Axel
21
Página 24 de 59
21
—Hay algo, de todo lo que pasó aquella noche, que no olvidaré jamás.
—¿Qué es?
—Antes de que ocurriese todo, estábamos en el coche y casi tenemos un accidente.
—¿Conducía él?
—Si. Yo no tenía carné. ¿Y sabes qué?
—Dime.
—No te haces una idea de la cantidad de veces que he deseado que ese accidente nos hubiese matado a los dos.
Axel se puso las zapatillas en cuanto cruzó la puerta de su apartamento y no se concedió ninguna distracción. Le negó al sofá su llamada y evitó la mirada del ordenador. Cogió las llaves, los AirPods, el móvil y salió.
El sol de marzo brillaba en todo su esplendor, la luz de mediodía coloreaba la Casa de Campo de verde y pardo. Las flores amarillas disfrutaban del calor de las parejas arremolinadas en la hierba. Otros corredores le salían al paso. Algunos trotaban dejando atrás los excesos del fin de semana, otros volaban en series cortas que aceleraban el ácido láctico.
Axel tenía un entrenamiento suave. Cincuenta minutos de carrera continua, sin guerras. Lo ideal para saborear uno de esos días primaverales que tanta falta le hacían a la ciudad.
Calculó una ruta no demasiado exigente que le permitiera terminar su tirada junto a los brillos ondulados del lago. Sus aguas mansas reflejaban besos furtivos y caricias de estraperlo. Amores fugaces, como el invierno, que acababa en unas horas.
Axel no creía en el amor.
Lo había probado y le pareció suficiente. No quería más de eso. Nunca fue capaz de dejarlo atrás y tenía asumido que ya nunca lo sería. Miedo, dudas, celos. La borrachera duró unos meses y la resaca le estaba acompañando el resto de su vida. Como a Clint Eastwood en La muerte tenía un precio…
No le salían las cuentas.
Y luego estaba Marta. ¿Qué culpa tenía ella? Tan pequeña, tan vulnerable, tan inocente. Una niña que los mejoraba, el fruto del dolor, la condena que no merecían, lo mejor que les había pasado en la vida.
Axel se detuvo junto a un árbol para estirar los músculos, acortados tras el esfuerzo. Estiró una pierna y la apoyó sobre la barandilla de metal que acordonaba el paseo del lago. Notó como la camiseta, empapada de sudor, se le pegaba al abdomen. Sentía su peso tirando hacia abajo. Estaba fría. Fría como el agua que tenía ante sus ojos, donde le había dicho el inspector Ortiz que estaban buscando el miembro de Goya. ¿Dónde estaría? ¿Por qué se lo llevaron? ¿Y quién?
Muchas preguntas sin respuesta.
¿Era una muestra de poder? ¿Una exhibición? ¿Un ritual? ¿Se enfrentarían de verdad a un maníaco que solo quería jugar con ellos para divertirse?
—No lo estás haciendo bien.
Desde luego que no.
Axel cortó de cuajo su ensimismamiento.
—¿Qué?
—Tienes que echar el cuerpo hacia delante. Así. Mira.
La elasticidad no era el punto fuerte del agente Nash. Sus instructores, en las pruebas físicas de acceso a la Policía, siempre se burlaban de él. «No se puede negar que tienes madera», le decían. Por eso Axel se impresionó al ver la flexibilidad de la chica pelirroja que tenía a su lado. Le llamó la atención que tenía las pecas de los mofletes coloreadas por el esfuerzo. Estaba roja como un tomate. También venía de correr.
—No quiero presumir delante de toda esta gente. No estaría bien —se excusó Axel.
—Ya. Bueno, pues nada. Allá tú.
La joven tenía una voz refrescante, como una caramelo de menta. Axel cambió de pierna y aprovechó que la melena roja tapaba todo el campo de visión para hacer un último esfuerzo de tocarse el pie. No pudo evitar soltar un quejido. Ella se giró.
