Axel

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Vigo, viernes 15 de marzo

—¿Tienes la mercancía? —Era una pregunta retórica, siempre lo era—. Entonces no tienes de qué preocuparte.

El hombre del traje gris le había tratado con cariño, como siempre que hablaban. Con esa educación tan relamida que le había hecho ascender en la escala social.

Ahora ya nadie le llamaba Gato. Desde hacía un tiempo solo respondía si te dirigías a él por su nombre de pila, Gastón.

Lejos quedaban los años en que Omar y Gato fueron compañeros de instituto. Nunca habían sido amigos íntimos pero se respetaban, y los años compartiendo ciudad hicieron el resto. Gastón ahora andaba metido en política, medrando en la comunidad, pero eso a Omar le traía sin cuidado. Lo único que le preocupaba era Jarvis.

A su espalda, al abrigo de la sobremesa, las olas golpeaban las rocas del costado derecho del paseo de la playa de Samil, junto a la playa de la Fuente. El mar venía agitado, como el día. La marea estaba en su punto más alto.

Gastón, que esa tarde había cambiado el traje gris por una camisa de cuadros celestes y un jersey azul marino que le abrazaba los hombros, se veía incapaz de abandonar su tono melifluo.

—Me jode mucho que las cosas hayan tomado un cariz tan exagerado, pero ya sabes cómo funciona esta gente, amigo. Tienen sus propias normas y yo ahí no me puedo meter. Pero vamos, me han asegurado que tu socio está en perfecto estado, eh. Todo esto va a quedar en una anécdota, confía en mí. La próxima vez que comamos en El Capitán nos vamos a descojonar al recordarlo.

A Omar estaba empezando a ponerle nervioso tanta condescendencia. Identificaba a un cínico a varios kilómetros de distancia. Él mismo se jactaba de serlo de vez en cuando, pero Gastón se estaba pasando.

El tiempo se agotaba y no necesitaba eso. Necesitaba una hora y una dirección. Quería sacarse este embrollo de encima cuanto antes. Y dormir, también necesitaba dormir.

—En los acantilados de Baiona, a las diez —le indicó Gastón.

El mismo sitio y la misma hora.

Omar se fue a casa y se dio una ducha fría. Percibía la urgencia de oxigenar su cabeza. Colocó la nuca debajo del grifo y sintió cómo un reguero de agua helada le caía desde el pelo, atravesándole la frente hasta los pies, poniendo a tono su circulación. Se había metido más de 1200 kilómetros de carretera entre pecho y espalda sin dejar de pensar un minuto en cómo salir airoso de aquella y el cansancio empezaba a mermar su concentración. Le tranquilizaba pensar que ya estaba en la recta final y que aún contaba con un par de horas para preparar algo, por si intentaban jugársela.

Hasta el momento todo había ido bien.

El viaje a Madrid había salido como esperaba. Traería consecuencias, lo sabía, pero ya las afrontaría llegado el caso. Ahora tenía que encarar la última fase del plan, la más difícil, la más arriesgada.

El rescate.

Sus bolsillos echaban de menos una pistola. Le jodió no haber aceptado la que le ofrecieron unos camellos de Ferrol aquella vez que tuvieron movida. Ocurrió unos meses atrás, un chivatazo en mitad de una descarga les dejó con la guardia en bolas y sin harina. Unos colombianos se habían cabreado mucho y amenazaron con volarle la cabeza a varios de ellos. Al final todo se solucionó con un par de descargas exprés, tal y como Omar había vaticinado. Confiaba tanto en sí mismo que rechazó el arma que le ofrecieron por si necesitaba defenderse. Desde ese día no había vuelto a pensar en ello, hasta ahora.

Salió hacia los acantilados con tiempo de sobra. Esa vez quería llegar el primero. Ya que estaba en clara posición de desventaja, solo y sin revólver, al menos así ponía el tiempo a su favor.

Al llegar, aparcó el BMW de tal forma que pudiese tener una vía de escape en caso de necesitarla. Se bajó del coche para matar la espera. Se debatía entre hacerse un peta de hachís para aplacar los nervios o liarse un cigarro para mantener los cinco sentidos alerta.

Se estaba encendiendo el canuto cuando aparecieron. Los faros del Audi A5 negro despertaron las pupilas enrojecidas de Omar. Escudriñó a lo lejos la aparición de un segundo vehículo en vano. No había nadie más.

Era un uno contra uno.

O lo fue hasta que dos siluetas descendieron del coche.

Dos contra uno.

Una ráfaga de viento levantó algo de polvo que golpeó a Omar en la cara. Nubes espesas del noroeste encapotaban la noche y tapaban la luna. No se veía prácticamente nada.

De pronto, una linterna iluminó el erial que les separaba y cegó momentáneamente a Omar, que logró mantener la calma hasta recuperar la visión. Reconoció al hombre de la cicatriz que, en un primer momento, se quedó en segundo plano. Si fue una decisión tomada para ponerle más tenso, estaban teniendo éxito. Fue el otro hombre quien habló.

—Hola, chaval.

De nuevo esa modulación en la voz. Omar la reconoció ipso facto. No la escuchaba desde la última vez que comieron juntos los cuatro, con Jarvis y Gato. Era el cuarto comensal, el socio de Gastón, que había bajado al barro.

—¿Dónde está la coca?

—¿Dónde está mi colega?

—Sin coca no hay colega.

—Pues sin colega no hay coca, tú verás.

Omar trataba de permanecer hierático y no sabía si lo estaba consiguiendo. Recordaba esa entonación, áspera y aversiva. Sin embargo, esa vez le pareció repugnante, como pasar una lima entre los dientes.

