Axel

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—¿Tú eres consciente de lo que nos estás pidiendo, colega?

Tenían pinta de entenderse bien. Eran dos chulos de cojones. El menos alto llevaba la voz cantante. Una gorra con la silueta de Michael Jordan le cubría la cabeza. Estaba sentado en la grada de cemento de una cancha de baloncesto cerca de plaza de Castilla, abandonada a esa hora, bien entrada la madrugada.

A su lado, de pie, su colega guardaba silencio. Se limitaba a observar y a calentar un canuto de maría con caladas cortas y rápidas. Era muy complicado discernir quién de los dos mandaba más porque los dos escuchaban con idéntica atención.

—Es una buena jugada. Vosotros no arriesgáis nada. Yo me llevo la farla y la coloco rápido. Tengo compradores esperando. En unos días vuelvo y os doy la pasta.

La capucha gris no le recogía a Omar el mechón de pelo rubio que le colgaba desde la frente como una liana. Le tapaba un ojo.

—¿Cuántos días? —le preguntaron.

—Es que ni os vais a enterar. Os metéis un par de fiestas de las vuestras, un reservado en el Molly’s, un par de fulanas que os la chupen mientras brindáis con una botella de champán…

—Que sea una magnum Dom Perignon —dijo el de la gorra.

—Pues una magnum Dom Perignon. Os metéis unos tiros, bailáis un poco, acojonáis a un par de pijazos con que les vais a levantar a sus novias, trincáis vuestro carro y reventáis a algún quinqui en una carrera en el polígono de Fuenla. Joder, lo de toda la vida.

Omar había pasado por ahí. Era mayor que ellos y tenía mucha noche encima.

—No me digáis que no suena de puta madre. Pues esperad, porque ahora viene lo mejor. Cuando volváis de fiesta, estaré aquí esperando con una bolsa repleta de billetes. Una bolsa gigante llena de pasta, toda para vosotros. Sin pestañear estaréis nadando en 90.000 pavos sin marcar. Vais a ser los putos amos.

—¿Quieres decir que no lo somos ya?

—Lo vais a ser más. A ver quién os tose con 90.000 lereles en efectivo, listos para gastar. Dadme una semana y os convertiré en los reyes del mambo.

—La verdad es que suena de puta madre —dijo el que no llevaba gorra.

Omar se metió las manos en los bolsillos de la sudadera gris. La noche madrileña se le hacía muy seca.

—Pero hay una cosa que no entiendo. —El chaval de la gorra se incorporó un poco—. ¿Por qué parece que nos estás haciendo un favor cuando eres tú el que está en la mayor de las mierdas, colega? Joder, es que nos llamas, en plan «Tenéis que ayudarme», vienes hasta aquí y nos pides que te fiemos dos kilos de coca. Hay que tenerlos bien puestos, eso es así. Eso, o es que estás en un lío de la de dios. O tal vez A y B sean correctas. Que también puede ser. Y te digo una cosa, nosotros estamos de puta madre, ¿sabes?, no necesitamos nada. ¿Tú necesitas algo?, porque yo no necesito nada. Estoy de puta madre así. Y a veces, no es todo el rato, ¿eh?, pero a veces tengo la sensación de que piensas que somos gilipollas. ¿A ti no te pasa, tío? —La pregunta no iba dirigida a Omar—. ¿No te sientes, en plan un poco gilipollas ahora mismo?

Omar iba a decir algo, pero el chico que permanecía de pie a su lado le hizo un gesto para que no interrumpiese a su colega el de la gorra, que en ese momento se la quitó para seguir hablando.

Omar no dijo nada pero le pareció que el cabrón era muy guapo.

—¿Cómo era esa escena de la mafia? ¿Tú te acuerdas, tío? —preguntó, sabiendo la respuesta.

El chaval que estaba de pie le pasó el porro a su colega, que se cambió la gorra de mano para recogerlo. Después levantó la barbilla y puso la voz ronca.

—Vienes a mi casa el día de la boda de mi hija y me pides que mate por dinero…

Hizo una pausa, miró a Omar a los ojos, torció la boca y se llevó la mano a un bigote que no tenía.

—… Pero pides sin ningún respeto, no como a un amigo. Ni siquiera me llamas Padrino.

