Axel
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El olor del laboratorio le trajo a Axel buenos recuerdos. Olía a retraso, su aroma de siempre. Varios cuerpos esperaban su turno para ser convenientemente examinados por la minuciosidad de su antiguo socio. Axel se fijó en el montón de documentos que copaban desordenados lo que en algún momento debió de ser un escritorio.
Este cabrón no va a cambiar nunca.
—Veo que mantienes las viejas costumbres, Rivas.
—Lo que funciona no hay que tocarlo, ya lo sabes. —Cristóbal hablaba sin levantar la vista de la cavidad nasal que tenía delante—. Imagino que, antes de coserme a preguntas, tendrás la decencia de presentarme a la persona que viene contigo.
Loor aún no había abierto la boca. Permanecía en segundo plano, su zona de confort desde que llegó a Madrid. Instintivamente, se atusó el pelo. Lo hacía sin darse cuenta siempre que alguien hablaba de ella en su presencia. Se adelantó.
—Mi nombre es Loor Galván. Encantada de conocerle, doctor Rivas. El agente Nash me ha hablado poco de usted… pero suficiente.
—Le he hablado poco pero muy bien, Cristóbal. Que es lo importante.
—Veo que sigues siendo un mitómano.
—No te admiro ni un poco, no te equivoques —repuso Axel—. ¿Quién te crees que eres? ¿Mick Jagger?
Loor agarró a Axel por el antebrazo.
—La mitomanía es un trastorno psicológico que consiste en mentir de manera compulsiva y patológica. El doctor Rivas tiene razón en lo que dice.
Joder.
—Ya lo sabía. No os creáis tan listos.
—Ahí tiene, agente Galván, una prueba más de su mitomanía —cerró Cristóbal señalando a Axel.
Loor sonrió. Dio un paso al frente. Siempre lograba sentirse cómoda rodeada de gente mayor, y sus elucubraciones situaban al doctor Rivas muy cerca de la jubilación. No tanto por las canas que aclaraban su nuca, o por la carretera de arrugas que atravesaba su frente, como por su manera de estar. El doctor Rivas estaba como están las personas que ya han vivido suficiente. Un estado que no se alcanza al cumplir una determinada edad sino que es algo más etéreo. Algo que a él le había dado su trabajo. Tantas horas interrogando a la muerte le habían proporcionado una calma rotunda. La tranquilidad que da el conocimiento.
Axel se fijó en la mirada inquieta de su amigo. Sus pupilas seguían vibrando por encima de las gafas. La nariz respingona… Todo él era respingón. Los años le habían redondeado. Su cuerpo parecía formado por tres ruedas de diferente tamaño. Las piernas. El tronco. La cabeza. Su incipiente alopecia y su papada remataban un conjunto cinematográfico. Se había convertido en la silueta de Alfred Hitchcock. Axel concluyó que si le diese por hacer un cameo, donde mejor encajaría el doctor Cristóbal Rivas era, sin lugar a dudas, en El hombre que sabía demasiado.
—¿Qué tienes para mí, Cris? —preguntó.
—Mucho lío, Axel. ¿No ves cómo estoy? No llego a todo. Vienes por el caso del periodista, ¿no?
—Exacto. Estamos un poco perdidos. He leído tu informe preliminar. Lo del desgarro en el ano. Necesitamos que arrojes algo de luz.
—Sabes que no me gusta precipitarme, Axel. La paciencia siempre ha allanado mi camino y no voy a cambiar ahora, siendo tan mayor.
—¿Cuándo crees que empezarás con nuestro muerto? —insistió.
Loor levantó una ceja. Iba conociendo a su compañero, pero su franqueza al abordar algunos temas aún la incomodaba.
—Ya he empezado —confesó Rivas.
Axel notó cómo se le aceleraba el pulso.
—¿Y bien? —preguntó.
—No pienso discutir mis impresiones con vosotros hasta que sean certezas. Lo siento. No me hagas decirte cosas que ya sabes. Cuando tenga más o menos clara en mi cabeza una reconstrucción plausible de los hechos y haya podido examinar a fondo las huellas anatómicas, el tuyo será el primer teléfono que marque.
Axel sabía que era verdad, que no le engañaba. Le llamaría antes que a sus superiores. Le fue bien así en el pasado. Podía confiar en él.
—Solo dime una cosa. Más allá de las causas de la muerte y el modus operandi… —Axel hizo una pausa y miró a Loor con cara de «Ojo, que hablo latín…».
Empate a uno, mitómana.
—… ¿Violaron a Goya?
El doctor Rivas se recolocó la mascarilla que le cubría la nariz y la boca y levantó la vista.
—Es una pregunta difícil de responder, Axel. Lo cierto es que nos encontramos ante un caso muy curioso. El cadáver apareció completamente desnudo y limpio en posición de decúbito prono. Ni una huella, ni un pelo, sudor, nada de fibras. Únicamente se halló mucha sangre y toda pertenece al mismo grupo y al mismo ser humano. El muerto. Y luego están los restos de semen sobre la nalga derecha. Ya en la escena del crimen pude comprobar algunos rasgos típicos del ano infundibuliforme, acompañado de un desgarro triangular en hora 6, desgarro de algunos pliegues anales y cicatrices de diversa índole. Más tarde en el laboratorio incidimos en el estudio de esa área y la piel hiperqueratótica, cierta eversión mucocutánea y el borramiento de los pliegues radiados nos convenció por fin.
