Axel

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Madrid, jueves 21 de marzo

Loor llegó a comisaría temprano. No había pegado ojo en toda la noche y, como siempre que eso ocurría, a la mañana siguiente se había pasado tanto con el maquillaje, que el carmín del labio superior le tapaba casi las pestañas. Era un viejo truco que aprendió en casa. Consideraba que aplicando una capa extra de pintura en su rostro, en el peor de los casos, desviaba la atención de sus verdaderos problemas.

Que eran muchos.

Casi se le corre el rímel cuando entró en su angosto despacho y vio que no era la primera en llegar. Encima de la mesa de Ortiz, unas botas Nike con el aspa roja se estaban jugando el pellejo.

—Molan tus zapas —dijo a modo de saludo.

—Claro que molan, son las de Marty McFly.

Loor había visto Regreso al futuro y decidió seguir el juego.

—¿Y qué será lo siguiente… comprarte un Delorian?

Axel la miró levantando una ceja.

—No, Loor, ¡qué tontería!, ¿para qué narices voy a querer un Delorian? A ver de dónde saco 1,21 gigavatios de plutonio.

—Me he perdido, Axel. Lo siento. No soy tan friki. —Loor sonrió y una grieta se le abrió en la mejilla.

Joder, esta se ha pasado con el maquillaje.

—Te he estado llamando —dijo Axel sin que sonase a reproche.

—Lo sé. Estaba out. ¿Vas a dejar los pies en la mesa? No sé si a Ortiz le mola Regreso al futuro.

—Siéntate, anda —le pidió Axel—. Antes de que aparezca, tengo muchas cosas que contarte.

Axel la puso al día de todo lo que había ocurrido en las últimas veinticuatro horas. Se quedó de piedra al comprobar que Loor no tenía ni idea de la filtración del kerambit.

Si no se habla de otra cosa, ¿dónde ha estado? ¿En un refugio nuclear?

Cuando le dijo que sospechaba que Ortiz se la había jugado, Loor permaneció impasible. No pareció sorprenderle en absoluto. Axel le pidió que a partir de ahora cortasen el flujo de información y lo redujesen al mínimo. Ella se mostró conforme.

También le habló de su cita con Sota, le resumió por encima todo lo que le había contado de Max y de su relación con Goya. Loor ponía cara de estar colocando en su cerebro cada cosa en su sitio, como formando un puzle.

—Pues ahora vas a flipar —dijo Axel—. Sota y Coloma Duval están juntos.

—¿Y por qué voy a flipar?

—Bueno, es que no conoces a Sota, no le pega nada meterse en una movida así. Me lo contó todo anoche. Le pillé de la manera más tonta. ¿Sabes que estaba en casa de Coloma cuando estuvimos la otra noche?

—Eso ya me jode más —dijo Loor—. Debimos darnos cuenta. ¿Cómo lo supiste?

—Pues de la manera más tonta —argumentó Axel—. A Sota la moda se la suda. Siempre va con sus pantalones anchos a todas partes y, como no los cambia, no tiene que molestarse en combinar, así que sus pies siempre calzan unos zapatones marrones, grandes como dos barcos. Al salir por la puerta del jardín de Coloma, me fijé que el césped estaba pisoteado, unas huellas enormes. Lo primero que pensé fue en Garfunkel…

—¿Quién cojones es Garfunkel? —preguntó Loor.

—El chaval, Lucas. Joder, es clavado a Garfunkel. —Axel hablaba abriendo los brazos como un profeta. Pronto se dio cuenta de que predicaba en el desierto y cruzó las manos detrás de la nuca—. Bueno, luego lo buscas en Google. El caso es que el muchacho es alto y supuse que tendría un pie grande, por lo que imaginé que podía haber sido él. No me di cuenta de mi error hasta que ayer, al volver del baño del garito donde estábamos tranquilamente tomando una copa, vi los zapatones de Sota con restos de hierbajos verdes en la suela. La moda, Loor, es más importante de lo que parece.

—Como dirías tú… Joder.

Axel hizo una mueca de satisfacción.

