Axel

Axel


6

Página 9 de 59

6

—Yo estaba vestida. Pensaba dormir vestida. No tenía calor.

—¿Y te desnudó él?

—Sí. Creo que sí.

—¿Y tú le dejaste? ¿O te forzó?

—No lo sé. No soy capaz de recordarlo.

Al tercer tono contestó.

—Axel, me pillas regular.

Axel giró la rueda que subía el volumen del bluetooth del coche.

—Te oigo mal, Loor. ¿Estás en el hotel?

Un grito espasmódico se colaba al otro lado de la línea. En un primer momento Axel pensó que se trataba de un gemido, pero enseguida lo descartó porque no tenía ningún sentido.

—Sí, sí… (¡AAAH!). Aquí estoy. Oye, no puedo seguir hablando… (¡AAAAH!) Te llamo en un rato… (¡AAAAAH!).

Joder, eso era un gemido.

Axel colgó más divertido que preocupado. Todavía no conocía demasiado a Loor y empezaba a parecerle todo un misterio. Deslizó hacia abajo la pantalla del móvil y volvió a llamar, pero a otro número. Contestó una voz de mujer.

—¿Comemos esta tarde? Necesito verte.

La llamada se cortó y la agente Loor Galván apretó con mas fuerza su bota Doc Martens contra el cuello del propietario del hotel. Lo tenía tumbado en el suelo, inmovilizado. El frío del azulejo barato se le estaba clavando en la mejilla.

—Ya está. Ya podemos…

—¡AAAAAH!

Loor apretó un poco más.

—… seguir hablando sin que nos molesten. Voy a…

—¡AAAAAAH!

—… desconectar el móvil, ¿vale?

—¡AAAAAAAH!

—Ya está. Ya estamos solos. ¿Por dónde íbamos?

Loor apenas llevaba diez minutos en el bajo donde vivía Zung Yi, el encargado del hotel que en las últimas horas se había convertido en el alojamiento más famoso de la capital, y no por sus lujos, precisamente. Cuando llegó al lugar del crimen se dio cuenta de que seguía precintado y no ofrecía nada nuevo con respecto a la última vez que estuvieron allí. Se bajó de todos modos de su vehículo en busca de información. Fue en el bar de enfrente donde le contaron la historia de Zung Yi.

«Un hombre mayor, bajito y poca cosa», en palabras del camarero del bar Antonio. Según le informaron, llevaba más de veinte años en España y su familia vivía aquí con él: «Precisamente ahí, en ese toldo amarillo, ahí viven».

La casa no parecía lo suficientemente grande como para albergar a tres generaciones Yi, pero allí estaban. Encabezados por el viejo Zung, quien siendo aún joven se marchó de Wuhan en busca de una vida mejor. Empezó cargando cajas y vendiendo cervezas en Malasaña los fines de semana. De esta forma y poco a poco fue haciendo dinero y se los trajo a todos. Primero a su esposa y luego a sus cinco hijos. Sus nietos eran madrileños de pura cepa: «Flipas cómo hablan los niños, si hasta dicen ej que…».

A Loor le preocupaba si iba a poder entenderse con el anciano, pero le aseguraron que: «Es muy listo y habla mejor castellano de lo que le interesa demostrar, le pasa como al Robinson del Canal Plus, que en paz descanse». Loor nunca tuvo Canal Plus en casa, pero sabía quién era Michael Robinson, y ahora también sabía dónde encontrar al hombre que había venido a buscar. Apuntó su número de teléfono en un par de servilletas y le entregó una al camarero.

—Ya sabe, si recuerda algo…

Y se guardó la otra en el bolsillo. Apuró el cortado, dejó unas monedas sobre la barra y salió.

Llamó con insistencia al telefonillo que encontró bajo el toldo amarillo, se encendió un Marlboro y le mostró la placa a la niña que le abrió la puerta. Loor se imaginó que sería una de esas nietas de tercera generación Yi, una de los ejque. El cerrado acento de Chamberí se lo confirmó a la segunda frase.

—Estás buscando a mi yayo. Ahora sale.

La niña desapareció y ante sus ojos se presentó un anciano con cara de pocos amigos, más bien ninguno. Y Loor no tardaría en darse cuenta de que no iba a ser ella su primera amiga española.

