Axel
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—No le veía la cara.
—¿Cerraste lo ojos?
—No lo sé, no sé si cerré los ojos. No es eso.
—¿Entonces?
—Me empujó contra la cama, de espaldas, y me agarró de las costillas. Me hizo mucho daño.
—¿Estuvo todo el rato detrás de ti?
—Sí. No sé cuánto rato, pero todo el rato. Es que… no fue algo solo vaginal. Fue también… ya sabes… fue anal.
Salieron a la calle y una bocanada de aire frío los sorprendió con la guardia baja. Ambos se encogieron instintivamente. Axel se sentía desconcertado, confundido. Necesitaba ordenar sus ideas y canalizar todo lo que había escuchado los últimos cuarenta y cinco minutos, pero había algo todavía más urgente. Conducir. Ahora necesitaba conducir para equilibrar la adrenalina que había perdido.
Loor le dio tres caladas rápidas a un Marlboro Light antes de entrar en el coche. Tres chupadas automáticas, sin solemnidad, como tres parpadeos. Axel decidió no interrumpir sus pensamientos, parecía darle vueltas a algo importante y quizá ese algo tuviese que ver con Goya. No perdía nada por estar callado. Habían recibido mucha información y tenían que procesarla.
Decidió de manera unilateral cuál sería su próximo destino. Era un poco tarde para según qué visitas, pero el día había cogido velocidad y frenarlo ahora no le parecía buena idea. Además, no tenía la impresión de que en casa de los Goya Duval fuesen de los que se acuestan temprano.
Axel se preguntaba en silencio cómo encajarían las altas dosis de femme fatale de Coloma con las altas dosis de feminismo progresista de su compañera.
La tranquilidad de todos duró tres calles y una incorporación. Poco más que el bocinazo que acabó con ella.
—Me voy a cagar hasta en mi madre. ¿Quieres esperar la cola, maldita escoria?
Los gritos del conductor al que Axel no había dejado pasar se intuían como escupitajos tras la ventanilla subida de un Mercedes rojo deportivo.
—¡Escoria! —comentó Loor—. Ese es nuevo.
—¿Pero tú has visto al listo este? Se debe pensar que los demás somos todos gilipollas y que nos gusta estar parados respetando el turno.
Otro bocinazo. Otra vez Axel.
—¡Que te esperes, cojones! ¡Que dejes de acelerar de una vez y te metas ahí atrás!
—¿Por qué no sacas el arma? —preguntó Loor.
—¿Qué dices? —Axel no sabía si mirar a Loor o seguir con la vista fija en el espejo retrovisor. Se quedo a medio camino.
—El arma. Saca la pistola y se acaba el problema. No hace falta que dispares, solo apúntale a la cabeza. Lo arreglas en medio segundo, ya verás.
Esta está como una puta cabra.
—Pero cómo voy a sacar un arma, ¿tú estás bien de la cabeza?
—Dime que no lo has pensado mil veces. Seguro que se te ha pasado por la cabeza mil veces.
Axel lo había pensado más de mil veces. Bastantes más.
Otra vez una mancha roja se acercó peligrosamente a la ventanilla del conductor del Peugeot 207.
—Está bien. Lo haré yo —anunció Loor.
—¿Qué dices?
—Pita.
—¿Qué?
—Que le pites. Se te está metiendo.
Axel pulsó el centro del volante y el acelerador. Todo a un tiempo. El sonido del claxon se impuso en la calzada. Loor sacó su pistola reglamentaria y, sujetándola con las dos manos, como en pleno asalto, apuntó directamente al entrecejo del conductor del deportivo. Por su ojo abierto, Loor pudo ver como una mueca de terror se iba haciendo más pequeña, alejándose a gran velocidad. El Mercedes rojo cambió de carril, de carretera, de destino y quizá de vida.
—Ves. Ya está. ¿Has visto qué fácil? —Loor sopló al cañón de la pistola con aire triunfal, como enfriando un disparo imaginario—. ¿Cómo decía aquella frase? «Por las buenas soy muy buena, pero por las malas soy mucho mejor».
—Es mejor que vuelvas al Marlboro rojo, de verdad —suplicó Axel—. Que no te vea de nuevo fumando nada light, ¿vale? No te sienta bien. Es evidente.
