Axel
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Al agente de policía Axel Nash, el interior de la casa donde vivía Coloma Duval, esta vez, le pareció más espacioso todavía, quizá porque los amplios ventanales que dejaban ver la salida al jardín tenían los estores subidos.
A la agente Loor Galván también le llamó la atención el buen gusto decorativo de Coloma Duval; sin embargo, ella se fijó en detalles distintos. Lo primero que apreció fue una colección muy amplia de discos de vinilo, capitaneados por un jovencísimo Bob Dylan poniendo morritos, que presidía el mueble de la tele. Loor aguzó la mirada para leer lo que ya sabía que ponía en la carátula: The Times They Are A-Changin’.
Al mismo tiempo, sus impenetrables Doc Martens le decían que la alfombra grande de la entrada era de buena calidad, de la India por lo menos. De mejor calidad que la que se encontraba atrapada bajo la mesa de centro del salón. Y no le pareció que ese detalle fuese fruto de la casualidad.
El tercer elemento estético que sedujo a Loor por su belleza, medía cerca de 1,90, y cuando abrió la puerta y lo tuvieron delante, ambos pensaron que llevaba varios días sin lavarse el pelo rubio ensortijado que le hacía parecer aún más alto. Axel se estiró al entrar en la casa.
Garfunkel.
La altura le proporcionaba un porte que contrastaba con su presencia afeminada, de rasgos limpios y suaves. En su cara no había ni rastro de sombra en la zona en la que a esa edad se endurece la barba y se vuelve frondosa. Axel sospechó que la probabilidad de que no supiese utilizar una maquinilla de afeitar era muy alta. Su piel sin arrugas le confería una expresión aún más infantil si cabe.
Diecinueve años, quizá veinte.
El muchacho los recibió con un pantalón de chándal amplio y caído que permitía que asomasen unos calzoncillos en los que se leía «Hugo Boss» en grande. Llevaba el torso al aire dejando al descubierto una musculatura genética y fina. Loor pensó que quizá algún día se convertiría en un hombre muy guapo.
Fue Axel quien le saludó. La recepción no fue calurosa, tampoco fría, más bien de una indiferencia hiriente. Antes siquiera de darles tiempo a identificarse y sin levantar la vista del móvil, el chaval les dijo: «Mi madre está arriba. Ahora bajará, supongo». Y desapareció.
Era la primera vez que Loor veía a Axel quedarse callado. Y no necesariamente porque no encontrase qué decir. Ambos entraron y esperaron de pie durante varios minutos en los que se miraron varias veces y hablaron sin pronunciar una palabra.
Cuando Coloma Duval descendió por la escalera que daba al piso de arriba, donde estaban los dormitorios, Axel cotilleaba el resto de fotografías que no había podido ojear en su visita anterior. En ninguna salía Marcos Goya.
Loor buscó con obstinación el contacto visual con la dueña de la casa y cuando se produjo, notó cómo sus caderas, embutidas en una pantalón brillante de cuero negro, se contoneaban con menor intensidad. En el momento en que Axel se giró, Coloma era casi una estatua. Clavó sus botas negras en el parqué.
—¡Qué alegría volver a verle, señor Nash! Veo que trae refuerzos.
—Es mi compañera, la agente Loor Galván.
—Encantada de conocerla. Es un placer ampliar mi círculo de conocidos en la Policía —dijo Coloma.
Loor asintió. Tuvo la impresión de que ya conocía a la anfitriona. No porque se hubiesen visto antes, sino porque había conocido y tratado a muchas mujeres como ella. Sus prejuicios le gritaban a la cara que estaba ante una mujer peligrosa y no hizo nada por acallarlos. Sus feromonas le advertían que se enfrentaba a un erotismo tosco, bruto, incompatible. En lo de incompatible, no se atrevía a asegurar que Axel pensase lo mismo.
Coloma pasó al lado de Loor y la miró de arriba abajo antes de dirigirse al sofá.
—Si ha dicho usted algo, hable más alto, se lo ruego —dijo en tono provocativo—. Empiezo a no oír bien de este oído. Si no ha dicho nada, continúe así. La noche pinta divertida.
Axel frenó el ataque.
—No tenemos mucho tiempo ni muchas ganas de jugar. Quiero saber por qué me mintió la otra vez.
—¡Vaya! Ha perdido de golpe todo su gracejo, agente. Es usted más locuaz cuando viene solo. —Coloma lanzó a Loor una mirada tóxica—. ¿A cuál de todas se refiere? Las mentiras, digo. Tal vez debería apuntarlas en un hoja, pero el caso es que no lo hago. Me gustan las emociones fuertes.
