Axel

Axel


20

Página 23 de 59

20

Madrid, lunes 18 de marzo

El subinspector Manuel Estrías había pasado mala noche. Las cosas no habían sucedido como él se había imaginado cuando unas cuarenta y ocho horas antes se arreglaba al ritmo de los falsetes de George Michael.

Esa mañana se levantó de la cama y ni siquiera tuvo ganas de escuchar música. Llegó a la comisaría diez minutos antes de las nueve. Acarreaba consigo una vergüenza pueril, como cuando llegabas al colegio sin los deberes hechos. No tenía ganas de enfrentarse a la sonrisa burlona del fantasma de cabeza rapada a cepillo que le había perseguido en sueños las últimas seis horas.

Se puso furioso cuando llegó a la sala de investigación número 3 y vio cómo su fantasma compartía, entre risas y susurros, con la chica del pelo corto, algo que imaginó tenía que ver con él.

—Nash, Galván… andando.

Su frase de siempre esta vez sonó más iracunda. De reojo, reflejado en una ventana, vio cómo Axel y Loor se daban un apretón de manos, como cerrando un trato. Imaginó que era un acuerdo de confidencialidad. ¡Maldita sea! La rubia teñida también sabía lo suyo. Estrías se peinó sus cejas hirsutas y se alejó maldiciendo para sus adentros.

Mucha mejor cara tenía el comisario Raúl Cueto, o eso le pareció a Axel cuando entró en la sala de reuniones de la brigada de Delitos Violentos. Sentados a la mesa estaban ya Manuel Estrías, el inspector Jorge Ortiz y dos investigadores operativos de la unidad.

—Buenos días a todos —comenzó Cueto—. Hoy arranca una nueva semana y seguimos sin tener una pista clara que nos lleve hasta el asesino de Marcos Goya. Tengo el compromiso firme del forense Cristóbal Rivas de que a lo largo del día de hoy nos proporcionará el informe definitivo de la necroscopia.

Axel miró a Loor. Esta negó con la cabeza.

—La autopsia nos permitirá determinar las causas exactas de la muerte. Confiamos en que a partir de ahí podamos establecer una línea de investigación clara, van pasando los días y no veo que sepamos hacia dónde vamos.

Este cabrón no se cansa de decir siempre lo mismo.

—Por otro lado, estamos recibiendo presiones del Gobierno para que pongamos toda la carne en el asador y resolvamos este caso cuanto antes.

Axel apuntó algo en su móvil.

—El inspector Ortiz hará un comunicado oficial en las próximas horas para calmar los ánimos de la prensa. Quiero que todo el mundo esté al pie del cañón. Nos jugamos mucho todos.

Axel volvió a apuntar. Loor no le quitaba ojo.

—Sin más preámbulo, le cedo la palabra al inspector Ortiz para que nos ponga al corriente de los últimos avances. Inspector…

Jorge Ortiz se remangó la camisa hasta los codos dejando al descubierto un tatuaje con un ancla en el reverso del antebrazo izquierdo.

Joder con Popeye.

—Buenos días, por decir algo.

Esta vez fue Loor quien miró a Axel. Y este quien negó con la cabeza.

—Es cierto, como dice el comisario Cueto, que los avances están siendo muy lentos. Pero me consta que todos estamos dejándonos la piel para dar con el asesino de Goya. Hay varias cosas en el aire: ¿A quién pertenece el semen encontrado sobre el cadáver? Con un poco de suerte esa incógnita se resuelve hoy mismo. ¿Dónde está el miembro de la víctima? Nuestros equipos de búsqueda llevan horas rastreando vertederos, depósitos de basura, los fondos del Manzanares, el lago de la Casa de Campo… Damos por hecho que el asesino se habrá desecho de una de las pruebas clave para dar con él. De momento está siendo una búsqueda estéril, no es sencillo acertar, no hay nada que nos lleve a buscar en un sitio concreto, pero tenemos que intentarlo. A veces dar palos de ciego da resultado. —Su tono de voz delataba que no creía demasiado en lo que estaba diciendo—. En cualquier caso, si alguien tiene alguna idea, será bienvenida.

Uno de los chicos jóvenes de la unidad operativa levantó la mano.

—¿No estamos barajando la posibilidad de que nos enfrentamos a un asesino en serie?

Axel bloqueó su teléfono y lo colocó sobre la mesa. Se repantingó en su asiento y cruzó los brazos. Levantó inconscientemente una ceja, al mismo tiempo que se levantaba su interés.

