Axel

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Los años 80 fueron muy duros en Madrid. La época del destape quedó atrás y dio paso a la movida madrileña y la heroína.

El caballo.

No era fácil ser un niño en esa época y crecer rodeado de adolescentes que iban cayendo uno detrás de otro en las garras del pico. Siempre empezaba como empiezan estas cosas.

La puta curiosidad.

Que si yo tengo un amigo que lo ha probado. Que si dicen que por una vez no pasa nada. Que si al parecer te da un viaje de la hostia. Que sí, hostia, tío, eso hay que probarlo.

Y a partir de ahí, la piel agujereada, los brazos, las piernas, los pies. Los dientes que van desapareciendo. Los pómulos que van sobresaliendo del rostro. Las mejillas que se van consumiendo. La mirada que se apaga.

La vida que ya no vuelve.

En ese ambiente creció Jorgito. En un barrio triste al sur de Vallecas. A Jorgito todos le llamaban el Jordi. Por las mañanas, cuando faltaba al cole, es decir, casi todos los días, se sentaba en un puente a ver los coches pasar. Se pasaba allí el día junto a sus dos colegas, el Fabi y el Rulas. Los tres sabían que por esa carretera llegaba la droga. No sabían cómo, no sabían cuándo, no sabían quién —aunque podían sospecharlo—, pero no había otra forma de acceso al barrio que atravesando esa carretera.

La carretera de la muerte.

En esa nacional que une Vallecas con Vicálvaro encontraron años después al Fabi empotrado contra un muro. Conducía ciego de porros y alcohol y no vio un ceda el paso del tamaño de sus deudas. Al pobre Fabi se lo zampó con patatas un camión de transporte de cerdos. El camionero no tuvo tiempo de reaccionar. Tenía preferencia y había acelerado por encima del límite permitido. En el impacto, el camión volcó, los cerdos salieron despedidos y colapsaron la entrada a Vallecas. El conductor del camión dio negativo en el control de alcoholemia. El Fabi, sin embargo, corrió peor suerte. Se comió el muro. Triplicaba la tasa de alcohol. Dio positivo en drogas. Eso dictaminó la autopsia. Sus padres nunca conocieron estos resultados. Tampoco lo necesitaban. Conocían a su hijo y sabían dónde vivían.

Es como sumar dos más dos, solía decir su madre. Siempre dan cuatro.

El Rulas duró unos meses más. Una noche en el Duduá, una discoteca de mala muerte, le ofrecieron un pico en el baño y no dijo que no. Un marroquí con tres dientes le explicó cómo hacerlo: «Calientas la base, abres la jeringa, insertas el caballo, rodeas el antebrazo con la goma, buscas la vena, aprietas el émbolo y a volar».

El Rulas ya nunca aterrizó.

La última vez que Jorgito le vio con vida estaba tirado en unas escaleras, en un callejón al que no se asomaba ni la bofia, a plena luz del día, con un mono de tres pares de cojones, sudando como un cochino, incapaz de reconocerle.

Jorgito intentó ayudarle. Llevarle a casa, a urgencias, a algún lugar mejor. El Rulas le intentó robar, a punta de navaja. Necesitaba pasta para pillar. No podía vivir sin droga. Jorgito se vio obligado a huir. Le dejó allí mismo sin saber que no volvería a verle nunca más. Semanas después se enteró de que la había palmado.

Una sobredosis.

Se le había ido la mano con un pico. O le habían vendido una papela tan cortada que le mató. Daba igual. En ese barrio el desenlace casi siempre era el mismo. El motivo, también. Los detalles importaban poco.

Un día, Jorgito volvió al puente desde el que los tres veían los coches y la vida pasar. Y se dio cuenta de que estaba equivocado. No era la vida. Era la muerte lo que veían pasar.

Decidió retomar los estudios por las mañanas, machacarse en el gimnasio por las tardes y refugiarse en casa por las noches. De este modo, creía que se multiplicaban sus opciones de sobrevivir.

