Axel

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La radio estaba en el centro de la ciudad. En el barrio de Salamanca. Un nombre que, teniendo en cuenta el precio del suelo por metro cuadrado de la zona, no terminaba de irle del todo bien. La ruta era clara. Atravesabas la reformada Gran Vía, cruzabas la plaza de Cibeles, dejabas atrás el ayuntamiento, rodeabas la Puerta de Alcalá, girabas a la izquierda y buscabas un parking en la calle de Ortega y Gasset. Allí, en el número 31, un edificio emblemático construido hace varios siglos escondía uno de los centros neurálgicos de información de todo el país: la Cadena Voz.

Desde la comisaría, el navegador marcaba 9 kilómetros y 29 minutos. Tres bocinazos, cuatro insultos, dos aspavientos, un volantazo y 17 minutos después, el agente Axel Nash aparcó en la puerta. Saludó al hombre enjuto que, sentado tras un ordenador, custodiaba la entrada. Axel buscó la cartera en el bolsillo trasero de sus vaqueros Nudie con el fin de mostrarle el DNI.

—No se preocupe, le recuerdo. Usted ha estado aquí más veces, ¿no es cierto?

Joder, tengo compañeros bastante menos preparados que este tío.

—Amigo de Sota —añadió.

Ya si fuese discreto sería la hostia.

—¿Está currando? —preguntó Axel.

—Está en el aire —contestó el recepcionista, que miró el reloj luminoso que presidía la entrada a la radio. Marcaba las 17.55—. En cinco minutos despide.

La frase quedó suspendida en el aire cuando Axel cruzó la puerta de la redacción. Entrar en la radio era una sensación parecida a cruzar una cápsula del tiempo y regresar a principios de los 90. Quizá a finales. Una amalgama heterogénea de profesionales sin edad, sin clase social y sin pasado aporreaban teclados de PC mientras navegaban en Internet Explorer.

La estancia se parecía a la escena de El apartamento, que Billy Wilder imaginó con un juego de espejos para duplicar las dimensiones y hacer más espectacular la entrada de Jack Lemmon a la oficina. Era lo mismo pero como si a Billy Wilder se le hubiesen resquebrajado los espejos. Tal vez algún día las mesas estuvieron alineadas, tal vez algún día la redacción vistió de uniforme, tal vez algún día se trabajó en silencio. Seguramente no.

Axel pensó en C. C. Baxter llegando a trabajar alegre y silbando, y automáticamente echó la mano a las llaves de su apartamento, por si acaso. Cruzó el bloque donde trabajaba la gente de informativos y programas, y al fondo localizó a la «fauna de deportes». Así les llamaban.

Una mesa grande enfrentaba cuatro ordenadores. Todos estaban ocupados.

—Está Sota en el aire, ¿no? —preguntó Axel a un hombre calvo y con barba que hablaba por teléfono con los pies apoyados en una silla. Este asintió mientras le hacía un gesto con la cabeza indicándole la luz roja del estudio principal.

Este gilipollas no está hablando con nadie, me juego el cuello.

—¿Viene ahora por aquí?

Una mujer despeinada y entrada en kilos levantó la vista de la pantalla. Su manera de maquillarse le hubiese permitido interpretar al Joker.

—Es una posibilidad —dijo.

Me estoy calentando.

—Bueno, tranquilos. Ya me busco yo la vida. ¿Cómo accedo a la pecera?

La pecera es como se conoce en el gremio a la zona acristalada donde trabajan los técnicos de sonido y los productores que van guiando al locutor mientras está en directo. Al más joven de todos, un hipster con dilatadores en cada oreja, camisa de leñador y un piercing en la barbilla, le llamó la atención que Axel conociese el término.

—¿Es usted del mundillo? —preguntó, observando a Axel como se observan las estrellas en una noche de niebla y nubes.

Se jodió.

—Pero vamos a ver, ¿es que ni dios me va a contestar a una sola pregunta?

