Axel

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El barrio de Chueca de Madrid siempre le pareció a Axel un coñazo divertido. No había conocido los años duros. En esa época aún vivía en Galicia.

En los años duros, Chueca vivió a un lado de la alta sociedad. Al otro lado, concretamente. Marginado por el español de bien, su vida nocturna se limitaba a hombres y mujeres escondidos, que luchaban a hurtadillas por libertades que no tenían.

Hombres amando hombres. Mujeres amando mujeres. Un escándalo para el tardofranquismo que permitía que fuesen perseguidos bajo el amparo de la ley de vagos y maleantes.

Poco a poco, el barrio se convirtió en un reducto de modernidad y transgresión. La vanguardia cultural explotó en sus calles durante los años del primer Almodóvar y todo se fue llenando de color. Hasta que apareció el VIH. Jeringuillas y condones. Si no los usabas bien, el contagio era casi inevitable. Los dejaron solos en la prevención y los abandonaron cuando el sida explotó en sus manos. Seres marginales luchando por sobrevivir, como náufragos de asfalto.

Con la llegada del nuevo siglo, Chueca se abrió al mundo. La homosexualidad se hizo visible y fuerte, y el crecimiento económico, imparable.

Para el forastero que venía de fuera, salir por Chueca se convirtió en un exotismo.

Para el madrileño, un planazo.

Para Axel, un coñazo divertido.

Un coñazo porque era imposible circular con su vehículo por calles de un solo carril completamente colapsadas, claxon va, claxon viene, caos, estrés…

¡Quieres arrancar, subnormal!

Después de casi una hora dando vueltas para recorrer pocos metros, Axel encontró una luz verde en un parking.

LIBRE. ¡Válgame Dios!

Descendió a pie por la calle Augusto Figueroa, chocando hombro con hombro con todo el que se cruzaba en su camino. No era un gesto de chulería, es que era imposible no chocar con todo el mundo.

Entre semana había ambiente, sin doble sentido. El fin de semana era casi insoportable. Restaurantes de moda, tiendas, discotecas, se había convertido en uno de los centros neurálgicos de la capital. Axel atravesó la calle Libertad.

Jodida ironía.

Notó que todo el mundo miraba de soslayo la camiseta blanca que había elegido para su cita. En el centro, Freddie Mercury gritaba «Eeeooo» con el puño en alto durante el multitudinario concierto de Wembley ‘86.

Un guiño, joder.

Movió en grandes zancadas sus vaqueros oscuros y sus Nike de bota con el aspa roja y llegó a un garito de copas que hacía esquina. Un sitio moderno lleno de gente guapa.

Y postureo.

Axel alzó la vista al cartel luminoso. El Válgame Dios.

Joder. ¡Qué casualidad!

Giró en esa esquina hacia un callejón estrecho y peatonal. Levantó de nuevo la mirada a la placa que indicaba el nombre de la calle. Calle de Válgame Dios.

Jacobs. By Marc Jacobs. For Marc by Marc Jacobs.

Siguió caminando y algo al fondo llamó su atención. Una flor gigante en rosa fucsia. Justo lo que estaba buscando.

Entró en el Flowers que, a esa hora, aún presentaba medio aforo. Se decepcionó al descender las escaleras aterciopeladas de la entrada y comprobar que el local no olía a flores. Era algo más profundo. Algo entre sudor y colonia. La fragancia de las feromonas bailando música electrónica. Axel miró el reloj. Las 23.33. Llegaba solo tres minutos tarde.

Algo estoy haciendo mal.

Vio sentado en una mesa del fondo al chaval enclenque que había conocido en la radio después de su visita a Sota. No recordaba su nombre si es que alguna vez lo supo. Axel se sentó en el sofá de enfrente, al otro lado de la mesa.

—Buenas noches, agente. ¡Qué alegría volver a verle! Póngase cómodo. Tenemos una noche larga por delante.

Axel recibió el saludo con una mueca austera. El chaval no parecía la misma persona. Sentado con las piernas cruzadas y un brazo rodeando el sofá, se mostraba seguro de sí mismo. Su actitud no era desafiante, pero Axel notó enseguida que tenía más presencia. Más volumen. Como un equipo pequeño jugando en casa.

