Axel
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—¿Cuándo lo supiste?
—¿Cuándo supe qué?
—Que te iba a… ya sabes…
—Durante muchos años yo tampoco fui capaz de decirlo en alto. Me decía que había sido malo conmigo, que me forzó, que fue muy duro…
—No es necesario que lo digas, no pasa nada.
—Me violó, ¿entiendes? Eso fue lo que pasó. Ese cabrón me violó.
Axel conducía agarrando con fuerza el volante, con las dos manos. Circulaba por la M40 de Madrid, dirección norte, hacia la A1. A pesar del tráfico en hora punta, intentaba no alterarse. Esta vez tenía que conseguirlo. Era consciente de que, en el fondo, era un síntoma de debilidad. Para relajarse, se concentró en llegar cuanto antes. Su destino le hizo pensar en la fábula de las mulas. Grano y oro.
Alguna vez se la había leído a Marta antes de dormir. Con guion adaptado, claro. La historia original narraba cómo dos mulas caminaban por un sendero cargadas hasta los dientes. Una lucía alforjas rebosantes de grano. Y la otra presumía de llevar monedas de oro. De repente, de unos arbustos saltaron dos ladrones y les cortaron el paso. Con unos bastones de madera golpearon a la mula de las monedas de oro hasta dejarla tirada en el suelo. Le arrebataron los sacos de oro y se marcharon sin mirar atrás y sin hacer el más mínimo caso a la otra mula. La mula cargada con el grano ayudó a su compañera a levantarse y juntas siguieron el camino.
Axel había llegado a su desvío. Salida 12. La Moraleja.
Estaba convencido de que el nombre de ese barrio residencial de la nueva burguesía estaba relacionado con la historia de las mulas.
La fábula. La ostentación. La moraleja.
Siguió las indicaciones del GPS y se detuvo ante la barrera que separaba las casas más lujosas de las menos lujosas. Oro y grano.
Un hombre uniformado con una camisa azul celeste, con el logo de la empresa de seguridad que le pagaba bordado en el pecho, le cortó el paso. Tenía un ojo vago. Axel pensó que el puesto le iba como anillo al dedo.
—Disculpe. Me dirijo a esta dirección. Debe ser ese chalé de ahí. —Axel señaló la segunda casa siguiendo el camino desde allí. Miró su reloj de muñeca exagerando una prisa que no tenía—. La señora Duval me está esperando.
—¿Y quién le digo que ha venido a verla? —preguntó su interlocutor, apoyando sus manos en la ventanilla y metiendo la cabeza dentro del Peugeot 207.
Adiós.
—Vamos a hacer una cosa mejor —Axel abrió la guantera—. ¿Ves esa pipa? Es reglamentaria. ¿Sabes por qué? Porque soy poli. —Axel le enseño la placa—. ¿Ves ese botón de allí? Es el que sube esta barrera. ¿Sabes por qué lo vas a pulsar inmediatamente? Porque soy poli. ¿Ves estas huellas en mi puerta? Es el sudor de tus manos y me da asco. Así que voy a subir la ventanilla y voy a continuar mi camino. Tú no le contarás nunca a nadie que me has visto ni que he estado aquí. Nunca. ¿Sabes por qué?
—Porque eres poli.
—Bravo. Veo que lo has entendido. Ahora, haz el favor.
Axel subió la ventanilla y consiguió sobresaltar al miembro del servicio de seguridad que apartó, al fin, sus manos.
La barrera se abrió y el coche se alejó despacio. No desvió la mirada del espejo retrovisor. Le dio la sensación de que quizá los dos ojos eran vagos.
Axel aparcó el Peugeot encima de la acera. Se acercó a una puerta de hierro grande y verde. El acceso se dividía en dos. Un portalón corredero grande para la entrada y salida de coches y una puerta más pequeña a la derecha para la entrada y salida de personas.
Llamó al telefonillo. Mientras maquinaba su siguiente mentira, se sorprendió al escuchar el zumbido que abría la puerta pequeña. La de las personas.
Buen ojo.
Empujó y entró. Atravesó un sendero de piedras grandes que evitaba que los invitados estropeasen el césped recién cortado. Axel se preocupó de no pisar la hierba. La mañana era fría y transmitía una luminosidad contradictoria, casi nórdica. Avanzaba con cierta cautela cuando la puerta de madera de entrada al chalé se abrió de pronto.
Debí hacerme ladrón y no policía.