En un ataque de ira, Axel Nash lanzó contra la mesa la placa que le identificaba como oficial de policía. El único de los cuatro periodistas que aún no había intervenido se incorporó con celeridad. Un tipo atractivo al que Axel clasificó como coetáneo. Delgado, atlético y clásico. Una camisa blanca, un jersey azul de cuello de pico, unos pantalones chinos ajustados de color beis y unas zapatillas blancas le situaban a la derecha ideológica de Axel, según sus prejuicios.

Un pelota.

—Disculpe, agente. ¿En qué puedo ayudarle? Estamos preparando el programa de la noche y hoy es un día complicado. No tenemos un tema de apertura claro y estamos rascando noticias donde no las hay. Por eso no le hemos atendido antes.

—¿Es usted el nuevo encargado de la noche? —preguntó Axel.

El periodista tendió su mano. La derecha, claro. Tenía buenos modales.

—Me llamo Max Morán. Estos granujas me llaman Star. Usted puede llamarme como prefiera.

—¿Star?

—Sí. Ya sabe. Por Valle-Inclán. Max Estrella.

Los cojones Valle-Inclán, estrellita. Alguien aquí no soporta tu vanidad.

—Entiendo. Seguro que fue alguien de Cultura.

Max arrugó la frente y siguió hablando.

—Ha sido todo muy rápido y llevo solo unos días a cargo del programa. No son momentos fáciles. Con todo lo que pasó, ya sabe… aún estamos tratando de asimilarlo. Goya era un compañero muy querido. Un tipo estupendo, sin duda.

Un portazo interrumpió las alabanzas de Max. Era Sota.

—Niño, la que me ha montado el técnico este de los huevos. No saben ni meter un corte limpio cuando le hago la señal con el dedo.

Axel sonrió. Reconoció al instante a un viejo amigo. Jaime Sota, un hombre alto y fuerte pero sin muscular. Su corpulencia era genética. Eso Axel lo notaba en las manos y en los pies, y en Sota tenían ambos un tamaño considerable.

¿Qué pie calzará? ¿Más de un 45? Un día se lo pregunto.

Sota seguía vistiendo igual que siempre, como recién salido de la profundidad de los años 70, con un jersey verde pistacho y un pantalón tan ancho que habría enamorado a Bud Spencer. Si su vestuario no había variado, su aspecto sí se había avejentado: más canas, más arrugas, más barriga… pero en su voz y sus expresiones seguía siendo el mismo.

—Coño, camándula. ¿Pero qué haces ahí parado con esa panda de inútiles? Sal de ahí, anda, antes de que te contagies.

Max, quien todavía estaba de pie frente a Axel, balbuceó una risotada. Agitó una mano como queriendo decir «Qué cosas tienes, Sota» y se sentó rápidamente en su asiento.

Muy pelota.

Axel y Sota se encerraron en un estudio auxiliar, vacío a esa hora. Un cuartucho habilitado para la grabación de los programas menos importantes.

—¿Hacía cuánto tiempo que no entrabas en uno de estos, Sota? Desde que eres una estrella te reservan el estudio principal.

—Lo que me merezco. Aunque ya sabes que intentaron joderme y me jodieron bien. Llevo años arrinconado en el fin de semana y haciendo boletines de la tarde, con un equipo de becarios que no saben ni quién es Zidane y cuatro niñas que solo se preocupan de salir monas en la mierda esa de Instagram.

Axel asintió. Conocía la historia. Unos años antes de su explosión como comunicador y de ser considerado el mejor periodista deportivo de todo el país, Sota empezó a conocer desde dentro las tuberías de la profesión. Celos, empujones, zancadillas… un todovale que resultó ser nada comparado con el gran escándalo que protagonizó en 2014. El final de su carrera. Sota se sentó en su silla, en prime time, a las doce de la noche, el horario de máxima audiencia, encendió un cigarro, se colocó los cascos, esperó a que se encendiese la luz roja, dejó respirar unos segundos la sintonía de arranque del programa, pensó en cómo construir la frase que lo cambiaría todo… y soltó la bomba.

