Axel
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Cuando subía en el ascensor que los llevaba directamente a la última planta del pabellón 7 del Instituto Anatómico Forense de Madrid, Axel seguía dándole vueltas. No tenía ningún sentido. Así que se lo volvió a preguntar.
—¿Estás segura, Loor?
—¿Otra vez? Esa pregunta se la tienes que hacer al doctor Rivas. Yo estoy segura de lo que escuché.
Cruzaron el pasillo largo de la izquierda a buen ritmo, a la velocidad del que huye de la incertidumbre. Fue Axel quien abrió la puerta del laboratorio con brusquedad.
—¿Estás seguro, Cris?
El forense estaba trabajando en una herida superficial a la altura del cuello de un fallecido. No regaló ni un parpadeo.
—¡Joder, Axel! ¡Qué susto me has dado! Ten un poco de cuidado la próxima vez, haz el favor. He visto muchos corazones sin latido y no tengo interés en que nadie apague el mío.
—Perdona. —Axel bajó la vista, sintió algo cercano a la vergüenza.
—Sé que te cuesta, pero trata de entender que no eres el único que tiene prisa. —Cristóbal Rivas, quien todavía permanecía agachado sobre la mesa de operaciones, se incorporó, se quitó los guantes y se lavó bien las manos en el lavabo que tenía a su espalda—. Buenas tardes, agente Galván.
—Buenas tardes, doctor Rivas —respondió Loor.
—Axel… abre bien los ojos cuando estés con esta chica porque aún tienes mucho que aprender.
Axel no dijo nada. Y el médico, sorprendido por esta circunstancia, se acercó con pasos flemáticos a un archivador y sacó una carpeta marrón. Empezó a hablar antes siquiera de abrirla.
—Aquí lo dice bien clarito. Los restos de semen hallados en el cuerpo sin vida de Marcos Goya Suárez, y su posterior análisis en el laboratorio de biología forense, que se encarga del estudio de la morfología y química de los mismos, determinan con una fiabilidad del 99,999 por ciento que, al ser cotejado con la extracción y análisis del ADN resultante, coincide con el de la persona física de Marcos Goya Suárez.
Axel dejó caer sus hombros.
—Lo que quiere decir que hemos encontrado su propio semen —dijo.
—Lo que quiere decir que hemos encontrado lo que han querido que encontrásemos, y que refuerza mi tesis de que todo forma parte de una puesta en escena —replicó el doctor—. Y desde luego explica que no hayamos hallado ningún resto de saliva, sangre, sudor o fibra sintética de ningún otro individuo distinto del fallecido. Lo dejaron todo preparado, muchachos, para ganar tiempo y mantenernos entretenidos con unos restos de semen que no llevan a ninguna parte.
Axel se rascó la cabeza. Empezó a caminar en círculos pequeños alrededor de sí mismo. Loor intervino con ganas de avanzar.
—Doctor, ¿ha podido determinar ya la causa exacta de la muerte? ¿Sabemos si le dejaron morir desangrado por la herida que le produjo la amputación del pene?
—La respuesta es no. Es decir, sí, ya lo he podido determinar. Y no, no murió desangrado por esa herida.
Loor miró a Axel que pareció volver en sí.
—Fue una muerte mucho más rápida —añadió Rivas—. La víctima presentaba un corte profundo y prolongado en la zona del bajo vientre con afectación y desgarro de varias arterias principales y tendones. Normalmente diferenciamos las heridas con arma blanca por su longitud o su profundidad. Aquí entran varios factores en juego; la postura al recibir el corte, la fuerza empleada… y lo más importante, el arma. Esta no es una herida habitual. Por su longitud, podría parecer una lesión por deslizamiento, pero de ser así habríais estado en lo cierto y la víctima habría fallecido a causa de la hemorragia provocada por la sección de vasos superficiales. Eso habría supuesto, sin duda, una muerte más lenta y angustiosa. Lo extraordinario, en este caso, es que la herida es también lo que llamamos una lesión punzante, es decir, muy profunda. Su letalidad es mucho mayor porque compromete órganos vitales y causa hemorragias internas.
