Axel
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Madrid, jueves 14 de marzo
La comisaría general de la policía judicial se encontraba a las afueras. Axel estaba en su despacho, un cuartucho no demasiado amplio con tres mesas y tres sillas. Afortunadamente, la suya era la mejor. La mesa. Las sillas eran todas iguales.
Estaba repasando mentalmente la escena del crimen, llevaba horas así. Sacó del bolsillo de su cazadora vaquera, que descansaba apoyada en el respaldo, el teléfono móvil. Entró en «Notas» y empezó a apuntar.
Loor no le quitaba ojo desde la mesa contigua.
—En quince minutos empieza la reunión, no te precipites. Aún no nos han asignado nada —comentó.
La reunión a la que hacía referencia Loor estaba programada para las diez de la mañana. Los jefes habían citado, vía mail, a varios compañeros del mismo edificio para analizar los pormenores del crimen y preparar el modo de actuación.
—Nos darán el caso —dijo Axel sin dejar de escribir.
La decisión corría a cargo del jefe de la brigada de Delitos Violentos, Raúl Cueto.
Ese mamonazo me debe una.
Hace un par de años, quizá menos, Axel le limpió el culo al jefe Cueto después de una cagada de proporciones bíblicas.
Nepotismo, ese era el nombre oficial. Axel prefería llamarlo «Hago lo que me sale de los huevos porque soy el jefe».
Manuel Martínez Cueto.
Ni un periódico publicó su nombre completo.
El sobrino del jefe, el hijo de su única hermana. El chaval quería ser policía y trabajar con los mayores. Un niño mimado. Buen estudiante, aplicado y formal.
Pero muy tonto.
Cueto se sentía culpable porque, con la enfermedad de su padre, no se pudo hacer cargo de nada y su hermana se comió todo el marrón. Eso le costó a ella su matrimonio y casi le cuesta un hijo. Cueto estaba en deuda y le prometió a su hermana que cuidaría del chaval.
Craso error.
Prevaricando lo necesario, Cueto le metió en el cuerpo, y el chaval, sin grandes méritos más allá de su segundo apellido, fue ascendiendo. Pasó muy rápido —y haciendo mucho ruido— de desempeñar trabajo de oficina a colaborar en misiones importantes de la UDEV, la Unidad Central de Delincuencia Especializada y Violenta.
Un viernes por la tarde se produjo un atraco. Dos tipos encapuchados entraron en una sucursal del Santander con dos recortadas y poco que perder. Solo querían unos cientos de miles de euros y largarse rápido. Una empleada logró pulsar la alarma sin que se diesen cuenta y la policía recibió el aviso. Antes de que saliesen con dos sacos llenos de pasta, las sirenas empezaron a sonar. La situación requería calma y experiencia.
Y no a un niñato enchufado haciéndose pis en el pantalón.
Los atracadores salieron del banco sin la pasta pero con un rehén cada uno, dos clientes. La policía había desplegado a un equipo fotográfico. Los cacos llevaban la cara descubierta y muchos nervios.
Estaban en la mierda.
No iban a llegar muy lejos. Solo había que esperar. La operación estaba bien dirigida, los accesos a las calles adyacentes estaban cortados. No tenían escapatoria.
Pues el niñato apretó el gatillo.
Nadie sabe si se confundió, se precipitó o qué hostias pasó por esa cabeza. Pero un disparo sin puntería rompió la calma y desembocó en el mayor caos en la historia del distrito de Chamberí.
Las sirenas sonando a toda hostia.
Fiu Fiu Fiu Fiu.
El poli del megáfono:
—Alto el fuego, que nadie dispare. Repito, alto el fuego, ¡rediós!
Los rehenes gritando a todo pulmón, los atracadores acojonados mirando en todas direcciones.
El poli del megáfono improvisando:
—… Francotiradores, alto el fuego. Ya sé que los tienen a tiro pero no queremos bajas. —Y a los atracadores—: Por favor, tiren las armas. Ríndanse. No podré controlar a mis hombres demasiado tiempo.
Y Manuel Martínez Cueto, el sobrinísimo, meándose en los pantalones.
Afortunadamente, las amenazas surtieron efecto y los atracadores se lo pensaron mejor. No hubo que lamentar víctimas más allá del sobrino de Cueto, quien en menos de doce horas estaba de vuelta en casa de su madre, con un expediente de siete folios y una bolsa de ropa sucia oliendo a orina.
La historia en la comisaría fue un escándalo. Pero un jefe es un jefe, y si se agarra lo bastante fuerte a su cargo puede aguantar. Cueto tenía un currículum intachable y no merecía la pena hacerle pagar por esto. Hay tanta mierda dentro que Asuntos Internos suele estar desbordado y tiene que descartar algunos casos. Este fue uno de ellos.