Loor sonreía satisfecha, relajada. Disfrutaba viendo a Axel perder los nervios. A través del cristal del vehículo sus pensamientos viajaban serenos, mezclándose con la noche abigarrada que ya estaba cayendo sobre la zona norte de la ciudad. Nubes sueltas, sin intención de descargar agua, coloreaban el horizonte y se filtraban entre la belleza incólume de las Cuatro Torres.
—¿Tú crees que lo hizo un tío? —preguntó Loor sin más preámbulos.
En eso iba pensando.
—Yo diría que sí —respondió Axel—. A estas alturas me parece obvio que a Goya le gustaban la carne y el pescado. Y todos los indicios nos llevan a pensar que esa noche pidió pescado. Así que sí, supongo que lo hizo un tío.
Loor guardó su pistola y disparó a discreción.
—¿Sabes una cosa, Axel? Te pones muy cuñao a veces. Y no te pega nada. No sé bien si lo haces por costumbre, por hacerte el machito o porque realmente piensas de esa forma, pero ese comentario es bastante estúpido.
—Bueno, joder. Es una forma de hablar. No te enfades. ¿Me vas a apuntar con un arma a mí también? —bromeó Axel.
—No me enfado, allá tú. Pero nos vamos conociendo y tú no eres así. No me creo tu personaje. Es como si te diese miedo que alguien pudiese pensar que no eres un hetero de verdad, un hombre como Dios manda, de los de toda la vida. Y para que lo tengas en cuenta, no eres ningún macho ibérico. Y da gracias, porque hay pocas cosas más rancias que el típico macho ibérico.
Los dos vieron que una moto les adelantaba con violencia por la derecha, pero estaban en otra guerra.
—Creo que lo hizo un tío. —Axel bajó un poco la ventanilla para renovar el aire—. Según me han contado, Goya era un enfermo del sexo. Esto me lo han dicho, no lo digo yo. Yo creo que seguramente sufría algún tipo de adicción sexual, lo que le llevaba a mantener relaciones indiscriminadas con personas de ambos sexos. Al estar practicando sexo anal de manera pasiva en el momento de su muerte, y por la fuerza con la que fue agredido, me inclino a pensar que buscamos a un hombre. A un hombre fuerte.
—Pues yo creo que te equivocas. —Loor le imitó y también bajó su ventanilla—. Los dos estábamos equivocados. No hay nada que nos haga pensar que Goya se acostaba con otros hombres. Si en algún momento lo pensamos, al menos yo, fue por el semen que apareció sobre su cuerpo. Una vez que ya sabemos que era su propio semen, ¿por qué seguimos creyendo que estaba con un hombre?
—¿Porque le estaban dando por el culo te parece un motivo menor? —dijo Axel sin sonreír.
—Me parece un motivo que huele a naftalina, antiguo, pasado. ¿Hace cuánto tiempo que no echas un polvo salvaje, Axel?
—Eeeh, no sé… pueeeesss…
—Tranquilo no hace falta que contestes —le interrumpió Loor, que no soportaba los balbuceos innecesarios—. Pero sí quiero que me respondas a esto: ¿Sabes lo que es un strap-on?
—¿Un arma del videojuego ese?
—Idiota. —Loor sonrió—. Es un juguete sexual muy extendido ya entre la gente más joven y no tan joven. Entre la gente «intrépida», podríamos decir. Lo habrás visto mil veces en internet. Se trata de un cinturón de cuero que lleva enganchado un pene de goma. Te lo atas a la cintura como harías con cualquier otro cinturón, de ahí su nombre, y de repente… ¡Voilà! Puedes penetrar a quien quieras por donde quieras.
Joder, tengo que abrir mi mente.
—Ya sé lo que dices. No sabía que se llamara así —mintió Axel.
—¿Y cómo pensabas que se llamaba?
—No me lo había planteado.
—Lo suponía.
—Loor… diré esto a riesgo de seguir pareciendo gilipollas, pero nunca se me ha pasado por la cabeza usar uno. Afortunadamente, no lo necesito. Doy por hecho que tú hablas desde el conocimiento que da la experiencia.