Una silueta se dibujaba en la sombra. Con la claridad del día, Axel no pudo distinguir las curvas. ¿Hombre o mujer? ¿Un mayordomo, quizá? Pensó en quitarse las gafas de sol pero desechó la idea.
Guarda las cartas, burro.
Según se iba acercando, el hombre orondo de avanzada edad que imaginó sirviendo a los señores de la casa durante las últimas tres décadas fue dejando paso a una voluptuosa mujer de treinta y muchos encajada en un vestido negro, más de fiesta que de luto. Axel se alegró de llevar las gafas puestas. Su mirada habló demasiado al ver a Alfred convertido en Catwoman.
—¿En qué puedo ayudarle, agente?
¿Cómo demonios sabe que soy poli?
—¿Es usted Coloma Duval?
—Punto para el caballero. ¿Y usted es?
—Mi nombre es Axel. Axel Nash. Soy agente de policía. ¿La pillo en mal momento?
—Siempre es mal momento ¿No nos hemos visto antes, agente? Creo que lo recordaría.
Axel dejó el centro sin rematar.
—Me gustaría hacerle unas preguntas sobre la muerte de Marcos Goya. ¿Puedo pasar?
—En realidad ya ha pasado. Hacía mucho tiempo que nadie llegaba tan lejos. Adelante, no se quede ahí parado, no le vaya a coger el frío.
Axel se subió las gafas de sol a la cabeza, como una visera con graduación. Sus pupilas de color verde se clavaron en las de Coloma Duval y casi se contagian de su negrura. Le pareció que esos ojos quemados escondían una mirada triste. Al pasar a su lado y traspasar la puerta, percibió un fuerte aroma a perfume caro y alcohol.
Cuando entró en la vivienda le costó trabajo adecuar la vista a la nueva luz. La decoración del salón sorprendió a Axel. Una estancia grande y amplia, diáfana. Apenas decorada por un sofá de piel mostaza con chaise longue, una mesa de centro de cristal de bohemia con un jarrón con flores a un lado, una tele Samsung de 75 pulgadas empotrada en un mueble hecho a medida y un par de lámparas Bauhaus HL 99 que colgaban del techo.
—¡Vaya! ¡Tiene buen gusto, señora Duval!
—Sí, es cierto. Y usted un Peugeot 207.
Catwoman 1 - Axel 0.
—Pero supongo que no ha venido hasta aquí para hablar de decoración, ¿verdad, señor Nash?
—Llámeme Axel.
—Como quiera, señor Nash —dijo Coloma, invitando a Axel a sentarse en el sofá—. ¿Le importa que me sirva una copa? Aún no he desayunado.
—No veo por qué iba a importarme. ¿Cuándo fue la última vez que vio a su exmarido?
Coloma se agachó para abrir una de las puertas acristaladas que custodiaban la tele. La falda del vestido se abrió ligeramente dejando al descubierto dos muslos robustos como columnas jónicas. Axel deseó no haberse quitado las gafas de sol. Coloma se sirvió un whisky solo con mucho hielo.
—¿Le gusta el whisky con agua o es usted un hombre, señor Nash?
—Ni una cosa ni la otra. No se moleste, estoy de servicio y aún tengo en la garganta el Cola-Cao de esta mañana.
Coloma hizo una mueca de disconformidad. Cerró el mueble y antes de girarse se colocó el vestido.
—Todavía es mi marido. Nunca firmé los papeles del divorcio.
—Me temo que ya no lo es.
—Formalidades. ¿Qué quiere saber señor Nash?
—Todo.
—Todo es mucho.
—Tengo tiempo.
—Yo no. Así que será mejor que vaya al grano.
O al oro.
Axel sacó su teléfono móvil y lo depositó encima de la mesa. Notaba que un gesto tan simple e inocuo tenía un efecto turbador en los entrevistados. La gente veía demasiadas películas.
—¿Cuándo fue la última vez que le vio o habló con él? —preguntó.
—Hace menos de lo que me habría gustado.
—¿Puede ser un poco más especifica?
—¿Le importa que me siente? Si voy a abrirle mi corazón me gustaría ponerme cómoda.
—Adelante. Está usted en su casa.
Coloma se sentó en el sofá junto a Axel a la distancia justa para que el policía se hiciese preguntas que no podría formular.
—Marc nunca supo tratarme como una mujer se merece. Le digo que mi marido era un enfermo.
—Veo que le guardaba cariño.
—Señor Nash, no tengo un interés especial en ser considerada sospechosa de asesinato. Me limito a decirle la verdad.
—La verdad suele ser relativa. Y dígame… ¿qué enfermedad era esa?