—Un coleccionista —continuó el chaval—. Alguien que lo que busca es fama internacional, trascender a través de sus actos, recibir la atención de una sociedad que seguramente siempre le haya ignorado.

Este subnormal vio Seven hace poco.

—Utilizará a la prensa para dar la vuelta al mundo. Cuanto más espectacular sea su crimen, más lejos llegará y más fácil será atraparle. A mayor dificultad, mayor es el margen de error. Debemos estar preparados porque va a volver a matar.

Un carraspeo se impuso al fondo de la sala donde estaba sentado Axel Nash. Todos se giraron.

—¿Cuál es tu nombre, perdona? —preguntó, fingiendo interés.

—Pablo.

—Pablo, ¿qué más?

—Nadal —respondió el joven con orgullo—. Como el tenista, el tío con la cabeza más dura de todo el circuito de la…

—ATP —dijo Axel, haciéndole los coros—. Puede que Nadal tenga la cabeza más dura de todo el circuito, pero no tendría nada que hacer contra esa cabeza de cemento armado que tienes tú sobre el cuello. Me parece estupendo que seas un fanático de True Detective pero ¿sabes qué ocurre?, que esto es la vida real y estamos en Madrid, no en el estado de Wisconsin. Voy a ir paso a paso para que no te pierdas: Punto 1, tenemos una víctima famosa. Muy bien, eso puede encajar con tu teoría; punto 2, tenemos una escena sexual macabra con un miembro amputado y desaparecido. De acuerdo, eso también encaja con tu teoría. Pero llegamos al punto 3. —Jorge Ortiz tensó los músculos del brazo, arrugando un poco su camisa. No sabía nada del punto 3—. Y el punto 3 dice que tenemos un sospechoso. Alguien del entorno de la víctima. Un tipo con un motivo, no un asesino en serie.

Axel sacó de su chistera una carpeta con varios folios. Un expediente.

—Su nombre es Max. De apellido Morán López. —Axel miró al chaval que aún no había bajado la mano—. ¿No había un tenista que se apellidaba López?

—Feliciano —dijo Nadal, balbuceando entre dientes.

Pues agárramela con la mano.

—¡Muy bien! Ya puedes bajar la mano. A lo que iba, Max es un tipo sin antecedentes penales, con un pasado intachable que sepamos y un futuro mucho más prometedor gracias a la muerte de Goya.

Nadie en la sala de reuniones pestañeaba más de la cuenta. La otrora fulgente calva de Jorge Ortiz se tornó cerúlea. Axel continuó su exposición.

—No me gustan los expedientes sin mácula, no creo en ellos. Todos dejamos mierda a nuestro paso. Más, menos, antes o después, pero la mierda siempre nos alcanza. Tengo una fuente que me asegura que la noche antes del asesinato de Goya, este tipo, Max, tuvo una bronca muy fuerte con el muerto en el parking de la radio.

Nash sabía que estaba exagerando la historia que le habían contado, pero no podía ni quería evitarlo.

—No sé si ese parking dispondrá de cámaras de seguridad, pero no perdemos nada por intentarlo. Sé que no es mucho; sin embargo, ya tenemos un lugar por el que empezar.

—¿Tú crees que este Max es capaz de cometer un crimen tan atroz? —preguntó Cueto, que llevaba rato observando el comportamiento de todo el mundo mientras Axel desarrollaba su hipótesis.

—Sinceramente creo que no —respondió Axel—. Pero también creo que ahí hay algo. Ahora mismo, el asesino, quienquiera que sea, nos lleva mucha ventaja. Por lo que parece, lo ha planeado todo bien. Es lógico pensar que se haya agenciado una coartada sin fisuras para el momento del asesinato, no creo que el arma homicida siga en su poder y va a ser extremadamente difícil dar con ella, quizá nunca lo logremos. Pero hay algo que tarde o temprano aparece.

—El móvil del crimen. —Loor habló por primera vez.

—El móvil del crimen —sentenció Axel—. Por ahí es por donde la agente Galván y yo hemos empezado nuestra investigación operativa. Es lo primero que se aprende en las escuelas: si tienes el motivo, tienes al asesino.

—¿Y tienes el motivo, Nash? —inquirió Ortiz, alzando demasiado la voz.

—Aún no. Pero prefiero no ponerme en lo peor. Creo que debemos buscar en lugares comunes, aunque suene poco ambicioso. No podemos dejarnos llevar por el alarmismo y el deseo egocéntrico de enfrentar un enemigo ciclópeo. Sexo, dinero y poder.