—Sota me contó que desde la muerte de Goya, se ha volcado en ayudar a Coloma. Con el papeleo, el funeral, el testamento. Y que se han acercado mucho. Dijo que ella trataba de aguantar con entereza y manejar todo el jaleo a su alrededor, pero que la presión acabó siendo más fuerte que ella y se derrumbó. Dijo que necesitaba un hombro en el que llorar y que él tiene un hombro a prueba de bombas. Y reconoció que estaba empezando a verla de otra forma, con otros ojos, quizá como algo más que una amiga, y que sus sentimientos en los últimos días le tenían confundido.

—¿Y no te dijo directamente a la cara que te considera subnormal? —preguntó Loor.

—No hizo falta. Me adelanté. Le pregunté: «Oye, tío… ¿yo de qué tengo cara?, ¿de normal o de subnormal?». A lo que respondió: «De subnormal», y ya le dije: «Pues de subnormal solo tengo la cara».

Una carcajada estentórea rebotó en el cristal de la ventana. Desde el día en que se conocieron hasta ese instante, Axel nunca había visto a Loor reír con tantas ganas. Tuvo que apaciguar una corriente de vanidad que le subía por la espalda.

—Dios mío, Axel. Eres tonto perdido. A ver, dime, ¿te contó la verdad?

—No. Y tampoco hizo falta. Conozco la verdad. Es como sumar dos más dos. Matemática simple. Luego te cuento esa parte de la historia. Como dirías tú… Te va a molar. El caso es que le dejé tranquilo. No tenemos ninguna prueba contra él y no vamos a detenerle por acostarse con la exmujer de un muerto. Puede ser de pésimo gusto, pero no es ningún delito. Lo que ocurrió a continuación fue que me iba ya para casa intentando juntar las piezas de todo este asunto y de pronto me llaman al móvil. Mi contacto en la Cloaca. Que tiene la lista de teléfonos con actividad en la zona del asesinato, la noche del asesinato. ¿Y sabes qué nombre me dijo?

—¿Sota?

Chica lista.

—Eso mismo pensé yo. Pero fallamos.

—Entonces, ¿quién?

—Max —dijo Axel, marcando mucho la «x».

—¿Ese no es el tipo que señalaste como sospechoso en la última reunión? —preguntó Loor, rascándose la cabeza como siempre que trataba de hacer memoria.

—Cooooorrecto. —Axel la señaló con el dedo índice como hacen los presentadores de la tele cuando un concursante acierta—. Así que miro el reloj y calculo que me da tiempo a llegar a la radio antes de que Max despida el programa de la noche. Cuando me vio desde su asiento al otro lado del cristal, su cara se puso amarilla. Cuando entré en el estudio aprovechando una publi y me senté a su lado, se volvió verde. Y cuando pedí que cortasen la luz roja y apagasen los micros, se puso azul. Entonces le dije que tenía dos opciones: 1. Llevármelo esposado y que el chavalito que estaba leyendo los mensajes de los oyentes, un enclenque de nombre Caco al que también conozco aunque eso no venga al caso, terminase de despedir el programa; o 2. Presentarse voluntariamente y por su propio pie esta mañana en comisaría para ser interrogado. En ese momento tuvo pocas dudas y muchas dificultades para controlar su discurso balbuciente y terminar el programa de forma digna, ante la escucha de los oyentes que aún permanecían despiertos a esa hora.

Axel bajó los pies de la mesa.

—Vamos a pillarle, Loor. Esta vez no se nos escapa. Tengo un par de trucos preparados. De esos que es mejor que no sepas.

—¿Y a qué hora se supone que va a venir ese tal Max? —preguntó Loor.

Axel miró al reloj de pared que colgaba por encima de la cabeza de su compañera. Las agujas marcaban las 7.59. En ese momento, una voz se impuso a su espalda.

—Nash, Galván…

—Andando —dijeron los dos al unísono.

Manuel Estrías les regaló una mueca agria.

—Tenéis visita —anunció.

Axel entró primero en el cuarto ascético que habían desnudado para usarlo como sala de interrogatorios improvisada. Max aguardaba sereno, sentado en una silla que no parecía muy confortable.

A Loor, que cerró la puerta, le pareció que la postura del sospechoso tenía un deje casi estudiantil, como un alumno que se ha preparado bien un examen.