—¡Vaya! Me alegra comprobar que ya no hablas tan rápido, chaval.

—Es que aún no me ha puesto nervioso, agente…

—Nash. Axel Nash.

Joder. ¿Qué me creo, James Bond?

—Pues si me lo permite le diré que tiene un aire a Sean Connery… cuando era joven, claro.

El chaval acabó la frase dejando en el aire un destello flamígero. Mezclada con la música del local, su voz sonaba metálica. Se agachó y bebió un sorbo muy corto del bloody mary que había pedido. Axel apagó el fuego.

—A ver mocoso… lo primero, ¿cómo te llamas?

—Mi nombre es Ricardo. Pero usted puede llamarme Caco.

Axel echó su cuerpo hacia delante, como un linebacker de los San Francisco 49ers decidido a recuperar yardas.

—Muy bien, mocoso. Pues vamos a dejar una cosa clara. Mi tiempo vale mucho dinero, ¿entendido? En días como hoy y en casos como este, ni siquiera todo el dinero que vayas a ganar en tu estúpida vida podría pagar mi tiempo. Así que vamos a hacer lo siguiente: voy a llamar al camarero, me voy a pedir una de esas mierdas que estás bebiendo, le voy a dar un trago y me voy a pirar. Y mientras todo eso ocurre, tú vas a soltar por esa boquita tan bonita que tienes todo lo que sepas sobre Marcos Goya. ¿Está claro… MO-CO-SO?

Era cierto que Ricardo Gómez, alias Caco, tenía una boca bonita. Se lo habían dicho muchas veces. Su efecto embriagador se multiplicaba cuando sonreía, por lo que ninguno de los dos se sorprendió cuando Caco dejó al descubierto una hilera de dientes blancos y simétricos que hipnotizaron a Axel. La luz que vibraba al ritmo de los latidos del minimal techno que anegaba la sala provocaba que sus dientes pareciesen aún más blancos. La sonrisa venía cargada de veneno.

—No intente intimidarme, agente. No son horas. Le he invitado a venir aquí porque hay algo que creo que debe saber. Pero es importante que tenga claro que no me está haciendo ningún favor apareciendo de esa forma y sentándose en mi mesa. ¿Ve a todos esos buitres?

Axel movió la cabeza a ambos lados. El ambiente se estaba calentando.

—Están revoloteando a nuestro alrededor. Llevan comportándose así más de veinte minutos y créame, agente Nash… yo soy la presa.

—Aquí tiene su bebida, señor.

Un chico con una camiseta de rejilla y más barba que pelo dejó la bebida roja que había preparado el barman delante de las narices de Axel. Se fue negando con la cabeza y tarareando We will rock you.

Otra vez la voz metálica.

—Le ruego que se relaje y disfrute de su bebida, haga el favor. Y si no le convienen mis condiciones, le sugiero que coja la puerta y se largue.

Joder, me ha puesto en mi sitio.

—Bueno. Está bien. Vamos a calmarnos, que estamos todos muy nerviosos. ¿Qué querías contarme?

—¿Es tan brusco para todo, agente Nash?

—No siempre. Solo cuando me pongo nervioso. Y tener aquí detrás a Pepi, Luci y Bom cortejándote no está ayudando. Esperaba que pudiésemos tener una conversación… ya sabes… más… íntima. Tal vez Goya estuviese más acostumbrado a estos ambientes.

—¿Goya? ¿Marcos Goya?

La sonrisa se tornó en una risotada afectada.

—Ja, ja, ja. Mucho me temo que este no era sitio para el inefable Goya. Le reconozco que tiene usted una forma muy original de preguntar, pero le puedo asegurar que Goya no era gay.

Axel escondió su jugada.

—Ah, ¿no? ¿Y cómo estás tan seguro…? —Axel hizo una pausa valorativa. Aprovechó para echar mano del cóctel de vodka y tomate que pedía un trago a gritos.

Joder. Esta mierda está buena.

Acto seguido dejó la copa y continuó. La pausa se estaba alargando demasiado.

—… si se puede saber.

—Todo se puede saber, agente. Solo hay que fijar un precio. En este caso, por ser la primera vez, le saldrá gratis.

¡Dios, qué hostia tiene este pavo!

—¿Y bien?

