las bragas, tío. Las bragas están para eso, tío. ¿Para qué están sino las bragas? Se usan como protección, son la última barrera al Olimpo. En el momento en que ya no hay bragas te conviertes en el puto Michael Landon en Autopista hacia el cielo, ¿me entiendes? Y si me miras tres veces yo ya no veo bragas. Las bragas aguantan dos miradas, no tres. ¿Quién no sabe eso? Así que a esa 1906 le siguió otra, y después una tercera, y es entonces cuando aparece el notas. En la tercera birra, ¡vamos, no me jodas! La teoría de las tres miradas es impepinable pero, tío, tres putas birras y aparece el pavo este como salido de una peli de James Bond. Recién duchado, oliendo bien y repeinado. Un pijo de la de dios. ¿Te parece normal aparecer así? ¿En la tercera puta birra? Porque las miradas dejé de contarlas a partir de la tercera, tío, pero fueron muchas. Muchas miradas, y no eran esas miradas como cuando miras a tu hermano, ¿me entiendes? Yo no era su puto hermano vigilando el local. Yo era el jodido cazador de la noche hasta que apareció Dylan McKey para llevarse a Brenda y joderme el plan. Pero tú me conoces, ¿me conoces o no?
—Te conozco.
—Pues si me conoces sabes que yo no iba a tirar el partido. Si hace falta nos damos de hostias, pero aquí estaba yo primero y me he pedido ya tres birras. ¿Quién me devuelve a mí la pasta de las tres birras, eh? ¿Quién?
»No sabes como le miré, tío. ¡Buuf! Noté cómo se ponía tenso, tío. Fue la hostia. Me acerqué a él y le dije que no sabía con quién estaba hablando, y eso que el que estaba hablando era yo. El pavo aún no había abierto la boca, pero me gusta ir un paso por delante, ¿sabes? “Mis amigos me llaman Tyson”, le dije.
—Qué cojones te vamos a llamar Tyson, qué Tyson… Y además, ¿qué amigos?
—Tyson, tío. Como el puto Mike Tyson. Qué hostia importa que nadie me haya llamado Tyson en la vida, lo que importaba era que ese pavo lo creyera, ¿me entiendes…? Me llaman Tyson y automáticamente ya voy 1-0 arriba, tío, ¿me entiendes o no? Pero no se lo tomó bien, tío. Se lo tomó de puto culo. No se cómo hostias lo hizo pero me reventó la boca de un cabezazo. No sé cómo le llamarán sus amigos, pero el cabrón era rápido. La chorba no paraba de mirar, como toda la jodida noche. Y yo solo podía pensar en mi mala suerte. Tenía que estar reventándola, tío. Me había mirado más de mil veces. Yo tenía que estar corriéndome en sus tetas, tío, y no sangrando por la nariz como un maldito cochino. Y todo porque un notas me quiso levantar la chorba en los morros, tío. Y eso a Jarvis, alias Tyson, no le pasa, ¿me entiendes?
—No, no, está claro que a Jarvis le pasan otras cosas.
Los dos amigos caminaban por la calle del Príncipe sin demasiada prisa. Omar y Jarvis se conocían desde hacía demasiado tiempo, y el tiempo en Galicia pasa más despacio que en el resto del mundo. Quizá sea el clima, que todo lo impregna de una aura nostálgica y la nostalgia llega cuando pasa el tiempo. Tal vez por eso allí el tiempo no pasa y pasa volando al mismo tiempo.
Lo que seguro no es un problema en Galicia es la distancia, todo está cerca. Tampoco lo es la comida, siempre está buena. Y no es difícil encontrar buen vino. Así que, en pocos minutos, Omar y Jarvis entraron juntos en El Capitán, un restaurante con un género de primera y con lo más granado de la sociedad viguesa. Que por otro lado ya había pasado su época dorada. La sociedad y el restaurante.
Les estaban esperando.