—Era un cerdo. Sabía ser encantador cuando le interesaba pero era incapaz de controlarse. El sexo le dominaba. Al principio me pareció algo divertido. Supongo que lo entiende, pero pronto dejo de tener gracia.
—¿Cuándo?
—¿Se lo tengo que explicar, agente? Le imaginaba más perspicaz. Digamos que Marcos cogió la extraña manía de llegar a casa siempre tarde y cansado.
—Trabajaba por la noche…
—Desde luego. Y otras veces trabajaba por la mañana. De vez en cuando por la tarde. Incluso llegaba a hacer doble turno. Donde seguro que no trabajaba era en casa.
Axel sabía que no estaba teniendo demasiado tacto con una persona que acababa de recibir la noticia de que su exmarido había sido asesinado, pero Coloma Duval no parecía necesitar cariño.
—¿Hace cuánto tiempo que cogió esa manía? —preguntó con cuidado. Axel se vio a sí mismo jugando una partida de Tabú, evitando pronunciar las palabras adulterio, infidelidad, cuernos. No sabría decir si iba ganando.
—Si le digo la verdad, yo ya no le recuerdo de otra forma. ¿Le vale o tengo que ser más… especifica?
Coloma se dejó caer sobre el respaldo del sofá y cruzó las piernas. Axel sabía que toda la visita se reducía a sacar impresiones generales sobre el estado de afectación, y a una respuesta. Tenía comprobado que la mayor parte de estas entrevistas era paja. Así que se fijaba un objetivo. Se comportaba como un púgil danzando sobre el ring, dando vueltas sobre su adversario, bailando hasta poder alcanzarle con un poderoso directo a la mandíbula.
Decidió no esperar más.
—¿Sabe si también se veía con hombres? ¿O su enfermedad se limitaba a las mujeres?
Una risa algo recargada estalló en el salón. La pregunta no le había hecho ninguna gracia.
—Es usted valiente, señor Nash. A ver cómo se lo explico. A mi marido lo que le importaba era follar. Muchas veces he pensado que se acostaba con hombres, a mí en la cama siempre me trató como a uno. ¿Ha estado alguna vez con un hombre, señor Nash?
Buen contrataque.
Axel notó como su mirada se volvía rubicunda. Estuvo tentado de pedirle una copa. Comprendió que en ese combate él tenía peor juego de piernas. Logró mantener el pulso y esperó a que Coloma siguiese hablando.
—Entonces no sabrá de qué le hablo. O quizá sí. No tengo intención de descubrirlo todo hoy.
—¿Hace cuánto tiempo que no viven juntos?
—Un par de meses. No se crea que le eché de casa, no soy tan bruja. Se marchó él por su propia voluntad.
—¿Otra mujer?
—Muchas, pero el detonante fue una en concreto.
Axel pensó en la historia que le había contado Sota. La de la chica que se había presentado en esa casa con un cuchillo.
¿Cómo se llamaba?
—¿Recuerda el nombre?
—Claro que lo recuerdo. Respondo a ese nombre desde el día que nací. Fui yo, agente. Se fue porque le hice la vida imposible. Digamos que puedo llegar a ser muy mala si me ponen a prueba.
—Y aparte de usted, ¿sabe si Marcos tenía algún otro enemigo? Alguien del trabajo, por ejemplo.
—Ya le he dicho que Marc nunca se trajo el trabajo a casa. Si tenía algún confidente para ese tipo de enemistades no era yo. Sé que tenía un buen amigo con el que solíamos quedar a cenar. Jaime, creo que se llamaba.
Axel descruzó las piernas.
—¿Jaime Sota?
—Sí, ese. De un día para otro dejamos de quedar. Y Marc nunca volvió a hablarme de él. Supongo que algún motivo tendría.
—¿Y de un tal Max? ¿Le habló alguna vez?
—¿Un chico joven con cara de guapo? —Las pupilas de Coloma se dilataron—. Una vez le escuché hablando por teléfono, estaba muy alterado. Ese fue uno de los nombres que gritó, Max, pero no creo que estuviese discutiendo con él, más bien hablaba de él con otra persona. No sabría decirle con quién. Decían algo de mandarle a Brasil. Lo recuerdo porque yo siempre he querido ir a Salvador de Bahía, y en un primer momento sospeché que igual estaba planeando ir allí con otra. Más tarde, al escuchar los gritos, me calmé.