—Carla Sabater —soltó Axel con brusquedad.
—¿Qué fue lo que le dije de ella? No lo recuerdo. —Coloma hablaba sin gravedad, acompañando sus frases con movimientos nimios de sus manos—. No creo que le dijese que somos buenas amigas, agente Nash, porque en ese caso sí que le habría mentido.
—Me dijo que no le decía nada su nombre —recordó Axel.
—Entonces lleva usted razón. Le mentí.
Axel sonrió. Una sonrisa que Loor empezaba a identificar. La sonrisa previa al golpe.
—Pues le sugiero que deje de hacerlo o la próxima mentira que diga será en comisaría.
—No siga, va a conseguir que me muera de miedo. —Coloma se llevó la mano a la cara como fingiendo un descuido—. Por favor, no les he ofrecido nada de beber, discúlpenme. Yo voy a servirme un whisky para no perder la costumbre. ¿Qué les apetece?
—Una respuesta. Y rápido —dijo Axel.
—¿Tú quieres otra respuesta? ¿O te vale la misma? —Coloma miró a Loor con un vaso bajo ya entre sus manos. A ninguno le pasó desapercibido el cambio de tratamiento. El tuteo malintencionado hizo temer a Axel que Loor desenfundase el arma por segunda vez en una hora. Desenfundó antes la garganta.
—Limítese a contestar a lo que se le pregunta —espetó Loor—. Y deje de malgastar nuestro tiempo, ¿quiere?
—¿O si no? —preguntó Coloma.
Loor se acercó a la anfitriona y la hizo sentir en casa.
—A ver cómo te explico esto sin que me devuelvas una respuesta ingeniosa. —Loor se aproximó todavía más, estaban a punto de tocarse, tan cerca que Axel casi no escuchaba lo que se decían. Casi—. Yo no soy el agente Nash, ¿entendido? Yo te meto una hostia que te reviento la cabeza.
Coloma Duval tragó saliva. Estaba amarga. Se sirvió el whisky y no insistió en su ofrecimiento.
—Carla vino varias veces por aquí —explicó—. Le encantaba merodear. Y si no le encantaba, desde luego, lo disimulaba bien. Venía tantas veces que llegué a pensar que se había instalado en el vecindario. Lo descarté enseguida porque no hay ningún loco entre los vecinos y ella lo está, y mucho. En una ocasión vino a casa y atacó a mi exmarido. No fue dentro. Marcos salió a su encuentro cuando la vio y forcejearon en la puerta. Él regresó con un corte en la mano y yo me imaginé el resto. Debían pensar que los demás somos gilipollas. Yo, desde luego, me lo hacía. Bastante tenía con aguantar todo lo que tenía que aguantar para que aún encima mi hijo viese cómo me engañaban.
Ya está aquí la víctima.
—Ella no cuenta lo mismo —la interrumpió Axel—. Asegura que es usted la responsable del asesinato de Goya.
—¿Y eso le sorprende, agente? ¡Qué va a decir! Lleva años odiándome porque poseía lo que ella deseaba. Ella le dirá que fui yo, que soy una loca y que ellos eran felices. Y lo de que estoy loca… pase, pero lo demás es mentira. Díganme una cosa, los dos. ¿A cuántas víctimas de asesinato felices han conocido? —Axel y Loor evitaron mirarse. Ninguno contestó—. Marc aparece brutalmente asesinado en un hotel de mala muerte y me tengo que creer que el cadáver aparece con una sonrisa de oreja a oreja, porque resulta que una maldita loca asegura que eran felices juntos. Ahora son ustedes los que están malgastando mi tiempo.
—¿Ve posible que esta mujer, Carla Sabater, haya pillado a su exmarido en un renuncio con alguna otra, como le pasó a usted, y decidiera acabar con su vida? —preguntó Axel intentando retomar la iniciativa.
—Imposible. Semejante inútil, imposible. O sea, igual ha ocurrido todo eso que dice, y si ha ocurrido, quizá esta tipa se haya planteado matar a Marcos, pero una cosa es pensarlo y otra muy diferente hacerlo. Yo misma lo pensé muchas veces. Llegué a fantasear con ello, créanme. —Axel y Loor la creyeron—. Pero esta inútil, imposible. Si era incapaz de pasar inadvertida en La Moraleja cuando únicamente tenía que evitar ser vista por dos personas, cómo va a ser capaz de poner en jaque a las fuerzas de seguridad de todo un país. ¡Y cómo demonios va a planear un asesinato! Es impensable. Si hubiese sido ella, ya estaría en prisión. Es más, si hubiese sido ella, Marcos estaría vivo.