—Dejémonos de presentaciones, todos sabemos quiénes somos y por qué estamos aquí. Así que vamos al negocio. ¿Podéis hacerlo? —preguntó sin rodeos el hombre del traje gris. Tenía ademanes de colegio bilingüe y se comunicaba con evidente claridad gestual. No regalaba un solo movimiento de sus manos, todos tenían sentido y concedían a su discurso un aplomo singular.
—Tenemos algo mejor. Tenemos a la gente que puede hacerlo —dijo Omar sin retroceder.
Omar Pombo estaba acostumbrado a hablar en público. Su padre regentaba una pequeña tasca en la avenida de Balaídos, vecina al estadio del mismo nombre, donde el Real Club Celta actuaba como equipo local. Cada dos domingos, el negocio se convertía en lugar de peregrinaje de un sector ruidoso de la afición del Celta y, desde muy pequeño, Omar se hacía cargo de la barra.
Y como una tarde de fútbol nos iguala a todos, el chaval había tenido que tratar de tú a tú con aficionados de toda clase social, pero con el hándicap de no saber a qué clase social pertenecían. Debajo de una camiseta celeste se podía esconder un médico, un político o un ultra. Y no tratas igual a un médico sabiendo que es médico que pensando que es ultra. Por eso desarrolló cierta habilidad social para tratar a desconocidos. Siempre agradable, neutro. Eficaz.
—Dos kilos, el miércoles que viene. Antes de medianoche —dijo el hombre que todavía no había hablado y del que todos pensaron que debió aclararse la garganta antes de hacerlo. Su voz sonó tan sucia que sus palabras bien pudieron parecer una amenaza y no un trato.
—De acuerdo. No será antes de las diez, no se impacienten —concluyó Omar manteniendo el control.
—Supongo que no hará falta decirlo pero no nos gustan las sorpresas… ni los malentendidos —continuó el hombre de la garganta sucia. Su voz y su intención seguían sin llegar a un acuerdo.
—Eso es. No hace falta decirlo.
Solo había una cosa que Omar no tenía bajo control.
Jarvis.
—Está claro, tío. ¿A quién le gusta esa mierda? Las sorpresas son cosas de tías, joder, que te montan una fiesta, te dicen que es sorpresa y, cuando te quieres dar cuenta, tienes delante a todo tu puto pasado riéndose de ti y de la mierda de vida que has elegido. Joder, si no los he vuelto a ver es porque no me sale de los huevos, joder. No me los traigas delante el único día del año que se supone que tengo algo que celebrar. ¿Quieres darme una sorpresa? Déjame tranquilo por una puta vez en la vida. ¿Quieres que pase una noche inolvidable? Tráeme a dos fulanas y deja que yo me encargue del resto, ¿me entiendes? Y deja la cuenta pagada antes de irte a chupársela al subnormal de tu amante, ¿está claro? Porque no tengo un puto duro y yo también necesito divertirme.
»Por lo que a mí tampoco me gustan las sorpresas ni los malosentendidos, ¿me entiendes? Lo que sí me gusta es la pasta, ¿sabes?, y necesito pasta para darle de comer al subnormal de mi hijo, que tiene ya seis años y no es capaz ni de ir caminando solo al colegio, así que tengo que pagarle el puto autobús todo los días. Y como soy tan subnormal como él, que no sé hacer ni un jodido huevo frito, necesito la pasta para que coma una mierda de hamburguesa de menú del McDonalds, al menos los días que la imbécil de su madre se digna a dejarme verlo. “Porque está mucho más tranquilo cuando está conmigo y con Charlie”, me dice la hijadeputa, «conmigo y con Charlie». Anda que te folle un pez.
»Así que no tenéis de qué preocuparos, tendréis vuestra mierda aquí el miércoles como que me llamo Jarvis. Vosotros solo tenéis que encargaros de traer la pasta, porque a mí tampoco me gustan los malosentendidos, ni tampoco a la imbécil de mi exmujer. Y aunque se merezca una hostia para espabilar, resulta que el subnormal de mi hijo va a seguir teniendo hambre, ¿me entiendes? Igual que su padre. Joder, me suenan las tripas. ¿Pedimos de una puta vez?
