Axel

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—¡Hola, mamá!

—Hola, filliño. Me llamaste, ¿no?

—La verdad es que no, mamá.

—¡Boh! A mí me sale aquí que tengo una llamada tuya. Este cacharro del demonio. Bueno, ¿qué andas haciendo?

—Pues conducir. Voy de camino a la comisaría.

—Conduce con cuidado, eh. Que ahí en Madrid van todos como locos.

—¿Ah, sí? No me digas, ¿y cómo sabes tú eso, mamaíña? Cuéntame. Si no tienes carné.

—¡Uy!, porque lo veo en las noticias. Accidentes y más accidentes. No necesito tener carné para saber esas cosas, listo. ¿Cómo sabes tú quién ha matado a alguien, si nunca has matado a nadie?

Qué lista es la jodía.

—¿Y cómo sabes tú que nunca he matado a nadie?

Axel nunca había matado a nadie pero iba a vender cara su derrota.

—¡Ay, fillo, por dios! Con esas cosas no juegues. La vida de las personas es sagrada. Solo el Señor puede decidir cuándo nos ha llegado la hora. Oye, he visto en las noticias lo del asesinato del hombre ese de la radio. ¡Qué horror!

—Pues sí, ¡horrible!

Axel intuía qué venía a continuación. Conocía a su madre desde el día que nació.

—A ti que no te metan en eso, ¿vale, fillo? Bastante tenemos con lo que tenemos como para andar buscando más problemas.

—¡Claro, mamá! Tú no te preocupes. Si veo que me asignan el caso ya les digo que no puedo, que tú no me dejas.

—¡Boh! No seas parvo y tómatelo en serio. No quiero llorarte en un entierro a ti también. Mucho lloré ya con tu padre.

Axel sintió un escalofrío al recordar a su padre. El auténtico señor Nash. Medio americano, medio español. Murió cuando él era todavía demasiado pequeño. Una noche se acostó temprano y nunca despertó. Una muerte prematura y dulce. Le recordaba más por fotos e historias que por vivencias propias. En cualquier caso, su memoria había construido un relato muy agradable. Le gustaba pensar en su padre. Todo el mundo convenía en que había sido un hombre bueno y honrado.

Axel había salido a su madre.

—¿Qué tal te encuentras, bonita? ¿Vas tirando? —se interesó, sabiendo de antemano la respuesta.

—Pues llena de dolores, ¡cómo voy a estar! Es un asco ser vieja, te lo digo yo. Tengo ya setenta y cinco años…

—Tienes setenta y dos, mamá.

—Bueno, carallo… ¿Me vas a venir a decir a mí cuántos años tengo? Tengo los que me da la gana que para eso soy tu madre. ¡Ay, meu Deus! Toda la vida con dolores… y menos mal que no me quejo nada.

—Eso es verdad. En eso hemos tenido suerte.

—Aún por encima ahora viene el cambio de tiempo este, que me mata las rodillas. Y mira que llueve aquí en Galicia, ¡arre, demo! Ya podía venir un pouquiño de sol, que me viene a mi bárbaro para los huesos. —Axel miró al cielo, adelantándose—. ¿Y que tal tiempo tenéis ahí, por Madrid? Porque aquí no para de caer agua un segundo.

—Aquí hace un día normal. Nada del otro mundo.

—¿Me quieres colgar ya, no? Te está molestando tu madre. —Axel suspiró—. ¡Ay, no! Mira, no. Que me suspires, ya no. A tu madre le vas a estar tú suspirando. Vas listo. Qué pesada es tu madre, ¿eh? Que te llama para ver cómo estás. Ya te faltaré, ya. Y ya me echaras de menos, no te preocupes.

—Perdona, mamá. No era a ti —mintió—. Un listo que se me ha metido delante sin intermitente.

—Bueno, no te molesto más. Que solo me faltaba que me eches la culpa si tienes un accidente. Cuídate mucho, fillo. Y ven a verme cuando puedas, que estoy muy sola aquí.

—Te lo prometo, mamá. En cuanto pueda me escapo a verte y te llevo a pasear por la playa.

—Te quiero mucho, Axelito.

—Un beso, mamá.

Axel se arrepintió enseguida de no haber correspondido a su madre con otro «Te quiero», pero no le salió. Él no era así. Nunca había sido muy cariñoso. Tenía otros defectos pero no ese.

La radio se cortó de golpe. Le entró otra llamada. Jorge Ortiz.

Mierda.

—¿Hola? ¡Hey, despierta!

La estaban abofeteando sin desdén. Era la primera vez en su vida que escuchaba esa voz.

—¿Estás bien? ¿Me oyes?

Loor intentó ubicarse.

—¿Qué ocurre? Estoy bien, estoy bien. ¿Estoy bien? —Loor no lo sabía. En ese momento no sabía nada.