—¿Ha vuelto a verla por aquí? —insistió Axel.
—Desde que Marcos se fue de casa no volvió. ¿Qué sentido tendría?
—No lo sé. Dígamelo usted.
—Ninguno. Ya tenía lo que venía a buscar.
—¿Y sabe, por casualidad, dónde vivían?
—La verdad es que no. Por el centro. Pero no sé exactamente dónde. Aun así créame, no le va a resultar difícil dar con ella, sobre todo si no quiere que la encuentren. Además de estar loca, roza el retraso mental.
—Su hijo, ¿qué piensa de todo esto? —Loor llevaba mucho tiempo callada y su voz sonó más grave de lo que le hubiese gustado.
—Mi hijo es bobo. En eso ha salido al padre. Se llama Lucas y ahora está jodido. Nunca ha sido un charlatán, pero después de lo que ha pasado, convivo con un fantasma. No sé cuándo está y cuándo no está. Ni cuándo entra, ni cuándo sale. Sobre este asunto jamás hemos hablado, yo siempre traté de ocultarle que su padre era un cabrón, pero él parecía saberlo. Que intentaba ocultárselo y que era un cabrón. Las dos cosas.
Coloma dio un trago largo al whisky con hielo y no pudo evitar mostrar una mueca agria antes de continuar.
—Ahora tiene diecinueve años y todo se lo mete para dentro. Si siente algo o no, es un misterio. Yo soy su madre y sé que está afectado, pero no lo dice. Además, como les comentaba, apenas le veo. Se refugia en la noche como casi todos los chicos de su edad. Y ahora con más motivo. A esta hora debe estar a punto de marcharse, si no lo ha hecho ya, y sabe dios cuándo regresará. Se pasa temporadas largas sin pisar esta casa. Y, la verdad, no le culpo.
Loor se encaminó hacia la puerta del jardín.
—Voy a echar un vistazo. Nos gustaría hablar con él —dijo.
—¡Que tenga suerte! Le va a hacer falta.
—He oído que está bien relacionado. —Axel recordó el Porsche del que se había bajado la última vez y se jugó el farol. Coloma cruzó la piernas despacio.
—Ya le digo que es bobo, agente Nash. Es probable que le estén utilizando o se estén aprovechando de él. Siempre le ha gustado aparentar más de lo que es, en eso se parece a mí.
—¿Y en el alcohol? ¿Se parece a usted? —preguntó Axel sin desviar la mirada del vaso de whisky.
—El alcohol no es mi mayor vicio, agente. —Coloma apuró la copa de un último trago. Ella tampoco apartó la vista de las pupilas verdes que tenía delante.
—Aquí no hay nadie, Axel —anunció Loor, quien regresó al salón después de sacudirse las Doc Martens.
—¿Dónde podemos encontrar a su hijo? —preguntó él.
Coloma se encogió de hombros.
—¿Hace cuánto que no tiene veinte años, agente Nash? La última que puede saber dónde está es su madre, ¿no le parece?
—Puede ser. Está bien —admitió Axel—. En ese caso nos vamos ya, señora Duval. Ya es casi la hora de dormir. —Axel le hizo un gesto a Loor para que lo acompañase a la puerta de salida. Antes de cruzarla, se volvió—. Pero debo advertirle que no me gustaría tener que regresar: terceras partes nunca fueron buenas.
—Ni siquiera las segundas, agente —dijo Coloma.
La madre que la parió, siempre tiene que tener la última palabra.
Axel y Loor atravesaron el umbral con decisión. Antes de que hubieran avanzado más de tres metros, una voz les llamó a su espalda; parecía diferente, casi tierna.
—Agentes. —Axel y Loor se volvieron—. Si le encuentran, no le asusten. Lucas es un buen chico —suplicó Coloma.
Axel asintió con gesto duro. No le gustaban los virajes de última hora en según qué personajes, pero tuvo la sensación, casi la certeza, de que esa suplica final envuelta en petición de cortesía era la primera verdad que salía por la boca de Coloma Duval en todo el rato que habían pasado con ella.
Loor siguió su camino hacia el coche sin decir nada. Salieron por la puerta lateral, la que daba al jardín. Axel se concentró en no pisar el césped que daba a la puerta metálica de salida. Estaba húmedo y recién cortado. Unas huellas grandes aún frescas lo habían mancillado minutos antes, estropeando la simetría verde.
Diecinueve años, estos cabrones no respetan nada.