—¿Qué quiele?

Loor dio una calada profunda. Las ascuas del cigarro reptaban entre sus dedos.

—¡Buenas tardes! Es usted el propietario de este hotel, ¿verdad? —preguntó, señalando la zona precintada.

Fuela, lo siento. Yo solo hablal con hombles. Tú fuela de mi casa.

Zung Yi trataba de cerrar la puerta en las narices de Loor pero las Doc Martens se interpusieron a tiempo entre la madera y el marco. El viejo arrugó un rostro ya de por sí arrugado. Tenía los ojos pequeños y estirados. Ella pensó que además debía de tener terraza porque sus brazos —también arrugados— lucían un bronceado natural.

—Escúcheme un segundo. Necesito hacerle unas preguntas. Si colabora no tardaré demasiado y es probable que no vuelva a verme merodeando por aquí, pero para que eso ocurra tiene que colaborar.

La puerta se abrió y se volvió a cerrar sobre el pie de Loor, esta vez con más fuerza.

Fuela, fuela de mi casa. Yo no hablal.

Loor se preguntó que habría hecho Axel en una situación como esa y, casi sin tiempo a imaginarlo, se apretó el cigarro entre los labios, agarró al viejo por la manga de la bata, le retorció el brazo en la espalda, con el otro brazo lo inmovilizó, le dio un puntapié en la rodilla, le dobló la espalda, lo tumbó y le apretó la mejilla contra el azulejo de su propia casa, todo con la misma bota con la que había sujetado la puerta.

—Ah… Ya sé por dónde íbamos. Le estaba pidiendo por favor que me escuchase. ¿Ya me escucha?

—¡AAAAAAAH!

La bota ejerció más presión.

—¿Que si me escucha?

—Sí, sí, la escucho. ¿Qué quiere de mí?

—Vaya, su castellano mejora cuando está boca abajo, señor Yi. Présteme atención y le dejaré que regrese enseguida con su nieta. Como sabe, se ha cometido un atroz asesinato en su hotel y necesito algunas respuestas.

—Yo no he hecho nada. Se lo juro —dijo el anciano casi en un susurro.

—Ya sé que usted no ha hecho nada pero seguro que sabe cosas y necesito que las comparta conmigo. Veamos… ¿Estaba usted de guardia en recepción la noche del crimen?

—Sí. Esa noche tenía doble tulno, pero no vi nada. Tiene que cleelme.

—¿Conocía a la víctima? Tengo entendido que no era la primera vez que venía por aquí.

—Yo no le había visto nun… ¡AAAAAAH!

Una piedrecita se incrustó en la barbilla de Zung Yi. En la acera se dibujó un minúsculo punto de sangre.

—Piense, haga usted el favor… no vaya a precipitarse.

—Quizá haya venido alguna vez. Por aquí pasa mucha gente… ¡AAAAH…! Vale, vale, sí, le recueldo. Desde hace un tiempo solía venir un par de veces al mes. Se había conveltido en uno de los habituales.

—¿Venía con alguien?

—No. Siemple venía solo… ¡AAAAAH…! Es la veldad, venía solo, se lo julo.

—Discúlpeme, la costumbre. Continúe.

—Venía siemple solo y se iba solo. Si se veía con alguien, yo no lo sé. Supongo que sí. Nadie viene a sitio como este pala pasal tiempo a solas. Simplemente con el ruido de las otlas habitaciones ya es difícil descansal. ¿Sabe lo que le quielo decir?

Zung Yi amagó con esbozar una sonrisa. Loor no le correspondió.

—Está bien. Una última pregunta —dijo Loor mientras con la mirada ahuyentaba a un par de curiosos que se habían parado a olisquear.

—¿Segulo? Ya le estoy pillando el gusto al sabor de la baldosa.

—Cállese y atienda. Si tuviera que apostar… —Loor hizo una pausa involuntaria y se dio cuenta de que se sentía ridícula preguntando lo que iba a preguntar—. ¿Diría que se veía con hombres o con mujeres?

El viejo, sin embargo, ya contestaba sin remilgos.

—No lo sé. No sablía decirle. Aquí hemos visto de todo. Hombles con hombles, mujeres con mujeres, tlíos, olgías. En estos tiempos que colen, cualquiera sabe, pero ya le digo que nunca le vi con nadie, siemple solo.

