Axel
26
Página 29 de 59
26
—Pasó mucho tiempo hasta que conseguí volver a dormir sin miedo.
—¿Ya no tienes miedo?
—¿Me lo preguntas en serio? Siempre voy a tener miedo. Esto ya no se va a ir. Esto va a estar conmigo toda la vida.
—Bueno, a lo mejor no. A lo mejor pasa algo, no sé… algo, y llega el día en que lo dejas atrás.
—Ya lo he dejado atrás. Si no, no estaría aquí. Pero una cosa es vivir con ello y otra muy distinta olvidarlo. Y yo no lo voy a olvidar nunca, ya te lo digo.
Vigo, lunes 18 de marzo
El día se había despertado perezoso en todo litoral atlántico. La lluvia no había dado tregua durante todo el fin de semana y las ventanas, los tejados y las aceras seguían húmedos. La ciudad hacía vida normal, como si nada hubiera pasado, y es que, en el fondo, nada había pasado. Nada que no hubiese pasado antes. Una de las vías de entrada a Europa de los cargamentos de droga sudamericana llevaba años conviviendo con la violencia, las balas y los castigos. Todo el mundo conocía a alguien que conocía a alguien que tenía un conocido que estaba metido en el ajo. Así que las historias de amenazas, extorsión y sangre circulaban por las calles, con el acento de las Rías Baixas, en un boca a boca sin final aparente. La credibilidad de esas historias ya dependía de quién las contase.
En un bar del centro, en la zona de Montero Ríos, un nuevo relato brotaba al albor de una nueva semana, al filo de la primavera. Hablaba de maletines, droga, secuestros, disparos, cicatrices… lo tenía todo.
—Te digo, chorbo, que fue la hostia. Una movida de cojones. Me metieron en un cuartucho, tío, a oscuras dos putos días. Pasando un frío de pelotas. Me temblaban los pelos de los huevos, tío y eso que hace tiempo que me depilo los huevos, así que imagínate el frío que hacía en ese cuartucho sin luz. Estaba acojonado. No tenía ni puta idea de si iba a salir con vida de allí y si volvería a tomar una cerveza. Porque en esos momentos, tío, la cabeza va a mil por hora y solo piensas en las cosas verdaderamente importantes, y yo pensaba mucho en tomarme una birra. También pensaba en el subnormal de mi hijo, no pienses que por estar pasando un puto frío de los cojones se me había helado el corazón. Pensaba mucho en mi hijo y en cuándo tendrá edad suficiente para tomarse una cerveza con su padre, es decir, conmigo. Porque aún tiene seis años y hace tantos días que no le veo que es posible que la imbécil de su madre ya le haya prohibido beber Coca-Cola, así que de cerveza ni hablamos. Me amenazaron, tío, me gritaban cosas al oído que ni siquiera soy capaz de reproducir, no por nada, eh, no es que fuesen tan fuertes que vayan a herir tu sensibilidad ni toda esa mierda, es que estaba tan acojonado que me había cagado encima, tío. Te lo juro. Yo ni me había enterado, si me dicen que no pasó, me habría jugado todo lo que tengo a que no me mentían, y si llego a hacer eso, lo habría perdido todo, y como no tengo nada, pues me habría quedado igual. Pero me habría jugado todo a que eso no pasó. Pero pasó, vaya si pasó. De pronto los putos pantalones empezaron a desprender un olor asqueroso a mierda, ¿me entiendes?, y me estaban entrando unas ganas de rabear de la polla, así que estaba tan concentrado en no potarles encima a esos capullos y en que no notasen el olor a mierda que salía de mi culo, que apenas escuchaba las burradas que me decían. Y la verdad, prefiero no pensarlo mucho, porque entonces me voy a pedir otra birra y aún no son ni las once de la mañana y ya llevo cuatro encima. ¿Ves esta herida? Vaya hostión, chorbo. Me reventaron el pómulo con la culata de una pipa. Yo no dije ni muu, ¿me entiendes? Ni muu. Bastante tenía con aguantarme las ganas de mear, como para ponerme a gritar y que la vejiga se fuese a dar un pirulo. Porque el culo lo había aliviado, tío, pero el rabo qué, el rabo se me estaba llenando de líquido y el puto frío no hacía más que empeorar las cosas. Y luego está lo de que fueron dos putos días. Eso lo sé ahora porque hoy es lunes, ¿me entiendes? Si no los cojones. Si me dicen que fueron dos años me lo creo. Yo me sentía allí como un puto funcionario de prisiones o un guardia civil de aquellos a los que los de ETA metían en un zulo. ¿Sabes lo que te digo, no? Esa gente pasó más tiempo que yo encerrada, ahí no te quito la razón, pero seguro que no pasaron tanto frío como pasó tu colega Jarvis, tío, eso te lo puedo asegurar. ¿Quieres otra birra?