—Esas cosas se notan. Por ejemplo, usted. Yo diría que nunca se ha acostado con un hombre pero lo ha pensado. Como esas cosas que se piensan para no hacerlas.

—¿A qué cosas te refieres?

—No sé. ¿Nunca ha pensado en irse de casa y dejarlo todo? ¿Viajar a una isla paradisíaca y cambiar de vida? ¿Dejar todo atrás y ser otra persona o… qué sé yo… cometer un asesinato? Usted tiene un arma y podría encontrar una buena coartada con facilidad. No le resultaría tan difícil. —Axel lo había pensado—. A ese tipo de cosas me refiero, agente. ¿Alguna vez ha sentido curiosidad? Por los hombres, digo. Seguro que le gusta el sexo anal. Seguro que sabe de qué le hablo. Un hombre, una mujer, ¿qué diferencia hay? A cuatro patas todos los gatos son pardos.

Axel se distrajo un instante buscando una palabra que definiese al becario de la Cadena Voz. Tan asustadizo en el trabajo y tan… tan… No encontraba la palabra. Decidió lanzar un ataque.

—¿Qué me dirías si te aseguro que Marcos Goya era homosexual?

—Que menuda decepción. Esas cosas se avisan, agente Nash. Podríamos haberlo pasado muy bien.

—No pareces sorprendido.

—Tiene que abrir su mente, hágame caso.

Y lo que no es mi mente, claro.

—Estamos en 2019. Se va a acabar el siglo XXI y usted seguirá en la primera página del Kamasutra. Lamento informarle de que el misionero es historia. A decir verdad, y a pesar de su camiseta, no le imaginaba tan aburrido. ¡Vaya día de decepciones!

Una nueva heridita se abrió en el ego del agente Axel Nash. Justo al lado de modus operandi, la postura del misionero empezó a sangrar. Le dio un trago largo al bloody mary para tranquilizar su orgullo.

—Se me está acabando la bebida —advirtió Axel.

—¿Quiere algo más fuerte?

—Quiero que dejes de hablar y me cuentes la razón por la que he venido hasta aquí.

—¡Hay que ver, qué poco aguante! ¿Es así para todo, agent…

Me cago en mi vida.

—No. No soy así para todo. Se me están hinchando los huevos y no te gustaría estar cerca si me explotan. ¿Puedes soltarlo ya, joder?

Caco hizo un gesto al camarero para que doblase las bebidas. No perdía la calma.

—¿Ha oído hablar alguna vez del animal omega?

Axel no respondió.

—Ya veo. El animal omega se corresponde con el eslabón más débil de la cadena. Si el macho alfa es el jefe de la manada, el animal omega está en el extremo opuesto. Pero como todo en la vida, es relativo. Todos somos potencialmente alfas u omegas, solo depende del entorno y las circunstancias.

—Todos somos mangutas, solo depende de con quién se nos compare —precisó Axel.

—Exacto. En la radio yo soy el animal omega y como tal me comporto. Hago exactamente lo que se espera de mí. Sin estridencias. El problema surge cuando en un mismo espacio coinciden dos o más seres desempeñando el mismo rol. Eso significa que hay una desproporción y en la radio hay excedente en machos alfa. ¿Ve por dónde voy?

—Es lo más interesante que has dicho en toda la noche, mocoso. No me dejes a medias.

—Tranquilo, nunca lo haría.

El camarero llegó con otra ronda. Ricardo esperó con paciencia a que dejase las bebidas, sostuvo la suya entre los dedos y, cuando consideró que volvían a estar solos, siguió hablando con gravedad.

—Sota es el paradigma de macho alfa. Ferviente, impulsivo, con carisma y un carácter fuerte. Pero no midió. Chocó contra un muro más duro que él y cayó. Goya también era alfa.

—¿Le trataste mucho? A Goya, digo.

—No demasiado. Conmigo siempre fue simpático. Era un tipo agradable pero no se enseñaba nunca. Me juego un dedo a que nadie en la radio llegó a conocerle bien. Y eso que todos mataban por chupar esa polla. Es lo que tiene el poder. Lo que ocurre, agente, es que, como puede ver… —Caco hizo un gesto con la mano como quien muestra una colección de obras de arte—… yo no tengo esas urgencias.

