Axel

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—¿Cómo que no sabes dónde está? Me cago en la puta, Jarvis. Esto no. Esto es justo lo que no podía pasar. Lo único que nos pidieron.

Jarvis conducía el BMW con las largas puestas. La sinuosidad de la carretera secundaria no le amilanaba a la hora de pisar el acelerador.

Iban a toda hostia.

Omar se maldecía por no haber completado él mismo el trabajo. Ahora escuchaba las palabras de su padre en el bar: «Fillo, si quieres estar seguro de que algo se hace bien, hazlo tú mismo».

Estaba claro, no se podía fiar de nadie. Y menos de un tío que a duras penas podía controlar su baba mientras tomaba una curva cerrada a la derecha.

Estaban hasta arriba de mierda. Literal y metafóricamente.

Tenían barro por todo el cuerpo. Se habían metido hasta la cintura en el supuesto escondite donde Jarvis aseguraba que había guardado la mercancía. Un viejo pantano perdido en el monte.

Allí no había nada.

Omar no sabía si le preocupaba más la posibilidad de que les hubiesen robado, que Jarvis no se acordase del lugar exacto, o que su colega se la estuviese jugando. No podía descartar ninguna opción.

Iban de camino a la entrega sin nada que entregar. Un viaje sin retorno hacia una muerte segura. Necesitaba pensar.

—Oye, tío, escúchame bien. Cuando lleguemos déjame hablar a mí. Eso quiere decir que no abras la boca, no quiero oírte decir ni una puta palabra. ¿Lo has entendido? Tú nos has metido en este cristo y yo nos voy a sacar.

—Me parece bien, tío —dijo Jarvis—. Pero yo no he liado nada, ¿me entiendes? La fariña estaba bien guardada. Algún hijo de puta me habrá seguido o yo qué coño sé. Pero yo hice lo que me dijiste.

—Jarvis. Te juro por dios que si abres la boca, te pego un tiro.

Jarvis no volvió a pronunciar palabra en todo el trayecto. Omar no dejaba de imaginar distintos escenarios. En prácticamente todos acababan flotando boca abajo, con un tiro en la sien, en algún rincón del océano Atlántico.

O del mar Cantábrico.

¿Quién sabe dónde coño les llevaría la corriente?

Cuando llegaron a su destino, dos vehículos de alta gama y cristales tintados les estaban esperando con las luces de posición puestas. Era noche cerrada en Baiona, lugar de veraneo de un sector de la alta sociedad viguesa. Era una de esas noches con olor a salitre y miedo, y fuertes rachas de viento del norte. Detuvieron el coche al borde de un acantilado. Se bajaron a la vez.

Empezó a llover.

—¿Dónde hostias estabais? Llevamos más de media hora esperando. Nos dijeron que erais gente seria.

Un hombre corpulento se acercó a ellos. Caminaba con paso firme, seguro de sí mismo. Omar imaginó que no era su primera vez. Jarvis no imaginó nada. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo. El tipo llevaba grabada una cicatriz bastante gruesa que le cruzaba desde el ojo izquierdo hasta el mentón. Omar no quiso imaginar cómo ni quién se la había hecho. Jarvis no quiso nada. Otros dos hombres enfundados en sendos trajes negros permanecían de pie apoyados en el capó de uno de los coches.

Omar trató de tomar la iniciativa.

—Advertimos que no llegaríamos antes de las diez ni más tarde de las doce. Estamos en tiempo.

—Oye, chaval. A mí no me cuentes tu vida. Lo único que sé es que llevo un rato esperando y que me estoy mojando, así que rápido. Hagámoslo ya.

Desde luego no tenían acento gallego. El miedo les llevó a pensar en Centroeuropa.

Matones de Centroeuropa.

Pero en otras circunstancias, a plena luz del sol, bien podrían ser de Burgos. Omar se metió ambas manos en los bolsillos de su sudadera gris. Llevaba la capucha puesta.

—Hemos tenido alguna complicación. No tenemos aquí la mercancía. Necesitamos un poco más de tiempo.

—¿Qué cojones estás diciendo? —El hombre de la cicatriz le dio a Omar un golpe en la cabeza—. Retírate esa mierda. Quiero verte la cara.

