Axel

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Axel abrió la puerta despacio y cerró con cuidado. Caminó a través de las mesas fijándose bien en qué le apetecía comer. Todo buen banquete arranca en la vista. Tortilla vaga de criadillas, mollejas de ternera asadas, butifarra con verduras a la plancha… Cuando llegó a su mesa ya estaba prácticamente decidido.

—Hola, Evita.

Eva Vilda no se levantó, alzó el vaso ancho de cristal de roca bañado en volcán rojo e invitó a su amigo —ahora, agente Nash— a sentarse. Ya nadie la llamaba Evita, quizá por eso le gustaba que él lo hiciese.

—Llegas tarde —dijo y dio un pequeño sorbo al negroni.

Axel miró el reloj para molestar. No parecía sorprendido.

—Ya sabes que la puntualidad es la virtud de los aburridos.

—Lo que me aburre es esperar.

—Seguro que tu agenda está llena de gente puntual. Por eso estás aquí conmigo.

—Me has citado tú.

Joder, eso es verdad.

—¿Bajamos las espadas?

—Pide un cóctel. Yo me encargo de la comida.

Axel aceptó el trato. Levantó un brazo para llamar la atención del camarero. Le atendieron al instante. El servicio de un buen restaurante es el restaurante en sí mismo.

—Tomaré lo mismo que ella, gracias.

—¡Qué original! —atacó Eva. Y se dirigió al camarero—: Por favor, equilíbraselo. Réstale Campari y súbele la dosis de vermú. El caballero no es tan amargo.

Axel se encogió de hombros a modo de asentimiento. Se recostó sobre la silla, cruzó las piernas y miró a su amiga intrigado.

—¿Cómo demonios sabes esas cosas?

—Alguien tiene que hacerlo. De lo contrario gastas dinero en algo que no es completamente de tu agrado.

—Gastar dinero no es de mi agrado.

—Retiraré lo de caballero cuando regresen con tu cóctel.

Axel y Eva eran amigos de toda la vida. Toda la vida adulta. Por eso eran amigos de verdad. Se conocieron una noche, en una discoteca de Vigo. Axel vivía allí y Eva estaba veraneando. El peor arranque posible para una amistad duradera. Axel estaba metido en un lío. Intentaba seducir a una niña rubia, a todas luces más joven. Él siempre se escudó en que no había tales luces, en que estaba demasiado oscuro. El caso es que se acercó demasiado a su boca y un grupo de mocosos, entre los que se encontraba el novio de la rubia, no se lo acabaron de tomar bien. Rodearon a Axel con intención de partirle la cara. Eva, que contemplaba la escena desde lejos, sintió un impulso compasivo y entró en acción. Apartó a dos chavales más altos que ella, se hizo un hueco, y le partió la cara a Axel. Un bofetón sólido, con la mano abierta. En el rostro de Axel se podía leer el futuro de Eva. Axel no entendía nada. ¿Quién demonios era esa loca y por qué le había cruzado la cara? Eva no se detuvo y empezó a insultarle, gritarle, empujarle: «Malnacido», «Miserable», «Hacerme esto a mí, delante de todos», «Te vas a enterar», «Vámonos a casa, cabrón». Sus celos eran tan reales que Axel se preguntó si de verdad tenía motivos para odiarle de esa forma. Los mocosos se miraban unos a otros sin dar crédito, hasta que uno de ellos estalló de risa y todos le siguieron.

La tensión o se corta de golpe o no se corta jamás.

Eva arrastró a Axel hasta la calle. Le llevaba sujeto por la pechera. Su furia se fue apaciguando según subían las escaleras de salida. Una vez fuera, Axel le pidió explicaciones, ella le dijo que «venga, chaval que te he salvado la vida». Axel le preguntó por qué, ella le dijo que «para poder cobrarme un favor cuando me haga falta». Axel insistió y ella le dijo que lo hizo «porque me dio la gana». Axel le dijo que la invitaba a desayunar. Ella le dijo que «ni lo sueñes». Axel le pidió el teléfono. Ella le dijo que «tranquilo, volverás a verme». Axel se encendió un cigarro. Eva se fue.

A los pocos días de ese encuentro, Axel conoció a la madre de su hija, se enamoró hasta las orejas y dejó atrás su azarosa vida nocturna. Eva nunca pudo cobrarse el favor. Y lo que se presumía como el inicio de una historia de amor acojonante se convirtió en una historia de amistad de más de diez años.

