Axel

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—No sé por qué no me empeñé en seguir hasta mi casa.

—No fue culpa tuya. No podías saber que te iba ocurrir algo así.

—Debí insistir, debí insistir para que siguiese conduciendo.

—Tenías diecisiete años. No te culpes más, por favor.

—Da igual. Yo sé lo que digo. No puedes entenderlo.

Vigo, viernes 15 de marzo

Noa llevaba mucho tiempo en el agua. No sabría precisar cuánto. Sin reloj. Sin móvil. Sin prisa. Le daba exactamente igual. Estaba allí porque quería.

Y entonces la vio. Era perfecta. Perfecta. Se estaba acercando a la velocidad exacta. Ni muy rápido ni muy despacio. Era perfecta. Estaba empezando a notar que se excitaba. Así que empezó a contar.

Uno, dos, uno, dos…

Siempre lo hacía para relajarse.

Y comenzó su ritual.

El que había aprendido cuando apenas tenía siete años, en una playa a cuatro kilómetros de la casa de verano de sus padres.

Rema, rema, rema, rema.

Con un brazo y con el otro. Derecha, izquierda. Derecha, izquierda. Así doce veces. Hasta que notaba que empezaba a tocarle. Hasta que notaba que se mojaba. Era en ese momento cuando tenía que ser exacta.

Levantaba con destreza el pie izquierdo, incorporaba el pecho sobre sus brazos y cogía impulso para ponerse de pie. Adelantando el pie derecho. Era Goofy.

«Casi todas las chicas son goofies», solía decir.

La ola la fue empujando y al fin notó que tenía el control. Cabalgó durante varios metros sobre el mar crispado de mediados de marzo, surcando el agua con la tabla que la vio crecer. Se sintió bien. Era de las pocas cosas que aún la hacían sentirse bien.

Surfear.

Hacerlo en casa.

El surf. Que le había dado tanto y le había quitado todo. Fueron muchos años compitiendo a gran nivel. Viajando por todo el mundo. Conociendo gente de todo tipo. Hasta que dio con él.

Se estremecía cuando pensaba en él, pero no podía evitarlo. Aún lo tenía dentro. Fue el peor episodio de su vida. Noa no le deseaba algo así ni a su peor enemigo y sabía que la mayoría de la gente se moriría sin experimentar una sensación tan horrible.

Intentó con toda su alma seguir adelante con su día a día sin que nadie lo supiese, sin que nadie lo notase. Consiguió solo lo primero. Solo lo supo él. El hombre que le salvó la vida. Un breve chispazo de felicidad que se apagó enseguida. Ella lo apagó. No era capaz de permitírselo.

Estaba todo tan oscuro esos días del final de hace muchos veranos que lo que vino después le pareció normal. Y no lo era.

Lo que vino después se llamaba Ander, pero todos le llamaban el Vasco. Le había conocido varios años atrás. No sabría decir cuántos. En un campeonato en la Praia do Amado. En la costa vicentina de Portugal. Ella compitió de maravilla. «Estaba sintiendo la ola», dijo.

Llegó el sábado, que era el día que las chicas disputaban la gran final. Estuvo inmensa. Todo lo hizo bien. Ola tras ola. Se sentía invencible y lo fue. Salió a hombros del agua. Una de las tradiciones más arraigadas en los campeonatos de surf es que los finalistas de la edición masculina saquen a hombros del agua a la ganadora del sábado.

Fue la primera vez que se vieron. Ander, el Vasco, la sujetaba con tanta fuerza que pensó en decirle algo. Pero no se atrevió. Él era el favorito para ganar el domingo. Era el mejor. Y lo hizo. A pesar de competir casi sin dormir. Tan superior era.

La noche anterior la pasaron juntos. Noa había salido a celebrar la victoria. Él, a ver qué pasaba. Y lo que pasó fue que se encontraron. Se conocieron. Se rieron. Se besaron. Se acostaron. Y se enamoraron. «Fue la mejor noche de mi vida», solía decir.

El tirón de esa primera noche duró varias semanas. Ander era perfecto. El hombre perfecto. Sin fisuras. O eso pensaba. Despertaba la admiración de todo el mundo cuando competía. Y cuando no lo hacía tenía mucha habilidad para resultar simpático. Fueron muchos días sin separarse, viviendo en una burbuja. Le gustaba todo de él.

Pero llegaron nuevos campeonatos y la cosa empezó a torcerse. Ella no sabría decir cuándo. Pero el Vasco empezó a agrietarse. Primero fueron malas caras.

Secretas.

Después, las broncas si ella hablaba con algún chico que Ander consideraba atractivo.

Secretas.

