Axel
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Madrid, miércoles 20 de marzo
El miércoles para Axel había transcurrido sin sobresaltos, lo cual no era necesariamente una buena noticia. Acrecentaba la ya de por si notable sensación de que estaban estancados en la investigación.
En su carrera matutina por Madrid Río, dedicó gran parte de su entrenamiento a pensar en el caso. Se le acumulaban las ideas y los sospechosos, como un pelotón de ciclistas en una etapa llana. Los veía amontonados, difusos. Sentía que tenía la nariz demasiado pegada al cristal y que eso le impedía ver las cosas con perspectiva y razonar con claridad.
Evitó pasar por la Casa de Campo, por una parte para no repetir recorrido y así limpiar las referencias de esfuerzo de su cabeza, y por otra, para no estar pendiente de posibles estímulos pelirrojos.
Le daba miedo volver a verla y no sabía bien por qué.
Tal vez se veía incapaz de estar a su propia altura, quizá le había causado una buena primera impresión y no quería estropearla, quizá la chica podía pensar que era un acosador y que la estaba siguiendo.
Había otra opción.
Una opción que Axel apartaba a empujones de su cerebro, la más plausible: le daba miedo avanzar.
Avanzar podía significar huir de sus demonios del pasado, o lo que sería aún peor, vencerlos. No quería oír hablar de eso. Su pasado era él y con él moriría. No quería enterrarlo antes de tiempo. No quería ser libre. Se ahogaba solo de pensarlo.
Después de pasar por la ducha, con los músculos de las piernas aún latiendo en ese cansancio suave que dejan los kilómetros de calidad, Axel se acercó a la comisaría para atender un par de gestiones. La primera tenía que ver con el comisario Cueto y el inspector Ortiz. Le habían estado llamando toda la mañana sin éxito, porque nadie tenía éxito si llamaba cuando Axel estaba entrenando.
El agente Nash iba directamente a dar la cara y disculparse. Lo comprendió todo cuando encendió la tele y vio que no se hablaba de otra cosa.
El kerambit.
Todos los programas de la mañana, en todos los canales, estaban con lo mismo.
«Todos los detalles del arma homicida en el caso de la radio», TeleTres.
«Un instrumento letal que acabó con la vida de Marcos Goya en pocos segundos», Antena5.
«La mafia china puede estar detrás de todo este asunto, que trae a la Policía por la calle de la amargura», Canal2.
Y estos eran los medios que, en teoría, Axel tenía bajo control, los que más le afectaban directa e indirectamente.
Sus muertos.
Por otro lado, y a su bola, iban los más sensacionalistas. Estos salían con todo, desatados, sin correa.
«Escándalo policial ¿Por qué ocultaron el arma a la opinión pública?», 14TV.
«Este es el cuchillo que aniquiló a Marcos Goya y que no verás en los medios afines al Gobierno», portada digital del diario España.
Ya en el coche, Axel trató de vencer la curiosidad sintonizando algo de música en la radio, pero le derrotaron la rabia y la impotencia. Solo una emisora le dio cuartelillo.
«Avances en la investigación. La Policía ya conoce el arma que mató a Marcos Goya», Cadena Voz.
Gracias, Sota.
Debió seguir escuchando la Cadena Voz, pero quería saber más.
«La imagen de la Policía baja más de dos puntos, y suspende, en la última encuesta realizada esta mañana por nuestros compañeros de Sofres», OndaUno.
Joder, ¡menuda clavada, sandiós!
Al llegar y subir a su despacho, Axel no tardó en encontrar los semblantes draconianos de sus superiores. Se diría que le estaban esperando, en todos los sentidos.
—¡Maldita sea, Nash! ¡En qué hostias estás pensando! Se suponía que te encargabas de la prensa. ¿Cómo cojones se explica esto? —Un ruido estruendoso sobresaltó a Axel cuando los periódicos lanzados con inquina por el comisario Cueto golpearon con fuerza la mesa de Ortiz. Estaba furioso.
Axel no dejaba de preguntarse quién se la habría jugado. No había tanta gente que supiese lo del kerambit. Miró con displicencia al inspector Ortiz, que no decía nada. Permanecía impertérrito. Axel no descifraba su comportamiento. No sabría decir si se alegraba al verle en esa situación, si le estaba echando una mano y trataba de no echar más leña al fuego, o si directamente había sido él quien filtró lo del arma a la prensa y estaba tratando de quitarle de en medio.