—¡Pues claro que estás bien! ¡Y qué asco me da que estés bien! Anda, lárgate de aquí ahora mismo o voy a dejar de ser amable contigo.

El callejón era estrecho. Sin aire. Oscuro. A través de los neumáticos del coche que le sujetaban la espalda se colaba una luz resacosa.

¿Dónde estaba?

¿Qué hora era?

¿Quién cojones le hablaba con ese desprecio? ¿Y por qué?

—Debí imaginármelo antes de pedirte amistosamente que abandonases mi bar. Soy gilipollas. La culpa es mía. Si veo a una puta loca comportarse como una puta loca, ¿por qué no la trato como a una puta loca? ¿Por qué intento convencerme de que soy la salvadora del coño? Anda que no hay sitios en Madrid para tomar una copa, que todos los problemas tienen que venir a mi puto garito en Parla.

—¿Parla? —preguntó Loor—. ¿Qué cojones hago yo en Parla?

Loor notaba el frío del asfalto en su trasero. ¿Estaba mojada?

El cuerpo obeso que se alzaba a su lado la agarró por los hombros y la zarandeó, lanzando al mismo tiempo un suspiro desagradable. Loor se frotó los ojos. Su mirada no se despejaba.

Sus oídos, sí.

En ellos penetró una voz maloliente.

—Dime una cosa… Tú no estas muy bien de la cabeza, ¿verdad?

Con un movimiento gatuno y una patada en la intersección de la rodilla, Loor derribó la impertinencia. De un salto se subió a horcajadas sobre el abdomen orondo que ocupaba tres cuartas partes de su campo de visión. Y con su mano derecha le aprisionó la garganta a su propietaria.

—Vamos a ver, subnormal, deja de tocarme los cojones al menos hasta que sepa qué hago aquí. Y como me está dando bastante asco tu cuerpo, tu voz y este putrefacto olor que desprendes, creo que prefiero no saberlo.

Unos ojos sin órbita le devolvían a Loor una mirada agitada.

—Vamos a dejar claros los papeles aquí, por si no quedaron claros en ese bar de mierda que regentas. Yo te hago preguntas y tú mueves tu asquerosa cabeza para contestar. ¿Está claro? —Un tupé teñido de rosa se movió arriba y abajo—. Buena chica.

Loor se llevó una mano al bolsillo de la camiseta para coger la cajetilla de Marlboro y encender un cigarro, pero los dedos resbalaron y se acarició un pezón.

Mierda. El tabaco. ¿Dónde estaría?

—¿Cómo te llamas? —preguntó, aflojando un poco la presión para que las cuerdas vocales de su víctima pudiesen emitir sonido alguno.

—Berta.

Lo que salió fue un suspiro arrastrado.

—Muy bien, Berta. ¿Has cerrado ya el bar?

La chica asintió de nuevo.

—¿Estamos solas?

La cabeza se volvió a mover de arriba abajo, esta vez con miedo. Loor comprendió al instante por qué.

—Tranquila. No vas a morir. No hoy.

A tenor de su mirada, Berta no pareció tranquilizarse. Tampoco se movía. Loor apretaba sus muslos contra la cintura de ella y notaba cómo se incrustaban en la carne sin tocar fondo.

—Ahora te voy a hacer la pregunta más importante de todas… ¿Qué hago aquí? —Mientras lo decía, Loor estrechó con fuerza la tráquea de su adversaria antes de volver a aflojar para dejarle hablar. Una amenaza velada—. Y ni se te ocurra decirme que yo sabré.

Berta la miró de tal forma que Loor tuvo la garantía de que le había leído el pensamiento. Fue necesario improvisar otra respuesta.

—Llegaste sobre las dos de la mañana. Dijiste que tenías sed, dinero y pocas ganas de hablar. Parecías muy normal.

Loor volvió a apretar.

—Cuidado —dijo.

Berta comprendió que no iba a ser fácil dar una respuesta satisfactoria. Había demasiados rincones oscuros por los que era mejor no meterse antes de dormir.

—Estuvimos tomando algo en la barra. Tú querías una copa y no querías beber sola. Te serví y me tomé un tequila contigo. Te volví a servir. Y otra vez. Hablamos y nos gustamos. Quería llevarte conmigo y no iba a ninguna parte.

—Y no te preocupes Paloma, ¿no? —añadió Loor con fastidio.

—No me estoy cachondeando. Eso fue lo que propuse, pasar la noche juntas, y a ti te pareció bien. Solo necesitaba un par de horas para poder cerrar. Estuvimos hablando y te empezaste a calentar. De cero a cien en cuestión de segundos. Vino un tipo a ofrecerte un trago y le escupiste en la cara. —Loor sonrió—. Tuvieron que retenerlo entre tres gorilas. Y no me gustan los gorilas. Así que te pedí que te fueses de mi bar.