Axel se encargó de la prensa. Tenía mano ahí. Había empezado la carrera de periodismo en Santiago de Compostela e incluso llegó a trabajar unos meses en la televisión autonómica de Galicia. Desde su llegada al cuerpo lo tuvieron presente y le convirtieron en el enlace de la brigada provincial con el cuarto poder.
Ahora tenía buenos amigos en diferentes medios de comunicación.
Carlos Estévez, jefe de Nacional del periódico España.
Ariadna Cortés, editora de informativos TeleTres.
Jaime Sota, jefe de Deportes de la Cadena Voz. Deportes, sí, pero con un predicamento muy importante en la cúpula de la emisora.
Con estas tres patas, Axel manejaba la información que se filtraba de una manera bastante global. Así fue como consiguió mantener al margen de la opinión pública el vínculo entre Raúl Cueto y el caos de Chamberí.
La puerta del cuartucho se abrió de golpe.
—Nash, Galván… andando.
Axel y Loor no coincidían en su opinión sobre su superior, Manuel Estrías. Donde Axel veía a un estirado competente, Loor veía a un acomplejado competente. Le siguieron, en cualquier caso.
La reunión comenzó puntual. Una mesa redonda de madera de roble presidía un despacho acristalado con grandes ventanales que dejaban entrar una luz tan deslumbrante que Axel pensó inmediatamente en las gafas de sol que se había dejado en el coche.
Este cabrón ha tenido una noche larga.
Raúl Cueto apareció sin afeitar, con esa barba rala y canosa que contagia mal aspecto por muy elegante que te vistas, que tampoco era el caso. Efectivamente, había pasado mala noche. Una pizza barbacoa se le había atravesado en sueños y ni con tres Almax pudo frenar la acidez de estómago, que le mantuvo sentado en la cama durante horas, a oscuras, mientras su mujer roncaba a pierna suelta.
Su día no había mejorado después de que el hombre más elegante de los ocho que se sentaron a la mesa de reuniones le explicase, con todo detalle, cómo el agente de policía Axel Nash y su compañera habían irrumpido en la escena del crimen haciéndose pasar por Inspector y Cía.
Jorge Ortiz, así se llamaba el chivato, se desabrochó la americana gris de tweed, se la quitó y la colocó con mimo sobre el respaldo de su asiento. Sus pantalones estaban milimétricamente planchados. Sus zapatos brillaban casi tanto como su calva. La camisa de corte italiano, a juego con la americana, insinuaba un torso trabajado en el gimnasio al menos tres veces por semana.
Parece el puto Bruce Willis.
Axel le dedicó un tímido saludó con la cabeza mientras tomaba asiento. Ortiz enarcó levemente una ceja sin dejar de mirar a Axel y también se sentó. Todos escuchaban con atención.
El comisario Cueto tomó la palabra.
—Buenos días a todos. Si se me permite arrancaré esta reunión pidiéndoles la máxima discreción y confidencialidad. Estamos ante un asesinato poco convencional, por decirlo de algún modo, y nada de lo que se hable en esta sala debe salir de aquí, ¿entendido? —continuó sin esperar respuesta—: Tenemos encima un cristo de tres pares de cojones.
Cueto colocó diferentes diapositivas en el proyector.
—Lo que pueden ver aquí es el cuerpo de Marcos Goya.
Pues agárrame la…
—Cuarenta y siete años. Jefe de programas en la sección de deportes de la Cadena Voz y presentador del programa nocturno de más audiencia en la radio española. En definitiva, uno de los periodistas más reputados de este país. Su nombre se vincula a los éxitos recientes de la Selección Española y el Racing de Madrid. Conexiones en altas esferas de la sociedad; políticos, empresarios, futbolistas. Es decir, un pez gordo. Si alguien está pensando en hacer la rima es mejor que se lo piense dos veces. —Cueto prosiguió sin desviar la atención de la proyección—. Precisamente aquí, a la derecha, podemos ver que la polla del fallecido ha sido seccionada. No hay ni rastro de ella. Varios miembros de la unidad operativa están siguiendo esa línea de investigación.
Axel le dedicó a Loor una mirada de aprobación.
—Pronto tendremos más detalles. El forense está finalizando el informe preliminar de la autopsia mientras hablamos. La científica ha encontrado restos de semen en la habitación y en el cuerpo. También había mucha sangre, aunque mucho nos tememos que toda pertenece a la misma persona —dijo señalando al proyector—. En el laboratorio, los expertos trabajan día y noche para proporcionarnos esa información. Mientras tanto, nos ponemos manos a la obra.
Qué cantidad de frases hechas puede llegar a decir este tío.
—Jorge Ortiz estará al frente de la investigación.
Loor le devolvió la mirada a Axel, sin aprobación.