Mientras ocupaba su asiento, Axel fantaseaba con la posibilidad de que al otro lado del espejo que cubría toda la pared del fondo, el inspector Ortiz y el comisario Cueto estuviesen escuchando y analizando todos los detalles de la conversación, pero enseguida aterrizó de su viaje imaginario a un thriller de David Fincher y fue consciente de que al otro lado del cemento no había más que más cemento. Sus jefes, de momento, tendrían que conformarse con la grabación.

—Buenos días —empezó Axel—. Le agradecemos su presencia y su puntualidad, señor Morán. No creo que nos demoremos mucho.

—Tranquilos. No tengo prisa —dijo el sospechoso.

Max parecía tranquilo. La camisa blanca y el jersey azul marino de cuello pico, que se cerraba rígido alrededor del cuello, convencieron a Axel de que la paleta de colores de su armario era escasa. A Loor, que se fijó más en el Rolex que Max lucía en su muñeca izquierda, todo le sugirió que se enfrentaban a un ciudadano de perfil conservador.

—Veo que has declinado la posibilidad de venir acompañado por un abogado que te represente —dijo Axel, escrutando a su interlocutor con ojos sagaces.

—No estoy detenido, ¿no?

Axel no contestó. Sacó el móvil y lo colocó sobre la mesa. Arrastró una grabadora hacia sí mismo y advirtió a Max de que, desde ese momento, todo lo que dijesen iba a quedar registrado para su posterior uso jurídico, en caso de ser necesario. Con dos dedos pulsó simultáneamente el «play» y el «rec», y casi se disculpó por la tecnología decimonónica con la que contaban en la oficina. Lo que no dijo fue que la razón de emplear un cacharro obsoleto no era por carencia de material tecnológico adecuado, sino porque estaba convencido de que una grabadora clásica imponía más que un teléfono. Todos tenemos un móvil y grabamos notas de voz. Todos hemos visto grabadoras en los interrogatorios de la gran pantalla. Ser y parecer no son la misma cosa. De hecho, la grabadora ni siquiera grababa. El móvil, sí. Axel recitó la fecha, la hora, sus nombres y sus cargos en una letanía semiautomática. Y se incorporó en su asiento.

—Este arranque puede sonar peliculero, pero no hay una forma mejor de empezar esto: ¿Nos puede relatar con todos los detalles que recuerde y todos los datos que sea capaz dónde se encontraba usted la noche del martes, 12 de marzo de 2019?

—¿Es la noche de…? —Max dejó la pregunta en el aire. Axel asintió. Max exhaló una bocanada profunda de aire de sus pulmones.

—A ver, la noche en la que mataron a Goya yo estuve en la radio. Hicimos el programa como todos los días. Llegué a la emisora sobre las seis, supongo que el conserje lo podrá confirmar. Es la hora a la que llego habitualmente cuando tengo que entrar con Goya en antena.

—¿Recuerda algo especial de ese programa? ¿Algo que debamos saber? —inquirió Axel.

—Nada importante —respondió Max con rapidez—. Aunque es cierto que no recuerdo demasiadas cosas de esa tarde-noche, digamos que no tenía mi mejor día, no estaba muy católico. Me encontraba mal y solicité poder marcharme antes. Me lo concedieron y así lo hice. Entré en antena un poco tarde, sobre la una menos cuarto. Suelo entrar antes, pero recuerdo que esa noche Goya había cerrado un protagonista gordo para el arranque, por lo que aguardé mi turno con paciencia y, cuando me advirtió de que había llegado mi momento, me senté y di la información del Racing de Madrid. En cuanto Goya me despidió, recogí mis cosas y me fui.

—¿Adónde? —Axel estaba intentando poner en práctica varias de las técnicas que se aprenden en los cursos de metodología de interrogatorio. La primera y más importante dice que las preguntas deben ser cortas y directas, con el fin de que el interrogado tenga menos tiempo para construir una respuesta.

—Me fui a casa. Como le digo, no me encontraba demasiado bien y necesitaba…

Una corriente súbita les destempló la espalda cuando la puerta de la sala se abrió de repente.

—Agente Nash, agente Galván, ¿tienen un segundo?

El puto Bruce Willis.