—Buenas noches… Tiago Gomes, el delantero portugués del Sporting de Barcelona está ahora mismo detenido en la comisaría de Policía Nacional del Eixample, en la Ciudad Condal. Está siendo interrogado en este momento en relación a un presunto caso de agresión sexual. Según las primera informaciones a las que ha tenido acceso la Cadena Voz, se le acusa de haber agredido sexualmente, haciendo uso de violencia, a una limpiadora del hotel Meliá Tres Cruces en Bilbao, el pasado mes de diciembre. Precisamente, el club catalán se desplazó a la ciudad del Nervión el día 15 de ese mes para disputar el partido correspondiente a la jornada 17 del Campeonato Nacional de Liga, en primera división, en el estadio de San Mamés, frente al Athletic Club. El encuentro terminaría 1-2 a favor de los catalanes, con dos goles de Tiago Gomes. Horas después de esa victoria, parece que a Tiago la celebración se le fue de las manos.

Sota aun está tragando a día de hoy la onda expansiva de esa bomba. Se había pasado aquella tarde cebando en redes sociales su exclusiva. Había obligado a toda la redacción a hacerse eco de lo que se avecinaba esa noche. Había despertado la atención de toda la profesión, incluida la competencia, que estaba más pendiente de lo que contaba Sota que de su propio programa.

Todo resultó ser una estafa, un engañó. Sota fue víctima de un plan perfectamente trazado para quitarle de en medio. Tiago Gomes, a través de su bufete de abogados, presentó una denuncia contra la Cadena Voz y a título personal contra Jaime Sota Urquijo. La emisora consiguió, después de varios meses de lucha y tragar mierda, que la denuncia fuese retirada. A cambio presentaron la cabeza del periodista en una bandeja rojigualda.

Sota nunca supo quién se la jugó, aunque candidatos no le faltaban. Desde ese día su vida profesional y personal se fue a pique. Sufrió semanas de investigaciones e interrogatorios del consejo de la emisora.

«Y claro, si buscas… encuentras», solía excusarse.

Y encontraron. Claro que encontraron. Algo de mierda, no mucha, pero suficiente para desplazarle a la edición de fin de semana con carácter indefinido. Bajada de sueldo del setenta por ciento. Vigilancia en antena y revisión de guion antes de entrar en directo. Sota se vio obligado a responder antes de empezar a preguntar.

Eso en lo profesional; en lo personal, aún peor. Comenzó a refugiarse en la bebida. Sentía que su día solo mejoraba después de apretarse un par de whiskys con hielo. Era lo único que le aflojaba los músculos.

El problema es que también le aflojaba la lengua y Carmen, su mujer, se hartó pronto. No tenía por qué seguir aguantando sus gritos y su mal humor, dijo ella años más tarde. Nunca le puso la mano encima, tampoco le dio tiempo. Tras varios meses de broncas diarias, Carmen dijo basta, recogió sus cosas y se fue a casa de su hijo mayor.

Sota se quedó gritando solo, alcoholizado y triste. Sin nadie que le prestase atención. El hombre más escuchado del país se quedó sin oídos. Su vida era una mierda. Pero remontó.

—Siéntate, Axel. Aquí podemos hablar tranquilos. ¿Qué te trae por aquí?

¿En serio?

Axel frunció el ceño.

—Ya. Es evidente. Perdona. ¡Vaya movida! ¡En qué hostias andaría metido Goya para acabar así! Bocabajo, en pelotas, en la cama de un picadero, sin rabo, violado, asesinado. Joder… y yo me quejaba de lo mío. —Sota sonrió al darse cuenta de su maldita suerte.

—Precisamente por eso he venido a verte. Tú le conocías bien. Fueron muchos años juntos.

—Sí. Nuestra relación pasó por varios estadios. En algún momento sospeché que fue uno de los que me la jugó, pero el cabrón era encantador. Pasaba un rato con él y me daban ganas de entregarle a Carmen.

No esperaba que nombrase a Carmen tan pronto y menos de esa forma.

—¿Qué tal está Carmen?

—Bien, sigue viviendo con mi hijo. No sé mucho más.

