Axel

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Uno, dos, uno, dos.

Las piernas del agente Nash se movían con una cadencia impecable. Se estaba poniendo en forma. Eso le decían las cuestas del céntrico parque del Retiro. Eran su termómetro. Todavía aceleraban su corazón pero ya no le devoraban.

Uno, dos, uno, dos.

Correr se había convertido en un hábito, casi en una necesidad. No menos de tres veces a la semana se ajustaba sus Asics Nimbus 21, sus AirPods y a sudar. La disciplina era el único secreto para poder completar los 42 kilómetros y 195 metros que le separaban de la fragorosa gloria de ser finisher.

Axel llevaba la música al máximo. Las pulsiones internas de la percusión le estimulaban. Le llevaban a sintonizar cada remada de sus brazos con cada batida de sus piernas.

Uno, dos, uno, dos.

Como un bailarín de danza clásica en medio de una guerra.

La playlist no era un asunto baladí. La selección no era aleatoria. Él era su mejor algoritmo, y por ello se había preparado una lista de reproducción que lo empujaba. Que le animaba en momentos de dificultad. Una lista reservada para cuando corría.

No la escuchaba jamás en otra circunstancia…

Para no cogerle asco a canciones que me gustan.

Llevaba quince minutos de trote a buen ritmo, suficiente para calentar la musculatura, para estimular ese picor en las piernas que aparecía sí o sí, esa protesta general del cuerpo.

En esos primeros kilómetros, Axel corría junto a sus problemas. No dejaba de pensar en Sota. Le conocía bien y estaba raro. ¿Le estaba ocultando algo? ¿Era eso? ¿O simplemente estaba afectado por la muerte de un compañero? Desde luego, no se trataba de una muerte cualquiera.

Varias frases rebotaban en su cabeza a cada zancada.

«En algún momento sospeché que quizá fue uno de los que me la jugó».

Uno, dos, uno, dos.

Axel apretó el ritmo. En sus oídos, los AirPods se amoldaban como silicona, amplificando la vibración irreverente de las guitarras desenfadadas de The Strokes. A todo meter. Otra vez Sota.

«Le veía muy poco. Ocupó mi asiento cuando saltó la movida».

Axel aumentó la velocidad. Giró a la derecha y dejó a su espalda el estanque del Buen Retiro. En el agua, varias parejas remaban sin compás, igual que vivían. La música ahogaba sus jadeos, cada vez más potentes.

Uno, dos, uno, dos.

El corazón bombeaba sangre con más fuerza.

Boom. Boom.

Cada latido le perforaba el pecho.

La figura de Sota se fue difuminando en su imaginación. Evanescente. Ya hablaría con él. Algo no le encajaba.

En ese momento la áspera voz de Julian Casablancas le instó a deslizarse con mayor agilidad. Como un reptil, del latín, reptilia.

I said, please don’t slow me down if I’m going too fast.

You’re in a strange part of our town.

Fue entonces cuando notó que una suave brisa le empujaba hacia delante y decidió entregarse al asfalto sin mirar atrás.

Eva Vilda llegó a su cita con veinte minutos de antelación. Eso de que una cierta impuntualidad era señal de elegancia le parecía una verdadera estupidez. Una excusa para camuflar un síntoma evidente de mala educación. Pidió su mesa de siempre y ocupó su asiento con discreción. No le gustaba demasiado llamar la atención, aunque en determinados ambientes no podía evitarlo.

Este era unos de esos ambientes. El restaurante Sacha. Un coqueto bistró con aires parisinos y sabores castizos, donde conseguir una mesa, cualquier día de la semana, a cualquier hora, era todo un acontecimiento. Eva tenía su mesa disponible dos miércoles de cada mes.

No era este el único motivo por el que llamaba la atención. La mayor parte de los cuarenta asientos del local estaban ocupados por hombres de negocios, directivos, empresarios, cocineros.

Hombres, en definitiva.

La señorita Vilda —como odiaba que la llamasen pero como la llamaban con frecuencia— no dejaba a su paso la estela de un físico despampanante, pero la firmeza de sus tacones de aguja repiqueteando el suelo azul del restaurante provocaba que las miradas abandonasen por un instante los platos de comida, por muy suculentos que estos fuesen.

Eva tomó asiento y contempló la escena con cierta satisfacción. De inmediato el clima del local recuperó la normalidad y Sacha Hormaechea, patrón del negocio y tipo peculiar, de frente ancha y pelo largo recogido siempre en una coleta adelgazada con los años, se acercó a la mesa para darle la bienvenida.

—Buenos días, Eva. Veo que ya has dejado la impronta de tu perfume en la sala. Efectivamente, los miércoles mis platos saben mejor.

—Huelen mejor —apuntó Eva.

—Eso también —concluyó Sacha.

Sin apartar la mirada, Eva se recogió su ondulada melena —y destapó por contraste la anorexia capilar de Sacha— dejando al descubierto la generosidad de sus orejas. Su nariz respingona y su cabello castaño claro hacían inevitable su parecido con Juliette, la novia de Dartacán, el mosqueperro.

—¿Empezamos o esperas? —preguntó el cocinero.

—Empezamos y espero. Ve preparándome un negroni. Muy amargo. Como a mí me gusta. El cóctel nos dirá qué comemos.

Eva Vilda no siempre se pudo permitir comer en Sacha, ni siquiera saborear un negroni en algún lugar más económico. De familia humilde, llegó a Madrid siendo aún muy joven. Estudió en ICADE, el Instituto Católico de Administración y Dirección de Empresas, y enseguida descubrió que no creía en dios. Luego descubriría que tampoco creía en ICADE. Para finalmente descubrir que no creía en casi nada.

Se acostumbró desde niña a manejarse en un mundo de hombres. Su madre murió en el parto, fruto de una negligencia médica, y en cuanto ella creció dos palmos se quedó a cargo de su padre y sus tres hermanos.

Todos hombres.

Eva se hizo fuerte en el hogar. Ordenaba la casa, limpiaba, cocinaba. Su padre siempre la culpó en secreto del fallecimiento de su esposa. Sus hermanos se aprovechaban de su debilidad física y entre todos convirtieron su infancia en un simulacro de infierno.

En cuanto cumplió la mayoría de edad, Eva dijo basta. Llenó una maleta, reunió un par de billetes azules y tomó un autobús rumbo a la capital.

Hoy es directora comercial de una conocida firma de perfumes vinculada al lujo y tiene a sus ordenes a más de medio centenar de empleados, muchos de ellos hombres. El año pasado fue portada de la revista Forbes, no por su fortuna, sino por su proyección. En el artículo decían de ella que era: «Convincente, inflexible, capaz y con la piel muy dura, como un reptil, del latín, reptilia».

La puerta del restaurante se abrió. Su cita acababa de llegar.

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