Jorgito esperó y esperó. Un día detrás de otro. Haciendo siempre lo mismo. Hasta que cumplió la mayoría de edad y se presentó a las pruebas para ser policía. Una vez había escuchado en la tele que «si no puedes con tu enemigo, únete a él», y se dijo a sí mismo que «una polla, acabaré con el enemigo cueste lo que cueste, o al menos lo intentaré».

Demostró enseguida sus habilidades y fue ascendiendo. Tenía mucha calle encima y comprendía y descifraba cómo pensaban los delincuentes. Empezó desde abajo. Atrapando a camellos y trapis de poca monta. Pero no se detuvo. Siguió introduciéndose en los bajos fondos del hampa madrileña. Cazó in fraganti a un par de cargos medios, intermediarios de la droga. Hasta que su fama se disparó cuando desbarató varias operaciones importantes de narcos mexicanos. Fardos de coca que descansaban en las dependencias policiales gracias a la pericia de Jorgito, al que ya nadie llamaba Jorgito, ni siquiera su madre.

Su carrera subió como la espuma y su cartera comenzó a engordar. Empezó a ganar un sueldo considerable y puso todo su empeño en borrar cualquier huella de su pasado. Sacó a sus padres del barrio. Se los trajo al centro de la capital. A un cómodo apartamento cerca del estadio Santiago Bernabéu. Con vestidor y todo. Él también modificó su armario. Lo llenó con ropa de calidad, primeras firmas internacionales. Trajes hechos a medida que resaltaban las horas levantando mancuernas. Se labró una imagen de tipo duro y aseado. Cuando estaba de servicio siempre aparecía recién afeitado. La barba y el pelo. Con la piel hidratada con las mejores cremas del mercado.

No quedaba ni rastro de Jorgito.

Primero fue Jorge.

Luego, agente Ortiz.

Y en el preciso instante en el que dejó sus cosas sobre la mesa que antes ocupaba con gusto el agente Axel Nash.

La mejor mesa.

Ya todos le conocían como el inspector Jorge Ortiz.

El puto Bruce Willis.

—¡Buenos días! —dijo—. Me instalaré en esta mesa solo por el hecho de que es la mejor y no debemos llevarle la contraria a la jerarquía. Cuando seáis inspectores de verdad, y ese día llegará, podréis presumir de ello o hacer lo que os plazca. Pero hasta entonces os sugiero que os respetéis, me respetéis y respetéis vuestra posición. Soy el inspector Jorge Ortiz y vosotros sois los agentes Nash y Galván, ¿entendido?

Jorge Ortiz exageró a propósito la vocalización de todas las letras de la palabra A-G-E-N-T-E-S.

Axel y Loor evitaron mirarse. Ninguno olvidaba el episodio, unos días atrás, en que se hicieron pasar por el inspector Nash y compañera, violando la prohibición de adentrarse en la escena del crimen.

—No pretendo ejercer de superior sino de líder. Y me enseñaron que un buen líder debe ayudar a sus compañeros, confiar en ellos y no tocar mucho los huevos. Dejadme confiar en vosotros y todo irá bien.

Pues devuélveme mi mesa, tocahuevos.

A Axel no le gustaban los jefes. Mezclaba muy mal con la autoridad. Desde niño era incapaz de tolerar que, a veces, las cosas se hacen «porque lo digo yo».

—Está bien, jefe. Primera lección aprendida. ¿Algo más? —dijo, rascándose la cabeza.

Axel no pretendía que sus primeras palabras sonasen a desafío y, sin embargo, al ver la cara de Loor, no tuvo ninguna duda de que fue exactamente así como habían sonado.

—Sí. Algo más. Quiero que tengáis claro que aspiro a concederos la libertad necesaria para que funcionéis de manera independiente. No voy a coartaros vuestra creatividad.

Pero…

—Pero no hagáis la guerra por vuestra cuenta. Necesito que todos los progresos en la investigación pasen por esta mesa. Mi experiencia me dice que se avanza más rápido de la mano que a empujones.

Axel desvió la mirada hacía su móvil, que vibraba encima de la mesa.

—¿Algún problema, Nash?

Garrido.

—Nada, perdone. Es el fontanero. Tiene que venir a casa a arreglar una cosa y estaba pendiente de que me confirmase la cita. ¿Qué decía?