—Nash, tú tienes mano con la prensa.
Tiene memoria, el cabrón.
—Este es un caso de la prensa, por la prensa y para la prensa. La Cadena Voz se ha quedado sin una de sus voces. Actuarás de enlace con todos los medios de comunicación, especialmente la radio. Si algún becario se tira un pedo encerrado en el baño del sótano de la emisora… quiero saber a qué olía.
Me encargaré de que te lo comas.
—Entendido, jefe.
—Agente Loor Galván, ahora mismo y tras un primer análisis, el inspector Ortiz y yo nos inclinamos a pensar que nos enfrentamos a un crimen pasional de carácter homosexual. A ver qué puedes averiguar.
La madera de la mesa reflejó un par de sonrisas. Axel levantó la vista y vio cómo a Loor se le hinchaba la vena del cuello.
¿Qué? ¿Cómo? ¿Qué cojones me he perdido?
—Entendido, jefe.
—El resto os pondréis a las ordenes de Jorge Ortiz y le informáis directamente a él. No quiero una sola filtración. Este caso nos va a perseguir durante meses. No os pido que seáis héroes pero, por favor, no me toquéis mucho los cojones.
Axel agarró su cazadora y salió del cuartucho sabiendo que seguramente tendría que ceder su mesa a Jorge Ortiz. La mejor mesa. Sería eso o que por fin les habilitasen un despacho en condiciones donde poder trabajar sin respirar el aliento de otra persona. Aunque a Loor, el aliento le olía bien.
Descendió las escaleras que daban directamente al aparcamiento sin reparar en que su compañera le seguía los pasos.
—¿Dónde vas, Axel?
—A ninguna parte.
—Oye, ¿qué te pasa? No la tomes conmigo. A mí tampoco me apetece aguantar todos los días a Ortiz. No soy yo quien te está puteando. Yo estoy tan jodida como tú… o más si cabe.
—No pasa nada, es solo que no me gusta enterarme el último de las cosas.
Mierda de orgullo.
—Ah. O sea que es eso. Bueno, ¡qué esperabas! Quizá tú lo hubieras gestionado de otra manera, quizá tú habrías llegado y te habrías presentado con un «Hola, qué pasa, soy Loor Galván y me gustan los coños, igual que a ti». Pero, Axel, ¿sabes qué pasa? Que yo no soy tú.
Axel recibió el impacto y se sintió imbécil. Todo a la vez.
—Llevas razón, lo siento.
Joder, estoy cambiando.
—Supongo que para ti no ha sido agradable el comentario de Cueto. Y debería ser yo quien estuviera pasándote la mano por el lomo y no al revés. Bueno, es una metáfora, entiéndeme… no me refiero a…
—Tranquilo, lo he entendido —dijo Loor, caminando hacia el coche de Nash.
Ella sacó un paquete de cerillas, prendió una y se encendió un cigarro. Él rebajó el tono.
—De todos modos ya me lo había imaginado. No era normal que no me hubieses tirado los trastos todavía.
El parabrisas delantero del coche aparcado junto al de Axel reflejó en la cara de Loor la primera sonrisa del día.
—Si no tuvieses tanto pelo por todos lados, me lo habría pensado. Pareces un oso y no me gustan los osos… ni las osas.
¿Qué dice esta? Si voy rapado.
—No tengo tanto pelo. No sé qué dices.
Axel había cazado el parecido de Loor desde el primer día que la vio. Había llegado el momento de compartirlo con ella.
—De todos modos, a ti no te vendría mal dejártelo largo, piénsalo, Roxette pasó de moda hace veinte años.
Loor se frotó la cabeza, alborotándose el cabello. Alguna vez le habían dicho que se parecía a Demi Moore en Ghost, pero nunca había pensado que, al teñirse de rubia, se había convertido en la viva imagen de Marie Fredriksson, la cantante de Roxette. Estuvo rápida en su reacción.
—¡I got the look, querido!
Axel sacó del bolsillo la llave del coche.
—¿Te acerco a algún sitio?
—No te preocupes —respondió Loor—. Me voy a acercar al hotel. Hablaré con el encargado a ver qué saco. Alguien habrá visto algo y seguro que hay algún registro de clientes.
—Perfecto. Yo voy a la radio. Tengo algunos ojos allí que igual nos iluminan un poco.
Axel pulsó el mando del Peugeot 207 «azul poli» y dos intermitentes parpadearon al mismo tiempo. El destello le permitió ver a Loor que la aleta de la rueda delantera del copiloto estaba rozada.
—¿Qué ha sido eso? ¿Otro listo?
Axel Nash esbozó media sonrisa antes de abrir la puerta.
—¡Qué va! Esto fue un subnormal. No hay quien me libre de ellos. El mundo está lleno de subnormales y resulta que todos conducen.