Max Morán se retrepó en su asiento convencido de que estaban utilizando una argucia policial. Querían dejarle solo para que tuviese tiempo para pensar y perder los nervios. Esa idea se le fue de la cabeza cuando, minutos después, vio regresar junto a él únicamente a uno de los tres investigadores. El último en llegar. El más atildado. El que se parecía a Vin Diesel.

—Disculpe la espera. Mi nombre es Jorge Ortiz, soy el inspector encargado de la investigación. ¿Está usted cómodo? ¿Necesita algo? ¿Un vaso de agua?

—Estoy bien, gracias —dijo Max, en tono relajado.

—Me alegra oír eso —dijo Ortiz, con una sonrisa helada—, porque le aseguro que yo no me ando con hostias como esos dos. Debe saber que le esperan horas muy jodidas, le doy mi palabra.

Axel y Loor salieron a la calle a tomar un poco de aire fresco. Ella se encendió un Marlboro, el primero de la mañana. Él comprobó que no fuese light. Era rojo.

No paraba de maldecir en alto: quién cojones se creía que era ese imbécil para sacarlos así de allí. Max era su sospechoso, su interrogatorio, lo había conseguido todo él solo.

—Quizá ahí está el problema —apuntó Loor.

Axel la miró incrédulo.

—¿Tú para qué portería chutas, eh? No me toques los huevos tú también. Se le va a escapar vivo, joder. Si ya nos estaba mintiendo. Estuvo en San Bernardino antes de ir a casa, era solo cuestión de apretarle. Y este no sabe nada de la lista telefónica. Primero me la clava con la prensa y ahora que puedo arreglarlo y limpiar mi culo con los jefes, me hace esto. Joder. Joder.

Loor le miró con cara de «Si le hubieses contado todo, no estaríamos en esta situación», pero no lo dijo. Dijo otra cosa.

—Te gusta mucho ir por libre y lo entiendo, yo soy igual que tú en eso, Axel. Te dará muchas alegrías y tiene sus ventajas, lo tengo claro, pero cuando salga mal, que alguna vez saldrá mal, tienes que saber aceptar la derrota. Ni siquiera me lo cuentas todo a mí, y eso a veces me complica las cosas, ¿sabes? Me impide ayudar en muchas situaciones. A veces estoy perdida y tardo en orientarme, como en casa de Coloma Duval. Si te apoyases más, iríamos más rápido.

—¿En serio? ¿Seguro que quieres jugar a eso? Muy bien. Me parece una idea acojonante. Pues venga, ¿qué coño escondes? ¿A qué coño vas a Toledo todas las semanas? ¿Y por qué te destinaron a Madrid? ¿Por qué no hablamos de eso mejor?

Loor dio una calada profunda al cigarro y una cortina densa de humo desapareció en su boca.

—No veo qué tiene que ver eso. ¿Por qué atacas?

—¿Yo? Me estoy defendiendo. Estoy un poco hasta los huevos de tus leccioncitas y tus consejitos. Quieres que juguemos limpio, está bien, hagámoslo. Pero juguemos limpio los dos. Con las mismas reglas.

El cigarro consumido resbaló entre los dedos de Loor y el tacón de sus Doc Martens lo aniquiló en dos tiempos contra el bordillo de la acera.

—Está bien, ¿quieres saberlo?, te lo contaré. No se lo he contado a nadie todavía y no sé cómo va a resultar, pero vamos allá. —Loor se sentó en el primer escalón de la entrada a la comisaría. Sus ojos se humedecieron casi de manera preventiva—. Es una historia larga, pero hace unos años…

De pronto, en lo alto de la escalinata, la puerta se abrió a sus espaldas y Axel salió disparado. Max descendía con aire ignominioso. No parecía tener muchas ganas de seguir hablando.

—Tenía razón, debí acudir a la cita con un abogado —dijo Max con suficiencia—. No volverá a ocurrir. No volveré a fiarme de usted.

La sangre de Axel estaba incandescente.

—No pretenderás que te pida perdón por cargarte a Goya, ¿verdad, mamón?

—Yo no he matado a nadie. —Max levantó un dedo amenazante hasta la altura de la nariz. Su tono de voz se volvió ignífugo—. Y si tan seguro está y tan listo se cree, haga su trabajo y demuéstrelo.