—Estoy bien, tranqui.
—Y de pronto, tío, cuando ya estaba a punto de suplicarles que me pegasen un tiro, cuando ya me había hecho a la idea de que ni birras, ni Coca-Colas, ni hostias en vinagre, que no iba a salir de allí respirando; cuando ya lo único que quería era que me volasen la tapa de los sesos y dejar de tener frío de una jodida vez… en ese momento va y aparece un tío que abre la puerta y me dice que nos vamos. ¡Joder! Ahora si que estoy en un lío de cojones, pienso yo. Ahora, además de frío, quieren que me empape con la lluvia de los huevos. Porque, aunque me taparon los ojos, el viaje en coche hasta el cuartucho de mierda había sido corto, lo que quería decir que seguía en Galicia, lo que quería decir lluvia. ¡Me cago en mi maldita suerte! Ya me estaban empezando a encabronar, porque una cosa es que me secuestren y me maten, pero otra cosa muy distinta es que encima me mareen. Eso ya no tiene ni puta gracia. Me calmé cuando pensé que si salíamos a la calle era porque pensaban tirar mi cadáver al mar o alguna mierda así, y al menos de esa forma encontrarían mi cuerpo y la imbécil de mi ex tendría que joderse viendo mi careto en el funeral. Fue una de las pocas alegrías que me dio toda esta mierda. Pensar en la jeta estreñida de esa furcia, fingiendo que lloraba y que le importaba lo más mínimo mi vida, y todo para que el subnormal de mi hijo no pensase que su madre era una zorra. Pero ¿sabes una cosa? Esa alimaña sin escrúpulos va a tener que esperar porque el Jarvis tiene siete vidas, joder, tiene más de siete, tiene más vidas que un puto gato. No me lo podía creer cuando me soltaron. Empecé a correr como un jodido esquizofrénico, no se veía una puta mierda y me daba miedo estamparme contra un árbol. Habría sido la hostia, ¿te imaginas? Salgo con vida de un secuestro y la palmó talando un árbol con la cabeza. No quiero ni pensarlo. Yo solo gritaba, Omaaar, Omaaar, y nada, tío. Un silencio de la de dios. O sea, sonaban las ramas, el viento y toda esa mierda, pero ese ruido no era lo que yo quería escuchar. Yo quería escuchar un «Tranquilo, Jarvis, estoy bien, deja de correr, que vas a estampar la cabeza contra un puto árbol». Pero eso no fue lo que escuché. Escuché lo último que quería escuchar, tío. Lo último. Un puto disparo, ¿te lo puedes creer? Un petardazo que me reventó la puta cabeza. Ahí fue cuando corrí más rápido que nunca. Si llega a ser una carrera de las Olimpiadas me habrían hecho un control antidoping antes de cruzar la meta, tío.
—Pues te habrían jodido porque darías positivo.
—El caso es que seguí corriendo, ¿me entiendes? Corrí como un puto gamo y entonces fue cuando se me paró el puto corazón. Casi me da un infarto, te lo juro. No me lo podía creer. Me pasó la vida por delante a cámara lenta, como en las películas que echan por la tele después de comer. ¿Qué cojones estaba viendo? Mi colega allí tirado en el suelo, joder, zapateado como una colilla mientras esos hijos de puta huían quemando rueda en sus carrazos del demonio. Y yo me pasé un rato largo bofetada va y bofetada viene, tío. Y nada. Ni pa dios. Que no valía para nada. Y no podía dejar de llorar y de gritar. Gritaba tanto que se me caía la baba, tío. Se me caía la puta baba de la rabia que sentía al ver a mi mejor colega muerto y tirado como un trapo viejo de cocina. Ya estaba dándole vueltas a cómo hostias iba a bajar al centro desde el quinto carallo en el que estábamos y de repente y sin avisar… Boom. Abriste los ojos.
Jarvis hizo un gesto con las dos manos: las abrió y enseñó las palmas, como dos bombillas que se encienden.
—Claro, joder. Estaba disimulando, tío.
—Qué hostias ibas a estar disimulando, capullo. ¡Disimulando qué! Estabas desmayado, tío. Yo pasé mucho frío, pero no pasé ni la mitad de la mitad de frío del miedo que pasaste tú. Me cago en mi vida. Te caíste para atrás cuando ese cabrón disparó al cielo de Baiona. El Omar desmayado, tío. Tiene cojones la cosa.