¡Menuda avería tengo encima, Cristo!
Axel se disculpó mil veces, con la cabeza alta y el ego pequeño. Capeó el temporal como buenamente pudo, deseando salir de allí cuanto antes. Como siempre que estaba en aprietos, escuchaba las palabras de su madre rebotando en su cabeza. «Fillo, si estás en la mierda, aguanta callado y no la esparzas».
Por eso, el agente Nash, calló. Luchando contra la temperatura de su sangre que estaba hirviendo de ira. Se censuró de tal modo, que logró no decir nada que pudiese comprometerle. Bastante poderoso le parecía el ejército que tenía enfrente como para sumarle efectivos.
Y, además, tampoco sabía bien a quién culpar.
Aunque lo sospechaba.
El otro asunto por el que había acudido a la comisaría quedó en segundo plano y lo resolvió por teléfono. No quería estar allí dentro más de lo necesario.
—Garrido, ¿tienes la lista de móviles que te pedí?
—¿Qué pasa? ¿Hoy no me llamas Chema?
—No estoy para muchas hostias, Garrido. No me pongas a prueba.
Al otro lado de la línea se hizo un silencio lo suficientemente largo para que Axel se preguntase si la llamada se había cortado. Pero no lo suficientemente largo para que Axel lo preguntase en alto.
—Hace muchos años que yo no estoy para hostias, Nash —dijo Garrido— y eso nunca te ha frenado. Y no, no tengo tu lista. Estoy en contacto con las diferentes compañías telefónicas. Espero poder darte algo a lo largo del día de hoy.
—Está bien. Voy a estar despierto hasta tarde, así que no te preocupes por la hora, ¿de acuerdo?
Garrido colgó sin despedirse al tiempo que Axel abandonaba la comisaría haciendo lo propio.
Me cago en…
Varias horas después, cuando caminaba por los callejones oscuros y llenos de vida de Malasaña, las palabras de despedida del comisario Cueto aún retumbaban en su cabeza. «Haz lo que tengas que hacer, Nash. Me suda tres cojones lo que hagas, pero arréglalo. Y pronto».
Axel se había pasado toda la tarde intentado localizar a Loor. Pero Loor no contestaba al teléfono, aunque daba señal. Su última conexión de WhatsApp decía «Ayer a las 23.49». Empezaba a ser consciente de que su compañera desaparecía periódicamente sin previo aviso y algo le decía que se escapaba a Toledo para verse cara a cara con lo que fuese que la atormentaba.
¡Qué tía más rara!
A Axel le hubiese gustado compartir con ella la bronca que se había comido esa mañana y sus sospechas sobre Jorge Ortiz. Quería conocer su punto de vista, porque él estaba convencido de que el inspector estaba detrás de todo.
Tenía que ser él.
Su charla con Rivas solo llegó a oídos de Ortiz. Si daba por supuesto que este puso al corriente a Cueto, y Cueto quizá a algún superior, todo le llevaba de vuelta a Ortiz. Porque cuanto más subes, menos interés tienes en que se sepan ciertas cosas y, además, el inspector era el único con un motivo a la vista: estaba cabreado porque Axel se había sacado brillo en un par de reuniones del equipo de investigación, como cuando proporcionó el nombre de Max Morán. Y eso le había sentado como una patada en los huevos.
Claro, joder.
Por eso quería tener todo bajo control y pedía la colaboración incondicional de Axel y Loor. No era para avanzar más, ganar tiempo y liberar a la sociedad de un peligro público cuanto antes. Era para que todas las medallas brillasen en su pecho depilado y continuar medrando en su escalada de poder.
El puto Bruce Willis.
La mala hostia le estaba secando la garganta. Se sonrió al ser consciente de su inesperada sincronización. A veces su cuerpo le daba alegrías, le solicitaba recompensas que estaba a punto de regalarle.
Axel miró el reloj como siempre que acudía a una cita. Las 21.23. Veintitrés minutos tarde.
Esto ya me gusta más.
El lugar de encuentro no lo había elegido él. Se dio cuenta de que nunca lo hacía. Ni Sacha, ni el Flowers, ni tampoco este: el pub Sportive. Axel lo conocía de oídas. Algún compañero de la comisaría de la plaza de la Luna —en la que desemboca la calle de la Luna, pero que en realidad se llama plaza de Santa María Soledad Torres Acosta, aunque nadie la haya llamado por ese nombre jamás— le dijo que allí servían buenas copas y que había tías.