Loor liberó la presión sobre el cuello del anciano y le ayudó a incorporarse. Zung Yi se sacudió el polvo con ambas manos mientras maldecía en su idioma.

—Ahora vamos a entrar usted y yo en su casa y me va a enseñar el registro de entradas de la noche del crimen —solicitó ella—. Ya veo que esto no es el Palace, pero supongo que de alguna forma quedará registrado quién se hospeda aquí. Por seguridad, por si no pagan o por lo que sea.

El chino abrió mucho los ojos, casi perdiendo su identidad.

—Usted no entlal en mi casa. Aquí no tenel nada. Si tú eles asesino, tú no te legistlas. No tenel nada.

Zung Yi se golpeaba la cabeza mientras hablaba, como hacen las personas mayores cuando quieren que sus descendientes usen el cerebro. Loor sabía que tenía razón.

Pelo hay una cosa. El muelto se fue.

—¿Cómo que el muerto se fue? —preguntó Loor, al tiempo que daba una última calada y expulsaba todo el humo de sus pulmones en la cara del chino.

—El muelto se fue. Yo le vi salir. Llegó solo y se fue solo.

Loor enarcó una ceja.

—Entonces, ¿cómo explica que haya aparecido su cuerpo ensangrentado y sin vida en una de sus habitaciones? ¿Es eso lo que le da miedo? ¿Que haya aparecido un muerto en su negocio y que ahora nadie quiera alojarse ahí?

—No, no, no. Yo no sabel. Yo solo sé lo que vi. Y el muelto se fue.

—El muerto se fue.

—Sí. El muelto se fue.

Loor se había quedado sin paciencia.

—Está bien, pues yo también me voy. —La agente Loor Galván apagó la chusta del pitillo contra el bordillo de la acera y le entregó la servilleta al propietario del hotel—. Tenga, límpiese bien la sangre de la barbilla. Por detrás tiene mi número de teléfono. Si recuerda algo más que pueda resultar interesante, llámeme. Soy mucho más cariñosa en la segunda cita.

—No he conseguido gran cosa, Axel. —Loor notó como unas gotas de sudor se interponían entre su oído y el auricular del teléfono. Hacía calor—. Dice que Goya venía siempre solo y se iba solo. Pero según él eso es lo más frecuente. Cuando compartes una habitación por horas con alguien, no suele ser con tu pareja.

—Tiene sentido —admitió él.

—Todo el mundo se esfuerza en que si le ven, sea sin compañía. Así que supongo que el que viene por aquí diseña una especie de código para entrar y salir. Para el viejo debe de ser como participar en un concurso de la tele, va apareciendo gente por la puerta y tiene que adivinar quién va a cada habitación, cuáles son las parejas. Y la pregunta es: ¿en qué te basas? Género, raza, clase social, vestimenta, tribu urbana, condición sexual… Las combinaciones son muy variadas y la probabilidad de acertar es baja. Luego, que te abran la puerta de la habitación es sencillo, dos golpecitos, tres golpecitos, lo que cada uno pacte.

—¿Todo eso te lo ha dicho el chino?

—No. Eso te lo digo yo. ¿Nunca has tenido un encuentro de este tipo? ¿Un romance prohibido?

—Llevo años viviendo solo, Loor. El único código que necesito es encontrar las llaves de mi casa y no siempre me resulta fácil.

—Hay que ver. ¡Qué poco normativo eres para unas cosas y cuánto para otras!

—Soy hombre, heterosexual, cisgénero, casi en los cuarenta, de clase acomodada. Lo tengo todo para no gustarte.

—Sin embargo, me encantas.

—Lo sé. ¿Algo más?

—No. Nada más. Bueno, sí. Justo antes de irme, el chino me ha dicho algo raro. Puede que sea una tontería. No se puede decir que hayamos hecho buenas migas. Pero me ha asegurado que vio a Goya salir del hotel.

—No entiendo.

—Yo tampoco. Pero me dijo que Goya entró solo y se fue solo. «El muerto se fue». Eso repetía constantemente.

Axel anotó esas cuatro palabras en las notas del móvil, como un detective clásico de los años 40 pero con tecnología.

Loor tenía razón.

A veces podía ser muy normativo.

Ir a la siguiente página

Report Page