Se preguntó dónde estaría Lucas Goya. Le había visto dos veces y aún no había conseguido hablar con él. Se subió al coche y arrancó dándole vueltas a la actitud de esa mujer.
Algo oculta.
Era la segunda vez que pensaba lo mismo.
Hay mucho más ahí dentro de lo que deja ver. Agresiva y tímida. Valiente y asustada. Directa y engañosa. Tengo que enterarme de qué historia tiene detrás.
Pero la muerte de Goya tenía demasiadas aristas y no le dejaba demasiado tiempo para nada más. Quizá debería preguntárselo directamente.
—Loor.
—Dime.
Axel devolvió la vista a la carretera.
—Nada. Es igual.
Axel llegó a casa empapado. No había encontrado sitio para aparcar cerca del portal, y en la breve caminata nocturna que pensó que le relajaría, un chaparrón le cazó de lleno y le caló hasta los huesos. Antes había acercado a Loor a su domicilio, en una calle colindante con la estación de Atocha. Axel le había advertido que no la iba a dejar en la puerta para no tener que dar toda la vuelta. Loor no protestó.
Ya en casa, decidió darse una ducha antes de dormir para entrar en calor. Se secó bien la cabeza y se abrió una cerveza. No solía beber alcohol, no le venía bien para sus entrenamientos, pero necesitaba desconectar un poco. Había sido un día muy largo.
Perdió algo de tiempo refrescando su timeline de Twitter. La muerte de Goya formaba parte de la prehistoria en la red social. Nadie hablaba ya de eso. El último escándalo sexual de un conocido actor español lo estaba eclipsando todo. Hasta mañana al menos.
Era probable que cuando se despertase, el objeto de las burlas y las críticas fuese ya otro. A saber, una influencer que defiende comportamientos machistas, un futbolista que evade impuestos, un cantante que insulta a algún político… Axel salió de esa jauría. Hacía tiempo que no publicaba nada, se dedicaba a espiar contenido, le ayudaba a mantenerse informado de lo que se iba diciendo de un tema u otro. Pero se veía sin ganas ni tiempo para expresar algún pensamiento y tener que contestar a todo el que estuviese en contra. Porque siempre había alguien en contra, de todo y por todo.
Cerró Twitter y casi por instinto abrió Instagram. Le apetecía cotillear un poco. Uno de sus placeres culpables era disfrutar de la pobreza intelectual de su entorno. Fotos vacías con textos estúpidos. Dos niñas en bikini en marzo, encima de un yate sonreían al mar, suplicando «Ojalá aquí, ahora». Un antiguo compañero de colegio miraba confundido por la ventana, con los labios apretados y solicitaba «Parar para ser mejores». Una pareja de su mismo edificio, de vacaciones, amenazaba: «Nos quedamos aquí a vivir, no volvemos».
Dios, ¡qué cochinada de gente!
Pulsó una pestaña que normalmente no utilizaba. Explorar. Estaba buscando algo pero no sabía muy bien qué. Escribió…
#sunset.
Nada.
#running.
Nada.
Debería probar alguna mierda de las que utilizan estos subnormales.
#NopainNogain.
Nada.
#Happiness.
Nada.
Por un lado se alegró de que esa mierda no diese resultado. Le dio un trago largo al botellín de Estrella Galicia, que estaba casi finiquitado, y probó por ultima vez.
#Mayfair.
Ahí estaba.
Joder.
A Axel le pareció una foto preciosa. El sol se metía detrás del paisaje y tostaba el lago de la Casa de Campo de un color intenso. Varias canoas producían ondas en el agua con su vaivén calmo. Una silueta. Una mujer de rostro lavado, y coloreado por el esfuerzo, cautivaba a la cámara con una mirada contagiosa. Presentaba una sonrisa inalterable a los filtros. Blanca y luminosa, depurada.
Axel notó como por el cuerpo le recorría un orgullo ridículo. Desvió la mirada hacia la foto de perfil y el usuario.
Ajá, con que ese es tu nombre.
Axel se dio cuenta de que no conocía a nadie que se llamase así y eso le pareció una feliz noticia. Una buena forma de empezar de cero, virgen, sin contaminación en su memoria.
Empezar qué, anormal.
Sin pararse a pensarlo demasiado, con el dedo índice de su mano derecha, apretó dos veces seguidas la pantalla.
Like.
¡Dios mío, qué estoy haciendo!
Se recostó en el sofá y vació la botella de un último trago. Sin saber muy bien qué pensar, pero se sintió bien.
Joder, muy bien.