Ahora estaban frente a frente. Sus vidas habían cambiado mucho y ninguno se atrevía a asegurar que para mejor. Eva estaba casada. Con Carlo. Tenían un hijo, Tom, al que adoraba de vez en cuando. Axel también tenía una hija. Pero no era su hija lo que interesaba a Eva.

—¿Has vuelto a saber algo de…?

Sacha.

—¿Ya sabéis qué vais a tomar?

Eva dio un sorbo al negroni para mejorar el mal trago. Axel sonrió.

—Si no me dices lo contrario, tomaremos las gambas de taberna, la falsa lasaña de Txangurro y la raya negra a la mantequilla —dijo ella.

—Excelente. Intentaremos no estropear el producto. Vino, ¿tomaréis?

—Cuando acabemos el cóctel. Algo que nos acompañe cada plato. Decide tú —remató Vilda.

—Que disfrutéis.

Sacha recogió las cartas y devolvió la palabra a la boca de Eva. Ella no insistió en su pregunta. Si fallas un lanzamiento a canasta, en la siguiente jugada, busca a un compañero.

—He visto las noticias. Supongo que por eso estamos aquí. No sé por qué, pero te imagino entusiasmado.

Eva era muchas cosas para Axel. Además de como amiga, funcionaba también como conseglieri profesional. Juntos eran una suerte de Robert Duvall y Michael Corleone. Hablaban de la vida y resolvían crímenes porque ¡qué es la muerte sino una parte de la vida!

¿O era al revés?

—Entusiasmado no es la palabra —puntualizó Axel—. Despierto, diría yo. Es un asesinato demasiado salvaje para mi gusto, de un tipo bastante conocido y, al menos en la radio, todo el mundo hablaba bien de él.

—Axel, nadie habla mal de un muerto. Es la primera norma de la estupidez. Igual deberías dejar de hablar con estúpidos.

Eva apuro su negroni de un trago largo. Tenía buen sabor de boca. Cuando estaba con Axel siempre le surgía la duda de si debía hablar de su familia.

—Carlo me dijo que solía escuchar a Goya por las noches —dijo en un tono confuso.

Joder, ¿no duermen juntos?

—Le caía bien —añadió Eva—. Lo cual tampoco es mucho decir. En alguna ocasión me comentó que conoció a su ex. Ella también es abogada, ¿puede ser?

Axel se encogió de hombros.

—Debieron coincidir en algún juicio. No lo recuerdo exactamente. Es curioso porque ella, al parecer, no hablaba tan bien del muerto. Paradójico, ¿no crees? Según me contó Carlo, era bastante sabido que los dos se odiaban hasta las vísceras. Creo que ella tenía, cómo decirlo… un carácter muy fuerte. En fin… ¿qué crees que pudo ocurrir? ¿Sospechas de alguien?

—Es muy pronto aún. Parece un crimen sexual. Pero ¿el autor fue un hombre o una mujer? Eso es lo primero que necesito aclarar. Porque en teoría estamos ante un heterosexual que se acuesta con semen en el culo. Eso sí es una paradoja.

—Los crímenes sexuales con hombres asesinados son extraños. Se suele matar a mujeres.

—O un hombre a otro hombre —puntualizó Axel.

Eva no pareció convencida.

—Puede ser. ¿Sabes si tenían hijos?

—Correcto. Un hijo, un chaval ya mayorcito.

—¿Tenían pasta?

—Seguro. En la radio, las estrellas cobran bien. Y este tenía su foto en la M40, en las vallas publicitarias.

—O sea, que despertaba envidias.

—Sin duda. Tenía una posición muy cómoda, muy visible, muy jugosa.

—Pues ahí lo tienes.

Eso era lo que más apreciaba Axel de Eva. Era fría, pragmática y analítica. En cualquier situación que le plantease, pelaba las capas superficiales hasta llegar al corazón del asunto. No dejaba que los detalles la distrajesen. Era justo lo que necesitaba para orientarse en este caso. Un análisis desafecto y racional.

Pero mejor que se explicase porque él no entendía nada.

—¿A qué te refieres?

—Sexo, dinero y poder. Sota, caballo y rey. No te salgas de ahí. Ahí tienes a tu asesino.