—¿A dónde quieres llegar? —preguntó Axel, desviando la mirada hacia la pista de baile. Dos armarios empotrados se estaban dando el lote justo a su espalda y ya le habían rozado varias veces la cabeza.

—No abandone su cóctel. Se le va a calentar. Y no todo lo caliente está bueno —observó Caco—. ¿Sabe qué ocurre, agente? Que hay un problema, y el problema es que falta una pata en la ecuación. La incógnita que despeja la X.

Max.

—Max.

—Bravo. Veo que ya me sigue. —Caco simuló un aplauso tímido—. Max es un bicho. No se fie de su apariencia de mosquita muerta. Siempre tan correcto, tan polite. Un bicho.

—Veo que no tenéis feeling.

¿Polite? ¿Feeling? ¡Seré gilipollas!

—Max es lo contrario a un líder. Ya sabe, valiente con el fuerte y generoso con el débil. Pues él es justo lo contrario. Un mamador hacia arriba y un tirano hacia abajo. Pero es alfa. Vaya si es alfa. Un alfa subrepticio. Y como le decía, cuando dos machos alfa colisionan…

—Arde Troya.

—El cuerpo de Goya apareció el miércoles. La noche anterior salía yo de la radio sobre la una y media de la madrugada cuando vi algo que quizá pueda ser importante. Bajé al parking para recoger mi coche e irme a casa y escuché una conversación alborotada.

—¿Una bronca?

—Algo así. No me acerqué demasiado, no olvide que soy marica.

Axel no supo si debía reírse. Su sonrisa se quedó a medio camino.

—Aunque estaba oscuro, el metro noventa de Marcos Goya no pasaba desapercibido. No puedo asegurar quién era el otro hombre. Estaba de espaldas.

—Pero era un hombre.

—Sí. Y más bajito. Como usted, más o menos.

Axel no podía permitirse otra herida.

—Entonces era alto —apuntó.

—Si usted lo dice.

—¿Crees que se trataba de Max?

—No lo sé, agente. A esa hora en la emisora quedábamos pocos y Max era uno de ellos. Pero no quiero aventurarme con algo así. El policía es usted.

—¿Algo más?

—¿Le ha sabido a poco?

—Me ha sabido bien, que es lo importante.

Axel terminó la frase guiñándole un ojo a la sonrisa que tenía delante. Acabó su copa y se fue. Ricardo asaltó la pista de baile con destreza. La noche prometía ser larga y ya había calentado suficiente.

Casi en la puerta de salida, un rostro conocido se ocultaba detrás de una mesa de billar. Axel le reconoció al instante. Ahí estaba, tan estirado como siempre, apoyado contra la pared, soltando miradas lascivas a chicos veinte años más jóvenes. Axel sintió cierta repulsión.

Tengo que abrir mi mente.

—Hasta mañana, Estrías. No imaginaba que te encontraría por aquí.

Manuel Estrías, el responsable directo de Axel en comisaría, se atragantó al escuchar una voz tan conocida.

—A-A-A-Axel. ¿Qué haces tú aquí?

—Nada, ya me iba, jefe. Creo que me he equivocado de sitio.

—Ya.

—Le veo el lunes a las nueve. Puntual, como siempre. ¡Buen fin de semana!

Estrías vio cómo su subordinado se alejaba sin esperar respuesta. A decir verdad, no la necesitaba.

De camino a casa, Axel conducía ensimismado. Llegó a plantearse si le habrían echado algo en el cóctel.

No tendré esa suerte.

Encendió la radio para no dormirse. Hasta el barrio de La Latina, donde vivía desde que se instaló en Madrid hacía más de un lustro, le iba a dar tiempo a poner en orden sus pensamientos. Sintonizó la Cadena Voz. Una voz engolada hablaba de los plazos de recuperación de un defensa del Real Madrid. Su forma de comunicar era bastante elocuente y mordaz. Nada en sus expresiones parecía gratuito. Desde luego, sabía lo que hacía.

Volvieron de publicidad y entró la cabecera del programa:

—La Escuadra… Cadena Voz… con Max Morán.

Fue en ese instante cuando Axel Nash cayó en la cuenta. No hay nada como pensar en otra cosa para recordar lo que uno quiere.

Procaz.

Esa era la palabra que llevaba buscando toda la noche.

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