—¿Estás intentando decirnos que el asesino empleó diferentes armas?
—No, no necesariamente. En función de la elasticidad de los tejidos del agredido y de la fuerza empleada por el agresor, se puede alcanzar mayor o menor profundidad. En este caso, la aorta abdominal de la víctima presentaba una desgarro completo. Eso se puede lograr con un cuchillo convencional muy bien afilado, pero ¿con esta longitud de herida en un cuerpo en decúbito prono? Solo me ocurre una cosa.
—¿Decúbito prono es que estaba a cuatro patas? —intervino Axel.
—Decúbito prono es que estaba boca abajo, aunque es más que probable que estuviese a cuatro patas, pero no nos adelantemos.
—Continúa, por favor —solicitó Axel.
—Decía que, por mi experiencia, solo se me viene a la cabeza un caso en el que un arma ocasionó una herida de tales características. Tuvo lugar hace unos años, en una reyerta que acabó con varios fallecidos por arma blanca en la calle Bravo Murillo. No hubo ningún detenido, pero vosotros —el forense agitó una mano—, no vosotros dos, me refiero a la Policía, cree que se trata de la mafia china. Y yo también lo creo, porque entre los integrantes de la mafia china desplazados por el mundo se ha extendido el uso de este tipo de arma de origen filipino. ¿Habéis oído hablar del kerambit?
La reacción de Axel abriendo los ojos como platos dejó claro que no.
—¿La garra de tigre? —preguntó Loor.
—Exacto, agente Galván.
Joder con Rambo.
Loor sintió cómo el calor le apretaba las mejillas, no fue capaz de controlar el rubor. Axel y Cristóbal la miraban esperando una explicación.
—A veces soy un poco freak de los videojuegos y esa es una de las armas tácticas de defensa del Counter Strike —se excusó Loor—. Se me quedó grabado el nombre porque puedes personalizar la hoja en diferentes colores, y me resultó muy útil para avanzar en un pantalla complica…
—Está bien, está bien… te creemos —la interrumpió Cristóbal, que miró a Axel con una sonrisa ladina.
—Bueno, sigo con la explicación —dijo Rivas desabrochándose la bata y dejando al descubierto un tripa redonda como un donut de chocolate—. El kerambit es un arma difícil de conseguir, en la actualidad está prohibida su venta o comercialización; eso, como comprenderéis, a las mafias les trae sin cuidado. Por eso precisamente, y entre otras cosas, son mafiosos. Esto acota algo la búsqueda del culpable. Sé que no es gran cosa pero es lo que es.
—Es gran cosa pero te conozco —dijo Axel—. Hay algo más.
—El kerambit es un arma muy corta, muy fácil de esconder. En una pelea, el agresor que la usa tiene mucha ventaja, ya que le permite ocultar que tiene un arma hasta que ya es demasiado tarde. También ha superado registros y cacheos en aduanas internacionales. Ha pasado controles de aeropuerto. En definitiva, podría pasar desapercibida en casi cualquier escenario.
—Como por ejemplo ahora mismo, ¿verdad, Cris? —exclamó Axel—. Que son muchos años ya…
El doctor Rivas sonrió.
—Agente Galván… abra bien los ojos cuando esté con este chico porque aún tiene mucho que aprender. —El médico giró su brazo derecho y abrió la palma de la mano dejando a la vista un cuchillo corto y curvo. Con un solo filo.
Sí que parece una garra.
—Me estoy perdiendo —reconoció Loor.
—La humildad te llevará lejos —dijo Rivas.
—¿De dónde coño has sacado eso? —preguntó Axel.
—Deformación profesional, me gusta saber a qué me enfrento. Me ayuda a ser más minucioso. Y tú y yo sabemos que mi celo nos ha venido bien en el pasado.