Loor se lo pierde.
Axel curioseó en internet y lo que leyó en su página web —«Una coctelería american style, situada en pleno centro, al lado de la Gran Vía, con un ambiente de relax»— le dio ganas de pegarse un tiro en las pelotas, cancelarlo todo e irse a dormir.
Al abrir la puerta y entrar, sus peores presagios se confirmaron. Lo primero que se le pasó por la cabeza fue que el decorador había realizado un trabajo de gran mérito, siempre y cuando fuese ciego. Lo segundo que se le pasó por la cabeza fue escapar a tiempo. Así que lo tercero que hizo fue adentrarse, dejando a su derecha la alargada barra de madera oscura, en la que dos fantoches daban vueltas a un par de recipientes metálicos emulando a Tom Cruise en Cocktail.
Axel buscó, pero no encontró ni rastro del carisma de Brian Brown y comprobó que las chicas que esperaban su consumición no podían compararse ni mínimamente con la deslumbrante Elizabeth Shue.
¡Dios, qué jodida obra maestra!
Detrás de la barra, los esforzados malabaristas esbozaban una sonrisa concentrada y ridícula que los acercaba más a un hospital psiquiátrico que a Hollywood. A su espalda, una vidriera repleta de botellas de primeras marcas internacionales, iluminadas con luces indirectas, completaba, junto a los tirantes finos negros del uniforme de los barmen, el toque coppoliano de un Cotton Club de saldo. Axel cruzó el local con premura, tratando de fijar la mirada en los sofás verdes del fondo. Lo primero que vio fue a una pareja heterosexual —con un rango de edad muy laxo— mimetizada con la tapicería, al tiempo que masajeaban sus cuerpos al ritmo de los Smiths:
Take me out… tonight
cause I want to see people and i want to see life.
El deseo de Morrisey coincidía con el de Axel solo a medias. Ambos querían salir, solo que Axel para irse a casa.
A la izquierda de los amantes pasajeros, una figura cérea y formidable sobresalía del conjunto. Un valiente. Un hombre de ideas férreas y principios inamovibles que vestía pantalones anchos como el demonio también en los ambientes más pretenciosos. Aguardaba compañía procurando no modificar la temperatura de la sala. Entre tanto histrión, se apretaba un coñac corto en vaso nórdico mientras consultaba su reloj. Ya había visto llegar a Axel, solo quería tocarle un poco las pelotas.
—Vamos, vamos, que llegas tarde, eh.
El apretón de manos le recordó que a Jaime Sota convenía abrazarle si no querías acabar en urgencias con una luxación de nudillo.
Suelta ya, cabrón.
—Discúlpame. Llevo una rato en la entrada preguntándome si te encontraría con vida en un sitio como este.
—Boh, ¿te vas a quejar? Venga, que no te has visto en otra igual. Pero si está abarrotado de mamarrachos como tú. Mira a ese… ¡Buf! —Sota señaló a un camarero que se acercaba con un antifaz tapándole media cara—. ¡Menudo gilipollas! Se piensa que es el zorro. Aquí vas a estar a gusto, te lo digo yo.
Jaime Sota estaba alegre. Axel se preguntó a qué hora habría llegado y cuántos coñacs habían precedido al que estaba a punto de consumir. Se sentó en el sofá lateral, juntos formaban una L. Cuando el camarero enmascarado pasó por su lado, y después de hojear la carta sin interés, Axel le pidió un gimlet. Lo hizo con la única intención de demostrarle a Sota el perfil dúctil que él también poseía.
—¿Un qué? ¿Un Hitler? ¡Oh… vamos, camándula! ¿Por qué no te pides un Martini agitado pero no revuelto y ya eres tan subnormal como todos estos? ¡Pídete una copa de verdad, cojones! Qué Hitler ni qué Hitler.
Axel sonreía satisfecho. No tenía ni la menor idea de qué había pedido, pero había logrado el efecto deseado. Molestar un poco a su amigo.
—Bueno, ¿qué?, ¿cómo lleváis el negocio? ¿Habéis trincado a alguien ya o no?
—Estamos en ello —zanjó Axel, escueto.
—He escuchado hoy que os la han clavado con lo del arma. No sé si oíste a los nuestros en la radio, hice lo que pude por contener la hostia.