—¿Puedo? —preguntó, plantando los dos pies en el suelo.
Axel asintió. La chica pelirroja le rodeó colocándose detrás de él y con sus manos le empujó la espalda hacia delante.
—Respira. Hay que hacerlo poco a poco. Con mucho cuidado. Verás que el cuerpo se va a acostumbrando y va ganando terreno. Respira. Tenemos que ponernos metas muy cortas. Respira. Ya casi estamos. No estás respirando.
—¿Qué? Sí estoy respirando. ¿Cómo no voy a estar respirando?
—Chisss. Respira.
La chica pelirroja dio un último impulso que permitió al agente Nash rozar con la yema del dedo corazón la punta de su zapatilla amarilla.
—Muy bien. Lo has hecho muy bien. Estoy muy orgullosa de ti.
Recochineo no, eh.
Axel estiró los brazos hacia el cielo para comprobar que no se había roto nada. Buscó en su cabeza algo que decir.
—¿Qué estás preparando? ¿Alguna carrera? ¿O corres por placer? —preguntó sin curiosidad.
—¿Quién corre por placer? —repuso ella.
Axel sonrió.
—Tienes razón —admitió.
—¡Hala! También sabes sonreír. ¡Qué chico tan completo!
Axel no se esperaba ese ataque pero no se ruborizó.
—Ya me lo decía mi madre, soy una joya.
La chica pelirroja se sacó una goma verde de la muñeca y se recogió el pelo en una coleta doblada. Tenía la cara redonda y las orejas pequeñas y pegadas, sin apenas lóbulo. Axel sospechó que tendría antepasados vikingos.
—Estoy preparando un maratón —dijo ella de pronto.
Joder, ya empezamos. En Madrid, no me digas más.
—¿En serio? ¿Dónde?
—Quiero correr en Nueva York, en noviembre. Es mi sueño desde que empecé a entrenar. Si me vas a decir que estoy loca, te lo puedes ahorrar, eh, porque ya lo sé. Es increíble, ¿sabes? Solía pensar que correr es de cobardes y que era una moda de cuñaos pero fíjate, al final te pasan cosas y… nunca sabes dónde vas a acabar.
—¿Y qué cosas son esas que te pasan? —quiso indagar.
—Uy, ¿no estás corriendo mucho?
—Perdona. Es que es ponerme esta ropa y no me controlo.
El flequillo rojo aleteó como un escualo cuando la chica pecosa sopló hacia arriba para despejar su frente. Axel recibió un hálito dulce en la cara.
—Hace un tiempo —explicó ella— estuve unas semanas en el hospital por motivos que no vienen al caso y leí la historia de Filípides. Sabes de que te hablo, ¿no?, lo de que corrió desde Maratón hasta Atenas para anunciar la victoria de su ejercito sobre los persas y murió por la fatiga de recorrer 42 kilómetros y 195 metros. Me pareció una historia bonita.
Axel se rascó la cabeza. Parecía mantener un debate interno.
—Sabes que la historia no es así, ¿verdad?
—No, la verdad es que no lo sé. Y no quiero saberlo. Lo que sí quiero saber es cómo te llamas.
—Axel. Me llamo Axel —respondió secándose la mano en el pantalón corto para no ofrecer su sudor de bienvenida.
—¡Encantada! —dijo ella tendiendo una mano pequeña y cálida.
Axel entornó los ojos esperando una información que no llegaba.
¿Esta no me va a decir cómo se llama?
La chica pelirroja sacó su móvil, marcó un código en apariencia sencillo y activó la cámara. Axel se pasó la mano por el pelo y se acordó de que no tenía nada que peinar.
—¿Me sacarías una foto? Quiero recordar este momento —solicitó la chica entregándole el teléfono a Axel.
Es para Instagram, no te avergüences.
—Claro. ¿Quieres modo retrato o te da igual?
—No sé. Tú eres el fotógrafo.
