Axel
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Madrid, viernes 15 de marzo
El doctor Cristóbal Rivas sostenía unas pinzas minúsculas. Trataba de extraer una muestra ínfima de lo que parecían fibras sintéticas, incrustadas en el interior de la fosa nasal derecha del cadáver que yacía tumbado en la camilla de su laboratorio.
Cristóbal era el mejor médico forense de su promoción. En los seis años de carrera —más la especialización en medicina legal y forense—, comprendió que necesitaba endurecerse. En los más de veinte que llevaba ejerciendo la profesión, se endureció.
Al principio se llevaba el trabajo a casa, como casi todos, pero claro, no es lo mismo hacerte la cena mientras le das vueltas a un pedido que se retrasa o a un producto cuyas ventas están cayendo, que meterte en la cama aterrorizado por el recuerdo de un cuerpo aplastado contra un muro como resultado de un atropello por un autobús a 120 kilómetros por hora, o lavarte los dientes escupiendo en la memoria la imagen de una vagina perforada por unos alicates hirviendo, resultado de una tortura a manos de un psicópata sin escrúpulos.
Ambos casos sucedieron en realidad.
Y algunos peores.
Así que tuvo que aprender a relativizar. A esconder las náuseas, los escalofríos y las dudas.
El suyo era un oficio vocacional y como tal lo desarrollaba. Se mostraba minucioso hasta el extremo cuando se trataba de diseccionar un cuerpo sin vida. Escudriñaba hasta el último rincón del organismo, el último orificio, el último poro de la piel, hasta dar con la verdad.
Si había alguna pista, Cristóbal daría con ella.
Esas eran su garantías: el trabajo bien hecho, la disciplina y el rigor. Pero el que algo quiere, algo le cuesta, y el doctor Rivas también era un genio llevando al límite la paciencia de los investigadores. Era lento, muy lento, lentísimo. Ese era el elevado coste que había que pagar. A veces, un precio demasiado alto. Otras, el precio justo.
En una ocasión, cuando aún vivía en Cataluña, Cristóbal se demoró más de la cuenta en entregar un informe definitivo, sellado y firmado. Semanas de retraso. Un caso que debía archivarse, de todas todas, en el segundo trimestre del año.
Pues se cerró en julio, retrasó vacaciones y perjudicó objetivos.
Un cristo.
Lo peor, y lo que terminó por desesperar a la mayor parte de la jefatura de la brigada provincial de Barcelona, fue que era un caso obvio, evidente.
Un caso verde.
En el cuerpo de Policía denominaban casos verdes a aquellos que no dejaban hueco a las interpretaciones. Un sí o sí. Bien porque había varios testigos que aportaban la misma versión de los hechos o bien porque las pruebas eran concluyentes e irrefutables.
Y aquel era uno de esos casos.
Una discusión de pareja en la que él pierde los nervios y le da una paliza a ella. Le deja moratones por todo el cuerpo, el labio partido, arañazos en la cara. Ella se defiende. Él saca un arma de corto alcance y le dispara. Falla. La bala queda incrustada en la pared. Ella consigue huir, alcanza un cuchillo en la cocina y se lo clava en el pecho, muy cerca del corazón. Él muere en el acto. Verde.
El diagnóstico podría haberlo hecho cualquier médico. Causa fundamental de la muerte: herida por arma blanca. El veredicto lo habría firmado cualquier estudiante que estuviese cursando las oposiciones a jueces y fiscales: homicidio en legítima defensa.
Caso cerrado.
No para Cristóbal.
Porque el doctor Rivas, además de lento, era ecuánime. Le dedicaba el mismo tiempo y sacrificio a un hijo de su majestad el rey Felipe VI que a un primo lejano del último ayudante en prácticas del laboratorio.
Un cuerpo es un cuerpo. Todos tan distintos. Todos tan iguales. Y a la incisión en el pecho del presunto maltratador, Cristóbal le dedicó tiempo, mucho tiempo. Cuanto más le presionaban para que entregase el informe «de una maldita vez», más atención le prestaba.
Había algo que no le cuadraba, algo difícil de explicar con palabras. Algo que tenía más que ver con el instinto que con las pruebas. Algo invisible.
Hasta que lo vio.
Los callos.
El corazón que tenía encima de la mesa de operaciones estaba acostumbrado a alcanzar las 180 pulsaciones por minuto cuando aún latía. En horario de trabajo se disparaba. Un atleta. Lanzador de jabalina. Eso explicaba la hipertrofia del brazo izquierdo y la aglomeración de protuberancias en la palma de la mano de ese mismo lado. Los callos. Pequeñas durezas que se iban formando lanzamiento tras lanzamiento. Cada repetición, una muesca.
Por eso, Cristóbal no entendía que hubiese apretado el gatillo para matar a su novia con la mano derecha. Porque la trayectoria de la bala desde la posición de disparo no mentía. Lo comprobó varias veces en el análisis preliminar que tuvo lugar in situ, en la escena del crimen. Un disparo efectuado con la mano derecha.
El doctor Rivas, irritado con los veteranos del cuerpo por sus prisas y sus malos modos, compartió esa información con un joven prometedor, un novato recién llegado desde Galicia. Una mente ágil y ambiciosa, sin contaminar. Aún. Juntos colaboraron para revisar las pruebas del caso, conjeturaron sobre lo que realmente debió suceder y armaron un plan.
La astucia y atrevimiento del joven policía le llevó a visitar por su cuenta a la víctima del caso, absuelta de todos los cargos. Lo que vendió como una entrevista rutinaria con carácter meramente informativo acabó con un farol de tres pares de narices.
Cuando, en la exposición de los hechos, le dijo que sabía toda la verdad, notó cómo la tez rosada de la chica, aún en aparente estado de shock, perdía color. Cuando añadió que sabía que había sido ella quien había apretado el gatillo, notó que la tez pálida se tornó azul pánico. Cuando concluyó que tenía pruebas suficientes para acusarla de homicidio en primer grado con premeditación y que le caerían no menos de veinte años de prisión, vio cómo se abalanzaba a toda velocidad sobre la puerta de la calle, en un último intento de fuga frustrado por el doctor Rivas, que esperaba pacientemente el desenlace desde la acera.
Tras la detención, la chica se derrumbó en la sala de interrogatorios y acabó confesando. Odiaba al muerto. Habían llegado a las manos más de una vez. Sabía cómo hacerle explotar. Ella se había enamorado unos meses atrás de un compañero de trabajo con el que se acostaba siempre que su novio tenía competición. Pero ya le sabía a poco. Quería más. Lo quería todo. Así que preparó la escena. Le provocó durante toda la noche. Le confesó que estaba con otro. Le insultó. Le escupió. Le abofeteó. Hasta que recibió un golpe seco en la cara. Cuando notó la sangre derramándose desde el labio hasta su boca, dijo basta. Ya tenía coartada. El forense encontró la sangre en los nudillos. Fue entonces cuando sacó el cuchillo que tenía escondido en el pantalón y se lo clavó en el pecho. Un corte certero. Una muerte rápida. Después fue en busca del revólver, se enfundó unos guantes, apretó el gatillo y simuló ser ella la receptora de la bala. Cometiendo un error. Su único error. Disparar con la mano derecha.
Caso cerrado.
El farol del joven policía le valió al doctor Rivas una condecoración. La medalla de oro de la Orden al Mérito Policial por dirigir un servicio de trascendental importancia con prestigio para el Cuerpo.
Ese joven policía con cara de póquer y malas cartas acababa de cruzar la puerta de su laboratorio.
Ya no era tan joven.
—¡Hola, Axel!