—Lo he oído, sí. No sé si servirá de mucho, pero gracias de todos modos, Sota.
El periodista agitó una mano quitándose importancia y dio un trago pensativo al coñac, como calculando lo que iba a decir a continuación.
—No te quiero encabronar, pero eso sabes que ha sido alguien de dentro, ¿no? Algún mamador o alguien que tenía que dar algo para ocultar otra cosa.
—Lo sé. Lo tengo claro. Lo peor de todo es que las hostias han ido para mí. Yo me encargaba de la prensa, como sabes.
—Lo supuse. Bueno, no te desgastes mucho con eso, eh. Tú céntrate en atrapar al que se cargó a Goya y lo otro caerá por su propio peso. La mierda del trabajo acaba saliendo sola. Hazme caso. Primero el asesino y luego el traidor. Pon los problemas en fila india.
La luz amarillenta que lanzaban las lámparas verdes que colgaban del techo acentuaba la telaraña de arrugas de la frente de Sota. Su elocuencia no mitigaba el efecto. Axel hizo cuentas con disimulo.
Por cincuenta y ocho palos debe andar ya este.
—Uno de estos días me voy a pasar por la radio. Quiero hablar con ese Max —dijo.
—¿Max? ¡Oh! Max es un niñato —aseguró Sota—. Con los compañeros es como una rata, pero tiene la aquiescencia de los jefes y eso le da carta blanca para ser un capullo. Goya no le podía ni ver. En más de una ocasión tuve que intervenir. Ya sabes que en la redacción somos como una familia, ese ha sido siempre el secreto de nuestro liderazgo de audiencia, el oyente eso lo percibe, y esos dos se lo estaban cargando.
—¿Pero de llegar a las manos y tal? —preguntó Axel.
—No, joder. Max es un cobardica. Es mucho más sibilino que todo eso. Nunca llegaría tan lejos. Y yo tampoco lo permitiría, está claro, al menos delante de la gente. Un buen grito a tiempo con este vozarrón que me dio Dios y todo cristo se encoge.
El zorro llegó con el cóctel y lo depositó —sobre un reposavasos con la figura de un arlequín— suavemente sobre la mesa. Axel dio un trago prudente. No pudo disimular un visaje de sorpresa.
Joder, esto está buenísimo.
—¿Por qué crees que Goya no le podía ni ver? —continuó.
—Porque era bueno —dijo Sota—. El cabrón es insidioso pero tiene ácido en directo. Una vez que me quitaron de en medio, Goya se quedó solo. La noche en la radio era algo así como una dictablanda. Marcos hacía y deshacía como le salía de los huevos sin que nadie le contradijese jamás. En Max encontró un rival a su altura. Piensa que Goya no era ningún santo. Una cosa es ser buen tío y encantador, que lo era, y otra distinta es llegar a una posición de poder sin un buen disfraz. Y Goya tenía un disfraz acojonante. Goya sabía cómo pisar cabezas sin que se le notase. El cabrón, no sé cómo se las apañaba, pero siempre lograba que sus argucias pareciesen accidentes. En Max descubrió a un príncipe de alcantarilla. Una cucaracha impía que le miraba directamente a los ojos.
—¿Cómo fueron los últimos días de Goya en la radio? ¿Notaste algo raro?
—Pues ahora que lo dices, los últimos días apenas se hablaban. Lo necesario para sobrevivir en antena. La noche que mataron a Marcos yo estaba en la pecera, ayudando a producir el programa, y ese día Max se encontraba mal. Pidió permiso para irse antes y Goya se lo dio. Con tal de perderlo de vista, como si no volvía más.
—¿Y no entró en el programa?
—Sí, sí. Entró. Dio su información del Racing de Madrid y se fue.
—¿Seguir al Racing de Madrid es lo máximo a lo que puedes aspirar en la radio? —interrumpió Axel, que aprovechó para dar otro trago a través de la pajita con la que revolvía la bebida.
—Es lo máximo a lo que puedes aspirar a no ser que el presentador de la noche deje la radio. Una redacción necesita diferentes perfiles. No es lo mismo presentar que narrar que infiltrarte en la actualidad de un club. Si tu cualidad principal es el ritmo, podrás llegar a ser un gran narrador de fútbol en directo, y el mejor es el que narra los partidos del Racing de Madrid. Si tu punto fuerte es la vena comunicativa, podrás llegar a ser un gran presentador de programas. Para eso necesitas manejar la información, ganarte la credibilidad de la audiencia y ser capaz de entretener durante varias horas sin perder el pulso informativo. Y el mejor presentador, se ocupa del programa nocturno. Por último, si eres joven, prometedor, tienes olfato, sacas noticias de debajo de las piedras, tienes contactos, cuidas a tus fuentes y tienes ambición, podrás llegar a ser un gran presentador, pero antes deberás curtirte en el barro de los clubes, y el mejor y más preparado de todos es el que sigue al Racing de Madrid.