—Retrato, entonces. A esto luego le metes un filtro Mayfair y lo petamos. Hazme caso.
Dios mío, ¡qué estoy diciendo!
—Instagram me da pereza, no creo que la suba, mister Mayfair.
Axel sujetó el teléfono y lo colocó en horizontal, para abarcar más paisaje.
—¿No vas a sonreír?
—No.
Joder.
—Vale.
Apretó el disparador varias veces.
Para asegurar.
Le devolvió el teléfono sin tocar nada. Lo sujetaba como si estuviese muy caliente, como si tuviese miedo a la información que almacenaba.
—Mira a ver si te gustan —dijo.
—Seguro que me gustan.
—¿Por el fotógrafo o por la modelo?
—No conozco al fotógrafo. No sé si es de fiar.
—Ni yo a la modelo.
—Eres tú el que tenía dudas.
Joder.
La chica pelirroja se enfundó una sudadera pistacho con un aspa negra que llevaba atada a la cintura. Se colocó el flequillo y emprendió de nuevo la marcha.
—Bueno, nos vemos. Gracias por la foto —se despidió con prisa.
—Gracias por los estiramientos —gritó Axel, levantando una mano que no encontró quién la mirase. Allí plantado, la vio alejarse trotando con buena técnica. Intentó mantener su curiosidad a resguardo pero no tuvo éxito. Vació las ganas allí mismo.
—¿No me vas a decir tu nombre?
La contestación, si la hubo, se quedó flotando en el aire y se perdió entre tantos secretos que flotaban a su alrededor, al mismo tiempo. Axel se marchó en dirección contraria. Rumbo a casa. Con más preguntas de las que se hacía cuando salió. Sin embargo, con las mismas respuestas.
Al entrar en casa, Axel notó que la puerta no se deslizaba con la misma facilidad de siempre. Era una vieja puerta de madera. Vivía en un edificio antiguo, que por una lado requería el pago de cuantiosas derramas para el mantenimiento de la fachada, pero por otro gozaba de apartamentos con techos altos y vigas de madera. Gastos, luminosidad, espacio y encanto. Ventajas y desventajas. Y una puerta que no abría del todo bien. La empujó con fuerza y escuchó que algo se deslizaba por el suelo.
Una carta.
Otra derrama, sus muertos.
La recogió y la colocó en el mueble de la entrada junto a las llaves. No tenía remitente pero, fuese lo que fuese, podía esperar. Se fue directo a la ducha. Le daba pánico coger frío y enfermar, y que eso le dejase metido en cama varios días sin entrenar y sin caso.
Al salir se ató una toalla a la cintura, se puso una camiseta limpia y abrió el sobre. De su interior extrajo un folio escrito a mano.
Hay gente que aún vive en la posguerra.
Comenzó a leer.
Hola, agente Nash.
Usted no me conoce, pero yo a usted sí. Mi nombre es Carla Sabater. Sé que, a estas alturas, ya habrá oído hablar de mí. Le pediría, por favor, que no se crea nada de lo que le cuenten sobre mí y sobre Marcos. Es todo mentira. Nosotros nos amábamos. Llevábamos meses viviendo juntos y éramos plenamente felices.
A Marcos le tendieron una trampa, estoy segura. Todavía no me acostumbro a hablar de él en pasado. Es horrible lo que le han hecho. Él era muy buena persona, demasiado buena, tan bueno que muchas veces parecía tonto.
La gente que le rodeaba le tenía envidia. No soportaban que la vida le sonriese tanto y que aún encima fuese tan generoso con los demás. Sin querer, provocaba que todo el mundo a su alrededor se sintiese desgraciado al compararse con él, y eso algunos no lo soportaron.