Omar se quitó la capucha y dejó que el pelo le cayese por el rostro. Le daba seguridad, por decirlo de algún modo.

—Te digo que no podemos realizar ahora mismo la entrega —repitió—. La pasma nos jodió bien anoche y no pudimos descargar. Necesito unos días. Te pido que estés tranquilo, tendrás tu coca y yo tendré mi pasta. Nosotros también esperábamos que las cosas saliesen de otra forma. ¿Crees que me gusta venir aquí y decirte que no puedo cumplir con mi palabra? Dos días. Necesitamos dos días.

Un relámpago iluminó la noche. El sonido fue ensordecedor. El hombre de la cicatriz liberó su mano derecha y colocó un revólver en la frente de Omar. Sus ojos transmitían serenidad. Eso fue lo que puso a Omar más nervioso.

—Mira, guapito. Aquí los plazos los marco yo y el vuestro terminó hace quince minutos. Ahora mismo vas a abrir ese maletero y vas a sacar dos bolsas de deporte. Me las vas a dar y voy a notar que pesan un kilo cada una. Le voy a dar una a cada uno de esos dos sicarios que ves detrás de mí. Ellos las meterán en el maletero de su coche y no volveremos a vernos en la puta vida. Dime que no lo has entendido y te pego un tiro aquí mismo.

Omar notaba el frío metálico del cañón de la pistola apoyado sobre su ceño. Le costaba respirar.

—Me voy yo con vosotros.

Omar escuchó esas cinco palabras y se turbó. Se había olvidado por completo de Jarvis. El hombre de la cicatriz reaccionó con brusquedad. Ahora era Jarvis el que tenía la frente encañonada.

—Repite eso —dijo el hombre de la cicatriz sin mover un párpado.

—Dos días —insistió Jarvis—. Mi colega te está pidiendo dos días, tío. La he cagado yo, ¿me entiendes? Me acojoné cuando vi a la madera y avisé para abortar la descarga. En dos días sabremos si hice bien o si la cagué. Si no aborto y nos trincan, yo me habría podrido en el talego y tú no tendrías a quien entregarle ese maletín con billetes que puedo oler desde aquí. ¿Tú crees que a mí me mola esto? ¿Tú crees que quiero irme contigo y tus colegas, y meterme en ese Audi con olor a ambientador de El Corte Inglés? No, tío. Yo quiero estar en mi keli con mi gente, limpiándome el culo con tus billetes. Pero tomé una decisión, ¿me entiendes? Mientras tú te tirabas a tu mujer tratando de no despertar a los niños, yo veía como la poli nos pisaba los talones y tomé una decisión. Acertada o no, aún no lo sabemos. Dos días. Dos putos días y tienes tu mierda. Si en dos días no está aquí tu mierda puedes hacer comida para perros con mi culo, ¿me entiendes?

—¡Jarvis, qué cojones estás haciendo!

Omar vio cómo una lágrima se derramaba por la mejilla de su colega.

—Cierra la puta boca, tío.

Otras cinco palabras. Las últimas que Omar escuchó de boca de Javier Grande, alias Jarvis. Su colega. Disponía de dos días. Cuarenta y ocho horas para conseguir dos kilos de farlopa y hacer la entrega. De lo contrario, la nariz torcida de su amigo no volvería a respirar.

Ya en el coche, Omar Pombo rompió a llorar. Necesitaba aliviar toda la tensión acumulada. Eso, y que se sentía un mierda. Tan listo. Tan cabal. Y su colega, al que minutos antes había tratado como a un saco de basura, le acababa de dar una lección de humanidad y huevos. Ahora notaba cómo el miedo le paralizaba la columna vertebral.

Necesitaba ayuda.

Por muy cara que le costase.

Abrió en el móvil la calculadora. Tecleó varios números en lo que parecía una operación sencilla y resultó ser un código secreto. Se abrió una app con información confidencial. Fotos, archivos, contactos. Encontró lo que estaba buscando. Al otro lado contestaron al tercer tono.

—Soy yo. Estaré en Madrid mañana por la mañana. Tienes que ayudarme.

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