—¿Y por qué no al Sporting de Barcelona? —se interesó Axel.
—Allí van por otro lado, funcionan como una matriz independiente, con redacción propia. Del equipo catalán se ocupa el director de Radio Barcelona, que se encarga también de los programas locales y regionales. Es como un subjefe, ¿me explico? Y cuando tiene que entrar en Cadena, deja a un subalterno a cargo de la emisora local. Cadena tiene prioridad siempre.
—¿Cadena sería como nacional?
—Eso es. Y en Cadena, la información del Racing de Madrid corría a cargo de Max, que era quien viajaba con el equipo y tenía oídos dentro. No sé de dónde le viene, pero tiene muy buena relación con el presi, ya sabes, el jeque catarí que tiene pasta para comprar España si le saliese de los huevos.
—Mustafá no se qué, ¿no? —intentó recordar Axel.
—Ese —confirmó Sota—. Y tener a ese cabrón de tu lado es oro. Sé que se ven a menudo y que comen de vez en cuando. No hay muchos periodistas en España que puedan decir lo mismo. En su momento Goya también lo hacía, pero pasó algo y se jodió. Algún comentario que no fue bien recibido o algo así. No te creas que hacía falta mucho más. Los hilos que te unen al presidente del Racing de Madrid son muy débiles. Una mala crítica a deshora y puedes despedirte de tu prometedora carrera. Pero bueno, Max iba por el buen camino y controlaba el club. Así que se podría decir que había tocado techo. —Sota hizo una pausa y aprovechó para cruzar las rodillas—. A no ser que le ocurriese algo a Goya.
Que es exactamente lo que ha pasado.
—Entiendo. Sigue, por favor. Te he interrumpido cuando me contabas que Max dio su información y se fue.
—Justo. Serían las 0.50 más o menos. Puedo conseguir el guion del programa si necesitas la hora exacta, pero no fallo por mucho. Lo sé porque el cabrón tosió en antena, ¿te lo puedes creer? No se puede toser en antena, joder, si te atragantas y te ahogas, te jodes. Pero no toses en directo. Es como faltar a un programa. Si trabajas en una tienda y te pones malo, pues te lo piensas y te quedas en casa. Nadie va a notar la diferencia entre que atiendas tú o lo haga otro. Pero en la radio es otra historia. Las voces no se pueden intercambiar. Eso lo sabe cualquiera. Y menos por la noche. Es como si en la cama te susurrase «Buenas noches» una voz desconocida y no la de tu mujer. Pues en la radio es lo mismo. Si no apareces es que te estás muriendo. Eso lo sabe cualquiera. Así que cuando Max tosió, miré el reloj y eran las 0.46. Lo hice para avisar al niño que se encarga de subir contenido al podcast. Le ahorraba mucho tiempo saber que a los 76 minutos de programa tenía que pelar el ruido que metió Max.
—¿Nunca había tosido antes? —Axel preguntaba recostado sobre su asiento, le ayudaba a elaborar un esquema mental.
—Ni de coña. Nunca —respondió Sota.
—Y dices que os avisó de que se encontraba mal y de que se tenía que ir antes.
—Eso es.
Axel le pidió un segundo a Sota, sacó su móvil del bolsillo del pantalón e hizo una rápida anotación.
—No deja de ser curioso —puntualizó antes de levantarse y dirigirse al servicio—. Discúlpame un instante. El Hitler este me da ganas de mear.
Al regresar a su asiento, Axel vio cómo, en el sofá contiguo al de Sota, un pie descalzo con esmalte rojo en las uñas bailaba al ritmo de Iggy Pop en la entrepierna de un vetusto caballero que se dejaba hacer.
I am the passenger
and I ride and I ride.
Joder con el viejo.
De todo lo que vio mientras caminaba de vuelta junto a su amigo —y se terminaba de secar las manos a la parte trasera del vaquero— hubo algo que aún le sorprendió más.
Bastante más.