El hombre del traje gris al fin parpadeó.
—No me negarás que este tipo inspira confianza. Venga, no se hable más. ¿Queréis ver la carta? Me ha dicho antes la dueña que han traído esta mañana una lubina salvaje acojonante. Si os va bien, le metemos antes unos camarones de la ría, un par de centollos para los cuatro y un albariño. ¿Mar de Frades, lo conocéis?
En el otro extremo de la ciudad, esa misma tarde, Iria Novoa le daba vueltas a sus cosas sin parar de consultar el reloj. No soportaba esperar y su cita llegaba ya casi veinte minutos tarde. Había elegido una mesa pegada a la pared en un bar ya de por sí discreto, para disimular el bulto que le oprimía el pantalón en el lado izquierdo. Las fiestas se le habían hecho largas y había engordado un par de agujeros en la hebilla del cinturón de su revólver.
No estaba de servicio, pero «la secreta siempre está de servicio».
Iria se acariciaba el pelo. Lo notaba yermo y áspero. Sin brillo. Tantas horas de surf y agua salada le estaban gritando: «Cuídame». Al menos tenía un color bonito. Rubio. Con un tono saludable, algo a medio camino entre el sol y una linterna.
En la tele hablaban del caso de Madrid, todos los programa de la tarde estaban con lo mismo: especiales, conexiones en directo, tertulianos conjeturando con ligereza…
En Twitter era aún peor.
#Muerteenlaradio llevaba varias horas instalado en las primeras posiciones del trending topic mundial. Si deslizabas la pantalla hacia abajo, se sucedían miles de comentarios gratuitos de trolls que celebraban la muerte de una persona solo porque no había hablado bien de no sé qué equipo, no sé qué día.
El panorama era desolador.
Muchos compañeros habían dejado su mensaje de condolencia. Cada cual tratando de ser más original que el anterior, o más afectado, o más emotivo, o simplemente más.
A Iria se le revolvían las tripas con el cariz que iba tomando una sociedad sin principios ni valores, empobrecida. Por eso le costaba aceptar que una parte de su metro cincuenta y ocho de estatura estuviera deseando tener un caso así en Vigo.
Estaba harta de corrupción política y droga. A veces por separado, a veces entrelazado. Siempre la misma mierda.
Corrupción y droga.
En todos los bares de la ciudad se encontraban vestigios de corrupción. Cinco sospechosos en ese mismo garito, había contado. En cuanto veías un traje con corbata, corrupción.
O banquero o político, corrupto en cualquier caso.
La droga, por otro lado, no distinguía vestimenta, ocupación, aspecto o clase social. Estaba por todas partes. Solo que unos la conseguían, otros la vendían y los más tontos la consumían.
El juego de toda la vida.
En los último días, Iria Novoa se había entregado en cuerpo y alma a un caso del primer tipo. Corrupción política. En el que no tenía herramientas para avanzar. Llevaba meses atascada. Un fuerte grupo empresarial de la ciudad atracaba barcos cargados de coca procedente de ultramar. Y lo hacía ante la mirada distraída de la Xunta y el Concello. Estaba convencida de que sus jefes tampoco querían que encerrase a nadie. Las esferas de poder son caprichosas cuando se tocan en varios puntos.
Iria ya había inclinado el vaso para servirse la segunda cerveza de la tarde, cuando sus ojos azul menta se clavaron en la entrada y les vio llegar.
El chico con un mechón de pelo largo rubio cayéndole por la cara, vaqueros anchos, sudadera gris y Vans negras parecía leerle la cartilla a su amigo de pelo rizado, despeinado, camisa de cuadros abierta, pantalón de pana y Vans amarillas. Este último tenía un ojo morado y la nariz hinchada. Como si hubiese recibido un cabezazo recientemente.
—Omar, ¿qué pasa, chaval? Veinticinco minutos tarde —dijo Iria—. Te estás reformando.
No fue Omar quien contestó.
—¿Pero qué haces, tía? No me jodas que te tomas la birra en vaso.