Axel libró una pelea encarnizada consigo mismo y logró reprimir las ganas de partirle la cara.

Ya vendrás.

Vio cómo su sospechoso desaparecía al final de la calle, caminando con garbo, sin urgencia, dejando tras de sí un aroma altivo. Muy diferente al que Axel imaginó que debía traer al entrar unas horas antes.

Volvió sobre sus pasos y libró la segunda batalla interior en pocos segundos. De nuevo, y quizá porque ahí se jugaba su puesto de trabajo, logró reprimir las ganas de subir y partirle la cara al inspector Ortiz. O tal vez el motivo por el que no lo hizo fuese otro y sencillamente Loor le estaba empezando a importar más que la mayoría de la gente que le rodeaba.

Se acercó a ella. Seguía exactamente en la misma posición. Se sentó a su lado.

—Se ha ido —dijo.

—Ya lo he visto. —Loor hablaba sin levantar la vista del suelo.

Axel no pudo evitar sonar afligido.

—Siento haberte dejado con la palabra en la boca. No he sabido controlarme. Sé que esto es importante para ti. Discúlpame. Ahora que ibas a contarme la verdad sobre el caso Loor Galván. —Axel buscaba una complicidad que no encontró—. Quizá lo mejor sea que te invite a desayunar y me cuentes todo despacio. Total, nuestra mejor baza me acaba de escupir su vanidad a la cara. Tenemos todo el tiempo del mundo.

Axel le ofreció una mano firme que ella aceptó de mala gana. Se incorporó y juntos caminaron en dirección contraria a la cafetería oficial del Cuerpo. Necesitaban cierta intimidad.

Estaban llegando al Starbucks en el que habían convenido tomar un par de cafés, cuando Axel vio una sonrisa conocida.

—¿Tú qué haces aquí, mocoso?

Loor miró a Axel sin indulgencia.

—Perdona. Loor… eeeh… Este es Caco —dijo, animando con los brazos a que se diesen la mano—. Es compañero de la Cadena Voz. Te he hablado de él. Es el chaval que se sienta al lado de Max y cada media hora lee los mensajes de los oyentes. ¿Recuerdas que te he hablado de él?

—No insista, agente, que me va a hacer sentir importante —dijo Caco.

—Olvídate —replicó Axel, moviendo una mano en el aire—. Estamos en otra batalla. ¿Qué haces aquí? ¿Te ha ocurrido algo?

—La verdad es que no, bueno sí, bueno es que no sé cómo decir esto sin parecer un bobo frívolo, pero ayer cuando vino al estudio no pude evitar escuchar su conversación con Max y cuando dejó abierta la posibilidad de que yo tuviese que despedir el programa, casi me hago pis encima. Así que he venido para ver si Max se quedaba detenido o no, y si se quedaba, llamar a la radio y fingir una gripe. Imagínense que me hacen presentar el programa. Toda España escuchando a un mariquita tartamudear. De esa no me recupero. Entiéndame, agente. Ya sabe que Max no es santo de mi devoción, pero antes que los santos está Dios. Y si a mí me da un síncope en directo, no me veo capaz de resucitar al tercer día.

—Tranquilo. No vas a presentar —le calmó Axel con indulgencia.

—¿En serio? Ufff… no sabe la alegría que me da —exclamó Caco—. Bueno, supongo que para ustedes no es tan buena noticia porque querrá decir que no ha hecho nada malo, bueno, yo qué sé, que me voy. No les molesto más. Hasta la vista. ¡Ay, Dios bendito, menos mal! Menos mal. Menos mal.

La sonrisa con la que entraron Axel y Loor al Starbucks no le llegaba a la suela del zapato a la majestuosa hilera de paletos, colmillos, incisivos y molares color hielo que alumbraba la vida de Caco como una linterna frontal.

Tras pedir un par de bebidas, los dos policías se centraron en el asunto que les había llevado hasta allí.

Se sentaron mirándose a los ojos. Y empezaron a hablar.

El pasado de Loor tenía los brazos muy largos, y entre él y Axel solo había un frapuccino y un latte macchiato.

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