Axel miró a Loor, que se encogió de hombros.
—¡Vaya! Pensé que lo sabías todo. —Se giró hacia el forense—. ¿Puedes traducirlo al castellano, querido doctor?
En ese preciso momento, las pinzas despegaron el trocito de fibra del vello nasal en el que el doctor Rivas estaba trabajando. Alzó la mano y mostró su trofeo.
—Marcos Goya y el sexo anal eran viejos conocidos.
Axel y Loor se miraron. Fue él quien hizo la pregunta.
—Entonces ¿no fue una violación?
—Yo no he dicho eso. No creo que debamos descartarlo tan pronto. Pero no hay ningún signo de que haya sido amordazado, y si no fue amordazado, pudo gritar. Además, su región perianal dice que no era la primera vez que mantenía relaciones sexuales de ese tipo. Ni mucho menos.
Era de los tuyos, Loor.
—Interesante. ¿Qué sabemos de los restos de semen? —preguntó Axel.
—Están en el laboratorio. Tardará unos días. El análisis del esperma nos permitirá cotejar el ADN resultante con nuestra base de datos.
—Y si aparece en algún historial médico, tendremos a la persona que pasó la noche con Goya.
—Si tú lo dices.
Loor dejó que Axel llevase el peso de la conversación. No quería importunarle delante de su viejo amigo, pero llevaba un rato rumiando algo que quedó suspendido en el aire.
—Ha dicho antes, doctor, que el cadáver apareció desnudo y limpio —intervino—. Acepto que no aparezca ninguna huella, en según qué prácticas sexuales los guantes de látex están muy extendidos, pero ¿no es extraño que después de varias horas de sexo desenfrenado, consentido o no, el cuerpo aparezca inmaculado?
Cristóbal Rivas miró a Loor de arriba abajo, con verdadera curiosidad.
—Cuando os decía que el cuerpo estaba limpio, me refería a que lo habían lavado. Desde luego, el que haya hecho esto se tomó muchas molestias. Lo que nos entregaron fue un montaje, una puesta de escena. Las manos atadas al cabecero de la cama, la colocación del cuerpo, el semen. Estamos ante un loco que no tiene intención de ocultarse sino que…
—Pretende exhibirse —completó Loor.
De regreso, ya en la comisaría, los dos policías compartieron sus impresiones sobre el caso con Jorge Ortiz.
Axel era incapaz de contarle todo lo que iba haciendo y lo que pensaba hacer. No soportaba que le controlasen. Su pericia se fundamentaba en poder hacer «lo que le saliese de los huevos» en todo momento.
Le habló a Ortiz de sus impresiones en la radio y le ocultó sus impresiones en La Moraleja. Le dejó a Loor que eligiese si quería hablarle del chino del hotel. Su compañera narró su visita sin entrar en detalles porque intuía que eso era lo que Axel prefería y quería tenerlo de su lado. Juntos eran más fuertes. Y en cualquier investigación policial, la primera batalla que se libra, antes que contra cualquier criminal y contra uno mismo, es contra los jefes.
Axel adornó sus explicaciones para que pareciesen más de lo que eran y le dejó claro a Ortiz que seguirían cumpliendo con su parte de este quid pro quo que había ideado. Al emplear la segunda expresión en latín en tan poco tiempo fue consciente de que se había abierto una pequeñísima herida en su ego que sangraba a borbotones.
—Por cierto, antes de que os vayáis, ¿hemos localizado el teléfono móvil de Goya? —preguntó Ortiz.
—El móvil desapareció de la escena junto a la ropa del fallecido. Ya no va a aparecer. Nada de lo que falta va a aparecer, apostaría a que ni siquiera aparece su pene.
Axel creía en lo que decía aunque sabía que ese vaticinio arriesgado se le podía volver en contra.
—Puede que tengas razón pero, al menos, ahora tenemos esto. —Ortiz lanzó sobre la mesa un manojo de folios, sin carpeta, grapados en la esquina superior izquierda. Axel y Loor se miraron sin comprender—. He pedido un listado completo de los smartphones que se conectaron esa noche, entre la una y las ocho de la mañana, a la torre de comunicaciones más cercana a la calle San Bernardino, donde apareció el cuerpo. Caballeros, en esas hojas se esconde el número de teléfono del culpable.
—¿Me la puedo quedar? —preguntó Axel.
—Solo si es para atrapar a ese malnacido.
Dios, qué yankee es este tío.
—Descuida, jefe. Conozco a alguien que tal vez pueda echarnos un cable.
Ya en el coche, y tras despedirse de Loor, Axel activó su llamada de emergencia en estos casos. Pensó que igual estaba abusando, pero descartó esa idea en cuanto hizo algo de memoria.
—Chema.
—Buf. Déjate de Chema, eh. Que no eres mi amigo. Para ti sigo siendo Garrido.
—Joder, hay que ver cómo te pones. Está bien, tienes razón, no soy tu amigo pero tú si que vas a ser el mío y, precisamente por eso, vas a hacerme un favor de los grandes.
—Te estás pasando, Axel. Ni siquiera tengo todavía lo que me pediste del Max Morán ese.
—¿Quieres que repasemos juntos lo que ocurrió hace…
—Vale, vale. ¿Qué quieres?
Axel se miró en el espejo retrovisor. Le dieron ganas de guiñarse un ojo.
—Tú tenías un contacto acojonante en Telefónica, ¿verdad?