—Yo lo he usado. Claro que lo he usado. Muchas veces. Me lo he puesto y he pedido que se lo pusiesen para mí. Hay muchas formas de dar y recibir placer, con y sin penetración.
Eso ya lo sé.
—Pero por completar tu comentario, Axel, te diré que, afortunadamente, yo tampoco lo necesito. Lo que ocurre es que hay algo muy divertido en la cama y en la vida. Se llama curiosidad.
—Y la curiosidad mató al gato —dijo Axel, sin tener muy claro por qué.
—A Goya no lo mató la curiosidad.
—Ya lo sé. Era una broma.
Loor dejó una sonrisa a medias y suspiró.
—Goya se estaba divirtiendo y eso es algo bueno. No entro a valorar otras cosas como la fidelidad, la lealtad y ese rollo. Lo que está claro es que le gustaba mucho el sexo, como te han dicho. Yo creo además que le gustaban mucho las mujeres y probar cosas nuevas. Según la autopsia, no era la primera vez que recibía sexo anal, pero eso no quiere decir que se haya acostado con hombres.
—Veo por dónde vas, eh, pero ¿no es un poco rebuscado? Es decir… Goya está en la cama con una mujer, él tiene un miembro, digamos, penetrante, ella tiene un agujero con un millón de terminaciones nerviosas que le proporcionan placer y, sin embargo, deciden que ella se enchufe un pene de goma y le dé por el culo. Si eso es lo que quieres, si eso es lo que te apetece… ¿por qué no acostarte con un tío?
—Muy sencillo —dijo Loor con aire triunfal—: porque no le gustan los tíos. Le gustan las tías. ¿Qué es lo que no ves exactamente, Axel? Por ejemplo, yo no quiero que me penetre un tío, no me apetece lo más mínimo, y me encanta que me penetren.
Joder, esto no lo vi venir.
—Luego además está el látex —continuó Loor—, las manos atadas, la dominación… prácticas cercanas al bondage y al sado, los cambios de rol en la cama.
Loor miró a Axel por el rabillo del ojo.
—¿Te refieres a jugar a los médicos y las enfermeras, por ejemplo? —preguntó él.
Loor dejó escapar un suspiro malintencionado.
—Axel, tío, no te lo tomes a mal, pero debes de ser un cuadro en la cama.
Axel se partió de risa, no se lo tomó mal.
—Es una broma, joder. Continúa.
—A ver, cuando alcanzas un grado muy alto de intimidad con una persona y esa persona te atrae sexual y emocionalmente, la complicidad se desata y las normas establecidas de comportamiento se dejan en la puerta. Ahí es cuando se rompen las convenciones y empiezas a experimentar sensaciones nuevas. Es como una regresión en el tiempo, como volver a la adolescencia. ¿Por qué la adolescencia? Porque en ese momento de tu vida cada día es un huracán de emociones sin rutina.
—Sería como librarte de ti mismo —dijo Axel.
—Exacto. Dejarte ir con otra persona, compartir un secreto que nace y muere en la cama, pero que sigue habitando para siempre en la memoria.
Axel dio un volantazo brusco a la derecha y tomó una salida que ya conocía.
—Loor vuelve. Creo que te estás dejando llevar y te estás alejando del caso.
Loor se revolvió el pelo. Se ruborizó.
—Yo diría que buscamos a una mujer y que esa mujer conocía muy bien a Goya. Es posible que fuese muy importante para él. Desde luego, sabía de su inclinación por experimentar en la cama, sus particulares gustos. Y se aprovechó de ello para cercenar su vida.
Como si hubiese calculado de antemano la duración del razonamiento de su compañera, Axel detuvo el coche ante la garita de seguridad que daba entrada a una de las mejores urbanizaciones de La Moraleja.
—Pues si eso es lo que crees, diría que te he traído al sitio adecuado —dijo mientras aparcaba su Peugeot 207 cerca de la puerta del chalé de Coloma Duval.
En esta ocasión dejó el coche más retirado que la última vez, él sabía por qué. A Loor le llamó la atención la facilidad con que el de seguridad los dejó pasar. Pero no preguntó el motivo. Desde pequeña escuchó en casa que no hay que interrogar a las buenas noticias. Tampoco le preguntó a su compañero cuándo había estado allí, porque era evidente que ya había estado allí.