—Luego te lo explico, Loor —dijo Axel mirando a su compañera con una disculpa falsa dibujada en la cara—. No quiero que pienses que te oculto cosas.
—Tranquilo, lo seguiré pensando —repuso ella.
—Colecciono armas que hayan sido utilizadas en crímenes para los que se han requerido mis servicios y, claro, llevo tantos años en esto que la colección es amplia —confesó Rivas—. Es difícil pillarme. Esta la conseguí en un viaje por el sudeste asiático, en Malasia, si no recuerdo mal.
—¿Nos cuentas ya lo del decúbito ese? —Axel se estaba impacientando.
—La complejidad de este crimen es ciertamente inaudita. No sé si os lo he dicho, la herida que acabó con la vida de Marcos Goya Suárez no es la misma que le seccionó su miembro. Esta segunda herida, en la base del pene, es lo que llamamos una lesión intermedia o lesión perimortem, y lo que nos asegura es que todo fue milimetricamente planeado y, sin embargo, ejecutado a gran velocidad.
Axel abrió los brazos.
—¿Hay que preguntártelo todo?
—Ya voy, ya voy. La herida que le mata es la primera, en la zona abdominal inferior, y la segunda herida se produce en lo que se conoce el periodo de incertidumbre, cuando la víctima está agonizando y empiezan a fallar las reacciones vitales generales. Los labios de la herida, no retraídos ni engrosados, y y la ausencia de hemorragia arterial y venosa dejan poco lugar a las dudas.
—Entonces ¿para qué cortarle el pene? ¿Por ensañamiento? Estoy pensando en alto, disculpad —dijo Axel, que jugaba compulsivamente con el puño de la camisa, abrochándolo y desabrochándolo, mientras se hacía preguntas.
—Es posible —asintió el forense—. O quizá como un trofeo. Un símbolo de poder.
—O un símbolo de venganza —añadió Axel.
—Sí, también —concedió Rivas—. Es una buena opción.
—¿Por qué ha dicho que estamos ante un crimen inaudito? —indagó Loor.
—De una complejidad inaudita, para ser exactos —corrigió Cristobal—. Lo que quiero decir es que después de recopilar toda la información que nos dejan las huellas anatómicas y el resultado de la autopsia, la reconstrucción de los hechos es bastante inverosímil. La víctima está sobre la cama en posición de decub… a cuatro patas…
Mejor, más clarito.
—Está recibiendo sexo anal y, en el momento en que alcanza el orgasmo, su agresor, que tenía el kerambit escondido en el interior del puño derecho, le ataca con extrema violencia, mientras con la otra mano, enfundada en un guante de látex, recoge el semen y se lo extiende alrededor del hueso sacro y la nalga derecha. —El doctor Rivas se encogió de hombros—. Bueno, puede ser. Cosas más raras se han visto.
—Desde luego es una muerte cruel. Vaya corte de rollo —comentó Loor.
—Al menos se fue de este mundo con buen sabor de boca —añadió Axel.
—La petite mort —sugirió Rivas.
—¿Qué dices? —preguntó Axel.
—La petite mort. Así lo llaman los franceses. La muerte dulce. Ya sabes, en referencia al desvanecimiento que tiene lugar después del orgasmo.
—Es una buena metáfora —dijo Axel mientras pensaba en la última vez que había sentido esa sensación.
—La petite mooggt. —Cristóbal Rivas exageró el falso acento francés mientras regresaba a la revisión de la herida que había dejado a medias cuando Axel y Loor aparecieron en su estudio.
—Ya nos vamos. Ya nos vamos. No hace falta que seas maleducado.
—De nada, agente Nash. —El doctor Rivas le guiñó un ojo a Loor—. Si necesitáis alguna cosa más, ya sabéis que mi puerta siempre está abierta, pero acordaos de abrirla más despacio, por favor. No hay necesidad de tanto escándalo.
Loor salió primero. Axel se volvió a despedir desde la puerta.
—¿Cris?
—¿Ajá?
Gracias.
—No te sale bien el acento francés.