Axel
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—Me he pasado años durmiendo con la espalda pegada contra la pared.
—¿Por miedo?
—Será un trauma que me ha quedado, no sé.
—He leído que es normal. Se llama trastorno de estrés postraumático, creo.
—Solo he conseguido dormir profundamente una vez en mi vida.
—¿Cuándo?
—Cuando dormía contigo.
Omar se pasó horas soportando la incontinencia verbal de su colega y empezaba a estar saturado. Jarvis tenía una capacidad inigualable para consumir de golpe las buenas intenciones de los demás. Y, después de semejante aventura, le esperaban días duros de escucha.
Se había prometido que nunca más le cortaría cuando empezase a contar una de sus historias sin final, en las que iba tejiendo una red infinita de temas. Pero esa promesa de no interrumpirle se mantuvo viva tanto como una vela en un huracán. A Omar, Jarvis le recordaba a un anciano rebuscando en un ordenador, que abre ventanas y ventanas de navegación sin cerrar ninguna, hasta que ya no sabe qué quería consultar.
Pasaron la mañana juntos y después de comer se metieron al agua para descongestionar.
Omar seguía domando las olas —que esa tarde venían bravas— como cuando era un chaval. Ya no lucía una musculatura tan rotunda como años atrás, y su cuerpo notaba que necesitaba más tiempo para recuperarse entre batida y batida, pero seguía en forma.
Jarvis, por su parte, nunca había surfeado demasiado bien; lo suficiente para ponerse de pie y danzar un poco sobre el agua, pero con tanta birra encima ese día le estaba costando más de lo normal. Se conformaba con despejarse y no molestar. Omar le agradecía tamaña dosis de generosidad, impropia de semejante ególatra, pero sobre todo agradecía que en el agua estaba callado.
Después del baño, se secaron y se encendieron un canuto en la arena. La recompensa a todo lo vivido en las últimas horas. Charlaron de fútbol y de tías, querían volver a la normalidad. Omar le confesó que el surf estaba muy bien, pero que lo que de verdad necesitaba era echar un polvo y que esa misma noche se iba a quitar las ganas con una niña que le rondaba en Instagram.
—¡Cuánto te gustan las enanas, cabrón! —dijo Jarvis.
A lo que Omar respondió echándole el humo en la cara y desbloqueando el teléfono para enviar un mensaje privado, con un par de preguntas picantes y muchos emoticonos de demonio.
Lanzó el mismo mensaje a varias cuentas. Todas niñas. Todas menores de veintidós años. Mientras lo hacía no dejaba de sonreír, le divertía ligar de esa forma.
—Un día te vas a meter en un lío con esa mierda, tío. Te van a hacer pantallazos de las cerdadas esas que les escribes y vas a rular por los WhatsApp de la peña y vas a quedar como un guarro, ¿me entiendes? Y espérate que no te venga algún padre a partirte la boca. Que una cosa es la gentuza de la droga, que ahí controlas, y otra más jodida es un padre cabreado porque le han hecho cerdadas a su niña. Esa gente está muy loca, chorbo. Te lo dice el Jarvis.
Omar no dejaba de sonreír mientras seguía fumando y escribiendo. Le sugirió a su colega que se fuese otro rato al agua, que allí estaba callado, y que callado era cuando mejor hablaba y cuando más razón tenía.
—Es que la movida aún puede ser peor, tío. Un día se te puede torcer el rollo y que te folles a una que no tenga dieciocho, y ahí sí que ni el Jarvis te va a poder ayudar. Porque como te folles a una que tenga diecisiete años y 364 días la has jodido bien. Eh, que a lo mejor no, a lo mejor se enamora de ti, tú te enamoras de ella y empezáis una movida juntos, te pones un anillo en el dedo, que antes le metiste en su coño virgen, y su padre te recibe en su keli con una sonrisa de oreja a oreja. Eso puede pasar si todo va de puta madre, pero yendo todo de puta madre, la sonrisa del padre se va a ir a tomar por saco cuando descubra que no es que la vida te haya tratado como el culo y estés más cascado que la moto de un hippie, sino que lo que de verdad ocurre es que tenéis la misma edad y has estado zumbándote a su niña pequeña. En ese momento, el padre de tu niña va a desear que te hubieses tirado a su mujer, y tú también lo vas a desear porque si la hija está buena, la madre está buena, aunque a ti de treinta para arriba te molen menos, y va a desear que te hubieses follado a su mujer porque así te metería una somanta de hostias y se quedaría tan a gusto. Pero resulta que no te has follado a su mujer, te has follado a su niña pequeña, y entonces no le van a quedar más huevos que pegarte un tiro en la cabeza y lanzar tu bonito cadáver al mar, y por culpa de esa mierda se pasará el resto de su vida entre rejas, evitando agacharse en la ducha si se cae una pastilla de jabón, así que ¿por qué no te follas a una cualquiera de las que están por el Pénjamo, de las que tienen veintiocho o veintinueve, que seguramente ya no tengan padre, y nos ahorras un huevo de problemas a todos?