Ok. No quiere hablar de esto.

—¿Coincidiste con Marcos en los últimos días? ¿Notaste algo raro? ¿Algún comportamiento inusual? ¿Algo?

—Le veía muy poco. Él era ya la jodida estrella de esta emisora. Ocupó mi asiento cuando saltó «la movida Gomes» —así se conocía en la emisora a la noticia que provocó la caída de Sota— y yo fui relegado al fin de semana. Ahora me dejan hacer algún boletín por las tardes, pero Goya no aparecía por la emisora hasta que se hacía de noche. Apenas teníamos contacto más allá de algún asunto de días libres, vacaciones… ese rollo.

—Entiendo.

Sota lanzó una mirada furtiva al móvil sin brillo que Axel colocó encima de la mesa del estudio.

—Oye, ¿estás grabando o algo así?

—No, claro que no. No puedo grabarte sin avisar. Ese material no valdría como prueba en un juicio.

—¿Juicio? Oye, Axel, sabes que te tengo aprecio, me caes bien, siempre te has portado bien conmigo, pero hace mucho tiempo que no nos vemos y estás empezando a tocarme un poco los cojones con tanta formalidad.

Axel esbozó una tímida sonrisa y se dejó caer sobre el respaldo de su asiento.

—Tienes razón, Sota. Discúlpame, pero tienes que entenderlo… es un caso jodido. —Axel bajó los brazos y los apoyó en la mesa—. No puedo aparecer aquí y tratarte como a un colega, ¿sabes? La gente habla, la gente cotillea. Lo hacen en cualquier profesión, pero aquí, en una radio, el peligro de no cuidar las apariencias se multiplica. —Axel no sabía si sus palabras estaban surtiendo el efecto deseado y optó por plegar velas—. Hagamos una cosa, me voy ya. Tomemos algo la semana que viene. Te invito a una copa. Elige tú el sitio. Como en los viejos tiempos.

Sota pareció relajarse.

—Serán viejos tiempos para ti, niñato. Para mí es anteayer. La semana que viene no puedo. La siguiente. ¿Miércoles, a las nueve?

—Hecho.

Sota se levantó con premura para adelantarse a abrir la puerta al agente Nash y porque estaba deseando salir de allí. Axel guardó con calma su móvil en la cazadora y se dirigió hacia la puerta, detrás del periodista.

—Una cosa más antes de irme.

Sota suspiró.

—Has dicho antes que al pasar un rato con Goya te daban ganas de entregarle a Carmen…

—Es una forma de hablar, quizá no he acertado con ese comentario.

—Es igual… ¿Sabes si a Marcos le hubiese gustado más pasar una noche contigo que con tu exmujer?

Sota abrió mucho los ojos e instintivamente cerró un poco la puerta que estaba abriendo.

—Joder. Tú sí que sabes como estar desacertado —susurró.

Axel recibió el golpe y se sintió imbécil por intentar jugar a un juego al que no sabía jugar.

—Tú ya me entiendes.

—¿Que si era trucha? —preguntó Sota ahogando una carcajada—. ¡Qué cojones dices! A Goya le gustaban las tías más que a Michael Douglas. Era un follador. Un revientabragas. Y no era solo fama, créeme. Ese hijo de puta se zumbó a media emisora.

Cada vez entiendo menos lo de entregarle a Carmen.

—Ahora mismo, de hecho, mucha gente decía que estaba con una de las nuevas becarias de informativos. Un bombón recién salido de la facultad. Y me jugaría el cuello a que no era la única del edificio que se revolcaba con él.

—¿Lo dices por alguien en concreto?

Sota cerró la puerta del todo y bajó la voz. Todavía flotaban en su aliento los efluvios del alcohol.

—Hay una chica, Carla. Ahora mismo está de baja. Lleva de baja varios meses. Perdió la cabeza por Goya. Ya te digo que era encantador y las malas lenguas dicen que iba por ahí prometiendo una vida juntos, formar una familia y toda su riqueza. No sé si será cierto, pero lo que es seguro es que si lo prometía, iba a tener que repartir su riqueza con muchas bocas. No tenía «preferidas».