Coloma bajó la mirada mientras daba un largo trago de whisky. Notaba cómo se calentaban las cuerdas vocales. Axel se fijó en una de las fotos que presidían el mueble de la tele. Una foto familiar. De dos miembros. Coloma y su hijo. En esa casa, el fallecimiento de Marcos Goya había sucedido tiempo atrás.
—Su hijo… ¿No está en casa?
Axel supo que se le había notado que sabía bien cómo hacer esa pregunta. La temperatura del salón bajó varios grados.
—Deje a mi hijo fuera de este asunto, ¿quiere? Está en una edad muy difícil y afectado por la muerte de su padre. Al fin y al cabo era su padre.
—Supongo que cualquier edad es difícil para superar algo así. ¿Qué relación mantenían los dos?
—Tenían una relación parecida a la que tiene cualquier padre con su hijo de veinte años. No siempre fue fácil, pero se querían.
Coloma Duval miró el reloj y apuró de un trago lo que le quedaba de copa. Se levantó y caminó hacia la cocina. Era una cocina americana. Axel no perdía de vista el movimiento de sus caderas. Temblaban como un felino al borde de un tejado.
—¿Necesita algo más, agente Nash? Disfruto mucho de su compañía, pero tengo más cosas que hacer.
—La verdad es que no. Por hoy ha sido más que suficiente.
—¿Por hoy? ¿Va a instalarse aquí, agente? Ahora tengo una habitación libre.
Axel recogió su móvil de la mesa y caminó hacia la puerta.
—Carla —soltó el nombre según le vino a la mente, buscando también en Coloma una reacción sin maquillaje—. ¿Le dice algo ese nombre?
—Sí. Que no me gusta. No es un nombre bonito.
—A mí me encanta.
—Pues todo para usted, agente. Le hará juego con el coche. —Coloma señaló la puerta de salida en dirección al Peugeot azul.
Axel recogió cable.
—No hace falta que me acompañe. Si tengo algún problema le pido ayuda al espabilado de la garita.
—Hasta pronto, señor Nash. Espero volver a verle.
Axel dejó atrás la casa y se subió al Peugeot que tantas alegrías le había dado en la vida. Por primera vez lo hizo sin orgullo. Se sintió mal por ello. Antes de arrancar, desbloqueó el teléfono y le saltaron dos mensajes. Se disponía a entrar en la bandeja de entrada cuando el petardeo del tubo de escape de un deportivo negro despertó su atención. Estaba aparcado un poco más abajo. Desde su posición vio perfectamente cómo del asiento del copiloto se bajaron unas New Balance grises americanas, unos Dockers beis remangados, una camiseta blanca oversize con un lema en cirílico y unas gafas de sol amarillas que ocultaban una mirada triste, negra y quemada.
Igual que la de su madre.
El hijo de Marcos Goya tenía el pelo rubio y alborotado, como una versión moderna de Art Garfunkel. A Axel le pareció que aquello empezaba a cobrar sentido. ¿Acaso no acababa de pasar un rato con Mrs. Robinson? Bien es cierto que eso le dejaba a él en el papel de Dustin Hoffman.
Mmmm.
Tenía que decidir aún si ese personaje le gustaba.
Un vecino se llevó las manos a las orejas al escuchar otro petardazo, que precedió al quejido del neumático agarrándose al asfalto. Axel no pudo apreciar quién conducía la bestia negra que arrancó en ese instante. Tenía los cristales tintados para evitar miradas como la suya. En cuanto distinguió el logotipo con un caballo en medio de varias rayas rojas y negras…
Un Porsche.
Se concentró en el metro noventa de estatura que caminaba hacia la residencia de Coloma Duval. Axel mantuvo la mirada hasta el final. Hasta que metió la llave y entró en casa.
¡Qué extraño! Nadie en esa familia parece demasiado afectado.
Una exmujer ahogada en rencor y una hijo anestesiado por la adolescencia. Axel pensó en Marta, aún le quedaban unos años para entrar en la edad del pavo, eso le hizo sentir afortunado. Cuando iba a pensar también en la madre de Marta, arrancó el coche.
Sabía cómo engañar a su cerebro.
Se despidió con una sonrisa socarrona de su amigo, el de seguridad. Volvió a pensar en Dustin Hoffman, pero esta vez en Rain Man. Exageró un ademán de «Hasta la vista, colega».
Un parpadeo arrítmico fue todo lo que recibió por respuesta.
Antes de tomar la carretera general, Axel recordó que tenía dos mensajes. Dos llamadas pendientes.
Una era de Jorge Ortiz, su jefe.
Empezaría por la otra, por la más importante.