Axel

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—No te lo voy a decir. No me lo preguntes más.

—¿Por qué? Tiene que pagar por lo que te hizo.

—No quiero. No quiero tener que pasar por eso. Es mi decisión. Solo mía.

—Pero es importante que se sepa quién fue para que no lo vuelva a hacer.

—¿Crees que no lo he pensado? ¿Eso crees?

Vigo, jueves 14 de marzo

—¡Buenas noches, señoras y señores, damas y caballeros, ladies and gentlemen!; sean bienvenidos a este concierto de una banda singular en la mejor sala de todo el norte del país. Esto es Pénjamo Bar y hoy tenemos el honor de presentar en sociedad a los nuevos ricos del pop patrio, los herederos de la verdad sinfónica, los reyes del escenario… Disfruten y déjense acompañar durante la próxima hora por la maravillosa voz de… ¡¡¡Iria Novoa y los Rockets!!! Un fuerte aplauso para ellos…

Llevaban tocando poco más de una hora con éxito dispar y como de costumbre Iria aprovechó el impás antes de la última canción para presentar a la banda. Una base rítmica acompañaba su discurso, sacó el micrófono de la base y se paseó el escenario.

—Muchas gracias, damas y caballeros; es un verdadero placer para nosotros estar aquí esta noche con todos vosotros, sois un público fantástico. No os sabéis aún ninguna de las letras pero eso se arregla fácil. Allí al fondo hemos montado un pequeño córner en el que podéis adquirir nuestro disco por un módico precio. Diez eurillos de nada. El precio de una copa. Vuestro hígado os lo agradecerá y nosotros también.

No fue una carcajada propia del club de la comedia pero el comentario de Iria fue recibido con sonrisas por los asistentes.

—Sin más dilación, procedo a presentar a esta maravillosa banda que seguro os hará vibrar en el próximo concierto. A mi derecha, al bajo, la mano más rápida del Oeste, al menos del Oeste peninsular: un fuerte aplauso para el gran… Xoan Carneiro.

Las más de cien personas que llenaban el Pénjamo aplaudieron sin entusiasmo.

—No está mal, gracias, muchas gracias. A mi espalda, un hombre que no necesita presentación, o bueno, tal vez sí: fijaos cómo rugen los tambores, él es el señor de las baquetas, el redoble atómico, el único e inigualable… Iago Alonso.

El baterista hizo una pequeña demostración de sus habilidades martilleando el doble bombo y casi consigue despertar a la audiencia. Iria continuó.

—A mi izquierda, el riff de guitarra con acento de Memphis, las cuerdas locas, cuidado, niñas, que muerde; su timidez es pura fantasía, el incomparable… Omar Pombo.

Omar dejó caer un mechón de pelo sobre la cara y dibujó en un solo de guitarra bastante irregular los primeros acordes del Sweet Child of Mine de Guns N’ Roses. La gente se acercó al escenario. Iria aprovechó la ocasión. Estaba funcionando.

—Adelante, acercaos, no seáis tímidos, ya es hora de que nos miremos a los ojitos. Os habla Iria Novoa, y juntos somos… Los Rockets.

Fue acabar la presentación y la banda estalló al unísono para dar lo mejor de sí misma.

She’s got a smile it seems to me

reminds me of childhood memories…

Al acabar el concierto Omar e Iria se acodaron en la barra y convinieron que cerrar con una versión tan conocida había sido todo un acierto. La gente por fin se desató y pudo cantar en voz alta. El sabor de boca final lo es todo para una banda y les había quedado un regusto dulce.

Los Rockets eran un hobby para sus cuatro miembros, una distracción. A Iria le permitía descongestionar la tensión que le producía su trabajo. Un poco de aire fresco entre tanta detención, investigación, corrupción… Además, estaba un poco harta de ir siempre de incógnito, le gustaba que la gente la conociese, y la música la acercaba a la sociedad viguesa.

A Omar, la música le reportaba otros beneficios. Mujeres. Niñas. Aire fresco de otro tipo. Su estatus en la ciudad olívica era el opuesto. Dirigía un negocio familiar del que era propietario único.

Años atrás, mientras Omar ayudaba a su padre en la barra del bar vecino del estadio de Balaídos, su hermano marcaba goles para el Celta en segunda división. Llegó a debutar en primera, pero las lesiones le retiraron pronto. A pesar de todo hizo dinero con el fútbol y lo invirtió bien. Retiró a sus padres y ayudó a Omar a cumplir su sueño. Le financió la creación de su propia empresa textil en un local de dos plantas en el corazón del casco vello.

Un éxito rotundo.

Y como el éxito llama al éxito y el dinero hace dinero, Omar, alto, guapo, desaliñado, con imagen de juguete roto del grunge, conseguía abrir con facilidad las puertas del placer femenino. En ese campo era él quien jugaba en primera.

—Deja de mirarla, anormal. No tiene más de dieciséis años. —Iria le llamó la atención.