Sé que ha ido a ver a su exmujer (si se está preguntando cómo lo sé, no hace falta que lo averigüe, yo se lo digo, lo he visto con mis propios ojos). No sé qué le habrá contado esa asquerosa, pero es importante que sepa que está loca, completamente loca. Y le digo que ha sido ella. Ella lo ha matado. No puedo probarlo todavía pero lo haré. No tengo ninguna duda. Sé que ha sido esa maldita bruja. Lo sé porque ya lo había intentado más veces.
A esa psicópata egocéntrica le encanta vestirse de víctima pero no se crea nada. Ella disfrutaba sabiendo que Marcos se acostaba con otras. Es más, le animaba a hacerlo y luego se masturbaba mientras le obligaba a que le contase todos los detalles. Está enferma.
Hacía años que no follaban juntos. Ella no quería, decía que no disfrutaba, que le daba asco. Esto me lo confesó él, entre lágrimas, hace no mucho. El pobre llevaba demasiado tiempo encerrado en una pesadilla de sexo y mentiras y, cuando por fin le puso solución, se lo ha cargado. ¿Y sabe por qué? Porque está tan loca que no soportaba la idea de que Marcos fuese feliz con otra, no soportaba que fuese feliz conmigo.
Sé que seguirá escuchando historias sobre mí. No solo por parte de ella. Hay más gente en esto. Estoy convencida. Pero el tiempo pone a cada uno en su sitio. Y mi sitio está donde esté Marcos.
No tema, no me voy a quitar la vida, no todavía. No hasta que sea capaz de demostrar todo lo que le estoy diciendo.
No me busque, agente. He recogido mi casa y mis cosas y he abandonado la ciudad. Investigue lo que le digo. Ha sido ella. Coloma Duval. Siento un escalofrío con solo escribir su nombre. No sé cómo ha podido llevar a cabo una muerte tan sanguinaria, tan cruel, incluso para un monstruo como ella.
Indague, agente, indague e irá viendo que todo lo que le cuento es verdad.
Y otra cosa, no intente ponerse en contacto conmigo. Seré yo quien lo haga. Tendrá noticias mías, espero que pronto y espero que sean buenas.
Atentamente,
CARLA
Cuando terminó de leer, Axel dobló la hoja manuscrita y la devolvió al sobre. Le había golpeado. La sordidez de todo este asunto estaba empezando a sobrepasarle. Llamó a su hermana para comunicarle que esa noche tampoco podría recoger a su hija Marta. Al colgar notó la angustia del que empieza a hacer malabares con demasiadas bolas.
A las siete en punto bajó al portal y allí estaba su Peugeot 207 perfectamente aparcado. El reflejo de la ventanilla le devolvía una sonrisa triunfal.
—Las pruebas diagnostican que no es tan dificultoso estacionar en esta calle, agente. Al parecer depende de la pericia del conductor.
Axel abrió la puerta del copiloto y aspiró con profundidad.
—¡No habrás estado fumando aquí dentro!
—Por supuesto que no. ¡Por quién me tomas! —Loor se dio cuenta de que su compañero no estaba para demasiadas bromas.
—Eso te va a matar, Loor.
La agente Galván borró su sonrisa, arrancó el vehículo y se puso en marcha. Había conducido desde la comisaría maquinando como aligerar el ambiente antes de ponerle al día. Pero falló. No le había salido bien. Así que disparó a puerta.
—Oye, Axel, tengo noticias. Y no son buenas.
—Yo también. Empieza tú mientras le escribo un mensaje a Garrido. Te escucho. Y gira aquí a la izquierda. Coge la M30 hacia el norte. Vamos a La Moraleja. Tenemos que hacerle una visita a alguien.
—Pues ese alguien va a tener que esperar.
Loor tomó la M30 pero en dirección a Valencia.
—Ha llamado Rivas. Ya ha finalizado la autopsia de Goya y tiene el resultado del análisis del semen que apareció en el cuerpo.
Axel dejó de escribir y miró al frente, hacia la carretera.
—¿Esas son las malas noticias?
—Desde luego, no son buenas —sentenció Loor.