Algo que estaba allí mismo, que no esperaba, que debió ver antes y que le subió la presión arterial. Recuperó su asiento aparentando normalidad.
—De todos modos, venía dándole vueltas, Sota, y hay algo de todo lo que me has contado que no me termina de encajar.
—Boh, no será que no te lo he dejado todo clarito para que te luzcas con tus jefes. Menos mal que estoy aquí yo para salvarte el culo, camándula, porque ya te veía pidiendo en la calle. A ver, ¿qué te pasa ahora?
—¿Por qué no saliste a saludar?
Sota entornó los ojos y su mirada se volvió lúgubre.
—¿Qué coño dices? ¿En el programa? Yo estaba en la pecera, ya te lo he dicho.
—No, joder. Anoche.
—¿Anoche? Anoche no hice el programa, estaba librando.
—Lo sé. Lo sé. —Axel se agachó y apuró su cóctel paladeando en su cabeza cada palabra—. Lo que no sabía es que en tus ratos libres vas a casa de Coloma Duval.
Sota palideció como si le hubiese nevado en la cara.
—Cuando sea así y coincidamos allí todos, no seas tímido y sal a saludar, hombre. —Las palabras de Axel llevaban tal carga irónica que Sota dejó, por primera vez en toda la noche, su coñac sobre la mesa—. Pero bueno, ya que no lo hiciste, no se me ocurre mejor momento que ahora para que me cuentes esa maravillosa historia que tanto os une y que te lleva a visitarla por las noches. Tengo el pálpito de que me va a encantar, CA-MÁN-DU-LA. —Axel saboreó cada letra que salía de su boca, paladeó con calma su triunfo y todo ello sin apartar la vista de su viejo… ¿amigo?
No quedaba ni rastro del aire fatuo del veterano periodista.
—Voy a pedir otra ronda, ¿te parece? No sé por qué sospecho que nos va a hacer falta a los dos. —Axel levantó un par de dedos para llamar la atención del camarero. A Sota el antifaz del zorro ya no le parecía tan divertido.
El silencio, en lo alto de la subida al cementerio, era apabullante. Las luces del anochecer se consumían despacio, quemando poco a poco el cielo de las afueras. Una brisa ligera y fresca desentumecía sus pesados pasos. Caminaba como quien no quiere llegar. Bajo el empuje de lo inevitable. Al fondo se vislumbraba la serpenteante estrechez de la ciudad vieja, atestada de turistas en busca de un sitio donde picar algo. Su marcha rompía la calma desierta y acallaba su respiración entrecortada y grave. Miró a su alrededor para comprobar lo que ya sabía.
Que por fin estarían solos.
Conocía bien el camino que la llevaría a la lápida, no era la primera vez que estaba allí. Percibía en el aire una energía insalubre, la confesión de que en lo más hondo del cementerio municipal Nuestra Señora del Sagrario de Toledo se escondían secretos que no era capaz de imaginar.
En realidad, ni siquiera alcanzaba a entender bien el suyo.
Al ver tallado su nombre en la piedra se estremeció, como cada vez que lo recordaba. Se arrodilló y colocó con mimo el clavel amarillo que le había comprado a una anciana arrugada y torcida en el puesto de la entrada. Al bajar la vista hacia el polvo que ensuciaba sus rodillas, un arrebato de llanto le sobrevino y se posó en su garganta formando un embudo por el que a duras penas pasaba el aire.
—Hola, sargento.
Siempre le había llamado así, incluso en los días más difíciles.
—No sé si me esperabas tan pronto, pero aquí estoy.
Sus ojos, sus pupilas marrones fueron lo último que vio antes de apagarse.
—Vengo a pedirte que no me odies.
Sus manos, entrelazadas sin rezo, fueron las que sostuvieron su último aliento.
—Por favor, no me odies.
Sus palabras salían a trompicones, sin limpieza.
—Me paso los días pensando en lo que pasó, en todo lo que pasamos juntos.
Su memoria le castigaba sin impunidad. Le susurraba que habían ocurrido demasiadas cosas entre los dos y ninguna le hacía sonreír.
—Dudo que algún día sea capaz de perdonarme a mí misma.
Ese era el motivo por el que estaba allí.
—Por eso vengo a pedirte que lo hagas tú.
La redención, la expiación de sus pecados.
—Perdóname, te lo ruego.
Si no era demasiado tarde.
—Perdóname.