Axel percibió una leve sonrisa en el rostro de Sota. No supo descifrar su significado y siguió escuchando.

—Como te decía, esta chica se enamoró hasta límites inimaginables para él. No jugaban al mismo juego. Y cuando quiso frenar, el tren ya había cogido demasiada velocidad. Ella estaba casada y, tras unos meses de desenfreno, dejó a su marido. Ahí fue cuando Goya se acojonó. La bloqueó en WhatsApp, Twitter y todas esas mierdas que os gustan ahora. Pero un día ella se plantó en su casa. Goya estaba en el jardín. Su mujer y su hijo, dentro. Él salió a la calle para deshacerse de ella sin que nadie más se percatase. —Sota desvió la mirada como quien recuerda o quien ahoga un pensamiento—. Al día siguiente, Marcos apareció en la radio con la mano vendada por un corte superficial.

—¿Me estás diciendo que esa chica fue a su casa con un cuchillo y que le atacó?

—Te estoy diciendo lo que dicen las malas lenguas. Sabes que siempre hay literatura en estas historias y más entre periodistas. Él declaró en la redacción que se había cortado preparando la cena, pero tú y yo sabemos que es jodido cortarte la mano con la que agarras el cuchillo.

Axel desbloqueó el móvil y entró en sus notas.

—¿Cómo dices que se llamaba ella? ¿Clara? —inquirió.

—Carla. El apellido no lo recuerdo —dijo Sota.

—Está bien. Con esto bastará para ir tirando. —Axel devolvió el teléfono al bolsillo y sujetó a Sota por el antebrazo—. Hazme un favor, anda. Consígueme su contacto. Si trabaja aquí, no te resultará muy complicado.

Jaime Sota pareció complacido.

—Descuida. Al menos así volveré a sentirme periodista —dijo sonriendo.

Axel tendió la mano con firmeza.

—Hasta dentro de dos miércoles, entonces.

El apretón fue tenso. Dos manos fuertes. Dos amigos marcando posiciones.

—Eso es. Y ven más relajado o no vengas. A mí no me toques los cojones dos días seguidos.

Axel se alejó hacia la puerta de salida notando una mirada clavada en su nuca. Pensó en Max. Seguro que era él. Tenía que darse la vuelta, como en una película de John Ford. Axel se sentía el forastero que abandona el saloon y que se gira para dedicar una última mirada amenazante al forajido sentado en la barra. Se estaba volviendo cuando notó un golpe brusco en el costado.

—Uy. Disculpe, caballero. Vaya golpe. Está usted muy fornido. ¡Qué músculos, por Dior!

Axel se agachó para ayudar a recoger un montón de folios que se habían desparramado por el suelo de la redacción.

—Uy, no se preocupe, de verdad. Es usted agente de policía, ¿verdad? Uy, siempre meto la pata hablando de más, mi verborrea, que no la controlo cuando tengo a un hombre tan guapo delante. Me pasa siempre. Me pasó también con el muerto. Por eso está aquí, ¿verdad? Uy, otra vez. Bueno le dejo, que me lío y ya no sé lo que digo. Adiós, caballero. Que pase un buen día.

Axel le entregó las hojas al escuálido chaval que tenía delante y a cambio recibió una mano blanda que apretó sin fuerza. La mano no estaba vacía. Una tarjeta se deslizó de una palma a otra. Axel reaccionó con sutileza y la escondió dentro de la manga de la cazadora. Con paso firme abandonó las dependencias de la Cadena Voz y ya en la calle rebuscó en el bolsillo el mando del coche y lo pulsó. Abrió la puerta del vehículo, se sentó, se colocó el cinturón de seguridad y ajustó los espejos. Antes de arrancar sacó la tarjeta que acababa de recibir.

«Club gay Flowers».

Le dio la vuelta y su corazón se aceleró.

«Viernes, a las 23.30. Venga solo, agente. Tengo cosas que contarle sobre Goya».

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