El hombre de la cicatriz dio un par de pasos hacia delante. Se detuvo en seco al ver cómo su socio levantaba casi imperceptiblemente un brazo.

—Tú colega está bien —dijo.

—¿Está ahí? —Omar señaló el Audi con la cabeza. Un miedo cerval estaba empezando a dominar sus piernas, rígidas, exhaustas. Dio una calada al porro y las llamas le iluminaron el rostro.

—No. Pero está bien.

El hombre de la cicatriz sonrió. Se iluminó con la linterna para que Omar viese su reacción. Lo único que vio fue una mejilla macilenta mal recortada por la sutura.

El otro hombre sacó su móvil.

Omar se metió una mano en el bolsillo.

—Eh, eh, tranquilo. No pasa nada. Voy a demostrarte que no te engaño.

El hombre de la voz rocosa elevó el brazo derecho haciendo una señal. A los pocos segundos sonó el claxon del Audi A5 que habían dejado a su espalda. Omar cambió el peso de pierna, no había contado con esa posibilidad. Tres contra uno. Esa señal recibió respuesta inmediata. Dos focos se encendieron a lo lejos en el descampado, un destello. Otro coche aguardaba a cien metros.

—Jarvis.

El viento extinguió el susurro de Omar antes de que llegase a ningún sitio. Reparó en que desde el altavoz del teléfono una llamada esperaba respuesta y, apenas al segundo tono, Omar escuchó la voz con la que llevaba dos noches teniendo pesadillas.

—Omar, Omar. Tranquilo, tío, estoy bien. Estoy aquí, tío. Estoy aquí. Dales la farla de una puta vez a esta gentuza y vámonos a casa, tío. No aguanto más, tío. Te lo juro.

—Jarvis, ¿dónde estás? ¿Dónde coño estás?

—Dame eso.

No era la voz de Jarvis la que sonó en el teléfono. Omar escuchó con atención.

—Chaval, saca ahora mismo los dos kilos de coca del maletero de tu coche, o de dónde coño la tengas, o vas a escuchar dos disparos que van a atravesar a este pavo por la mitad. Te lo digo en serio. Déjate de hostias, que tengo la paciencia al límite.

El hombre de la cicatriz se situó al lado del teléfono y el sonido metálico de su revólver golpeando la pantalla erizó la nuca de Omar.

—Hazle caso. Está cabreado —añadió sonriente.

—Está bien. Está bien. Calma, por favor. Vamos a estar tranquilos, ¿vale? Tengo todo ahí atrás. Ahora me voy a girar, muy despacio, y voy a abrir el maletero de mi coche. Voy a sacar una bolsa con la mercancía. Nada más. Pero que nadie se ponga nervioso. Os doy mi palabra.

Omar subió la puerta del maletero y se hundió dentro, lejos de cualquier mirada.

—Me cago en dios. ¿Dónde hostias estás? Sal ahora mismo o te vuelo la tapa de los sesos, me cago en mi puta vida. —La cicatriz temblaba sin control.

Por encima del techo del BMW, una bolsa negra con la silueta de un puma se elevó a cámara lenta.

—Ya está. Ya está. Joder. Aquí está todo. Aquí tengo los dos kilos que os prometí. —Omar cerró con cautela el maletero. Sujetaba la bolsa con los brazos extendidos hacia delante—. Es vuestra, toda vuestra, pero antes quiero escuchar que mi colega está libre.

—¿Que quieres qué?

El hombre de la cicatriz encañonó a Omar en la frente provocando en él una reacción que empezaba a resultarle familiar. Se irguió por instinto, hasta ponerse de puntillas. El hombre de la voz rocosa le arrancó la bolsa de las manos sin encontrar resistencia. Omar aceptó la derrota.

—Está bien. Soltadle —dijo escupiendo al teléfono. Su voz seguía arañando la noche.

Unos pasos acelerados rebotaron desde el altavoz del móvil. Omar sintió un alivio fugaz.

Jarvis estaba libre.

A pesar de todo, el frío del revólver en la frente no le dejaba del todo tranquilo.

—¿Lo oyes?, lo has conseguido. Enhorabuena, eres un héroe. Pero ¿sabes qué pasa? Que los héroes deben morir. —El hombre de la cicatriz apretó el cañón del revólver haciendo más presión en la frente de Omar, quien al bajar la vista comprobó que tenía el dedo en el gatillo—. Tu colega ya se ha librado, pero tú te vas a quedar en el sitio, amigo.

—Déjale. Vámonos ya. —La otra voz resonaba en los oídos de Omar aún más hosca.

—De eso nada. Me lo voy a cargar aquí mismo para que aprenda la puta lección. Estoy de perder el tiempo con estos niñatos hasta los cojones. —El hombre de la cicatriz movió el pulgar de su mano derecha hacia atrás e hizo retroceder el martillo del revólver hasta que hizo clic—. Este juego se ha acabado, imbécil. Y tú has perdido.

—¡Omar! ¡Omaaar!

Omar escuchaba los pasos atropellados de Jarvis acercándose cada vez más. El corazón le estallaba en el pecho.

—¡Omaaaar!

Omar se estaba quedando sin fuerzas, la cabeza le daba vueltas. Sin tiempo para decir nada, el eco del disparo provocó una explosión tan abrupta que le llenó de metal los tímpanos. Dicen que, desde que el sonido sale de la boca del cañón hasta que lo registra el cerebro y desaparece, transcurre una millonésima de segundo. Dos, a lo sumo. A Omar le dio tiempo a pensar que el metal de la pistola en la frente ya no le parecía tan frío.

Después, ya no sintió nada.

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