Loor echó un vistazo a su alrededor. Un callejón. Un par de coches mal aparcados. Bolsas de basura y una salida de emergencia. La puerta de atrás. Tenía sentido.

—¿Y me fui?

Loor enrojeció de golpe. Sabía la respuesta.

—¡Qué coño crees que haces aquí sin bragas y con la falda subida!

Loor bajó la mirada y se percató por primera vez desde que había vuelto en sí que, efectivamente, tenía el coño al aire. Y el culo frío.

Se sonrojó, y no por vergüenza.

—Dímelo tú.

—Yo qué sé. Te sacaron del bar medio a hostias, de malas formas, por la puerta de servicio. Tiene pinta de que te has sobado.

—¿Por qué no llevo bragas?

—Están ahí.

—¿Quién?

—Tus bragas.

—¿Qué dices?

—Yo qué sé, tía. Eres un puto misterio, pero no hace falta ser Perry Mason para entender qué pasó aquí. ¿Ves ese charco de orina fresca? Aún huele. Y no veo ningún perro.

Loor hizo una mueca aprobatoria, reconociéndose.

—Te echaron, caíste entre las bolsas de basura, te habrás desorientado, te entraron ganas de mear y te quitaste las bragas para poder hacerlo de pie entre los coches, no perder el equilibrio y no ponerte perdida. Y luego te sobaste sin bajarte la falda.

—¿Qué hora es?

Berta no miró su reloj. Se estaba relajando.

—Las tres y media.

—¿Aún quieres follar? —preguntó Loor.

—Es posible, sí.

Esa última respuesta quedó suspendida en el aire. Por un momento pudo parecer que no habría más preguntas, que se había terminado. Que se levantarían y se irían a casa juntas. O separadas. Pero no. Aún faltaba lo más importante.

—¿Qué te he contado?

El aparato respiratorio de Berta volvió a perder aire. Loor lanzó una mirada al vacío. Si su compañera no se hubiese visto en una situación tan vulnerable, se habría percatado de que precisamente esa y no otra era la pregunta más importante. Por mucho que Loor intentase distraer las palabras.

—¿Qué me has contado de qué?

—No intentes ganar tiempo. Contesta. ¿Qué sabes de mí?

—¿No te acuerdas de nada?

—Habla.

—Sé muy poco. Ya te he dicho que no tenías muchas ganas de hablar.

—¿Qué es poco?

—He dicho muy poco.

—Que contestes.

—En el bar me sedujiste con tu forma de mirar. Me pareció que escondías algo y quise averiguarlo. Pero me equivoqué —mintió.

—No hay nada que saber. Está bien así. ¿Tienes mi teléfono?

—No —respondió Berta sin descifrar si esa era la respuesta correcta.

—Pues bórralo. Ni se te ocurra escribirme.

Loor deshizo su posición de combate y saltó hacia la luz. Por el rabillo del ojo vio como la cintura de su casi ligue se desparramaba a ambos lados de la acera. Siempre le habían gustado las curvas, pero no pudo evitar preguntarse si en esa ocasión no se habría pasado.

Se marchó sin despedirse y sin recoger su ropa interior, tirada entre las bolsas de basura. Se bajó la falda y se recolocó. Era más corta de lo que recordaba. A su cabeza acudió el mantra que la acompañaba sin mucha fe.

«Madrid no está tan mal».

Quería engañarse de nuevo.

Era posible, quizá Madrid no estaba tan mal, pero joder, ¿Parla? De ese lugar no quería volver a oír hablar en mucho tiempo. Una arcada le sobrevino y le trajo flashes de una noche olvidable. Otra más. Se palpó los bolsillos y encontró un paquete de tabaco arrugado que todavía guardaba un último cigarro.

Dios aprieta pero no ahoga.

El móvil no tenía batería.

La estarían buscando.

Pero antes tenía que encontrarse ella.

—¿Qué pasa? ¿No devuelves las llamadas? —dijo Ortiz con voz impaciente.

—Estaba en mitad de un asunto importante. Nada de lo que preocuparse, pero requería mi atención.

—Ya.

Se hizo el silencio. Uno de esos silencios que no se cortan por educación. Una especia de «Cuelga tú. No, cuelga tú». Pero a la inversa.

—¿Necesitaba algo, jefe?

—Tengo noticias. Ha llamado el forense.

De manera inconsciente, Axel soltó el pie del acelerador.

—¿Y bien?

—Los primeros informes de la autopsia de Marcos Goya confirman que hubo sexo anal.

—No me jodas.

—Te lo leo textualmente: «La víctima presenta un fuerte desgarro en el tejido mucoso que recubre el ano, producido seguramente por la práctica de coito anal o pedicación, o por la penetración reiterada de algún objeto u objetos».

—Es decir…

—Es decir, que se lo han follado en todos los sentidos —concluyó el inspector.

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