Hundió la cabeza entre los muslos y rompió a llorar.
—Haría cualquier cosa por olvidarlo todo, cualquier cosa por volver a respirar.
El desahogo liberó recuerdos ocultos durante años que no podía apartar por más tiempo.
—Te odio.
La represión había llegado a su final.
—Te odio con toda mi alma.
Se agarró la cabeza con fuerza, con ambas manos, como intentando retener al pandemónium que luchaba por salir.
—¡AAAAH!
El grito se dibujó en lo más alto del camposanto. Loor sintió una liberación incompleta y el impulso irrefrenable de salir de allí. Leyó por última vez su nombre grabado en la piedra lisa.
«Sargento Facundo Galván Muriel».
—Adiós, papá.
Se incorporó y sin remedio soltó un esputo vindicativo que se estrelló contra la arena. La inscripción salivosa de un escupitajo colérico.
Su firma en todo esto.
—Te quiero mucho.
Loor descendió por el talud de cascajo con la mente en blanco. La contundencia de las Doc Martens estallaba la gravilla a su paso. Arrancó el coche que había alquilado esa misma tarde y tomó la A42 dejando Toledo atrás. No había encontrado la salvación que había ido a buscar. Nunca la encontraba.
Pisó el acelerador.
Volvía a Madrid.
Tenía asuntos pendientes.
Axel decidió volver a casa dando un paseo. Pasada la medianoche, la Gran Vía presentaba un aspecto rebosante de energía. Era una de las cosas que más le había impresionado cuando salió de Galicia.
El insomnio de la capital.
Axel sabía que esa noche a él tampoco le iba a resultar fácil conciliar el sueño. Ni siquiera el alcohol, que normalmente le entumecía el cerebro, iba a poder frenar la indigestión de su noche con Sota.
Loor va a flipar.
Había intentado contactar con ella por última vez al salir del pub Sportive, pero era evidente que no le quería coger el teléfono. Conocía bien esa sensación de mirar el móvil y tirarlo de vuelta contra el sofá. Y además no quería que pudiese llamarle pesado, le dolería aunque no pudiese escucharlo.
Tenía tantas cosas que contarle: Sota y Coloma, las mentiras, el enfado de Goya, el odio de Max, la huida del programa la noche del asesinato…
Va a flipar.
Axel se ajustó los AirPods con presteza y activó Spotify. Buscó algo nocturno que le acompañase.
Descartó a RadioHead, demasiado intenso.
Descartó a Oasis, demasiado alegre.
The Smashing Pumpkins, «Mellon Collie and the Infinite Sadness».
Correcto.
Deslizó la pantalla. Pista 19.
Dentro.
1979 - Remastered 2012.
Shakedown 1979
Cool kids never have the time…
Un clásico de los 90, perfecto para sentirse bien. La voz rasgada de Billy Corgan le transportaba a épocas mejores, tiempos de estío en los que el amor por… La música se cortó de imprevisto. Una llamada.
Loor, aquí está.
Axel sacó el móvil del bolsillo y en la pantalla apareció el nombre que estaba esperando. No era Loor.
—Dame buenas noticias, Garrido.
—Tengo buenas noticias.
—Pues dámelas. —Aunque escuchaba con nitidez, Axel apretó los botones laterales del iPhone para subir el volumen, como si eso pudiese mejorar las noticias que iban a darle.
—Tengo la lista de nombres de la compañía telefónica y hay uno que te va a gustar.
—Dispara.
—El tipo de la radio.
Lo sabía.
—Jaime Sota, ¿verdad?
—¿Quién? No. El tipo sobre el que me pediste información… Max. Max Morán. ¿No me digas que se te había olvidado? La señal de su móvil estuvo activa en la zona en la que mataron a Goya exactamente a las 01.52 de la mañana.
—…
—¿Axel? ¿Axel? ¿Sigues ahí?
—…
—Capullo.
Garrido sabía que ya nadie escuchaba al otro lado de la línea, pero se quedó mucho más tranquilo al soltar su rabia. Colgó, recogió sus cosas y se fue a casa. Tenía sueño. Lo repitió varias veces mientras conducía. «Capullo, capullo, capullo». No quería dejarse nada dentro que le impidiese dormir a pierna suelta.
En la otra punta de la ciudad, un agente de policía cruzaba la Plaza Mayor, corriendo a grandes zancadas, con las llaves de un Peugeot 207 en la mano.