Omar sonrió y un hoyuelo se cinceló en su moflete. Hacía tiempo que había pasado la treintena pero su gusto por la carne joven seguía intacto.

No podía evitarlo.

—Fue ella, joder. Yo no he hecho nada.

—Te juro por dios que un día te llevo preso.

Omar le dio un trago al botellín de Estrella Galicia que le transportó mentalmente a esa misma tarde.

La descarga había sido un paseo triunfal.

Salió todo según lo previsto. Sin sobresaltos. Cincuenta kilos de cocaína de una pureza del setenta por ciento recién llegada desde Colombia al litoral gallego. El pesquero se había aproximado todo lo que pudo a la costa de la Illa de Arousa, cuyas aristas dificultan el control de las planeadoras más hábiles. La fama se la llevaba A Costa da Morte y eso era algo que no le venía mal a nadie.

Omar aguardaba en la playa para la descarga. Su colega Jarvis estaba al volante del BMW serie 3 con la llave en el contacto. Debían hacer todo muy rápido. Cada segundo contaba. Omar tenía que ocuparse únicamente de recoger su parte, dos kilos, y olvidarse de todo lo demás. El resto de la mercancía no era cosa suya.

Cuando minutos después, los dos destaparon dos Estrellas bien frías en un brindis al sol, Jarvis le contó que «la mierda está guardada y bien guardada. No tienes de que preocuparte, tío. ¿No confías en el Jarvis, tío? Me juego la vida a que esa mierda no la encuentra ni dios. Si viniese el puto Sherlock Holmes a buscar los dos kilos de farla acabaría metiéndole la polla en la boca a Watson para que dejase de hacerle preguntas, ¿me entiendes? Porque el cabrón, por una vez en la vida, no iba a tener ni una respuesta, tío. Te digo yo que ni dios encuentra esa mierda, tío. El Jarvis la ha dejado en un sitio al que no se acercarían ni las putas cucarachas huyendo de la muerte. Confía en mí por una puta vez, ¿quieres?».

Ahora Omar empezaba a estar intranquilo. No paraba de mirar hacia la puerta del Pénjamo, una y otra vez. Esperaba que Jarvis asomase su nariz torcida de un momento a otro. Para recogerle. No antes de las diez de la noche. Lo acordado. A Omar le gustaba cumplir su palabra.

El reloj de la pared del fondo marcaba las 21.55.

—Estás un poco tenso, tío. ¿Qué carallo te pasa? —preguntó Iria. Conocía bien a Omar y hacía varios años que su temperamento no era el mismo, más tics, más nervios, peor carácter. Eran cicatrices que el tiempo iba dibujando en su cerebro. El tiempo y la droga—. ¿Has vuelto a meterte esa mierda? —Iria disparó con bala—. Mira que te he dicho veces que dejes ese puto polvo blanco. Te lo he pedido por ti y por mí. No me pongas en esa tesitura, joder. Que soy poli. Si alguien ve que yo te veo, tengo que actuar.

—¿Me vas a detener por medio pollo? —dijo Omar sacando un trocito de plástico con forma de canica.

No provocó en Iria la reacción que esperaba.

—Dame eso, anormal. Ni medio pollo ni media polla. ¿Tú de qué coño vas? ¿No ves que pones en riesgo mi puesto de trabajo? Si me ve algún compañero del cuerpo, ¿qué hago, dime?

El rostro de Omar se endureció. No quería molestar a su amiga, pero tampoco estaba dispuesto a retroceder.

—Tranquila, joder. Solo era una broma. Además tengo pasta, ya lo sabes. El negocio me va bien, me lo puedo permitir. ¿Sabes qué pasa? Que estáis todos muy confundidos. El problema de la droga no es la adicción, ni la salud. ¿O piensas que esas pastillas que tomas para dormir son cojonudas? Eso también te va matando poco a poco. El problema de la droga son las deudas. Y yo tengo pasta de sobra para pagar medio gramito de vez en cuando.

Omar se bebió la cerveza de un trago. Tenía la garganta seca como arena del desierto. Le picaba la nariz. Su cerebro le decía que el tiro que se había metido antes del concierto se le había atravesado en la tráquea. A Iria cada vez le resultaba más difícil distinguir si se rascaba por necesidad o era un nuevo tic.

—Bueno, tío. No pienso discutir contigo. Te pido por favor que guardes esa mierda y que no la tomes cuando estemos con la banda. Si tanto controlas, creo que no es mucho pedir.

Omar ya no estaba escuchando. Solo pensaba en Jarvis y los dos kilos. Tenían que entregarlos esa misma noche y estaba empezando a perder la paciencia. Justo cuando la última gota de cerveza se aposentaba en su estómago, la pantalla de su móvil se iluminó.

WhatsApp de Jarvis: «Tú, sal fuera. Dale esquinazo a la chorba esa y tira millas. Estamos en una puta movida de cojones. He perdido eso. No sé dónde está».

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