Evita, te quiero.

—Esos son los tres tenores de toda investigación. Y no creo que debamos desviarnos demasiado de esa senda.

—Estoy de acuerdo —concluyó Ortiz.

Raúl Cueto puso fin a la reunión con un par de órdenes.

—Nadal, tú y tu colega el Mudo, id a la radio. Quiero la grabación de ese parking. Traedme las cintas de todas las noches de la última semana. Si alguien pagó con tarjeta, quiero saber por qué no llevaba dinero en efectivo. Y quiero saberlo ya. ¿Entendido? Axel, Loor… ¿por qué no le hacéis una visita al tal Max? Si esconde algo, vayamos a su escondite a mirar. Y todo lo que averigüéis, lo reportáis directamente a Ortiz. No quiero tomar cartas en este asunto hasta la semana que viene. Estrías, tú ven conmigo. Tengo algo para ti.

Una idea pecaminosa sobrevoló la imaginación de Axel. Afortunadamente para su tranquilidad mental, la dejó pasar de largo.

—Nos vemos el próximo lunes —resolvió Cueto.

—El lunes te doy la revancha. Me debes cincuenta pavos, agente Galván.

Axel caminaba ufano. Le encantaba ganar una apuesta.

—¿Seguro que fueron tres? Yo no conté más de dos —protestó Loor.

Axel desbloqueó su móvil sin detener la marcha, tenía abierta la nota del iPhone donde lo había apuntado todo.

—«Pongamos toda la carne en el asador» —recitó.

—Vale. Esa es clarísima —concedió ella.

—«Que todo el mundo esté al pie del cañón».

—Sí. Esa también.

—¿Estás preparada? Porque aquí viene mi favorita: «No quiero tomar cartas en el asunto hasta la semana que viene».

—Venga ya, Axel. Es una frase normal. No la puedes contar como topicazo de Cueto. Ortiz también dijo «que nos estábamos dejando la piel». Son frases normales. Tú mismo has dicho «agenciado una coartada sin fisuras». Por favor.

—¿He dicho eso? —preguntó Axel, mirando al cielo.

—Eso has dicho, sí.

—Joder, soy mejor de lo que pensaba. Debería pedir un aumento.

—Idiota. —Loor dejó caer el hombro contra el brazo de Axel, como un defensor ganando la posición en un córner—. Hacemos una cosa. Doble o nada en la próxima reunión y esta vez apuntó yo.

—Nos van a pillar, pero me parece bien.

—Otra cosa, Axel. —Loor se ruborizó un poco, no estaba segura de la reacción de su compañero—. Igual te has pasado un poco antes, con el chaval, delante de todos.

Se viene leccioncita.

—¿Qué dices? Merecía algo peor —se defendió.

—No me entiendas mal, no hay duda de que era un flipao, pero tú sabes tan bien como yo que a veces la idea más absurda abre la puerta que lleva a la puerta de una posible solución. Es más que probable que después de lo de hoy, ese chaval no vuelva a abrir la boca en una reunión.

—Si es así, no tienes que darme las gracias.

—Axel…

—Está bien, está bien. Tienes razón. Me lo pensaré dos veces la próxima vez, pero no te garantizo que pueda controlarme. La estupidez puede conmigo, ya deberías saberlo. ¿Algún consejo más?, ¿alguna otra lección? Porque es de muy mal gusto dar consejos, a no ser que te creas superior, claro.

—Solo lo hago cuando creo que tengo razón —se excusó Loor.

—Siempre tienes razón.

Axel le guiñó un ojo y le lanzó las llaves del Peugeot 207 por encima del techo. Loor las pilló al vuelo.

—¿Vamos a la radio a ver a ese Max? —preguntó insegura.

—¿Y hacer lo que nos han pedido? ¿Estás loca? A veces me pregunto si soy el único que quiere resolver este caso. Quédate tú el coche. Yo voy a ir a entrenar. Prefiero esperar a ver qué nos cuenta Cristóbal. Además, Max tiene turno de noche, no creo que le encontremos ahora por allí y tampoco quiero ponerle en alerta. No nos interesa demasiado que piense que vamos detrás de él.

—¿Y yo para qué diablos quiero tu coche? —preguntó Loor, mientras se encendía un cigarro.

—Para recogerme esta tarde en casa. Calle Cava Baja. Sobre las siete.

—¿Eso no es en La Latina? Y ahí ¿dónde aparco?

Axel ya se estaba yendo.

—¿Por qué crees que te he dado las llaves?

Ir a la siguiente página

Report Page