—O asesina —precisó Axel.

—O asesina. Pero ten en cuenta los datos porque rara vez mienten. Y los datos dicen que el noventa por ciento de los asesinatos en España son cometidos por hombres. Y más del sesenta son hombres matando hombres. Así que lo más probable es que no sea una asesina.

Jaque mate.

—¿Cómo demonios sabes esas cosas?

Eva Vilda sonrió al fin.

—Alguien tiene que hacerlo.

Axel pareció conforme y dejaron el crimen atrás. Como primera aproximación al caso, el agente Nash ya tenía piezas para empezar a montar el puzle.

Por lo demás, la comida fue transcurriendo entre anécdotas de juventud y preguntas cómodas. Hablaban poco del presente. Eva intentó en un par de ocasiones más acceder a la situación sentimental de Axel, pero fue imposible. Se escurría como una lagartija. Tomaron postre y café. Se saltaron la copa. Axel tenía cosas que hacer.

Se despidieron sin ceremonia. Quedaron en que intentarían no dejar pasar demasiado tiempo antes de volver a verse. Axel se fue primero. Eva se quedó apurando el café y se hizo cargo de la cuenta. Le tocaba a ella. Cuando perdió de vista al agente Nash, cambió de opinión.

No iba a perdonar la copa.

Era ya tarde, el restaurante estaba casi vacío. Eva buscó a Sacha con la mirada y este le dio su aprobación. Le permitía fumar dentro. Encargó un Tanqueray cortito, sin tónica, con mucho hielo. Para refrescarse. Pensó en Carlo y en Tom. Su marido y su hijo.

Y encendió un cigarro. Para convencerse.

Ya en el coche, Axel iba dándole vueltas a todo.

Sexo, dinero y poder.

Había algo en su entrevista con Sota que no paraba de martillearle. No sabía bien qué. Algo de lo que le dijo no encajaba. O sí. ¿Qué era lo que llevaba horas molestándole?

De pronto cayó. Llamó a comisaría. Allí tenía un buen contacto. Alguien que le debía más de un favor.

Contestó una voz agrietada por los años. Garrido, Jose Manuel Garrido, Chema para los amigos, por eso todo el mundo le llamaba Garrido. Un veterano en mil batallas. Un escudero de talento escaso y pocos escrúpulos.

Durante una época le apodaron el Fontanero. Se dedicaba a arreglar asuntos de baja estofa sin atender a ningún principio de ética profesional. Le encargaban chapuzas de medio pelo que facilitaban la vida a los jefes y Garrido las resolvía sin hacer preguntas. Hasta que un día resbaló. Tenía un encargo sencillo. Recoger un maletín con veinte mil euros en una dirección y entregarlo en otra. Garrido acudió puntual a su primera cita. La casa de un comisario adjunto a otra unidad. Recogió el maletín y se perdió. Fue incapaz de llegar puntual a la entrega. Transcurrieron treinta minutos desde que la esposa del comisario, que esa mañana —según le contaron a Axel años después— estaba juguetona, le abrió la puerta hasta que la puerta volvió a cerrarse con Garrido fuera. Una follada monumental.

Tuvo la mala suerte de que le pillaran. Y aún está pagando las consecuencias de un polvo mañanero que jamás olvidará.

Fue relegado al sótano del edificio, donde todavía hoy custodia la garita que da acceso al registro de viejos expedientes, casos archivados y crímenes sin resolver. Lo que todos en el cuerpo conocen como «la Cloaca». Documentación antigua, no digitalizada. De escaso valor el noventa y nueve por ciento del tiempo. Secretos que nadie osaría destapar. O casi nadie.

—Me das miedo, Axel. ¿De qué se trata esta vez?

—Relájate. Esta es fácil. Necesito que investigues un nombre. Un periodista de la Cadena Voz. No será difícil encontrar algo.

Garrido suspiró al otro lado de la línea.

—No te adornes y dime el nombre.

—Apunta. Se llama Max Morán. MAX MO-RÁN. Con tilde en la última a. Llámame cuando lo tengas.

Axel estaba a punto de colgar pero lo pensó mejor.

—¡Ah! Y una cosa más…

Escuchaba el sonido de un bolígrafo caligrafiando un folio al otro lado de la línea.

—Dale prioridad a esto último. Es urgente.

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