—Dios, tío, no callas, ¿quieres dejarme tranquilo? —Omar le dio una calada corta al porro y se lo acercó—. Fuma, anda. Relájate un poco.
Omar volvía a concentrarse en su cadena de mensajes cuando una llamada le aceleró el corazón. Al ver que se trataba de un número desconocido, su mandíbula se volvió rígida. Le suplicó a Jarvis que guardase silencio y pulsó el botón verde. Tras unos segundos de incertidumbre, una voz que reconoció al instante, y que identificó con un mate de Michael Jordan, le dio las buenas tardes y le pidió que escuchase con atención, que no iba a repetir dos veces la información y que no iba a volver a llamar. Le pidió también que, en cuanto colgasen, borrase la llamada del registro y de la memoria del teléfono y que, por supuesto, no dijese nada a nadie, ni a su novia, ni a su hermana, ni a dios. Le pidió también que, si estaba con alguien en ese momento, se apartase para que pudiesen hablar tranquilos, que tomase nota y que hiciese exactamente lo que le iba a decir.
Omar apuntó mentalmente todo lo que le iba diciendo y trató de mantenerse impávido ante la mirada de Jarvis. Le quería fuera de ese asunto. Era su movida. Él solito se había metido y él solito tenía que salir.
—Calle García Barbón 153, 1.º B. La ciudad ya la sabes —apostilló Omar.
Sin decir nada más, colgó el teléfono. A pesar del sol que le daba en la frente, Jarvis vio que tenía el rostro sombrío y la mirada manchada de problemas.
—¡Pero qué pollas haces, tío! Cómo hostias le das tu dirección a nadie. Sea quien sea, no le des tu dirección a nadie, joder. ¿Buscas que te maten o qué hostias?
—Oye, pavo, déjame. Tengo que pensar. Estate un rato callado y sin tocarme los huevos, haz el favor.
—Dime quién cojones era. ¿Eran estos tíos otra vez, no? ¿Qué hostias quieren ahora? Tienen su farla y nosotros su pasta, ¿qué más quieren?
Una de las cosas que más había sorprendido a Omar la noche del viernes, cuando se despertó aterido de frío en los acantilados de Baiona, fue ver dos bolsas de deporte en el suelo donde antes estaba aparcado un coche negro de lujo. Dentro estaban los 150.000 pavos que sus dueños debían pagar por la droga. Desde luego, se podía decir que eran unos miserables que amenazaban, secuestraban e incluso disparaban, pero no que no cumpliesen su palabra y su parte del trato. Al César lo que es del César.
—No eran ellos —dijo Omar.
—¿Entonces quién? Chorbo, me cago en mi puta vida, ¿me quieres contestar?
Omar le contó a Jarvis la historia de cómo fue hasta Madrid y consiguió dos kilos de fariña para salvarle el culo. Para salvar el culo de los dos. Le explicó que había contraído una deuda chunga y que esta llamada venía a cobrársela.
—¿Y qué cojones quieren estos ahora? —preguntó Jarvis.
Omar miró el móvil, le había saltado una notificación de mensaje privado de @lauri97: «¿Quieres que te mande una fotito para que veas lo solita que estoy?».
—¿Omar… que qué cojones quieren estos ahora, joder?
Omar cerró Instagram y guardó el móvil.
—El doble. 300.000 pavos. Antes del viernes —dijo.