Una carcajada rompió la tensión en mil pedazos. El chaval de la gorra empezó a golpear el cemento que tenía debajo del culo y a aplaudir mientras se retorcía de risa. Al fondo las Cuatro Torres iluminaban el rostro de Omar. No pudo controlar una mueca lisérgica.

Dejó que se agotasen las risas.

—No era lo que pretendía… En realidad…

—Mira, está bien, te vamos a ayudar. Haz lo siguiente, ve a esta dirección —dijo el chaval de la gorra mientras le entregaba una nota. Se puso serio—. Yo los llamo ahora, en plan va un colega para allí, y les digo que vas a recoger la mercancía, ¿de acuerdo? Pero ten una cosa clara. No somos gilipollas. Ninguno de los dos. Y como no somos gilipollas, resulta que ahora nos debes una muy gorda y nos la vamos a cobrar. Así que antes de hacer nada piénsatelo bien. Puedes volver a tu casa en Galicia con las manos vacías y aquí no ha pasado nada, o puedes ir a esa dirección, volver a Galicia con las manos llenas y esperar instrucciones. Igual no te llamamos antes de que nos devuelvas la pasta pero si lo hacemos, es muy posible que lo que te pidamos a cambio no te guste.

—No te va a gustar, seguro —puntualizó el imitador del Padrino.

—No te va a gustar, seguro —repitió el de la gorra—. Si te llamamos y, en plan antes del tercer tono, no has respondido, el problema que te ha traído hasta aquí te parecerá una excursión al zoo comparado con lo que te espera. Si te llamamos y respondes al teléfono puede que lo que te espera sea aún peor.

—Será peor, seguro —añadió el imitador del Padrino.

Omar pensó en Jarvis y en la enorme cicatriz del tío que los había encañonado. ¿Qué podía ser peor que aquello? ¿Qué otra cosa podía hacer? La decisión estaba tomada de antemano. La habían tomado por él.

—Está bien. Tendré el móvil encendido —dijo.

El intercambio fue muy rápido. Desde luego, esa gente sabía a qué jugaba. Le entregaron la droga y Omar la colocó en el maletero. Por delante le aguardaban varias horas de carretera y noche. Tenía que trazar un plan. ¿Cómo estaría Jarvis?, ¿qué le estarían haciendo? Porque cuando se lo llevaron, no pareció que le esperase un hotel de cinco estrellas. ¿Le estarían torturando? ¿Habrá sido capaz de mantener la boca cerrada? Porque igual los volvió locos con su incontinencia verbal y le han pegado un tiro. Omar lo pensó muchas veces, pegarle un tiro para hacerle callar. ¡Bah! ¡Chorradas! Fijo que estaba bien. Todo acabaría pronto. Concertaría una cita para el día siguiente y salvaría la vida de su amigo. No sería un héroe pero al menos se sentiría algo mejor, porque ahora mismo se sentía como la mayor de las mierdas por haber permitido que todo llegase tan lejos.

Decidió pensar en otra cosa.

Puso el motor en marcha y partió rumbo al norte.

El reloj del coche marcaba las cuatro de la madrugada.

Iba por el paseo de la Castellana sin hacer mucho caso a los semáforos. A Omar, Madrid le parecía el futuro. Avenidas kilométricas rejuvenecidas por las luces de la modernidad.

La majestuosidad del Santiago Bernabéu, que tantas noches de gloria guardaba en sus vitrinas. La diosa Cibeles. El dios Neptuno. Deidades de ciudad, más allá de Nuevos Ministerios, donde acababa su paseo por la gran travesía.

Sintió una mezcla de envidia y nostalgia. Pisó el acelerador y se perdió en la niebla que recrudecía la arteria principal de la capital. Estaba desierta. Solo un coche se cruzó en dirección contraria, desde el sur.

Omar vio con estupefacción que la chica que guiaba el volante estaba llorando, sola, perdida en un océano de asfalto. El caso es que le sonaba, se parecía a alguien, a una cantante. ¿Cómo se llamaba ese grupo? Alguna vez los habían versionado en el Pénjamo. ¿Roxanne? ¿Roxy?

—Roxette. Eso es, se parece a la cantante de Roxette.

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