Jorge Ortiz clavó su mirada en el suelo. Cualquiera diría que estaba contando hasta diez.

—Por mi parte, y para que veáis que no me limito a pedir, me comprometo a compartir con vosotros todo lo que vaya sabiendo, los datos que vaya recopilando, los documentos que vayan llegando. Lo próximo será el informe del forense. ¿Vosotros tenéis algo?

Axel miró fijamente a su compañera.

—Nada por mi parte, jefe —dijo Loor, sin levantar la voz.

Chica lista.

—¿Agente Nash?

—Nada por mi parte, jefe.

Técnicamente no tenían nada. Todo lo que habían conseguido era bastante extraoficial y el instinto les decía a ambos que al inspector Ortiz no le gustaban las visitas extraoficiales. Así que para qué cabrearlo tan temprano.

—De acuerdo, muchachos. Tengo el teléfono encendido las veinticuatro horas. Llamadme siempre que sea «importante».

¿Ha hecho el gesto de las comillas en el aire con los dedos? Ha hecho el gesto de las comillas en el aire con los dedos.

—Ahora os dejo. Tengo una reunión en la sexta.

La sexta era la sexta planta. La plata noble. Mármol y madera de roble. Todo el que subía allí era porque pertenecía a la élite del cuerpo. Y allí Jorge Ortiz se manejaba como pez en el agua.

Axel, por el contrario, era un pez boqueando fuera del agua en cualquier planta. Les iba a costar entenderse. Eso pensaba Loor, que no tenía pruebas pero tampoco dudas.

—Fantástico. Voy a pasar mis próximas semanas rodeada de dos macho alfa en este cuartucho de tres por tres. Elige tú la mesa que quieras, Axel. —Loor levantó una mano haciendo la señal de Stop—. No. He cambiado de opinión. Colócate allí. Lo más «alejado» del jefe.

Loor hizo el gesto de las comillas en el aire con los dedos. Axel sonrió con la mirada.

—Me va a costar mucho. Ya te lo digo. No me fío un pelo del chulo este.

Axel cogió el móvil y abrió el mensaje que había interrumpido el discurso de Ortiz.

WhatsApp de Garrido: «Calle Cuesta de la Sierra 24, chalé 2, La Moraleja, Madrid».

Se enfundó la cazadora y se dirigió hacia la puerta.

—¿Dónde vas? —preguntó Loor.

—Quiero hacerle una visita a alguien. Algo extraoficial. Nada importante.

—¿Quieres que vaya contigo?

—No te preocupes. Te informaré de todo puntualmente.

—Ok. Nada más por mi parte, agente Nash.

Axel se fue sin despedirse. Si sonrió ante esa última broma, Loor ya nunca lo sabría. Ella aprovechó ese instante de soledad para asomarse a la pequeña ventana que daba algo de ventilación al despacho y ordenar sus ideas. Llevaba tiempo con las cabeza ocupada en el asesinato de Marcos Goya y casi se había olvidado de sus problemas.

Casi.

Se aseguró de que la puerta del despacho estaba cerrada y se encendió un Marlboro. Tomó una calada profunda y expulsó el aire con fuerza desde la ventana al cielo de Madrid. Fue en ese momento cuando se dijo a sí misma que de esa noche no pasaba. Que le urgía hacerlo ya. Que no podía seguir viviendo así.

Necesitaba que la perdonasen.

Una gota de sudor frío le atravesó la frente. Le estaba pasando otra vez. Notaba que le empezaba a faltar el aire. Buscó en el bolso un Trankimazin y se lo colocó debajo de la lengua.

—¡Respira! ¡Tranquila! ¡Respira! —Se decía en voz baja.

Apagó el cigarro contra la pared y lo lanzó al vacío. Dejó que la brisa le acariciase la cara. Se estaba calmando.

—¡Respira, Loor, respira!

La decisión estaba cada vez más clara. Lo haría esa misma noche. Esa noche cogería su coche y tomaría la A42.

Rumbo a casa.

—¡Respira!

No podía seguir viviendo así.

—¡Respira!

Tenía que recuperar su vida.

—¡Respira!

Necesitaba que la perdonasen.

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