Si Noa en algún momento había sonreído, entonces le esperaba algún insulto. No pasó de ahí. Al principio. Ella llegó a comprenderle. En los campeonatos había mucho sexo. Entre surfistas y con el público. Desde muy temprano. Ellos lo sabían bien. Lo habían comprobado en sus propias carnes. Ella lo justificaba. Eran celos. «Me quiere mucho», solía decir.

Ahora, subida en lo más alto de la ola, se sentía bien. Se sentía a salvo. Sabía que el agua era su único refugio. Allí, en la inmensidad, con la espuma efervescente del océano tratando de alcanzarla, Noa Novoa dejaba todo atrás.

O casi todo.

—Está frío —dijo Iria Novoa, devolviendo el filete al plato.

No tenía buen día. Había tenido una bronca bastante desagradable con su jefe. Los dos habían dicho cosas que no pensaban y de las que quizá deberían arrepentirse. A Iria no le gustó el tono cuando le dijo: «Estoy un poco cansado de que no haya avances en la investigación, bonita. Te voy a apartar de este caso».

Su jefe no puso buena cara cuando Iria le contestó: «Con la mierda de recursos que me das, bastante hago. Quieres pillar a peces gordos sin mover un puto dedo».

Así que estaba temporalmente fuera del caso. Decidió no compartir esta información con su familia. No quería preocupar a nadie.

—Come y calla. Y si no, haber venido antes, porque antes estaba caliente —sentenció su madre mientras se quitaba el delantal y ocupaba su asiento en la mesa.

Iria, como siempre que se entristecía, había ido a casa de sus padres. Un comportamiento infantil que la reconfortaba. Necesitaba sentir que la protegida era ella, por una vez.

—¿Dónde está Noa? —preguntó.

—Vino del agua hace un rato. Con el temporal que tenemos encima. Está mal de la cabeza. Cualquier día se estampa contra una roca —dijo su padre mientras se limpiaba la barbilla con la servilleta—. Ahora debe estar en su cuarto hablando por teléfono, como siempre.

—¿Un chico?

—Cualquiera sabe. Ya conoces a tu hermana, no deja que nadie se le acerque demasiado.

Noa apareció sin hacer ruido. Aún tenía el pelo mojado, y lo llevaba tan largo que le estaba empapando la camiseta. Cuando se secase seguiría siendo igual de negro. Le ocurría lo mismo a sus ojos que, al menos, ya estaban secos. Se quitó las chanclas y se sentó a la mesa con las piernas encogidas. Plantó los pies, llenos de arena, encima de la silla. Su padre se sirvió otra copa de ribeiro.

—¿Te sirvo, hija? —preguntó.

—Un poco. Gracias —dijo Noa.

Con un gesto solicito, ella acercó la copa a la botella que sostenía su padre. Iria se levantó y corrió a abrazar a su hermana. Era su debilidad.

—¡Qué haces, loca! Suéltame, me estás asfixiando.

Iria volvió a su sitio sonriendo.

—Estoy pensando en dejar la poli. No aguanto más —anunció sin ceremonia—. O me mudo a Madrid o lo dejo. No soporto a nadie de los de aquí y tengo la sensación todo el rato de que peleo contra molinos de viento. Aquí está untado todo dios.

—¿Y qué carallo vas a hacer tú en Madrid? —preguntó su madre.

—¿Os he contado que nos ha salido un bolo allí con los Rockets? En una garito pequeño, la sala Clamores. Seremos teloneros de una banda de la capi. No es mucho, ya lo sé, pero mola. Nos iremos en la furgo de Omar.

—Bueno, hija, no te desanimes. Así empezaron los Beatles.

Iria no sonrió. La retranca de su padre no siempre funcionaba. Noa tenía la vista hundida en su móvil.

—Estás muy callada, ¿eh? —comentó Iria.

—¿Quién, yo? ¿Qué dices?

Noa sabía lo que era estar callada. Prácticamente sin abrir la boca durante días enteros. «Créeme, no estoy callada», pensó.

Iria también lo sabía. En los peores años no se le habría ocurrido hacer una observación semejante, tenían todos mucho cuidado.

Noa siempre se lo agradeció. A todos ellos. Que hubiesen sido en todo momento tan compresivos con su carácter adusto. Por eso no se molestó por el comentario, más bien al contrario, lo atajó con serenidad.

Pero era cierto que estaba rara.

—¿Quieres más vino? —Su padre la miraba con la botella levantada. Ella alzó la vista un poco ruborizada.

—¿Qué? ¿Vino? Sí, por favor.

En ese instante el móvil de Noa empezó a sonar. Todos se sobresaltaron. Noa recogió la llamada lo más rápido que pudo y se encerró en su habitación, pero sin lograr evitar que Iria viese el nombre que se iluminó en la pantalla.

Cuatro letras.

A X E L.

—Ajá, así que se trata de eso —murmuró Iria y prefirió ahogar lo que estaba pensando.

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