Axel
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Axel llegó a casa achispado después de la comida. Afortunadamente ya había entrenado y podía descansar. Dejó la vibración del móvil activada por si algo urgente requería su atención, pero sus cinco sentidos estaban puestos ya en el cuidado y el disfrute del amor de su vida.
Su hija Marta.
Tenía previsto pasar la noche con ella, lo hacia siempre que el trabajo se lo permitía. Y se lo permitía menos de lo que todos deseaban porque el resto del tiempo, Marta lo pasaba con Gema.
Mi hermana.
Gema era maestra de primaria en el colegio de Marta y, con esa excusa, la niña veía con naturalidad pasar algunas noches con su profe.
Axel se quedó sin palabras cuando esa misma tarde su hermana le pidió que no abusase. Que llevaba tres noches haciéndose cargo de su hija y que le encantaba y que no la malinterpretase, pero que ella no había elegido esa vida por algo y que la entendiese. Que adoraba a la niña pero que bastante tenía con lo que tenía. Que no era mucho, a juicio de Axel. Pero sabía que la tía Gema tenía razón y se limitó a decir: «Estoy con el caso de la radio y nos tiene a todos desbordados. Intentaré que no vuelva a ocurrir».
Mientras se miraban a los ojos con comprensión y Marta se subía en los brazos de su padre, una asociación de ideas llevó a Axel y a su hermana al mismo sitio.
La madre.
Sin mediar palabra Axel se despidió agitando una mano. Hacía meses que no pronunciaba su nombre ante nadie.
No era capaz. No le salía. A veces incluso le costaba recordarlo. Aunque pensaba en ella.
Mucho.
Todos los días.
—Papá, ¿qué cuento me vas a leer hoy?
Marta se estaba lavando los dientes antes de irse a dormir. Axel le contaba una historia todas las noches. Cogía uno de los viejos cuentos que conservaba de cuando él era niño, lo abría por una página al azar, y a partir de ahí se inventaba cada día una historia diferente que nada tenía que ver con la ilustración del cuento. Marta no sospechaba nada. Se solía quedar dormida a la mitad. Pero cuando aguantaba despierta, disfrutaba con la narración apasionada de su padre.
Si la historia era inventada sobre la marcha o no, era lo de menos.
—A ver esos dientes, caraculo.
—Jo, que no me llames caraculo, papá.
—Pues entonces tienes que lavarte los dientes mucho más.
La niña abrió la boca y sonrió de oreja a oreja. Una sonrisa amplia y perfecta que mostraba unos dientes de leche blancos y limpios.
—Muy bien. Están preciosos, ¿ves? Ya nos podemos ir a la cama, que ya no tienes cara de culo. Choca esos cinco.
Marta cogió impulso y dio un salto minúsculo para alcanzar la mano de su padre suspendida en el aire. Las chocaron y antes de que la niña volviese a tomar tierra, Axel la cogió en brazos y le empezó a hacer cosquillas en la barriga.
—Pero que no te rías. ¿Por qué te ríes? Que no te rías.
Marta se moría de risa. Nada le divertía más que estar en brazos de su padre y notar sus dedos apretándole las costillas. Era incapaz de controlar las carcajadas. Eran felices juntos.
—¡Uy! Me voy a ir ya, que esta niña se ha quedado dormida y no la quiero despertar —dijo Axel en voz alta.
—Nooo, papá. Que estoy despierta. Me tienes que leer un cuento.
Axel cogió dos cuentos. Peter Pan y Caperucita Roja.
—Elige. ¿Cuál quieres?
—Este —dijo Marta, colocando su microscópico dedo índice sobre el traje verde del niño que no quería crecer.
Axel se sentó al borde de la cama, se aclaró las cuerdas vocales con falsa energía y comenzó su actuación.
—Érase una vez…
La agente de policía Loor Galván no tenía vida privada. Porque toda su vida era privada. No compartía nada con nadie a no ser que fuese estrictamente necesario. Si podía estar sola, mejor, aunque últimamente se estaba acostumbrando a pasar tiempo con el policía de pelo rapado y ojos verdes.
Y lo cierto es que le gustaba.
No de la manera que le podría gustar si ella fuese como le habría gustado a su padre que fuera, pero al menos no deseaba huir cuando estaba a su lado.
Axel. ¡Qué raro era, el cabrón!
Pero qué iba a decir ella de excentricidades y rarezas si llevaba demasiadas horas sentada en una silla incómoda, con las piernas en cruz, mirando frenéticamente en todas direcciones menos a la televisión encendida, que emitía un partido de tenis que no acababa nunca.
No lograba estarse quieta. No podía dejar de balancearse.
Como si eso la tranquilizase.
Observaba al chaval de Manacor limpiando las líneas con su zapatilla izquierda, retirando la tierra batida con frenesí, golpeándose el talón con la raqueta, un lado, el otro. El pantalón que se le metía en el culo, el sudor, la frente, el ojo, el reloj que corría en su contra, tenía que poner la bola en juego. El murmullo del público. El serbio que tenía enfrente abría los brazos. El juez de silla se revolvía.
Más gestos. La mirada serena. Tres bolas en la mano derecha. Una, ok. Dos, ok. Tres, fuera.
Al suelo.
El chaval botaba la pelota. Cien veces. Se secaba el sudor con la muñequera derecha, luego con la izquierda, se retiraba el pelo de la frente con una mano, luego con la otra, y botaba la pelota. Pum. Pum. Pum.
No podía estarse quieto.
Cómo le entendía.
Y le envidiaba. Porque al menos ese chaval tenía un plan.
Boom.
Soltó un raquetazo, la bola salió despedida. Besó la línea. La gente se volvió loca.
¿Cuánto tiempo había pasado desde la última vez que a ella alguien la había aplaudido por algo? Lo que fuera. De hecho, ¿había ocurrido alguna vez? Quería pensar que sí, porque al menos eso sí sabía hacerlo.
Pensar.
Diez horas llevaba ya. Pensando. Sin llegar a ninguna parte.
Notaba fisicamente que su tiempo estaba a punto de acabar. Se estaba acercando. Sabía que no iba a poder retenerlo mucho más.
«La noche es oscura y alberga horrores», decían en ese momento en la tele.
Y larga, añadía ella. La noche era muy larga.
El reloj en su muñeca marcaba casi las dos de la mañana.
Y su noche estaba a punto de comenzar.